SILICON VALLEY VA A LA GUERRA

Tianyu M. Fang*

El proceso de reindustralización y desarrollo tecnológico que ha planteado la administración del presidente Donald Trump para los Estados Unidos pasa necesariamente por la reactivación y el impulso de uno de los pilares económicos e identitarios: la guerra. Como todo imperio a lo largo de la historia, desde su fase de expansionismo hasta nuestros días, el carácter belicista del país norteamericano ha formado parte esencial de su evolución. En esta etapa de repliegue estratégico ante el surgimiento de otros poderes hegemónicos, Estados Unidos ha decidido poner en el centro al desarrollo tecnológico para lograr sus objetivos de defensa y supervivencia. La alianza entre Trump y los grandes empresarios de la industria cruza por este factor estratégico y no podría entenderse sin dicho trasfondo. Cada vez más las empresas de Silicon Valley están creciendo en protagonismo e influencia en torno a las definiciones de seguridad nacional y están participando de manera más activa en las tareas del Pentágono y del gobierno en general. En un ensayo de Tianyu M. Fang publicado en la revista Noema, el escritor e investigador de Harvard hace una revisión de esta dinámica que, sostiene, no es otra cosa que una vuelta al origen del sector tecnológico que creció al amparo de las administraciones de la Guerra Fría y la industria militar. “Los jóvenes prodigio de la industria tecnológica —sostiene el autor— prometieron en su momento la comodidad al alcance de la mano. Ahora abrazan el complejo militar-industrial para defender Occidente”. En Traza Continental traducimos el texto al castellano.

Durante casi dos décadas, la muy selectiva aceleradora de startups Y Combinator (YC) dio el impulso inicial a las que se convertirían en algunas de las aplicaciones más populares de tu smartphone. Este híbrido entre un fondo de capital de riesgo y un laboratorio de ideas incubó empresas reconocidas en diversos sectores, como DoorDash, Coinbase, Airbnb, Instacart, Reddit y Gusto.

Luego, en agosto de 2024, se apartó de su cartera orientada a los consumidores y, por primera vez en su historia, auspició a la empresa armamentística Ares Industries. Esta startup de defensa, con base en El Segundo, California, tiene como objetivo desarrollar misiles de crucero antibuque de bajo costo para ayudar a Washington a ganar una hipotética guerra contra China en el estrecho de Taiwán. La biografía de una sola línea en YC que describía al cofundador de Ares, Alex Tseng —ya no visible en el sitio web—, decía: “Los misiles son geniales”.

Es poco probable que la gente imagine drones de guerra cuando piensa en Silicon Valley, cuna de la revolución de internet para el consumidor. Desde la década del 2000, las empresas tecnológicas estadounidenses han promovido la idea de que sus innovaciones digitales no solo brindan comodidad, sino que también crean una aldea global “más abierta y conectada”, como lo expresó Mark Zuckerberg. Las grandes empresas tecnológicas apostaron por este espíritu progresista, que también utilizaron para comercializar su trabajo como algo que trasciende las fronteras y aporta un bien público a nivel global: democratizar la información, crear conexiones y estimular la creatividad. Durante años, Silicon Valley se mantuvo alejado de la tecnología militar. Pero eso es parte del pasado.

Durante años, Silicon Valley se mantuvo alejado de la tecnología militar. Pero eso es parte del pasado.

Hoy en día, la creciente inversión de YC en startups de tecnología de defensa es un microcosmos de un cambio más amplio en la industria: de la creación de aplicaciones orientadas a consumidores y empresas hacia la apuesta actual por la tecnología de guerra. Este cambio dentro de una incubadora tan respetada, que atrae a la crème de la crème de las startups, es un ejemplo del desplazamiento que ha experimentado la industria durante varios años hacia la inversión en tecnología bélica, que se ha vuelto mainstream. Mientras que antes las empresas tecnológicas restaban importancia a sus contratos militares, ahora las voces más influyentes del sector de la tecnología de defensa sostienen que deben dejar de centrarse en el entretenimiento de los usuarios para dedicarse a la defensa de su país.

Alex Karp, quien fundó Palantir en 2003 junto con el empresario Peter Thiel y otros, se lamentó en un nuevo libro —escrito en colaboración con el asesor legal de la empresa, Nicholas Zamiska— del hecho de que Silicon Valley hubiese “perdido el rumbo” al considerar al Gobierno de los Estados Unidos como “un impedimento para la innovación y un imán para la controversia”. Los mejores ingenieros del país terminaron trabajando en apps de reparto cuando podrían haber contribuido a la fortaleza militar de Estados Unidos.

Silicon Valley parece haber comenzado a despertar, ya que las inversiones y el valor de las empresas de tecnología de defensa se han disparado. En solo cinco años, de 2019 a 2024, la inversión de capital de riesgo en startups estadounidenses de tecnología de defensa creció más de diez veces, alcanzando alrededor de 3 mil millones de dólares, según datos de Crunchbase.

Solo en el último año, Saronic Technologies, con sede en Austin, Texas, y fundada en 2022, recaudó 600 millones de dólares para construir buques de guerra autónomos impulsados por IA. Y Shield AI, fundada en 2015, recaudó 240 millones de dólares para ampliar su software de autonomía para drones militares y sistemas aéreos impulsados por IA; esta empresa con sede en San Diego está valorada ahora en cinco mil 300 millones de dólares. Las operaciones de capital de riesgo en startups de tecnología de defensa han batido un récord en 2025, duplicando el valor de las empresas con respecto al año anterior, según las estimaciones de PitchBook.

Hay muchas historias de éxito similares en el sector. Anduril Industries, con sede en Costa Mesa, California, recaudó recientemente otros dos mil 500 millones de dólares para sustituir a los contratistas de defensa tradicionales por tecnología comercial modernizada. Anduril —fundada en 2017 por Palmer Luckey, el inventor de las gafas de realidad virtual Oculus— está valorada en 30 mil 500 millones de dólares y se encuentra construyendo una fábrica de armas de mil millones de dólares en Ohio. Otra de las favoritas del sector de la tecnología de defensa, Palantir —que suministra software de análisis a las fuerzas armadas y de seguridad de los Estados Unidos—, fue incluida en el índice S&P 500 en septiembre de 2024.

…las voces más influyentes del sector de la tecnología de defensa sostienen que deben dejar de centrarse en el entretenimiento de los usuarios para dedicarse a la defensa de su país.

Esta alianza entre el Pentágono y las empresas tecnológicas estadounidenses no es nueva; de hecho, es un legado de la época de la Guerra Fría. Aunque los empresarios tecnológicos suelen ponerse nostálgicos al hablar de sus supuestos orígenes libertarios, gran parte de la innovación de aquella época fue financiada por importantes subsidios gubernamentales a través de los presupuestos de defensa y las subvenciones federales de investigación.

La Universidad de Stanford, bajo la dirección del decano de Ingeniería y luego vicerrector académico Fred Terman, aprovechó al máximo el creciente complejo militar-industrial de la posguerra en Estados Unidos: la universidad se convirtió en una de las principales receptoras de fondos federales y en una importante proveedora de talento científico para proyectos de defensa. La creciente preocupación por la seguridad entre los funcionarios del Departamento de Defensa de los Estados Unidos y de la Comisión de Energía Atómica dio lugar a inyecciones de fondos públicos que proporcionaron recursos para la educación y la investigación sin presiones comerciales a corto plazo. En 1951, Stanford había recibido menos de 2 millones de dólares de contratos gubernamentales y subvenciones federales. Casi una década más tarde, en 1960, con la intensificación de la carrera espacial contra la Unión Soviética, esa cifra se multiplicó por más de cuatro hasta alcanzar los 8,3 millones de dólares. Stanford se había convertido efectivamente en lo que la historiadora Rebecca S. Lowen llamó la “universidad de la Guerra Fría”.

Los contratos de defensa también se convirtieron en la columna vertebral de la industria de la región. El Instituto de Investigación de Stanford  —fundado en 1946, separado de la universidad en 1970 y luego rebautizado como SRI International— llevó a cabo investigaciones pioneras en computación para clientes del sector de la defensa. Varian Associates, constituida por físicos de Stanford y otros socios, fabricaba clistrones para radares y comunicaciones militares.

Cuando los llamados “ocho traidores” dejaron Shockley Semiconductor Laboratory para fundar Fairchild Semiconductor en 1957, la punta de lanza del desarrollo de semiconductores —la tecnología que daría nombre a Silicon Valley— se encontraba en los satélites y los sistemas de guía de misiles.

Antes de que se impusiera la industria de la computadora personal, el mayor empleador del condado de Santa Clara no era otro que Lockheed Missiles and Space Company. El fabricante aeroespacial del sur de California Lockheed Corporation (que más tarde se fusionaría con Martin Marietta en 1995 para formar Lockheed Martin) abrió una sucursal en Sunnyvale en 1956, donde diseñaba satélites y misiles destinados a programas clasificados para el arsenal estadounidense de la Guerra Fría.

Aunque los empresarios tecnológicos suelen ponerse nostálgicos al hablar de sus supuestos orígenes libertarios, gran parte de la innovación de aquella época fue financiada por importantes subsidios gubernamentales.

Sin embargo, la contracultura de los años sesenta hizo crecer el escepticismo hacia la tecnología militar. Habitantes del norte de California, incluidos estudiantes de la Universidad de California, Berkeley, y de Stanford, se manifestaron contra el diseño de máquinas asesinas por parte del complejo militar-industrial de la región para su uso en una guerra que consideraban injusta en Vietnam. Además de los llamamientos pacifistas a poner fin a la guerra, el historiador de medios Fred Turner describe en su libro From Counterculture to Cyberculture (De la contracultura a la cibercultura) cómo los activistas de la época temían que los sistemas tecnológicos de mando y control, aunque concebidos para enfrentarse a enemigos extranjeros, acabaran convirtiéndose en herramientas de autoritarismo y centralización burocrática dirigidas contra los propios ciudadanos estadounidenses.

En lugar de rechazar la tecnología por completo, un grupo de figuras de la contracultura buscó arrebatar al Leviatán herramientas de origen militar: psicodélicos, radios, computadoras. En las guerras, las computadoras podrían haber sido construidas para el mando y control, pero cuando se comercializaron para el uso cotidiano, pudieron convertirse en plataformas para la creatividad y el individualismo.

En 1975, un grupo de aficionados de Silicon Valley, entre los que se encontraban el ingeniero informático y activista antiguerra Lee Felsenstein y el futuro cofundador de Apple, Steve Wozniak, se reunieron en el club informal Homebrew Computer Club para experimentar con pequeñas computadoras portátiles para uso personal. Aunque el precursor de internet se desarrolló con fondos destinados a la defensa, este grupo de aficionados —parte de un movimiento que Turner ha denominado “Nuevo Comunalismo”— no veía las redes informáticas como una tecnología de comunicación para el campo de batalla, sino como una comunidad autoorganizada de expresión personal.

Cuando terminó la Guerra Fría, una nueva generación de ingenieros autodenominados hackers quería que el ciberespacio fuera abierto, accesible a nivel mundial y libre de la intervención del gobierno. Protestaron contra los controles de exportación estadounidenses sobre los algoritmos de cifrado, que consideraban un bien público. También se opusieron a la adopción por parte de la administración Clinton del Clipper Chip, una puerta trasera gubernamental en los dispositivos de comunicación implementada en nombre de la seguridad nacional.

Para finales de siglo, el activista político ciberlibertario John Perry Barlow declaró que el ciberespacio —que tan solo 13 años antes había sido un proyecto especial del Departamento de Defensa— debía estar libre del control gubernamental. “Estamos creando un mundo al que todos pueden acceder sin privilegios ni prejuicios por motivos de raza, poder económico, fuerza militar o condición social”, escribió Barlow, antiguo letrista de Grateful Dead.

En las guerras, las computadoras podrían haber sido construidas para el mando y control, pero cuando se comercializaron para el uso cotidiano, pudieron convertirse en plataformas para la creatividad y el individualismo.

Los primeros tiempos del internet de consumo estuvieron marcados por una cultura antiautoritaria y antimilitarista. Empresas multimillonarias rechazaban públicamente el trabajo para el sector militar, que se consideraba retrógrado y de bajo estatus. El lema no oficial de Google, hasta que se transformó en Alphabet en 2018, era “Don’t be evil” (no seas malvado). La preocupación por la ética de la tecnología pudo haber sido principalmente retórica, pero los trabajadores del sector intentaban exigirles coherencia a las empresas. En 2018, después de que Google anunciara el Proyecto Maven, que buscaba utilizar la inteligencia artificial (IA) para analizar imágenes de drones para el Pentágono, más de 4 mil empleados protestaron contra la iniciativa, argumentando que “Google no debería estar en el negocio de la guerra”, y algunos renunciaron. Ante la disidencia interna, la empresa no renovó su contrato con Maven.

UNA VUELTA AL PASADO

A pesar del rechazo a la tecnología de defensa, Silicon Valley mantuvo su rol en el complejo militar-industrial hasta bien entrado el siglo XXI. Palantir Technologies se fundó en 2003 para librar la guerra contra el terrorismo y sigue proporcionando software de análisis de inteligencia para el ejército y las fuerzas del orden en la actualidad. Gigantes tecnológicos como Intel Corp. y Oracle Corp. han seguido obteniendo beneficios de los trabajos de defensa, y empresas de software como Google y Microsoft buscan activamente contratos militares y de inteligencia. Las revelaciones de las filtraciones de Snowden mostraron aún más la complicidad de las empresas tecnológicas estadounidenses en el aparato de vigilancia digital en constante expansión del país. Después de Maven, el trabajo militar de Google se reanudó discretamente. En 2021, la empresa aceptó trabajar en el Proyecto Nimbus, un contrato de servicios en la nube para el ejército israelí, a pesar de las preocupaciones internas de que el programa pudiera permitir abusos de los derechos humanos en Cisjordania.

Mientras que la tecnología militar era un tema tabú en las décadas de 2000 y 2010, ahora Silicon Valley abraza abiertamente sus raíces militares. Las tecnologías orientadas al consumidor que antes resultaban atractivas, como los mercados online, la publicidad digital, las redes sociales y las aplicaciones de trabajo temporal, se han saturado cada vez más, a pesar de su rápido crecimiento en la década de 2010. “Quizás ya no queden tantos avances importantes en el ámbito de internet para el consumidor. Las grandes ideas ya se han probado”, observó en 2018 Thiel, inversor de capital de riesgo y cofundador de Palantir.

Pero mientras Estados Unidos se ve envuelto en guerras abiertas en Ucrania y Medio Oriente, así como en una rivalidad entre grandes potencias con China, las empresas tecnológicas han identificado futuras oportunidades de ganancias en asociaciones público-privadas que son posibles gracias al siempre creciente presupuesto de defensa de Estados Unidos. “Hay más inteligencia artificial en un Tesla que en cualquier vehículo militar estadounidense; mejor visión artificial en la aplicación Snapchat que en cualquier sistema del Departamento de Defensa; y, hasta 2019, el arsenal nuclear de Estados Unidos funcionaba con disquetes”, afirmaba una entrada del blog de Anduril en 2022.

Mientras que la tecnología militar era un tema tabú en las décadas de 2000 y 2010, ahora Silicon Valley abraza abiertamente sus raíces militares.

Los inversores de capital de riesgo solían evitar la tecnología de defensa, en parte porque no se veían capaces de competir con los contratistas tradicionales. Hoy en día, la mayoría de los contratos de defensa de EE. UU. se adjudican a un puñado de fabricantes, como Lockheed Martin Corp., General Dynamics Corp. y The Boeing Company. Por el contrario, en la actualidad, menos del 1% del presupuesto total del Departamento de Defensa se destina a las 100 principales empresas de tecnología de defensa respaldadas por capital de riesgo, según el Silicon Valley Defense Group. En 2025, estas empresas recaudaron mucho más en capital privado —más de 70 mil millones de dólares— que en adjudicaciones federales, que hasta ahora suman 29 mil millones de dólares.

Silicon Valley responde apelando a su conocido lema: move fast and break things (avanzar rápido y romper cosas). Para irrumpir en el actual sector de defensa, tendrá que reactivar la era de competencia que se dio por terminada en 1993. Fue entonces cuando el secretario de Defensa de la administración Clinton, Les Aspin, organizó la tristemente célebre “Última Cena” y les advirtió a los ejecutivos de las empresas contratistas que la industria debía consolidarse o no sobreviviría. El número de grandes contratistas de defensa pasó de más de 50 a apenas cinco en la actualidad.

“Todo el mundo, incluidos los rusos y los chinos, han renunciado al comunismo excepto Cuba y el Departamento de Defensa”, se lamentó Shyam Sankar, director de tecnología de Palantir, quien quiere que las empresas de tecnología de defensa innoven y escalen rápidamente en lo que él denomina la era del “Primer Desayuno”, un juego de palabras con la anterior “Última Cena”. La ausencia de competencia entre los fabricantes de armas, argumentó, ha debilitado la capacidad de Estados Unidos para reconstruir una base industrial. “Llevamos a cabo un proceso centralmente no planificado que no tiene ni las supuestas ventajas de una economía planificada ni las ventajas (muy superiores) de un mercado libre”, escribió.

Pero ahora los inversores de capital de riesgo ven una ventana de oportunidad. Desde 2022, la guerra en Ucrania ha puesto a prueba productos de defensa respaldados por capital de riesgo, en ocasiones mediante financiación privada y donaciones. El Pentágono quiere ahora convertirse en un “verdadero ecosistema de innovación”, según el exsecretario de Defensa Lloyd Austin, quien impulsó la creación de la Oficina de Capital Estratégico en 2022, bajo la presidencia de Biden, para asegurar la inversión del sector privado en tecnología de defensa. Austin quiere superar el llamado “valle de la muerte”, la larga y asfixiante brecha entre la innovación militar en el sector privado y los contratos del gobierno que tardan años en llegar.

Tras las elecciones de 2024, Silicon Valley desembarcó en el Capitolio. La sintonía entre los sectores más conservadores e influyentes de la industria tecnológica y la administración Trump llevó a los disruptores californianos a Washington. A la cabeza de ellos estaba, por supuesto, Elon Musk, cuya empresa aeroespacial SpaceX es ahora el principal proveedor de cohetes del Pentágono. En la víspera del desfile de junio del presidente Trump, con motivo del 250º aniversario del Ejército estadounidense, la institución tomó juramento a cuatro ejecutivos tecnológicos —entre ellos Sankar, quien había propuesto la creación de un cuerpo de innovación militar integrado por asesores corporativos— como tenientes coroneles, con la esperanza de aportar su experiencia tecnológica al futuro de la guerra.

Silicon Valley desembarcó en el Capitolio. La sintonía entre los sectores más conservadores e influyentes de la industria tecnológica y la administración Trump llevó a los disruptores californianos a Washington.

LA PARADOJA DE LA DEMOCRACIA

Para Thiel, uno de los primeros inversores en Facebook, no vale la pena lamentarse por la pérdida de oportunidades en áreas como las redes sociales. Desde hace tiempo cree que, a pesar de su importancia actual, internet no ha logrado el tipo de progreso tecnológico que se vio en la mayor parte del siglo XX. “Nos prometieron coches voladores”, decía su famoso mantra, “y en cambio, nos dieron 140 caracteres”.

La opinión de Thiel ha sido compartida por el economista Tyler Cowen, quien cree que Estados Unidos ha estado en gran medida estancado en el progreso científico y tecnológico desde la década de 1970. En 1969, el hombre llegó a la Luna; en 1976, el avión supersónico transportó pasajeros entre Nueva York y Londres. Según la hipótesis del estancamiento, la revolución digital de las últimas cinco décadas fue notable, pero, por fuera de ella, el desarrollo de las ciencias duras —en la manufactura, la energía, el transporte y la biotecnología— se ha estancado.

Mientras que Estados Unidos parece haber desacelerado su avance en estas áreas, China da señales de lo contrario. Está superando rápidamente a Estados Unidos en vehículos eléctricos, robótica, baterías y drones. Ha logrado avances significativos en satélites y reactores nucleares, y su industria biotecnológica está avanzando en el desarrollo de medicamentos innovadores a un ritmo sin precedentes. A pesar de los controles de exportación estadounidenses, Beijing está en camino de lograr la autosuficiencia en tecnologías críticas, como los semiconductores avanzados.

Muchos en la industria tecnológica esperan que una carrera armamentística con China impulse nuevas innovaciones tecnológicas, no solo en áreas como la fabricación de armas y la ciberseguridad, sino también en tecnologías emergentes que van más allá de los parámetros tradicionales de la defensa militar. En un ensayo de 2024 ampliamente difundido titulado Situation Awareness: The Decade Ahead (Conciencia de la situación: la década que viene), el exinvestigador de OpenAI Leopold Aschenbrenner argumentó que la carrera armamentística de inteligencia artificial contra China sería el factor decisivo para que Estados Unidos mantuviera su supremacía militar, y que es crucial que Estados Unidos logre la superinteligencia, o inteligencia artificial general (IAG), antes que Beijing. “El mundo libre”, escribió el investigador alemán Aschenbrenner, “debe prevalecer sobre las potencias autoritarias en esta carrera”. Para Aschenbrenner, los retos de seguridad que plantea la IAG solo pueden mitigarse si las democracias liberales mantienen una “clara ventaja” frente a los adversarios de Washington.

Sin embargo, no hay pruebas definitivas de que la inteligencia artificial general esté entre las principales prioridades estratégicas de Beijing. Quienes siguen con atención la política china han señalado que las principales preocupaciones del país son la autosuficiencia de la cadena de suministros y la difusión de la IA en todos los sectores, y no la frontera abstracta de la superinteligencia. Sin embargo, la tesis sin fundamento de Aschenbrenner sobre una carrera armamentística decisiva ha sido adoptada por los halcones más duros frente a China tanto en California como en Washington. Jacob Helberg, antiguo asesor principal de Palantir y ahora subsecretario de Estado en la administración Trump, cree que “China está avanzando rápidamente hacia la IAG… Es fundamental que nos lo tomemos muy en serio”. En noviembre de 2024, la Comisión bipartidista de Revisión Económica y de Seguridad entre Estados Unidos y China, en la que Helberg ocupaba el cargo de comisionado, aconsejó al Congreso financiar “un programa del estilo del Proyecto Manhattan dedicado a la carrera por la inteligencia artificial general (IAG)”.

Leopold Aschenbrenner argumentó que la carrera armamentística de inteligencia artificial contra China sería el factor decisivo para que Estados Unidos mantuviera su supremacía militar, y que es crucial que Estados Unidos logre la superinteligencia, o inteligencia artificial general (IAG), antes que Beijing.

Por su parte, las empresas estadounidenses dedicadas a la IA están de acuerdo. “Es de vital importancia que Estados Unidos mantenga su liderazgo en el desarrollo de la inteligencia artificial con valores democráticos”, decía Sam Altman en su primer mensaje a Trump tras su victoria en noviembre. En respuesta al “momento DeepSeek” en enero, el cofundador de Anthropic, Dario Amodei, pidió que se mantuvieran las restricciones a la exportación de Estados Unidos para impedir que los modelos chinos tuvieran acceso a chips avanzados. A pesar de su éxito, escribió, DeepSeek está “en manos de un gobierno autoritario que ha cometido violaciones de los derechos humanos, se ha comportado de forma agresiva en la escena internacional y actuará con mucha más libertad si consigue igualar a Estados Unidos en IA”. Los controles a la exportación, subrayó, “tienen un propósito vital: mantener a las naciones democráticas a la vanguardia del desarrollo de la IA”. (En julio, Amodei supuestamente buscó inversiones de los Emiratos Árabes Unidos y Catar, una decisión que “no le entusiasmaba”, pero que justificó como necesaria. “Que ‘ninguna persona malvada se beneficie jamás de nuestro éxito’ es un principio bastante difícil de sostener en la gestión de una empresa”, escribió en un memorándum interno). Desde entonces, el presidente Trump ha relajado estos controles a las exportaciones. En diciembre, le permitió a Nvidia vender sus avanzados chips H200 a China, en un cambio radical y controversial con respecto a la política anterior de Estados Unidos.

Quizá el patriotismo del círculo de Silicon Valley sea genuino, pero no deja de ser funcional a sus propios intereses. En su segundo día como presidente, Trump anunció Stargate, una empresa conjunta entre Oracle, SoftBank Group Corp. y OpenAI de Altman para construir centros de datos de IA en los Estados Unidos, con una inversión proyectada de 500 mil millones de dólares —una cifra astronómica— para 2029.

La narrativa de una carrera armamentística respalda convenientemente la búsqueda del progreso tecnológico incondicional por parte de estos evangelistas tech, una visión moral que también han promovido recientemente inversores de capital de riesgo y emprendedores como Marc Andreessen. Autodefinido como un aceleracionista eficaz, cree que el progreso en ciencia y tecnología debe lograrse a toda costa, dejando de lado las preocupaciones normativas sobre la sostenibilidad, la responsabilidad social y la ética tecnológica.

“Nuestro enemigo es la desaceleración, el decrecimiento, la despoblación: el deseo nihilista, tan de moda entre nuestras élites, de menos gente, menos energía y más sufrimiento y muerte”, escribió Andreessen en el muy difundido “Manifiesto tecno-optimista” que se publicó en octubre de 2023.

A diferencia de las colaboraciones discretas que hemos visto durante las dos primeras décadas del siglo, muchos en Silicon Valley hoy apoyan con orgullo el rejuvenecimiento militar de Estados Unidos. Andreessen, quien a mediados de la década de 1990 nos dio el entonces navegador web más popular, Netscape, defendió la fortaleza tecnológica de Estados Unidos: “Las democracias liberales tecnológicamente fuertes salvaguardan la libertad y la paz. Las democracias liberales tecnológicamente débiles pierden frente a sus rivales autocráticos, lo que empeora la situación de todos”.

A diferencia de las colaboraciones discretas que hemos visto durante las dos primeras décadas del siglo, muchos en Silicon Valley hoy apoyan con orgullo el rejuvenecimiento militar de Estados Unidos.

Karp, de Palantir, fue un paso más allá y afirmó que la misión principal de la empresa “siempre ha sido hacer que Occidente, y especialmente Estados Unidos, sea el más fuerte del mundo, lo más fuerte que jamás haya sido, en nombre de la paz y la prosperidad mundiales”. Alexandr Wang, cofundador de Scale AI nacido en Los Álamos y recientemente incorporado a Meta como director de inteligencia artificial, cree que el uso de la IA para la seguridad nacional de Estados Unidos es un “imperativo moral”.

OpenAI, que había restringido el uso de sus productos en el “desarrollo de armas” y para “fines militares y bélicos”, eliminó esta cláusula de sus políticas de uso a principios de 2024 y se aseguró un contrato de 200 millones de dólares con el Departamento de Defensa de los Estados Unidos el pasado mes de junio. Ese mismo mes, Anthropic también anunció su nuevo modelo Claude Gov para llevar la inteligencia artificial a las agencias de defensa e inteligencia de los Estados Unidos. En febrero de 2025, Google eliminó de sus principios de IA, vigentes desde 2018, la afirmación que establecía que no implementaría armas de IA ni sistemas tecnológicos que violaran el derecho internacional y los derechos humanos.

“Hay una competencia a nivel global por el liderazgo en IA en medio de un panorama geopolítico cada vez más complejo”, escribió Google en una entrada de blog tras esta eliminación. “Creemos que las democracias deben liderar el desarrollo de la IA, guiadas por valores fundamentales como la libertad, la igualdad y el respeto por los derechos humanos”.

Sin embargo, esta retórica moralista —que sostiene que es indispensable defender la primacía tecnológica de Estados Unidos para garantizar que los autócratas no utilicen la tecnología con fines opresivos— revela una paradoja incómoda. Si bien es evidente que el uso que China hace de la tecnología para la vigilancia, el control y la represión es profundamente preocupante, el hecho de que las empresas estadounidenses se hayan beneficiado de prácticas similares erosiona el imperativo moral de Estados Unidos de impedir los abusos de otro Estado-nación. Dentro del país, Palantir está creando herramientas de vigilancia e identificación al servicio de la deportación masiva de inmigrantes indocumentados por parte de Trump. Tal como las empresas tecnológicas chinas ayudan al Partido Comunista a vigilar a sus disidentes y controlar a sus minorías musulmanas, Silicon Valley está facilitando ahora la creación de un estado policial en Estados Unidos.

Los líderes del sector tecnológico estadounidense están preocupados por la propaganda y la censura en los sistemas de inteligencia artificial, en el caso de que los sistemas que prevalezcan lo hagan bajo control chino; sin embargo, los sistemas de inteligencia artificial controlados por Estados Unidos ya son vulnerables a la manipulación política. El chatbot Grok, de xAI, propiedad de Musk, ha hecho cosplay de Hitler y ha impuesto la narrativa del “genocidio blanco” en Sudáfrica en reiteradas respuestas. Más recientemente, cuando TikTok vendió su negocio en Estados Unidos a inversores estadounidenses, entre los que se encontraba el multimillonario Larry Ellison, aliado del presidente Trump, surgieron temores sobre una posible censura, esta vez no por parte de China, sino de Estados Unidos. 

Tal como las empresas tecnológicas chinas ayudan al Partido Comunista a vigilar a sus disidentes y controlar a sus minorías musulmanas, Silicon Valley está facilitando ahora la creación de un estado policial en Estados Unidos.

En el extranjero, empresas estadounidenses como Microsoft siguen proporcionando servicios de computación en la nube y de inteligencia artificial al gobierno israelí del primer ministro Benjamin Netanyahu, a pesar de las preocupaciones humanitarias en la Franja de Gaza y Cisjordania. Estos usos de la nueva tecnología, condenados de forma casi unánime por organizaciones de derechos humanos, difícilmente reflejan los valores liberal-democráticos que los militaristas de la industria tecnológica dicen defender. Las empresas tecnológicas estadounidenses quieren impulsar la competitividad nacional, pero en la era de Trump, muchas se han alineado con un gobierno que, según sus detractores, viola con frecuencia los valores democráticos.

Hoy en día, las mentes más brillantes de Estados Unidos se sienten atraídas por la posibilidad de trabajar en lo que podría promocionarse como el próximo Proyecto Manhattan. Los inversores de capital de riesgo sienten nostalgia por los avances tecnológicos logrados durante la Guerra Fría. Como ya han demostrado tanto episodios históricos del macartismo como las posibilidades de un apocalipsis nuclear, el militarismo tecnológico trae consigo peligros reales. La gravedad moral de las acciones o los errores puede ser mucho mayor que una simple falla en una aplicación del teléfono. Y es poco probable que desestimar estas preocupaciones a fuerza de un nacionalismo patriotero contribuya al avance de la democracia o a un mayor sentido de la responsabilidad.

Nos encontramos en un momento en el que las instituciones fundacionales de Estados Unidos se enfrentan a riesgos existenciales; por mucho que pueda entusiasmarnos un mundo en el que predominen las tecnologías democráticas, ese futuro se ve amenazado por los medios antiliberales que se utilizan para alcanzarlo. Dicho esto, una cosa está clara: el Silicon Valley que en su día quiso unir al mundo parece haber desaparecido. Con el auge del tecno-nacionalismo, es posible que pronto recordemos con nostalgia aquellos días pasados en los que jóvenes universitarios dejaban la carrera y prometían “hacer del mundo un lugar mejor”, por muy ingenuas que hayan resultado ser esas aspiraciones.

Hoy en día, las mentes más brillantes de Estados Unidos se sienten atraídas por la posibilidad de trabajar en lo que podría promocionarse como el próximo Proyecto Manhattan.

*El texto original en inglés fue publicado el 27 de enero de 2026 en Noema y puede consultarse en el siguiente enlace: https://www.noemamag.com/silicon-valley-goes-to-war/