Alexandr Dugin se ha convertido en uno de los pensadores más polémicos a nivel global. Su Cuarta Teoría Política y muchos de sus planteamientos son retomados por distintos movimientos políticos alrededor del mundo y su influencia en la concepción que tienen de la geopolítica tanto Vladimir Putin como otros funcionarios del Kremlin es cada vez más evidente. ¿Quién es este teórico schmittiano que debate con Nick Land a la vez que mezcla teología, geopolítica y filosofía para darle al Estado ruso un sentido de trascendencia en medio de una crisis planetaria de horizonte? En Traza Continental hacemos una revisión de la vida y planteamientos de uno de los principales promotores del eurasianismo.
GÉNESIS
Aleksandr Dugin nació en Moscú el 7 de enero de 1962, en una familia ligada al núcleo duro del aparato soviético. Su padre, Gueliy Aleksándrovich Dugin, era coronel general del GRU, la inteligencia militar de la URSS, y su madre, Galina, doctora en ciencias médicas. Aunque su padre abandonó el hogar cuando Aleksandr era todavía un niño, conservó suficiente influencia dentro del sistema como para garantizarle cierta protección y un acceso privilegiado a circuitos culturales vedados para la mayoría de los soviéticos.
A fines de los años setenta, tras un breve paso por el Instituto de Aviación de Moscú, Dugin comenzó a desplazarse hacia los márgenes intelectuales de la Unión Soviética. Allí encontró un universo subterráneo donde convivían la disidencia política, el esoterismo, el ocultismo y la fascinación por las tradiciones antimodernas europeas. En 1980 se integró al llamado “Círculo Yúzhinski”, una pequeña constelación de escritores, artistas y outsiders que funcionaba como laboratorio clandestino de ideas prohibidas por el régimen. Fue en ese ambiente donde adoptó el alter ego “Hans Sievers”, gesto de provocación y ruptura con la cultura oficial soviética.
Durante esos años, Dugin se formó de manera prácticamente autodidacta. Aprendió varios idiomas europeos y comenzó a leer a autores excluidos tanto del canon soviético como del liberal occidental. Entre ellos el italiano Julius Evola, que marcaría de manera decisiva su trayectoria. A través de la Escuela Tradicionalista, Dugin encontró una crítica radical a la modernidad, al igualitarismo y al mundo liberal contemporáneo que se convertiría en el núcleo permanente de su pensamiento.
Dugin es una de las figuras más singulares y controvertidas del pensamiento político contemporáneo. Filósofo, geopolítico, agitador intelectual y teórico del neoeurasianismo, su obra constituye una crítica radical a la modernidad liberal y al universalismo occidental surgido tras la Guerra Fría. A diferencia de otros pensadores más “reaccionarios” contemporáneos que operan desde Silicon Valley, el mundo académico o Europa occidental, Dugin articula su pensamiento desde una matriz civilizatoria rusa que combina geopolítica clásica, tradición espiritual, filosofía continental y estrategia imperial. Su proyecto intelectual busca cuestionar el orden mismo que organiza la modernidad contemporánea.
…articula su pensamiento desde una matriz civilizatoria rusa que combina geopolítica clásica, tradición espiritual, filosofía continental y estrategia imperial. Su proyecto intelectual busca cuestionar el orden mismo que organiza la modernidad contemporánea.
Dugin era una figura marginal dentro de la vida intelectual y política rusa hasta hace no tanto tiempo, pero recientemente pasó de esa relativa marginalidad a la influencia y fama global. Tan vertiginoso ha sido su ascenso que muchos lo consideran el filósofo detrás de las grandes decisiones del presidente ruso Vladímir Putin. ¿Encarna Dugin una de las tentativas más ambiciosas y controversiales por dotar al régimen de Putin de una filosofía política propia, capaz de otorgarle densidad histórica, espiritual y geopolítica? David Von Drehle señaló que “la influencia intelectual de Dugin sobre el líder ruso es bien conocida por los estudiosos cercanos del periodo postsoviético, entre quienes que a veces se refieren a Dugin, de 60 años, como el ‘cerebro de Putin’. Su trabajo también es familiar para la ‘nueva derecha’ europea, de la que Dugin ha sido una figura destacada durante casi tres décadas, y para la ‘alt-right’ estadounidense”.
Quizás algunas veces ha sido más que un autor simplemente considerado en sus opiniones y muchas veces ha sido, más bien, quien da un marco teórico a lo que decide el Kremlin. Aunque su influencia directa sobre el gobierno ruso es objeto de debate, Dugin puede ser pensado como un intelectual orgánico del putinismo en su fase ofensiva: un productor de sentido que trabaja para traducir el poder fáctico de la Rusia de Putin en un orden simbólico, civilizatorio, e incluso escatológico. Su pensamiento aspira a redefinir la arquitectura misma del mundo postoccidental. En este sentido, es un ideólogo que dota al Estado ruso de una misión trascendente en un contexto de crisis del liberalismo global.
EFÍMERO PARTIDO NACIONAL-BOLCHEVIQUE
“El que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el que no lo eche de menos no tiene corazón”, dicta la cita de Vladímir Putin con la que arranca Limónov el libro que Emmanuel Carrère escribió sobre la agitada vida política y cultural del poeta ruso y exiliado Eduard Limónov (1943-2020). En una sentencia corta, Carrère busca sintetizar la extraña —para muchos, al menos— contemporaneidad postsoviética en la que la ex-URSS elige un poder fuerte (Vladímir Putin) luego del paso por el gobierno blando (Boris Yeltsin), tiempo después de la caída del imperio comunista. El Putin de la reconstrucción de la autoridad rusa y también el de la guerra en Ucrania.
Limónov fue un escritor bohemio y carismático con aspiraciones políticas que tuvo muchas almas rusas gemelas. Literarias y políticas. Almas gemelas que, en cierto sentido, se caracterizan por haber triunfado en la búsqueda del reconocimiento social y el prestigio y, según el caso, el poder. Alma literaria: Joseph Brodsky (1940-1996). Alma política: Vladímir Putin. Otra alma literaria: Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008). Otra alma política: Aleksandr Dugin.
Dugin y Limónov en muchos sentidos no podrían ser más diferentes desde el punto de vista vital. Y, sin embargo, por esas cosas de la contingencia y la política, en un determinado momento de la vida sus vidas paralelas se cruzaron. El propio Carrère lo cuenta en su ya mencionado libro. Así relata el escritor francés el encuentro de estos dos rusos:
Dugin parece saberlo todo. Es filósofo, autor de media docena de libros, a pesar de que solo tiene treinta y cinco años, y es un auténtico placer conversar con él. Limónov y él se entienden con medias palabras, cuando uno empieza una frase el otro podría terminarla […] Los días siguientes no se separan, hablan hasta quedarse sin aliento. Dugin, sin complejos, se declara fascista, pero es un fascista como Eduard nunca ha conocido […] Lejos de oponer el fascismo y el comunismo, Dugin los venera por igual. Acoge en el revoltijo de su panteón a Lenin, a Mussolini, a Hitler, a Leni Riefenstahl, a Maiakovski, a Julius Evola, a Jung, a Mishima, a Groddeck, a Jünger, al maestro Eckhart, a Andreas Baader, a Wagner, a Lao-Tsé, al Che Guevara, a Sri Aurobindo, a Rosa Luxemburgo, a Georges Dumézil y a Guy Debord.
Dugin y Limónov en muchos sentidos no podrían ser más diferentes desde el punto de vista vital. Y, sin embargo, por esas cosas de la contingencia y la política, en un determinado momento de la vida sus vidas paralelas se cruzaron.
Dugin, por cierto, es quien convencerá a Limónov de organizar el Partido Nacional Bolchevique. Este sería el summum del cruce entre estas dos almas rusas. Venían por caminos separados, se cruzaron y siguieron por caminos separados. Una alianza contingente. Limonov seguiría su camino como disidente ruso y Dugin se convertiría en intelectual orgánico del régimen.
CUARTA TEORÍA POLÍTICA
Con La Cuarta Teoría Política (2009), Dugin presenta una respuesta doctrinal necesaria ante el agotamiento de las grandes ideologías que definieron la modernidad: el liberalismo, el marxismo y el fascismo. Según Dugin, el siglo XX culminó con la victoria del liberalismo, el cual, al quedar como la única ideología superviviente, dejó de ser una opción política para convertirse en un sistema global y totalitario que disuelve las identidades colectivas en un individualismo absoluto. Esta teoría sostiene que, para superar este dominio, es imperativo rechazar los sujetos políticos de las teorías anteriores —el individuo (liberalismo), la clase (marxismo) y la raza o el Estado (fascismo)— para proponer en su lugar al Dasein. Este concepto, tomado de Martin Heidegger, representa al ser humano en su existencia concreta, histórica y cultural, permitiendo que cada civilización defina su propio destino fuera de los marcos universales impuestos por Occidente. Como dice el propio Dugin: “Frente a la posmodernidad, a la eliminación del programa de la Ilustración y el advenimiento de la sociedad del simulacro, la Cuarta Teoría Política debe extraer su inspiración negra interpretando esto como una motivación para la lucha, y no como un destino fatal”.
En su esencia, la Cuarta Teoría Política es un proyecto radicalmente antiliberal y antimoderno que cuestiona la idea del progreso lineal y el universalismo secular. Dugin argumenta que no existe un único camino hacia la civilización, sino una pluralidad de tiempos y espacios civilizatorios que tienen el derecho de vivir según sus propios valores tradicionales y espirituales. Al proponer la multipolaridad como alternativa al orden unipolar liderado por Estados Unidos, la teoría busca una síntesis que recupere la justicia social sin caer en el materialismo ateo del comunismo, y que defienda la identidad nacional sin derivar en el racismo o el chauvinismo de las teorías de tercera vía. De este modo, la Cuarta Teoría Política se ofrece como un campo abierto a la creación de alternativas posliberales que restauren el sentido de lo sagrado y la soberanía de los pueblos frente al nihilismo de la globalización moderna.
La teoría del mundo multipolar que propone se presenta como una visión radical de reordenamiento del sistema internacional, en abierta oposición a los principios universales de la modernidad ilustrada. A diferencia de la globalización liberal, que promueve una humanidad homogénea y tecnocrática, Dugin imagina un futuro fundado en la afirmación de la diferencia civilizatoria. Según esta visión, la humanidad alcanzará su máximo desarrollo mediante el florecimiento de sus múltiples culturas, etnias y tradiciones. Esta es una apuesta por una estructura multipolar del mundo, donde cada civilización —animada por lo que denomina una etnosis, un “alma colectiva”— pueda habitar un territorio simbólico propio. El sistema westfaliano de Estados-nación, en su diagnóstico, ha agotado su potencia histórica, y debe ser reemplazado por una organización geopolítica basada en Grandes Espacios —Großraum— continentales, articulados en torno a lo telúrico, lo ancestral y lo identitario.
Dugin argumenta que no existe un único camino hacia la civilización, sino una pluralidad de tiempos y espacios civilizatorios que tienen el derecho de vivir según sus propios valores tradicionales y espirituales.
SCHMITTIANISMO CON CARACTERÍSTICAS RUSAS
Dugin mantiene en toda su obra una relación de continuidad explícita con el pensamiento de Carl Schmitt, aunque desplazando esa tradición hacia el horizonte geopolítico ruso, la antigua némesis continental de Alemania. El pensador retoma la dimensión más política y territorial del jurista alemán —la decisión soberana, el antagonismo amigo-enemigo, el nomos de la Tierra y la teoría de los Grandes Espacios— para pensar un nuevo orden mundial multipolar. Su apuesta consiste en reconstruir un mundo basado en civilizaciones diferenciadas, donde cada pueblo pueda desplegar su propia lógica histórica, política y espiritual en relación con un territorio concreto.
Esta recuperación del nomos schmittiano constituye uno de los pilares teóricos más sólidos para la construcción del proyecto neoeurasianista y, en particular, para la formulación de la Cuarta Teoría Política. Lejos de ser una mera exégesis filológica, esta apropiación transforma el nomos —entendido como el orden concreto que une espacio, derecho y política— en el fundamento de un mundo multipolar capaz de resistir la uniformidad liberal-globalista. Dugin reactualiza a Schmitt, convirtiendo la Teoría del Gran Espacio de 1939 en el instrumento conceptual que permite pensar un orden internacional donde cada civilización pueda desplegar su propia lógica histórica sin someterse al universalismo abstracto del atlantismo.
La idea del Gran Espacio es formulada por Carl Schmitt en su escrito de 1939 Völkerrechtliche Großraumordnung mit Interventionsverbot für raumfremde Mächte (Ordenamiento de los grandes espacios en el derecho internacional con prohibición de intervención de potencias extrañas al espacio). Para Dugin, este texto representa la plataforma más confiable para un orden multipolar porque redefine el espacio, no como una categoría física abstracta ni como un mero territorio cuantificable, sino como un paisaje concreto y sagrado: bosques, montañas, ríos y llanuras que configuran el entorno vital de los pueblos. El Gran Espacio no se delimita por fronteras jurídicas convencionales, sino por la irradiación de una idea política central. Una potencia hegemónica —el Reich— proyecta su principio político sobre un área extensa y, al mismo tiempo, excluye de manera radical la intervención de potencias extrañas. Así, el nomos deja de ser un orden universal y abstracto para convertirse en un orden plural y concreto, donde cada Gran Espacio posee su propio ritmo histórico, sus propios valores y su propia soberanía espacial.
Dugin encuentra en la Doctrina Monroe de 1823 el prototipo histórico de esta lógica. Schmitt la había leído como una estrategia anticolonial legítima: una potencia emergente —Estados Unidos— asumía la responsabilidad de defender la independencia de todo un continente frente a las potencias europeas. En su sentido originario, “América para los americanos” era una doctrina defensiva y particularista. Sin embargo, Dugin critica con agudeza cómo, a lo largo del siglo XX, Washington la deformó en un universalismo globalista. La doctrina se convirtió en pretexto para intervenir en cualquier rincón del planeta bajo la bandera de los “derechos humanos” y la “democracia”, transformando un principio de no injerencia regional en una pretensión de dominio planetario. La recuperación duginiana consiste, precisamente, en restituir al Großraum su carácter originario y particularista, negando su universalización liberal. El sujeto de este nuevo nomos ya no es el individuo aislado del liberalismo, sino el narod, el pueblo como colectivo orgánico. Mientras el globalismo reduce la política al ámbito de los derechos individuales, el nomos del Gran Espacio sitúa al pueblo como portador de la soberanía concreta. Dugin insiste en que la existencia misma del pueblo ruso es impensable sin la construcción de un imperio que domine su propio hemisferio geopolítico. En este esquema, el soberano no es un gobernante abstracto, sino aquel que decide sobre el estado de excepción y define, dentro de su espacio, quién es el amigo y quién el enemigo. La política recupera así su carácter existencial y territorial.
Mientras el globalismo reduce la política al ámbito de los derechos individuales, el nomos del Gran Espacio sitúa al pueblo como portador de la soberanía concreta.
Siguiendo esta lógica, Dugin identifica cuatro Grandes Espacios que deberían estructurar el orden multipolar del siglo XXI: el Gran Espacio Atlántico, centrado en Estados Unidos pero reducido a sus fronteras históricas; el Gran Espacio Euroasiático, articulado en torno a Rusia; el Gran Espacio Asiático, bajo la influencia combinada de China y Japón; y un Gran Espacio Europeo independiente de la tutela estadounidense. Cada uno de estos bloques constituye un Reich en el sentido schmittiano: un imperio civilizatorio que organiza políticamente su espacio vital y excluye la injerencia externa. Aplicada a la Rusia contemporánea, esta teoría adquiere una urgencia estratégica. Los Estados que se encuentran “a la sombra” del Gran Espacio ruso carecen, según la definición schmittiana, de plena subjetividad en el derecho internacional; no pueden, por tanto, adherirse a alianzas como la OTAN que introduzcan potencias extraespaciales en el ámbito ruso. Rusia no es un Estado-nación en el sentido westfaliano, sino un “Estado-mundo” o civilización-continente, equivalente al Reich schmittiano. La guerra de Rusia contra el universalismo liberal no es, pues, un conflicto convencional, sino una defensa del nomos plural frente a la pretensión de un solo nomos global. Dugin se cuida, sin embargo, de distinguir con claridad su recuperación del Reich schmittiano del Reich hitleriano. El concepto que retoma no se funda en la raza aria ni en una jerarquía biológica, sino en la asociación igualitaria de pueblos que, unidos por una idea política común, crean “lo Político” y excluyen la intervención de fuerzas extrañas. Se trata de un imperio de pueblos con derechos iguales, no de un imperio racial. En última instancia, esta recuperación del nomos schmittiano busca que el “espíritu de la Tierra” vuelva a hablar a través de formas espaciales vitales, oponiéndose frontalmente al “nomadismo de asfalto” y a la virtualidad desarraigada del mundo globalizado liderado por el atlantismo. El nomos duginiano no es, por tanto, una nostalgia romántica: es un programa geopolítico para el siglo XXI, una teoría del orden que aspira a reemplazar el “caos liberal” por una pluralidad ordenada de Grandes Espacios soberanos.
FUEGO AMIGO CON NICK LAND
Reivindicador de Eurasia y de lo telúrico, Dugin plantea una resistencia simultánea tanto al Partido Demócrata estadounidense —en su versión globalista de siempre— como a la filosofía aceleracionista, a la que alguna vez calificó de “versión satánica”, aunque luego llegó a entablar vía redes sociales diálogo con el filósofo Nick Land. Crítico tanto de la globalización como de los “globalistas” —a quienes identifica en figuras como la familia Clinton, Bill Gates o George Soros—, apuesta decididamente por una multipolaridad sostenida por el eje Rusia-China, aunque también por momentos, quizás tácticamente, acercándose, con idas y vueltas según los distintos eventos, al segundo Donald Trump.
El cruce intelectual entre Dugin y Land representa uno de los diálogos más inusuales y profundos de la teoría política contemporánea, al unir el tradicionalismo radical ruso con el aceleracionismo occidental. En sus intercambios, ambos autores coinciden en identificar al liberalismo globalista y universalista como el principal “monstruo” o problema del mundo actual. Sin embargo, presentan matices significativos: mientras Land defiende un “paleoliberalismo” como una tecnología social descentralizada válida para el ámbito anglo-holandés, Dugin lo ve como una fase histórica que, aunque pudo ser “noble” y dotada de coherencia en su contexto étnico original, se convierte en una “parodia aborrecible” al imponerse globalmente como norma universal.
El cruce intelectual entre Dugin y Land representa uno de los diálogos más inusuales y profundos de la teoría política contemporánea, al unir el tradicionalismo radical ruso con el aceleracionismo occidental.
Un punto de intersección fundamental es el concepto de Land del “Empty Summit” (Cumbre Vacía), que Dugin elogia como una noción apofática y sagrada del poder. Para Land, este concepto se manifiesta en la “mano invisible” y en sistemas descentralizados donde no hay una autoridad moral pública impositiva. Dugin interpreta esta idea desde la tradición, argumentando que los imperios clásicos y sagrados se definían precisamente por la naturaleza trascendental y “vacía” (no inmanente) de su cima, permitiendo la apertura a influencias espirituales. En contraste, ambos critican la “República” moderna por ser un sistema de “cima cerrada” y profana que solo se mira a sí misma.
En cuanto al sujeto político, Land observa que la Cuarta Teoría Política de Dugin tiene una estructura esencialmente heideggeriana, funcionando más como una pregunta que como un modelo cerrado. Dugin confirma que el sujeto de su teoría es el Dasein, una elección que busca evitar la creación de nuevos “ídolos” como lo fueron la clase, el individuo o la raza. Land destaca que el trabajo de Dugin consiste en limpiar el terreno de estos ídolos modernos para permitir que la pregunta por el ser vuelva a ocupar el centro de la política.
Finalmente, el cruce aborda la naturaleza de la modernidad y el Eschaton (el fin de los tiempos). Dugin ha expresado una gran admiración por el “primer” Nick Land (el de Fanged Noumena), a quien considera el filósofo más valiente por describir la modernidad como un proceso de deshumanización total y una invitación a fuerzas externas “siniestras”. El pensador ruso ve en el aceleracionismo de Land una confirmación de la visión tradicionalista de la modernidad como el Anticristo. Aunque Land se distancia de una interpretación puramente malévola, ambos coinciden en que la historia no es un progreso lineal, sino un proceso condicionado por fuerzas que escapan al control humano, acercándose a un punto de “medianoche” o ruptura metafísica.
LATINOAMÉRICA COMO CONTINENTE DEL FUTURO
En sus visitas a América Latina, Dugin expuso algo de esas mezcolanzas que mencionamos más arriba, al exponer sus sincréticos panteones —de Lenin a Mussolini y de Evola a Debord— con elementos locales. En sus discursos en Argentina, por ejemplo, iba y venía sobre la historia argentina y saltaba del mito gaucho al peronismo y la guerra de Malvinas, todo en un castellano perfecto. De Carlos Astrada a Juan Domingo Perón.
Dugin visualiza a América Latina no como un mero conjunto de Estados-nación nacidos de la modernidad, sino como una ecúmene o espacio civilizatorio autónomo con una identidad espiritual y cultural propia. En su esquema de la geopolítica de las civilizaciones, la región se inserta plenamente en la civilización de la tierra, caracterizada por los valores de la eternidad, la tradición y la soberanía colectiva, en contraposición directa a la “civilización del mar” o atlantismo, que representa el liberalismo mercantilista, el individualismo y el nihilismo. Para Dugin, la soberanía más fundamental que debe conquistar la región es la del espíritu y el intelecto, rechazando los supuestos “valores universales” de Occidente como herramientas de colonización espiritual y cultural.
Dugin visualiza a América Latina no como un mero conjunto de Estados-nación nacidos de la modernidad, sino como una ecúmene o espacio civilizatorio autónomo con una identidad espiritual y cultural propia.
Este renacimiento civilizatorio requiere un diálogo profundo, que según el autor aún no ha comenzado formalmente, entre la tradición cristiano-católica ibérica y las civilizaciones precolombinas —azteca, inca, maya)— a las que considera portadoras de una sabiduría sagrada y una “gran civilización ignorada” que debe ser resucitada. En este sentido, identifica un Logos latinoamericano y, específicamente en México, un Logos de Quetzalcóatl, donde el “culto a la muerte” se entiende no como algo negativo, sino como una dimensión sagrada y ontológica del ser que el materialismo anglosajón es incapaz de comprender. Como dice Dugin: “El culto de la madre muerte de México también podría ser una parte de esa tradición, porque la muerte no es nada… es otra dimensión del ser”.
Desde una perspectiva política, Dugin encuentra también en el peronismo argentino un precursor fundamental de su Cuarta Teoría Política, valorando la síntesis de justicia social, moral tradicional y religiosidad de Perón, a quien califica de “profeta” por su visión de una “Tercera Posición” antiliberal y anticomunista. Asimismo, expresa respeto por la “izquierda nacional” o izquierda combativa latinoamericana —incluyendo a figuras como Fidel Castro y el Che Guevara— por su heroica resistencia a la hegemonía liberal norteamericana, aunque critica su base materialista y su falta de reconocimiento de la identidad religiosa. Por el contrario, su rechazo es total hacia las élites liberales de la región, a las que acusa de traicionar la identidad profunda del pueblo en favor de intereses mercantiles y masónicos. Dugin propone que la liberación continental exige construir un “muro” cultural e ideológico contra la influencia de Estados Unidos, un ente al que describe como un Estado bárbaro sumido en un racismo materialista y una agonía espiritual.
La estrategia que sugiere para alcanzar este ideal de la Patria Grande es fundamentalmente metapolítica, centrada en la transformación de las ideas, el arte y la filosofía a través de vanguardias que preparen el terreno cultural antes de buscar el poder político directo, al cual considera actualmente sumido en la corrupción y la decadencia. Como dice Dugin: “América del Sur representa una civilización propia, una civilización distinta con sus propios intereses estratégicos. Esto es soberanía geopolítica en potencia”. No obstante, su propuesta de un mundo multipolar basado en bloques civilizatorios genera advertencias en algunos círculos intelectuales regionales, quienes señalan que este modelo podría subordinar la soberanía de los Estados medianos y pequeños a la voluntad de grandes macroproyectos civilizatorios que podrían responder a intereses geopolíticos ajenos. A pesar de estas críticas, Dugin sostiene con firmeza su mirada esperanzada de Latinoamérica, continente poseedor, a su juicio, de una espiritualidad viva y un espíritu guerrero capaz de liderar un renacimiento civilizatorio frente al ocaso de la modernidad liberal y el avance de lo poshumano. Como dice el propio Dugin: “Latinoamérica es el continente del futuro… que puede ser potencia mundial por encima de naciones ya moribundas como Canadá y Estados Unidos”. ![]()
“América del Sur representa una civilización propia, una civilización distinta con sus propios intereses estratégicos. Esto es soberanía geopolítica en potencia”.
