El secretario del Ejército de Estados Unidos, Daniel Driscoll, presentó su renuncia a la Casa Blanca el lunes 31 de agosto, tras meses de fricciones con el secretario de Guerra, Pete Hegseth, y dejó formalmente el cargo el jueves 3 de septiembre. Ese mismo día, el presidente Donald Trump designó como secretario interino del Ejército a Adam Telle, hasta ahora secretario adjunto para Obras Civiles, cargo para el que había sido confirmado por el Senado en agosto de 2025. Telle asumió de manera inmediata, aunque no ha sido confirmado por la Cámara alta para encabezar de forma permanente el Ejército. De este modo, la fuerza ya cuenta con conducción civil interina, pero sus dos máximos cargos continúan sin titulares confirmados por el Senado: el general Christopher LaNeve ejerce también de manera interina como jefe de Estado Mayor desde la destitución de Randy George en abril.
Driscoll —cercano al vicepresidente JD Vance, con quien coincidió en la Facultad de Derecho de Yale— había impulsado junto con George una amplia transformación del Ejército destinada a acelerar la incorporación de nuevas tecnologías, modificar estructuras de mando y eliminar programas de armamento considerados poco adecuados para los conflictos actuales. Driscoll había manifestado preocupación porque algunas de esas iniciativas estaban siendo obstaculizadas y porque la intervención de Hegseth en los ascensos y desplazamientos de altos oficiales estaba afectando la capacidad de modernización de la fuerza. La destitución de George había incrementado esas tensiones. Driscoll había sido, además, uno de los negociadores designados por Trump para las conversaciones destinadas a buscar una salida a la guerra entre Rusia y Ucrania.
Ni la Casa Blanca ni Driscoll ofrecieron una explicación pública de fondo sobre su salida. La vocera presidencial, Anna Kelly, destacó su desempeño al frente del Ejército, mientras que el propio Driscoll se despidió en un mensaje conciliador en el que agradeció a las tropas y reconoció el respaldo de Hegseth. La reacción en el Congreso fue más crítica: el senador republicano Thom Tillis acusó al secretario de Guerra de una gestión inepta, mientras que el demócrata Jack Reed cuestionó el deterioro de la conducción militar.

