A medida que la globalización se resquebraja, resulta vital desarrollar una forma de internacionalismo que no se base en el empobrecimiento mutuo de los trabajadores, sino en la protección de su estatus.
Maurice Glasman
El lenguaje del Blue Labour es evocador y emocional. Es patriótico e intenta honrar aquello que la gente valora, trabajando a partir de esa base.
Maurice Glasman
El 20 de enero de 2025, Maurice Glasman fue el único parlamentario británico presente en la ceremonia de investidura presidencial en Estados Unidos. Su invitación estuvo firmada por el vicepresidente JD Vance, quien se ha rodeado de una serie de intelectuales posliberales que alimentan su discurso y planteamientos políticos. En el Reino Unido, Vance cuenta con dos influencias teóricas: James Orr, profesor de filosofía y religión en la Universidad de Cambridge, y el autor de Blue Labour: The Politics of the Common Good y fundador del movimiento que lleva ese nombre al interior del Partido Laborista. Glasman se ha caracterizado por ser un disidente que influye de manera considerable en el debate público en el Reino Unido y su movimiento ha cobrado cada vez más fuerza en la política británica. Pero ¿quién es este político y pensador judío a quien Steve Bannon ha alabado y llamado “héroe”? En Traza Continental, hacemos una revisión de la vida y pensamiento de esta rara avis europea.
ORÍGENES
Maurice Glasman nació en 1961 en Walthamstow, al nordeste de Londres, en una familia judía marcada por una cultura política laborista, plebeya y densa, de esas donde la política no es ajena a la vida cotidiana sino una forma de leer y estar en el mundo. Su padre, un sionista laborista con un pequeño negocio de juguetes que terminó quebrando, y su madre, una militante laborista de toda la vida, le legaron una experiencia sensible: que la economía nunca es puramente económica, que el trabajo organiza algo más que ingresos, que la vida común puede arruinarse cuando se la deja librada al mercado.
Esa mezcla de tradición judía, experiencia de ascenso y caída social, y cultura obrera londinense ayuda a entender casi todo lo que vino después. Antes de convertirse en lord, académico, polemista y arquitecto del Blue Labour, Glasman fue también trompetista y músico de jazz durante varios años. No es un detalle de color. Hay en su trayectoria algo de improvisación disciplinada, de oído para el ritmo social, de sensibilidad hacia formas de comunidad que no se dejan reducir a la teoría. Más tarde estudió Historia en Cambridge, hizo una maestría en filosofía política en York y un doctorado en Florencia sobre economías de mercado. Entre la formación clásica, la experiencia musical y la herencia familiar se fue armando un personaje improbable: una parte profesor, otra organizador y parte moralista popular.
Su itinerario profesional tampoco siguió la línea recta de la carrera académica convencional. Enseñó teoría política, trabajó en organización comunitaria y durante años se movió en ese espacio ambiguo entre la universidad, la militancia y la intervención pública. Antes de llegar a la Cámara de los Lores, había pasado una década vinculado al trabajo territorial con London Citizens, experiencia decisiva para su visión política: la idea de que la representación no alcanza, de que la política debe reconstruirse desde instituciones intermedias, vínculos locales y prácticas de reciprocidad. En 2011 fue nombrado lord vitalicio, una consagración paradójica para alguien que hizo de la crítica a las élites profesionales uno de sus sellos personales.
Entre la formación clásica, la experiencia musical y la herencia familiar se fue armando un personaje improbable: una parte profesor, otra organizador y parte moralista popular.
Pero incluso ahí Glasman conserva algo de figura excéntrica dentro del establishment británico. No es el típico laborista domesticado por Westminster. Sigue apareciendo, más bien, como un disidente interno: un intelectual formado en la gran tradición europea que desconfía de la abstracción universitaria, un judío practicante que encuentra en la doctrina social católica una caja de herramientas para pensar la política. También un hombre de instituciones que nunca dejó de hablar como si la política todavía dependiera del barrio, del sindicato, de la parroquia, del club, de la mesa familiar. Antes que un ideólogo en sentido estricto, Glasman parece el producto de una formación sentimental e intelectual cada vez menos frecuente: una en la que la cultura, la fe, el trabajo y la pertenencia todavía pesan.
En una época en la que la política se volvió administración de expectativas y gestión de identidades, Glasman aparece como una anomalía difícil de clasificar. No tanto por lo que propone —familia, trabajo, comunidad— sino por el modo en que insiste en esas palabras, como si no fueran residuos de un orden agotado sino piezas activas de un lenguaje político posible. En un ecosistema saturado de tecnocracia, derechos abstractos y optimización individual, Glasman habló de pertenencia, obligación y límite. Y lo hizo, y lo sigue haciendo, sin nostalgia, pero con una cierta intuición de pérdida.
Conservador en lo social (azul) y laborista (rojo) en lo económico. Es decir: azul contra el liberalismo cultural dominante, rojo contra la lógica expansiva del mercado. Su proyecto (Blue Labour) no busca una síntesis moderada entre extremos, sino una reconfiguración del campo político. Es una incomodidad programática: demasiado conservador para la izquierda contemporánea, demasiado socialista para la derecha. En esa zona de fricción, Glasman construyó una identidad intelectual y política que no termina de encajar en ninguna tradición establecida.
EL MOMENTO POSLIBERAL
Glasman ha consolidado su papel en el marco de la ebullición del llamado “momento posliberal”. El posliberalismo se presenta como una revisión crítica del liberalismo orientada a sus derivas contemporáneas, en particular al predominio de un individualismo abstracto, la reducción de la libertad a la lógica del consumo y la progresiva desconexión entre derechos y obligaciones que ha debilitado a las instituciones intermedias —como la familia, los sindicatos y las comunidades locales— bajo la presión combinada del mercado global y el Estado centralizado. En este marco, redefine al sujeto político como un ser relacional, cuya libertad depende de un equilibrio entre autonomía y autorrestricción, y propone una política anclada en el “nosotros”, en territorios e instituciones concretas, articulando una economía social con un conservadurismo cultural moderado orientado al bien común.
…redefine al sujeto político como un ser relacional, cuya libertad depende de un equilibrio entre autonomía y autorrestricción, y propone una política anclada en el “nosotros”…
En este horizonte se inscribe la intervención de Maurice Glasman, quien fundó Blue Labour en 2009 como respuesta al gerencialismo del ya viejo Nuevo Laborismo y su adhesión a la globalización en forma acrítica. Su propuesta converge con el diagnóstico posliberal al cuestionar el “doble impersonalismo” liberal —el contrato económico entre extraños y el derecho individual gestionado por una burocracia distante— y al recuperar tradiciones obreras como el asociacionismo y la mutualidad. Definido por el propio Glasman como un “socialismo profundamente conservador”, Blue Labour reubica en el centro de la política a la familia, la fe y el trabajo, y propone un desplazamiento del contrato al pacto (covenant), entendido como vínculo duradero y recíproco. Así, más que optar entre Estado y mercado, su proyecto apunta a rearticularlos a través de instituciones locales, comunitarias y democráticas que restituyan agencia y reconstruyan, en clave contemporánea, una política del bien común. Como dice el propio Glasman: “la primera verdad es que los seres humanos no somos mercancías, sino seres sociales y creativos que buscan conexión y sentido”.
LABORISMO CON CARACTERÍSTICAS AZULES
La filosofía de Glasman surge como una respuesta crítica a ese doble impersonalismo liberal: el mercado libre desregulado que atomiza a la sociedad y el Estado burocrático centralizado que reduce a los ciudadanos a clientes. Inspirado en la Doctrina Social Católica y el romanticismo británico, el Blue Labour busca recuperar las tradiciones de ayuda y asociacionismo del movimiento obrero para resistir la comodificación de los seres humanos, proponiendo un paso del contrato transaccional al “pacto” relacional.
Como dice Glasman: “El Blue Labor nació también del reconocimiento de que toda tradición política vital y movimiento tienen que ir más allá de la filosofía racional y abrazar la paradoja”. Porque “el laborismo es una tradición paradójica, mucho más rica que su presente forma de utilitarismo económico y progresismo legal”. El laborismo es nacional e internacional, conservador y reformista, cristiano y secular, republicano y monárquico, democrático y elitista, radical y tradicional, antiguo y moderno.
En la política inglesa, el Blue Labour ha sido un factor crucial de renovación intelectual, influyendo profundamente en el proyecto “One Nation Labour” de Ed Miliband y liderando la revisión de políticas del partido entre 2012 y 2015. El movimiento fue pionero en identificar la desconexión entre las élites metropolitanas progresistas y los votantes de la clase trabajadora tradicional, un fenómeno que explica en gran medida el surgimiento del Brexit, que Glasman defendió como una oportunidad para restaurar la soberanía democrática y la integridad del Parlamento. En años más recientes, bajo el gobierno de Keir Starmer, el Blue Labour ha presionado por una “economía de la seguridad” y un renacimiento industrial, criticando lo que percibe como un exceso de legalismo y una falta de visión para revitalizar las comunidades abandonadas frente al avance de fuerzas como Reform UK.
El movimiento fue pionero en identificar la desconexión entre las élites metropolitanas progresistas y los votantes de la clase trabajadora tradicional, un fenómeno que explica en gran medida el surgimiento del Brexit…
A nivel europeo e internacional, el papel del Blue Labour ha sido el de un influyente laboratorio del “posliberalismo”, desafiando el consenso de la globalización progresista y proponiendo una alternativa al dominio de la tecnocracia de Bruselas. El movimiento aboga por un “internacionalismo cívico” o un commonwealth de pueblos que rechace la centralización de poder y fomente la cooperación basada en el bien común y la dignidad del trabajo. Esta visión ha cobrado una relevancia global inesperada al establecer puentes con el pensamiento posliberal en Estados Unidos, donde ha mantenido un diálogo cercano con figuras como JD Vance para defender una coalición de clase trabajadora frente a las ortodoxias liberales.
FAMILIA, FE Y TRABAJO
En esta línea, el punto de partida de Glasman es menos una teoría que una intuición sociológica: algo en el mundo contemporáneo desancla a las personas de sus vínculos y las vuelve intercambiables. El mercado las traduce en mercancías y el Estado en datos y categorías administrativas. Entre ambos, la vida social pierde espesor. Lo que antes eran relaciones densas —de trabajo, de vecindad, de pertenencia— se convierten en transacciones o en procedimientos.
Ahí se inscribe su crítica al legado del Nuevo Laborismo de Tony Blair. Para Glasman, ese proyecto no solo aceptó la globalización como horizonte inevitable, sino que internalizó su lógica: reemplazó el conflicto político por la gestión eficiente, la representación por la mediación técnica. El resultado no fue únicamente desigualdad económica, sino algo más profundo: una sensación de desposesión. Una mutación indeseable de todo el entramado social. Una aceleración de tendencias que comenzaron con Margaret Thatcher. No solo se perdió ingreso, se perdió lugar. La gente dejó de reconocerse en las instituciones que supuestamente hablaban en su nombre. Hubo una destrucción de mediaciones sociales en aras de un ultraliberalismo.
El Blue Labour nace justamente, como dijimos, en 2009 como respuesta a esa fractura. Eran los tiempos de la crisis global de 2008 y también de la muerte, después de una larga agonía, de la madre de Glasman. El Blue Labor nace como producto de ese doble duelo (el de la madre y el del laborismo). Pero no nace como un programa redistributivo clásico, ni como una vuelta al Estado fuerte. Su apuesta es más bien a reconstruir vínculos humanos en un mundo que los desarma sistemáticamente. Si hubiera que condensar su programa —y Glasman insiste en esa condensación—, las tres palabras serían: familia, fe y trabajo. No como consignas morales abstractas, ni como nostalgia de un orden perdido, sino como instituciones vivas donde se organiza la experiencia cotidiana. Allí donde la política contemporánea habla en nombre de individuos autónomos y desanclados, Glasman vuelve a hablar de relaciones que obligan, sostienen y limitan.
Si hubiera que condensar su programa —y Glasman insiste en esa condensación—, las tres palabras serían: familia, fe y trabajo. No como consignas morales abstractas, ni como nostalgia de un orden perdido, sino como instituciones vivas donde se organiza la experiencia cotidiana.
La familia aparece como una red de interdependencias que no puede reducirse a elección individual. La fe, como tradición compartida que estructura el sentido más allá del cálculo. El trabajo, como fuente de dignidad que excede el ingreso y define un lugar en el mundo. No hay emancipación sin pertenencia, insiste. Y tampoco hay libertad sin límites que la hagan significativa.
Su formación intelectual permite leer esta posición como una rearticulación de tradiciones clásicas. Hay algo de Aristóteles en la idea de virtud como práctica situada y no como norma universal abstracta; algo de Edmund Burke en la defensa de las instituciones heredadas como depósitos de experiencia histórica; y mucho de Karl Polanyi en la crítica a la disolución de lo social bajo la lógica del mercado autorregulado. Pero en Glasman estas influencias no se presentan como erudición, sino como herramientas para intervenir en un presente percibido como erosionado.
¿MULTICULTURALISMO O FRAGMENTACIÓN?
Glasman parte de un diagnóstico incómodo para el laborismo: durante años, el partido convirtió la cuestión migratoria en un tabú moral, donde toda objeción era rápidamente leída como racismo. El resultado no fue la pacificación del debate, sino su desplazamiento. Se abrió así una brecha entre la experiencia concreta de las comunidades y el lenguaje de las élites políticas, esa lanyard class que, más que representar, busca administrar y encuadrar lo que la clase trabajadora puede decir y pensar. En ese marco, Glasman vincula la migración con un modelo económico más amplio: una economía de servicios sostenida por trabajo barato y disponible, que reemplaza cualquier ambición de reconstrucción industrial.
Glasman propone reintroducir la idea de soberanía en términos operativos: control efectivo de fronteras, incluso si eso implica tensar acuerdos internacionales. De ahí sus planteos —deliberadamente provocadores— sobre el uso de la Royal Navy en el Canal de la Mancha o la necesidad de revisar compromisos jurídicos como la pertenencia a la Corte Europea de Derechos Humanos. No se trata solo de políticas migratorias, sino de una crítica más amplia a la primacía de los procedimientos sobre la decisión política, cuando estos empiezan a erosionar la confianza pública.
Pero el núcleo de su posición es más social que securitario. Frente al multiculturalismo entendido como coexistencia de comunidades paralelas, Glasman insiste en la idea de una “vida en común”. La diversidad, sin mediaciones institucionales y sin un horizonte compartido, puede volverse un factor de fragmentación antes que de integración. Y sin cierta percepción de destino compartido, la base afectiva del Estado de bienestar se debilita. De ahí su apuesta: no cancelar ni estigmatizar el malestar, sino reinscribirlo en una política de pertenencia, reciprocidad y reconstrucción institucional.
La diversidad, sin mediaciones institucionales y sin un horizonte compartido, puede volverse un factor de fragmentación antes que de integración.
¿UN JUDÍO QUE PIENSA COMO CATÓLICO?
Una de las dimensiones más singulares de su pensamiento es su relación con la fe y la religión. Aunque es un judío practicante, Glasman encuentra en la doctrina social de la Iglesia Católica una gramática política que considera ausente en la modernidad secular. Encíclicas como Rerum Novarum o Laborem Exercens le ofrecen una concepción del bien común que no depende ni del mercado ni del Estado entendidos como instancias totales. Sus raíces intelectuales —según él mismo afirma en Blue Labour— se encuentran en Aristóteles y en lo que hoy se denomina ética de la virtud, con referencias centrales a Tomás de Aquino y Alasdair MacIntyre. Desde allí, Glasman recupera una tradición social de origen bíblico y clásico que identifica como constitutiva del laborismo y que considera indispensable reactivar para la renovación del partido, en un contexto en el que la desafección de la clase obrera resulta clave para comprender la “parálisis” en la que este ha quedado sumido.
De allí extrae sus cuatro principios: solidaridad, estatus, subsidiaridad y administración. Pero más que un programa doctrinal, lo que le interesa es el tipo de vínculo que estas nociones presuponen. Por eso propone un desplazamiento clave: pasar del contrato al pacto.
El contrato organiza relaciones entre individuos que maximizan intereses y pueden retirarse cuando dejan de beneficiarse. El pacto —covenant—, en cambio, implica una relación duradera que no se disuelve ante la primera pérdida. Vincula a las personas en las buenas y en las malas. Introduce la idea de obligación no elegida. En un mundo dominado por relaciones reversibles, Glasman reintroduce la idea de compromiso irreversible.
Lo que necesitamos, dice Glasman, es revitalizar la promesa laborista que consistía en “domesticar las fuerzas destructivas del capital” justamente por medio de este pacto entendido como “principio central de la organización económica”. Esto, en palabras suyas, requiere un retorno del poder del Estado y el compromiso de diferentes intereses en la gobernanza de la economía. Mientras que el contrato es un “evento aislado”, la idea del pacto, continúa Glasman, “es importante porque marca los problemas fundamentales de la economía, la inequidad generada por la deuda. Incluye además a la naturaleza como una compañera y tiene un papel para las instituciones en la mediación de un bien común a través del tiempo y el espacio”.
POLÍTICA INDUSTRIAL Y SOBERANÍA
A diferencia de amplios sectores de la izquierda contemporánea, Glasman no desconfía de la nación ni de la producción material. Al contrario, las considera condiciones de posibilidad de cualquier política democrática sustantiva. Sin base productiva, no hay soberanía y sin soberanía no hay política.
Su programa económico se mueve en esa dirección y, por eso mismo, resulta disruptivo. Propone una política energética orientada a garantizar abundancia y bajo costo como base de la independencia nacional. Defiende la reindustrialización y la recuperación de capacidades productivas estratégicas. Incluso plantea la posibilidad de colocar infraestructuras clave bajo control estatal directo en términos de seguridad nacional.
Defiende la reindustrialización y la recuperación de capacidades productivas estratégicas. Incluso plantea la posibilidad de colocar infraestructuras clave bajo control estatal directo en términos de seguridad nacional.
En el plano educativo, su crítica apunta a la expansión indiscriminada de la universidad. No cuestiona el conocimiento, sino su forma de institucionalización. La proliferación de títulos, sostiene, produjo una clase administrativa desvinculada de la producción. Su propuesta —cerrar parte de las universidades y fortalecer la formación técnica— no es un rechazo a la educación, sino una reorientación hacia el trabajo como práctica concreta. Menos credenciales abstractas, más saberes situados.
En relación al Brexit, Glasman hace una defensa que no debemos confundir con un gesto nacionalista clásico ni con una reacción puramente identitaria. Es, en su lectura, una reivindicación democrática. Para Glasman, la Unión Europea (UE) encarna una forma de gobierno donde la toma de decisiones se aleja de la experiencia concreta de los ciudadanos, desplazándose hacia estructuras tecnocráticas difíciles de interpelar.
Salir de la UE era menos cerrarse al mundo y más recuperar la capacidad de decidir dentro de él. Un intento de reanclaje. De ahí su concepto de “restauración”. Frente a la narrativa del cambio permanente, Glasman sostiene que lo que emerge es una demanda de recomposición: instituciones, fronteras, soberanía económica.
En su lectura, aquella era inaugurada por Margaret Thatcher en 1979 —la de la globalización liberal— está llegando a su fin. Pero lo que viene no es necesariamente algo nuevo, sino un intento de recuperar capacidades perdidas: industria, representación política efectiva, control territorial. La modernidad tardía no produce solo aceleración: también produce deseo de estabilidad.
EL ENEMIGO: LA ORTODOXIA PROGRESISTA
Pero Glasman no se limita a criticar el neoliberalismo. También dirige sus ataques hacia lo que denomina la “ortodoxia progresista”: un conjunto de posiciones culturales que, en nombre de la inclusión, tienden a abstraerse de las condiciones materiales de existencia. Para él, buena parte de la política contemporánea se desplazó hacia un lenguaje moral que pierde contacto con la experiencia vivida.
Sus críticas a las políticas identitarias, al lenguaje de derechos desconectado de las obligaciones, o a ciertas agendas culturales, lo colocan en una posición incómoda dentro del laborismo. A esto se suma su disposición a dialogar con figuras y espacios alejados de la izquierda tradicional, incluyendo su relación indirecta con entornos vinculados a Donald Trump o JD Vance.
Ese cruce de fronteras no es oportunismo sino método. Glasman no busca pureza ideológica sino eficacia política. Prefiere el conflicto a la coherencia doctrinal cuando esta se vuelve estéril. Pero más allá de sus intervenciones públicas, uno de los aspectos más consistentes de su trayectoria es su trabajo en territorios concretos. En Grimsby, una ciudad profundamente afectada por la desindustrialización, Glasman impulsó experiencias de organización comunitaria que funcionan como laboratorio de su pensamiento.
Allí la política deja de ser representación para convertirse en práctica. No se trata de hablar por los otros, sino de construir poder con ellos. Instituciones locales, liderazgo comunitario, reconstrucción de vínculos. En un contexto de abandono estatal y fragmentación social, la apuesta es reconstruir tejido antes que diseñar políticas desde arriba.
En Grimsby, una ciudad profundamente afectada por la desindustrialización, Glasman impulsó experiencias de organización comunitaria que funcionan como laboratorio de su pensamiento.
UN DISIDENTE EN BUSCA DE LO COMÚN
En última instancia, Glasman no es un teórico del futuro en el sentido habitual. No imagina escenarios ni proyecta utopías tecnológicas. Su preocupación es más elemental: qué debe persistir, qué se debe conservar para que algo como una sociedad siga siendo posible.
En un mundo donde todo tiende a la fluidez —identidades móviles, trabajos precarios, territorios desdibujados—, su propuesta es reintroducir densidad. Hacer que las cosas vuelvan a tener peso, duración, obligación. No como reacción romántica, sino como condición de posibilidad para cualquier política que no se reduzca a administración.
Esa posición lo vuelve difícil de ubicar. Un socialista que reivindica la tradición, un judío que piensa con categorías católicas, un intelectual que desconfía de los intelectuales. Pero quizás sea precisamente esa incomodidad la que vuelve hoy a su pensamiento tan original como necesario. ![]()
