SEPTIEMBRE-OCTUBRE
2026
“Renace la energía nuclear en América Latina”, anunció en 2006 la agencia de noticias Inter Press Service. Luego de la desnuclearización de la década del 90, motivada tanto por la nueva hegemonía norteamericana como por los planes de ajuste estructural aplicados en la región, Argentina, Brasil y México podían volver a anunciar nuevos proyectos nucleares gracias al despegue de sus economías. Se preveía que el aporte energético nuclear en la región (1,9% del total) se podía duplicar en una década. Según la agencia, Argentina buscaba aumentar un 150% su capacidad; Brasil, un 400%; y México proyectaba ocho reactores nuevos para 2025.
Todo ese entusiasmo se apagó el 11 de marzo de 2011, cuando un terremoto de magnitud 9,1 provocó un tsunami que inundó la central nuclear de Fukushima, haciendo fallar los generadores diésel de refrigeración. Sobrevino un humor antinuclear en todo el mundo, que fue aprovechado por los viejos enemigos de la energía atómica, con los ambientalistas a la cabeza. Paul Isbell, un especialista en relaciones internacionales, comparó el momento con la crisis del petróleo de los años 70 y los accidentes de Three Mile Island (1979) y Chernóbil (1986), que frenaron la primera expansión nuclear mundial. El ambientalista uruguayo Gerardo Honty, por su parte, se ensañó con la supuesta incapacidad latinoamericana para afrontar una tecnología de esa complejidad y riesgo, y propuso redirigir ese esfuerzo a las energías renovables.
En la región, las reacciones de los gobiernos variaron: Bolivia, Perú y Venezuela suspendieron sus planes nucleares inmediatamente; Chile, Ecuador y Uruguay continuaron con los estudios exploratorios ya iniciados pero limitaron su pretensión de ir más allá de eso. Argentina, Brasil y México defendieron la continuidad de sus programas argumentando menor riesgo sísmico y mejores sistemas de seguridad que los de Fukushima: Argentina inauguró la central de Atucha II, Brasil ratificó la de Angra III y México apuntó a lograr un 10% de aporte energético nuclear en diez años. Pero el viento antinuclear soplaba en contra y el ciclo de optimismo latinoamericano se fue agotando.
A quince años de aquel apagón, hoy el mundo proclama un “renacimiento nuclear”, y América Latina una vez más busca la manera de ser parte de eso. En Traza Continental hacemos una revisión del estado de situación para el presente y el futuro de esta fuente de energía.
NUEVOS COMPROMISOS PARA EL FUTURO
En la COP28, la cumbre climática de la ONU celebrada en Dubái durante 2023, 22 países se mostraron a favor de reforzar la energía nuclear para recortar las emisiones de carbono y se comprometieron a triplicar la capacidad mundial para 2050. Al año siguiente, la energía atómica alcanzó un nuevo récord de generación energética a nivel mundial al superar el pico previo de 2006. En julio de 2026 había 440 reactores nucleares operando en 31 países que producen en torno al 9% del total de la electricidad mundial. Las proyecciones para el próximo cuarto de siglo oscilan entre un aumento del 50% de la capacidad nuclear global, en el escenario más modesto, y casi un 300%, en el más optimista: hay 79 reactores en construcción y 120 planificados, y más de 40 países cuentan con planes activos de expansión nuclear. La inversión global en el sector —alrededor de 65 mil millones de dólares anuales— podría llegar a 120 mil millones para 2030 si se cumplen todos los compromisos anunciados.
El renacimiento nuclear fue consagrado en la Cumbre de Energía Nuclear de París, celebrada el 10 de marzo de 2026. Allí 33 países reafirmaron a la energía atómica como “recurso estratégico” en una declaración conjunta y 38 países firmaron la Declaración para Triplicar la Energía Nuclear. El argentino Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) y actual candidato a secretario general de la ONU, declaró que “todas las condiciones apuntan hacia la plena integración de la energía atómica en la matriz energética mundial”. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, calificó de “error estratégico” el retroceso nuclear europeo y anunció una garantía de 200 millones de euros para atraer inversión privada al sector. La intervención más simbólica fue la del representante japonés, quien, un día antes del decimoquinto aniversario del accidente de Fukushima, informó que su país había reiniciado 15 reactores y buscaba dar “uso máximo” a la energía atómica. Emmanuel Macron, anfitrión del evento y presidente de la siempre pronuclear República Francesa, sonreía.
Las proyecciones para el próximo cuarto de siglo oscilan entre un aumento del 50% de la capacidad nuclear global, en el escenario más modesto, y casi un 300%, en el más optimista…
Quizás la muestra más clara de alineamiento de las élites globales alrededor del interés por la energía atómica es el discurso de Maria Korsnick, directora ejecutiva del Nuclear Energy Institute, asociación comercial del sector en Estados Unidos, durante el Nuclear Energy Policy Forum de mayo de este año celebrado en Washington. Si en la edición 2025 del Foro, Korsnick había ofrecido un discurso casi defensivo, centrado en proteger los incentivos existentes para el desarrollo de una energía limpia, en 2026 pasó a la ofensiva llamando a una “segunda gran expansión nuclear”: industrialización y escalamiento del sector sobre la base de la iniciativa privada, la desregulación y los incentivos fiscales. Totalmente alineada con el trumpismo, Korsnick presentó a la energía atómica como una “energía generacional”, que puede operar 80 años o más y ser la base para recuperar la “grandeza nacional”.
El renacimiento nuclear no es una idea nueva y avanza de manera más silenciosa y gradual de lo que pregonan sus profetas. La pregunta de 2026 no es si la energía atómica va a cambiar el mundo, sino qué tecnologías concretas están progresando para ello y cuáles son las condiciones de este renacimiento.
El funcionamiento básico de una central nuclear consiste en aprovechar la fisión del uranio para calentar agua y así impulsar turbinas de vapor que generen electricidad. Toda innovación efectiva tiene que mejorar una de esas variables. En relación al combustible, el Departamento de Energía de Estados Unidos licitó proyectos piloto de producción de líneas de combustible nuclear avanzado, mientras numerosas startups exploran alternativas para reemplazar a la actual fisión nuclear (liberar energía dividiendo un pesado núcleo de uranio en partes más pequeñas) por la fusión nuclear (unir núcleos ligeros de hidrógeno para formar uno más pesado), más limpia, más segura, más barata, prácticamente inagotable, un viejo sueño atómico que por ahora avanza de manera intensiva.
Pero la estrella más brillante del nuevo cielo atómico son, sin duda, los reactores modulares pequeños (small modular reactors; SMR, por sus siglas en inglés). Una planta nuclear promedio insume, entre planificación y construcción, 10 años y al menos cinco mil millones de dólares. Pequeños y modulares, estos reactores tienen menores costos de fabricación y operación: pueden prefabricarse y luego enviarse e instalarse in situ, y producen unos 500 megavatios (MW), lo suficiente para abastecer a ciudades medianas, regiones rurales o islas. Algunos estudios incluso recomiendan instalar SMR en antiguas plantas de carbón para aprovechar la logística, el terreno y la mano de obra disponibles. De hecho, uno de los proyectos del Departamento de Energía estadounidense es instalar un SMR en el río Clinch, sede de varias usinas eléctricas a carbón, a cargo de la legendaria Tennessee Valley Authority, creada por el presidente Franklin D. Roosevelt en 1933.
Pero la estrella más brillante del nuevo cielo atómico son, sin duda, los reactores modulares pequeños (small modular reactors; SMR, por sus siglas en inglés).
En este momento hay unos 60 proyectos de SMR en desarrollo que, de concretarse, podrían aportar entre 5% y 24% de la nueva capacidad nuclear global. Entre ellos están los desarrollos de gigantes como la británica Rolls-Royce o GE Vernova Hitachi (alianza nuclear creada por General Electric e Hitachi), los de innovadores como NuScale, Holtec y TerraPower (fundada por Bill Gates), o proyectos más periféricos como el Bharat Small Reactor, de India, o la Central Argentina de Elementos Modulares (CAREM). Pero, por ahora, el único modelo comercial de SMR que anunció operaciones inminentes es el Linglong One de China.
En este momento hay unos 60 proyectos de SMR en desarrollo que, de concretarse, podrían aportar entre 5% y 24% de la nueva capacidad nuclear global.
CLIMA DE ÉPOCA: LAS TENDENCIAS QUE IMPULSAN LA EXPANSIÓN NUCLEAR
¿Cuáles son las causas de este “renacimiento”? La primera es bastante obvia: la necesidad de cubrir la demanda energética de 9 mil 800 millones de personas para 2050, además de llevar electricidad a 750 millones de personas que hoy no la tienen. A eso se suma la promesa de autonomía de la energía atómica. Después de la invasión rusa a Ucrania, los países descubrieron el costo de depender energéticamente de socios dudosos y factores volátiles. Las energías renovables, por su lado, son una fuente de energía intermitente y difícil de predecir. El objetivo es asegurar el suministro de energía sin depender de factores externos, como el viento, el sol o el Kremlin. “Una planta nuclear no depende de nadie ―dice Grossi, siempre afecto a las frases efectistas―, la prendes y la apagas cuando quieres y la tienes por cien años. Da una enorme capacidad de maniobra”.
Más allá de sus ventajas inherentes, el renacimiento nuclear está impulsado por dos grandes factores de época. Uno es el agravamiento de la crisis climática, instalado en el debate global luego de una serie de récords de temperatura estivales en ambos hemisferios. Si bien la energía atómica, tal como se produce hoy, no es renovable (el uranio no es infinito), la fisión nuclear no emite óxidos de carbono, ni de azufre, ni de nitrógeno, ni cenizas a la atmósfera, aunque sí genera residuos radiactivos de volumen discreto y estrictamente regulados. La atómica es la segunda fuente de electricidad baja en carbono después de la hidroeléctrica, con un 20% de participación en el total de electricidad limpia.
Si bien la fisión nuclear no es barata, es más austera que otras fuentes de energía en cuanto a espacio e insumos: cinco gramos de uranio producen la misma energía que una tonelada de carbón o 500 litros de petróleo. Una planta nuclear ocupa de diez a veinte veces menos de espacio que una planta solar (y hasta ochenta veces menos que una eólica) de capacidad equivalente. En muchos casos esa superficie es espacio verde que se pierde o biomas que se alteran. Las empresas europeas con menor huella de carbono son las de Francia, Bélgica, Austria, España y los países nórdicos, países con una amplia generación nuclear, hidroeléctrica, solar y eólica. En la otra punta del ranking están las firmas de Alemania, Polonia y Grecia, que siguen dependiendo del carbón. Turquía avanza en la construcción de cuatro reactores nucleares solo para cumplir con las metas de carbono de la Unión Europea y no afectar sus exportaciones.
El segundo factor de época es el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) y su creciente consumo de energía. Goldman Sachs estima que la demanda eléctrica de centros de datos podría subir 160% para 2030. En Estados Unidos, los centros de datos representaron alrededor del 50% del aumento de la demanda eléctrica de 2025. En el Simposio Internacional sobre Inteligencia Artificial y Energía Nuclear organizado por el OIEA, en diciembre de 2025, Grossi habló de “átomos para algoritmos”, referencia directa a los “átomos para la paz” que propuso Dwight Eisenhower en 1953, un año después de que Estados Unidos detonara Ivy Mike, la primera bomba de hidrógeno. En este caso se trata de una “alianza estructural” entre la IA y la energía nuclear, en particular los SMR, especialmente aptos para los centros de datos por la posibilidad de ser construidos en unidades segmentadas y desplegados por fases, al mismo ritmo en que crece un clúster de IA.
Según la Agencia Internacional de Energía (AIE) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la energía atómica suministra hoy cerca del 15% de la electricidad de los centros de datos a nivel mundial. Pero las big tech ya avanzan en proyectos para aumentar la dosis nuclear: a lo largo de 2026, Amazon, Google, Meta y Microsoft firmaron por lo menos un acuerdo de largo plazo con algún operador nuclear. En algunos casos son asociaciones directas con desarrolladores de SMR como TerraPower o X-energy o inversión en la reactivación de plantas existentes, como el caso de Three Mile Island. Pero en la mayor parte de los casos, las grandes empresas prefieren ser compradoras de energía, no propietarias ni desarrolladoras de plantas nucleares, y arreglan acuerdos de compra directa con operadores.
…se trata de una “alianza estructural” entre la IA y la energía nuclear, en particular los SMR, especialmente aptos para los centros de datos por la posibilidad de ser construidos en unidades segmentadas y desplegados por fases, al mismo ritmo en que crece un clúster de IA.
EL MAPA ATÓMICO DEL MUNDO
Hoy el mapamundi atómico se concentra en cinco naciones que producen más del 70% de la energía nuclear mundial: Estados Unidos, Francia, China Rusia y Corea del Sur, en ese orden, según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA, por sus siglas en ingles). Sin embargo, según el índice de Axis Intelligence, que computa capacidad, crecimiento de nuevos reactores, participación en la producción mundial de energía nuclear y participación de la producción nacional de electricidad, el ranking nuclear de 2026 ubica primero a China, seguida por Estados Unidos, Francia, Corea del Sur, Ucrania, Rusia, Canadá y Japón.
Estados Unidos tiene el parque atómico más eficiente del mundo, pero no tiene nuevos reactores comerciales en construcción y está reiniciando viejas centrales atómicas desmanteladas: Palisades, en Michigan, operada por Holtec, y la Three Mile Island, rebautizado Crane Clean Energy Center y operada por Constellation Energy bajo un acuerdo de 20 años con Microsoft. Pero al presidente Donald Trump eso no le alcanza e impulsó órdenes ejecutivas para llevar la capacidad nuclear norteamericana de 100 a 400 gigavatios (GW) en 2050. Varios observadores desconfían de semejantes números: Bloomberg proyecta un crecimiento neto de solo 7% (unos 7 GW) para fin de la década, impulsado sobre todo por reinicios de reactores viejos, mejoras de potencia y extensiones de licencia.
China, por su parte, concentra casi la mitad de los reactores en construcción —38 de un total de 79— y podría alcanzar un 20% de participación en la producción nuclear mundial y superar a Estados Unidos y Europa en capacidad instalada antes de que termine la década. Francia genera alrededor del 70% de su electricidad con energía nuclear, la proporción más alta del mundo. En Rusia, ese número alcanza el 18%. Pero el objetivo ruso es otro: la Corporación Estatal de Energía Atómica (Rosatom) prevé que para 2030 el 65% de su facturación provenga de negocios internacionales, como el diseño, la construcción, el financiamiento y la operación de centrales. En este momento, Rusatom —la estructura de Rosatom orientada al desarrollo de negocios internacionales y a la presencia comercial del grupo en distintos mercados— gestiona la construcción de 34 unidades en 12 países. A eso se suma la “diplomacia nuclear” rusa: programas de cooperación y formación de profesionales, con particular foco en América Latina.
Un acuerdo entre el OIEA y el Banco Mundial en junio del año pasado abrió el financiamiento a la energía nuclear, antes vedado. Esto puede ampliar el juego atómico a nuevas naciones: Bangladesh, Egipto y Turquía se encuentran en etapas avanzadas de construcción de sus primeras centrales; Ruanda y Etiopía buscan diversificar su matriz con energía nuclear. Un viejo jugador atómico como India avanza hacia la apertura de su sector nuclear, históricamente estatal, a la inversión privada, mediante la asociación público-privada: la estatal Nuclear Power Corporation of India Limited (NPCIL) retiene diseño, control de calidad y operación, mientras los privados aportan capital, terrenos y agua de refrigeración, siempre regulados por la autoridad nacional.
China, por su parte, concentra casi la mitad de los reactores en construcción —38 de un total de 79— y podría alcanzar un 20% de participación en la producción nuclear mundial y superar a Estados Unidos y Europa en capacidad instalada antes de que termine la década.
EL LUGAR DE AMÉRICA LATINA EN EL MAPA NUCLEAR
América Latina se reconecta con el interés atómico a partir de los mismos problemas del resto del mundo, desde la crisis climática y la necesidad de asegurarse un suministro estable de energía —las sequías recientes de Colombia, Ecuador y El Salvador expusieron la vulnerabilidad de la matriz hidroeléctrica regional— hasta la voluntad de reducir emisiones, en especial en países con alto consumo de combustible fósil, como Argentina y México. Sin embargo, la región no deja atrás sus problemas históricos. Los costos, plazos y condiciones de un programa nuclear no maridan bien con las deficiencias estructurales e institucionales de la región, ni tampoco con los tiempos cortos de la política latinoamericana.
Pensando en las debilidades y oportunidades de la región, el ya citado Grossi acordó un memorando entre el OIEA y el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) para fortalecer la cooperación nuclear regional. Grossi confía en que la región puede construir “uno de los corredores de IA más sostenibles del mundo” combinando crecimiento digital con SMR. Otra iniciativa del OIEA es la Red Regional de Reactores de Investigación e Instituciones relacionadas en América Latina y el Caribe (Rialc) para mejorar la cooperación nuclear y el intercambio técnico en la región, a la que se integraron nueve países: Argentina, Brasil, México, Perú, Colombia, Bolivia, Chile, Cuba y Jamaica.
Por debajo de estas iniciativas multilaterales, cada nación latinoamericana está operando a su manera el renacimiento nuclear. Venezuela detuvo sus planes tras Fukushima; Cuba lo hizo tras la caída de la Unión Soviética. Chile, Paraguay y Ecuador también limitaron su actividad nuclear, aunque el último país discute la inclusión de la energía atómica en su estrategia de transición. Bolivia construye un reactor de investigación RB-01 en El Alto con tecnología rusa de Rosatom. El Salvador firmó un memorando con Estados Unidos con miras a un desarrollo nuclear que provea la cuarta parte de su matriz energética para 2050; lo mismo hizo Paraguay con el propósito de ampliar capacidades. Colombia opera un reactor de investigación y en su Plan Energético Nacional 2022-2052 contempla sustituir plantas de carbón por SMR para 2038. Perú también opera reactores de investigación y aprobó una ley que habilita los SMR para generación comercial.
Pero, por ahora, los únicos países latinoamericanos productores de energía atómica siguen siendo México, Brasil y Argentina. El primero evalúa hasta cuatro reactores adicionales y mantiene desde 2015 un acuerdo de cooperación nuclear con Rusia, pese a la desconfianza pública y a las bajas calificaciones de seguridad que le dio al país la Asociación Mundial de Operadores Nucleares. Al igual que Argentina, México aloja el combustible gastado in situ (piletas de enfriamiento y luego almacenamiento en seco), sin que exista aún una solución definitiva para esos residuos radiactivos. Brasil cubre casi el 3% de su electricidad con las centrales de Angra I y II, mientras Angra III sigue paralizada por falta de financiamiento. Pero las novedades nucleares brasileñas, una vez más, se dan alrededor de los SMR. En este caso se trata de un proyecto militar: un prototipo de reactor de agua presurizada y el desarrollo del ciclo del combustible, de cara al futuro submarino de propulsión nuclear Álvaro Alberto, una apuesta de Brasil por proyectarse como potencia del Atlántico Sur.
Por último, Argentina es dueña del complejo nuclear más grande de América Latina (tres centrales, el ciclo de combustible completo y el proyecto de SMR CAREM25, retrasado desde 2017). Los Lineamientos de la Política Nuclear que presentó el gobierno de Javier Milei en 2026 proyectan extender la vida útil de los reactores, ampliar la participación privada en las inversiones y fomentar las exportaciones de servicios, tecnologías y componentes nucleares, apuntando al liderazgo regional. Esas intenciones, sin embargo, no terminan de hermanarse con la gestión anodina del sector: alta circulación de directivos y funcionarios, anuncios no concretados y desfinanciamiento, lo que repercute en la continuidad de los proyectos y en la retención de profesionales calificados, incluso en el propio mantenimiento de la infraestructura.
América Latina se reconecta con el interés atómico a partir de los mismos problemas del resto del mundo, desde la crisis climática y la necesidad de asegurarse un suministro estable de energía…
LOS LÍMITES Y DESAFÍOS DEL RENACIMIENTO NUCLEAR
«Renacimiento nuclear» es un concepto con más impacto que precisión. El aumento efectivo de inversiones y proyectos concretos es tan innegable como las causas que los motorizan. Pero también son evidentes los riesgos y desafíos que deberá afrontar semejante expansión. De la flota de centrales operativa actualmente, la mitad habrá cumplido hasta 60 años para 2050, y el 56% podría continuar operando hasta cumplir 80 años, sin que los datos históricos demuestren un declive de rendimiento asociado a la antigüedad. Las tasas de fabricación deben acelerarse drásticamente y la disciplina operativa es fundamental para evitar los sobrecostos que el sector nuclear sufre de manera endémica.
Otro desafío es el suministro de combustible: el precio del uranio se duplicó desde 2020, Kazajistán concentra el 43% de la extracción mundial y la capacidad de enriquecimiento está en manos de pocos países. La gestión de residuos radiactivos sigue sin resolverse. Y la naturaleza de doble uso de la tecnología nuclear genera riesgo de proliferación de armas (el acuerdo Estados Unidos-Arabia Saudita de julio de 2026, por ejemplo, no cumple los estándares de no proliferación del acuerdo Estados Unidos-Emiratos Árabes Unidos de 2009). También es importante no construir centrales cerca de zonas de conflicto, para no correr la suerte de la planta de Zaporiyia, en Ucrania. Y esas zonas, en el actual contexto global, se multiplican por doquier.
El mayor obstáculo sigue siendo económico: en los últimos 20 años, ningún país occidental logró construir un reactor nuevo en tiempo y dentro del presupuesto. Los costos nucleares siguen subiendo y el financiamiento depende cada vez más de préstamos respaldados por el Estado y de acuerdos de compra a largo plazo con grandes empresas tecnológicas que, a su vez, también dependen de créditos fiscales y préstamos públicos.
Un informe del Carnegie Endowment de junio de 2026 concluye que la supuesta “alianza estructural” entre IA y energía nuclear es engañosa; son industrias con ritmos incompatibles: los proyectos nucleares tardan entre 10 y 15 años, mientras el crecimiento de los centros de datos es inmediato. Aun si se cumplen todos los acuerdos nucleares-IA, hacia 2035 cubrirán menos del 20% de la demanda energética proyectada. La inversión en energía solar, almacenamiento en baterías y gas natural avanza mucho más rápido y con costos más bajos. Las grandes empresas tecnológicas ya están suficientemente endeudadas financiando la construcción de centros de datos como para dilapidar capital en apuestas nucleares a largo plazo. Tampoco les sobra capital social: el rechazo público por el alza en las facturas eléctricas atribuida a los centros de datos es creciente. Si bien el apoyo público a la energía nuclear está en máximos históricos, un accidente nuclear en cualquier parte del mundo podría dañar a las big tech aunque no tuvieran responsabilidad directa, además de la posibilidad de quedar enredadas en los interminables litigios y negociaciones por residuos nucleares y proliferación.
Tampoco los SMR alcanzan para sostener el optimismo. Todavía ningún proyecto cuenta con certificado de diseño ni licencia de construcción y operación, y varios fueron cancelados. Arnie Gundersen, un ingeniero nuclear arrepentido devenido ambientalista, sostiene que los SMR son “reactores de PowerPoint”: existen diseños y presentaciones, pero ninguna planta construida. Aun en el caso de concretarse, conservarían todos los riesgos de un reactor convencional —de hecho, usan uranio más enriquecido, cercano al grado utilizable en armamento, y su núcleo compacto puede generar más fugas de neutrones— sin beneficiarse de las economías de escala que en teoría abaratarían la electricidad. Todo esto llevó al dirigente ambientalista Jonathon Porritt a equiparar el actual entusiasmo nuclear con fenómenos como las criptomonedas y el hidrógeno verde.
Era previsible que con el entusiasmo nuclear afloraran los eternos enemigos de la energía atómica. Pero también es esperable que este entusiasmo se mezcle con exageraciones y especulaciones en un contexto global política y económicamente tan inestable como el actual, marcado por posiciones radicalizadas, disputas por la hegemonía global y una alta volatilidad de los negocios y los precios internacionales. En el mejor de los casos, así como la primera era nuclear vino envuelta en el aire pesado de la Guerra Fría, esta segunda era podría quedar enmarcada por el clima inestable de la desglobalización.
El mayor obstáculo sigue siendo económico: en los últimos 20 años, ningún país occidental logró construir un reactor nuevo en tiempo y dentro del presupuesto. Los costos nucleares siguen subiendo y el financiamiento depende cada vez más de préstamos respaldados por el Estado y de acuerdos de compra a largo plazo con grandes empresas tecnológicas…
