¿CÓMO SE HACE UN PRESIDENTE CHINO?

China se ha convertido en los últimos años en un actor central del escenario global. Para América Latina, su peso es cada vez más determinante: en las mayores economías de Sudamérica ha desplazado a Estados Unidos como principal socio comercial y, de no ser por la renovada política de recuperación del continente americano implementada en el gobierno de Donald Trump, su influencia seguiría creciendo sin mayor dificultad. Esta disputa hegemónica entre ambas potencias no solo redefine los equilibrios de poder en la región, sino que vuelve más visible una distancia menos evidente: la de sus formas de organización política y la elección de sus liderazgos. Mientras la mayor parte de Occidente elige a sus gobernantes, China los construye.

Hacer un presidente chino no es tarea de consultores ni especialistas en marketing: es un proceso político que lleva décadas y que es producto de un sistema cada vez mejor aceitado. Un joven que ingresa al Partido Comunista Chino (PPCh) inicia un recorrido de acumulación paciente —credenciales, destinos, redes, pruebas— que contrasta con las temporalidades y las lógicas de acceso al poder que predominan actualmente en buena parte de las democracias liberales. Más que una competencia abierta por el liderazgo, el sistema chino articula un proceso prolongado de selección, evaluación y ascenso: una verdadera ingeniería de Estado.

En Traza Continental nos hemos propuesto abordar esa lógica a partir de una pregunta: ¿cómo se hace un presidente chino? Para responder a esta interrogante, recurrimos a las trayectorias de Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping, los tres líderes que, desde la década de los noventa, han ejercido la llamada fórmula tres en uno —el control simultáneo del partido, el Estado y las fuerzas armadas—, y analizamos el andamiaje institucional que ha hecho de ese proceso uno de sus logros más singulares y estratégicos del régimen para hacer frente a los vaivenes globales.

Para ser presidente de la República Popular China es necesario tener más de 45 años de edad, ser ciudadano chino con derecho a votar y a ser elegido, y formar parte del Partido Comunista Chino. Sería sencillo si a través de estos tres requisitos —los primeros dos de origen constitucional, el tercero de origen práctico— fuese posible entender cómo se construye un presidente en aquél país. Sin embargo, la distancia cada vez menor pero aún existente con China, y la complejidad que esa distancia alimenta, demandan detenerse, sostener la atención y abrir espacio para las aclaraciones, los asteriscos, la historia. Entender esto desde el continente americano es una tarea particular: no existen experiencias políticas cercanas que sirvan como punto de referencia intuitivo. La experiencia política acumulada en nuestra región tuvo siempre en el horizonte alguna referencia a la democracia liberal. Cuba suena más próxima, gobernada también por un Partido Comunista desde 1959, pero se diferencia en cuestiones fundamentales: el tamaño, el nivel de institucionalización, la forma de legitimidad, la selección y sucesión de líderes. No haremos aquí un ejercicio comparativo, sino más bien uno de exploración de los intersticios de la inquietud inicial.

Entender esto desde el continente americano es una tarea particular: no existen experiencias políticas cercanas que sirvan como punto de referencia intuitivo.

China llegó al presente mediante una sedimentación de procesos políticos y sociales bien específicos y diferenciados de los que más conocemos en Occidente. No transitó del feudalismo a la democracia liberal. No pasó por las revoluciones burguesas que pusieron al individuo en el centro de la vida política. El pueblo chino atravesó una transición que fue desde el Imperio —con su burocracia milenaria, su sistema de exámenes de acceso al Estado, su legitimidad basada en el desempeño y no en el mandato popular— hasta la creación de un partido-Estado producto de una revolución. Un sistema en el que las instituciones del partido y las del gobierno están técnicamente separadas aunque fuertemente implicadas, porque solo hay un instituto político que detenta el poder real. Visto desde nuestras trayectorias políticas, puede parecer que a ese recorrido le falta algo por venir, a partir de la idea de que existe un único destino posible para las comunidades políticas. Es desafiante trabajar con esa diferencia al momento de observar y buscar comprender la construcción política de China, pero hay en aquella secuencia una continuidad más lógica de lo que la distancia permite ver: la centralización, la selección meritocrática de cuadros, la primacía del colectivo sobre el individuo, la legitimidad por resultados. La revolución comunista de 1949 interrumpió esa tradición imperial y, al mismo tiempo, en cierto sentido, la reconfiguró. Tener esto en cuenta no resuelve todas las distancias, pero permite comenzar a diagramar claves de lectura desde nuestra región que no busquen una receta a imitar —gesto repetido demasiadas veces en la historia, de cara a Europa o a Estados Unidos—, ni condenar desde el desconocimiento, sino comprender a un actor central de la geopolítica global, a uno de los principales socios comerciales de América Latina, a una civilización con la que compartimos planeta y, cada vez más, destino.

SER MILITANTE

Más allá de mirar los requisitos constitucionales, lo más interesante es poner el foco en el requisito práctico. ¿Cómo se llega a ser miembro del Partido? ¿Qué tipos de procedimientos llevan a un militante a escalar hacia la cúpula de poder? ¿Cómo se construye, en definitiva, un presidente chino? Los caminos son complejos y están afectados por las particularidades propias de cada caso, pero pueden identificarse ciertas tendencias, algunas regularidades que unifican los procesos, así como las historias individuales, dentro de uno de los movimientos políticos más relevantes y enigmáticos de la época.

Desde hace por lo menos una década, unas veinte millones de personas por año intentan ingresar al Partido Comunista Chino. Solo entre el diez y el veinte por ciento lo consigue. El resultado es el partido con mayor envergadura del mundo, no solo por la cantidad de miembros, sino por contar con la membresía más rigurosa y verificable a escala global. Vale aclararlo: lo que implica ser miembro de un partido varía enormemente según el país y la organización partidaria. Por ejemplo, el Partido Bharatiya Janata de India afirma tener ciento ochenta millones de miembros, cifra surgida de una campaña de inscripción digital donde los requisitos de admisión son mínimos, mientras que el PCCh reportó haber superado por primera vez los cien millones de miembros en 2025, después de un filtro que requiere años. No son la misma cosa.

Desde hace por lo menos una década, unas veinte millones de personas por año intentan ingresar al Partido Comunista Chino. Solo entre el diez y el veinte por ciento lo consigue.

El proceso comienza con una carta. El candidato se postula ante la célula local del partido enviando algo similar a una carta motivacional y un integrante del partido lo pone en contacto con quien lo guiará durante el resto del proceso. Esto suele demorar alrededor de un mes. Superada esta etapa, se inicia una fase de recolección de antecedentes: currículum vitae, historial político de la familia, mapa de conexiones sociales, información que permite entender al individuo más allá de sí mismo. Se le asignan al mismo tiempo un mentor y un supervisor. Durante el proceso, muy probablemente el candidato pasará por la Escuela del Partido —una escuela de gobierno que funciona también como think tank interno y como mecanismo de selección de élites— y durante un año deberá entregar informes de análisis político sobre acontecimientos contemporáneos relevantes, será evaluado en términos ideológicos y doctrinarios, mientras se profundiza el análisis de su red de relaciones mediante entrevistas a sus colegas, compañeros de trabajo y vecinos que den cuenta de su compromiso colectivo. Recién entonces puede presentar una postulación oficial, avalada por el mentor y el supervisor, que tardará otros seis meses en ser evaluada y culminará en una entrevista ante una organización superior del partido. Si es aceptado, obtiene la membresía temporal por un año. Si no rompe ninguna regla, la membresía se vuelve oficial. En 2012 el PCCh decidió elevar los requisitos para mejorar la “calidad” de sus miembros, lo que hizo que los ingresos anuales cayeran y se recuperaran recién a partir de 2017. Sin embargo, la eficacia de esta decisión se expresó en el hecho de que en la actualidad los miembros con formación universitaria superan por primera vez a los trabajadores y campesinos, que históricamente habían sido la base de la organización. El último año en el que los porcentajes de estos dos grupos coincidieron alrededor de los 39 puntos fue 2011. Hoy el grupo con formación universitaria alcanza la mitad de los miembros.

LAS VIÁS DE ASCENSO

Dentro del PCCh coexisten, además, dos grandes vías de ascenso que han estructurado informalmente la política de élites durante décadas. La primera es la de los princelings —en chino, 太子党, izǐdǎng, literalmente “partido del príncipe heredero”—, hijos y nietos de los fundadores y cuadros históricos de la revolución. Su capital político es hereditario: el apellido funciona como credencial de legitimidad revolucionaria, las redes familiares como infraestructura. No necesitan construir desde cero lo que otros tardan décadas en acumular, los recorridos pueden darse a otra velocidad, aunque no se anula en absoluto la dimensión meritocrática posterior. La segunda es la del tuanpai —团派, “facción de la Liga”—, funcionarios que ascendieron a través de la Liga de la Juventud Comunista, sin apellidos revolucionarios ni redes de élite. Su capital es burocrático: cargos progresivos, resultados demostrables, dominio del aparato del partido desde adentro. La distinción no es solo sociológica, sino fuertemente programática: los princelings tienden a gravitar en torno a los sectores estratégicos de la economía estatal; los tuanpai, hacia las políticas sociales y la gestión territorial. Durante décadas, el equilibrio entre ambas facciones funcionó como un mecanismo informal de contrapeso, aunque bajo Xi Jinping ese equilibrio ha comenzado a inclinarse también hacia la lealtad personal, dimensión que siempre estuvo presente, si bien con otro peso y orientada más nítidamente hacia una lealtad colectiva.

…los princelings tienden a gravitar en torno a los sectores estratégicos de la economía estatal; los tuanpai, hacia las políticas sociales y la gestión territorial.

LA FÓRMULA TRES EN UNO

Estas vías se cruzan, se tensan y, en ocasiones, convergen en trayectorias singulares. En este sentido, nuestro interés recae en los líderes que ocuparon simultáneamente los tres cargos centrales del sistema: la Secretaría General del Partido, la Presidencia de la República y la Presidencia de la Comisión Militar Central. La llamada fórmula tres en uno. Quedan fuera de este cuadro Mao Zedong y Hua Guofeng por tratarse de figuras propias de la lógica revolucionaria fundacional, cuyo poder derivó de haber hecho la revolución o de haber sido ungidos por quienes la hicieron. En este recorrido, Deng Xiaoping se sitúa como punto de transición. Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping son los tres líderes que han ocupado esa triple posición de poder luego del período de Deng. Los dos primeros son, en gran medida, productos del sistema que Deng construyó. El tercero, en cambio, es al mismo tiempo el producto más acabado de ese sistema y el agente de una transformación en la que ambos polos —líder y sistema— se implican y reconfiguran mutuamente.

MAO ZEDONG Y DENG XIAOPING

El Partido Comunista Chino llegó al poder en 1949 bajo el liderazgo de Mao Zedong, quien ocupó simultáneamente la presidencia del partido, la jefatura del Estado y el control del ejército hasta su muerte en 1976. Mao es el fundador, el revolucionario, el que da nombre a una de las corrientes del marxismo del siglo XX, y también el responsable de algunos de los episodios más polémicos de la historia china moderna, entre ellos la Revolución cultural. Su sucesor designado, Hua Guofeng, ocupó brevemente los tres cargos entre 1976 y 1978 antes de ser desplazado por Deng Xiaoping. Ambos pertenecen, como mencionamos, a la lógica revolucionaria del partido y su modelo de legitimidad es distinto al que nos interesa: el de los líderes que construyeron su poder dentro de las instituciones del partido, no antes o por encima de ellas. Deng Xiaoping es quien comienza a marcar ese umbral.

La figura de Deng Xiaoping representa una bisagra en la historia del partido y, por extensión, en la historia del poder en China. Deng heredó un partido desgastado por las consecuencias del personalismo maoísta: la Revolución cultural había sido su demostración más costosa. Su diagnóstico fue sistémico antes que personal: el problema no era Mao, sino la ausencia de frenos institucionales al poder individual. Desde esa lectura construyó un andamiaje nuevo: liderazgo colectivo, rotación generacional, edades de retiro, límites de mandato para los cargos estatales, complemento entre la capacidad técnica y el compromiso ideológico. El legado institucional de Deng tiene una característica particular: fue diseñado para que el sistema funcionara con independencia de quien lo condujera. La selección de cuadros por desempeño, la rotación planificada entre niveles de gobierno, la formación técnica como credencial de ascenso, todo apuntaba a reconstruir una burocracia capaz de gobernar un país de escala continental sin depender solo de la virtud de un líder excepcional. En ese diseño está la clave para entender las trayectorias de Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping. Los tres son, antes que nada, productos de un sistema del que Deng fue el arquitecto: hombres formados durante décadas en sus reglas, sus redes y sus exigencias.

Su diagnóstico fue sistémico antes que personal: el problema no era Mao, sino la ausencia de frenos institucionales al poder individual. Desde esa lectura construyó un andamiaje nuevo…

JIANG ZEMIN, HU JINTAO Y XI JINPING

Jiang Zemin fue presidente de 1993 a 2003. No era el candidato obvio. Ingeniero eléctrico, con estudios en la Unión Soviética, había construido su carrera en el sector industrial y tecnológico, lejos de los centros de poder del partido. Lo que lo llevó a la cima no fue una trayectoria brillante, sino una crisis: las protestas de 1989 y la respuesta que el partido necesitaba dar ante ellas. Como secretario del partido en Shanghai, Jiang manejó las movilizaciones locales con firmeza, pero sin espectacularidad. Esa contención lo distinguió ante Deng, quien lo eligió como secretario general, evidentemente no por ser el más poderoso, sino por ser el más aceptable, una figura de equilibrio entre facciones que no amenazaba a nadie y que, precisamente por eso, podía unificarlas. Desde esa posición construyó su propia red, la Facción de Shanghai, y en 1993 concentró por primera vez desde Mao los tres cargos centrales del sistema. Aún cuando dejó de detentar los tres al mismo tiempo, retuvo el control del ejército hasta un año después de su gestión en 2004. Un gesto que recordaba a Deng y que demostraba, una vez más, que en China el poder real no siempre coincide con el cargo visible.

Si Jiang fue un producto de la crisis, Hu Jintao fue un producto del diseño. Deng lo señaló tempranamente como sucesor a mediano plazo en 1992, cuando Hu tenía apenas cuarenta y nueve años y acababa de ingresar al Comité Permanente del Politburó. Fue el más joven en décadas en alcanzar ese nivel. Su trayectoria es el ejemplo más acabado de la vía tuanpai: sin apellido revolucionario ni red familiar de élite, ascendió por la Liga de la Juventud Comunista con una disciplina burocrática casi sin fisuras. Gobernó Guizhou, una de las provincias más pobres del país, y luego el Tíbet, destinos difíciles que en el sistema chino funcionan como prueba de carácter antes que como castigo. Llegó a la presidencia en 2003 habiendo demostrado, durante más de una década, que era capaz de gestionar la complejidad sin generar turbulencias. Fue, en muchos sentidos, el presidente que el sistema de Deng había imaginado.

Xi Jinping es el caso más complejo de los tres liderazgos porque combina elementos que el sistema había mantenido separados. Es un princeling de primera línea. Hijo de Xi Zhongxun, uno de los fundadores de la República Popular, revolucionario desde los catorce años, comandante del Ejército Popular y vicepresidente. Xi creció en Zhongnanhai, el recinto cerrado para los líderes máximos del partido, y asistió a la escuela en la que se formaban los hijos de la élite revolucionaria bajo el nombre “1° de Agosto”, fecha de la fundación del Ejército Popular de Liberación. Xi era zilaihong: nacido rojo. Sin embargo, su destino no fue tan lineal como pudo serlo para otros. En 1962, cuando Xi tenía nueve años, su padre fue acusado de auspiciar una novela que Mao desaprobaba y enviado a trabajar en una fábrica. Cuando la Revolución cultural estalló en 1966, los Guardias Rojos arrastraron a Xi Zhongxun ante una multitud y lo detuvieron en un cuartel militar. En aquel momento, Xi era demasiado joven para convertirse oficialmente en guardia rojo, al mismo tiempo que estaba fuertemente marcado por el apellido paterno para ser bienvenido como otro princeling.

Xi Jinping es el caso más complejo de los tres liderazgos porque combina elementos que el sistema había mantenido separados. Es un princeling de primera línea.

Fue detenido varias veces, obligado a denunciar a su padre. En 1969, junto a muchos otros, fue enviado al campo para ser reeducado por campesinos pobres y de clase media. Liangjiahe fue el pueblo de montañas áridas y amarillas de la provincia de Shaanxi en el que al principio presentó resistencia a ese nuevo momento de vida. Lo que vino después se convirtió en el centro de su narrativa oficial: la transformación. Siete años en el campo. Trabajo duro, represas, caminos, camas de barro. Cuando salió Xi estaba decidido a unirse al partido, una elección diferente a la de muchos de sus pares que prefirieron apartarse del camino político. Aplicó siete veces y lo rechazaron siete veces, probablemente por el expediente de su padre. La octava, lo aceptaron.

Lo que siguió fue una de las trayectorias más metódicas de la historia política china reciente. Xi no saltó niveles ni acumuló poder en la capital. Pidió ser enviado al interior. Primero fue hacia una zona rural en Hebei, donde era el número dos, pero actuaba con la disciplina de quien sabe que cada gesto cuenta. Después pasó diecisiete años en Fujian, la provincia ubicada frente a Taiwán. Luego gobernó Zhejiang, una provincia costera del este de China, una de las más ricas y dinámicas de la historia del país. El paso por Shanghai fue más breve, abarcando solo siete meses, porque funcionó de alguna forma como el trampolín antes del salto nacional. Cada destino fue una credencial extra, mucho más allá de la de origen. A diferencia de muchos princelings que capitalizaron su apellido desde Beijing, Xi construyó legitimidad desde abajo, lo que lo hizo aceptable tanto para la élite hereditaria, como para el aparato técnico del partido. En 2007 fue designado sucesor e ingresó al Comité Permanente del Buró Político. Al año siguiente asumió la vicepresidencia de la República y la dirección de la Escuela Central del Partido; en 2010 sumó la vicepresidencia de la Comisión Militar Central: tres cargos que completaban el mapa institucional antes del salto final. Esos años no fueron un intervalo de espera, sino la prueba final del sistema. En 2012 asumió la Secretaría General y pasó a ser el comandante supremo del ejército. En 2013 llegó a la presidencia del país; la fórmula tres en uno estaba completa.

UN SISTEMA SIN ATAJOS

¿Qué produjo, en definitiva, el sistema Deng? No solo al más brillante. No necesariamente al más poderoso. El sistema produce al más legible, es decir, al candidato que puede ser leído por todas las facciones como aceptable, que no concentra demasiadas lealtades en un solo polo ni genera demasiadas resistencias en otro. Jiang Zemin llegó porque no amenazaba a nadie. Hu Jintao llegó porque Deng lo había señalado con una década de anticipación y nadie tuvo razones suficientes para objetarlo. En ambos casos, la selección fue menos una elección que una convergencia: el sistema produjo a alguien con quien todos podían vivir.

¿Qué produjo, en definitiva, el sistema Deng? No solo al más brillante. No necesariamente al más poderoso. El sistema produce al más legible, es decir, al candidato que puede ser leído por todas las facciones como aceptable…

Esa legibilidad tiene condiciones concretas. Requiere una trayectoria larga y verificable; no años en la capital acumulando influencia, sino décadas en el territorio gestionando problemas reales, demostrando que se puede gobernar una provincia pobre, manejar una crisis, mantener el orden sin desatar el caos, incluso pasar de una provincia a otra, con demandas y desafíos de distinta índole, a diferencia de nuestros sistemas en los que en general —y en el mejor de los casos— se gobierna el territorio donde se nació o vivió durante un mínimo de tiempo. El sistema chino requiere rotación entre dominios: partido, gobierno local, gobierno central, porque una persona que solo conoce un dominio solo le sirve a una parte del sistema. Requiere saber cuándo hablar y cuándo callar, cuándo ser leal al superior y cuándo distanciarse de él sin que parezca traición. Y requiere, sobre todo, tiempo. Hasta el día de hoy, incluso atravesado por la figura central de Xi, el sistema chino no tiene atajos. La promoción por salto de niveles está formalmente regulada y socialmente penalizada. Lo que se acumula no es poder sino credibilidad, y la credibilidad, en este sistema, se mide en años y en destinos.

Xi Jinping dominó esa lógica mejor que nadie. Siendo princeling, con todo el capital hereditario que eso implicaba, eligió construir desde abajo, acumular credenciales territoriales, hacerse legible para el aparato técnico además de para la élite dinástica. Fue el candidato más aceptable precisamente porque era el más completo: tenía apellido y tenía trayectoria. Paradójicamente, el presente va dejando entrever también que el hombre que mejor internalizó las reglas del sistema, fue también el que, una vez en el poder, tuvo la voluntad y la autoridad para modificarlas, un gesto que puede analizarse como un desplazamiento al personalismo, pero que también puede ser una táctica específica desplegada en el marco del conocido pragmatismo chino.

INGENIEROS DEL ESTADO

Hay un detalle en las trayectorias de Jiang, Hu y Xi que no es menor ni casual: los tres son ingenieros de formación. Jiang estudió ingeniería eléctrica en la Unión Soviética. Hu se graduó en ingeniería hidráulica. Xi en ingeniería química. No es necesariamente un accidente biográfico. Es el resultado de una decisión política deliberada bien documentada por autores como Dan Wang: el sistema promovió desde los años ochenta el complemento de los cuadros ideológicos con cuadros técnicos, militantes capaces de gestionar la complejidad de un Estado continental en transformación acelerada. Además de una profesión, la ingeniería funcionó de alguna manera como epistemología, una forma de aproximarse a los problemas con pragmatismo, de medir resultados, de construir soluciones escalables. Esa autocomprensión tecnocrática es quizás el rasgo más difícil de percibir desde afuera y el más importante para entender la lógica interna del sistema. El Partido Comunista Chino no se concibe principalmente como una guardia ideológica ni como una maquinaria electoral sino como un motor de cambio: un actor capaz de planificar a través décadas, de sostener objetivos de largo plazo por encima de los ciclos cortos, de movilizar recursos a una escala que ningún otro sistema político contemporáneo ha igualado. Sus presidentes no son líderes carismáticos ni representantes de una voluntad popular expresada en las urnas: son, ante todo, ingenieros del Estado.

El Partido Comunista Chino no se concibe principalmente como una guardia ideológica ni como una maquinaria electoral sino como un motor de cambio…