LA HORA DE LOS DEPREDADORES
DE GIULIANO DA EMPOLI

no hemos entendido nada de la revolución de la que somos testigos; hemos creído que es un mero acontecimiento. Estábamos en un error: es una época.

Joseph de Maistre

Ha pasado más de un año desde que Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos por segunda ocasión; sin embargo, la sensación generalizada en el mundo entero es que ha pasado más tiempo. Los cambios producidos en sólo doce meses por el ímpetu de la nueva administración republicana son del calado de transformaciones que en otros momentos de la historia hubieran llevado tres, cinco o hasta diez años.

Internet, la Inteligencia Artificial (IA) y las redes sociales se han convertido en las herramientas y el terreno de este tiempo acelerado. Y han sido las fuerzas reaccionarias del planeta las que han decidido dar un paso al frente en la reestructuración del mundo, mientras los viejos liberales y progresistas —los amantes de las reglas, del “estado de derecho”, del libre comercio, de la globalización y del cuidado del medio ambiente— ven escandalizados cómo el mundo que construyeron desde las grandes universidades, los centros de negocios, los organismos multilaterales y las ONGs se desvanece sin que puedan hacer mucho al respecto.

La destrucción cada vez más radical del orden global que prometió paz y seguridad no es, empero, producto de la voluntad de un solo hombre y su megalomanía, ni es algo nuevo. Existen fuerzas planetarias en movimiento desde hace varios años que tienen cuentas pendientes con este orden de cosas y tienen entre sus adeptos a decenas de líderes dispuestos a entregar sus vidas por su proyecto y a millones de seres humanos a lo largo y ancho del planeta pidiendo un cambio, aunque eso implique que todo lo conocido estalle por los aires. Trump, en este sentido, no es un accidente de la historia ni una anomalía, sino la expresión más acabada y grotesca de un cambio de época y de un anhelo de quienes han hecho suya esta cruzada por deshacer un mundo que una y otra vez los defraudó.

Trump (…) no es un accidente de la historia ni una anomalía, sino la expresión más acabada y grotesca de un cambio de época y de un anhelo de quienes han hecho suya esta cruzada por deshacer un mundo que una y otra vez los defraudó.

Y en este nuevo tiempo, salvo contadas excepciones, no son los defensores de las buenas costumbres ni las personas recatadas quienes están tomando el liderazgo. Son los pragmáticos, los cínicos, en suma, los “depredadores” los que han aparecido desde las sombras para ejercer el poder a través del caos. Esta es la línea de argumentación que cruza de manera transversal los doce textos cortos que componen el nuevo libro del escritor italiano Giuliano da Empoli, conocido mundialmente por Los ingenieros del caos (Oberón, 2019) y El mago del Kremlin (Seix Barral, 2023).

En su último ensayo (La hora de los depredadores, Seix Barral, 2025), Da Empoli hace un repaso por varios episodios de la política mundial contemporánea desde una perspectiva realista, muy personal y en ocasiones hasta anecdótica, ya que desde hace algunos años el autor se ha desempeñado como asesor en distintos espacios de alto nivel en su natal Italia. Para entender las disputas de poder en el mundo hoy y el papel de ciertos liderazgos, el autor nos recuerda la figura de César Borgia, tantas veces empleada por Nicolás Maquiavelo para describir el comportamiento de un tipo de ser humano que privilegia la efectividad política sobre las reglas y los principios. A estos seres Da Empoli los categoriza como “borgianos” y los detalla: “Los borgianos se concentran en el fondo, no en la forma. Prometen resolver los verdaderos problemas del pueblo: la criminalidad, la inmigración, el coste de la vida. ¿Y cómo les replican sus adversarios, los liberales, los progresistas, los buenos demócratas? Reglas, democracia en peligro, protección de las minorías”.

No solamente estamos ante “borgianos” radicalizados, sino ante toda una clase política que no sabe cómo hacer frente a este momento y se hunde en el lamento y la pasividad. Decenas de jefes de Estado y líderes en el mundo se comportan más como analistas y académicos que como hombres de poder, más como gerentes de una ONG que como dirigentes populares, porque, en el fondo, tal vez no lo sean. Son los depredadores los que han venido a ocupar su lugar, a usurpar un espacio que el mundo de las reglas y de las buenas costumbres les había dicho que no era para ellos y a poner la acción política en el centro. “El Pncipe es el manual del usurpador, del aventurero que parte a la conquista del Estado. Son muchas las lecciones que los Borgia de cualquier época pueden extraer de ese libro, pero hay una que destaca sobre las demás: la primera ley del comportamiento estratégico es la acción. En situación de incertidumbre, cuando la legitimidad del poder es precaria y tal vez cuestionada en todo momento, quien no actúe puede estar seguro de que los cambios revertirán en su contra”, dice Da Empoli.

No solamente estamos ante “borgianos” radicalizados, sino ante toda una clase política que no sabe cómo hacer frente a este momento y se hunde en el lamento y la pasividad.

En cuanto al citado cambio de época, el italiano recuerda una frase que Joseph de Maistre —uno de los padres del pensamiento reaccionario— espetó a una marquesa, que veía atónita el devenir de la Revolución francesa: “Hay que tener el valor de reconocerlo, señora: durante mucho tiempo no hemos entendido nada de la revolución de la que somos testigos; hemos creído que es un mero acontecimiento. Estábamos en un error: es una época”. Y en este punto la tesis de Da Empoli va más allá: “La hora de los depredadores, en el fondo —dice— no es más que una vuelta a la normalidad. La anomalía ha sido más bien el corto periodo durante el que se creyó embridar la sangrienta búsqueda del poder mediante un sistema de reglas”. Es decir, para el fundador de Volta —el think tank que dirige con sede en Milán, Roma y Bruselas— lo que estamos viviendo a nivel planetario no se trata de un mero acontecimiento o cambio de época, sino de un retorno al sistema que dominó las relaciones entre Estados desde antes de 1945 basado en la anarquía y el equilibrio de poderes más que en reglas claras y organismos multilaterales; un orden que se sustentaba más en la lógica de la fuerza que en la del derecho y que hundía sus raíces en una historia profunda y antigua de la humanidad. “Por muy chocantes que nos parezcan, las artimañas de los borgianos solo son la versión actualizada de lo que cuentan los libros de historia, las Vidas de Plutarco, los relatos de Suetonio, las crónicas del Renacimiento y las memorias del Antiguo Régimen. Los borgianos de hoy no leen a los antiguos, pero se reconocen en ellos”.

A la Organización de las Naciones Unidas —el tótem más acabado del llamado orden basado en reglas— Da Empoli la describe siempre con cierto humor, incluso condescendencia. Algunas veces fue testigo del baile cortesano que esos espacios propician y de negociaciones fallidas en el seno del organismo. Tras narrar cómo, después de un intento por poner un alto al fuego entre Israel y Líbano impulsado por Francia y Estados Unidos, el estado sionista no solamente se mantiene en su postura sino que el primer ministro Benjamín Netanyahu no asiste a la sesión en Nueva York, Da Empoli concluye: “Algunos mal pensados dirán luego que Netanyahu hizo creer que iría a la Asamblea General para inducir a Nasralá [entonces líder de Hezbolá asesinado en 2024 por esas fechas] a bajar la guardia. En el nuevo mundo, la ONU no es más que un señuelo que se emplea para golpear a los enemigos cuando menos se lo esperan”.

“La hora de los depredadores, en el fondo —dice— no es más que una vuelta a la normalidad. La anomalía ha sido más bien el corto periodo durante el que se creyó embridar la sangrienta búsqueda del poder mediante un sistema de reglas”.

Nueva York, Florencia, Riad, Washington, Chicago, Montreal, París, Berlín, Roma, Lisboa, Lieusaint son las ciudades a partir de las cuales el escritor detona sus reflexiones, pero no deja atrás a América Latina. Para Da Empoli, Nayib Bukele, el “Caudillo milenial”, es uno de los mejores oradores del presente y, diríamos, un borgiano por excelencia. Con 44 años, el presidente salvadoreño se ha convertido para muchos en un paradigma de la gobernabilidad: mano dura contra la delincuencia, resultados rápidos, carisma, aprobación popular y lenguaje llano y sincero. Lo importante, pues. El equilibrio de poderes, la democracia, los derechos humanos parecen ser valores muy trascendentales y decentes pero poco concretos para las grandes mayorías. Para el salvadoreño común es más importante vivir seguro  y en paz que tener a la oposición representada en el parlamento. «Las elecciones tuvieron lugar en febrero de 2024, en condiciones libres, en presencia de más de tres mil observadores internacionales que certificaron una absoluta regularidad. El Caudillo milenial fue elegido con el ochenta y cuatro por ciento de los votos y su partido, Nuevas Ideas, que no existía seis años antes, ganó cincuenta y cuatro de los sesenta escaños parlamentarios. “No somos un régimen de partido único —comenta Bukele—, somos una democracia con un partido hegemónico. En todas las democracias, el objetivo de los dirigentes es ganar todo lo que se pueda. ¿Ustedes creen que, cuando hay elecciones en Francia o en Estados Unidos, el presidente dice ‘tratemos de no superar el cincuenta y cinco por ciento para preservar el equilibrio de poderes’? Por supuesto que no, el objetivo de cualquier dirigente es obtener el mayor número de votos posible. Si no lo logran, su fracaso no puede ser mi hoja de ruta. ¿Qué tendría que haber hecho, anunciar que, como el resto de los presidentes fracasan porque son impopulares, yo tengo que dar también la mitad de mis escaños a la oposición para estar en el mismo nivel que los demás?”».

Un pensamiento racional, no cabe duda. Sin embargo, lo que no dijeron ni Bukele ni Da Empoli es que las condiciones de competencia en El Salvador para los partidos de oposición —en particular para el Frente Farabundo Martí para la liberación Nacional (FMLN), partido en el que creció Nayib— no están ni cerca de ser equitativas: sus militantes sufren persecuciones, exilios y encarcelamientos sin que haya muchas consecuencias. Pero como ya vimos, los borgianos se concentran en el fondo, no en las formas.

Para Da Empoli, Nayib Bukele, el “Caudillo milenial”, es uno de los mejores oradores del presente y, diríamos, un borgiano por excelencia. Con 44 años, el presidente salvadoreño se ha convertido para muchos en un paradigma de la gobernabilidad.

El libro de Da Empoli ha sido descrito como “…un examen escalofriante de un nuevo mundo en caos”, “…un análisis minucioso de la aceleración de los trastornos mundiales”, “Un libro oscuro y deslumbrante”, “…una guía urgente para entender la crisis global y el mundo que se avecina”. Es todo eso, pero también un ensayo que logra generar en el lector todo tipo de pensamientos y afectos: miedo, interés, angustia, sorpresa y, para quienes están o han estado cerca del poder, cierta satisfacción e identificación con lo que sus páginas cuentan.

Las temáticas, anécdotas y reflexiones son muchas. Pero terminaremos esta reseña recogiendo dos de mucha actualidad. La primera, las consideraciones que vierte Henry Kissinger sobre la IA; y la segunda, sobre un nuevo terreno de disputa política que son las plataformas digitales.

“Ahí donde sus colegas más jóvenes, abogados demócratas y próceres de Davos, no perciben aún nada más que un desafío técnico, Kissinger —dice el escritor italiano— capta desde el principio la IA como un desafío político”. Y en otra parte apunta: “…como entomólogo del poder, Kissinger discierne su naturaleza profunda de esa nueva potencia. Tal como él la describe, la IA surge como una tecnología borgiana, cuyo poder se basa en su capacidad de producir estupefacción…”. Los borgianos radicales, además de su ímpetu por cambiarlo todo, cuentan, como apuntábamos al inicio, con una nueva herramienta que, dice el autor, también es borgiana: “La IA no es más que un simple acelerador de poder, se trata de una nueva forma de poder, diferente de todas las máquinas inventadas por el hombre hasta ahora. Si la automatización se refería a los medios, la IA se interesa en los fines; establece sus propios objetivos y ‘desarrolla una capacidad que se creía reservada a los seres humanos. Emite juicios estratégicos sobre el futuro’”.

Ímpetu, vocatio histórica, herramientas borgianas y un terreno que también les pertenece. Hoy nuestra existencia digital, nuestra subjetividad y relacionamiento con el mundo y los otros es moldeada por un puñado de plataformas que son propiedad de no más de  diez grandes empresas y multimillonarios: WhatsApp, Instagram, Whatsapp, pertenecientes a Meta, de Mark Zuckerberg; Youtube, Google, Waze, de Google LLC, propiedad de Larry Page y Sergey Brin; X, de XCorp, cuyo dueño es Elon Musk, también propietario de Starlink; Apple, dirigida por Tim Cook pero de propiedad múltiple; Amazon, de Jeff Bezos; y Tiktok, de la china ByteDance, aunque en Estados Unidos ya controlada por Larry Ellison de Oracle; por mencionar las más importantes.

Hoy nuestra existencia digital, nuestra subjetividad y relacionamiento con el mundo y los otros es moldeada por un puñado de plataformas que son propiedad de no más de  diez grandes empresas y multimillonarios.

Dice Da Empoli: “Mientras la competencia política se llevaba a cabo en el mundo real, en las plazas públicas y en los medios tradicionales, las costumbres y las reglas de cada país fijaban los límites, pero cuando pasó a ser telemática, el debate público se convirtió en una batalla campal en la que todo está permitido y cuyas únicas reglas son las de las plataformas. Así, el destino de nuestras democracias se juega cada vez más en una especie de Somalia digital, un Estado fallido a medida planetaria, dominado por la ley de los señores de la guerra digital y sus milicias”. Aquí, de nuevo, la rendición de los políticos “progresistas” parece total: no solamente han renunciado a crear nuevas herramientas de comunicación con sus pueblos e intervenir conscientemente en este terreno, sino que han obviado toda reflexión y se han entregado a los señores de la guerra digital, pagando miles de dólares —o millones, dependiendo del nivel de ambición de cada uno— por pautas, bots y estrategias que más temprano que tarde quedarán en el olvido, arrasadas por la aceleración de los tiempos y la dinámica global.

La hora de los depredadores no es un libro alentador, ni un manifiesto para el futuro, sino una descripción sincera de la política mundial contemporánea. Un diagnóstico pesimista pero necesario para hacedores de política, periodistas y analistas que estén dispuestos a tomar una dosis de realidad de no más de 180 páginas.