El fenómeno de El Niño ha encendido las alarmas en los sectores productivos de Colombia. Los pronósticos de la La Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en ingles), indican un 96% de probabilidad de que las condiciones críticas se mantengan hasta enero y un 63% de que el evento alcance una intensidad “muy fuerte”, la mayor en 75 años, además de presentarse tres meses antes de lo previsto. Este escenario de sequías y calor extremo ya está moldeando las estrategias de mitigación en el agro y la energía.
El sector exportador agropecuario es el más vulnerable. Analdex advierte que el impacto afectaría a ocho de las diez principales líneas de exportación no minero-energéticas, como café, banano, flores, aguacate y azúcar. Dado que el 72% de la agricultura colombiana depende de lluvias, los riesgos se traducen en menor oferta y pérdida de competitividad por reducción de precipitaciones, altas temperaturas y déficit hídrico. Los gremios han activado planes preventivos: el bananero intensifica el monitoreo climático y de plagas como ácaros, y fortalece la fertilización y el riego para conservar humedad. El cafetero recomienda fertilización anticipada y sombríos para plantas jóvenes, mientras vigila la broca. El papicultor usa trampas de feromonas y control biológico integrado, ajustando la nutrición para retener agua.
En el sector energético, Ecopetrol alista 234 megavatios de renovables y 360 GBTUD de gas adicional para compensar la caída en la generación hidroeléctrica por la sequía, combinando mayor oferta con un llamado al ahorro. El fenómeno, que se perfila como uno de los más intensos en décadas, exige una respuesta coordinada. Mientras el agro afina sus protocolos y la energía refuerza su matriz térmica y renovable, el país enfrenta un desafío que pondrá a prueba su resiliencia, con la certeza de que anticiparse a la naturaleza siempre resulta menos costoso que reaccionar sobre la marcha.

