Pienso en Paradise como un lugar donde la gente se ayuda entre sí.
Jamieson Greer
Requerimos un proyecto generacional para reindustrializar Estados Unidos, y nos queda poco tiempo.
Jamieson Greer
Cuando el 27 de febrero de 2025, tras una votación de 56 a 43, el Senado de los Estados Unidos confirmó a Jamieson Greer como el 20.º Representante Comercial de los Estados Unidos (USTR), nació —nadie lo sabía en ese momento, pero podía intuirse— la “Doctrina Greer”: el desmantelamiento definitivo del consenso de Bretton Woods para instaurar un orden basado estrictamente en la seguridad económica y la soberanía nacional.
La arquitectura del comercio internacional experimenta, a partir del inicio del segundo mandato de Donald Trump, su transformación más profunda desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y Greer ha sido una pieza fundamental de ese cambio. Como parte de nuestra serie Universo Trump 2.0 que elaboramos en colaboración con Supernova, analizamos la trayectoria y planteamientos del representante comercial y veterano de guerra estadounidense.
Conocido en los círculos de poder de Washington como una persona de firmes convicciones, a la vez que the nicest man in town (que podría traducirse como “el hombre más amable del entorno”), Greer oculta tras su firmeza y afabilidad una capacidad quirúrgica para negociar. Su misión es clara: ejecutar la agenda “America First” mediante el dominio absoluto de la letra pequeña de los tratados comerciales. El presidente Donald Trump ha dicho que Greer es el hombre que “conoce cada párrafo” de la ley comercial. “Este es un puesto fundamental”, dijo Robert O’Brien, exasesor de Seguridad Nacional de Trump. “Si uno se centra en el comercio y en la política de ‘Estados Unidos Primero’, es uno de los tres o cuatro puestos más importantes del gabinete”.
Visto en retrospectiva, pareciera que Greer se preparó toda su vida para este momento de instituciones multilaterales en crisis. Le gusta narrar su trayectoria de vida como un viaje “desde Paradise hasta la Oficina Oval”, simbolizando el ascenso de un estratega que combina sus orígenes y convicciones con la precisión legal y una lealtad absoluta al paradigma proteccionista.
Jamieson, de 44 años, es hijo de la California rural, muy lejos de los salones de cabildeo de Washington D.C. Nacido y criado en Paradise, su interés por el mundo exterior nació en la biblioteca local y a través de las páginas de National Geographic que siempre circulaban por su casa. Esta curiosidad temprana fue moldeada por un entorno familiar con vocación por el servicio público. Su padre, Mike Greer, se desempeñó como fideicomisario del Distrito Escolar Unificado de Paradise. De él aprendió que la política no es un ejercicio teórico, sino una herramienta que impacta en la “gente promedio”, como los maestros y agricultores de su pueblo natal, ubicado al norte del estado.
Visto en retrospectiva, pareciera que Greer se preparó toda su vida para este momento de instituciones multilaterales en crisis. Le gusta narrar su trayectoria de vida como un viaje “desde Paradise hasta la Oficina Oval”…
Su formación académica refleja una preparación meticulosa para los desafíos del comercio global contemporáneo. Se graduó en Estudios Internacionales en la Brigham Young University (BYU), universidad privada de Utah que pertenece a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es, de hecho, el funcionario mormón de más alto rango en el gabinete estadounidense desde 2009, una posición que utiliza para proyectar una imagen de estabilidad ética en medio de la volatilidad política. Al igual que muchos jóvenes de su confesión, realizó una misión de dos años, destinada en su caso a Bruselas, Bélgica. Esta experiencia resultó ser una coincidencia providencial para su carrera futura, ya que Bruselas es una de las tres sedes estratégicas de la Oficina del Representante Comercial de los Estados Unidos a nivel mundial. Allí, Greer no solo aprendió el idioma y la cultura, sino que comenzó a navegar por el terreno diplomático de la Unión Europea.
Luego se doctoró en Derecho en la Universidad de Virginia. Pero fueron las maestrías en Derecho Comercial Global por Sciences Po y la Sorbona en París las que le dieron un completo conocimiento del sistema legal europeo y una interesante capacidad para negociar con Bruselas: su formación le permitió identificar las debilidades del sistema regulatorio europeo desde adentro. Esta base educativa no solo le proporcionó las herramientas para manejar litigios complejos, sino que también le permitió entender las “barreras no científicas” que otros países imponen para proteger sus mercados, un tema que Greer ha criticado con frecuencia.
Exveterano de guerra, Greer se sumó a las filas de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, donde sirvió en el Cuerpo del Defensor General (JAG). Fue enviado a Irak como jefe de Justicia Militar en zona de conflicto, donde asumió la responsabilidad de supervisar todas las investigaciones criminales y los consejos de guerra (courts-martial) de los aviadores estadounidenses. Quienes lo conocen afirman que su disciplina por el trabajo se terminó de forjar allí.
En el plano personal, Greer vive con su esposa y sus cinco hijos. Su vida doméstica ofrece un contrapunto humano a la intensidad de sus responsabilidades profesionales. Esta estabilidad es vista por los observadores como la fuente de su resiliencia y ha humanizado su transición hacia el ala Oeste, permitiéndole navegar la política de alto nivel sin perder su esencia de hombre de familia.
Para Greer el factor religioso es muy importante. Es mormón, así como lo fue el ya citado O’Brien. La comparación con este no es casual: ambos comparten una cosmovisión donde Estados Unidos es visto como una nación bajo la “Providencia Divina”, una “ciudad sobre la colina” que debe ser protegida. O’Brien ha señalado que su fe le otorga la confianza de que “el Padre Celestial cuida de América”, una mentalidad que Greer parece reflejar en su patriotismo económico. Aunque Greer ha aclarado que no toma “instrucciones directas” de su fe para la política, es evidente que sus valores éticos y su visión de la justicia informan su enfoque hacia un comercio “justo” y “nivelado”.
Aunque Greer ha aclarado que no toma “instrucciones directas” de su fe para la política, es evidente que sus valores éticos y su visión de la justicia informan su enfoque hacia un comercio “justo” y “nivelado”.
Fue en su paso por firmas de élite como Skadden Arps y King & Spalding donde empezó a demostrar su capacidad de trabajo y su conocimiento. Allí se centró en el estudio del control de exportaciones y sanciones económicas: su hito más relevante en esta etapa fue la defensa del acero estadounidense contra la sobrecapacidad estructural de China, un caso que cimentó su visión sobre la necesidad de proteger la base industrial de su país. Entre sus conocimientos técnicos más acabados se encuentran la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974, la principal herramienta de Estados Unidos para investigar y sancionar, a menudo con aranceles, prácticas comerciales extranjeras desleales que restringen el comercio estadounidense; la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial, que autoriza al Presidente a imponer restricciones o aranceles a las importaciones si el Departamento de Comercio determina que amenazan la seguridad nacional; y el cumplimiento del Comité de Inversión Extranjera en los Estados Unidos (CFIUS), que consiste en la supervisión de la inversión extranjera para evitar la transferencia de tecnologías críticas a adversarios.
EL HEREDERO DE LIGHTHIZER
Pero más allá del conocimiento técnico, fue su relación con Robert Lighthizer, representante comercial de los Estados Unidos en la primera administración Trump, lo que le daría a Greer su formación política. Lighthizer fue uno de los principales arquitectos de la política comercial estadounidense durante Trump I. Proteccionista y crítico del libre comercio, sus políticas estuvieron orientadas a la protección de la industria manufacturera en Estados Unidos. Lighthizer desempeñó un papel clave en la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) —hoy Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC)— y en la guerra comercial entre China y Estados Unidos. Greer, que fue jefe de gabinete de Lighthizer durante todo ese período, se formó allí como un pragmático “proestadounidense” que considera que Estados Unidos ha sido, durante décadas, el consumidor de última instancia del mundo, absorbiendo los excesos de producción global a costa de su propia base manufacturera. Y que llegó el momento de cambiarlo.
En su paso por la Jefatura de Gabinete de Lighthizer, Greer dejó una grata huella. Se lo recuerda como un funcionario muy popular, que trataba a todo el mundo con mucho respeto y que era imperturbable. Quienes lo vieron en acción aseguran que allí fue donde construyó una reputación como negociador competente y comunicador eficaz, y que junto con Lighthizer formaron “uno de los dúos más dinámicos de la primera administración Trump”.
Greer heredó de Lighthizer la convicción de que el “orden internacional basado en reglas” es una ficción que ha servido como paraguas para que actores como China y Brasil practiquen un mercantilismo agresivo. Bajo esta óptica, Greer postula que la reciprocidad no es una opción, sino una necesidad de supervivencia. Su participación en la negociación del Acuerdo de Fase Uno con China y el T-MEC original le dieron a Greer la experiencia necesaria para saber cuándo presionar y cuándo cerrar un trato que favorezca al trabajador de Michigan o de Ohio por encima de las teorías de eficiencia del mercado global.
Greer heredó de Lighthizer la convicción de que el “orden internacional basado en reglas” es una ficción que ha servido como paraguas para que actores como China y Brasil practiquen un mercantilismo agresivo.
EL FIN DE LA ILUSIÓN GLOBALISTA
Bajo el liderazgo de Greer, el año 2025 fue bautizado como el “Año del Arancel”. El hito fundacional de su gestión ocurrió el 2 de abril de ese año, una fecha ahora conocida como el “Liberation Day” (Día de la Liberación), que marcó la entrada en vigor de un nuevo régimen arancelario destinado a proteger los empleos estadounidenses y forzar el regreso de la manufactura.
Con ese gesto, Greer reemplazó el consenso de la Organización Mundial del Comercio (OMC) por el “sistema Turnberry”, nombrado así por el complejo en Escocia donde se negoció un acuerdo histórico con la Unión Europea y que Greer explicó en un artículo de opinión publicado en el New York Times. El sistema Turnberry es la nueva doctrina de política económica y geopolítica impulsada por Estados Unidos desde 2025, bajo el comando de Greer, centrada en la reindustrialización estadounidense, la reducción del déficit comercial y la protección de cadenas de suministro estratégicas, a menudo utilizando aranceles unilaterales y acuerdos bilaterales en lugar de tratados multilaterales.
Pero Greer no carga solo con el peso de implementar una de las promesas más disruptivas de la administración Trump: la imposición de aranceles masivos. En esto trabaja junto con Howard Lutnick, secretario de Comercio, quien lidera la agenda arancelaria, y deja en manos de Greer la responsabilidad directa de las negociaciones técnicas.
Turnberry marca el fin de la era de la libre apertura de mercados por parte de Estados Unidos, priorizando la protección nacional mediante una red de acuerdos bilaterales, consolidándose como un cambio estructural en el comercio global. Sus pilares son la alineación de naciones según intereses económicos comunes, comercio “recíproco y justo” —no necesariamente libre comercio— y protección del sector manufacturero local.
Un ejemplo contundente de la obsolescencia del sistema anterior que el sistema Turnberry viene a reemplazar fue el fracaso de la 14.ª Conferencia Ministerial de la OMC en Yaundé, Camerún, en marzo de este año, donde Greer presenció cómo Brasil y Turquía torpedearon la moratoria sobre el comercio electrónico. Greer calificó este evento no como una amenaza, sino como una “descripción de la realidad”: la OMC se ha vuelto una institución irrelevante para los desafíos modernos.
CHINA O LA “ESTABILIDAD GESTIONADA”
En la relación con Beijing, Greer ha implementado un realismo quirúrgico. En 2025, el déficit comercial bilateral con China se redujo en un 30% (un desplome nominal de 130 mil millones de dólares). Aunque existe el fenómeno del frontrunning (importadores que aceleraron compras antes de los aranceles de agosto), la tendencia es de un desacoplamiento estratégico.
La innovación más radical de Greer es el concepto del “US-China Board of Trade”. A diferencia de los diálogos cosméticos del pasado, esta junta es una mesa estrictamente “de gobierno a gobierno” destinada a gestionar qué bienes no sensibles pueden intercambiarse para mantener una balanza equilibrada. Es, en esencia, una transición hacia un modelo de comercio gestionado que reconoce que China no es ni será una economía de mercado. Ya antes de la cumbre entre Trump y Xi Jinping que se celebró hace unos días, Greer había dejado claro que el acceso al mercado de Estados Unidos depende de la eliminación de las restricciones chinas a las tierras raras y la apertura a productos agrícolas estadounidenses, un punto central en la agenda del encuentro. A su regreso de Asia, Greer —que formó parte de la delegación oficial— se ha encargado de posicionar la visita como una victoria del gobierno: “Trump está optimizando nuestra relación económica con China, asegurando acuerdos históricos y proporcionando un mayor acceso al mercado para los agricultores, ganaderos, trabajadores y empresas estadounidenses”.
La innovación más radical de Greer es el concepto del “US-China Board of Trade”. A diferencia de los diálogos cosméticos del pasado, esta junta es una mesa estrictamente “de gobierno a gobierno” destinada a gestionar qué bienes no sensibles pueden intercambiarse para mantener una balanza equilibrada.
UNA NUEVA FRONTERA CON MÉXICO Y CANADÁ
Uno de los logros técnicos más importantes de la Doctrina Greer fue el Plan de Acción entre Estados Unidos y la Unión Europea para la Resiliencia de las Cadenas de Suministro de Minerales Críticos, firmado el 24 de abril de 2026. Este plan busca establecer un “ajuste de precio en frontera” (border-adjusted price floor). El objetivo es evitar que China “inunde” el mercado con precios artificialmente bajos para quebrar las nuevas minas y plantas de procesamiento en Occidente.
Greer aplica una lógica similar con México. El “Plan de Acción sobre Minerales Críticos” firmado con el gobierno de Claudia Sheinbaum en marzo de este año busca que América del Norte no sea solo un centro de ensamblaje, sino el núcleo de la extracción y refinamiento de los 60 minerales esenciales para la defensa y la tecnología.
Del mismo modo, Greer encara la revisión del T-MEC de este año con una postura de “mano dura” y pragmatismo técnico. Su insatisfacción con el aumento de las importaciones automotrices desde México y el incumplimiento de los niveles históricos de acero y aluminio ha tensado por momentos la relación con el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, con quien, sin embargo, mantiene un diálogo constante.
La estrategia de Greer es clara: tratar a México y Canadá como entidades separadas. Argumenta que las realidades laborales, el estado de derecho y el perfil de exportación son demasiado distintos para una negociación trilateral. Greer ha sugerido que el T-MEC podría ser reemplazado por dos protocolos bilaterales diferenciados si no se corrigen las reglas de origen. Su preocupación central es la triangulación de mercancías: evitar que componentes chinos entren a Estados Unidos disfrazados de productos mexicanos. En este sentido, la revisión de 2026 no será un trámite, sino una renegociación integral de las lealtades económicas regionales.
DESAFÍOS Y MIRADA AL FUTURO
Pero no todo son rosas en la gestión Greer. Más bien, está amenazado por varios frentes de tormenta. Uno es la complejidad y los costos de cumplimiento por la superposición de regímenes arancelarios. En efecto, las empresas estadounidenses han reportado un aumento en los costos administrativos de entre el 1% y el 2,5% por esta razón. Greer, sin embargo, lo ha minimizado: sostiene que este es un costo necesario para la “estabilidad de largo plazo”. Otro problema es el desafío de la Corte Suprema. El uso excesivo de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA, por sus siglas en inglés) le ha servido para ganar detractores. La IEEPA es una ley federal que faculta al presidente para regular el comercio y transacciones económicas con entidades extranjeras ante amenazas nacionales extraordinarias. En febrero de 2026, la Corte Suprema dictaminó que la IEEPA no autoriza la imposición de aranceles generales, limitando el uso de esta herramienta. Sin embargo, Greer ya tiene preparado un “plan B”: recrear el mismo nivel de ingresos y protección mediante el uso de la Sección 122 (balanza de pagos) y la ya mencionada Sección 301, asegurando que la política arancelaria no se detenga. Lo dicho: Greer tiene un altísimo conocimiento técnico y lo usa a su favor. Por último, sus críticos advierten sobre el riesgo inflacionario de su doctrina, aunque Greer responde con datos de salarios en el sector manufacturero, que han crecido por encima de la media de servicios, compensando el aumento de costos en bienes importados de bajo valor.
…sus críticos advierten sobre el riesgo inflacionario de su doctrina, aunque Greer responde con datos de salarios en el sector manufacturero, que han crecido por encima de la media de servicios, compensando el aumento de costos en bienes importados de bajo valor.
Jamieson Greer ha demostrado ser el arquitecto ideal para un mundo que abandonó la utopía del libre comercio global. Para el representante comercial, la economía es la base de la potencia nacional; sin fábricas no hay innovación y sin innovación no hay seguridad. Su visión de una “consolidación del sistema de alianzas” está redefiniendo lo que significa ser un aliado de Estados Unidos: ya no basta con la cooperación militar o las afinidades ideológicas o políticas, se requiere una alineación comercial total contra las prácticas no comerciales de los adversarios.
Greer tendrá en los próximos años la misión de ejecutar la visión de una administración que no teme utilizar el poder del acceso al mercado estadounidense como palanca de negociación. Su papel en el “dúo” con Lutnick será fundamental para definir si la nueva era de aranceles logra, efectivamente, nivelar el campo de juego global.
Por delante a Greer le queda consolidar el sistema Turnberry como el estándar global, alejándose de las “mentiras blancas” de la diplomacia multilateral y abrazando una diplomacia de intereses crudos y tangibles. Para medir el éxito de esta nueva era, Greer aplica un “test de tres partes”: déficit comercial de bienes —reducción nominal y estructural—; ingreso real mediano de los hogares —aumento del poder adquisitivo—; y manufactura como porcentaje del PIB —reindustrialización efectiva—. Al final del día, su éxito se medirá por su capacidad para traducir la complejidad de los tratados comerciales en beneficios tangibles para “la gente promedio”, asegurando que el camino que él recorrió desde Paradise hasta la Oficina Oval siga siendo una posibilidad abierta para los trabajadores de la nación.
Cuando todo termine, el éxito de la gestión y de la Doctrina Greer se medirá no en apretones de manos en Ginebra, sino en que las comunidades estadounidenses puedan recuperar su capacidad de ayuda mutua y en el humo de las chimeneas de las fábricas que vuelvan a encenderse, o no, en el corazón de los Estados Unidos. Pero, como él bien afirma, a la nación norteamericana le queda poco tiempo. ![]()
