Kiera Butler*
El auge de la inteligencia artificial ha generado innumerables debates en Estados Unidos sobre su uso y desarrollo. Steve Bannon —uno de los fundadores del movimiento MAGA— y otros nacionalistas cristianos creen que la dicotomía hombre-máquina que genera el avance tecnológico definirá el futuro del país y de la humanidad, y están convencidos de que hay que mirar con recelo el crecimiento de la IA, reducir el entusiasmo y poner al ser humano primero. Mientras tanto, sectores en Silicon Valley ven el desarrollo tecnológico y de la IA no solamente como un imperativo para el sostenimiento de la República, sino como una misión moral e incluso divina. Empresarios como Peter Thiel, Katherine Boyle de Andreessen Horowitz, y Trae Stephens, de Anduril, están promoviendo esta visión entre el sector tech y de manera cada vez más intensa en medios de comunicación y otros espacios. En un texto publicado por Mother Jones y que en Traza Continental traducimos al castellano, Kiera Butler hace una radiografía de ese movimiento al que hay que mirar con detenimiento.
A comienzos de enero, un breve ensayo de Will Manidis, un empresario de la inteligencia artificial (IA) poco conocido convertido en filósofo de Internet, se volvió viral en X. La publicación consistía principalmente en un intento de explicar por qué Boston, donde Manidis vivía antes de mudarse a Nueva York hace unos años, había fracasado como centro tecnológico. Señalaba una serie de razones para el lento declive del otrora pujante sector biotecnológico de la ciudad, principalmente los culpables habituales: demasiada regulación e impuestos excesivos. Pero en el fondo del argumento de Manidis había algo mucho más profundo: el problema central era el creciente consenso entre las élites rancias de Boston de que había algo inquietante y posiblemente hasta peligroso en el rápido desarrollo tecnológico. Esa creciente inquietud respecto a la tecnología —y particularmente a la inteligencia artificial— subyacía a las decisiones que sellaron el destino del panorama tecnológico de Boston.
“El estadounidense promedio entiende que la IA es algo que desperdicia agua, dispara los costos de la electricidad y estafa a los abuelos a cambio de exponer a los niños a contenido sexual desviado, apuestas deportivas y todo otro tipo de pecados”, escribió. “Si no logramos explicar por qué la innovación es un imperativo moral, podemos esperar que toda la industria tecnológica termine como Boston. Primero sujeta a impuestos, después saqueada y finalmente agotada. Y nos quedaremos preguntándonos adónde se fue todo”.
Manidis, que se define como cristiano, escribe sobre asuntos religiosos en X y en su Substack. Cuando lo llamé para hablar con él sobre esta idea de la tecnología como un “imperativo moral”, utilizó una metáfora teológica: “Esa combinación de oligarcas con gente del sector tech, dinero tech, la política tech y la derecha tech”, me dijo, “simplemente no ha sido capaz de articular una apologética coherente”.
El término que utiliza —apologética— se refiere a la labor de defender los misterios de la fe ante los no creyentes. La tradición cristiana de la apologética es amplia. Entre sus figuras más destacadas se encuentran San Pablo, Tomás de Aquino y C. S. Lewis, quienes defendieron su fe no mediante invocaciones bíblicas o la rendición ante lo divino, sino a través del diálogo, los argumentos racionales y las pruebas. Manidis cree que la IA necesita ese tipo de defensores, porque el público parece estar perdiendo la fe en ella.
Manidis cree que la IA necesita ese tipo de defensores, porque el público parece estar perdiendo la fe en ella.
El verano pasado, destacadas figuras de la derecha se dieron cita en la Conferencia Nacional del Conservadurismo, un evento anual que se ha convertido en una influencia importante en las decisiones políticas de la administración Trump. Entre los ponentes se encontraban algunos de los interlocutores de mayor confianza de MAGA, como la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard; el senador de Missouri, Josh Hawley; y el director de presupuesto de la Casa Blanca y arquitecto del Proyecto 2025, Russell Vought. Pero también participaron pensadores conservadores menos conocidos.
El profesor de psicología de la Universidad de Nuevo México, Geoffrey Miller, por ejemplo, se enfrentó al director de tecnología de Palantir, Shyam Sankar, durante un acalorado intercambio, según reportó The Verge. La industria de la IA, le dijo Miller a Sankar, está compuesta por “transhumanistas globalistas, seculares, liberales y feminizados. Quieren explícitamente el desempleo masivo, planean un comunismo basado en la renta básica universal y ven a la especie humana como un ‘bootloader’ biológico [Una suerte de gestor de arranque humano, N. del T.], como ellos dicen, para la superinteligencia artificial”.
La postura de Miller es extrema en muchos aspectos, pero su recelo respecto a la IA es un sentimiento ampliamente compartido. Una encuesta del Pew Research Center realizada el pasado noviembre reveló que más de la mitad de los estadounidenses afirman estar “más preocupados que entusiasmados” con esta tecnología, lo que supone un aumento respecto al 37% registrado en 2021, el año anterior al lanzamiento de ChatGPT. Históricamente, los republicanos han compartido esta opinión en una proporción ligeramente mayor que los demócratas, pero Manidis no cree que los portavoces del mundo tecnológico estén ayudando a mejorar la imagen de la IA en ninguno de los dos extremos del espectro político. Tal fue el caso, por ejemplo, de aquella vez en 2015 cuando Sam Altman, cofundador de OpenAI, opinó que la IA “probablemente conducirá al fin del mundo, pero mientras tanto, habrá grandes empresas”.
“¿Por qué?”, se lamentaba Manidis mientras hablábamos por teléfono. “¿Por qué dirías algo así? Vamos, amigo”.
Como si se tratase de una respuesta a la retórica exagerada de Altman, algunos oligarcas de Silicon Valley están intentando terciar entre dos bandos emergentes de la derecha religiosa: los entusiastas de la IA, por un lado, y sus escépticos, por el otro. Figuras como Peter Thiel, de Palantir, y otros referentes del mundo tech con creencias religiosas, como Katherine Boyle, de Andreessen Horowitz, y Trae Stephens, de Anduril, están liderando un esfuerzo para construir la “apologética” que Manidis reclamaba. Impulsados por su propio fanatismo cristiano, sostienen que, lejos de ser la fuerza demoníaca que describe Miller, esta tecnología es más comparable a un salvador, incluso a un mesías similar a Cristo. Los cristianos no solo están llamados a abrazar la tecnología, sino que tienen la obligación de hacerlo, porque el progreso en sí mismo es un bien moral.
Los cristianos no solo están llamados a abrazar la tecnología, sino que tienen la obligación de hacerlo, porque el progreso en sí mismo es un bien moral.
Desde el punto de vista cultural, estas élites tecnológicas se diferencian mucho de los evangélicos carismáticos —o Holy Rollers—, que llevan mucho tiempo prometiendo a sus seguidores que la adhesión a la fe y a las prácticas cristianas les traerá riqueza material. Pero, en esencia, ofrecen una propuesta similar, aunque ligeramente invertida: la tecnología puede hacerte rico y, además, convertirte en un buen cristiano. Llámalo el evangelio de la prosperidad de la tecnología. De la misma manera en que han moldeado la cultura con los algoritmos de las redes sociales, los evangelistas tecnológicos ahora están intentando normalizar el uso y la aceptación de la IA envolviéndola en un mensaje espiritual. También tienen objetivos explícitos en materia de políticas públicas, y la administración de Trump parece estar atendiendo su llamado, con nuevas iniciativas federales destinadas a liberar a la IA de las regulaciones de seguridad.
Greg Epstein es capellán humanista en la Universidad de Harvard y el MIT, y ha dedicado las últimas dos décadas a crear comunidades éticas para personas no religiosas y, más recientemente, a escribir sobre las similitudes entre Silicon Valley y los grupos religiosos. En 2024, publicó el libro Tech Agnostic: How Technology Became the World’s Most Powerful Religion, and Why It Desperately Needs a Reformation [N. del T.: Agnosticismo tecnológico: cómo la tecnología se convirtió en la religión más poderosa del mundo y por qué necesita urgentemente una reforma]. Epstein lamenta que, si bien muchos han escrito sobre los aspectos casi sectarios del mundo tecnológico, pocos han examinado las motivaciones que hacen que sea así. «Lo que resulta increíblemente útil para estas personas es presentar sus productos como la respuesta al sentido de la vida», me dijo Epstein.
En la adopción del cristianismo por parte de Silicon Valley, él ve un matrimonio de conveniencia: «Están tratando de dotar de sentido a la riqueza», afirmó. «Pero también están tratando de dotar a cierto tipo de sentido de riqueza». En otras palabras, el cristianismo se renueva con una imagen de élite y lujo, y a cambio, los titanes de la tecnología logran santificar sus enormes fortunas.
Si tuviéramos que nombrar a un portavoz de la derecha contraria a la IA, sería difícil imaginar a alguien más idóneo para el papel que el escritor británico Paul Kingsnorth. En su libro de 2025, Against the Machine: On the Unmaking of Humanity (N. del T.: Contra la Máquina: El desmantelamiento de la humanidad), Kingsnorth —exactivista ambiental de izquierda convertido en cruzado cristiano ortodoxo— sostiene que la tecnología, especialmente la IA, es un ser semiconsciente con una agenda antihumana y anticristiana propia. Con una prosa tan entretenida que apenas deja ver lo frenético y conspirativo que es todo, Kingsnorth evoca una visión ominosa que implica a “la Máquina” —o la tecnología— en todo tipo de bestias negras favoritas de la derecha política. Describe al “izquierdismo progresista y la Máquina” como una “combinación muy conveniente” porque ambos “desconfían del pasado, son impacientes con las fronteras y los límites, y hostiles hacia la religión”. Tanto el izquierdismo progresista como la Máquina, concluye, “buscan una utopía global donde, en los sueños tanto de Lenin como de Lennon, el mundo vivirá como uno solo”.
De la misma manera en que han moldeado la cultura con los algoritmos de las redes sociales, los evangelistas tecnológicos ahora están intentando normalizar el uso y la aceptación de la IA envolviéndola en un mensaje espiritual.
Por ejemplo, Kingsnorth considera que este «demonio tecnológico» es el verdadero culpable de la “confusión de género masiva”. Es más, la lucha por la aceptación de las personas transgénero sería, en realidad, un paso en el camino hacia el abandono definitivo de nuestros cuerpos. “Una generación de jóvenes hiperurbanizados, siempre conectados, cada vez más alejados de la naturaleza y que crecen en una anticultura psicologizada y ensimismada”, escribe, “está siendo llevada a la conclusión de que la biología es un problema que hay que superar”. Los jóvenes aprenden que “el cuerpo es una forma de opresión y que la solución a su dolor puede ir más allá de un nuevo conjunto de pronombres, o incluso de la cirugía invasiva, hacia la nanotecnología, el ‘software de ciberconsciencia’ y, tal vez, en última instancia, hacia el fin total de su encarnación física”.
Al parecer, esas inquietantes predicciones tocaron una fibra sensible: el libro de Kingsnorth se convirtió en un éxito de ventas del New York Times y fue ampliamente reseñado, sobre todo entre críticos cristianos. En Christianity Today, Justin Ariel Bailey fue efusivo al calificar la obra como “un relato mordaz y aterrador de lo que la gente moderna ha sacrificado a cambio de la promesa de poder y autonomía que ofrece la tecnología”.
Decir que las figuras cristianas influyentes dentro de Silicon Valley ven las cosas de otra manera sería quedarse corto; están trabajando duro para difundir un mensaje contrapuesto: el de la promesa divina de la tecnología. Al frente de esta iniciativa está Boyle, la socia de Andreessen Horowitz que es aliada del vicepresidente JD Vance. Boyle, quien comparte abiertamente sus pensamientos sobre su fe católica en redes sociales, dirige un fondo llamado American Dynamism, que, según su sitio web, tiene como objetivo respaldar a empresas tecnológicas —en los sectores aeroespacial, de defensa, educación, seguridad pública y otros— cuyo éxito “apoya la prosperidad de todos los estadounidenses”. Para ella, los esfuerzos que buscan establecer barreras de seguridad en torno a la IA son nefastos y, tal como escribió junto a su colega Martin Casado en un artículo de opinión del Wall Street Journal de 2024, se disfrazan de iniciativas “para promover la seguridad”. En realidad, insisten: “Creemos que el verdadero propósito es suprimir la innovación de código abierto y disuadir a las startups competitivas”.
Boyle, una experiodista del Washington Post a quien sus antiguos colegas recuerdan como una persona agradable, un poco distante y siempre impecablemente vestida, sostiene que la tecnología no solo no es maligna, sino que encarna a la perfección los valores pro familia de muchos cristianos. En un discurso de apertura pronunciado el año pasado en el American Enterprise Institute, abogó por la unión entre el sector tecnológico y la familia estadounidense, para que pudieran convertirse en aliados frente a un gobierno demasiado intervencionista. “Mucho se ha escrito sobre esta alianza incipiente entre la derecha tecnológica, o la llamada derecha tecnológica, y esta administración, y lo extraño que resulta que los transhumanistas de Silicon Valley encuentren puntos en común con una madre MAHA (N. del T.: Make America Healthy Again) de Missouri”, dijo. “Salvo por el hecho de que han identificado un mal común. Saben que la amenaza más grave para sus negocios, su industria, la salud de sus familias y su libertad es un Estado censor y autoritario”.
…abogó por la unión entre el sector tecnológico y la familia estadounidense, para que pudieran convertirse en aliados frente a un gobierno demasiado intervencionista.
Boyle destacó las numerosas formas en que la tecnología podría ser una bendición para las familias. Las madres podrían pasar más tiempo en casa con sus hijos gracias a las nuevas formas de trabajo a distancia. La tecnología también podría potenciar el emprendedurismo en ambos padres, al permitirles iniciar negocios en plataformas como Etsy. “Esto significa que una madre ahora puede generar ingresos mientras su hijo duerme la siesta desde el estacionamiento de la escuela”, dijo. La IA podría aprovecharse “para crear tutores infinitamente pacientes y altamente calificados para cada niño en este país”.
Pero, según Boyle, el mayor logro tecnológico para las familias es que podría “ayudar a reconfigurar la cultura” y hacer que la maternidad adquiriera un estatus elevado. Continuó diciendo: “Si se convierte en meme, lo conseguiremos”, y concluyó: “Un solo influencer en Instagram puede tener un mayor impacto en el comportamiento que las políticas fiscales más sofisticadas”.
Uno de los proyectos más exitosos de Boyle parece respaldar esa hipótesis. Antes de incorporarse a Andreessen Horowitz, Boyle trabajaba en otra empresa de capital de riesgo, General Catalyst. Desde allí invirtió en Hallow que, con 24 millones de descargas en 150 países, afirma ser la app de oración más popular del mundo. Existe una versión gratuita que incluye funciones como chats con Magisterium, “una herramienta IA diseñada para proporcionar respuestas basadas en las enseñanzas de la Iglesia Católica”. Pero por 69,99 dólares al año, los usuarios pueden “elegir entre más de 10 mil sesiones, de entre cinco y 60 minutos de duración, más de 100 guías y miles de opciones musicales para profundizar en su relación con Cristo”, y tener acceso a voceros reconocidos (“reza un rosario con Mark Wahlberg”). Boyle ve el éxito de Hallow como evidencia de que la gente tiene hambre de religión. “Lo que creo que Hallow está demostrando es… esta necesidad desesperada de los consumidores que se está manifestando”, declaró a la revista Tablet en 2021. Pero también ofrece una experiencia enriquecedora para los usuarios cristianos, que están profundizando su relación no solo con Dios, sino también con la tecnología. (Cuando me comuniqué con Hallow para solicitar un comentario, recibí un correo electrónico del agente de IA de Hallow, en el que me prometían que una persona real se pondría en contacto conmigo. Nunca lo hicieron. Boyle tampoco respondió a una solicitud de comentarios).
Boyle no es la única referente de la industria de Silicon Valley que intenta darle a la IA una imagen más amigable para los cristianos. Trae Stephens, el multimillonario a cargo de la empresa de armas autónomas Anduril, ha sido un defensor acérrimo de la apologética tecnológica en San Francisco. Como líder de la iglesia no confesional Epic Church en esa ciudad, Stephens dio una conferencia en 2024 titulada “Dios y la tecnología”, en la que argumentó que los humanos, al igual que Dios, son creadores y que “lo que nuestra alma anhela profundamente es el progreso en la construcción de un futuro mejor”. Aseguró a los oyentes que si elegían “buenas misiones” en lugar de otras vacías o destructivas, estarían cumpliendo el plan de Dios. (Stephens no respondió cuando me comuniqué con él para solicitar sus comentarios).
Stephens dio una conferencia en 2024 titulada “Dios y la tecnología”, en la que argumentó que los humanos, al igual que Dios, son creadores y que “lo que nuestra alma anhela profundamente es el progreso en la construcción de un futuro mejor”.
Stephens recurrió a un precedente histórico para reforzar su argumento. Algunos de los científicos que trabajaron en el Proyecto Manhattan, que creó la bomba atómica, “se sentían atormentados por lo que estaban haciendo”, afirmó. “Y se podría plantear un argumento realmente racional a favor de cualquiera de las dos posturas. ¿Fue algo bueno? ¿Fue algo malo?”. Stephens no dio ninguna pista sobre cuál de las dos opciones defendía, aunque su trayectoria profesional sugiere que se inclinaba por la primera.
Su carrera y su enorme fortuna se forjaron aprovechando el poder de la IA para crear “campos de batalla inteligentes”; pensemos en Anduril como el Waymo de los drones y las bombas. En una entrevista con Wired en 2024, por ejemplo, Stephens habló de “una clase de drones llamados municiones merodeadoras (loiter munitions), que son aeronaves que buscan objetivos y luego tienen la capacidad de atacar esos blancos, algo así como un kamikaze”. Desde 2019, Anduril ha obtenido más de mil 800 millones de dólares en contratos gubernamentales.
Frente a la clásica pregunta “¿Qué haría Jesús?”, “desatar una guerra de robots” sería, por decirlo suavemente, una respuesta poco convencional. Y, sin embargo, Stephens parece inclinarse por la idea de rendirse ante la tecnología. Tal como lo expresó en su entrevista con Wired: “El llamado que he estado tratando de hacer a la comunidad tecnológica es que tenemos la obligación moral de hacer cosas que beneficien a la humanidad, que nos acerquen al plan de Dios para su pueblo”.
A saber: en 2024, su esposa, Michelle Stephens, ejecutiva del sector tecnológico de la salud, cofundó ACTS 17 Collective, un grupo de la zona de la Bahía de San Francisco para “pensadores, creadores, artistas y líderes que se preguntan qué significa vivir con un propósito y con convicción”. El nombre hace referencia al libro de los Hechos del Nuevo Testamento que se centra en la apologética cristiana y que, además, resulta ser un acrónimo: Acknowledging Christ in Technology and Society (Reconociendo a Cristo en la Tecnología y la Sociedad). Garry Tan, presidente y director ejecutivo cristiano de la incubadora de startups tecnológicas Y Combinator, ha organizado eventos de ACTS 17 en su casa —que antes era una iglesia— y Pat Gelsinger, exdirector ejecutivo de Intel, también cristiano, ha sido uno de los oradores.
El año pasado, ACTS 17 patrocinó una serie de cuatro conferencias a cargo del cofundador de PayPal y Palantir Peter Thiel, quien es el exjefe de Trae Stephens, mentor de JD Vance, el hombre que acabó con Gawker y uno de los principales donantes del presidente Donald Trump. ¿El tema? El Anticristo.
Garry Tan, presidente y director ejecutivo cristiano de la incubadora de startups tecnológicas Y Combinator, ha organizado eventos de ACTS 17…
El evento fue privado y, según se informó, las entradas costaban 200 dólares, pero las transcripciones se filtraron a la prensa. Mientras Kingsnorth sostiene en su libro que la tecnología es en sí misma el diablo encarnado que está impulsando un gobierno mundial, Thiel parece creer exactamente lo contrario: cualquier cosa que impida el desarrollo tecnológico desenfrenado —desde la regulación gubernamental excesiva hasta la activista climática Greta Thunberg— es el Anticristo. “En los siglos XVII y XVIII, el Anticristo habría sido un Dr. Strangelove, un científico que realizara todo tipo de ciencia malvada y loca”, dijo, según el Washington Post. “En el siglo XXI, el Anticristo es un ludita que quiere detener la ciencia por completo”. Afirmó entonces —según se dijo— que los detractores de la IA formaban parte de un complot para instaurar un gobierno mundial. “Hay muchas razones racionales que puedo dar por las que un Estado mundial es una mala idea”, dijo. “Pero creo que si lo separamos del contexto bíblico, nunca les parecerá lo suficientemente aterrador. Nunca se resistirán de verdad”.
Por supuesto, los sueños extravagantes de los multimillonarios de Silicon Valley no son nada nuevo. (¿Alguien se acuerda de Juicero?) Pero para la mayoría de los estadounidenses, estas fantasías pueden resultar demasiado extrañas, afirma el periodista tecnológico Gil Durán, presentador del pódcast Nerd Reich y autor de un libro de próxima publicación con el mismo título. “Si lees cualquier cosa de Michelle [Stephens] o de Katherine Boyle, verás que esas ideas son bastante descabelladas”, me dijo. Puso como ejemplo la ponencia de Boyle en el American Enterprise Institute, en la que argumentó que el Estado era el enemigo de la familia. “Es una formulación extremadamente extraña para ella, especialmente porque American Dynamism se basa en la asociación con un gobierno autoritario”, agregó en un correo electrónico, en referencia a la administración de Trump. “No tienen la menor idea de cómo dirigirse a una audiencia masiva”, me dijo, “así que, mientras esas sean las personas a cargo, diría que lo más probable es que fracasen”.
Aun así, hay indicios de que la apologética tecnológica cristiana se está abriendo camino en las esferas más altas de la influencia política. El vicepresidente Vance, en un extenso ensayo de 2020 titulado “Cómo me uní a la resistencia”, publicado en la revista católica The Lamp, relató su conversión al catolicismo [El ensayo traducido al castellano forma parte de nuestra serie Dominio y puede encontrarse aquí]. En 2011, escribe Vance, asistió a una conferencia de Thiel que describe como “el momento más significativo de mi tiempo en la Facultad de Derecho de Yale”. En la charla, Thiel, quien más tarde se convertiría en empleador de Vance y luego en su amigo íntimo, expresó su frustración por el lento ritmo del progreso tecnológico. Argumentó que la lucha profesional era una búsqueda fundamentalmente vacía de prestigio y estatus, y planteó que veía “estas dos tendencias —los profesionales de élite atrapados en trabajos hipercompetitivos y el estancamiento tecnológico de la sociedad— como fenómenos conectados”, escribe Vance. “Si la innovación tecnológica realmente impulsara la prosperidad real, nuestras élites no se sentirían cada vez más competitivas entre sí por un número cada vez menor de resultados prestigiosos”.
…hay indicios de que la apologética tecnológica cristiana se está abriendo camino en las esferas más altas de la influencia política.
Esa idea de una búsqueda vacía e interminable es lo que el profesor de Thiel en Stanford, el difunto académico católico francés René Girard, denominó “deseo mimético”. Este fenómeno provoca una inmensa angustia humana y, según Thiel, la innovación tecnológica puede liberarnos de ella y, por lo tanto, del sufrimiento.
Vance, quien no parece haber abandonado la búsqueda, describe ahora la tecnología como un bien neto no solo para la prosperidad económica estadounidense, sino también para la condición humana. En un discurso pronunciado en la cumbre de American Dynamism de 2025 organizada por Boyle, Vance citó la encíclica Laborem exercens del papa Juan Pablo II, de 1981. Centrándose en el trabajo y el individuo, el papa planteó dos puntos fundamentales: el trabajo debe primar sobre el capital, y las personas deben ser más importantes que las cosas. Estas enseñanzas de hace décadas recibieron una actualización de parte de Vance, quien incorporó la tecnología y la IA. “En una economía sana, la tecnología debería ser algo que potencie, en lugar de suplantar, el valor del trabajo, y creo que hay demasiado temor a que la IA simplemente reemplace los empleos en lugar de potenciar muchas de las cosas que hacemos”, dijo. “La verdadera innovación nos hace más productivos, pero también, creo, dignifica a nuestros trabajadores”.
Vance, cuyas opiniones han sido criticadas públicamente tanto por el papa actual como por el anterior, obviamente estaba dando su propio giro a las enseñanzas, y olvidó mencionar el hecho —decididamente poco cristiano— de que sustituir a los trabajadores por robots llenaría aún más los bolsillos de los oligarcas tech. Sin embargo, su interpretación de que la IA promueve la dignidad humana parece estar ganando terreno. El pasado mes de julio, la administración Trump publicó “Ganar la carrera: el plan de acción de Estados Unidos sobre IA”. El informe promete que la IA “marcará el comienzo de una nueva era dorada de prosperidad humana” y “aumentará el nivel de vida de todos los estadounidenses”.
Esta retórica, por supuesto, es precisamente lo que Kingsnorth considera más peligroso: una búsqueda arrogante por sustituir a Dios por el progreso —y tal vez incluso convertirnos en dioses que transformen a los robots en seres sensibles—. “Siempre buscaremos algún significado mayor, alguna verdad trascendente, y si no podemos o no queremos encontrar la verdad auténtica, intentaremos crearla”, escribe en Contra la máquina. “La historia de la modernidad se resume en ese intento; la Máquina es lo que hemos creado para conseguirlo”.
Pero Kingsnorth parece estar gritando contra la gran corriente del deseo mimético. En los últimos dos años, como muestra la encuesta más reciente de Pew, los conservadores se han vuelto menos escépticos respecto a la IA. En 2023, el 59% afirmó estar “más preocupado que entusiasmado” con la IA, pero a finales de 2025, esa cifra ya había bajado al 50%. Después de todo, quizá Manidis no tenga que preocuparse por que el escenario de Boston se repita. ![]()
Vance, quien no parece haber abandonado la búsqueda, describe ahora la tecnología como un bien neto no solo para la prosperidad económica estadounidense, sino también para la condición humana.
*Kiera Butler es periodista y corresponsal de Mother Jones. El texto original en inglés se publicó el en número de MAYO/JUNIO de la revista y puede consultarse en el siguiente enlace: https://www.motherjones.com/politics/2026/04/ai-religious-right-christianity-thiel-katherine-boyle-trae-stephens/
