¿CUÁNTAS DIVISIONES BLINDADAS TIENE LA IA?

Durante gran parte del siglo XX, el poder internacional se midió en términos relativamente concretos: ejércitos, industria y armamento nuclear. Con el avance del siglo XXI, esa aritmética comienza a resultar insuficiente. La inteligencia artificial se ha convertido en uno de los principales factores de la competencia entre las grandes potencias, pero, a diferencia de los instrumentos tradicionales de poder, no se deja contar ni clasificar con facilidad. Es, al mismo tiempo, una infraestructura que atraviesa fronteras, una industria concentrada en un puñado de empresas y Estados y un negocio profundamente extractivo que depende de minerales, agua y energía tanto como de datos, capacidad computacional y mano de obra distribuidos a escala global. En Traza Continental analizamos, a partir de los planteamientos de Kate Crawford y Benjamin Bratton, cómo la inteligencia artificial está reconfigurando los factores tradicionales de poder del siglo XXI y qué implicancias tiene este proceso para la competencia geopolítica contemporánea.

Cuenta la leyenda que Iósif Stalin pronunció, en un año y contexto imprecisos y ante interlocutores igualmente imprecisos, la frase que describe a la perfección gran parte de la historia del siglo XX: “¿El Papa? ¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”. La versión más difundida sostiene que Stalin la pronunció durante una conversación sobre la influencia de la Iglesia Católica en la política europea ante políticos y diplomáticos del continente. Otras sostienen que lo hizo en el marco de la firma del acuerdo franco soviético de 1935 para frenar el avance de Alemania en Europa Central. Aunque la atribución más citada proviene de las memorias de Winston Churchill, ningún historiador ha podido demostrar de manera concluyente que Stalin la pronunciara ni que, en caso de haberlo hecho, esas fueran exactamente sus palabras.

Pero no dejemos que la verdad nos arruine una buena historia. Apócrifa o embellecida con el tiempo, esa frase retrata muy bien la concepción del poder que rigió gran parte del siglo XX: un entendimiento profundamente materialista, según el cual la influencia real se medía por la capacidad coercitiva —ejércitos, industria, armamento— y no por la ascendencia moral o espiritual de una persona o una institución. La era del soft power llegaría recién a finales del siglo. Pero en la época de Stalin, el poder se medía por divisiones blindadas. El tiempo le daría la razón al líder soviético y luego se la quitaría: es cierto que fue el poderío militar el que resolvió la Segunda Guerra Mundial, pero también que Juan Pablo II desempeñó un papel significativo en los procesos políticos y sociales que erosionaron la legitimidad de los regímenes comunistas de Europa del Este surgidos bajo el amparo de la Unión Soviética, que terminaría desapareciendo. Dios opera en formas misteriosas.

Démosle por ahora la derecha, con perdón de la palabra, a Stalin. La historia del poder es la historia del poder militar y, con él, de la innovación. La capacidad de los Estados para acrecentar su poder dependió siempre de la tecnología. El poderío naval, el aéreo, la industrialización, la capacidad financiera, la logística y el desarrollo armamentístico definieron vencedores y vencidos. 

La historia del poder es la historia del poder militar y, con él, de la innovación. La capacidad de los Estados para acrecentar su poder dependió siempre de la tecnología.

La aparición de las armas nucleares modificó radicalmente esta lógica. Desde 1945, la geopolítica dejó de definirse únicamente por el tamaño de los ejércitos o la riqueza económica y comenzó a incluir la posesión de las capacidades nucleares como un estatus especial de los Estados. La bomba atómica comenzó a ser importante no solo por la capacidad destructiva, sino porque funcionó como indicador de una cadena completa de conocimientos científicos, capacidades industriales, infraestructura energética y sistemas de investigación. Aún al día de hoy, quien domina esa tecnología ocupa una posición privilegiada en el orden internacional y merece atención. La reciente guerra de Estados Unidos contra Irán —una nación sin tanta relevancia en otros órdenes pero con capacidad de enriquecer uranio— es un claro ejemplo de esto.

Transcurrido un cuarto del siglo XXI, podemos decir que la inteligencia artificial (IA) refleja una dinámica similar a lo que ocurrió con el armamento nuclear. Su influencia opera sobre otra dimensión que la de las armas. Es el terreno de la información, el conocimiento y la capacidad de decisión. Pero un modelo avanzado de IA puede optimizar cadenas logísticas militares, acelerar la investigación científica, identificar amenazas mediante imágenes satelitales, influir sobre la opinión pública, automatizar procesos productivos o mejorar la competitividad económica de un país. Si el poder industrial definió el siglo XIX y el poder militar-nuclear definió buena parte del siglo XX, el siglo XXI parece orientarse hacia una forma de poder basada en la capacidad de procesar información y generar conocimiento a gran escala. En efecto, durante gran parte del siglo XX el poder internacional se medía por indicadores visibles: cantidad de soldados, tanques, aviones o cabezas nucleares. Pero con la IA, las variables más estratégicas son mucho menos evidentes: capacidad computacional, acceso a datos, talento científico, producción de semiconductores o desarrollo de modelos fundacionales. Todo ello está transformando la naturaleza misma del poder. La pregunta relevante entonces ya no es solamente cuántas divisiones posee un Estado, sino cuánta inteligencia computacional puede movilizar. Ninguna de estas capacidades equivale a una división militar, pero todas ellas pueden aumentar significativamente el poder de quien las posee.

Es en este punto donde la IA como factor de poder se vuelve más difícil de categorizar. ¿Quién posee la IA? ¿Es de las empresas que la desarrollan? ¿Es de los países que tienen los insumos naturales necesarios —tierras raras, minerales, agua, territorio óptimo— para construir y mantener la infraestructura que demanda? ¿Es de los países que cuentan con mano de obra especializada para educarla? A diferencia de los soldados y los tanques, que puestos todos en fila podemos contarlos y anotarlos en una planilla, la era computacional es imprecisa. La IA, dirían los filósofos de los objetos Graham Harman o Timothy Morton, no existe. La IA se nos escapa de las manos.

A diferencia de los soldados y los tanques, que puestos todos en fila podemos contarlos y anotarlos en una planilla, la era computacional es imprecisa. La IA, dirían los filósofos de los objetos Graham Harman o Timothy Morton, no existe.

LA IA COMO CERTIFICADO DE PODER

Kate Crawford, autora del libro Atlas de Inteligencia Artificial. Poder, política y costos planetarios, concuerda con la idea de que la IA es, esencialmente, un factor de poder, y procura desentrañar en beneficio de quién lo ejerce. Dice la autora:

…la IA no es artificial ni inteligente. Más bien existe de forma corpórea, como algo material, hecho de recursos naturales, combustible, mano de obra, infraestructuras, logística, historias y clasificaciones. Los sistemas de IA no son autónomos, racionales ni capaces de discernir algo sin un entrenamiento extenso y computacionalmente intensivo, con enormes conjuntos de datos o reglas y recompensas predefinidas. De hecho, la IA como la conocemos depende por completo de un conjunto mucho más vasto de estructuras políticas y sociales. Y, debido al capital que se necesita para construir IA a gran escala y a las maneras de ver que optimizan, los sistemas de IA son, al fin y al cabo, diseñados para servir a intereses ya existentes. En ese sentido, la IA es un certificado de poder.

Sobre los datos descansa gran parte del poder de la IA. Los datos cumplen una función comparable a la del combustible en una economía digital. Cuantos más datos posea una organización, mayores posibilidades tendrá de entrenar modelos sofisticados. De ahí que los Estados estén convertido los datos en un recurso estratégico nacional. Enormes cantidades de información sobre comportamiento humano, patrones de consumo, movilidad urbana, transacciones financieras y actividad digital constituyen una nueva fuente de poder.

Esto introduce una dimensión inédita en la geopolítica. La soberanía ya no se refiere únicamente al control del territorio físico: también incluye el control de las infraestructuras digitales, las redes de información y los ecosistemas de datos. Esto, a decir del filósofo Benjamin Bratton, es un cambio paradigmático en la concepción del poder. “La ‘computación’ no remite únicamente a la maquinaria: es una infraestructura a escala planetaria que está cambiando no solo cómo gobiernan los Estados, sino también el significado mismo de la gobernanza. La computación es una lógica de la cultura y, por tanto, también una lógica del diseño”, sostiene en su libro The Stack.

Pero los Estados no fabrican la IA —Bratton la llama más ampliamente “computación” para incorporar todas sus dimensiones—, como antes sí fabricaban armas o tanques o ejércitos (o en todo caso eran sus únicos compradores). No solo eso: si se trata de recolección y procesamiento de datos, las empresas de cualquier tamaño o las organizaciones de la sociedad civil con mayor o menor alcance global, también están interesadas en recolectar datos, ya sea procesándolos o comprándolos. El Estado tiene competidores y es en ese sentido que Bratton habla de un cambio en la manera de entender la gobernanza. La pregunta sigue pendiente de respuesta: ¿de quién es el poder de la IA?

La soberanía ya no se refiere únicamente al control del territorio físico: también incluye el control de las infraestructuras digitales, las redes de información y los ecosistemas de datos.

Crawford nos deja alguna pista: la IA sirve a intereses ya existentes. Dice que mientras la IA puede resultar abstracta, los intereses que la detentan no lo son en absoluto. “La IA es una idea, una infraestructura, una industria, una forma de ejercer poder y una manera de ver; también es la manifestación de un capital muy organizado respaldado por vastos sistemas de extracción y logística, con cadenas de suministro que abarcan todo el planeta. Todas estas cosas forman parte de la IA: una frase de dos palabras sobre la cual se puede cartografiar un conjunto complejo de expectativas, ideologías, deseos y miedos”, sostiene. Y avanza aún más: “la IA no solo es una parte del proceso de replantear e intervenir el mundo, sino una forma fundamentalmente política de hacer el mundo, aunque rara vez se la reconozca como tal. Este proceso es no democrático, dominado por las grandes corporaciones de la IA: media docena de compañías que dominan la computación planetaria a gran escala”.

Aunque no los menciona explícitamente, es probable que en “una forma política de hacer el mundo” Crawford incluya la guerra entre Estados Unidos y China por la distribución del poder mundial durante las próximas décadas. La IA es una cuestión de seguridad nacional. El dominio de la IA vendrá con ventajas económicas, militares, científicas y diplomáticas capaces de redefinir el equilibrio internacional.

LA GUERRA POR LA IA

Estados Unidos cuenta con empresas líderes como OpenAI, Google, Microsoft, Meta y Nvidia, además de universidades y centros de investigación que concentran buena parte del talento mundial en la materia. Su ventaja no reside únicamente en el desarrollo de modelos de inteligencia artificial, sino también en el control de tecnologías críticas, especialmente los chips de última generación necesarios para entrenar esos modelos. China, sin embargo, ha reducido rápidamente la distancia. Empresas como Baidu, Alibaba y Tencent invierten miles de millones de dólares en investigación, mientras que el Estado impulsa programas para formar especialistas, ampliar la capacidad computacional y disminuir la dependencia tecnológica del exterior.

La competencia incluye el acceso a datos, la fabricación de semiconductores, la infraestructura de centros de datos, la disponibilidad de energía para alimentar esos sistemas y la capacidad para atraer a los mejores investigadores del mundo. Los semiconductores ocupan un lugar comparable al que tuvieron el petróleo o el uranio en otros momentos históricos: son el insumo indispensable para sostener la superioridad tecnológica.

Estados Unidos ha respondido restringiendo la exportación de semiconductores avanzados y equipos de fabricación hacia China, buscando ralentizar su progreso. Beijing, por su parte, ha intensificado sus programas para desarrollar una industria nacional capaz de producir componentes estratégicos sin depender de proveedores extranjeros. Así, la competencia tecnológica se ha convertido también en una guerra industrial y comercial.

La competencia incluye el acceso a datos, la fabricación de semiconductores, la infraestructura de centros de datos, la disponibilidad de energía para alimentar esos sistemas y la capacidad para atraer a los mejores investigadores del mundo.

El escenario se sigue complejizando cuando vemos que el poder real de la IA va mucho más allá de su propio mercado: la IA funciona como una tecnología multiplicadora, es decir, incrementa la eficacia de casi todos los demás sectores de la economía. Acelera todo lo que toca. Es en este punto donde el camino de la IA se abre del de la carrera armamentística nuclear: mientras las armas nucleares eran instrumentos de disuasión cuya utilidad residía, paradójicamente, en no ser utilizadas, la inteligencia artificial genera poder precisamente en la medida en que se utiliza. Y esto es así porque se trata de una guerra por los estándares sobre los que funcionará la economía mundial durante el siglo XXI.

Pero reducir el poder de la IA a una pelea entre Estados Unidos y China sería, finalmente, darle la razón a Stalin: el mundo será del Estado que pueda prevalecer sobre otro (antes con armas, ahora con patentes —y también con armas—). Pero Bratton concibe el poder computacional como un poder en sí mismo: la computación es “la” gobernanza. La cita es larga, pero vale la pena palabra por palabra:

La autoridad de los Estados, extraída del consenso rudimentario del diagrama geográfico político westfaliano, nunca ha estado más arraigada ni ha sido más ubicua, y nunca ha sido más obsoleta y frágil que hoy en día (…) No se trata tanto de que el Estado decaiga per se, sino de que nuestra condición contemporánea se ve matizada tanto por una perforación y licuefacción desfronterizadoras de la capacidad de este sistema para mantener el monopolio de la geografía política, como por una sobrefronterización, que se manifiesta como una proliferación inexplicable de nuevas líneas, marcos endógenos, segmentos anómalos, retornos medievales, interiores informáticos, externalidades ecológicas, megaciudades-Estado, y mucho más. Estas zonas se pliegan y giran unas sobre otras, entrelazándose en máquinas espaciales y violentas de una ominosa complejidad jurisdiccional. Las fronteras se militarizan, al mismo tiempo que se las perfora o se las ignora. Sin embargo, la simultaneidad de todo esto solo es contradictoria a primera vista. Desfronterización y sobrefronterización dan testimonio de la crisis de diseño westfaliano, y, de hecho, de la fuerza de la ley que determinaría la capacidad del Estado para convocar y constituir soberanía solo en relación con esa imagen particular […] lo que está en juego es algo más que una nueva forma de actuar de los Estados o un nuevo conjunto de tecnologías que requieren gobernanza; se trata más bien de una escala de tecnología que viene a absorber funciones del Estado y la labor de la gobernanza.

…lo que está en juego es algo más que una nueva forma de actuar de los Estados o un nuevo conjunto de tecnologías que requieren gobernanza; se trata más bien de una escala de tecnología que viene a absorber funciones del Estado y la labor de la gobernanza.

Crawford es más escéptica. La IA, sostiene, está diseñada invariablemente para amplificar y reproducir las formas de poder para cuya optimización ha sido implementada. No cree tanto en la configuración de un nuevo poder como en el fortalecimiento de poderes ya conocidos. Para esto, tira del hilo de la IA hasta que se vuelve concreta, real. Dice: “la IA nace de las lagunas saladas de Bolivia y las minas en el Congo, construida a partir de conjuntos de datos etiquetados por crowdsourcing que buscan clasificar acciones, emociones e identidades humanas. Se usa para maniobrar drones en Yemen, dirigir a la policía de inmigraciones en Estados Unidos y modular puntajes crediticios sobre los valores y los riesgos de la vida humana a lo largo del mundo”. Para la autora, detentar el poder de la IA es detentar el poder extractivo:

Bajo tierra, la política extractiva de la IA se vuelve literal. Minerales de tierras raras, agua, carbón y petróleo: el sector tecnológico excava la tierra para alimentar sus infraestructuras de alto consumo energético (…) Esta opacidad de la cadena de suministros para la computación en general, y para la IA en particular, es parte de un modelo de negocio establecido hace mucho tiempo que consiste en extraer el valor de los bienes comunes y evitar la compensación por los daños duraderos. La mano de obra representa otra forma de extracción. Desde los mineros que extraen estaño en Indonesia, a los trabajadores de crowdsourcing en la India que completan tareas en el Mechanica Turk de Amazon, a los trabajadores de las fábricas del iPhone de Foxconn en China, la fuerza laboral de la IA es mucho mayor de lo que solemos imaginar. Se necesitan miles de personas para mantener la ilusión de la automatización: etiquetando, corrigiendo, evaluando y editando sistemas de IA para que parezca que no tiene fisuras. Otros cargan paquetes, conducen para aplicaciones de transporte y entregan comida. Los sistemas de IA los vigilan a todos mientras exprimen al máximo la funcionalidad de los cuerpos humanos: las complejas articulaciones de los dedos, los ojos y las rodillas son más baratas y fáciles de adquirir que los robots.

Esta respuesta a la pregunta de quién detenta el poder de la IA —el capitalismo extractivista, si seguimos la lógica de Crawford— deja a las regiones que no desarrollan IA —América Latina, África, por ejemplo— en un lugar de profunda desventaja. Es que discutir el poder de quienes detentan la IA es también discutir el rol de quienes no lo detentan (tampoco detentaban el control de los factores de poder en el siglo XX, por cierto). Esto le sigue dando algo de vigencia a Stalin, en caso de que su frase fuera cierta, en el sentido de que las relaciones políticas entre las instituciones —a los Estados debemos sumarles ahora las empresas transnacionales (¿cuántos tanques tiene Nvidia?)— se siguen midiendo por la capacidad que posean para violentar a otros actores. avanzNada nuevo bajo el sol.