Por qué rehicimos el orden mundial

Jamieson Greer*

La política arancelaria del gobierno de Donald Trump ha sido considerada por muchos medios y analistas como una locura y una herejía. Y lo es cuando se piensa en el marco del consenso liberal de los últimos años. Sin embargo, toda política, por heterodoxa que sea o disparatada que parezca, responde a un pensamiento, unos principios y objetivos determinados.

En un artículo de opinión publicado por The New York Times, Jamieson Greer, representante Comercial de Estados Unidos, explica a detalle las razones por las que el gobierno republicano ha decidido “rehacer” el orden comercial global. Más allá de compartir o no las intenciones de esta política, o de hacer en el mediano plazo una evaluación de los resultados, es fundamental conocer la ratio detrás de lo que Jamieson ha denominado el sistema Turnberry.

En Traza Continental presentamos el texto íntegro traducido al castellano.

Debe ser una regla no escrita que los órdenes económicos internacionales surjan en hoteles señoriales. En 1944, mientras hacía estragos la Segunda Guerra Mundial, los representantes aliados se reunieron en un pintoresco complejo hotelero de New Hampshire, llamado Bretton Woods, para discutir cómo establecer un orden económico de posguerra que restaurara el flujo razonable de comercio en un mundo fracturado.

Aunque el resultante sistema de Bretton Woods terminó en 1976, su legado perdura. Nuestro orden global actual, sin nombre –que está dominado por la Organización Mundial del Comercio (OMC) y está diseñado, en teoría, para buscar la eficiencia económica y regular las políticas comerciales de sus 166 países miembros– es indefendible e insostenible. Estados Unidos ha pagado por el sistema con la pérdida de empleos industriales y seguridad económica, otros países no han podido realizar las reformas necesarias, y el mayor ganador ha sido China, con sus empresas estatales y planes quinquenales. Como era de esperarse, la última década ha visto una significativa frustración de parte de la comunidad internacional y ambos partidos estadounidenses por la incapacidad del sistema para adaptarse a los intereses esenciales de las naciones soberanas.

Ahora está en camino la reforma. La semana pasada, en su complejo hotelero Turnberry en la costa escocesa, el presidente Trump y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, concluyeron un acuerdo histórico; uno que es justo, equilibrado y orientado a servir intereses nacionales concretos en lugar de las vagas aspiraciones de las instituciones multilaterales. De hecho, al usar una combinación de aranceles y acuerdos de inversión y acceso a mercados extranjeros, Estados Unidos ha sentado las bases de un nuevo orden comercial global.

En su complejo hotelero Turnberry en la costa escocesa, el presidente Trump y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, concluyeron un acuerdo histórico; uno que es justo, equilibrado y orientado a servir intereses nacionales concretos en lugar de las vagas aspiraciones de las instituciones multilaterales. De hecho, al usar una combinación de aranceles y acuerdos de inversión y acceso a mercados extranjeros, Estados Unidos ha sentado las bases de un nuevo orden comercial global.

El sistema anterior rechazaba los aranceles como una herramienta legítima de política pública, lo que significó que Estados Unidos sacrificara la protección arancelaria para la manufactura esencial y otros sectores. Durante las últimas tres décadas, Estados Unidos redujo drásticamente las barreras a nuestro mercado para permitir grandes entradas de bienes, servicios, mano de obra y capital extranjeros. Al mismo tiempo, otros países mantuvieron sus mercados cerrados a nuestros productos y desplegaron un conjunto de políticas —como subsidios, supresión de salarios, estándares laborales y ambientales laxos, distorsiones regulatorias y manipulación monetaria— para impulsar artificialmente las exportaciones a los Estados Unidos. Este método convirtió a Estados Unidos y a un puñado de otras economías en consumidores de último recurso para los países que aplican políticas económicas basadas en empobrecer al vecino.

Nuestros socios comerciales eran expertos en este juego, y las élites de Wall Street y Washington estaban más que felices de sacarle provecho al arbitraje regulador global trasladando la producción al extranjero. ¿El resultado neto? La mayor parte de la manufactura mundial se trasladó a jurisdicciones como China, Vietnam y México, donde las empresas podían explotar a trabajadores vulnerables o beneficiarse del amplio apoyo estatal, mientras que Estados Unidos acumuló lo que en términos absolutos es el déficit comercial más alto en la historia del mundo. Esto condujo a pérdidas extensas y bien documentadas en la capacidad industrial y el empleo de EE.UU., así como a depender  de nuestros adversarios para las cadenas de suministro esenciales.

Subordinamos los imperativos económicos y de seguridad nacional de nuestro país al mínimo común denominador del consenso global. Este enfoque perjudicó a los trabajadores estadounidenses, sus familias y comunidades al debilitar un sector manufacturero que crea empleos bien pagados, fomenta la innovación y cataliza la inversión en toda la economía.

Subordinamos los imperativos económicos y de seguridad nacional de nuestro país al mínimo común denominador del consenso global. Este enfoque perjudicó a los trabajadores estadounidenses, sus familias y comunidades.

Lo que comenzó en Bretton Woods como un esfuerzo necesario para reconstruir un sistema comercial global destrozado por la guerra evolucionó, a lo largo de nueve rondas de negociaciones comerciales, hasta convertirse en algo irreconocible. Los sensatos lineamientos para el comercio desarrollados en la Ronda Kennedy y la Ronda de Tokio dieron paso a nuestro reciente experimento de hiperintegración global, encarnado en la Ronda de Uruguay, que concluyó en 1994 y estableció la OMC.

Ahora estamos presenciando la Ronda Trump. El 2 de abril, el presidente Trump anunció aranceles para hacer frente a la emergencia nacional planteada por el déficit comercial. Las intensas negociaciones bilaterales que siguieron se llevaron a cabo en diversos lugares del mundo: Washington, Ginebra, Isla de Jeju, París, Londres, Estocolmo y, por supuesto, Turnberry. Nuestros socios comerciales nunca antes habían mostrado tanto interés en abrir sus mercados a los Estados Unidos, alinearse en asuntos de seguridad económica y nacional y reequilibrar el comercio de forma más sostenible. En pocos meses, Estados Unidos obtuvo más acceso al mercado extranjero que en años de infructuosas negociaciones de la OMC.

Revertir décadas de políticas dañinas que debilitaron nuestra capacidad de manufactura y nuestra mano de obra requerirá tiempo y un esfuerzo coordinado entre el sector público y el privado. Pero mantener el status quo solo aceleraría la peligrosa trayectoria de la desindustrialización. Requerimos un proyecto generacional para reindustrializar Estados Unidos, y nos queda poco tiempo.

Revertir décadas de políticas dañinas que debilitaron nuestra capacidad de manufactura y nuestra mano de obra requerirá tiempo y un esfuerzo coordinado entre el sector público y el privado (…) Requerimos un proyecto generacional para reindustrializar Estados Unidos, y nos queda poco tiempo.

Cuando me uní a una masa crítica de mis colegas ministros de Comercio en junio en una reunión de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en París, me sorprendió cuántos expresaban serias preocupaciones sobre el peligro de los desequilibrios macroeconómicos, la amenaza de prácticas no sujetas al mercado y el estado esclerótico del sistema de comercio mundial. Eran los mismos problemas que el Sr. Trump ha planteado durante años y que ahora ha tomado medidas de emergencia para abordar. Lo que durante mucho tiempo fue descartado como herejía por los fundamentalistas del libre comercio en Bruselas, Ginebra y Washington ahora se está convirtiendo en opinión generalizada.

Al anunciar el acuerdo entre EE.UU. y la Unión Europea la semana pasada, la presidenta Von der Leyen se hizo eco del llamado a remodelar el comercio mundial para adaptarse a las realidades económicas y políticas. Explicó a los periodistas que la relación económica transatlántica necesitaba “reequilibrio” para garantizar que pudiera ser “más sostenible”.  Tal reconocimiento se ve reforzado por acuerdos adicionales con Reino Unido, Camboya, Indonesia, Japón, Malasia, Pakistán, Filipinas, Corea del Sur, Tailandia y Vietnam, que representan casi el 40 por ciento del comercio estadounidense, según las cifras de mi oficina. Otros países con grandes superávits comerciales con Estados Unidos están sujetos a aranceles generalmente más altos. El nuevo orden económico, consolidado en Turnberry, está surgiendo en tiempo real.

Los resultados son asombrosos. Anualmente, durante 40 años, la Oficina del Representante de Comercio de los EE.UU. ha elaborado un informe detallado llamado Estimación Nacional del Comercio, que describe varias barreras que enfrentan las empresas estadounidenses, incluyendo los altos aranceles, los requisitos para producir bienes en los países donde las empresas quieren hacer negocios y las restricciones a los productos agrícolas contrarias al consenso científico. En el pasado, la única forma significativa en que Estados Unidos podía eliminar estas barreras (si acaso) era renunciando a los aranceles que defendían nuestro sector manufacturero. El Sr. Trump le dio la vuelta a esto: ahora, estamos eliminando sistemáticamente estas barreras en el extranjero, al mismo tiempo que garantizamos una protección arancelaria suficiente en nuestro país.

Indonesia está reduciendo el 99.3 por ciento de sus aranceles sobre las importaciones de Estados Unidos y eliminando una gran cantidad de barreras no arancelarias de larga data, mientras acepta un arancel del 19 por ciento sobre las exportaciones a Estados Unidos. Corea del Sur está aceptando los estándares automotrices estadounidenses junto con un arancel del 15 por ciento. Vietnam se comprometió a reducir todos sus aranceles y barreras a cambio de una tasa del 20 por ciento. La mayoría de los países con los que estamos negociando también han acordado cooperar en materia de seguridad económica para garantizar la seguridad y confiabilidad de nuestras cadenas de suministro esenciales.

La mayoría de los países con los que estamos negociando también han acordado cooperar en materia de seguridad económica para garantizar la seguridad y confiabilidad de nuestras cadenas de suministro esenciales.

Los países también se están comprometiendo a actualizar y mejorar el cumplimiento de sus normas laborales, abordando las disparidades regulatorias que han puesto en desventaja a los trabajadores y productores estadounidenses. Varios países se unirán a los Estados Unidos (junto con la UE, México y Canadá) para prohibir la importación de bienes fabricados con trabajo forzado. Eliminar la esclavitud global fue un objetivo de larga data de defensores de derechos y legisladores, pero fue la influencia de los aranceles del presidente Trump lo que finalmente hizo posible un progreso significativo.

Asimismo, los países están acordando mejorar la eficiencia de los recursos y la aplicación de las leyes ambientales, incluso en los sectores más problemáticos, como la tala ilegal, la pesca ilegal y el comercio ilegal de vida silvestre. El sistema de comercio internacional no debería obligar a los estadounidenses a competir con aquellos que usan nuestro capitalismo responsable como ventaja competitiva en nuestra contra.

Es importante destacar que estos compromisos son ejecutables y que Estados Unidos hará que se cumplan. En lugar del prolongado proceso de solución de disputas favorecido por la vieja guardia de burócratas comerciales, el nuevo método de EE.UU. es monitorear de cerca la implementación de los acuerdos y volver a imponer rápidamente una tasa arancelaria más alta por incumplimiento si es necesario. El presidente Trump entiende como nadie que el privilegio de vender en el mercado de consumo más lucrativo del mundo es una tentadora zanahoria. Y un arancel es un garrote formidable.

El presidente Trump entiende como nadie que el privilegio de vender en el mercado de consumo más lucrativo del mundo es una tentadora zanahoria. Y un arancel es un garrote formidable.

En la Organización Mundial del Comercio, promulgar cambios en las reglas comerciales requiere un consenso total entre las naciones. De hecho, el último intento de reforma seria, conocido como la Ronda de Doha, fracasó porque las naciones proteccionistas se negaron a eliminar sus barreras comerciales a los Estados Unidos. Además, a nuestros adversarios les encanta bloquear reformas. Prefieren un status quo que alimente un déficit comercial estadounidense desenfrenado, privando a esta nación del poder industrial que la convirtió en, y la mantiene como, una superpotencia.

Pero las reglas del comercio internacional no pueden ser un pacto suicida. Al imponer aranceles para reequilibrar el déficit comercial y negociar reformas significativas que sientan las bases de un nuevo sistema internacional, Estados Unidos ha demostrado un liderazgo audaz para abordar lo que los responsables políticos, desde hace tiempo, consideraban problemas irresolubles.

Muchos de estos acuerdos también conllevan importantes compromisos de inversión en la capacidad productiva de EE.UU., como los 600 mil millones de dólares en el caso de la Unión Europea y 350 mil millones de dólares de Corea del Sur. Estas inversiones —cuyo valor ajustado por la inflación es diez veces superior al del Plan Marshall que reconstruyó Europa tras la Segunda Guerra Mundial— acelerarán la reindustrialización de EE.UU. Corea del Sur ayudará a revitalizar la industria de la construcción naval estadounidense, que se ha atrofiado ante la competencia no sujeta al mercado.  Este tipo de inversiones se suman a los compromisos de compra que representan acumulativamente casi un billón de dólares de productos estadounidenses de energía, agricultura, defensa e industriales. Esta demanda de bienes estadounidenses y el fácil acceso al capital permitirán que la manufactura estadounidense recupere su liderazgo en los sectores estratégicos en los que nos hemos quedado rezagados.

Estas inversiones —cuyo valor ajustado por la inflación es diez veces superior al del Plan Marshall que reconstruyó Europa tras la Segunda Guerra Mundial— acelerarán la reindustrialización de EE.UU.

Los escépticos señalan que los aranceles, aunque en su momento fueron un pilar de la política económica estadounidense, no se han utilizado de forma tan extensa desde hace generaciones. Pero ahora tenemos datos que muestran que la falta de uso de aranceles o protecciones similares generó una economía donde predominan las finanzas y honorarios de consultoría y escasean la riqueza duradera y la seguridad que resultan de fabricar las cosas. Incluso entre quienes están de acuerdo con ese diagnóstico, algunos dicen que el remedio del presidente es demasiado fuerte o se administró de forma demasiado apresurada, o que los aranceles serán demasiado perjudiciales a corto plazo. Este no es el momento para debatir cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler. Esto es una emergencia. Sabemos cuál es el problema y sabemos cómo abordarlo. No hay tiempo que perder.

El Sr. Trump ya ha demostrado que puede implementar aranceles y otras herramientas económicas para remodelar las cadenas de suministro y revitalizar la manufactura. Cuando implementó aranceles a gran escala en su primer mandato no solo no fue el fin del mundo, como predijeron los comentaristas, sino que la inflación de hecho bajó. Y ahora que está imponiendo aranceles aún más ampliamente, la inflación sigue bajo control. Un problema de larga data no se resolverá de la noche a la mañana, y puede que el proceso no siempre sea sencillo, pero la situación exige una acción firme y decidida para fortalecer la base industrial de EE.UU.

Transcurrieron más de 50 años desde esa primera reunión en Bretton Woods hasta la creación de la OMC. Han pasado 30 años desde entonces. A menos de 130 días del comienzo de la Ronda Trump, el sistema Turnberry no está completo ni mucho menos, pero su construcción está indudablemente en marcha.

A menos de 130 días del comienzo de la Ronda Trump, el sistema Turnberry no está completo ni mucho menos, pero su construcción está indudablemente en marcha.

*Jamieson Greer es el representante Comercial de Estados Unidos. Es doctor en Derecho por la Universidad de Virginia y maestro en Derecho Empresarial Global por el Institut d’Etudes Politiques de Paris (Sciences Po) y l’Université de Paris I Panthéon-Sorbonne. Se graduó con una licenciatura en Estudios Internacionales de la Universidad Brigham Young.

El texto original en inglés fue publicado el 7 de agosto por The New York Times y puede consultarse en el siguiente enlace: https://www.nytimes.com/2025/08/07/opinion/trump-trade-tariffs.html