AMÉRICA LATINA EN LA DISPUTA HEGEMÓNICA. CONVERSACIÓN CON MARÍA JOSÉ HARO SLY

María José Haro Sly (Tucumán, Argentina) es investigadora en el Centro Arrighi de Estudios Globales de la Universidad Johns Hopkins, uno de los centros académicos en los Estados Unidos donde se estudia la economía política internacional y teorías críticas. Licenciada en Sociología y Ciencias Políticas en la Universidad Federal para la Integración de América Latina (Brasil) y maestra en Relaciones Internacionales por la Universidad Federal de Santa Catarina (Brasil), cuenta con estudios en la Escuela de la Ruta de la Seda de la Universidad Renmin (China) y formó parte del Grupo de Acompañamiento en Temas Estratégicos (GATE) del Instituto Lula (Brasil). En Traza Continental, conversamos con la académica y analista sobre la disputa entre Estados Unidos y China, las implicaciones, complejidades y paradojas que dicha competencia refleja en América Latina, el papel de los BRICS y la perspectiva china sobre el conflicto, así como sobre las posibles consecuencias del contexto global en la política doméstica estadounidense.

TC: Estamos en un momento de convulsión global y de reordenamiento geopolítico que, en buena medida, se vincula con lo que algunos autores han denominado una transición hegemónica: por un lado, Estados Unidos, el hegemón en decadencia, intenta recomponer su liderazgo global y, por otro, China se consolida cada vez más como potencia. En este sentido, algunos han vaticinado una suerte de regionalización del mundo, en la que Estados Unidos, China y un tercero en discordia, Rusia, se convierten en las potencias dominantes y se reparten el globo en zonas de influencia; otros, en cambio, sostienen la posibilidad de un escenario multipolar en el que mecanismos como los BRICS adquieran mayor protagonismo. Desde tu perspectiva, ¿cuál de estos escenarios consideras más probable?

MJHS: En el Centro Arrighi analizamos cómo surgen y declinan las hegemonías a nivel global —desde las ciudades italianas, pasando por el caso de Holanda, hasta llegar a las transiciones entre el Imperio británico y la hegemonía de Estados Unidos— lo que permite plantear distintos paradigmas que ofrecen claves interpretativas sobre la situación actual. Existe un debate al respecto: ¿Estamos presenciando una nueva transición hegemónica, en la que China podría reemplazar a Estados Unidos? ¿O, en cambio, nos encontramos ante un escenario diferente, en el que el sistema capitalista, tal como lo conocemos, atraviesa una crisis profunda, incluso terminal? De este contexto surgen múltiples discusiones.

¿Estamos presenciando una nueva transición hegemónica, en la que China podría reemplazar a Estados Unidos? ¿O, en cambio, nos encontramos ante un escenario diferente, en el que el sistema capitalista, tal como lo conocemos, atraviesa una crisis profunda, incluso terminal?

Un factor que me parece importante señalar para entender el momento en el que estamos es que, históricamente, cada una de las hegemonías atravesó etapas clave de expansión material, es decir, de desarrollo de la economía productiva. En Estados Unidos, por ejemplo, esto se observó con claridad en las décadas de 1950 y 1960, a través del New Deal y de grandes programas de infraestructura. En la actualidad, en cambio, podemos observar un contraste muy marcado entre Estados Unidos, donde predomina un proceso de financiarización, y China, cuya economía real atraviesa una fuerte expansión. El historiador Fernand Braudel señalaba que cada vez que una economía entra en una fase de financiarización tiende a iniciar un período de crisis hegemónica. Sin embargo, hay otros elementos novedosos a considerar. Hasta ahora, las hegemonías dentro de los ciclos de acumulación capitalista han sido principalmente occidentales. En este punto, al analizar el caso de China, se introduce una primera disonancia con los patrones tradicionales de ascenso y declive de las hegemonías. Además, aunque la economía estadounidense muestra signos de financiarización desde la década de 1970, también ha demostrado una notable capacidad de resiliencia. De hecho, desde entonces, muchos autores han anticipado su declive, pero esas predicciones no se han concretado de manera definitiva.

Por otro lado, en cada transición hegemónica el sistema en ascenso ha tendido a expandirse territorialmente, al tiempo que desarrollaba nuevas herramientas financieras, tecnológicas y militares. Hoy, sin embargo, enfrentamos una crisis mucho más compleja, ya que existe la capacidad real por parte de varios actores de destruir a la humanidad a través del armamento nuclear, algo que no estaba presente en etapas anteriores. Esto vuelve mucho más incierto todo.

La transición del Imperio británico hacia la hegemonía estadounidense estuvo atravesada por dos guerras mundiales. En la actualidad, esa etapa de transición donde se recurre a la confrontación adquiere una dimensión mucho más riesgosa debido no sólo a la capacidad de destrucción de las partes sino a su interdependencia económica, un elemento diferente a lo que significó la Guerra Fría y el conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

También diría que es importante tener en cuenta que las hegemonías no se sostienen únicamente en la dominación o la coerción. También implican la construcción de consenso. En ese sentido, cada hegemonía ha logrado proyectar cierto liderazgo moral. Por ejemplo, después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no solo se consolidó como potencia dominante, sino también como un referente que ofrecía una visión de orden global basada en la paz, el desarrollo y un entramado institucional como el surgido en Bretton Woods. Sin embargo, ese componente de legitimidad se ha ido debilitando con el tiempo, mientras que el peso del poder duro —es decir, la capacidad militar y coercitiva— ha ido ganando protagonismo. En ese marco, Estados Unidos sigue siendo, con amplia diferencia, el país que más invierte en defensa a nivel global, superando incluso la suma de varios de sus competidores. Esto introduce un alto grado de incertidumbre respecto al rumbo del sistema internacional. A su vez, tampoco se trata de un actor homogéneo: en su interior existen fuertes disputas y tensiones entre distintas fracciones, lo que también incide en su proyección externa.

En la actualidad, esa etapa de transición donde se recurre a la confrontación adquiere una dimensión mucho más riesgosa debido no sólo a la capacidad de destrucción de las partes sino a su interdependencia económica…

Nos encontramos entonces en un escenario de crisis que probablemente se profundice en los próximos años. Por eso, estos debates resultan clave, especialmente para pensar qué margen de acción tienen regiones del mundo como América Latina para articular estrategias propias de inserción en un escenario global complejo. Acontecimientos recientes como la intervención estadounidense en Venezuela evidencian la escasez de herramientas y de una coordinación política efectiva para consolidar un bloque que pueda enfrentar dinámicas de poder renovadas —como el corolario Trump a la Doctrina Monroe— y que podrían volverse cada vez más determinantes. 

TC: En ese sentido viene la segunda pregunta. Vivimos hoy en América Latina una fuerte presión por parte de Washington para responder a sus intereses, lo que algunos analistas han llamado un proceso de alineamiento forzado. Por otro lado, luego de varias décadas en las que la República Popular China ha ensayado una política de no confrontación con Estados Unidos, el reciente XV Plan Quinquenal (2026-2030) ha introducido modificaciones en los enfoques de la política exterior del gigante asiático, otorgando mayor protagonismo a la confrontación sistémica a largo plazo”. ¿Qué efectos pueden tener estas dinámicas de ejercicio de poder por parte de ambas potencias en nuestra región y cuáles son las complejidades y contradicciones que alcanzas a ver?

MJHS: Lamentablemente, el panorama en América Latina es bastante complejo. Lo que pasó en Caracas es clave entenderlo en profundidad. Por un lado, Venezuela era el país que más se había beneficiado de préstamos chinos: estamos hablando de casi 70 mil millones de dólares otorgados por el país asiático. Además, China era el principal socio comercial de Venezuela, pero evidentemente todo ese poderío económico y comercial no necesariamente se traduce en poder político o estratégico.

Ha sido bastante fuerte saber de fuentes confiables en Beijing que, por ejemplo, el enviado de Xi Jinping para América Latina, Qiu Xiaoqi, que se reunió con Nicolás Maduro, no tenía ni la más remota idea de que ese mismo día, pocas horas después, el presidente iba a ser secuestrado por las fuerzas especiales norteamericanas. En octubre estuve en una conferencia en la Universidad de las West Indies, en Trinidad y Tobago, y recuerdo que se veían, a plena luz del día, navíos militares en ejercicios. Uno pensaba al ver eso: el ataque a Venezuela va a pasar; y la verdad es que en Beijing había un diagnóstico muy distinto de lo que terminó sucediendo. Esto denota cierta —no te digo ingenuidad—, pero sí una subestimación del poder y de la capilaridad que tiene Estados Unidos en la región.

…en Beijing había un diagnóstico muy distinto de lo que terminó sucediendo. Esto denota cierta —no te digo ingenuidad—, pero sí una subestimación del poder y de la capilaridad que tiene Estados Unidos en la región.

Esto es importante entenderlo y dimensionarlo porque lo que ha pasado en Venezuela tiene que ver no solamente con el asunto petrolero sino con aislarlo de China. Lo mismo está ocurriendo en muchos otros países latinoamericanos de distintas maneras. Lo que ha sucedido recientemente en Panamá, con la exclusión de concesionarios de Hong Kong en el Canal de Panamá y la salida del país de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, es otro ejemplo. En Argentina, gran parte del financiamiento chino está paralizado. Lo de las represas en Santa Cruz es el caso más emblemático. A pesar de que China controla buena parte de las reservas del Banco Central, ni siquiera pueden movilizar un proyecto de infraestructura mínimo. En Cuba, los chinos mantienen ciertas posturas públicas, pero prima en la realidad una política de no intromisión, y los cubanos saben que cuentan muy poco con China ante una operación norteamericana.

Mientras todo esto pasa no existe una respuesta contundente por parte de China frente al avance de Estados Unidos en la región. Por otro lado, Washington financia y apoya abiertamente a gobiernos y partidos políticos afines, ejerce presión militar, comercial y hasta mediática sobre sus oponentes en el continente. Estados Unidos tiene muchas herramientas y las utiliza, mientras que China posee un gran poder económico que no se traduce necesariamente en acciones políticas o estratégicas más contundentes.

Sin embargo, hay una serie de paradojas interesantes. Una de ellas es que, a pesar de que Estados Unidos tiene el “garrote”, hoy tiene muy pocas “zanahorias” para su política en América Latina. Puede seguir enriqueciendo a los ex JP Morgan devenidos en funcionarios con préstamos cuestionables del Fondo Monetario Internacional o el Tesoro, pero tiene pocas herramientas para mejorar la realidad económica del país. En esta nueva etapa de reordenamiento global, Estados Unidos no ha logrado generar programas de desarrollo para el continente que concibe como parte de su entorno estratégico. Al estar la economía norteamericana tan financiarizada, las herramientas disponibles tienden a ser de especulación financiera, lo que no genera más que dependencia de los organismos financieros o de los grandes fondos de inversión.

En general, los programas de préstamos como los que tienen Argentina o Ecuador con Estados Unidos terminan en fuga de capitales y no generan desarrollo real. Por otra parte, nuestras economías están reprimarizadas y, en última instancia, resultan altamente complementarias con China. Por más que Javier Milei quiera cortar relaciones, Argentina no va dejar de exportar soja ni carne al país asiático para comenzar a exportarlos a Estados Unidos, porque ellos mismos son grandes productores. Esto varía según la región, pero en el Cono Sur esta dependencia del comercio hacia China es muy clara.

En México la situación es más compleja por la cercanía geográfica, las cadenas de suministro y el tratado comercial que se está renegociando. La región del Caribe también está más vinculada a la economía norteamericana. Pero, en cierta medida, el Cono Sur mantiene una fuerte complementariedad con China. Esto genera que, a pesar de la presión estadounidense, haya una materialidad que no se puede negar: el comercio con China sigue teniendo un peso preponderante.

…el Cono Sur mantiene una fuerte complementariedad con China. Esto genera que, a pesar de la presión estadounidense, haya una materialidad que no se puede negar: el comercio con China sigue teniendo un peso preponderante.

También es interesante resaltar que buena parte de ese comercio —por ejemplo, en el caso de la soja—, aunque la región produce casi el 60% a nivel global y China importa el 70%, está intermediado por cinco empresas norteamericanas. Es decir, persisten relaciones estructurales en esta triangulación China-América Latina-Estados Unidos.

Hay otro tema clave que argumenta muy bien Ho-Fung Hung en The Clash of Empires, donde muestra que en cierta época existía una gran complementariedad entre el capital norteamericano y el chino, misma que empezó a deteriorarse con el avance de China en ciertas cadenas de valor, especialmente en semiconductores. Cuando China intenta nacionalizar la producción y la tecnología, ahí se produce la diferenciación. Pero antes de eso había mucha complementariedad, y todavía hoy existen cadenas compartidas y empresas norteamericanas muy vinculadas a intereses chinos en América Latina, lo que vuelve el panorama más complejo.

Esto genera otra paradoja: buena parte del comercio con China termina fortaleciendo a los sectores más conservadores y a los grupos económicos más concentrados de la región, que ideológicamente se sienten más cercanos a Estados Unidos y apoyan a los proyectos políticos que se alinean de manera más rápida con sus intereses. Un ejemplo claro es la bancada ruralista en Brasil, que hoy controla buena parte del Congreso y está más cerca del bolsonarismo que del presidente Lula. Entonces, aunque los chinos sostengan una política de no intervención directa en la región, el comercio tiene ganadores y perdedores, y suele fortalecer a las élites económicas que en muchos casos son antichinas y que están muy alineadas con Washington y Miami. No está claro hasta qué punto esa tensión es sostenible.

Por otro lado, la presión de Estados Unidos para detener la cooperación con China en otras áreas además del comercio es fuerte y bastante explícita. En Argentina se ve, por ejemplo, en el sector nuclear, donde históricamente se ha vetado la cooperación con China; en otros países, también en el sector espacial, donde aumentan las presiones para que los Estados tomen distancia de Beijing. Esto se replica en sectores estratégicos e infraestructura. Lo ocurrido en Panamá con el Canal es bastante evidente y es un ejemplo de cómo Estados Unidos logra, con esa capilaridad que tiene en el continente, desplazar a China de áreas clave. También es interesante lo que está pasando en Perú, donde hubo un presidente que duró apenas unas semanas en el poder porque fue acusado públicamente de estar haciendo negocios con los chinos en lo que se conoce como el “Chifagate”, mientras el Departamento de Estado ya puso el ojo en el puerto de Chancay, el principal eje logístico del Pacífico Sur orientado a Asia financiado por los chinos.

Sin embargo, en este escenario de disputa, China no está construyendo una contrahegemonía política o una política de alianzas más afines. Al contrario, es común ver en Beijing delegaciones de distintos partidos políticos de la región, incluso de aquellos que están muy alineados con el discurso y los intereses de Estados Unidos. Ese pragmatismo chino es tal que parece haber una convicción de que lo económico va a prevalecer sobre lo ideológico. Hasta ahora, la realidad no lo confirma del todo. Puede cambiar en el futuro, pero hoy no se ve que ese pragmatismo se traduzca, en términos concretos, en resultados estratégicos o geopolíticos favorables para China.

…buena parte del comercio con China termina fortaleciendo a los sectores más conservadores y a los grupos económicos más concentrados de la región, que ideológicamente se sienten más cercanos a Estados Unidos…

TC: En este contexto de disputa, actores como los BRICS aparecen como posibles articuladores de un orden alternativo. Sin embargo, también existen grandes interrogantes al respecto de sus posibilidades y su futuro. ¿Qué nivel de cohesión tienen los BRICS hoy y qué posibilidades reales existen de que se constituyan en una alternativa para construir un mundo más multipolar?

MJHS: Si bien en el bloque de los BRICS existe una importante articulación económica —en términos de comercio e inversiones—, hay poca cohesión política. Esto se refleja, entre otras cosas, en las tensiones existentes entre países como China e India. Incluso, el bloque incluye países como Irán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, lo que pone en evidencia la existencia de tensiones internas que todavía no están del todo resueltas. Esto resulta interesante porque muestra un contraste con experiencias previas de articulación del Sur Global como la de la Conferencia de Bandung en 1955: en aquel momento existía un fuerte consenso político, pero faltaba una base material sólida. Hoy ocurre casi lo inverso: hay ciertos niveles de articulación económica, pero no se observa el mismo grado de cohesión política. Esta falta de alineamiento dificulta la construcción de una alternativa consistente a la hegemonía estadounidense y, al mismo tiempo, complica la posibilidad de evitar un escenario de desorden sistémico.

TC: Hablabas antes de que existían pocas zanahoriaspor parte de Estados Unidos para la región, y una de ellas eran estos préstamos o mecanismos de financiamiento que no generaban condiciones productivas, sino que profundizaban la dependencia. ¿Cuáles crees que son las debilidades de los países latinoamericanos en esta realidad y qué se puede hacer para afrontar este escenario?

MJHS: Cada país tiene su propia lógica de economía política. El caso de Argentina es uno de los casos más dramáticos porque prácticamente nos hemos esforzado por convertirnos en una periferia: pasamos de ser uno de los países más industrializados, con desarrollos en el sector espacial, aeronáutico, etcétera, a ser hoy un país que no tiene reservas en el Banco Central desde hace años. Y eso responde a cuestiones bastante estructurales; entre ellas, una avanzada neoliberal muy fuerte. Durante el kirchnerismo, además, creo que se cometieron una serie de errores que, en comparación con países como Brasil, resultan significativos.

Por ejemplo, si bien ambos países atravesaron un proceso de primarización o reprimarización de sus economías, en Brasil ese proceso fue capitalizado por empresas nacionales —global players brasileños— que, con todas sus complejidades, lograron apropiarse y, en cierta medida, nacionalizar segmentos clave de distintas cadenas productivas, como la de la carne. Lo mismo ocurre en sectores como el aeronáutico, con Embraer. Es decir, en Brasil todavía existe un capital nacional fuerte. El financiamiento público del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social ha sido clave para varios sectores, y es el Estado —incluso con Lula— el que promueve la exportación agropecuaria brasileña.

En Argentina, en cambio, durante el kirchnerismo, las políticas como las restricciones a las exportaciones y el conflicto con el campo[1] generaron una disociación mucho mayor entre el peronismo y el sector productivo. Por otra parte, los gobiernos de derecha, con una política cambiaria de apreciación del dólar, no hacen al sector competitivo. Eso tuvo consecuencias importantes no solo en el terreno político, sino, por ejemplo, en la capacidad de acumulación de reservas.

El financiamiento público del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social ha sido clave para varios sectores, y es el Estado —incluso con Lula— el que promueve la exportación agropecuaria brasileña.

Argentina y Brasil partían de niveles similares de reservas a comienzos del 2000, pero con el boom de los commodities, Brasil llegó a acumular más de 300 mil millones de dólares, mientras que en Argentina tenemos reservas netas negativas. Eso es lo que hoy le da cierto margen al Estado brasileño para plantarse frente a presiones externas: si Trump amenaza con imponer aranceles, Brasil tiene espalda para resistir. La acumulación de reservas les ha permitido tener una economía mucho menos dolarizada que la de Argentina, y Brasil ha generado un proceso de crecimiento con niveles bajísimos de inflación.

Hay además un factor central: la consolidación del Estado. En Brasil existen burocracias altamente profesionalizadas que, para bien o para mal, son difíciles de modificar, pero brindan continuidad frente a los cambios de gobierno. En Argentina, como en muchos países de la región, el nivel de nepotismo, la flexibilización laboral y el deterioro de la carrera estatal son mucho más marcados. De hecho, el discurso de las fuerzas conservadoras contra la “casta” ha tenido impacto justamente porque hay un grado de verdad: el Estado presenta deficiencias importantes para atender los intereses de las grandes mayorías, que rara vez se han abordado a fondo. En muchos países latinoamericanos se debate más o menos Estado, pero no qué Estado. El debate cualitativo sobre el Estado y las políticas públicas es una asignatura pendiente. 

La fortaleza de su Estado le permite a Brasil tener mayor capacidad en política exterior, en financiamiento al desarrollo y también para construir consensos intraélite. Un dato ilustrativo: la derecha brasileña no abandonó los BRICS; con matices, mantuvo cierta continuidad, a diferencia del péndulo mucho más pronunciado que se observa en la política exterior de países como Argentina o Ecuador cuando hay cambios de gobierno. Estas políticas se dan en un marco de poder burocrático en Itamaraty que es menos proclive a los vaivenes políticos, a diferencia de las dinámicas que se dan en otros Estados, donde la representación diplomática es asumida por amigos, familiares o gente con pocas capacidades para entender el mundo.

Y estas condiciones de debilidad afectan también las posibilidades de negociar y acceder a financiamiento para el desarrollo, no solo el proveniente de Estados Unidos, sino también al de China. Por ejemplo, en Argentina se están construyendo algunas de las represas más grandes fuera de China, y el proyecto ha sido un fracaso: después de diez años, apenas se ha completado alrededor del 30%. Esto refleja problemas de gestión, malas decisiones y, sobre todo, la ausencia de una burocracia capaz de sostener proyectos de mediano y largo plazo.[3]

Muchas de estas dinámicas de contraste pueden extenderse a otros países de la región, especialmente en América del Sur. El caso de Perú es interesantísimo porque cambian y cambian los presidentes pero el presidente del Banco Central —que en octubre cumple veinte años en el cargo— funciona como ancla económica y estratégica, y tiene más poder seguramente que cualquier funcionario peruano. Hay distintas variantes y capacidades en América Latina  para hacer frente a este escenario de complejidad, pero en última instancia lo que diría es que el hecho de tener un Estado desarrollista —más o menos desarrollista— es lo que permite a un país tener más margen en la defensa de sus cuestiones estratégicas.

…el hecho de tener un Estado desarrollista —más o menos desarrollista— es lo que permite a un país tener más margen en la defensa de sus cuestiones estratégicas.

TC: Hay otro tema, además de la disputa económica y comercial, que ha vuelto al centro, y es el tema de la seguridad. Hay una especie de militarización del continente, que es un ámbito en el que Estados Unidos no tiene competencia en la región y en el que mezcla aspectos del combate al narcotráfico con otros de seguridad hemisférica, pero que también genera muchas resistencias. ¿Qué tan sostenible es esa política si Washington no reemplaza esa estrategia por una de mayor desarrollo y menos coerción? ¿Se puede imponer esta estrategia de contención hacia China sin proponer alternativas que beneficien a los países latinoamericanos?

MJHS: El problema en la economía norteamericana es de carácter estructural, no meramente de perspectiva política. Aunque Estados Unidos, en esta segunda administración del presidente Donald Trump, apunte a reindustrializar el país, no lo está consiguiendo, lo que responde a limitaciones de fondo. Asimismo, busca construir a China como un enemigo estratégico, pero no logra resolver los déficits estructurales en infraestructura ni en inversión productiva.

Con respecto al continente, toda la política del Consenso de Washington ha generado en América Latina una reprimarización de sus economías. En consecuencia, dicha reprimarización ha producido una mayor dependencia económica respecto de China. Como señalábamos, esto es paradójico porque los productos que la región exporta a China no son necesariamente exportables a Estados Unidos, ya que, en muchos casos, este país también compite con las exportaciones sudamericanas. Este es el núcleo del problema estructural en el que estamos.

Por otro lado, en la actualidad, las herramientas de financiamiento de Estados Unidos —por ejemplo, a través de su poder de veto en el Fondo Monetario Internacional— no han generado procesos sostenidos de crecimiento económico ni, mucho menos, de desarrollo en la región. Y aquí aparece un factor particularmente relevante: China, aunque esté reduciendo su exposición, sigue siendo uno de los principales tenedores de bonos del Tesoro estadounidense, lo que añade complejidad al entramado geoeconómico. Esta es también una diferencia importante con la Guerra Fría: en aquel entonces, los bloques en disputa no tenían una interdependencia geoeconómica significativa. Hoy, en cambio, dicha interdependencia es profunda.

Ahora bien, hay que entender que esto también condiciona a Beijing, ya que tampoco le conviene un colapso de Estados Unidos, dado que ello tendría impactos considerables sobre su propia economía. Nos encontramos, así, ante una disyuntiva compleja que no se puede resolver únicamente con voluntad política.

En algún momento, a Estados Unidos no le resultaba problemático el avance de empresas chinas en América Latina, siempre que existiera cierta convergencia estratégica: China vendía teléfonos de Huawei, pero adquiría semiconductores estadounidenses. Sin embargo, a medida que China comienza a desarrollar su propia capacidad tecnológica, emergen disputas mucho más intensas. En este contexto, Estados Unidos parece tener limitadas posibilidades de ofrecer una salida constructiva para América Latina. Ni siquiera episodios recientes de alineamiento irrestricto de algunos presidentes con el capital estadounidense se han traducido en inversiones significativas para sus países, ni los préstamos han logrado impulsar el crecimiento económico. Entonces, hay una serie de dinámicas vinculadas a la especulación financiera que no se traducen en mejoras materiales para las naciones. Y, por otro lado, en términos de opinión pública, la imagen de Estados Unidos viene deteriorándose, en parte por las guerras y por la gran incertidumbre del gobierno federal, que resulta bastante inconsistente. También están complicando sus relaciones con aliados estratégicos como Europa, por ejemplo, con el tema de Groenlandia. Todo esto configura un escenario bastante complejo donde a Estados Unidos se lo ve cada vez menos como alternativa.

Estados Unidos parece tener limitadas posibilidades de ofrecer una salida constructiva para América Latina. Ni siquiera episodios recientes de alineamiento irrestricto de algunos presidentes con el capital estadounidense se han traducido en inversiones significativas para sus países…

Ahora, me encantaría decir que en este escenario podemos contar con China, pero la verdad es que es muy difícil sostenerlo con evidencia. Hay un grupo importante de activistas e intelectuales que tiene grandes expectativas sobre China, pero cuando uno está ahí y puede analizar los datos más finos, se da cuenta de que China también responde a sus propios intereses. No quiere generar tensiones en América Latina porque tampoco quiere abrir frentes con Estados Unidos en el Mar del Sur de China o con Taiwán. Saben que están en un tablero geopolítico y priorizan su propio entorno estratégico.

Esto vuelve la situación particularmente compleja. Incluso en el plano interregional, la respuesta ha sido débil: en el Caribe, por ejemplo, se observaban despliegues militares estadounidenses y, sin embargo, no hubo capacidad de articulación por parte de actores como Brasil o México. Eso es preocupante, especialmente pensando en puntos de alta tensión como Cuba. Y aquí también, según lo que he podido conversar con fuentes en Beijing, la respuesta china en términos políticos ha sido mínima.

Rusia, por su parte, también ha tenido un rol en la región limitado. Al estar concentrada en el conflicto en Ucrania, no ha intervenido de manera significativa; más allá de algunos comunicados —por ejemplo, sobre Venezuela o Cuba—, no ha impulsado iniciativas concretas más que el envío de algunos buques petroleros a la isla en medio del bloqueo estadounidense, que es un avance pero no va más allá de eso.

En contraste, Estados Unidos aparece financiando gobiernos de extrema derecha, apoyando campañas, con fuerte presencia en medios y redes sociales. Es una competencia muy desigual. Por eso, cada vez se vuelve más urgente pensar en articulaciones estratégicas regionales, aunque el margen de maniobra sea reducido y sea un camino cuesta arriba.

TC: Mencionabas el despliegue capilar que hacen los estadounidenses en la región. Sin embargo, la política exterior de Estados Unidos ha mostrado, especialmente en esta administración, oscilaciones que combinan discursos aislacionistas con una práctica de intervención activa en distintos conflictos y regiones. ¿Qué factores explican la tendencia a escalar conflictos internacionales, incluso cuando el discurso político interno de muchos sectores de la coalición MAGA parece apuntar en la dirección contraria?

MJHS: Hay disputas internas dentro del movimiento MAGA y del gobierno. Y efectivamente hay sectores que han sido muy críticos con el papel imperial estadounidense, no solo entre los demócratas, también entre los republicanos.  En este sentido, es más probable que haya una modificación de estas políticas intervencionistas por un cambio de correlación de fuerzas internas que por lo que puedan hacer actores extrarregionales como China o Rusia. Por eso es clave entender cómo la dinámica interna de Estados Unidos condiciona su política exterior. Más allá de su papel global o lo prometido en campaña y del discurso del mundo MAGA, la administración Trump ha tendido a escalar conflictos internacionales por ciertas demandas internas.

…es clave entender cómo la dinámica interna de Estados Unidos condiciona su política exterior. Más allá de su papel global o lo prometido en campaña y del discurso del mundo MAGA, la administración Trump ha tendido a escalar conflictos internacionales por ciertas demandas internas.

Esto puede leerse, en parte, como una “desviación” de sus planteamientos originales, pero también responde a factores estructurales. Uno de ellos es que Estados Unidos —tanto bajo administraciones demócratas como republicanas— no ha logrado recuperar las tasas de crecimiento previas a la crisis de 2008. A eso se suma la competencia industrial y tecnológica con China, que sigue siendo un desafío no resuelto. Y en ese contexto la guerra cumple un rol funcional: buena parte de la economía estadounidense está articulada con el complejo industrial-militar y científico-tecnológico asociado, y los conflictos internacionales operan como un motor relevante para la economía doméstica. No es casual que muchos de los grandes billonarios estén vinculados como contratistas del Departamento de Defensa o que parte del proceso de reindustrialización por el que están apostando pase por la industria militar.

Ahora bien, los resultados de estas intervenciones han sido, en muchos casos, cuestionables —Irak, Afganistán—, pero también han dejado aprendizajes. Aquí la intervención en Venezuela puede interpretarse como una innovación: una intervención más acotada, “quirúrgica”, sin un intento de cambio de régimen a gran escala, evitando los costos de experiencias anteriores. Eso les permite asegurar intereses —como el petróleo— sin generar, al menos en el corto plazo, una crisis política interna de gran magnitud. Irán, sin embargo, es un escenario distinto. Es un país con mayores capacidades, con vínculos más estrechos con actores como China y con una estructura política, cultural y religiosa mucho más compleja. Probablemente haya habido una sobreestimación de la “eficacia” del modelo aplicado en Venezuela al momento de tomar la decisión de intervenir en Irán. Además, Irán ha mostrado capacidad de respuesta: incluso con una menor inversión en armamento que la estadounidense, puede generar daños significativos. Irán capitaliza al máximo la lógica de una guerra asimétrica y eleva los costos para Estados Unidos, tanto externos como internos. En definitiva, entender el rol estructural de la guerra en la economía estadounidense, junto con sus límites y aprendizajes recientes, es clave para interpretar esta aparente “desviación” de su política exterior y estas tensiones.

TC: Y en este contexto de extrema militarización, ¿cómo se prepara China para enfrentar un contexto global marcado por el conflicto y la contención de Estados Unidos

MJHS: China tiene un componente civilizatorio muy distinto, con una tradición diferente a la de Occidente. Ahí aparece, por ejemplo, la idea de “ganar sin pelear” plasmada en El arte de la guerra, de Sun Tzu. Ese es, en cierto sentido, el horizonte estratégico chino. También vengo estudiando y conversando con intelectuales chinos contemporáneos como Yan Xuetong sobre el llamado “realismo moral” —que apunta a la calidad del liderazgo y la moralidad gubernamental como motores del éxito de una potencia y del cambio en el orden mundial—, que funciona como una referencia importante a contramano del realismo clásico, donde lo que prima es la fuerza. Ahora bien, desde nuestra perspectiva, en última instancia occidental, este ideal puede resultar atractivo en términos discursivos —por ejemplo, cuando leemos los comunicados de China sobre lo ocurrido en Venezuela o las presiones sobre Cuba—, pero en la práctica hasta ahora no se traduce en acciones concretas.

La idea del largo plazo ha sido funcional para China en muchos aspectos, pero el problema es suponer que ese largo plazo está garantizado en un contexto de creciente conflictividad internacional y con la posibilidad real —hoy más tangible— de conflictos nucleares. El mundo está caminando sobre una línea muy delgada y podríamos entrar en un escenario de conflicto permanente donde no haya un largo plazo al cual apuntar.

La idea del largo plazo ha sido funcional para China en muchos aspectos, pero el problema es suponer que ese largo plazo está garantizado en un contexto de creciente conflictividad internacional y con la posibilidad real —hoy más tangible— de conflictos nucleares.

Por otro lado, en una posible conflagración, China tiene algunos problemas adicionales: invierte mucho menos que Estados Unidos en términos militares y, además, carece de experiencia bélica. De hecho, recientemente removieron al único general con experiencia directa en combate. Ese no es un dato menor: se puede tener equipamiento, pero la experiencia y el entrenamiento en guerra real son otra cosa, y ahí China tiene limitaciones. Por otro lado, Estados Unidos tiene una capilaridad enorme, no solo militar, sino también tecnológica: control de datos, telecomunicaciones, infraestructura digital. Juega en un nivel extremadamente complejo, donde sigue dominando buena parte de la infraestructura global, no solo en Occidente, sino también en regiones como África. China, si bien controla muy bien su infraestructura interna, a escala global enfrenta mayores dificultades.

Es cierto que China está diversificando su estrategia, y también que el accionar de Estados Unidos obliga a recalibrar posiciones y ajustar ciertos principios. Pero, aun así, se observa poco —al menos por ahora— en términos de una contrahegemonía política o estratégica clara por parte de China. Creo que Estados Unidos está utilizando todo su aparato militar precisamente para impedir el escaso avance que China había logrado en diversas áreas y en particular en torno a la desdolarización de la economía. Tanto la intervención en Venezuela, donde se estaba comercializando el petróleo en yuanes, como la guerra con Irán, pueden leerse desde esa perspectiva donde vemos el uso de la fuerza militar para frenar dinámicas que comenzaban a funcionar de espaldas al dólar.

Mientras el dólar siga siendo la moneda hegemónica, es muy difícil que Estados Unidos pierda preponderancia internacional. El renminbi (RMB) es la única moneda para hacerle frente pero hasta ahora en términos concretos el avance de su internacionalización es limitado. Incluso en el caso de Argentina, que ha sido el país que más ha utilizado el swap de monedas del Banco Popular de China, la gran mayoría se convirtió a dólares, a derechos especiales de giro para pagar al FMI o en menor medida para pagar importaciones chinas, pero no hay terceros países aceptando RMB.

TC: Por último, quisiéramos preguntarte, ¿cómo crees que todas estas dinámicas influyan en las elecciones de noviembre en Estados Unidos? Hay ciertas expectativas de muchos sectores por un triunfo demócrata, pero tampoco es del todo claro que eso vaya a suceder.

MJHS: Sí, todo esto está generando una situación interna muy compleja aquí, pero interesante. Es muy curioso que quienes están capitalizando el movimiento antiguerra sean los sectores más extremos de MAGA, como Tucker Carlson, por ejemplo. Y no hay que perder de vista el impacto que el aumento del precio de los combustibles, las perspectivas inflacionarias y la incertidumbre van a tener en las elecciones de noviembre.

Entonces, son estos sectores más radicalizados de MAGA los que están capitalizando ese descontento relacionado con la economía. Es una capitalización hacia dentro, que apunta a su propia base. Hoy son ellos los que más están golpeando al gobierno de Trump, los que están siendo más contundentes, por increíble que parezca. Los demócratas están mucho más dispersos y con menos capacidad de respuesta.

…son estos sectores más radicalizados de MAGA los que están capitalizando ese descontento relacionado con la economía (…) son ellos los que más están golpeando al gobierno de Trump, los que están siendo más contundentes, por increíble que parezca.

Claro, esto igual podría terminar beneficiando a los demócratas al generarse una fractura interna entre los republicanos, pero no lo sabemos. De hecho, los demócratas vienen avanzando: han ganado bastantes alcaldías, con el triunfo más resonante en Nueva York, pero bueno, eso es lo que pasa en las costas; el Estados Unidos más rural, los estados del centro y del sur son un mundo aparte y tienen un peso que muchas veces no se dimensiona desde fuera. Hay que poner atención a todos estos factores antes de sacar concusiones o generar expectativas. La segunda administración Trump apenas lleva un año y medio de gobierno.

NOTAS

    1. La entrevistada se refiere a la crisis social y política desatada a inicios de 2008 en Argentina, durante el primer gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, luego de que el Ministerio de Economía dictara la Resolución 125 que buscaba reemplazar el esquema vigente de retenciones fijas a las exportaciones de soja y otros granos por uno de alícuotas móviles, con el fin de captar una mayor proporción de la renta extraordinaria derivada del aumento en sus precios internacionales.

    2. Para un estudio detallado del caso ver: Haro Sly, M.J. (2025), “When Development Fails (or Succeeds): Chinese Energy Finance and Local Developmental State Capacities”. Sociology of Development https://doi.org/10.1525/sod.2025.2670003