La guerra en Irán —un conflicto aparentemente lejano, si lo miramos desde América Latina— entró en nuestras casas a través de las pantallas de los dispositivos que sostenemos en nuestras manos casi al mismo tiempo que cayeron las primeras bombas sobre Teherán. Desde entonces, como consecuencia de la destrucción de infraestructura energética y por el cierre del estrecho de Ormuz —clave para el tránsito de buena parte del petróleo del planeta— el precio del barril llegó a subir más de 70% en los momentos más álgidos de los combates. Hoy ronda el 30% de aumento. El conflicto se filtró, como una gran mancha de humedad, no solamente en nuestras pantallas sino en nuestra economía: subió el precio del combustible y de todos los derivados del petróleo y, luego, el precio de todos los productos que necesitan combustible para llegar desde el productor hasta el consumidor, es decir, casi todas las cosas que necesitamos de manera diaria.
El filósofo Timothy Morton elaboró el término “hiperobjeto” para todos aquellos objetos que se distribuyen masivamente en tiempo y espacio en relación con los humanos. Se trata de objetos que están en nuestro espacio social, en el espacio de nuestra experiencia y que nos miran amenazadoramente. Uno de ellos es el petróleo, que es omnipresente aunque creamos que solo vive kilómetros bajo tierra en el desierto de algún país árabe. La guerra en Irán nos sirve para recordar que, cuando se trata de los hiperobjetos, estos no están lejos, sino que forman parte de nuestra cotidianeidad. En el caso del petróleo, los seres humanos tenemos una peligrosa dependencia, no solamente por su relación con la economía global, sino por los efectos climáticos que produce su explotación y las tensiones geopolíticas que conlleva su control. Al punto tal que podemos pensar a nuestra especie hoy como un homo petroleum por nuestra obsesión con el material y la energía fósil, priorizando el confort inmediato por sobre la sostenibilidad ambiental y la paz.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán nos obliga a pensar en alternativas de suministro de energía para la humanidad y a dotar de sentido de una vez por todas al concepto vacío de “transición energética”. Sin embargo, se trata de algo mucho más complejo que un reemplazo tecnológico y va más allá del discurso ambientalista. Implica la reconfiguración estructural de sistemas productivos, nuevos equilibrios geopolíticos y paradigmas civilizatorios. En Traza Continental, hacemos un breve repaso por las variantes de las fuentes de energía existentes en el mundo que pueden ser una opción para el futuro y el presente.
¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE TRANSICIÓN ENERGÉTICA?
Tres son las tensiones que subyacen en el debate sobre las fuentes de energía del futuro: la urgencia climática, el crecimiento sostenido de la demanda eléctrica global y la necesidad de seguridad energética. Esto hace que a la hora de hablar de la energía del futuro tengamos que referirnos no a una fuente única dominante, sino a una combinación de fuentes y almacenamiento energético, y al mismo tiempo estar abiertos a cambios y a innovaciones permanentes.
Tres son las tensiones que subyacen en el debate sobre las fuentes de energía del futuro: la urgencia climática, el crecimiento sostenido de la demanda eléctrica global y la necesidad de seguridad energética.
Estas tensiones están ocurriendo ahora. Pensemos en la presión sobre la demanda eléctrica que ejerce la inteligencia artificial (IA). Según el informe “Horizons Top Trends 2026” de S&P Global, la demanda global de energía para centros de datos aumentará un 17% hasta 2026 y un 14% anual hasta 2030, alcanzando una demanda potencial de más de 2200 TWh, aproximadamente equivalente al consumo total actual de electricidad de la India. “Una expansión a este ritmo, o a uno cercano, repercutirá en toda la economía, influyendo en la planificación de infraestructuras, los flujos de inversión y las políticas nacionales, además de generar inquietudes ambientales”, dice el documento.
La geopolítica tiene también un rol determinante. Estados Unidos, con una estrategia industrial intervencionista, está trazando su propio rumbo, priorizando las exportaciones de combustibles fósiles y apoyando tecnologías como la nuclear y la geotermia avanzada, un cambio significativo respecto a su modelo histórico de financiar la innovación en sus etapas iniciales y dejar que los mercados determinen ganadores y perdedores. China, por su parte, está consolidando su liderazgo en tecnologías de energías limpias y cadenas de suministro. El exceso de capacidad de China para producir este tipo de tecnologías convirtió la exportación de dichos productos en un imperativo económico y una herramienta para la proyección de poder geopolítico. Europa, por último, está tratando de hacer coincidir un complejo rompecabezas de intereses y objetivos dispersos, que incluye las trayectorias de las energías renovables, el hidrógeno, el combustible de aviación sostenible, los vehículos eléctricos y la política climática, además de la intensificación de las batallas por la cadena de suministro y la contabilidad del carbono. En este escenario, China parece estar un paso adelante de Europa y Estados Unidos, que tienen que lidiar con vaivenes políticos que los colocan, a veces más cerca, a veces más lejos, de la transición hacia tecnologías verdes.
América Latina, por su parte, está en una posición incómoda. Tiene muchos de los recursos naturales necesarios para impulsar la transición energética en los países más ricos, pero no tiene el acceso a la tecnología ni el financiamiento para reconvertir sus procesos productivos y adaptarlos a las nuevas fuentes de energía. Esto la ubica, en un escenario ideal de transición energética global, todavía dependiente de los combustibles fósiles. La región, además, está en medio de las tensiones por el dominio global entre China y Estados Unidos. Por posición geográfica y por influencia geopolítica se ve fuertemente presionada a alinearse con las políticas y las empresas de Estados Unidos. Pero China no resigna capacidad de influencia sobre la región, toda vez que es el principal mercado de exportación para muchas de las economías latinoamericanas, en especial las del Cono Sur.
América Latina (…) está en una posición incómoda. Tiene muchos de los recursos naturales necesarios para impulsar la transición energética en los países más ricos, pero no tiene el acceso a la tecnología ni el financiamiento para reconvertir sus procesos productivos y adaptarlos a las nuevas fuentes de energía.
ENERGÍAS VERDES
A finales de 2025 la revista Science eligió el auge de las energías renovables como “El Avance del Año”, no tanto por considerarlas una “tecnología nueva” sino por la velocidad y la escala que están desplegando. Para la publicación, en la primera mitad del año pasado las renovables generaron más electricidad que el carbón a nivel mundial: cinco mil 72 teravatios hora contra cuatro mil 896. Y en ese mismo período, el crecimiento de la energía solar y la eólica alcanzó para cubrir el aumento del consumo global de electricidad entre enero y junio. “El final de 2025 marcará un punto álgido para las instalaciones de energías renovables. Para entonces, el mercado solar mundial habrá alcanzado un hito extraordinario, con instalaciones que superarán los 500 GW de CA, un logro inimaginable cuando la industria se situaba en un solo dígito en gigavatios hace poco más de una década. Este aumento ha sido impulsado principalmente por China, que representa más de la mitad de las incorporaciones globales”, dice el informe de S&P.
En efecto, en la expansión de la energía solar y eólica están puestas las mayores esperanzas de transición. Ambas han alcanzado niveles de competitividad económica que las posicionan como las tecnologías de generación más baratas en múltiples regiones. Sin embargo, el futuro no radica únicamente en su ampliación cuantitativa, sino en su sofisticación cualitativa. En el caso solar, los avances tecnológicos están apuntando a más eficiencia y menores costos de fabricación, mientras que la energía eólica está experimentando una expansión hacia el offshore profundo, con turbinas flotantes que permiten capturar vientos de mayor estabilidad. ¿Cuál es el principal desafío de estas fuentes? La intermitencia. Por ello, su consolidación como eje del sistema energético futuro depende críticamente del almacenamiento y de redes inteligentes capaces de gestionar variaciones en tiempo real.
La otra tecnología sostenible con mayores posibilidades es el hidrógeno verde. Aunque no ha cumplido aún con las previsiones de adopción global, China se está consolidando como líder mundial en hidrógeno electrolítico, con un despliegue nacional y exportaciones que se prevé que crezcan exponencialmente en 2026. “El hidrógeno verde es fundamental para el plan de China de dominar las cadenas de suministro de energía limpia, similar a su enfoque en la energía solar y las baterías”, sostiene S&P. Como todo en China, el hidrógeno verde es un proyecto político nacional. Por eso, entre la mención de esta fuente en los Planes Quinquenales XIV y XV del Partido Comunista, los cambios regulatorios y la ingeniería de la oferta, el crecimiento de la capacidad mundial de electrólisis —esto es, el proceso que utiliza electricidad procedente de fuentes renovables, como la solar y la eólica, para descomponer la molécula de agua en oxígeno e hidrógeno, que es clave para la descarbonización de la industria y el transporte pesado— se multiplicó por ocho en los últimos tres años. Esto, a su vez, está fortaleciendo el proceso expansionista chino: la conversión del exceso de electricidad en moléculas permite a China “transferir electrones” a otros mercados. Y, si bien la revolución global del hidrógeno no se ha materializado hasta el momento, está emergiendo claramente en el mayor consumidor de energía del mundo.
…en la expansión de la energía solar y eólica están puestas las mayores esperanzas de transición. Ambas han alcanzado niveles de competitividad económica que las posicionan como las tecnologías de generación más baratas en múltiples regiones.
¿Alcanzan estos progresos para soñar con un escenario de electrificación verde acelerada para los próximos veinte años? Un escenario de este tipo —en rigor, el más promovido por organismos internacionales y la mayoría de las políticas climáticas actuales— implicaría una generación eléctrica mayormente renovable, con preeminencia de la energía solar y eólica con almacenamientos de larga duración y una reducción significativa en el uso de combustibles fósiles. En términos geopolíticos, estaríamos hablando de un mundo altamente coordinado en materia regulatoria y con disponibilidad de financiamiento “verde”. Sin embargo, esto no implica que este vaya a ser un escenario de equilibrios. Más bien, el mapa político nos daría un grupo de países ganadores, que serían aquellos con un alto acceso a recursos solares y eólicos, así como también a minerales críticos como litio, cobre y tierras raras; y un grupo de países perdedores, entre los que se encontrarían los países históricamente exportadores de hidrocarburos con bajo nivel de diversificación de su producción energética.
ENERGÍAS OCEÁNICAS Y GEOTÉRMICAS PROFUNDAS
En el plano de las energías renovables, hay dos fuentes más relegadas en términos de escala: las energías geotérmicas y las oceánicas. Las oceánicas producen energía aprovechando las diferencias de temperatura (gradientes térmicos) entre las aguas superficiales y las aguas profundas del océano, mientras que las geotérmicas se obtienen mediante el aprovechamiento del calor del interior de la Tierra que se transmite a través de los cuerpos de roca o piedras calientes.
Solo 32 países en el mundo tienen plantas de energía geotérmica en operación. La lista selecta de naciones con capacidad para generar este tipo de energía la encabeza Estados Unidos —seguido de Indonesia, Filipinas y Turquía— al generar 96 mil 552 GWh de electricidad, lo que representa el 0,34% de la generación eléctrica mundial. A diferencia de la energía eólica y solar, las centrales geotérmicas producen energía a un ritmo constante, sin tener en cuenta las condiciones meteorológicas, es decir, no sufren de intermitencia. Si bien la teoría indica que los recursos geotérmicos deberían ser más que suficientes para abastecer las necesidades energéticas de la humanidad, solo una pequeña parte de los recursos geotérmicos del planeta es actualmente accesible con la tecnología y la viabilidad económica existentes. En este punto, la geotérmica es víctima de la competencia por el financiamiento entre las distintas fuentes de energía. “2025 no se convirtió en el año de la revolución geotérmica global”, reconoce la publicación especializada ThinkGeoEnergy. “La capacidad instalada continuó creciendo, pero a un ritmo más lento. Los plazos de obtención de permisos se mantuvieron largos. La financiación se mantuvo, aparentemente, selectivamente centrada en las nuevas tecnologías. La inflación de costos, las limitaciones de la red y la incertidumbre política continuaron influyendo en las decisiones sobre proyectos”, afirma.
Si bien la teoría indica que los recursos geotérmicos deberían ser más que suficientes para abastecer las necesidades energéticas de la humanidad, solo una pequeña parte de los recursos geotérmicos del planeta es actualmente accesible con la tecnología y la viabilidad económica existentes.
ENERGÍA NUCLEAR
¿Puede la energía nuclear resolver la necesidad de electricidad del planeta? Se espera que, entre el crecimiento económico y la creciente presión de la IA, tan sólo en Estados Unidos la demanda eléctrica aumente 57% para 2050, una presión que no podrán resolver —al menos hasta no solucionar los límites de la intermitencia— las energías renovables, al menos no con las tendencias actuales. “Esto convierte repentinamente a la energía nuclear (y su suministro constante, continuo y sin emisiones de carbono) en una parte potencial de la solución después de décadas de declive”, sostiene la compañía de análisis sectorial y de negocios ICF.
El negocio de la energía nuclear registró muchos vaivenes en pocos años. Europa inició en los 80 y, con mucha más fuerza, en los 90 y 2000 un progresivo abandono de la energía nuclear para la generación de electricidad, incluyendo el cierre de las centrales nucleares existentes. Suecia fue el primer país donde se propuso en 1980, al que le siguieron Italia (1987), Bélgica (1999), Alemania (2000) y Suiza (2011). Austria, Países Bajos, Polonia y España promulgaron leyes que paralizaron la construcción de nuevos reactores nucleares. Las fechas no son caprichosas: en 1986 se produjo el accidente de Chernóbil y en 2011, el accidente de Fukushima, Japón. Ambos eventos sacudieron a la opinión pública y dejaron una mala imagen sobre la energía nuclear, así como una creciente presión en Europa para el cierre de las centrales, un panorama difícil de administrar por gobiernos y reguladores.
Pero tras años de estancamiento pos-Fukushima, hay un “renacimiento prudente” impulsado por la seguridad energética y la descarbonización. Esta segunda oportunidad para la energía nuclear parece llegar de la mano de dos tecnologías. Una son los reactores modulares pequeños (SMR por sus siglas en inglés). Se trata de reactores de fisión nuclear avanzados, compactos y producidos en serie, con una potencia de hasta 300 MW por unidad. “Ofrecen mayor seguridad, flexibilidad de ubicación y menores costos de inversión, siendo ideales para redes pequeñas, desalinización, calor industrial y la transición energética”, dice el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Sin embargo, sobre los SMR persisten interrogantes sobre sus costos reales, la gestión de residuos contaminantes y la aceptación social.
La segunda trayectoria para la energía nuclear podría ser la fusión nuclear, un proceso que replica el mecanismo del sol, uniendo núcleos atómicos ligeros (como deuterio y tritio) para formar uno más pesado (helio), liberando enormes cantidades de energía limpia e inagotable. La gran promesa de esta tecnología es el International Thermonuclear Experimental Reactor (en español, Reactor Termonuclear Experimental Internacional, ITER por sus siglas en inglés), un experimento científico liderado por la Unión Europea que intenta producir un plasma de fusión. El ITER (“el camino” en latín) se está construyendo en Cadarache (Francia) y es el quinto proyecto más costoso de la historia, después del Programa Apolo, de la Estación Espacial Internacional, del Proyecto Manhattan y del desarrollo del sistema GPS.
El ITER (“el camino” en latín) se está construyendo en Cadarache (Francia) y es el quinto proyecto más costoso de la historia, después del Programa Apolo, de la Estación Espacial Internacional, del Proyecto Manhattan y del desarrollo del sistema GPS.
Según el informe “Perspectivas sobre la fusión en el mundo 2025” del OIEA, la inversión privada mundial en fusión ha superado los diez mil millones de dólares, “lo que pone de manifiesto la creciente confianza en el sector”, sostiene. La financiación procede de fondos soberanos, grandes empresas y usuarios de energía. El mismo documento prevé que la energía de fusión desempeñará un papel importante a la hora de satisfacer la creciente demanda mundial de electricidad limpia. Dependiendo de los costos de capital, en 2100 se prevé que entre el 10% y el 50% de la generación de electricidad global podría provenir de esta fuente. Como sea, aún en escenarios optimistas, se prevé que la comercialización masiva quedará para la segunda mitad del siglo XXI, dejando todavía a la fusión en el terreno de las apuestas más que de las soluciones.
Pero el mundo sigue necesitando energía limpia. ¿Es posible un escenario de renacimiento nuclear para 2050? Esta fuente podría resolver tres desafíos clave: sortear las fallas de estabilidad de las redes provenientes de energía 100% renovable, descarbonizar la industria pesada, y revalorizar la seguridad energética. En este sentido, es posible que para mediados de siglo los SMR se empiecen a desplegar en polos industriales y ciudades densas, y que la fusión, aunque no sea masiva para esa fecha, muestre pilotos prometedores. Este escenario tendría, también, sus ganadores y perdedores: los países con capacidad tecnológica y marcos regulatorios sólidos (coordinados por el OIEA) serían los ganadores, y los países sin capital o con fuertes presiones antinucleares en su base social, los perdedores. Así, la pregunta entonces no es tanto si se trata de una fuente segura, sino cuál es la combinación de tecnologías que minimiza el riesgo climático, el riesgo financiero y el riesgo geopolítico al mismo tiempo.
LA ECONOMÍA ORBITAL
La relación entre fuentes de energía y economía orbital es estratégica: la expansión sostenida de actividades en órbita y más allá depende de cómo generamos, almacenamos y transmitimos energía en el espacio. A la vez, nuevas fuentes energéticas podrían surgir desde la órbita hacia la Tierra.
Existe una energía para la economía orbital, como satélites, estaciones espaciales, manufactura en microgravedad, minería lunar/asteroidal y turismo espacial. En este caso, la fuente de energía central es la solar fotovoltaica en órbita, y el desarrollo de reactores nucleares espaciales, diseñados para misiones lunares permanentes o bases marcianas, que están aún en una etapa preliminar de desarrollo y comercialización.
Pero existe también la generación de energía desde la órbita hacia la Tierra. Acá entramos en el límite de la prospectiva tecnológica con la energía solar espacial (Space-based Solar Power, SSP), que consiste en adquirir energía a gran escala en el espacio y transmitirla a la Tierra mediante microondas para su consumo. Estamos hablando de una fuente de energía renovable e inagotable que tiene el potencial de resolver los problemas socioeconómicos y ambientales asociados con la dependencia de los recursos fósiles y de la energía nuclear. Su viabilidad es, sin embargo, el gran interrogante. Los costos de la puesta en órbita de los paneles, las dudas en el campo regulatorio y algunos obstáculos tecnológicos aún no resueltos echan sombra sobre esta alternativa.
Estamos hablando de una fuente de energía renovable e inagotable que tiene el potencial de resolver los problemas socioeconómicos y ambientales asociados con la dependencia de los recursos fósiles y de la energía nuclear.
MUNDO FÓSIL FRAGMENTADO Y ESCENARIOS FUTUROS
El último informe de la Agencia Internacional de Energía (IEA por sus siglas en inglés), establece tres escenarios energéticos. El primero se denomina Escenario de Políticas Declaradas; el segundo, Escenario de Políticas Actuales; y el tercero, Cero Emisiones Netas para 2050. Sobre los dos primeros, el informe “World Energy Outlook 2025” afirma que: “Ambos escenarios prevén un aumento continuo de la demanda energética hasta 2050, aunque a diferentes velocidades, impulsado por las economías de mercados emergentes y en desarrollo, encabezadas por la India y el Sudeste Asiático”. La principal diferencia entre ambos son las trayectorias de los combustibles fósiles. En el Escenario de Políticas Declaradas, la demanda de petróleo y gas natural continúa creciendo hasta mediados de siglo, aunque el carbón comienza a declinar antes de 2030. En el otro, el uso de carbón alcanza su punto máximo antes y la demanda de petróleo se estabiliza al final de la década, pero la demanda de gas natural continúa creciendo hasta la década de 2030”.
“Hoy en día, alrededor de 730 millones de personas aún viven sin electricidad, y casi dos mil millones dependen de métodos de cocina contaminantes. En la situación actual, el mundo no está en vías de cerrar esta enorme brecha en el suministro de energía moderna”, dice la IEA.
Aunque no lo indica así, con “situación actual” el informe de la IEA se refiere no sólo a las características del mercado energético, sino también a las condicionalidades geopolíticas de las que hablábamos al inicio. En los casos de implementación de energías renovables, e incluso en el crecimiento de fuentes energéticas en facetas de exploración, una condición necesaria es un cierto nivel de coordinación regional y global. ¿Pero qué pasaría si continúa la tendencia hacia el debilitamiento de la cooperación que se observa hoy en día? ¿Qué escenario energético nos depararía un mundo hiperfragmentado?
Por un lado, tendríamos países ricos que descarbonizarían más rápido, mientras que los países pobres seguirían usando fósiles, y el mundo avanzaría a distintas velocidades. Europa y partes de Asia reducirían emisiones; otras regiones sostendrían el gas y el petróleo con captura de carbono parcial. La transición sería desigual y políticamente tensa, y el debilitamiento de acuerdos multilaterales, los conflictos comerciales y energéticos, y la prioridad puesta en el crecimiento económico por sobre las metas climáticas derivarían en una ruptura total de los límites planetarios. Los eventos climáticos extremos serían más frecuentes.
Esto hace que, dado que las emisiones podrían impulsar un aumento de la temperatura de 2,3°C para 2040, la adaptación pase de ser opcional a esencial en 2026. Los peligros meteorológicos y climáticos extremos están creando riesgos para la infraestructura, los activos físicos y las empresas que los operan. La temperatura media global de enero a agosto de 2025 fue 1,4°C superior a los niveles preindustriales —apenas por debajo del límite de 1,5°C del Acuerdo de París— y se estima que existe un 50% de probabilidad de que supere los 2,3°C para 2040. “Un clima más cálido y volátil implica que el calor extremo, las sequías, los ciclones tropicales y otros peligros probablemente se volverán más comunes y graves, con costos elevados”, dice el reporte de S&P, que advierte que mucho de esto ya está pasando: “una sequía histórica en Irán ha provocado la posibilidad de un racionamiento de agua en Teherán y el agotamiento casi total de la capacidad hidroeléctrica. El intenso calor del verano en Europa, donde se prevé un aumento de las temperaturas más rápido que en muchas otras regiones, está impulsando la rápida adopción del aire acondicionado, sobrecargando las redes eléctricas en países donde el consumo de electricidad per cápita ha sido mucho menor que en Estados Unidos”, ejemplifica.
Esta diversidad de posibilidades nos lleva a construir la idea de que, si pensamos escenarios de futuro para la generación de energía, no conviene imaginar “la solución”, sino mundos posibles según tecnología, política, clima y economía donde convivirán todas las fuentes de energía posibles. En este sentido es que la transición energética ha dejado hace rato de ser opcional y ha pasado a ser esencial. Entre el descomunal gasto de energía que demanda la IA, los cuellos de botella de la red energética, las normas de emisión de carbono inconexas y debilitadas a la par del debilitamiento del multilateralismo, y los crecientes costos del riesgo climático, nos encontramos ante el escenario de que la expansión energética y la sostenibilidad no son ambiciones paralelas, sino imperativos entrelazados que le están dando forma al futuro energético global. Así, probablemente veamos a las energías renovables dominando la generación de nuevas fuentes, un renacer de la energía nuclear creciendo en algunos países, las fósiles decreciendo pero no desapareciendo rápido, y una mayor electrificación y crecimiento de sistemas híbridos. Si así fuera, la pregunta no es tanto qué tecnología ganará, sino quién la controlará. ![]()
…si pensamos escenarios de futuro para la generación de energía, no conviene imaginar “la solución”, sino mundos posibles según tecnología, política, clima y economía donde convivirán todas las fuentes de energía posibles.
