El nuevo statu quo de Washington: un reporte desde la capital de Estados Unidos

Christopher F. Rufo*

Christopher Rufo tiene 41 años y es uno de los activistas conservadores más respetados por la derecha estadounidense. Es conocido por su cercanía con el gobernador Ron deSantis (es su asesor y miembro del fideicomiso que dirige el New College de Florida) y por ser el inspirador de la orden ejecutiva de Trump que en 2020 eliminó las capacitaciones para el gobierno y contratistas sobre políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI). Su libro America’s Cultural Revolution: How the Radical Left Conquered Everything publicado en 2023 fue bestseller y se ha convertido en uno de los textos de cabecera del trumpismo.

Hace un par de semanas Rufo participó de una charla con Curtis Yarvin, Patrick Deneen y Christopher Caldwell convocada por The Heritage Foundation en la que debatieron sobre el futuro de la derecha. Producto de ese viaje Rufo escribió un breve texto sobre el ambiente político en la capital de Estados Unidos en donde, según el autor, se están sentando las bases para la conformación de un nuevo statu quo conservador. Traducimos el texto publicado en City Journal y en su blog de Substack, donde cuenta con más de 118 mil suscriptores.

Pasé la semana pasada en Washington D.C. y mis impresiones profundizaron una intuición. Aunque contiene muchos de los mismos líderes y directivos, el segundo gobierno de Donald Trump es una desviación radical del primero. Los medios de izquierda han pasado la última década intentando pintar al presidente Trump como una anomalía, una aberración o un intruso. Pero la realidad en Washington sugiere que el presidente está cimentando ahora un nuevo statu quo, uno que definirá, para bien o para mal, la era actual.

Para la derecha esto indica una oportunidad. Visité la Casa Blanca en octubre de 2020: era el auge de la pandemia de Covid, la histeria de George Floyd y la campaña presidencial de Trump contra Biden. La Casa Blanca se sentía sitiada. Los miembros del personal tenían una idea de lo que podrían querer hacer en un segundo mandato, pero sus planes parecían casi imposibles, dadas las radicales presiones sociales y políticas que se oponían al presidente. Por supuesto, no tuvieron la oportunidad de dedicarse a esos planes; no durante otros cuatro años.

Esta semana me reuní con algunos de esos mismos líderes. Gracias al tiempo que pasaron en el exilio, ahora irradiaban una sensación de calma, confianza y enfoque estratégico.

Esta semana me reuní con algunos de esos mismos líderes. Gracias al tiempo que pasaron en el exilio, ahora irradiaban una sensación de calma, confianza y enfoque estratégico.

El contexto también ha cambiado. Los estadounidenses han superado la era de Black Lives Matter y la cultura se ha desplazado hacia la derecha, lo que le permite a la administración más libertad para aplicar políticas agresivas. Mis contactos ahora se enfocaban en promover una agenda anti-woke, extirpando las políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) de las instituciones de Estados Unidos y quitándole financiamiento al “amasijo” de izquierda conformado por universidades, contratistas y ONGs de izquierda.

Dentro de las agencias del gabinete había un claro sentido de misión, y de rapidez y eficiencia para cumplirla. Ya no había más dudas sobre qué significaba la agenda de Trump: todos estaban enfocados en la implementación.

Dentro de las agencias del gabinete había un claro sentido de misión, y de rapidez y eficiencia para cumplirla. Ya no había más dudas sobre qué significaba la agenda de Trump: todos estaban enfocados en la implementación.

En el ámbito intelectual, es evidente una mayor sensación de apertura. Durante mi viaje participé en una conversación del Instituto de Estudios Intercolegiados con Patrick Deneen, Curtis Yarvin y Christopher Caldwell, cada uno de los cuales representa facciones —posliberalismo católico, neorreacción impulsada por la tecnología y crítica de la revolución por los derechos civiles, respectivamente— que intentan posicionarse como sucesores del viejo consenso conservador.

Hace unos cuantos años, los comentaristas podrían haber descartado a estos tres hombres como radicales. Pero algunas de sus ideas ahora son cada vez más populares. Varios de los ex alumnos de Deneen ahora ocupan altos cargos (incluido el secretario de Defensa, Pete Hegseth). Yarvin ha llamado la atención de algunos líderes tecnológicos influyentes, incluido Elon Musk. Y Caldwell, cuyo libro The Age of Entitlement ofrece una crítica convincente del régimen de derechos civiles, es uno de los intelectuales que ayudó a sentar las bases de los principales éxitos del gobierno de Trump: abolir la burocracia DEI, eliminar las estipulaciones para prevenir el trato discriminatorio y derogar la orden ejecutiva de Lyndon Johnson que estableció la discriminación positiva.

Esta conversación no tuvo lugar en la galería de un artista o una librería disidente, sino en la Fundación Heritage, una parte clave del establishment intelectual conservador. La presidencia de Trump ha roto definitivamente el viejo consenso reaganista, una realidad a la que muchos conservadores se resistieron durante el primer mandato de Trump, pero ahora parecen haber aceptado. Los pasantes y asistentes que alborotan los pasillos de Heritage sienten curiosidad por nuevas ideas y nuevos horizontes.

La presidencia de Trump ha roto definitivamente el viejo consenso reaganista, una realidad a la que muchos conservadores se resistieron durante el primer mandato de Trump, pero ahora parecen haber aceptado. Los pasantes y asistentes que alborotan los pasillos de Heritage sienten curiosidad por nuevas ideas y nuevos horizontes.

Estos acontecimientos son saludables. Si bien no soy un católico integrista ni un tecnorreaccionario, mantener un debate abierto proporciona un mecanismo para examinar ideas contrapuestas —incluso las malas o poco prácticas— y llegar a un nuevo consenso.

Una posibilidad es un simple retorno a la normalidad. Cuando salí de la Casa Blanca, la ciudad parecía haber vuelto a la normalidad previa a Trump. Los turistas paseaban, las tiendas abrían en horario normal y solo un pequeño número de manifestantes de izquierda estaba en las calles, organizando una vigilia por Gaza. Aún es pronto, pero podría valer la pena reflexionar sobre cómo el segundo gobierno de Trump puede formalizar sus primeras victorias y preparar el camino para una nueva era de estabilidad, una que haga que las turbulencias de 2020 se sientan cada vez más lejanas y ajenas. Esa posibilidad, al menos, parece factible.

*Christopher Rufo estudió en Georgetown y en Harvard, además de escritor y activista es cineasta, miembro del Manhattan Institute y editor de City Journal.

El texto original en inglés fue publicado por el autor en su blog de Substack el 14 de agosto de 2025 y puede consultarse en el siguiente enlace: https://christopherrufo.com/p/washingtons-new-status-quo