Michael A. Needham*
El pasado 17 de julio Michael A. Needham –jefe de gabinete de Marco Rubio– asistió como orador a la Cumbre de Reindustrialización organizada por un grupo de empresarios jóvenes –entre ellos Aaron Slodov, autor de “A Techno-Industrialist Manifesto”– que promueve la recuperación de las capacidades industriales de los Estados Unidos como factor esencial para el sostenimiento de su poderío global. Reindustrialize 2025 se llevó a cabo en Detroit, el epicentro de la industria automotriz estadounidense, y congregó a empresarios de la tecnología y funcionarios de alto nivel del gobierno de Donald Trump. Además de Needham, del lado de la administración republicana asistieron John Phelan, secretario de la Marina; Jamieson Greer, representante de Comercio; y de manera virtual Peter Hegseth, secretario de Defensa. Entre los empresarios presentes estuvieron Palmer Luckey, fundador de Anduril Industries; Shyam Sankar, director de Tecnología y vicepresidente ejecutivo de Palantir Technologies; y Chris Power, fundador y CEO de Hadrian (tres empresas dedicadas a la seguridad y la defensa), entre muchos otros.
Al igual que Kevin Roberts –director de The Heritage Foundation–, Needhman aboga por una mirada menos globalista de la política estadounidense, más nacionalista y hemisférica, en la que América Latina es considerada una vez más como región prioritaria.
The American Mind, la revista del think tank conservador The Claremont Institute, publicó la intervención de Needham, en la que el también consejero del Departamento de Estado pone a la fuerza del pueblo estadounidense como el factor central para la reindustrialización de su nación y para la construcción de “un nuevo siglo americano”. En Traza Continental traducimos el texto íntegro al castellano.
La reindustrialización requiere reavivar el espíritu estadounidense
Los estadounidenses son diferentes del resto del mundo. Todo el mundo lo sabe, pero no todo el mundo sabe por qué. Algunos dicen que es nuestra Constitución, o nuestras tradiciones políticas, o nuestra vasta masa continental. Pero esa no es la historia completa.
Por encima de todo, lo que distingue a Estados Unidos del resto del mundo es nuestro pueblo, un pueblo poseído por el mismo espíritu orgulloso y desafiante de Andrew Jackson a sus 13 años. Tras ser capturado después de la escaramuza en Hanging Rock, el joven Jackson se rehusó a lustrar los zapatos de sus captores británicos, prefiriendo recibir una cicatriz en la cara del sable de un oficial antes que arrodillarse ante los ocupantes extranjeros.
Por encima de todo, lo que distingue a Estados Unidos del resto del mundo es nuestro pueblo, un pueblo poseído por el mismo espíritu orgulloso y desafiante de Andrew Jackson.
Estados Unidos es una nación de pioneros, exploradores e inventores. A diferencia de nuestros homólogos europeos, no nacimos gradualmente, a lo largo de milenios: somos un pueblo que se ha hecho realidad a sí mismo, conociéndose a través de siglos de lucha para forjar una civilización en tierra salvaje.
Somos una nación de colonos: dinámica, incesante, lanzándose al espacio infinito. Desde que los primeros barcos de peregrinos llegaron a nuestras costas, los estadounidenses hemos estado poseídos por un impulso insaciable de crear, construir y descubrir; de adentrarnos hacia lo desconocido. Nuestro pueblo ha surcado océanos, perforado túneles para atravesar montañas, derrotado imperios, levantado rascacielos y trascendido a nuestros ancestros pioneros al expandirse hacia el espacio exterior mismo. Hicimos todo esto manteniendo la capacidad de gobernarnos a nosotros mismos.
Pero durante los últimos 30 años, ese espíritu estadounidense ha sido secuestrado y desviado. Ese espíritu no murió: una forma de él está viva y activa en el mundo de adrenalina y alto riesgo de las finanzas. Pánico en Wall Street. El lobo de Wall Street. El magnate de fondo de inversión que literalmente incauta un barco de guerra extranjero para hacer cumplir una obligación de deuda soberana.
Pero en las finanzas, este instinto —la voluntad de arriesgar, competir, conquistar— se volvió contra sí mismo en demasiados casos. En estos excesos, dejó de servir a la nación y, en cambio, comenzó a consumirla.
En las finanzas, este instinto —la voluntad de arriesgar, competir, conquistar— se volvió contra sí mismo en demasiados casos. En estos excesos, dejó de servir a la nación y, en cambio, comenzó a consumirla.
Los mercados de capitales estadounidenses son la envidia del mundo. Siguen siendo, sin duda, una de las mayores ventajas estratégicas de nuestro país en el tablero de ajedrez global.
Pero la concentración de nuestro talento y energía en las finanzas ha dejado atrofiadas otras partes de nuestra nación. Desde los sesenta hasta 2008, el porcentaje de graduados de la Escuela de Negocios de Harvard que optaba por las finanzas aumentó del 6% al 28%, en contraste con solo el 5% que se dedicaba a la industria. En un mundo donde Rusia tiene materias primas y China domina la manufactura, una economía centrada en McKinsey y DoorDash no será suficiente.
Las grandes potencias no se sostienen solo con los márgenes EBIDTA del software. Más bien, necesitan la masiva capacidad productiva que se requiere para proyectar poder, asegurar el comercio y disuadir la agresión.
Las grandes potencias no se sostienen solo con los márgenes EBIDTA del software. Más bien, necesitan la masiva capacidad productiva que se requiere para proyectar poder, asegurar el comercio y disuadir la agresión.
El consenso de Washington de los últimos 30 años desperdició esta fuente de poderío estadounidense. Las élites del llamado “fin de la historia” creían que enviar nuestro dinero al extranjero para subsidiar la manufactura y los mercados laborales globales engendraría docenas de pequeños Estados Unidos. Estos serían países con libre mercado, gente libre y cariño por el viejo Tío Sam, incluso si este se estaba volviendo gordo y perezoso.
Quienes estaban en el poder nos aseguraron que al externalizar nuestra base productiva, exportaríamos no solo bienes sino valores: autogobierno republicano, democracia madisoniana y libre mercado con espíritu emprendedor. De esta manera, el mundo entero se convertiría en Estados Unidos, incluso mientras el propio Estados Unidos se convertía en el mundo entero. Ahora vemos lo tonto que fue ese sueño. Las finanzas y el comercio globalizados no nos traerán un final pacífico para el conflicto y la rivalidad entre naciones.
En el siglo XXI, Estados Unidos y sus aliados civilizatorios enfrentarán una decisión: podemos hacer el trabajo para reconstruir nuestra nación o podemos ver cómo nuestra tecnología y nuestra defensa nacional son rehenes de regímenes que no comparten ni nuestra forma de vida ni nuestras aspiraciones como país y civilización.
Podemos hacer el trabajo para reconstruir nuestra nación o podemos ver cómo nuestra tecnología y nuestra defensa nacional son rehenes de regímenes que no comparten ni nuestra forma de vida ni nuestras aspiraciones como país y civilización.
Aquí reside la genialidad de la política exterior “Estados Unidos Primero” del presidente Trump. Mediante la diplomacia, estamos poniendo nuestra inmensa ventaja como superpotencia a trabajar por estos intereses, en vez de para lobbies regionales o la abstracta “comunidad global”. Estamos restableciendo los aranceles protectores, como lo ha hecho nuestra nación durante mucho tiempo, para remediar los desequilibrios comerciales estructurales que han desmantelado nuestro país. Estamos protegiendo nuestro derecho a las materias primas que necesitamos de otros países, en vez de darles lecciones sobre democracia. Esta filosofía parte de un principio fundamental: que Estados Unidos no es una idea para exportarse, sino una nación y un pueblo reales, unidos por nuestro pasado y nuestro futuro, una historia singular y un destino compartido.
Es un punto simple y aparentemente obvio: que el poder y los recursos de una nación deben usarse al servicio de sus propios intereses. Pero representa un cambio radical —incluso revolucionario— con respecto a la postura de nuestra política exterior desde la caída del Muro de Berlín.
Un futuro de paz y prosperidad no vendrá de las fábricas en China, sino de las que se encuentran aquí en nuestro hemisferio. Estados Unidos, nuestros amigos y nuestros aliados debemos volver a centrarnos en nuestra propia producción y en nuestra propia gente. Esta no es una retirada del mundo, es la única forma de preservar el lugar que le corresponde a Estados Unidos en él. Sin una base industrial sólida y coordinada, la paz, la prosperidad y la seguridad que Estados Unidos ha disfrutado durante generaciones se desvanecerán tal como ha sucedido con nuestros predecesores.
Un futuro de paz y prosperidad no vendrá de las fábricas en China, sino de las que se encuentran aquí en nuestro hemisferio. Estados Unidos, nuestros amigos y nuestros aliados debemos volver a centrarnos en nuestra propia producción y en nuestra propia gente.
Nuestro ethos es simple: cuando Estados Unidos lo necesita, lo construyes, ya sea aquí o conjuntamente con nuestros aliados y vecinos confiables. Y si no puedes encontrar lo que necesitas en este suelo, sales a buscarlo, lo traes de regreso a casa y cosechas las recompensas. Ya sea en América Latina, nuestro propio patio trasero, que generaciones de estadounidenses han soñado con desarrollar, o en las Islas del Pacífico, o en el África Subsahariana, hay muchos lugares olvidados pero estratégicos donde la iniciativa y el ingenio estadounidenses será de gran ayuda para procurar nuestro control sobre los recursos que necesitamos para reindustrializarnos.
La plena promesa de la reindustrialización es la recuperación de los ingredientes materiales y espirituales para la grandeza. Al construirnos y reafirmarnos de nuevo —al insistir en nosotros mismos, sin disculpa ni vergüenza— recordamos quiénes somos: una nación y un pueblo forjados en el crisol de una frontera salvaje.
Para hacer un próximo siglo americano, debemos reavivar esa llama. Necesitamos ese espíritu estadounidense audaz que hace lo que se debe hacer y no acepta un no como respuesta, ni pide permiso ni pide perdón. Los nuevos superhéroes no serán los operadores financieros de Tom Wolfe. Serán pioneros para quienes el riesgo no es una cifra en una hoja de cálculo o una métrica para administrar, sino un desafío: hombres que se ríen de la imposibilidad. Serán estadounidenses en el sentido más pleno y merecedor de la palabra, dignos de los hombres que construyeron nuestro país, poseídos por el mismo espíritu que impulsó a Thomas Edison, Samuel Colt y los hermanos Wright hace un siglo.
Necesitamos ese espíritu estadounidense audaz que hace lo que se debe hacer y no acepta un no como respuesta, ni pide permiso ni pide perdón. Los nuevos superhéroes no serán los operadores financieros de Tom Wolfe.
Hoy en día, hay dos lugares donde ese espíritu estadounidense audaz y sin complejos arde más intensamente: el gobierno de Trump y los sectores de nuestra economía donde muchos de ustedes crean, invierten e imaginan nuevas fronteras en la intersección de la tecnología y el mundo físico. Esta sala contiene la materia prima para la renovación nacional. La gente aquí presente son fundadores, inversores y visionarios, herederos de los estadounidenses que rompieron la barrera del sonido, separaron átomos y conectaron el mundo. En ustedes, Estados Unidos vive.
El tiempo de la timidez ya pasó. Unos cuantos hombres audaces construyeron nuestra nación. Ahora, nos toca a nosotros reindustrializarla y, de este modo, forjar un nuevo siglo americano. ![]()
*Michael A. Needham tiene un MBA de la Escuela de Negocios de la Universidad de Stanford y una licenciatura en Ciencias Políticas y Economía del Williams College. Es consejero y jefe de gabinete del secretario de Estado y se desempeña como asesor especial y consultor en temas fundamentales de política exterior, Anteriormente fue presidente de American Compass, un grupo de expertos comprometido a restablecer un consenso económico que enfatiza la importancia de la familia, la comunidad y la industria para la libertad y la prosperidad estadounidenses; se desempeñó durante seis años como Jefe de Gabinete del entonces senador Marco Rubio; y previamente fue director ejecutivo de la Heritage Action for America, el brazo político de The Heritage Foundation.
El texto original en inglés fue publicado en The American Mind el 24 de julio de 2025 y puede consultarse en el siguiente enlace: https://americanmind.org/salvo/building-a-new-american-century/
