LA ELECCIÓN “VUELO 93”
MICHAEL ANTON

El vuelo 93 de United Airlines fue uno de los cuatro aviones secuestrados el 11 de septiembre de 2001. A diferencia de los otros tres, los pasajeros se rebelaron contra los secuestradores e intentaron recuperar el control de la cabina, y el avión acabó estrellándose en un campo de Pensilvania. Michael Anton —actual director de la Oficina de Planificación de Políticas del Departamento de Estado— utilizó esta figura, por lo demás sensible en la cultura estadounidense, para hacer una crítica demoledora al conservadurismo que rechazaba la primera candidatura de Donald Trump, argumentando que la elección de 2016 era la oportunidad que tenía el Partido Republicano para tomar el control de la aeronave llamada Estados Unidos y, por lo menos, hacer el intento por salvarla. El ensayo de Anton, publicado meses antes de la jornada electoral en The Claremont Review of Books y firmado bajo el seudónimo Publius Decius Mus —en honor a la estirpe de abuelo, padre e hijo que se sacrificaron por la antigua Roma—, generó revuelo entre las élites intelectuales y atrajo la atención del propio Donald Trump, quien después de su triunfo convocaría a Anton a formar parte de su primera administración como asesor para la comunicación estratégica del Consejo de Seguridad Nacional. “La elección de 2016 pondrá a prueba si la virtù sigue presente en el corazón de la nación estadounidense”, afirmó Anton. Los resultados son conocidos por todos.

A casi diez años de la publicación del texto que catapultaría a uno de los funcionarios más importantes de Foggy Bottom y que se convertiría en uno de los escritos obligados de la derecha estadounidense, cabe preguntarnos si la figura del Vuelo 93 sigue vigente. Trump sin duda tomó el control de la cabina, lo que no sabemos es si el avión terminará por estrellarse. En Traza Continental, traducimos por primera vez al castellano una de las piezas más importantes que testimonian las motivaciones y preocupaciones del pensamiento conservador alineado al trumpismo.

2016 es la elección del vuelo 93: tomar el control de la cabina o morir. Puede que mueran de todos modos. También puede que ustedes, o el líder de su partido, lleguen a la cabina y no sepan cómo volar o aterrizar el avión. No hay garantías.

Excepto una: si no lo intentan, la muerte es segura. Para completar la metáfora: una presidencia de Hillary Clinton es como jugar a la ruleta rusa con una semiautomática. Con Trump, al menos pueden girar el tambor y arriesgarse.

…una presidencia de Hillary Clinton es como jugar a la ruleta rusa con una semiautomática. Con Trump, al menos pueden girar el tambor y arriesgarse.

Para los oídos conservadores comunes y corrientes, esto suena a exageración. Lo que está en juego no puede ser tan trascendental, porque nunca lo es, excepto quizás en las páginas de Gibbon [Edward Gibbon, historiador británico conocido por su Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, N. del T.]. Los intelectuales conservadores insistirán en que no ha habido un “fin de la historia” y que todos los desenlaces posibles permanecen abiertos. Incluso admitirán, como hace Charles Kesler, que Estados Unidos está en “crisis”. Pero, ¿qué tan grande es la crisis? ¿Pueden estar las cosas tan mal de verdad si a los ocho años de Obama le siguen otros ocho de Hillary y, aun así, los conservadores constitucionalistas siguen esperando tranquilamente la restauración de nuestros preciados ideales? ¡Cruz 2024! [Se refiere a Ted Cruz, senador republicano por Texas, que fue el principal rival de Donald Trump en las primarias presidenciales de 2016. La exclamación es irónica: Anton se burla de los conservadores que, ante la crisis que describe, se conforman con esperar pacientemente a las siguientes elecciones. N. del T.].

No es por criticar (demasiado) a Kesler, que es menos injustificadamente optimista que la mayoría de los conservadores, y que, al menos, plantea la pregunta correcta: ¿Trump o Hillary? Aunque su respuesta —“incluso si [Trump] hubiera elegido sus políticas al azar, serían más sensatas que las de Hillary”— es injustificadamente poco generosa. La verdad es que Trump articuló, así sea de forma incompleta e inconsistente, las posturas correctas sobre los temas correctos —inmigración, comercio y guerra— desde el inicio.

Pero retrocedamos un momento. Una de las paradojas —y hay tantas— del pensamiento conservador durante al menos la última década es su reticencia a considerar siquiera la posibilidad de que Estados Unidos y Occidente estén encaminados hacia algo muy malo. Por un lado, los conservadores no cesan de presentar una letanía de males que aquejan al cuerpo político. La ilegitimidad. La delincuencia. Un gobierno masivo, costoso, invasivo y fuera de control. Un macartismo políticamente correcto. Impuestos cada vez más altos y servicios e infraestructuras cada vez más deteriorados. La incapacidad para ganar guerras contra enemigos tribales del sub-Tercer Mundo. Un sistema educativo desastrosamente malo que produce chicos que no saben nada y que, en los niveles primario y secundario, no puede (o no quiere) disciplinar a mocosos insolentes, y en los niveles superiores carga a los estudiantes con deudas de seis cifras por ese privilegio. Y así, sucesiva y tediosamente. Como en esa parte de la misa en la que el sacerdote solicita las peticiones particulares, agregue usted cualquier hecho deprimente sobre el declive estadounidense que desee y lo incluiré.

La verdad es que Trump articuló, así sea de forma incompleta e inconsistente, las posturas correctas sobre los temas correctos —inmigración, comercio y guerra— desde el inicio.

Los conservadores gastan por lo menos varios cientos de millones de dólares al año en think tanks, revistas, conferencias, becas y afines, quejándose de esto, aquello, lo otro y todo lo demás. Y, sin embargo, estos mismos conservadores son, en el fondo, guardianes del statu quo. Claro, quieren que algunas cosas cambien. Quieren que se adopten sus ideas favoritas —deducciones fiscales por tener más hijos y cosas por el estilo. Muchas son incluso buenas ideas. Pero ¿alguna de ellas es realmente fundamental? ¿Llegan al fondo de nuestros problemas?

Si los conservadores tienen razón sobre la importancia de la virtud, la moralidad, la fe religiosa, la estabilidad, el carácter y demás para el individuo; si tienen razón sobre la moral sexual o lo que se ha dado en llamar “valores familiares”; si tienen razón sobre la importancia de la educación para inculcar un buen carácter y enseñar los fundamentos que han definido el conocimiento en Occidente durante milenios; si tienen razón sobre las normas sociales y el orden público; si tienen razón sobre la centralidad de la iniciativa, el espíritu emprendedor, la laboriosidad y el ahorro para una economía sólida y una sociedad sana; si tienen razón sobre los efectos corrosivos que tiene para el alma un gobierno gigantesco y paternalista y su canibalización de la sociedad civil y de las instituciones religiosas; si tienen razón sobre la necesidad de una defensa fuerte y una política prudente en la esfera internacional —si tienen razón sobre la importancia de todo esto para la salud nacional e incluso para la supervivencia—, entonces deben creer —¿no es así?— que nos dirigimos hacia un precipicio.

Pero es bastante evidente que los conservadores no creen nada de eso, que no sienten ninguna urgencia semejante, ninguna necesidad inmediata de cambiar de rumbo y evitar el precipicio. Un artículo reciente de Matthew Continetti puede considerarse representativo; de hecho, casi parece escrito para ilustrar este punto. Continetti indaga en la “condición de Estados Unidos” y la encuentra deficiente. ¿Qué propone Continetti al respecto? La letanía habitual de “soluciones” “conservadoras”, con las obligadas referencias a la descentralización, la federalización, la “renovación cívica” y —¡por supuesto!— Burke [Se refiere a Edmund Burke, filósofo británico conocido como el padre del conservadurismo. N. del T]. Es decir, la típica combinación conservadora de lo inútil e inapropiado con lo utópico e irrealizable. La descentralización y el federalismo están muy bien, y como conservador, los apoyo sin reservas. Pero, ¿cómo van a salvar, o incluso mejorar de forma significativa, los Estados Unidos que describe Continetti? ¿Qué pueden hacer contra una oleada de disfunción, inmoralidad y corrupción? La “renovación cívica” ayudaría mucho, por supuesto, pero eso es como decir que la salud salvará a un paciente con cáncer. En algún punto se ha saltado un paso. ¿Cómo vamos a lograr la “renovación cívica”? Desear que una tautología se cumpla por sí sola no es una estrategia.

¿Cómo vamos a lograr la “renovación cívica”? Desear que una tautología se cumpla por sí sola no es una estrategia.

Continetti da con un enfoque más prometedor cuando escribe sobre “hacer hincapié en el ´interés nacional en el extranjero y la solidaridad nacional en el país´ mediante un repliegue de la política exterior, el ´apoyo a los trabajadores golpeados por la globalización´ y el establecimiento de ´niveles impositivos y de inmigración que fomenten la cohesión social”. Esto suena mucho al trumpismo. Pero las frases que cita Continetti están tomadas de Ross Douthat y Reihan Salam, quienes, al igual que Continetti, son vehementemente —se podría incluso decir fanáticamente— anti-Trump. Al menos ellos, a diferencia de Kesler, le reconocen a Trump el mérito de haber identificado la postura correcta sobre los temas más relevantes de la actualidad. Sin embargo, paradójicamente, no votarán por Trump, mientras que Kesler insinúa que sí lo hará. Por lo tanto, es razonable interpretar el esotérico respaldo de Kesler a Trump como un reconocimiento implícito de que la crisis es, efectivamente, bastante grave. Yo esperaría que un académico de Claremont fuese más sensato que la mayoría de los demás intelectuales conservadores, y me tranquiliza no sentirme decepcionado en este caso.

Sin embargo, también cabe preguntarse: ¿cómo se explica la narrativa de la decadencia a lo Pollyanna [Protagonista de la novela homónima de Eleanor H. Porter de 1913, cuyo nombre se ha convertido en sinónimo de optimismo ingenuo o excesivo. N. del T.] de tantos otros? Es decir, la postura de que “las cosas están realmente mal, ¡pero no tan mal como para que tengamos que considerar algo realmente distinto!”. La respuesta obvia es que en realidad no creen en la primera parte de esa afirmación. Si es así, al igual que Chicken Little [Protagonista de un cuento popular anglosajón que, ante un incidente menor, entra en pánico gritando que “el cielo se está cayendo”. Su nombre es sinónimo de alarmismo infundado. N. delT.], deberían cerrar el pico. También podrían aducirse razones de índole pecuniaria, pero abstengámonos de recurrir a esta explicación hasta que hayamos descartado todas las demás.

Sea cual fuere la razón de la contradicción, no hay duda de que existe una contradicción. Es lógicamente imposible sostener simultáneamente creencias conservadoras en los ámbitos cultural, económico y político —insistir en que nuestra realidad presente y el rumbo impulsado por la izquierda liberal son incompatibles con la naturaleza humana y socavan la sociedad— y, al mismo tiempo, creer que las cosas pueden seguir más o menos como hasta ahora, sin más que algunos retoques conservadores aquí y allá, que ni siquiera se proponen como absolutamente necesarios.

Es lógicamente imposible sostener simultáneamente creencias conservadoras en los ámbitos cultural, económico y político (…) y, al mismo tiempo, creer que las cosas pueden seguir más o menos como hasta ahora, sin más que algunos retoques conservadores aquí y allá, que ni siquiera se proponen como absolutamente necesarios.

Seamos muy claros en este punto: si realmente se cree que las cosas pueden seguir igual sin necesidad de cambios fundamentales, entonces se está admitiendo implícitamente que el conservadurismo está equivocado. Equivocado filosóficamente, equivocado en cuanto a la naturaleza humana, equivocado en cuanto a la naturaleza de la política y en sus recetas políticas. Porque, en primer lugar, pocas de esas recetas se aplican hoy en día. En segundo lugar, porque la izquierda se empeña en deshacer las pocas que están en vigor, a menudo con la ayuda de los conservadores. Y, en tercer lugar, porque la tendencia de todo Occidente se inclina cada vez más hacia la izquierda, cada vez más lejos de lo que entendemos por conservadurismo.

Si la respuesta —la de Continetti, Douthat, Salam y tantos otros— es que el conservadurismo debe seguir haciendo lo que ha estado haciendo —otra revista de políticas públicas, otro artículo sobre la reforma de la asistencia social, otro seminario de medio día sobre gobierno limitado, otra iniciativa de crédito fiscal—, a pesar de que llevamos perdiendo terreno desde hace al menos un siglo, entonces se ha aceptado implícitamente que esa supuesta filosofía no importa y que la civilización seguirá funcionando perfectamente bajo los postulados izquierdistas. De hecho, que el izquierdismo es más verdadero que el conservadurismo y superior a él.

Dirán, con palabras que recuerdan a marxismo de dormitorio universitario: “¡Pero nuestras propuestas no se han probado! ¡Aquí están nuestras ideas, esperando a ser implementadas!”. A lo que yo respondo: eh, no exactamente. Muchas soluciones conservadoras —sobre todo la reforma del sistema de seguridad social y el control de la delincuencia— se han probado y han demostrado su eficacia, pero aun así no han logrado frenar la marea. La delincuencia, por ejemplo, ha descendido desde su pico de mediados de los años 70 y principios de los 90, pero sigue estando muy por encima de la norma histórica estadounidense que se acabó cuando los liberales tomaron el control de la justicia penal a mediados de los años 60. Y hoy en día está aumentando rápidamente, a pesar de las ineficaces quejas de los conservadores. ¿Y qué ha hecho este descenso temporal de la delincuencia (o de la asistencia social, para el caso) para frenar la marea general? El tsunami de izquierdismo que aún inunda cada una de nuestras costas [En el original: “our every —literal and figurative— shore”. Shore, literalmente “costa” u “orilla”, también puede emplearse en sentido figurado para aludir a distintos ámbitos o esferas. El autor explicita ese doble sentido al añadir literal and figurative. La imagen sugiere también, de forma implícita, las costas este y oeste de Estados Unidos donde el Partido Demócrata suele ganar elecciones. N. del T.] no solo no ha retrocedido ni un ápice, sino que de hecho ha crecido. Todas esas victorias (las nuestras) son efímeras.

Más concretamente: ¿qué ha logrado el conservadurismo en tiempos recientes? ¿Y en los últimos veinte años? La respuesta —que parece ser “nada”— podría dar credibilidad al argumento de que “nuestras ideas no se han puesto a prueba”. Salvo que los encargados de vender esas ideas al público en general son los mismos conservadores que las generan. Si sus ideas “no se han puesto a prueba”, ¿quién es el responsable en última instancia? Toda la empresa del Conservadurismo, Inc. apesta a fracaso. Su único éxito reciente y continuo es su propia supervivencia. Los intelectuales conservadores nunca se cansan de elogiar a los “emprendedores” y la “destrucción creativa”. ¡Atrévanse a fracasar!, exhortan a los empresarios. ¡Que el mercado decida! Excepto, claro, cuando se trata de nosotros. ¿O es que su verdadero mercado no es la arena política, sino el circuito de recaudación de fondos?

Toda la empresa del Conservadurismo, Inc. apesta a fracaso. Su único éxito reciente y continuo es su propia supervivencia (…) ¡Atrévanse a fracasar!, exhortan a los empresarios. ¡Que el mercado decida! Excepto, claro, cuando se trata de nosotros.

Solo hay tres preguntas importantes. Primero, ¿qué tan mal están realmente las cosas? Segundo, ¿qué hacemos ahora mismo? Tercero, ¿qué debemos hacer a largo plazo?

La “respuesta” del Conservadurismo, Inc. a la primera pregunta puede simplemente descartarse. Si los conservadores desean tener un debate serio, yo, por mi parte, estoy dispuesto: más que dispuesto, encantado. El problema de la “certeza subjetiva” solo puede superarse acudiendo al ágora. Pero mi intento de hacerlo —el blog que menciona Kesler— fue recibido en gran medida con incredulidad. ¿Cómo pueden decir eso? ¿Cómo es posible que alguien aparentemente de nuestra casta (intelectuales conservadores) no solo apoye a Trump (aunque sea con tibieza), sino que además ofrezca razones para ello?

Uno de los argumentos más profundos del Journal of American Greatness era que solo en una república corrupta, en tiempos corruptos, podía surgir un Trump. Por lo tanto, resulta desconcertante que quienes más se horrorizan por Trump sean los menos dispuestos a considerar la posibilidad de que la república realmente esté muriendo. Al parecer, esa posibilidad les parece tan absurda que no es necesario refutarla.

Lo mismo ocurre, presumiblemente, con el argumento de que lo que está en juego en 2016 es… todo. Debo señalar aquí que soy bastante más pesimista que mis (antiguos) colegas del Journal y que, aunque solíamos utilizar el plural mayestático “nosotros” cuando discutíamos temas en los que todos estábamos de acuerdo, aquí hablo solo por mí mismo.

¿Cómo les ha ido, personalmente, en las últimas dos décadas? Si son miembros o simpatizantes de la clase de Davos, lo más probable es que bastante bien. Si pertenecen a la subespecie de los intelectuales o políticos conservadores, han aceptado —quizás no de forma consciente, pero sin lugar a dudas— su lugar en la lista de los Washington Generals [Equipo de básquet cuya función es ser rival permanente de los Harlem Globetrotters, perdiendo siempre para que el espectáculo de estos últimos luzca bien. Su nombre se ha convertido en sinónimo de oposición decorativa condenada a perder] de la política estadounidense. Su trabajo consiste en presentarse y perder, pero son una parte necesaria del espectáculo y les pagan por ello. Y si llegan a estar del lado ganador, es en calidad de sofistas al servicio de la oligarquía de Davos, justificando las fronteras abiertas, la caída de los salarios, la deslocalización productiva, la desindustrialización, las concesiones comerciales y las guerras interminables, sin sentido y condenadas al fracaso.

Los 16 competidores republicanos de Trump habrían garantizado más de lo mismo, al igual que la elección de Hillary Clinton. Eso ya sería bastante malo. Pero al menos los republicanos se limitan a ser reactivos ante los cambios culturales y políticos a gran escala. Su “oposición” puede ser ineficaz en todos los casos y, a menudo, indistinguible del apoyo. Pero no se inventan tonterías como los 32 “géneros”, los baños electivos, el sistema de salud de pagador único, la adulación a Irán, la “islamofobia” y el Black Lives Matter. Simplemente ayudan a ratificarlas.

Su trabajo consiste en presentarse y perder, pero son una parte necesaria del espectáculo y les pagan por ello. Y si llegan a estar del lado ganador, es en calidad de sofistas al servicio de la oligarquía de Davos…

Una presidencia de Hillary irá a fondo con toda la agenda progresista de izquierda, además de medidas que muchos aún no hemos imaginado ni en nuestros momentos más sombríos. Y eso no es lo peor. Vendrá acompañada de un nivel de persecución vengativa contra la resistencia y la disidencia que hasta ahora en el Occidente supuestamente liberal solo se había visto en los países escandinavos más “avanzados” y en los rincones más izquierdistas de Alemania e Inglaterra. Lo vemos ya en la censura que practican los operadores de redes sociales de la oligarquía davosiana; en la descarada ola de propaganda de los medios de comunicación dominantes; y en las campañas de destrucción personal —llevadas a cabo por los primeros y apoyadas por los segundos— de los “guerreros de la justicia social” [En el original Social Justice Warriors. Expresión irónica y despectiva utilizada por la derecha estadounidense para referirse a activistas progresistas que promueven causas como el feminismo, el antirracismo, los derechos LGBTQ+, entre otras, con un celo que sus críticos consideran excesivo e intolerante. N. del T.]. Lo vemos en el uso flagrante que hace Obama del IRS (Servicio de Impuestos Internos) para hostigar a sus oponentes políticos, en el gaslighting de los medios de comunicación y en la indiferencia colectiva de todos los demás. [Anton alude al escándalo de 2013 en el que se descubrió que el IRS había sometido a un escrutinio desproporcionado a organizaciones conservadoras que solicitaban estatus de exención fiscal, lo que fue denunciado como un uso político del organismo para hostigar a la oposición. N. del T.].

Es absurdo suponer que algo de todo esto se detendría o se ralentizaría —o que haría cualquier otra cosa que intensificarse enormemente— en una administración de Hillary. Es aún más ridículo esperar que la hasta ahora inútil oposición conservadora se vuelva de repente eficaz. Durante al menos dos generaciones, la izquierda ha estado llamando “nazis” a todos los que están a su derecha. Esta tendencia se ha acelerado exponencialmente en los últimos años, ayudada por algunos miembros de la derecha que realmente parecen merecer —e incluso disfrutar— esa etiqueta. No hay nada que los conservadores modernos teman más que ser llamados “racistas”, por lo que los nazis de bolsillo de la alt-right son maná caído del cielo para la izquierda. Pero también son totalmente innecesarios: lo que es bueno para el ganso, es bueno para la gansa. La izquierda ya nos llamaba nazis mucho antes de que cualquier partidario de Trump tuitease memes negando el Holocausto. ¿Y cómo se trata a un nazi —es decir, a un enemigo al que se cree decidido a destruirte—? No se pacta con él ni se lo deja en paz. Se lo aplasta.

Y entonces, ¿qué tenemos que perder si nos defendemos? Solo nuestras camisetas de los Washington Generals… y los sueldos. Pero esos desaparecerán de todos modos. Entre las muchas cosas que la “derecha” aún no entiende está que la izquierda ha llegado a la conclusión de que este espectáculo ya no tiene por qué continuar. Ya no creen necesitar un adversario funcional y prefieren ahorrarse la molestia de montar estos falsos enfrentamientos en los que, en apariencia, ambos bandos tienen alguna oportunidad de ganar.

Entre las muchas cosas que la “derecha” aún no entiende está que la izquierda ha llegado a la conclusión de que este espectáculo ya no tiene por qué continuar. Ya no creen necesitar un adversario funcional…

Por si no lo han notado, nuestro bando lleva perdiendo sistemáticamente desde 1988. Podemos ganar las elecciones intermedias, pero no hacemos nada con ellas. Podríamos describir nuestras victorias como “anibalianas”. Después de la famosa masacre del ejército romano en Cannas a manos de los cartagineses, Aníbal no marchó sobre una Roma que estaba indefensa, lo que llevó al comandante de la caballería a quejarse: “Sabes cómo ganar una victoria, pero no cómo aprovecharla”. Y, aparte del mediocre 50,7% de 2004, no somos capaces de ganar las grandes batallas.

Porque las cartas están abrumadoramente en nuestra contra. Daré solo tres ejemplos. En primer lugar, los formadores de opinión —sobre todo las universidades y los medios de comunicación— están totalmente corrompidos y se oponen por completo a todo lo que queremos, e incluso, cada vez más, a nuestra propia existencia. (¿De qué otra cosa se tratan realmente las guerras contra el “cisgénero”, antes conocido como “naturaleza”, y contra el supuesto “privilegio blanco” de los arruinados hillbillies?) [Término estadounidense que designa a los habitantes pobres de zonas rurales montañosas. Posee una fuerte carga despectiva de atraso e ignorancia, y es utilizado frecuentemente por las élites urbanas para referirse con desdén a la clase trabajadora blanca rural. N. del T.]. En caso de que los últimos 50 años no hubieran sido lo suficientemente claros, la campaña de 2015-2016 debió dejarlo en evidencia, hasta para los más obtusos: la intelectualidad —incluidos todos los órganos a través de los cuales difunde su propaganda— es abrumadoramente partidista y sesgada. Frente a esta avalancha, los medios de comunicación “conservadores” son insignificantes, apenas un susurro. No se los oye por encima del estruendo de lo que se ha denominado acertadamente “El Megáfono”.

En segundo lugar, nuestros Washington Generals se autoboicotean y autocensuran hasta el absurdo. Se supone que Lenin dijo que “la mejor manera de controlar a la oposición es liderarla nosotros mismos”. Pero con una oposición como la nuestra, ¿para qué molestarse? Nuestros “líderes” y “disidentes” se desviven por seguir las reglas autodestructivas que la izquierda les impone. Los perros asustados y maltratados tienen más thymos.

En tercer lugar —y lo más importante—, la importación incesante de extranjeros del Tercer Mundo sin tradición, gusto ni experiencia en materia de libertad significa que el electorado se vuelve más izquierdista, más demócrata, menos afín al Partido Republicano, menos comprometido con el espíritu republicano y menos tradicionalmente estadounidense con cada ciclo. Lo mismo ocurre, por supuesto, con la población estadounidense, lo que no hace sino reforzar las otras dos causas mencionadas anteriormente. Esta es la razón fundamental por la que la izquierda, los demócratas y la junta bipartidista (categorías distintas pero muy superpuestas) piensan que están a punto de lograr una victoria permanente que eliminará para siempre la necesidad de fingir que respetan las sutilezas democráticas y constitucionales. Porque lo están.

Lenin dijo que “la mejor manera de controlar a la oposición es liderarla nosotros mismos”. Pero con una oposición como la nuestra, ¿para qué molestarse?

Es por esto que las fronteras abiertas son para ellos el “valor absoluto”, el único “principio” que —cuando sus “principios” entran en conflicto— priorizan por encima de todos los demás. Si este hecho no está lo suficientemente claro, consideremos lo siguiente: Trump es el candidato republicano más liberal desde Thomas Dewey. Se aleja de la ortodoxia conservadora en tantos aspectos que la National Review aún no ha terminado de contarlos. Pero centrémonos solo en las cuestiones fundamentales que impulsan su campaña. En materia de comercio, globalización y guerra, Trump está a la izquierda (en el sentido convencional) no solo de su propio partido, sino también de su oponente demócrata. Y, sin embargo, tanto la izquierda como la junta bipartidista coinciden con los conservadores domesticados en su determinación —desesperación— no solo de derrotar a Trump, sino de destruirlo. ¿Qué está pasando?

Ah, claro, está también ese otro asunto. La sacralización de la inmigración masiva es el lazo místico que une a las clases dirigentes e intelectuales de Estados Unidos. Sus razones varían ligeramente. La izquierda y los demócratas buscan votantes para formar una mayoría electoral permanente. Ellos, o muchos de ellos, también creen en la mentira académico-intelectual de que la naturaleza intrínsecamente racista y malvada de Estados Unidos solo puede expiarse mediante una “diversidad” cada vez mayor. La élite gobernante, por supuesto, ansía mano de obra más barata y dócil. También busca legitimar y desviar la atención no deseada de su riqueza y poder fingiendo que su postura de fronteras abiertas es una forma de noblesse oblige. ¿Y los republicanos y los “conservadores”? Por supuesto, ambos desean desesperadamente que se les absuelva de la acusación de “racismo”. Para estos últimos, al menos tiene cierto sentido. Ningún Washington General puede saltar a la cancha —y mucho menos cobrar su cheque— con ese epíteto rondándole la cabeza como un espíritu satánico. Pero para los primeros, esta gracia sacerdotal se obtiene a costa directa de sus intereses terrenales. ¿Realmente creen que la política adecuada en materia de zonas de promoción económica o escuelas chárter logrará que el 50,01% de nuestros nuevos votantes finalmente revele su “conservadurismo natural” en las urnas? Eso todavía no ha ocurrido en ningún sitio y no hay indicios de que vaya a ocurrir. Y, sin embargo, el mantra republicano no se detiene: ¡más, más, más! No importa cuántas elecciones pierdan, cuántos distritos se pinten para siempre de azul, cuán raro es (si es que alguna vez sucede) que entre los inmigrantes su voto supere el 40%: la respuesta es siempre la misma. Al igual que Angela Merkel después de otra violación, tiroteo, atentado con bomba o ataque con machete. ¡Más, más, más!

Esto es una locura. Es la señal de un partido, una sociedad, un país, un pueblo, una civilización que quiere morir. Trump es el único entre los candidatos a altos cargos en este ciclo electoral —o en los últimos siete (como mínimo)— que se ha levantado para decir: quiero vivir. Quiero que mi partido viva. Quiero que mi país viva. Quiero que mi pueblo viva. Quiero acabar con esta locura.

Trump es el único entre los candidatos a altos cargos en este ciclo electoral —o en los últimos siete (como mínimo)— que se ha levantado para decir: quiero vivir. Quiero que mi partido viva. Quiero que mi país viva. Quiero que mi pueblo viva. Quiero acabar con esta locura.

Sí, Trump es más que imperfecto. ¿Y qué? Podemos lamentarnos hasta el ahogo por la falta de un gran estadista que aborde los problemas fundamentales de nuestro tiempo o, lo que es más importante, que logre conectarlos entre sí. Desde los tres fracasos de Pat Buchanan, ocasionalmente ha surgido algún candidato que ha sido capaz de ver una parte del problema: Dick Gephardt en materia de comercio, Ron Paul en materia de guerra y Tom Tancredo en materia de inmigración. Sin embargo, entre las figuras políticas recientes —grandes estadistas, demagogos peligrosos y mosquitos molestos por igual— solo Trump, el supuesto bufón, no solo vio las tres y su conexión esencial, sino que fue capaz de ganar con ellas. El supuesto bufón es, por lo tanto, más prudente —más sabio en la práctica— que todos nuestros “sabios y buenos” que lo combaten con tanta amargura. Eso debería avergonzarlos. Que sus fracasos, en cambio, los envalentonen es solo una prueba más de su estupidez y arrogancia.

Ellos lo llaman, de manera autocomplaciente, “coherencia”: la adhesión al “principio conservador” definido por la campaña de 1980 y las vacas sagradas de los think tanks conservadores del momento. Al parecer, se les escapa la necesidad superior de otra forma de coherencia al servicio del interés nacional. Cuando Estados Unidos poseía un continente vasto y vacío y una industria en crecimiento explosivo, una inmigración elevada era quizá una buena política. (Solo quizá: Ben Franklin no estaría de acuerdo). Desde la Primera Guerra Mundial, no tiene sentido. El libre comercio fue sin duda una gran bendición para los trabajadores estadounidenses en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Ahora hace mucho que superamos el punto de rendimiento decreciente. La Guerra del Golfo de 1991 fue una victoria estratégica para los intereses estadounidenses. Desde entonces, ningún conflicto lo ha sido. Los conservadores o bien no ven esto o, lo que es peor, aquellos que sí pueden verlo tratan al único líder político que plantea un desafío serio al statu quo (más inmigración, más apertura comercial, más guerra) como un mal excepcional.

La vulgaridad de Trump es, de hecho, un regalo caído del cielo para los conservadores. Les permite basar su oposición pública en las evidentes deficiencias del hombre e ignorar o restar importancia a sus fortalezas, que son mucho mayores y deberían ser aún más evidentes, aunque en estos tiempos corruptos pueden ocultarse deliberadamente mediante constantes referencias a sus defectos. Es de esperar que la izquierda centre toda la campaña en estas últimas. ¿Pero por qué lo haría la derecha? Algunos —unos pocos— sin duda creen sinceramente que este hombre simplemente no es apto para ocupar un alto cargo. David Frum, que siempre ha sido escéptico con respecto a la inmigración y que se ha convertido a la postura menos belicista, es sincero cuando dice que, aunque está de acuerdo con gran parte de su programa, no puede digerir a Trump. Pero para la mayoría de los demás #NeverTrumpers, ¿es solo una coincidencia que también estén a favor de “Invadir el mundo, Invitar al mundo”? [Invade the World, Invite the World. Expresión irónica que resume una crítica al consenso bipartidista estadounidense: intervención militar en el exterior e inmigración masiva. Anton la utiliza para sugerir que la verdadera razón por la que los #NeverTrumpers se oponían a Trump no es tanto su carácter como el hecho de que amenaza ese consenso. N. del T. ].

La vulgaridad de Trump es, de hecho, un regalo caído del cielo para los conservadores. Les permite basar su oposición pública en las evidentes deficiencias del hombre e ignorar o restar importancia a sus fortalezas…

Otra pregunta que planteó el Journal of American Greatness sin provocar ningún intento serio de refutación fue si, en tiempos de corrupción, se necesitaba a alguien… digamos… “desbocado” para sobresalir por encima del ruido de El Megáfono. Nosotros —o yo— pensamos: “sí”. Supongamos que hubiera surgido algún estadista de gran carácter, digno, elocuente, experimentado, conocedor, exactamente lo contrario de todo lo que los conservadores dicen odiar de Trump. ¿Podría este hipotético modelo haber ganado con los mismos temas que Trump? ¿Lo habrían apoyado los conservadores? Yo lo habría hecho, incluso si se hubiera tratado de un demócrata.

De vuelta al planeta Tierra, ese ejercicio de imaginación al menos nos permite abordar qué hacer ahora. La respuesta a la pregunta secundaria —¿funcionará? — es mucho menos clara. Me refiero al trumpismo, definido en términos generales como fronteras seguras, nacionalismo económico y una política exterior que antepone los intereses de Estados Unidos. Los estadounidenses, en nuestra insensatez, hemos optado por desunir al país mediante políticas estúpidas en materia de inmigración, economía y relaciones exteriores. El nivel de unidad del que disfrutaba Estados Unidos antes de que la junta bipartidista tomara el poder nunca podrá recuperarse.

Pero probablemente podamos hacerlo mejor de lo que lo estamos haciendo ahora. En primer lugar, dejar de cavar nuestra fosa. No más importación de pobreza, delincuencia y culturas ajenas. Hemos creado instituciones, según el diseño izquierdista, que no solo son pésimas en materia de asimilación, sino que aborrecen el concepto. Deberíamos intentar arreglar eso, pero dado el férreo control de la izquierda sobre todas las escuelas y centros culturales, es como intentar llevar la democracia a Rusia. Quizás sea un objetivo loable, pero debemos moderar nuestras esperanzas y no invertir tiempo y recursos de forma poco realista.

Por el contrario, el simple hecho de construir un muro y hacer cumplir la ley de inmigración ayudará enormemente, al cortar el flujo de recién llegados que perpetúa el separatismo étnico y también incentivar el uso del idioma inglés y las normas estadounidenses en los espacios de trabajo. Estas políticas tendrán el beneficio adicional de alinear los intereses económicos y (esperemos) fomentar la solidaridad entre las clases trabajadoras, medias bajas y medias de todas las razas y etnias. Lo mismo puede decirse de las políticas comerciales y los instintos antiglobalización de Trump. ¿A quién le importa si las cifras de productividad bajan o si nuestro ya somnoliento PIB se hunde un poco más en su almohada? De todos modos, casi todas las ganancias de los últimos 20 años han ido a parar a manos de la junta. En este momento, sería mejor para la nación repartir de forma más equitativa un pastel ligeramente más pequeño que añadir una porción extra, solo para garantizar que esa porción y ocho de las otras nueve vayan primero al gobierno y a sus rentistas, y el resto a las mismas cuatro industrias y 200 familias.

…sería mejor para la nación repartir de forma más equitativa un pastel ligeramente más pequeño que añadir una porción extra, solo para garantizar que esa porción y ocho de las otras nueve vayan primero al gobierno y a sus rentistas, y el resto a las mismas cuatro industrias y 200 familias.

¿Funcionará? Si le preguntas a un pesimista, obtendrás una respuesta pesimista. Así que no lo hagas. En su lugar, pregunta: ¿vale la pena intentarlo? ¿Es mejor que la alternativa? Si no puedes responder con un “sí” rotundo, o eres parte de la junta, o un tonto o un intelectual conservador.

Y si no funciona, ¿qué pasa entonces? Ya ha quedado claro que la mayoría de los antitrumpistas “conservadores” son, en el sentido orwelliano, objetivamente pro-Hillary. ¿Y qué tal el resto de ustedes? Si reconocen la amenaza que ella representa, pero de alguna manera no pueden digerirlo a él, ¿han pensado en el largo plazo? Las posibilidades parecen ser: cesarismo, secesión/fractura del país, colapso o liberalismo gerencial al estilo de Davos en el futuro previsible… lo cual, dado que nada humano dura para siempre, en algún momento dará paso a una de las otras tres opciones. Ah, y supongo que, para aquellos a los que les gusta servirse una copa y soñar a lo grande, también existe la posibilidad de una segunda Revolución Americana que restaure el constitucionalismo, el gobierno limitado y una tasa marginal máxima del 28%.

Pero para aquellos de ustedes que prefieren mantenerse sobrios: ¿pueden esbozar un futuro a largo plazo más plausible que los cuatro mencionados anteriormente, en el caso de una derrota de Trump? Yo tampoco.

Las elecciones de 2016 son una prueba —en mi opinión, la prueba definitiva— para saber si queda algo de virtù en lo que solía ser el corazón de la nación estadounidense. Si no son capaces de movilizarse simplemente para votar al primer candidato en una generación que se compromete a defender sus intereses y votar en contra de quien se jacta abiertamente de querer hacer todo lo contrario (¿alguien está para un millón más de sirios?), entonces están condenados. Puede que no merezcan el destino que les espera, pero lo sufrirán de todos modos.

*El texto original en inglés se publicó el 5 de septiembre de 2016 en The Claremont Review of Books y puede consultarse en el siguiente enlace: https://claremontreviewofbooks.com/digital/the-flight-93-election/