XXI: EL SIGLO DE LA VIOLENCIA

Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que había “extraído” a Nicolás Maduro y a su esposa de Venezuela para juzgarlo en Nueva York, se escribió la sentencia final para la era del multilateralismo tal como la conocíamos. Una intervención directa de un Estado en otro, sin que medien discusiones y búsquedas de acuerdos en la comunidad internacional, era algo que el mundo había dejado de ver hacía muchas décadas. Tanto quienes apoyaron como quienes criticaron aquella acción coincidieron en dar por terminado aquello que alguna vez se llamó derecho internacional, y al mismo tiempo reconocían el nacimiento de algo que aún no tiene nombre ni forma. Días después, Trump despejó cualquier duda que pudiera haber sobre esta nueva era, y dijo que Groenlandia, que pertenece a Dinamarca, debería ser el estado 51 de Estados Unidos, en nombre de la geopolítica y los intereses de Occidente. Esto hizo rechinar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y enfrentó aún más a Europa con Estados Unidos. La última intervención de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich puede leerse como un mensaje de moderación. Sin embargo, Trump también ha lanzado el llamado Consejo de Paz, una iniciativa para mediar en conflictos internacionales por fuera de la estructura de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que buscará administrar los nuevos conflictos globales. Liderado por EE.UU., forman parte del Consejo países con regímenes de todo tipo, desde híbridos o autoritarios como Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes y Hungría, o democracias como Argentina, Paraguay e Israel.

Esta seguidilla de decisiones unilaterales, que se suma a conflictos en curso —la invasión de Rusia a Ucrania, el ataque de Hamás a Israel y la posterior respuesta israelí sobre la Franja de Gaza, Irán y Siria, y tantos otros latentes, como el reclamo de Taiwán por parte de China— no representa otra cosa que tambores de guerra y escenarios de violencia. Nadie se anima a apostar por una paz global duradera. Si ampliamos el zoom y alzamos la mirada en el tiempo, existen una serie de procesos en curso que tampoco son demasiado auspiciosos en términos de paz: la reconfiguración del trabajo y la vida cotidiana de la mano de la inteligencia artificial (IA), el calentamiento global y sus consecuencias sobre la habitabilidad de la Tierra, y la creciente desigualdad entre países ricos y el resto del mundo —no exclusivamente países pobres— para hacer frente a estos fenómenos, configuran una combinación literalmente explosiva para el siglo XXI. Todo parece indicar que el futuro de paz pronosticado por algunos no tendrá lugar pronto y que la constante de violencia de la historia de la humanidad permanecerá inalterable. En Traza Continental, como parte de nuestra serie Futuro, hacemos un repaso por los distintos escenarios de conflictividad que pueden aparecer —o que ya están aquí— más allá de la lógica tradicional de la guerra.

LA OMNIPRESENCIA DE LA VIOLENCIA

Si bien es cierto que la historia no se repite pero rima, existe un consenso respecto de que la conflictividad que veremos asomar en las próximas décadas tendrá motivaciones y tomará formas distintas al tipo de conflicto que predominó en el siglo XX —más relacionado con los choques entre los Estados-nación— y tendrá a los conflictos de clase, las disputas confesionales y las tensiones derivadas del calentamiento global y la desigualdad del progreso como ejes centrales. Estos escenarios, como veremos, no son unidimensionales, sino interdependientes —Groenlandia es para Estados Unidos un conflicto geopolítico y, al mismo tiempo, una oportunidad de dominar las nuevas rutas marítimas que surgirán con el derretimiento de los hielos del Ártico; es la lucha por la defensa de Occidente y, a la vez, la pelea por asegurar un territorio con recursos clave para la carrera tecnológica de la que dependen las innovaciones del presente y del futuro— y tendrán un único denominador común, persistente a lo largo de toda la historia de la humanidad: la omnipresencia de la violencia. Ya sea en estado de naturaleza, ya sea bajo orden y normas, el dilema de la violencia parece insoluble.

…la conflictividad que veremos asomar en las próximas décadas tendrá motivaciones y tomará formas distintas al tipo de conflicto que predominó en el siglo XX…

En su Tratado sobre la violencia, el sociólogo Wolfgang Sofsky hace una lectura bastante cruda de la razón de ser de la violencia en el ser humano y en la sociedad. Sostiene que el orden social no se funda ni en un impulso irresistible de sociabilidad ni en necesidades laborales, sino en “la experiencia de la violencia”. La sociedad, dice, es un aparato de protección mutua. Y no necesita de razones. La violencia es absoluta y no necesita de ninguna justificación. “No sería absoluta si estuviera ligada a razones. Solo aspira a la prosecución y el acrecentamiento de sí misma. Sin duda tiene una dirección, pero no está sujeta a ninguna finalidad que le ponga un término. Se ha desprendido del lastre de los fines y ha hecho a la razón su sierva. Ya no obedece a las leyes de la producción, de la poiesis. Es pura praxis: la violencia por la violencia. Nada quiere conseguir. Lo único que cuenta es la acción misma. La violencia absoluta se basta a sí misma”.

​Ni siquiera los procesos supuestamente civilizatorios han podido con la violencia. Las grandes matanzas humanas no son exclusividad de épocas primitivas; más bien fue la necesidad de fundar y sostener a los Estados modernos lo que dio origen a genocidios y limpiezas étnicas. Es que, dice Sofsky, “la violencia es el destino de la especie. Lo que cambia son las formas, los lugares, las ocasiones, la eficiencia técnica, el marco institucional y el concepto legitimador”. El hombre, dice, es capaz de todo porque puede imaginar cualquier cosa. Entonces puede crear su propia violencia. “Si es capaz de todas las atrocidades, es porque no es un ser fijo. Y si está siempre dispuesto a destruir las formas culturales, es porque éstas constriñen su libertad”.

¿Cuáles son, entonces, los escenarios de violencia y de conflicto que se avecinan?

ESCENARIO UNO. CONFLICTOS BIOLOGICISTAS

La tesis del historiador israelí Yuval Noah Harari es que en el siglo XXI el hombre buscará la inmortalidad. Las innovaciones en ciencia y tecnología le permitirán al ser humano, dice Harari en Homo Deus. Breve historia del mañana, “hackear” su biología para lograr la vida eterna. La búsqueda del progreso, que —con muchos problemas— pareció ocupar un lugar central en la agenda humana en los siglos XIX y XX, mutará, dice Harari, hacia la inmortalidad, la felicidad y la divinidad, de la mano fundamentalmente de dos “religiones”: el transhumanismo y el dataísmo. El primero, anclado en valores humanos, sostiene que el hombre debe mutar hacia un modelo muy superior al actual homo sapiens, de la mano de la tecnología, mientras que el segundo cree que los humanos ya han completado su tarea y ahora deben dejar su lugar a entidades completamente nuevas.

​Esto redundará, sostiene, en una casta de humanos mejorados, dotados de capacidades inauditas y de creatividad sin precedentes. Serán las personas más importantes del mundo. Pero, por defecto, surgirá también otra casta, la de los humanos no mejorados; una clase inferior dominada primero por los algoritmos que los excluirán del mercado de trabajo, y luego relegada por estos nuevos superhumanos, quienes concentrarán el poder y privarán al resto de la humanidad de avances médicos y científicos. De hecho, dice Harari, es posible que la era de la medicina de masas esté llegando a su fin, bajo la premisa de que será mucho más sensato centrarse en mejorar más allá a un puñado de humanos que a todos. Por primera vez en la historia, los ricos y los pobres estarán separados por una brecha biológica que dejará al descubierto una enorme cantidad de personas inútiles. “El dilema más importante en la economía del siglo XXI bien pudiera ser qué hacer con toda la gente superflua”, dice Harari.

Las innovaciones en ciencia y tecnología le permitirán al ser humano, dice Harari en Homo Deus. Breve historia del mañana, “hackear” su biología para lograr la vida eterna.

El filósofo e historiador Émile Torres llamó a estos movimientos de “mejoramiento” del ser humano TESCREAL, un acrónimo que describe una constelación de ideologías —transhumanismo, extropianismo, singularitarismo, cosmismo, racionalismo, altruismo efectivo y largoplacismo— que se han vuelto muy influyentes dentro de Silicon Valley y empiezan a tomar fuerza en el mundo de las ideas y la política, sobre todo de la mano de sus impulsores, los empresarios de la industria como Elon Musk, Peter Thiel y Sam Altman, entre muchos otros.

Torres sostiene que la visión de futuro que tienen los TESCREAListas no es inclusiva. “Si fuera un futuro inclusivo, también incluiría a los humanos. No lo hace. Es un futuro para los poshumanos. También es profundamente elitista y extremadamente antidemocrático. En este momento, con sus miles de millones y billones de dólares, están tratando de crear un nuevo mundo dirigido por poshumanos sin haber consultado nunca las opiniones y preferencias del resto de la humanidad. Lo están haciendo sin nuestro consentimiento y realmente no les importa en lo más mínimo lo que el resto tengamos que decir. Creen en su visión y van a intentar hacerla realidad de todas formas. Realmente creen que eso es lo correcto. No hay ninguna participación del resto de la humanidad sobre cómo debería ser nuestro futuro colectivo como especie. Podríamos describir esto como profundamente coercitivo”.

Pero el proyecto de inmortalidad está condenado desde el principio al fracaso. La ilusión de vencer a la muerte es querer dar un sentido donde no lo hay. Como dice Sofsky: “esta cultura que busca la trascendencia de la existencia, el sueño del hombre dominador de la muerte producirá más monstruos”.

Como dice Sofsky: “esta cultura que busca la trascendencia de la existencia, el sueño del hombre dominador de la muerte producirá más monstruos”.

No hay que irse muy lejos en la historia para encontrar los monstruos nacidos bajo la premisa del mejoramiento de la especie. Encontramos limpiezas étnicas en búsqueda del mejoramiento genético en la persecución y muerte de los armenios del Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial, en los desplazamientos de poblaciones hindúes y musulmanas entre India y Pakistán o, más recientemente, en la persecución de la población albano kosovar en la Serbia de Milosevic. Por no hablar del Holocausto, que incluyó, además de la expulsión, primero, y el aniquilamiento, después, de los judíos, la matanza de 100 mil alemanes con discapacidades mentales y físicas.

ESCENARIO DOS. CONFLICTOS DE CLASE

En Cuatro Futuros. Ecología, robótica, trabajo y lucha de clases para después del capitalismo, el escritor e investigador norteamericano Peter Frase ensaya un futuro posible, al que llama exterminismo, en el cual coexisten una pequeña élite privilegiada por la automatización, propietaria de los algoritmos y los métodos de producción, y una masa “superflua desde el punto de vista de la élite gobernante”. Esto es, un escalón más abajo del capitalismo. En el capitalismo, dice Frase, “el antagonismo entre capital y trabajo se caracterizó tanto por un choque de intereses como por una relación de dependencia mutua: los trabajadores dependen de los capitalistas mientras no controlen los medios para producirlos ellos mismos, mientras que los capitalistas necesitan trabajadores para administrar sus fábricas y tiendas”. Pero con la llegada de los robots, esta codependencia se evapora. “La existencia de un pueblo empobrecido y económicamente superfluo plantea un gran peligro para la clase dominante, que con razón teme la expropiación inminente”, sostiene Frase, y se pregunta, como también lo hace Harari: “¿qué pasa si las masas son peligrosas pero ya no son una clase trabajadora y, por tanto, no tienen valor para los gobernantes? Al final, alguien tendrá la idea de que sería mejor deshacerse de ellas”. El exterminismo define, entonces, la manera que elegirán las élites de enfrentar el peligro de las hordas de gente miserable, sin trabajo, sin futuro. “Cuando el trabajo de las masas se ha vuelto superfluo, acecha una solución final: la guerra genocida de los ricos contra los pobres. El fantasma de la automatización surge una vez más, pero de una manera muy diferente. Bajo el modelo rentista, la automatización tendía a hacer que cada vez más trabajadores fueran superfluos, intensificando la tendencia del sistema hacia el subempleo y la escasa demanda. Una sociedad exterminista puede también automatizar y mecanizar el proceso de represión y exterminio, permitiendo a los gobernantes y sus aliados distanciarse de las consecuencias de sus acciones”.

Exterminismo. Genocidio de pobres y de trabajadores ¿Es verdaderamente posible este escenario? Lo que verdaderamente debemos preguntarnos es más bien si ya se está preparando. ¿Qué están haciendo hoy los ricos de todo el mundo? Construyendo comunidades cerradas y búnkers de super lujo para sí mismos y para quienes puedan pagarlos. Imaginando y construyendo ciudades independientes, planeando comunidades en el medio del océano. “En todo el mundo los ricos están mostrando su deseo de escapar del resto de nosotros”, dice Frase.

¿Qué están haciendo hoy los ricos de todo el mundo? Construyendo comunidades cerradas y búnkers de super lujo para sí mismos y para quienes puedan pagarlos. Imaginando y construyendo ciudades independientes, planeando comunidades en el medio del océano.

Puede sonar paranoico, pero tiene sentido cuando nos hacemos otra pregunta: ¿pasó esto alguna vez en la historia de la humanidad? En su libro Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI, el sociólogo alemán Harald Welzer advierte que las limpiezas étnicas y los genocidios que se produjeron a lo largo del siglo XX no fueron desviaciones en el camino de creación y fortalecimiento de los Estados, sino que estas matanzas fueron condiciones de posibilidad para la modernidad. “Procesos sociales como el Holocausto no deben entenderse como ´quiebra civilizatoria´ o como ´recaída en la barbarie´, sino como consecuencia de los intentos modernos por establecer orden y solucionar lo que se siente como problema social”. Es decir, que las limpiezas étnicas y los genocidios están estrechamente relacionados con procesos de modernización.

 Si estamos, como sostienen Harari y muchos más, en un nuevo intento civilizatorio promovido por tecnoutópicos, la pregunta no es tanto si veremos nuevos exterminios, sino cuándo y en qué medida. Lo acontecido en Gaza puede ser solo un preludio de lo que nos depara esta centuria. “Uno también podría preguntar por qué algo no habría de suceder ´nunca más´ cuando los ejemplos demuestran que los hombres son capaces de las desviaciones más radicales del pensamiento humanista, que encuentran sentido en las teorías, las definiciones, las conclusiones y las acciones más inhumanas y que son capaces de integrar esas teorías en concepciones que les son familiares”, dice Welzer. De hecho, sostiene, la violencia es consecuencia de una “racionalidad instrumental”. “Es una superstición modernista la que invariablemente nos hace retroceder con miedo ante la idea de que los hombres optan por matar a otros hombres cuando esos otros constituyen un problema para ellos. Esto tiene que ver no tanto con la agresión en sentido psicológico, sino más bien con la racionalidad instrumental”, aclara.

El escenario de exterminio, bajo la forma de una guerra civil global, es la hipótesis también del sociólogo y filósofo italiano Maurizio Lazzarato, que propone una revolución y la revitalización de la lucha de clases para evitar ser masacrados en un escenario de guerra civil global. “El futuro se proyecta como la presencia simultánea de una guerra civil mundial y de una guerra total que, si no logran transformarla en revolución, solo traerá destrucción y muerte”, dice en su libro ¿Hacia una nueva guerra civil mundial? Para Lazzarato, entonces, la lucha de clases no sería tanto un escenario a evitar sino un escenario a fortalecer si se quiere evitar el exterminio planteado por Peter Frase. “El verdadero problema para los capitalistas y los Estados no es la guerra, que en realidad es el medio por el cual regulan su competencia por el poder y constituye una fuerza económica que regula el ciclo de acumulación de ganancias, sino la guerra civil, especialmente cuando se presenta como lucha de clases.

Si estamos, como sostienen Harari y muchos más, en un nuevo intento civilizatorio promovido por tecnoutópicos, la pregunta no es tanto si veremos nuevos exterminios, sino cuándo y en qué medida.

Fue la guerra civil, expresión de la lucha de clases, la que hizo saltar por los aires la división entre exterior e interior sobre la que se había constituido el poder del Estado moderno: pacificación de la guerra civil —es decir, de la lucha de clases interna, integrada en la producción y reproducción del capital— e inversión de la violencia en el exterior de la guerra entre Estados (nacionalismos)”. De ahí que proponga una revolución, para la cual, dice, no estamos preparados. “La generalización del estado de guerra y de guerra civil, dentro de la perpetuación de la crisis económica y de la crisis ecológica, es el horizonte cada vez más actual que no requiere como respuesta adecuada, ni oleadas, ni reformismos, ni centrismos, sino una ruptura radical que nos encuentra poco preparados incluso para pensarla”. Solo el surgimiento de un nuevo sujeto político podrá materializarla: “de las masas no cualificadas surgió la clase obrera como sujeto político, de las masas cualificadas por los dualismos, o surgirá un nuevo sujeto político, o la explotación, la dominación, el genocidio, la guerra, se perpetuarán”.

ESCENARIO TRES. CONFLICTOS CONFESIONALES

El siglo XXI es el siglo de los escombros utópicos, dice John Gray en Misa Negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía. La última gran utopía, dice, fue el proyecto de democracia universal, que fracasó en las calles de Faluya, Irak, luego de la fallida invasión civilizadora de Estados Unidos en 2003. Esas utopías fallidas que dominaron gran parte del siglo XX (el progreso, la democracia liberal), dice Gray, negaban las confesiones y la transmisión de mitos religiosos, un movimiento que, ya sin utopías para conquistar, volverá a ser predominante en las próximas décadas de la mano de la “religión apocalíptica”, una versión primitiva de la religión que está ocupando el lugar de la fe secular perdida. “La religión ha vuelto a erigirse en un auténtico poder por derecho propio. Con la muerte de la utopía, ha resurgido la religión, pura y descarnada, como fuerza en la política mundial”, sostiene, y con ella, una renovada fuente de conflicto y violencia.

Si la era laica ha terminado, lo que nos aguarda es un futuro de disputa confesional y, por ende, violento. En definitiva, dice Gray, “nada hay más humano que la disposición a matar y morir por dar un sentido a la vida”, más aún ante el surgimiento de una prédica apocalíptica que traerá consigo una inflación de sectas y cultos. “El calentamiento global que experimentamos en la actualidad es una más de las varias fiebres que la Tierra ha sufrido y a las que se ha sobrepuesto a lo largo de su historia. Las personas hemos desencadenado este episodio, pero carecemos del poder para detenerlo. Éste puede ser desastroso para nosotros y para otras especies, pero, en términos planetarios, es algo perfectamente normal. Es muy probable que esta acabe siendo una realidad demasiado cruda para la capacidad de resistencia de la mayoría de las personas, por lo que, a medida que el cambio climático avance, es de esperar que surja una irrupción febril de sectas y cultos en los que éste sea interpretado bajo la forma de una narración humana de catástrofe y redención. Después de todo, el Apocalipsis es un mito antropocéntrico”.

“La religión ha vuelto a erigirse en un auténtico poder por derecho propio. Con la muerte de la utopía, ha resurgido la religión, pura y descarnada, como fuerza en la política mundial”, sostiene, y con ella, una renovada fuente de conflicto y violencia.

Allí donde miremos, hoy podemos encontrar una amplia gama de violencias sustentadas en la religión, que van desde la discriminación hasta la matanza de musulmanes, judíos, budistas o cristianos, por nombrar las confesiones más populares. Sin embargo, los motivos nunca son estrictamente religiosos, sino que incluyen muchas veces factores territoriales y étnicos. Entre los conflictos en curso podemos enumerar Israel y Palestina, las tensiones hinduistas-musulmanas en India, la persecución de comunidades cristianas por parte de grupos yihadistas en Nigeria o la matanza de la minoría musulmana rohinyá por sectores nacionalistas budistas en Myanmar.

Es probable que en el futuro se agregue al tendal de motivos de estos conflictos la cuestión climática. En el punto donde se cruzan el crecimiento de la temperatura global y el decrecimiento del laicismo y la fe en el progreso, es posible que estalle la violencia justificada por la fe en aquellos dioses que prometen paz y seguridad. Mientras muchas religiones han nacido y crecido bajo un supuesto civilizatorio, hoy nos encontramos con choques de fundamentalismos y guerras feroces, en un contexto de poder y conocimiento incrementados y de recursos para la sobrevivencia y la vida plena limitados.

ESCENARIO CUATRO. CONFLICTOS CLIMÁTICOS

Las guerras por el cambio climático posiblemente sean la mayor novedad en relación con la violencia del siglo XXI. Todas las anteriores han sido una constante —con picos, valles y desarrollos técnicos correlacionados—  a lo largo de la historia. Y si bien no podemos decir que los factores naturales y geográficos —posesión de agua dulce, de recursos sin explotar o pasos marítimos— hayan estado exceptuados de las grandes y pequeñas guerras, el cambio en la habitabilidad del planeta Tierra que se producirá —que se está produciendo—por el calentamiento global será, si no un motivo central, un disparador de conflictos violentos entre Estados, entre privados, o entre todos ellos juntos. El aumento del nivel de las aguas, la desertización, los movimientos de tierra inesperados traerán consigo grandes movilizaciones de personas, migraciones masivas y con ellas el incremento de refugiados y su demanda de bienestar básico, lo cual a su vez acarreará más violencia. La asimetría entre países y entre personas será cada vez más pronunciada. Los países menos afectados por los efectos del calentamiento global resistirán las oleadas migratorias, endureciendo su política de seguridad, invirtiendo muchísimo dinero en reforzar a sus fuerzas del orden, produciendo un mayor control de las personas por parte del Estado, reduciendo los márgenes de libertad civil y, al mismo tiempo, incrementando el nivel de violencia monopólica. Y todo, nada menos, que por un incremento de dos grados, con suerte, en la temperatura promedio del planeta.

Los países menos afectados por los efectos del calentamiento global resistirán las oleadas migratorias, endureciendo su política de seguridad, invirtiendo muchísimo dinero en reforzar a sus fuerzas del orden…

“La violencia en este siglo tiene mucho futuro”, dice Welzer. “Este siglo será testigo no solo de migraciones masivas, sino también de la resolución violenta de problemas de refugiados, no solo de tensiones en torno de los derechos de agua y de extracción, sino de guerras por los recursos”, sostiene. “Las transformaciones climáticas actúan en dos direcciones: pueden suscitar conflictos violentos o profundizar situaciones de conflicto existentes. Además, sus interacciones, acumulaciones o concatenaciones indirectas pueden derivar hacia consecuencias inesperadas. Desde un punto de vista empírico, no existe el menor fundamento para creer que el mundo seguirá siendo el mismo que conocemos”.

Y es que después de una catástrofe climática, lo que queda a la vista de todos son las condiciones en las que operaba esa sociedad, su backstage. Cuando bajan las aguas, vemos de manera dramática las desigualdades, los déficits de gestión, la inequidad sobre las cuales funcionaba esa comunidad. El pensador sudafricano Rob Nixon denominó a este trasfondo “violencia lenta”, una forma de agresión vinculada a injusticias estructurales, racismo, y degradación ambiental, que provocan daños acumulativos, invisibles y dispersos a lo largo del tiempo, demostrando así que la violencia es siempre una opción disponible. Todo esto queda brutalmente en evidencia después de una catástrofe climática y representa una alerta para los tiempos que vienen, por sus implicancias. “Con la guerra ´ecológica´ se reúnen todas las condiciones para una intensificación de la guerra civil mundial. Es como si las clases dominantes fueran conscientes de que ya no existen más condiciones —keynesianas (políticas públicas), ni schumpeterianas (grandes innovaciones; ciertamente, no será la inteligencia artificial la que sacará al capitalismo mundial de sus impasses), ni ecológicas (la energía fósil siempre estará en el centro de la economía capitalista), ni geopolíticas (el Sur rechaza su saqueo secular)— para una nueva fase de acumulación, para una mayor transformación, al menos a corto plazo, del capitalismo. De ahí la necesidad de austeridad, de trabajo servil, precario, de destrucción del Welfare (…) y la necesidad imperativa, también, de cancelar, neutralizar y criminalizar todo conflicto, porque el sistema no produce ningún margen para el compromiso”, dice el italiano Lazzarato.

Así, lo esperable es que las guerras climáticas sean consecuencia de la lucha entre los Estados tal como los concebimos, pero también entre formaciones sociales y políticas hasta hoy inexistentes, ya sea porque se configurarán como consecuencia de los desastres climáticos o bien porque emergerán desde un submundo desconocido —o al que, si lo conocemos, no le estamos prestando demasiado interés—.

…lo esperable es que las guerras climáticas sean consecuencia de la lucha entre los Estados tal como los concebimos, pero también entre formaciones sociales y políticas hasta hoy inexistentes, ya sea porque se configurarán como consecuencia de los desastres climáticos o bien porque emergerán desde un submundo desconocido…

COROLARIO

Para finalizar, hay que preguntarnos quiénes son los grandes ganadores de escenarios tan catastróficos. Un futuro que Welzer ve altamente posible es que los Estados-nación —y podríamos añadir los sujetos en disputa con capacidad de hacerlo— cedan la gestión de estos conflictos a ejércitos privados, cuyo interés sea más la perpetuación de la guerra que su resolución. En su hipótesis, esta externalización de la guerra puede verse como parte de una transformación cultural, donde la violencia se vuelve un servicio más dentro del mercado global.