Pensar el futuro en un contexto de caos como el que vivimos puede ser una tarea poco alentadora, sin embargo, es política y humanamente necesaria. Interrogarnos cuáles son los futuros deseables, los horizontes posibles, quiénes los están pensando y si desde América Latina somos capaces todavía de proponer “otros mundos” es una tarea impostergable. En Traza Continental dedicaremos un espacio en nuestra revista a pensar el futuro desde distintas aristas, desde la revisión de las principales tendencias utópicas del presente hasta la visualización de escenarios por venir para la política mundial. En nuestro primer texto examinamos dos de las principales tendencias utópicas hoy en disputa: la ecologista y la tecnológica, esbozando sus planteamientos centrales, así como sus referentes y su concepción sobre el Estado, el gobierno y la democracia.
Cuando Tomás Moro escribió Utopía, en 1516, el hombre europeo estaba inmerso en un fascinante proceso de expansión, impulsado por la navegación y el encuentro con nuevos mundos. Las historias de los navegantes dominaban las tertulias de cortesanos, poetas y gobernantes, donde se hablaba de nuevos países, sus costumbres y sus formas de gobierno. Este clima de época fue el que animó a Moro a imaginar cómo sería un Estado ideal al que no hubieran llegado los principios cristianos y que estuviera dominado por la razón natural, que plasmó en su gran obra. Antes de Utopía, palabra inventada por él que significa “lugar no existente”, Platón había escrito La República, y San Agustín, Ciudad de Dios, dos de las grandes utopías escritas hasta entonces. Luego de la obra de Moro, a lo largo de la modernidad llegarían otras, desde La Nueva Atlántida, de Francis Bacon, y Noticias de ninguna parte de William Morris, hasta Una utopía moderna del gran futurista H. G. Wells, entre muchas otras. Con las utopías llegarían también las distopías, como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, o 1984, de George Orwell, por citar las obras más conocidas. La industria cultural se ocuparía luego, y hasta el día de hoy, de imaginar mundos futuros hermosos y terribles para el ser humano. Basta caminar un rato por una librería o pasearse por la oferta de series y películas de los servicios de streaming. Tiene sentido: toda nuestra historia está tensada hacia el futuro. En él se cumplirá la promesa mesiánica (en el mundo judío), llegará el fin de los tiempos (el Apocalipsis cristiano), o se vencerá al poder tenebroso y maligno (en el mundo iranio).
Todos estos (y otros tantos) proyectos de vida en comunidad tienen una característica en común: la búsqueda de la armonía como fin. Una armonía que, según el pensador y catedrático inglés John Gray —autor de Misa Negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía— es una fantasía, porque relativiza el papel del conflicto en las relaciones humanas. “Una existencia desprovista de conflictos es algo imposible para los seres humanos y, siempre que se intenta conseguir, el resultado acaba siendo intolerable para ellos”, dice. Una utopía, entonces, no es otra cosa para Gray que un sueño de liberación colectiva que acaba, siempre, en pesadillas. De aquí que el autor advierta que el peligro de los utopismos es su desconexión con la realidad. “Para la mente utópica, los defectos de toda sociedad conocida no son síntomas de los defectos de la naturaleza humana, sino marcas de una represión universal que, no obstante, pronto tocará a su fin”. Para él, las utopías son “productos de una determinada visión del mundo que antaño se encontraba únicamente en las sectas religiosas y revolucionarias, pero que, durante un tiempo, arraigó con fuerza en los gobiernos occidentales: la creencia de que la acción política puede originar una modificación de la condición humana”.
…toda nuestra historia está tensada hacia el futuro. En él se cumplirá la promesa mesiánica (en el mundo judío), llegará el fin de los tiempos (el Apocalipsis cristiano), o se vencerá al poder tenebroso y maligno (en el mundo iranio).
LA UTOPÍA ECOLÓGICA EN CRISIS
El ecologismo radical —hoy en crisis— parte de la premisa de que la civilización industrial moderna es inviable para la habitabilidad de la Tierra y tiene que transformarse de raíz. Más que proponer “capitalismo verde”, apunta a las ideas de progreso y crecimiento como responsables de la destrucción de los límites planetarios. La solución: menos energía, menos extracción, menos velocidad.
Entre las diferentes ramas de la ecología radical encontramos la “ecología profunda”, concepto nacido del trabajo de la bióloga y conservacionista estadounidense Rachel Louise Carson, impulsora del movimiento ecologista moderno. Su trabajo inspiró a pensadores en todo el mundo, entre ellos al filósofo noruego Arne Dekke Eide Næss, uno de los primeros en proponer el uso de la acción directa para la protección de la naturaleza, que daría inicio a los movimientos ecologistas activistas a nivel global, como Greenpeace. El ala más radical de la ecología profunda está encarnada en Kaarlo Pentti Linkola, un ornitólogo y ecologista finlandés, gurú de la corriente ecofascista, que planteaba como solución la reducción del número de personas en el mundo y la desindustrialización. Su ideal de sociedad era una dictadura totalitaria, gobernada por una élite intelectual, donde la mayor parte de la población tuviese el nivel de vida de la Edad Media y el consumo estuviese limitado solamente a recursos renovables. Podemos rastrear este pensamiento radical contrario al progreso y el llamado a la acción hasta el pensamiento y la obra del matemático y filósofo estadounidense Theodore Kaczynski, el tristemente famoso Unabomber, crítico de la sociedad contemporánea y de las consecuencias perjudiciales que trajo el desarrollo tecnológico posterior a la Revolución industrial.
En esta misma línea se encuentran los “animalistas”, un movimiento filosófico, político y cultural conformado por una serie de corrientes de pensamiento que reconocen relevancia moral a los animales no humanos y proclaman el respeto debido a su vida. Aquí entran desde las tradiciones “antiespecistas” hasta aquellas que aplican los conceptos de soberanía, ciudadanía o cuasi-ciudadanía a las comunidades de animales para explorar las dimensiones políticas del animalismo. Todas ellas abogan por erradicar la explotación de los animales en la producción de alimentos, investigación, entretenimiento y textiles, desafiando la supremacía humana.
El ecologismo radical —hoy en crisis— parte de la premisa de que la civilización industrial moderna es inviable para la habitabilidad de la Tierra y tiene que transformarse de raíz.
Los autores clave en el animalismo incluyen al filósofo australiano Peter Singer, que estudia el trato ético de los animales, y al estadounidense Tom Regan, pionero de la liberación animal, junto al psicólogo y filósofo británico Richard Ryder, creador del término “especismo» y fundador del “dolorismo”, una corriente de pensamiento que promueve el respeto por todo ser con capacidad de sentir dolor.
Pero no todo el ecologismo es radical o antisistema. El “antropoceno crítico” acepta la idea de una época geológica marcada por el impacto humano pero cuestiona las implicaciones de este concepto, señalando que no todos los humanos son igualmente responsables. De ahí que proponga alternativas, como el “capitaloceno”. Allí podemos encontrar a autores como la estadounidense Donna Haraway —una figura del ecofeminismo— y el historiador bengalí Dipesh Chakrabarty, enfocado en estudios poscoloniales. El trabajo de Haraway es un buen ejemplo del intento de evitar posturas extremas en relación al futuro. Su libro Seguir con el problema apunta a “evitar el futurismo” escapando al solucionismo, ya sea secular o religioso. Ni la tecnología vendrá a nuestro rescate, ni tampoco lo hará Dios, sostiene. También descree del sentimiento apocalíptico, que argumenta que ya no hay nada más que hacer y no tiene sentido mejorar nada. Su propuesta: seguir con el problema, anclarse en el presente como manera de escapar a las demandas del “capitaloceno”.
Más allá de estas diferencias, la utopía que propone el ecologismo radical no es tanto volver al pasado sino renunciar al ideal de progreso del capitalismo, y reconvertir a la humanidad a través de sociedades más pequeñas y “lentas”, menos dependientes de fuentes energéticas artificiales, con capacidad de autoabastecimiento, comunidades locales y artesanales, a través de una reducción deliberada de la producción, el consumo, el intercambio y la complejidad de la vida social contemporánea. El camino a esta utopía implica rechazar las soluciones intermedias, como la transición verde extractiva —considera al extractivismo como un nuevo capítulo del colonialismo y parte de la lucha Norte-Sur global—, la geoingeniería y el solucionismo tecnológico, bajo la premisa de que la tecnología no puede resolver lo que ella misma generó.
…la utopía que propone el ecologismo radical no es tanto volver al pasado sino renunciar al ideal de progreso del capitalismo, y reconvertir a la humanidad a través de sociedades más pequeñas y “lentas”.
Parte de esta retórica dominó la política y los negocios a nivel global desde fines de los años 90 hasta pasada la primera década de los 2000. “Energía verde”, “recursos renovables”, “capitalismo sustentable”: un nuevo léxico comenzó a filtrarse de arriba hacia abajo, cuando comenzaron las primeras señales de alerta por el “cambio climático”. La cara más visible de esta fuerza era Al Gore, por entonces (1993-2001) vicepresidente de Estados Unidos, que comenzó a construir el piso de arriba de la por entonces hegemónica democracia liberal con la “agenda verde”, una serie de iniciativas ambientalistas que, creía, eran la clave para la victoria de su partido en el plano interno, y de la influencia estadounidense fronteras afuera. La gobernanza global se llenó así de espacios —y financiamiento— para el ambientalismo. Así nacieron en el marco de Naciones Unidas el Protocolo de Kioto (1997, aunque entró en vigencia en 2005), un acuerdo internacional para la reducción de emisiones de seis gases de efecto invernadero, y su sucesor, el Acuerdo de París (2015); las “Cumbres de la Tierra”, como se llama a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (1994); y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) – Agenda 2030, un “plan para lograr un futuro mejor y más sostenible para todos”, establecido en 2015 por la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Todo esto comenzaría a estallar por el aire con la llegada al poder de distintos gobiernos posliberales alrededor del mundo y, en particular, con el ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en 2016. Su retórica negacionista y contraria a las políticas de cambio climático se hizo realidad ni bien asumió. El cambio climático, dice y aún sostiene, es un efecto secundario de la construcción del mundo moderno. Comenzó a desarmar la agenda climática de la administración Obama, derogó normas y regulaciones ambientales, impulsó la explotación de recursos naturales en parques nacionales y una ambiciosa agenda energética basada en la perforación y explotación de hidrocarburos. Pero el golpe de gracia fue la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, que dejó sin financiamiento y sin apoyo a la mayor agenda climática global. Era un triunfo político que anunciaba la era de una nueva utopía, la del solucionismo tecnológico, apalancada por la alianza de las empresas y creadores de empresas de tecnología de Silicon Valley con la visión de Trump rumbo a su segundo mandato.
Todo esto comenzaría a estallar por el aire con la llegada al poder de distintos gobiernos posliberales alrededor del mundo y, en particular, con el ascenso de Donald Trump.
LAS UTOPÍAS TECNOLÓGICAS EN ASCENSO
Los “tecnoutópicos” creen que la tecnología permitirá superar las limitaciones históricas de la humanidad: escasez, enfermedad, conflicto e incluso la muerte. El aceleracionismo tecnológico es mucho más que una escuela teórica: se trata de un sistema ideológico, político y económico basado en la necesidad de acelerar el progreso bajo la premisa de que los problemas sociales son problemas técnicos que pueden ser solucionados por la racionalidad algorítmica, superior a la mente humana; y que la regulación estatal mata la innovación.
Entre las tecnoutopías podemos encontrar desde la “singularidad», que propone que la Inteligencia Artificial (IA) superará a la humana y acelerará el progreso, poniendo fin a los límites biológicos, teniendo en Sam Altman uno de sus principales promotores; hasta el “solucionismo”, que plantea que todo problema humano puede resolverse con una app, un algoritmo o una plataforma, en línea con la filosofía de Silicon Valley. Los autores centrales de este movimiento son diversos, pero podemos citar al tecnólogo estadounidense Raymond Kurzweil —impulsor de la Universidad de la Singularidad y pionero del aceleracionismo—, el pensador Nick Land o el filósofo sueco Nick Bostrom, cuyo trabajo se centra en la ética del perfeccionamiento humano y los riesgos de la IA.
Sin embargo, la tecnoutopía no se reduce a un modelo de problema-solución a través del desarrollo y la innovación. Su intención es ofrecer una superación del dilema mercado o Estado a través de la alianza de la tecnología, el mercado y la democracia liberal, una suerte de “optimismo digital institucional” basado en el modelo startup como agente de cambio. La versión radicalizada de este modelo es el «tecnoutopismo de mercado», basado en la premisa de que la libertad se logra con menos Estado, más tecnología, incluso a costa de la democracia. De aquí se desprenden las utopías políticas y de modelos de gobierno, como el Seasteading (ciudades-Estado en alta mar); y los Estados privados fuera del alcance de todo tipo de regulación y alcance de gobernanza global. Un ejemplo de esto es Praxis, un proyecto que busca crear una comunidad en la base militar de Vandenberg, en California, donde ya operan SpaceX, de Elon Musk, y Blue Origin, de Jeff Bezos, para el cual lleva recaudados más de 500 millones de dólares; o Próspera ZEDE, una isla de Honduras que fue “cedida” a empresarios tecnoutópicos para crear una comunidad libertaria. Incluso modelos de negocio como las criptomonedas forman parte de este entramado. Estos modelos de colonias neofeudales buscan crear una suerte de gran imperio global sin territorio, dirigido por magnates de la tecnología. La lista de autores del “tecnoutopismo de mercado” es más que extensa, pero podemos centrarnos en algunos pensadores clave: Balaji Srinivasan, Curtis Yarvin y Peter Thiel. Importante: todos estos empresarios y predicadores tecnoutópicos cuentan, en esta segunda gestión de Trump, con una influencia que no habían tenido durante la primera administración. Forman parte del universo MAGA y han puesto funcionarios en lugares clave del gobierno, cuando no han sido nombrados ellos mismos, como fue el caso de Elon Musk en los primeros meses de 2025.
…todos estos empresarios y predicadores tecnoutópicos cuentan, en esta segunda gestión de Trump, con una influencia que no habían tenido durante la primera administración.
El éxtasis del tecnoutopismo es el modelo “colonialista ultra tecnológico” —cuyos divulgadores y financistas forman parte de la élite de Silicon Valley, aunque podemos encontrar en el pasado un rasgo más humanista de este movimiento en el gran divulgador de la ciencia astronómica Carl Sagan— que tiene su modelo más extremo en el “cosmismo tecnológico”. Este sostiene que el destino de la humanidad está atado a su expansión fuera de los límites planetarios: más que una solución al problema de la habitabilidad terrestre, es la utopía de una humanidad multiplanetaria.
Una ventana a la “tecnoutopía”, en formato de parodia, podemos verla en la película Mountainhead (2025), que narra una reunión de cuatro magnates de la tecnología durante un caos mundial de protestas y saqueos en la que intentan crear una dictadura tecnocrática global. La película, una sátira escrita y dirigida por Jesse Armstrong, creador de la multipremiada serie Succession, cuenta cómo estos cuatro megamillonarios —estereotipos de lo que uno se imagina que pueden ser Mark Zuckerberg, Thiel o Musk— intentan sacar provecho de la crisis al mismo tiempo que buscan maneras de desligarse de ella, ya que fue provocada por las plataformas sociales y herramientas de inteligencia artificial creadas por ellos mismos. La operación empieza comprando uno de los primeros países que entran en crisis financiera y política por el caos global: Argentina. La historia transcurre en una mansión enclavada en las Montañas Rocosas, la cordillera más alta de Estados Unidos, en el estado de Utah. La casa tiene un búnker para refugiarse del apocalipsis, que por supuesto no los alcanza. La sensación, real y metafórica, es que los tecnobros, montados en la cima del mundo, definen la suerte de todo lo que está debajo de ellos: el caos.
EL FUTURO DEL ESTADO-NACIÓN
Ecologistas y aceleracionistas están construyendo las utopías del futuro en Occidente, aunque hoy los segundos con más fuerza que los primeros. Todavía no está claro si nosotros seremos invitados a entrar a alguna de ellas, si nos quedaremos afuera o si nos integrarán a la fuerza. Ambas corrientes de pensamiento parten de premisas distintas, por lo que sus soluciones, herramientas y modelos de supervivencia son bien distintos también. Pero lo interesante, al menos por ahora, son sus coincidencias, sobre todo en lo referido al poder y al gobierno.
Pero lo interesante, al menos por ahora, son sus coincidencias, sobre todo en lo referido al poder y al gobierno.
Si nos atenemos a estas utopías en construcción, la organización económica, política y social tal como la conocemos ahora dejará de existir, en favor de enclaves más pequeños, controlables, autónomos e interconectados. Lewis Mumford, en su Historia de las utopías, las llama “utopías de reconstrucción”, porque tratan de cambiar el mundo de forma tal que podamos interactuar con él en nuestros propios términos. “La utopía de reconstrucción es lo que su nombre implica: la visión de un entorno reconstituido que está mejor adaptado a la naturaleza y los objetivos de los seres humanos que lo habitan que el ambiente real; y no meramente mejor adaptado a su naturaleza real, sino mejor ajustado a sus posibles desarrollos. Cuando hablo de un entorno reconstruido, me refiero a nuevos hábitos, a una escala de valores inédita, a una red diferente de relaciones e instituciones y posiblemente a una alteración de las características físicas y mentales de las personas elegidas, mediante la educación, la selección biológica, etcétera”, dice Mumford, y, en este libro escrito en 1922, anticipa posiblemente el principal dilema que ocupa al hombre contemporáneo, junto con el cambio climático y la automatización del trabajo, que es la eliminación de las fronteras físicas, jurídicas o identitarias que le dan forma a los Estado-nación. Dice Mumford sobre las eutopías (un lugar deseable y posible, en contraposición a la utopía) del futuro: “si queremos delimitar un espacio para alojar la eutopía, deberemos olvidarnos del Estado nacional, pues (…) es un mito al que la gente en su sano juicio no sacrificaría la vida, del mismo modo que no ofrecería a sus hijos en holocausto en los altares de un Moloch tribal cualquiera. No se puede construir un idolum bueno sobre la base de otro malo”. Mumford había visto en la Primera Guerra Mundial el germen de una distopía, que se cumpliría pocos años después con la Segunda Guerra, y se anticipaba así a la premisa de las utopías contemporáneas de que solo borrando las fronteras y volviendo a dibujarlas podíamos pensar un futuro común, algo por lo pronto impensable en un contexto donde precisamente son los Estados con la capacidad militar suficiente los que pueden hacer valer su voluntad en el escenario internacional.
…la organización económica, política y social tal como la conocemos ahora dejará de existir, en favor de enclaves más pequeños, controlables, autónomos e interconectados.
EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA
La variable que aún no está despejada —“lo importante está por decir”, como decía el escritor francés André Gide— es cuál es el futuro de la democracia en estas propuestas. En las versiones más radicales de los ecologistas y de los tecnobros hay dos propuestas, más o menos implícitas, referidas a los modelos de gobierno de estos enclaves más pequeños y aislados. Una es la concentración del poder y un régimen de castas cuasi medieval, que llevó al economista y escritor griego Yanis Varoufakis a hablar de “tecnofeudalismo”. El otro, el reemplazo de la gobernanza global al “viejo” estilo del siglo XX posterior a la Segunda Guerra Mundial —el por estos días derrotado “derecho internacional”— por una red de mini ciudades-nación cuya interconexión está basada en intereses comunes y necesidades de complementación o bien una especie de regionalización del planeta donde quienes tengan voz y voto para definir las reglas sean únicamente las hegemonías regionales: Estados Unidos, China, Rusia y un puñado de líderes y corporaciones, mientras el resto de los países se convierten en satélites de los primeros. A tal punto esto implica un quiebre absoluto con el siglo XX, que los escenarios de conflicto de estos mundos utópicos serán también muy distintos. Gray —que, recordemos, resalta el rol del conflicto en la inviabilidad de las utopías— lo dice así: “los Estados continúan teniendo una importancia capital, pero ni son ya el único escenario bélico ni tan siquiera son siempre el más importante. El pensamiento realista debe aceptar que la guerra ha dejado de ser una prerrogativa exclusiva de los Estados para convertirse en un derecho de todos y de cualquiera”.
LA INCONFORMIDAD
La poeta inglesa Clare Pollard comienza su novela Delfos (2023), sobre las distintas formas de predicción (el tarot, la astrología, las encuestas políticas), con un statement feroz sobre el futuro: “Estoy harta del futuro. Saturada del futuro. No quiero tener nada que ver con el futuro; no lo quiero cerca de mí. Antes la gente no tenía que lidiar con tanto futuro. Quiero decir, el futuro, hasta donde podía imaginarlo, era algo suficientemente parecido al pasado: la cosecha, el solsticio, la nieve, los árboles brotando. Ellos envejecerían y morirían, pero el ciclo volvería a empezar. Nosotros tenemos que vivir con esta marea alta de futuro que se filtra y lo empapa todo, se adueña de ciudades y sectores, hasta que ya estamos en el futuro; ese futuro distópico de vigilancia, videollamadas y cascos de realidad virtual, y epidemias virales extendidas por la globalización y las noticias las 24 horas hablando de la extinción, el evento, la modificación genética, el colapso de la civilización”. Tiene sentido. Somos bombardeados a diario con promesas y advertencias, por igual, de un futuro mejor y de un futuro peor. Pero el futuro que nos espera es el que podamos construir como sociedades, por lo que es probable que la desorientación y el desaliento por el futuro sean en realidad una enorme inconformidad con el presente. La inconformidad, por lo menos en esta parte del mundo, de saber que hay otros que están pensando el futuro por nosotros. El gran desafío político de nuestro tiempo es resistir los futuros impuestos y lograr convertir la inconformidad que esa exterioridad nos genera en fuerza creadora. ![]()
…es probable que la desorientación y el desaliento por el futuro sean en realidad una enorme inconformidad con el presente.

