Patrick Deneen: profeta del posliberalismo

Los esfuerzos por limitar el poder político de los culturalmente desposeídos y económicamente desfavorecidos —frecuentemente acusando a las mayorías de ser ‘antidemocráticas’— revelan cada vez más que el liberalismo no es un sistema global compartido que permite la autodeterminación, sino más bien un conjunto particular de compromisos partidistas”.

Patrick Deneen

 

“Uno de los principales atractivos de la ‘política de la identidad’ para una clase elitista ascendente reside en las reivindicaciones de igualitarismo que dejan de lado las consideraciones de clase y, en particular, la situación de la clase trabajadora”.

Patrick Deneen

Patrick Deneen es uno de los pensadores más influyentes de la nueva derecha que se aglutina en torno a distintos foros e iniciativas internacionales como la conferencia National Conservatism (NATCON) y la fundación Edmund Burke. Sus planteamientos filosóficos han sido llevados al terreno de la política concreta por diversos actores; el más importante de ellos, el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, con quien comparte la fe católica. Autor de dos libros cruciales para entender el pensamiento conservador contemporáneo –¿Por qué ha fracasado el liberalismo? (2018) y Cambio de régimen. Hacia un futuro posliberal (2023)– Deneen abogó en su última intervención en la NATCON por renovar la teología política estadounidense.

¿Quién es este profesor de la Universidad de Notre Dame y en qué consisten sus planteamientos que tienen tanto arraigo entre la élite política e intelectual del conservadurismo global? En el presente ensayo nuestra tercera entrega de la serie Dominionos proponemos responder a estas preguntas.

Ilustración: Traza Continental

NESIS

Patrick Deneen se ha convertido en una de las voces más influyentes —y más divisivas— del pensamiento político contemporáneo. Profesor, polemista y ensayista, su nombre hoy circula tanto en los campus universitarios de Estados Unidos como en los círculos intelectuales de la nueva derecha europea. Deneen encarna una paradoja de época: la del pensador que escribe desde el corazón de la academia liberal norteamericana para anunciar el agotamiento de la civilización liberal misma.

Nacido en 1964, formado en la tradición clásica y en la historia del pensamiento político, Patrick Deneen creció en una familia católica de Windsor, Connecticut, con raíces irlandesas que marcarían su sensibilidad cultural y moral. Estudió Literatura Inglesa en Rutgers, donde se graduó en 1986, antes de adentrarse en los laberintos de la teoría política en la Universidad de Chicago, en el mítico Committee on Social Thought. Permaneció allí un año —el tiempo suficiente para impregnarse del canon clásico y de la sombra de Leo Strauss— antes de volver a Rutgers, donde completó su doctorado con una tesis titulada The Odyssey of Political Theory. Ese trabajo, una exploración sobre los viajes y retornos del pensamiento político occidental, recibió en 1995 el premio Leo Strauss de la American Political Science Association a la mejor disertación en filosofía política.

Deneen encarna una paradoja de época: la del pensador que escribe desde el corazón de la academia liberal norteamericana para anunciar el agotamiento de la civilización liberal misma.

Hoy Deneen enseña teoría política en la Universidad de Notre Dame, una institución católica que combina excelencia académica con un ethos moral y comunitario opuesto al cosmopolitismo dominante. Antes de llegar allí, enseñó en Princeton y Georgetown, donde se consolidó como un académico respetado y un docente riguroso. Su itinerario intelectual refleja una tensión constitutiva: la de quien conoce desde dentro la arquitectura del liberalismo moderno, pero busca trascenderlo.

En 2018 publicó el libro que lo catapultó a la escena global: Why Liberalism Failed (¿Por qué ha fracasado el liberalismo?, RIALP, 2018). El texto, breve y contundente, se volvió un fenómeno editorial inusual para un ensayo político de tono filosófico. Fue traducido a más de veinte idiomas, reseñado en los principales medios y elogiado incluso por Barack Obama, quien lo recomendó como lectura indispensable para entender la crisis política contemporánea, un hecho sobre el que el propio Deneen ha ironizado. La tesis central era provocadora: el liberalismo no había fracasado por desviarse de sus ideales, sino por haberlos realizado plenamente. Su éxito histórico contenía su ruina.

Desde entonces, Deneen se convirtió en una figura central del movimiento posliberal, una constelación de pensadores —en su mayoría católicos o comunitaristas— que sostienen que el orden liberal global, nacido en el siglo XVII y consolidado tras la Guerra Fría, se ha agotado. En 2023 expandió su análisis luego de la publicación de Regime Change: Toward a Postliberal Future (Cambio de régimen. Hacia un futuro posliberal, Homo Legens, 2023), donde su crítica se transforma en proyecto político. Allí desarrolla una alternativa que denomina “aristopopulismo”: una alianza entre el pueblo y una nueva aristocracia virtuosa, formada en la tradición clásica y dedicada al bien común.

Deneen se convirtió en una figura central del movimiento posliberal, una constelación de pensadores —en su mayoría católicos o comunitaristas— que sostienen que el orden liberal global, nacido en el siglo XVII y consolidado tras la Guerra Fría, se ha agotado.

Su influencia excede el ámbito académico. Intelectuales y políticos de diverso signo reconocen a Deneen como un interlocutor central de la crisis del liberalismo. Algunos lo comparan con Roger Scruton —el filósofo británico conservador más relevante de los últimos tiempos— otros lo consideran el anti-Fukuyama: el pensador que, cuatro décadas después del “fin de la historia”, formula su reverso.

EL AGOTAMIENTO LIBERAL

El pensamiento de Deneen parte de una convicción antropológica. El liberalismo no es solo una teoría política, sino la cosmovisión dominante de la modernidad: una filosofía que concibe al individuo como sujeto autónomo, portador de derechos innatos y dueño de sí mismo. Ese paradigma —formulado en las revoluciones inglesa, americana y francesa— transformó la comprensión del hombre y de la sociedad.

Para Deneen, el liberalismo es, en esencia, un proyecto de emancipación. Su promesa fue liberar a los seres humanos de toda autoridad no elegida: del linaje, de la tradición, de la religión, de la naturaleza misma. A partir de Thomas Hobbes y John Locke, la política moderna se fundó sobre la negación del telos aristotélico —la idea de que cada ser tiene un fin intrínseco— y su reemplazo por la voluntad individual. La libertad ya no consistiría en realizar un fin natural, sino en elegir sin coerción.

…la política moderna se fundó sobre la negación del telos aristotélico —la idea de que cada ser tiene un fin intrínseco— y su reemplazo por la voluntad individual. La libertad ya no consistiría en realizar un fin natural, sino en elegir sin coerción.

Esa antropología liberal generó un orden político, económico y cultural sin precedentes. El individuo fue liberado de la comunidad y de la herencia, el poder político se fundó en el consentimiento, y la naturaleza se convirtió en objeto de dominio y explotación. Deneen no niega los logros de ese proceso —la ciencia moderna, los derechos humanos, la prosperidad material—, pero advierte que su despliegue histórico produjo una mutación civilizatoria: la desintegración de los lazos comunitarios que hacían posible la vida común.

El resultado es una paradoja que estructura toda su obra: el liberalismo triunfó al punto de volverse autodestructivo. Su lógica expansiva disolvió los límites naturales y morales que sostenían el orden social, hasta convertir la libertad en una experiencia vacía. “El liberalismo —escribe Deneen— no ha sido reemplazado por otra ideología: ha sido consumido por su propio éxito”.

En este sentido, su diagnóstico converge con una intuición más amplia del pensamiento contemporáneo: la del agotamiento del proyecto moderno. Deneen comparte con autores tan distintos como Zygmunt Bauman o Alasdair MacIntyre la percepción de que la modernidad tardía vive en un estado de disolución moral, un presente sin horizonte, donde la autonomía individual se convierte en desarraigo y la elección en ansiedad.

Deneen comparte con autores tan distintos como Zygmunt Bauman o Alasdair MacIntyre la percepción de que la modernidad tardía vive en un estado de disolución moral, un presente sin horizonte, donde la autonomía individual se convierte en desarraigo y la elección en ansiedad.

EL FRACASO COMO CUMPLIMIENTO

En Why Liberalism Failed, Deneen despliega su crítica con la serenidad del académico y la contundencia del profeta. El libro no es un panfleto, sino una genealogía. Su argumento central es que el liberalismo no colapsa por sus excesos ni por traicionar sus principios, sino por la coherencia con que los ha llevado a cabo. La promesa de emancipación total terminó erosionando las condiciones mismas de la libertad.

El liberalismo, sostiene, se apoya en dos rupturas fundamentales: una antropológica y otra cosmológica. La primera es el voluntarismo de la elección: la creencia de que el individuo puede definirse a sí mismo y que solo lo elegido libremente es legítimo. De esa premisa deriva la sospecha hacia todo lo heredado: la familia, la religión, el género, la comunidad. La segunda es la guerra contra la naturaleza: la sustitución de la concepción clásica del orden natural por una visión instrumental, donde la naturaleza —y el propio cuerpo humano— se vuelven materia disponible para la voluntad.

De la conjunción de ambas surge una forma de vida caracterizada por la abstracción. El individuo liberal es una ficción jurídica antes que una persona concreta. Es portador de derechos, no de obligaciones. Su mundo está compuesto por contratos reversibles, no por vínculos estables. El ideal de libertad termina produciendo una sociedad de soledades legales, unida solo por el mercado y la administración.

El Estado, en este esquema, no es el enemigo del individuo, sino su garante. Deneen muestra con precisión cómo el individualismo y el estatismo crecen juntos. Cuanto más se emancipa el individuo de la comunidad, más necesita del Estado para protegerlo. El Leviatán moderno no reprime la libertad: la produce y la administra. Así, el liberalismo engendra una burocracia protectora, encargada de sostener la ficción de autonomía.

Esa dinámica desemboca en lo que Deneen llama la anticultura liberal: un orden que disuelve toda herencia y convierte el presente en un tiempo sin memoria. El pasado es un obstáculo, el futuro un proyecto técnico. En lugar de transmisión, hay reemplazo; en lugar de continuidad, aceleración. Las ciudades se vuelven espacios intercambiables, los vínculos se vuelven contratos, los individuos se vuelven “ciudadanos del mundo” sin mundo propio.

El resultado político de este proceso es una democracia cada vez más formal, donde el pueblo delega el poder a una élite gerencial. Los expertos gobiernan en nombre de la razón y la eficiencia; los ciudadanos, replegados en su esfera privada, votan sin gobernar. Señala Deneen que Alexis de Tocqueville ya había advertido este peligro: una democracia sin virtud degenera en servidumbre voluntaria. Por eso el autor de Why Liberalism Failed retoma esa advertencia y la lleva a su límite: el liberalismo ha transformado la libertad en dependencia, la igualdad en uniformidad, la ciudadanía en consumo.

El liberalismo ha transformado la libertad en dependencia, la igualdad en uniformidad, la ciudadanía en consumo.

La conclusión de Why Liberalism Failed es amarga. El liberalismo no puede reformarse porque su lógica lo empuja siempre hacia adelante, hacia una expansión ilimitada del deseo y del poder. Su fracaso, por tanto, no abrirá necesariamente una era mejor: puede derivar en nihilismo o en autoritarismo. Pero Deneen insiste en que de ese colapso también puede surgir una oportunidad: la reconstrucción de una cultura del límite, de la pertenencia y del bien común. Dice el filósofo:

En lugar de organizar intencional e institucionalmente un orden político que enfrente a “la mayoría” contra “la minoría” con el fin de promover el objetivo principal del progreso —ya sea económico, moral o ambos—, busca su cooperación mutua con el fin de defender un bien común.

CAMBIO DE RÉGIMEN: EL ARISTOPUPULISMO COMO ALTERNATIVA

Cinco años después, Regime Change intentó responder a la pregunta que Why Liberalism Failed había dejado abierta: ¿qué viene después del liberalismo? El tono del nuevo libro es más político y estratégico. Deneen ya no se limita a diagnosticar: propone un horizonte de acción.

El punto de partida es una constatación: el orden liberal atraviesa una crisis terminal. Estados Unidos —y por extensión Occidente— vive una “guerra civil fría” entre las élites cosmopolitas y la clase trabajadora. La desigualdad económica, el colapso de la familia y la fragmentación cultural han generado una sociedad dividida entre los que pueden vivir sin comunidad y los que dependen de ella para sobrevivir.

La desigualdad económica, el colapso de la familia y la fragmentación cultural han generado una sociedad dividida entre los que pueden vivir sin comunidad y los que dependen de ella para sobrevivir.

La élite gerencial, dice Deneen, combina dos rasgos inéditos: es económicamente capitalista y culturalmente progresista. Su legitimidad no proviene de la herencia, sino del mérito y de las credenciales educativas; su ideología no es religiosa, sino moralista. Predica la diversidad, pero vive en enclaves homogéneos; proclama la igualdad, pero consolida sus privilegios mediante un sistema meritocrático cerrado.

Esa élite, sostiene Deneen, es la heredera del liberalismo en su fase tardía. Ha sustituido la vieja nobleza terrateniente por una nobleza del conocimiento. Su poder se funda en la gestión técnica y en el control cultural. Frente a ella, la clase trabajadora —arraigada, religiosa, conservadora— encarna los restos de un orden moral anterior.

De esa tensión surge su propuesta: el aristopopulismo. El término, que suena paradójico, alude a la necesidad de unir las virtudes populares con las capacidades aristocráticas. Una democracia sin élite virtuosa degenera en demagogia; una élite sin arraigo degenera en oligarquía. El aristopopulismo busca una síntesis: una élite moralmente reformada, dedicada al bien común, que actúe en alianza con el pueblo. Como dice Deneen: “Lo que se necesita es una mezcla de lo alto y lo bajo, de la minoría y la mayoría, en la que la minoría asuma conscientemente el papel de aristoi: una clase de personas que, al apoyar y elevar el bien común que sustenta el florecimiento humano, son dignas de emulación y, a su vez, elevan la vida, las aspiraciones y la visión de la gente común. Lo que se necesita es una forma política que podría denominarse ‘aristopopulismo’”.

El modelo de Deneen es el régimen mixto de Aristóteles: una constitución que combina elementos democráticos y aristocráticos para mantener el equilibrio entre los muchos y los pocos. En la tradición estadounidense, ese ideal tiene ecos en el pensamiento de los antifederalistas, que temían la concentración del poder y defendían la proximidad entre el representante y el representado.

El modelo de Deneen es el régimen mixto de Aristóteles: una constitución que combina elementos democráticos y aristocráticos para mantener el equilibrio entre los muchos y los pocos.

Deneen retoma esa tradición y la traduce al presente: propone aumentar la representación política local, descentralizar las instituciones, fortalecer las economías regionales y promover un servicio nacional obligatorio que mezcle a jóvenes de distintos orígenes sociales. En el ámbito educativo, sugiere reformar las universidades de élite para que reflejen la diversidad socioeconómica del país y rindan cuentas a la sociedad que las financia. En el plano económico, plantea limitar el poder de los monopolios tecnológicos y reconstruir una economía productiva orientada a la familia y la comunidad.

El objetivo último es lo que denomina integración posliberal. Si el liberalismo se edificó sobre la separación —entre Iglesia y Estado, entre economía y política, entre individuo y comunidad—, el posliberalismo debe recomponer esas esferas. No se trata de fusionarlas bajo un autoritarismo moral, sino de reconocer que toda sociedad necesita un principio unificador, una idea de bien que oriente sus instituciones. La neutralidad moral del Estado liberal, sostiene Deneen, es una ficción que solo beneficia a quienes imponen su propia moral bajo la apariencia de tolerancia.

Esa integración no es solo institucional, sino espiritual. Supone la recuperación de una visión teleológica (y teológica) del ser humano: la idea de que la libertad no consiste en elegir cualquier cosa, sino en elegir lo bueno. Frente a la “autonomía vacía” del liberalismo, Deneen propone una libertad situada, enraizada en la comunidad y en la naturaleza.

Si el liberalismo se edificó sobre la separación —entre Iglesia y Estado, entre economía y política, entre individuo y comunidad—, el posliberalismo debe recomponer esas esferas (…) Esa integración no es solo institucional, sino espiritual. Supone la recuperación de una visión teleológica (y teológica) del ser humano.

TENSIONES Y CRÍTICAS

El proyecto posliberal de Deneen ha provocado debates intensos. Sus defensores lo ven como el pensador que finalmente ofrece un horizonte alternativo al liberalismo agotado; sus detractores, como un nostálgico del orden premoderno que disfraza el autoritarismo de virtud.

Una primera crítica apunta a la falacia paternalista del aristopopulismo. Proponer una “élite virtuosa” que gobierne en nombre del pueblo puede reproducir el elitismo que pretende corregir. En lugar de empoderar a las clases populares, podría consolidar una nueva jerarquía moral. Algunos observadores han señalado que su propuesta se parece menos a un cambio de régimen que a un cambio de élite.

Otra objeción recae sobre su confusión entre liberalismo y capitalismo. Deneen identifica ambos procesos, ignorando que el liberalismo político —los derechos, la división de poderes, el pluralismo— no se reduce al liberalismo económico. En ese sentido, su crítica a la economía de mercado podría terminar erosionando las bases mismas del Estado de derecho.

Algunos observadores han señalado que su propuesta se parece menos a un cambio de régimen que a un cambio de élite.

También se lo acusa de ambigüedad económica. Aunque denuncia la desigualdad, no propone medidas redistributivas concretas. Su crítica al capitalismo es moral, no estructural: confía en la restauración de virtudes cívicas más que en reformas institucionales. Para la izquierda, esa ambigüedad revela una falta de imaginación económica; para la derecha, una peligrosa simpatía por la intervención estatal.

Otra línea crítica subraya su nostalgia histórica. Deneen idealiza la comunidad premoderna, el arraigo y la fe compartida, sin reconocer las exclusiones y jerarquías que esos órdenes implicaban. Pretender reconstruir un sentido común religioso en sociedades pluralistas puede derivar, advierten sus detractores, en coerción moral y represión cultural.

Finalmente, se cuestiona su idea de integración. Si el liberalismo separó esferas para proteger la libertad individual, la integración postliberal podría desembocar en uniformidad. La eliminación del “valor de la separación”, dice el politólogo Mark Lilla, implicaría borrar los límites que resguardan la diversidad de creencias. El riesgo del posliberalismo es reemplazar la tiranía del relativismo por la tiranía de la virtud.

El riesgo del posliberalismo es reemplazar la tiranía del relativismo por la tiranía de la virtud.

Aun así, el mérito de Deneen es haber devuelto al debate político una pregunta olvidada: ¿para qué es la libertad? En un tiempo en que la política se reduce a gestión, su obra reintroduce la dimensión moral y teleológica de la vida común. Como observa el filósofo John Milbank, Deneen no busca abolir la modernidad, sino corregir su dirección: pasar de la expansión infinita al cuidado del mundo. Sostiene el autor de Regime Change que la sociedad liberal vive entrampada en un juego de espejos donde “en medio de nuestra gloriosa libertad, no pensamos en preguntar por qué ya no tenemos el lujo de una educación cuyo mismo nombre —artes liberales— indica su apoyo fundamental al cultivo de la persona libre”.

DENEEN, VANCE Y EL TRUMPISMO

El pensamiento de Patrick Deneen encontró su eco político en la derecha norteamericana que se ha venido aglutinando en torno a MAGA, Donald Trump, pero sobre todo alrededor de J.D. Vance. Why Liberalism Failed fue leído como la traducción filosófica del malestar que el trumpismo encarnó sin teoría: la revuelta contra las élites globales, las tecnocracias progresistas y el vacío moral del liberalismo.

Aunque nunca formó parte del entorno de Trump, Deneen ofreció un marco conceptual para entenderlo: el populismo como síntoma del colapso del consenso liberal que había unificado a demócratas y republicanos desde la Guerra Fría. Su crítica a la élite gerencial y su llamado a un nuevo “régimen mixto” lo convirtieron en referencia central del pensamiento posliberal.

Aunque nunca formó parte del entorno de Trump, Deneen ofreció un marco conceptual para entenderlo: el populismo como síntoma del colapso del consenso liberal.

En ese proceso, el actual vicepresidente J.D. Vance se convirtió en su traductor político. Egresado de Yale, proveniente de la clase trabajadora de Ohio, Vance encarna el argumento de Deneen sobre la meritocracia como máquina de desarraigo, una línea central en su libro autobiográfico Hillbilly Elegy y en su ensayo sobre las razones que lo llevaron a convertirse al catolicismo. En sus discursos cita abiertamente Why Liberalism Failed y adopta su idea de usar “medios maquiavélicos para fines aristotélicos”: el poder al servicio del bien común.

Así, Trump, Vance y Deneen encarnan tres dimensiones de un mismo fenómeno: el intento de sustituir el liberalismo por un nuevo orden moral. Trump representa la energía populista; Vance, la conciencia posliberal; Deneen, la arquitectura intelectual que da sentido al conjunto. Entre la furia plebeya y la disciplina clásica, su alianza define el nuevo eje del conservadurismo occidental: un populismo con teología, un moralismo con poder.

EL REGRESO DE LA POLÍTICA COMO TEOLOGÍA

Patrick Deneen no ofrece un sistema cerrado ni un programa detallado. Su obra se mueve entre la crítica y la profecía, entre la filosofía y la estrategia. Su fuerza radica en la claridad con que articula un malestar compartido: la sensación de que la libertad moderna ha perdido su contenido.

Su fuerza radica en la claridad con que articula un malestar compartido: la sensación de que la libertad moderna ha perdido su contenido.

El liberalismo, dice, convirtió la emancipación en aislamiento y la igualdad en resentimiento. Nos liberó de los dioses, de los padres, de los pueblos y de la naturaleza, pero no ofreció nada en su lugar. La “neutralidad” del Estado liberal es un vacío que la técnica y el mercado llenaron con su propia lógica.

Frente a ese vacío, Deneen propone el regreso de la política como teología. No en el sentido confesional, sino como reintroducción de un principio trascendente en la vida pública. La política, sostiene, debe volver a orientarse hacia un bien común inteligible, no negociable, capaz de ordenar los deseos dispersos del individuo moderno.

Esa ambición —reconstruir un orden moral compartido— explica tanto el atractivo como el peligro de su pensamiento. En tiempos de fragmentación, su llamado a la virtud y al límite tiene la fuerza de un antídoto. Pero en tiempos de pluralismo, puede sonar a imposición. Deneen lo sabe y responde con un realismo teológico: toda sociedad, incluso la liberal, impone una moral que deviene en dogma; la diferencia es si lo hace explícitamente o bajo el disfraz de la neutralidad.

Deneen propone el regreso de la política como teología. No en el sentido confesional, sino como reintroducción de un principio trascendente en la vida pública.

Más allá de la adhesión o el rechazo, su obra ha logrado reabrir la pregunta por el sentido de Occidente. En un mundo gobernado por algoritmos, gerentes y tecnócratas, Deneen recuerda que la política sigue siendo una cuestión de fines, no solo de medios. Su advertencia resuena como un eco antiguo en la era digital: el problema de nuestro tiempo no es la falta de libertad, sino la falta de vínculos, de comunidad.

El liberalismo, al emancipar al individuo de todo, lo dejó sin mundo. La tarea del posliberalismo, si alguna vez se concreta, será reconstruir ese mundo sin caer en el dogma ni en la nostalgia. En esa tensión —entre la ruina del presente y la posibilidad de un nuevo comienzo— se inscribe la obra de Patrick Deneen, quizás el último teórico que aún se atreve a apostar por la renovación de la teología política y hablar de virtud en una época en la que ya muy pocos creen en ella.

Patrick Deneen es uno de los pensadores más influyentes de la nueva derecha que se aglutina en torno a distintos foros e iniciativas internacionales como la conferencia National Conservatism (NATCON) y la fundación Edmund Burke. Sus planteamientos filosóficos han sido llevados al terreno de la política concreta por diversos actores; el más importante de ellos, …

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