La invasión a Venezuela del 3 de enero, que culminó con un país bombardeado y el presidente Nicolás Maduro secuestrado, marcó un antes y un después en la relación reciente de Estados Unidos con América Latina y el Caribe. Las amenazas se transformaron en hechos concretos y las acciones superaron el límite de lo establecido por el derecho internacional. Con esta acción, la administración de Donald Trump, además, pateó el tablero, marcando las nuevas reglas del juego geopolítico global: con la intervención en el país sudamericano y su tutelaje, Estados Unidos deja claro que asegurar su zona de influencia es su prioridad en materia de política exterior y estrategia militar.
Como hemos señalado en Traza Continental, estos hechos no son producto de la voluntad personal del primer mandatario estadounidense ni de una desviación de la razón. Todo lo contrario: forman parte de una estrategia bien planificada por diversos actores de peso, expresada con anticipación en distintos documentos y con un juego a varias bandas, todas ellas coordinadas entre sí: desde el impulso de partidos y movimientos conservadores y el apoyo electoral a determinados gobiernos y candidatos, hasta la firma de acuerdos comerciales y de seguridad con distintos países de la región. En el presente texto realizamos una revisión puntual de los acuerdos militares suscritos en el último año por el país norteamericano con diversas naciones a lo largo y ancho del continente.
Buenos días a todos. El general Donovan y yo estamos muy complacidos de darles la bienvenida esta mañana al Comando Sur. Me honra ser el primer secretario de Guerra en más de 30 años en liderar una conferencia hemisférica de defensa como esta. Esta conferencia es sobre ustedes. Esta conferencia es sobre nosotros. Esta conferencia no se llama Conferencia de América contra los Cárteles. Es la Conferencia de las Américas contra los Cárteles. Se trata de lo que podemos hacer juntos.
La selección de la sede de la conferencia no pudo ser más sugestiva. Una dependencia castrense con un “célebre” historial de intromisión en los asuntos internos, apoyo a las dictaduras, participación en acciones de contrainsurgencia, operaciones encubiertas e intervenciones militares directas en América Latina y el Caribe. Un escenario ideal para exhibir el poderío militar de la potencia norteamericana frente a un “grupo selecto” de socios regionales con clara voluntad de alineación. Cabe destacar que en su “2017-2027 Theater Strategy”, el Comando Sur se propone “la degradación de las redes ilícitas trasnacionales” en el continente, el enfrentamiento a grupos extremistas violentos, y el apoyo a la contención de la “presencia amenazante de Rusia, China e Irán” en la región.
En el original, Hegseth aclara en voz alta: “This conference is not called the America ‘apostrophe S’ — America’s Counter Cartel Conference. It’s the Americas Counter Cartel Conference”. En inglés, America’s (con apóstrofe) indica posesión —“la conferencia de América”—, mientras que Americas (sin apóstrofe) designa el continente americano en su conjunto. Al deletrear el apóstrofe, Hegseth subraya que la conferencia no pertenece a un solo país sino a toda la región. Sin embargo, “Las Américas” es una fórmula de ambigüedad similar a la Doctrina Monroe —que Hegseth cita más adelante—, que en sus tiempos empleaba el pretexto de la supuesta amenaza planteada por la presencia de los imperios coloniales europeos en “las Américas” para justificar sus políticas de expansión y la apropiación de territorios, incluyendo las antiguas colonias hispanoamericanas.
Han pasado más de 200 años desde que nuestras naciones lucharon por su independencia del dominio extranjero. La Guerra de 1812 trató sobre la defensa de la independencia de Estados Unidos y la protección de su territorio. Un caroliniano de 47 años que era mayor general del Ejército, como se ha mencionado, Andrew Jackson, derrotó a un ejército británico casi el doble de grande.
Dirigiéndose a sus tropas después de la victoria en la batalla de Nueva Orleans, Jackson declaró: “Hombres de distintos estados, actuando juntos por primera vez, han cosechado los frutos de una unión honorable”. Su éxito galvanizó a un país joven. En 1816, nuestro país eligió como presidente a un héroe de la Guerra de Independencia. James Monroe combatió en el Ejército Continental. Mientras dirigía un ataque contra mercenarios alemanes que luchaban al servicio de los británicos, fue alcanzado por una bala de mosquete.
Esta le seccionó una arteria y casi muere. Pero el joven capitán se recuperó y llegó a ser gobernador de Virginia, secretario de Guerra y uno de nuestros más grandes presidentes. En 1823, el presidente Monroe dijo que Estados Unidos debía el éxito de aquel joven país a la franqueza y las relaciones amistosas con otras potencias para afirmar nuestra política nacional.
El presidente Monroe declaró: “Debemos considerar cualquier intento de potencias hostiles de extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad”. Esa fue la Doctrina Monroe de 1823. Y hoy, unos 200 años después, seguimos admirando la sabiduría de esa declaración.
En medio de la hostilidad de la Santa Alianza, la dilatada retirada de España de sus posesiones coloniales en Norteamérica, y el persistente interés británico de mantener su hegemonía en el Caribe —con una mirada especial a Cuba— el presidente James Monroe presenta ante el Congreso su discurso sobre el Estado de la Unión, en el que define la oposición abierta de su país a la presencia de potencias extranjeras en todo el hemisferio occidental. En realidad, no hubo que aguardar los sucesivos corolarios (Hayes y Roosevelt) para apreciar con más nitidez las pretensiones hegemónicas. Años antes, sucediendo a la noción expansionista de George Washington hacia el Oeste, el propio Thomas Jefferson había mirado hacia al Sur como un espacio natural de control y dominio estratégico.
Nosotros, al igual que ustedes, queremos fronteras y territorios soberanos que sean seguros. Queremos acceso sin restricciones a territorios y rutas comerciales clave para que nuestras naciones puedan industrializarse. Y queremos impedir que potencias externas amenacen nuestra paz e independencia en nuestro vecindario compartido. Esa es la esencia de la Doctrina Monroe. Ninguna potencia externa interferirá en este hemisferio.
Hegseth se pronuncia, sin ambages —como es su estilo— sobre las verdaderas pretensiones de su gobierno, que procura un reposicionamiento ventajoso en torno a las disputas por el control de los espacios estratégicos de la región. La contención de sus competidores globales en su entorno geográfico más inmediato (Océano Ártico y América Latina y el Caribe) forma parte también de la estrategia.
La nuestra debe ser una región de naciones soberanas fuertes. Ese es el mismo principio que anima hoy el enfoque de defensa del presidente Trump. El presidente Trump y su Departamento de Guerra están dando inicio a una nueva era de defensa nacional y hemisférica, basada en la herencia singular de nuestra nación y de las suyas.
Bajo el presidente Trump restauramos el Departamento de Guerra. El Departamento de Guerra fue establecido por el general George Washington y sirvió a nuestra nación desde su fundación hasta nuestra dura victoria en la Segunda Guerra Mundial. Muchos de sus países también tuvieron en el pasado Ministerios de Guerra.
Bajo el presidente Trump, nuestra nación tiene una renovada determinación que nuestros fundadores reconocerían. Como mencionó Stephen, ellos la reconocerían y la apreciarían. Por fin estamos poniendo a Estados Unidos, a los estadounidenses y a las Américas primero, garantizando la paz a través de la fuerza y restaurando el sentido común. En nuestro departamento lo hacemos restaurando el ethos guerrero, reconstruyendo nuestro ejército hasta niveles históricos y restableciendo la disuasión en este hemisferio y en todo el mundo.
Una pieza clave en la Casa Blanca que influye de manera decisiva tanto en el pensamiento como en las decisiones del presidente Trump es Stephen Miller, quien no solamente ha ido ganando terreno en materia de política interna sino en la definición de temas y prioridades en materia de política exterior. En la reunión, fue Miller quien tuvo una de las posiciones más radicales en torno al crimen organizado, afirmando que los cárteles deben ser enfrentados como organizaciones terroristas, equiparándolos con ISIS y Al Qaeda, y sostuvo que la única forma de derrotarlos es mediante el uso de fuerza militar. Afirmó que Estados Unidos “no cederá ni una pulgada de territorio del hemisferio” a sus enemigos o adversarios, y admitió que el gobierno de Trump está usando “poder duro, poder militar y fuerza letal para defender la patria americana”.
Durante demasiado tiempo, los líderes en Washington y sus funcionarios de política exterior abandonaron la simple sabiduría de la Doctrina Monroe. Estaban obsesionados con que Estados Unidos solo actuara en el extranjero. Ignoraron las advertencias del presidente John Quincy Adams, quien dijo que si nuestra nación salía al mundo únicamente “en busca de monstruos para destruir”, dejaríamos de ser dueños de nuestro propio espíritu y de nuestro propio patio trasero.
Bajo líderes anteriores, nos obsesionamos con todos los teatros de operaciones y todas las fronteras del mundo, excepto las nuestras. Esas élites redujeron nuestro poder y presencia en este hemisferio, optando por una negligencia benévola que no tenía nada de benévola. En sus países, muchos líderes aceptaron el statu quo de coexistir con el narcoterrorismo, o apostaron por un enfoque exclusivamente policial que no logró disuadir ni desmantelar las amenazas. Lo mismo ocurrió en nuestro país bajo la administración anterior.
Y el resultado de esta negligencia colectiva fue fatal. Más de un millón de estadounidenses murieron por fentanilo, cocaína y otras drogas, cifras mayores que cualquier pérdida que hayamos sufrido en guerras. Millones de inmigrantes ilegales invadieron nuestras fronteras y desestabilizaron naciones en todo el hemisferio.
Bajo la administración de Joe Biden, la industria del tráfico de personas creció más de dos mil por ciento, pasando de 500 millones de dólares en 2018 a 13 mil millones en 2022. Cárteles terroristas en todo el hemisferio —facilitados por adversarios— crearon el caos y se beneficiaron de él. ¿Qué genera caos? La ausencia de liderazgo genera caos.
En nuestro país prosperaron grupos narcoterroristas como el Tren de Aragua. Violaron, envenenaron y asesinaron a estadounidenses inocentes. Aterrorizaron nuestras ciudades, pueblos y barrios, tal como aterrorizan los suyos. En toda la región estos criminales controlan territorios, matan a miles de personas y generan un caos que hace que la vida normal sea a veces casi imposible.
La criminalidad se disparó. Nuestro hemisferio tiene un octavo de la población mundial, pero concentra un tercio del delito violento. Eso tiene una explicación. La retirada de Estados Unidos de la protección de sus ciudadanos y la complacencia de muchos vecinos fue una gran traición contra nuestros pueblos. Eso es lo que fue: una gran traición contra nuestros pueblos y naciones.
Estados Unidos está lidiando con síntomas de repliegue hegemónico desde hace tiempo. Sin embargo, en un ejercicio de comunicación política habitual en gobiernos de ruptura con el pasado, la administración Trump ha decidido cargar el costo político de la decadencia al gobierno inmediato anterior. Por otro lado, las élites estadounidenses parecen cada vez más fragmentadas en torno a las vías posibles de recuperación de su relevancia e influencia en el mundo. Por su parte, las bases sociales, también divididas, contemplan con estupor la atomización de sacrosantas verdades como libertad, democracia, imperio de la ley, progreso, justicia, etc. El secretario Hegseth, hasta hace poco uno de los comentaristas conservadores más mediáticos y polémicos de ese país, recurre al ethos guerrero para construir un nuevo “mal” aglutinante e inspirador, una “nueva realidad” amenazada por un Leviatán, encarnando esta vez a grupos criminales trasnacionalizados que deambulan desafiantes y con total impunidad en su territorio y en sus proximidades geográficas.
Pero el presidente Trump reconoce la sabiduría de la Doctrina Monroe, y los días en que traicionábamos y poníamos en peligro a nuestros propios ciudadanos han terminado. El presidente Trump ha restablecido la Doctrina Monroe. El corolario Trump de la Doctrina Monroe; o, si lo prefieren, pueden llamarla simplemente la Doctrina Donroe.
Bajo el presidente Trump, asegurar los intereses de Estados Unidos en el hemisferio occidental y mantener nuestra patria segura son nuestras principales prioridades de seguridad nacional. La histórica Estrategia Nacional de Defensa del presidente garantiza que el Departamento de Guerra priorizará los recursos en torno a las amenazas y objetivos que son fundamentales para la defensa de la patria, así como para la protección del pueblo y la prosperidad del pueblo estadounidense.
Y para empezar, el Departamento de Guerra vuelve a defender nuestras fronteras como una prioridad de nuestra defensa nacional. Junto con nuestros socios en materia de seguridad, estamos protegiendo nuestras fronteras y haciendo que nuestras calles sean seguras nuevamente. Los cruces en nuestra frontera sur, en la frontera entre Estados Unidos y México, han descendido al nivel más bajo en la historia.
Los homicidios en todo el país se han desplomado más de un veinte por ciento. Ahora tenemos control operacional de nuestra frontera sur; ninguna persona está cruzando nuestra frontera sur. No descansaremos hasta tener control operacional completo de cada centímetro de todas nuestras fronteras. Entonces, empieza por nosotros. Lo estamos abordando, pero no nos detenemos ahí.
Bajo el presidente Trump, por primera vez en la historia, el Departamento de Guerra también está a la ofensiva contra los narcoterroristas. Aunque debo hacer una aclaración previa: para lograr el control operativo total de nuestra frontera, no nos limitamos a decirle a la Patrulla Fronteriza que ese era su trabajo, que era una función policial. Desplegamos a las Fuerzas Armadas.
En este momento, la comandancia de la 101.ª División Aerotransportada ejerce el control operativo de la frontera sur. Nos aseguramos de que los medios más eficaces de nuestro país fuesen desplegados en nuestra propia frontera para defenderla de los narcoterroristas y los traficantes de drogas que buscan ingresar al territorio nacional. No como una simple función de aplicación de la ley, sino como una función militar fundamental, en coordinación con nuestros socios.
Pero al pasar a la ofensiva con la Operación Lanza del Sur se ha restaurado la capacidad de disuasión frente a los cárteles de narcoterroristas que se beneficiaban de envenenar a los estadounidenses. El mes pasado, estuvimos algunas semanas sin atacar un solo barco. ¿Por qué? Bueno, porque no pudimos encontrar muchos barcos que hundir, y ese es precisamente el punto: establecer la disuasión frente a los narcoterroristas que han podido traficar casi sin restricciones.
Y si la consecuencia era simplemente ser arrestados y luego liberados, bueno, esa era una consecuencia que ya habían descontado hace mucho tiempo. Era necesario poner en marcha una nueva dinámica para que su proceso de toma de decisiones cambiara. Y cuando los adversarios se ven obligados a abandonar posiciones cómodas, como saben ustedes, como militares, son más vulnerables al moverse en una dirección diferente, que es también el objetivo.
Las muertes por sobredosis de drogas de nuestros ciudadanos han disminuido; los flujos de fentanilo, un arma de destrucción masiva, han bajado un cincuenta y seis por ciento. Continuaremos destruyendo estas amenazas. En enero, las fuerzas de los Estados Unidos asaltaron y detuvieron, en la casa más peligrosa del complejo más peligroso dentro del fuerte más fortificado de la ciudad capital de Caracas, a dos individuos procesados, Nicolás Maduro y su esposa, prófugos de los Estados Unidos, de la justicia de los Estados Unidos.
La Operación Resolución Absoluta demostró la valentía de lo mejor de Estados Unidos: nuestros combatientes. Nadie puede hacer lo que los Estados Unidos de América pueden hacer; no hay punto de comparación. El presidente Trump ha demostrado lo que es posible cuando se rechaza la ilusión del statu quo de que las amenazas a nuestra patria y a nuestro hemisferio son, de alguna manera, secundarias.
La intervención militar en Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, en abierta violación de normas jurídicas nacionales e internacionales, demostró la determinación de Washington de establecer límites y patrones de conducta a la actuación de las naciones latinoamericanas. La decisión regresó a Venezuela a su condición de eje de la proyección hemisférica, como lo fue en la época del presidente Theodore Roosevelt en detrimento de intereses de potencias europeas (Alemania y Reino Unido). La crisis de 1902-1903, suscitada por la decisión de Berlín y Londres de imponer un bloqueo naval a Caracas por el impago de su deuda externa, incluyó una acción armada alemana contra el puesto aduanal en la localidad de San Carlos. Frente a esos hechos, el despliegue de la flota naval estadounidense en las proximidades de la costa venezolana sirvió a Washington para contener a sus rivales e imponerles la salida del arbitraje, mostrando, a su vez, que ya contaba con capacidades militares suficientes para la aplicación de la Doctrina Monroe. Ahora, basados en los mismos postulados, se interviene y viola la soberanía de un Estado latinoamericano con el objetivo de asegurar el acceso privilegiado a los recursos abundantes del país, con la exigencia expresa de eliminar la presencia de las potencias rivales.
Estados Unidos está dispuesto a enfrentar estas amenazas y pasar a la ofensiva solo, si es necesario. Sin embargo, es nuestra preferencia, y es el objetivo de esta conferencia, que en beneficio de este vecindario lo hagamos todos juntos, con ustedes, con nuestros vecinos y con nuestros aliados que están dispuestos, comprometidos y son capaces de hacerlo.
Ante la crisis de un “orden global” de cuya creación fue un actor central, y la emergencia de competidores con potencial para desafiar su preeminencia en el mundo, Estados Unidos parece estar adhiriéndose a una lógica aislacionista, evidenciada en el abandono de compromisos e instituciones internacionales, las políticas proteccionistas y el empleo de prácticas unilaterales en su política exterior, que incluye el uso unilateral de la fuerza. La determinación de recurrir a la violencia para defender sus intereses regresa a la región a un escenario de intervenciones militares e injerencia en los asuntos internos que parecía haber sido superado. Es de esperar que los focos de tensión continúen y se vislumbra en el corto plazo un escenario de mayor confrontación.
Para lograrlo, para trabajar juntos, debemos primero reconocer lo que se perdió y luego entender lo que hay que restaurar. Todas las naciones representadas en esta sala son hijas de la civilización occidental. Nuestras naciones están y siempre estarán unidas por nuestra herencia, nuestra historia y nuestra geografía en este nuevo mundo.
Compartimos los mismos intereses y, por ello, enfrentamos una prueba esencial: si nuestras naciones serán y seguirán siendo naciones occidentales con características distintivas, naciones cristianas bajo Dios, orgullosas de nuestra herencia compartida, con fronteras sólidas y pueblos prósperos, gobernadas no por la violencia y el caos, sino por la ley, el orden y el sentido común. O si, por el contrario, seremos permanentemente destrozadas por algo más, descarriadas por fuerzas en pugna, el narcocomunismo radical y la narcotiranía, que amenazan a nuestra gente, nuestras fronteras y nuestros territorios soberanos en nombre de una falsa soberanía o una falsa paz.
La migración masiva descontrolada, que abruma los recursos internos destinados a ciudadanos que los merecen, e impulsa una delincuencia sin control y una violencia sin control. O la creencia en el llamado globalismo que busca borrar nuestras identidades nacionales distintivas en nombre de la tolerancia. Borrar nuestras fronteras en nombre de la compasión. Y borrar nuestro ethos guerrero y aquello que nos hace fuertes en nombre de la llamada diversidad y la corrección política.
En estas líneas Hegseth reafirma la determinación del actual gobierno estadounidense de actuar al margen de las normas que dan soporte al orden liberal y se pliega al discurso del nacionalismo cristiano, muy en boga en las derechas a nivel mundial. En su intento de estigmatizar y deslegitimar a países y organizaciones no alineados a las actuales preferencias y opciones de Washington, Hegseth identifica a las fuerzas del crimen organizado y al “globalismo” como amenazas semejantes.
Una de las frases más estúpidas de la historia militar —que se repetía una y otra vez desde el antiguo Departamento de Defensa bajo la administración anterior— era “nuestra diversidad es nuestra fortaleza”. Es la frase más estúpida de la historia militar, porque lo que nos hace fuertes es nuestra unidad.
Nuestra fuerza está en nuestro propósito compartido, en el entrenamiento que hacemos juntos, en las capacidades que podemos ejecutar juntos. En nuestro contexto, la Constitución, que juramos defender juntos, el uniforme que vestimos juntos. Esa es nuestra fuerza. Rechazamos otras nociones y ofrecemos una nueva opción.
El movimiento Make America Great Again (MAGA), articulado con influyentes grupos de presión conservadores —que incluyen a sectores cristianos evangélicos, representados en la actual administración por el propio Pete Hegseth— está desplegando extraordinarios esfuerzos para detener y revertir transformaciones geoculturales que ha sufrido Estados Unidos en las últimas décadas, resultado, entre otros factores, de más de un siglo de luchas por los derechos sociales, culturales, económicos, civiles y políticos de las minorías. Su oposición a lo que denominan “experimentos sociales” está implicando, en un sentido más práctico, la eliminación de programas federales y de políticas DEI (diversidad, equidad e inclusión) en el conjunto del gobierno y en el ejército estadounidense.
Debemos defender nuestros intereses nacionales y restaurar nuestras identidades nacionales. De lo contrario, el resultado es el mismo. Nuestro hemisferio será más pobre, más peligroso y más débil. Esto importa no porque busquemos predicarles sobre guerras culturales o ideologías, ni decirles cómo gobernar sus países. No estamos aquí para decirles cómo gobernar sus países. Lo que importa es cómo evaluamos las amenazas que enfrentamos y las decisiones que tomamos para superarlas: eso es lo que definirá nuestro destino.
El presidente Trump entiende que las amenazas actuales a la seguridad fronteriza y al control del territorio estratégico en nuestro hemisferio son cuestiones de carácter existencial para nuestra nación y para todas las suyas. Cuando adversarios realizan incursiones en este hemisferio frente a las costas de un estado estadounidense como Alaska, o frente a las costas de Groenlandia, o en el Golfo de América, o en el Caribe, eso constituye una amenaza directa al territorio nacional de los Estados Unidos y a la paz en este hemisferio.
Cuando adversarios controlan puertos o infraestructura en puntos de estrangulamiento estratégicos para el comercio de Estados Unidos y del hemisferio, como el Canal de Panamá, o establecen instalaciones militares a pocos kilómetros de nuestras costas, eso constituye una amenaza al territorio nacional de los Estados Unidos y a la paz de este hemisferio. Cuando terroristas, asesinos y cárteles se apoderan de infraestructura estratégica, recursos y ciudades o pueblos enteros cercanos a las fronteras y costas de los Estados Unidos, o lucran con la migración ilegal masiva, eso constituye una amenaza al territorio nacional de los Estados Unidos y una amenaza para todos ustedes también, para las Américas.
Las políticas espaciales hemisféricas de “alineamiento forzado” como centro de la estrategia de reconstrucción hegemónica global, prometen suscitar tensiones y conflictos de incalculables consecuencias. Al norte, los intentos de apropiación de Groenlandia, un territorio bajo jurisdicción danesa, procuran además de sus valiosos recursos, un posicionamiento estratégico ventajoso de los Estados Unidos frente a Rusia y China ante el eventual deshielo del océano Ártico. El planteamiento ha abierto una profunda fractura e inquietud de parte de sus socios y aliados europeos. Al sur, el cambio unilateral de la denominación del Golfo de México por Golfo de América no sólo abre un contencioso ante México y el resto de los países que comparten el espacio geográfico, sino que desafía la autoridad de instancias internacionales como la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, el Grupo de Expertos de las Naciones Unidas en Nombres Geográficos y la Organización Hidrográfica Internacional.
El control de los corredores interoceánicos constituye un interés estratégico estadounidense de larga data. El rechazo del Senado colombiano en 1903 a la letra del Tratado Herrán-Hay para la construcción de una vía interoceánica en ese país fue seguido del apoyo condicionado a la independencia de Panamá. Esto propició la firma del Tratado Hay-Bunau Varilla de cesión de derechos de construcción del actual canal panameño. En 1977, con la anuencia del líder panameño Omar Torrijos y el presidente estadounidense Jimmy Carter la administración del mismo comenzó a pasar de manera gradual al gobierno de Panamá hasta consolidarse de manera total en 1999. Desde el propio acto de inauguración del segundo mandato del presidente Trump, se ha esgrimido la falacia del control chino del corredor, funcional a la estrategia de eliminación de la presencia de sus rivales en el hemisferio. En realidad, el capital privado de la potencia asiática en el Canal de Panamá se circunscribe a la gestión logística de dos de los puertos adyacentes del mismo. Esto no menoscaba en lo absoluto los derechos soberanos panameños. La combinación de la narrativa engañosa con fuertes presiones diplomáticas llevó a la decisión del gobierno de Panamá de no renovar el acuerdo de entendimiento con Beijing en el marco de la estrategia de colaboración global en desarrollo de infraestructuras, mejor conocida como la iniciativa de “La Franja y la Ruta”.
Los mismos adversarios que amenazan nuestra herencia común amenazan también nuestra geografía compartida. Buscan desplazar la histórica relación “Norte-Sur” que siempre hemos compartido mediante una suerte de nuevo “Sur Global” que excluye a Estados Unidos y a otras naciones occidentales pero incluye a potencias no occidentales y otros adversarios.
La respuesta a nuestro desafío no es ignorar nuestra geografía en nombre de intereses globales, sino abrazar nuestra geografía compartida en nombre de los intereses nacionales. Por eso el presidente Trump ha trazado un nuevo mapa estratégico desde Groenlandia hasta el Golfo de América y el Canal de Panamá y sus países circundantes.
En el Departamento de Guerra llamamos a este mapa la Gran América del Norte. ¿Por qué? Porque cada nación soberana y cada territorio al norte del Ecuador —desde Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana— no forma parte del “Sur Global”. Es nuestro perímetro inmediato de seguridad en este gran vecindario en el que todos vivimos. Cada uno de estos países limita con el Atlántico Norte o con el Pacífico Norte.
Cada uno de estos países se encuentra al norte de las dos grandes barreras geográficas naturales de esta región: la Amazonía y los Andes. Esta es geografía básica que deberíamos enseñar más en nuestras escuelas. Y nos restituye la relación Norte-Sur que debemos encauzar correctamente. En el norte, Estados Unidos debe reforzar su postura y presencia en cooperación con ustedes y nuestros socios soberanos para defender nuestro perímetro inmediato de seguridad compartido.
Las discusiones y discrepancias acerca del término “Sur Global” son reales. Su definición se ha tornado compleja por la diversidad de perspectivas, disciplinas y actores que lo abordan y emplean. No sólo se refiere a un ámbito geográfico, sino también a una comunidad de países con bajos niveles de desarrollo económico relativo. Sin embargo, lo que más ha inquietado en el “Norte” es la intención de plantear una postura crítica ante el orden hegemónico, denunciar sus malas prácticas y revelar la crisis sistémica que sufre. Asimismo, el llamado “Sur Global” se ha propuesto —en medio de limitaciones, dificultades y desacuerdos— construir un marco global de cooperación polifacética con apego a los principios de no intervención e igualdad soberana, y el propósito expreso de lograr una reforma de Naciones Unidas que permita una mejor representación de las visiones e intereses de la mayoría de naciones del planeta. A pesar de la radicalidad de su discurso y su accionar, se tornará complejo para Washington la destrucción de las variadas articulaciones de los países latinoamericanos, tanto a nivel regional como extrarregional, no solamente por la complejidad de intereses que confronta, sino por el escaso tiempo con el que cuenta la actual administración para desmontar esfuerzos (CELAC, BRICS, G77) que han costado décadas de trabajo político y diplomático.
En el sur, es decir, al sur del ecuador, en el otro extremo de este gran vecindario, fortaleceremos las asociaciones mediante un mayor reparto de responsabilidades. Esto les permitirá a ustedes asumir un papel más importante en la defensa del Atlántico Sur y el Pacífico Sur, y en la protección de infraestructura crítica y recursos estratégicos en asociación con nosotros y otras naciones occidentales.
Esto es lo que hicimos en la Segunda Guerra Mundial, igual que hundimos barcos con torpedos entonces. En el Departamento de Guerra lo llamamos la “defensa del cuadrante hemisférico”, y lo haremos de nuevo. Si tomamos en serio nuestra seguridad nacional y priorizamos la geografía, el statu quo no puede continuar. Esto significa que para cada país de este hemisferio la seguridad fronteriza debe ser su máxima prioridad.
La seguridad fronteriza es seguridad nacional. El presidente Trump lo dijo cuando se postuló por primera vez; no eres un país si no tienes fronteras, y tiene razón. El presidente Trump selló nuestra frontera ordenando al Ejército que movilizara recursos y personal para detener la invasión de los cárteles y otros actores criminales.
Ustedes también pueden hacer esto, y muchos de ustedes ya lo han hecho. Esto significa que ustedes también pueden y deben pasar a la ofensiva contra los narcoterroristas. Hemos tenido una gran colaboración con muchos países en los últimos meses, y quiero agradecer a cada país en esta sala que nos ha facilitado el acceso para detectar, localizar y neutralizar objetivos de los cárteles.
Apenas hemos comenzado a trabajar con ustedes. Queda mucho por hacer, de su parte y de la nuestra, para actuar contra los grupos narcoterroristas en todos los ámbitos. Vamos a desmantelar las redes narcoterroristas en este hemisferio y vamos a impedir el acceso a los adversarios estatales que las apoyan. Vamos a corregir los errores del pasado, los errores del pretendido “Sur Global”.
Quiero agradecer al general Donovan por su liderazgo en el Comando Sur. Uno de los grandes errores del pasado fue que nuestros líderes no proporcionaban al Comando Sur el apoyo que necesitaba. Era un comando repleto de abogados, trabajadores sociales, ONGs y efectivos de seguridad.
Eso está cambiando. General, estoy instruyendo a mi equipo para que corrija estos fracasos históricos y garantice que su comando cuente con los recursos y el personal que necesita para esta robusta misión que tenemos por delante. Es lo menos que podemos hacer. Quisiera… [aplausos] ¡Claro que sí, gracias!
Ya era hora, pero no somos solo nosotros en el Departamento de Guerra y no es solo el Comando Sur. Esto se extiende a toda la administración Trump. Esto se extiende también a todo el Departamento de Guerra. Stephen Miller, gracias por tu apoyo y tu liderazgo, por tu claridad al entender por qué esto importa a cada ciudadano estadounidense y por qué el Departamento de Guerra es central para que esto suceda. Esto no sucede sin el presidente Trump, y tampoco sucede sin tu claridad y tu liderazgo.
Quiero agradecer también al General Nordhaus por su apoyo en todos los niveles. Hay tantos a quienes agradecer. Veo aquí a Corey Lewandowski del Departamento de Seguridad Nacional; sin el Departamento de Seguridad Nacional esto no estaría sucediendo. Por supuesto, Joseph Humire, la otra mitad del nuevo bromance con el General Donovan.
Corey Lewandowski, ex asesor de Donald Trump y pareja sentimental de Kristi Noem, ejerce una influencia significativa en el Departamento de Seguridad Nacional. La reciente designación de Noem como enviada especial para el Escudo de las Américas, antes que un castigo por supuesta corrupción —como reseñaron algunos medios—, es un reposicionamiento hacia una tarea de menor costo político y mayor exposición internacional y mediática, y una señal de que la administración republicana entiende la seguridad de “las Américas” como un asunto de seguridad interna. Para el trumpismo y el mundo MAGA, Noem es un activo electoral importante.
Joseph Humire, subsecretario adjunto de Guerra para Asuntos del Hemisferio Occidental, cuenta con vasta experiencia en la investigación de asuntos de seguridad hemisférica (dirigió durante una década el think tank Center for a Secure Free Society), con especial énfasis en Venezuela y Colombia, país cuyas Fuerzas Armadas lo condecoraron hace algunos años. Humire es uno de los grandes promotores de la necesidad de combatir a las organizaciones criminales en América Latina y ha puesto el foco en el Tren de Aragua, aunque organizaciones como Insight Crime alertaron que las investigaciones de su centro de pensamiento contenían datos falsos y desproporcionados. De ascendencia latina, Humire compareció recientemente ante el Congreso, donde afirmó que no descarta intervenciones militares terrestres por parte de los Estados Unidos en territorio latinoamericano en el marco de la Operación Lanza del Sur.
Eric Geressy, que desde mi primer día en la oficina —fue mi sargento primero en Irak— es uno de mis asesores principales. Desde el primer día, habiendo trabajado largo tiempo en el Comando Sur, dijo que debíamos enfocarnos en la amenaza de los cárteles, y formó un equipo para orientarnos en esa dirección. Mucho de lo cual se manifiesta hasta el día de hoy. Patrick Weaver, Phil Hegseth, a quien casualmente conozco, y Ricky Buria, mi jefe de gabinete, por hacer un gran trabajo organizando todo esto.
Tony Salisbury, gracias. Tantas personas que cada día —espero que lo sepan— trabajan duro en Washington para estar a la altura de ustedes y acompañarlos en esta misión. Esta no es una conferencia para posar con banderas y darnos palmadas en la espalda. Puedo decirles que si le hubiera vendido eso como objetivo al presidente Trump, me habría echado de su oficina.
Patrick Weaver es asesor en la oficina del secretario de Guerra y previamente se desempeñó como funcionario en la Casa Blanca. Phil Hegseth —hermano menor del secretario— se desempeña como asesor principal del Departamento de Seguridad Nacional y enlace con la oficina de su hermano mayor.
Tony Salisbury es un agente estadounidense con amplia trayectoria en varias instituciones dedicadas al combate el narcotráfico. Fue agregado diplomático en México y tuvo a su cargo la coordinación de todas las agencias estadounidense que tienen presencia en el territorio vecino.
Esta es una conferencia operativa para acercar más a nuestros países con el fin de alcanzar un objetivo compartido y hacerlo de manera decidida. Esta no es una calle de sentido único. Cada socio de esta región debe hacer más e invertir más en su propia seguridad. Nosotros, como ustedes, queremos un hemisferio de naciones soberanas, seguras y prósperas. Como ustedes, queremos lo que otro gran presidente estadounidense, Teddy Roosevelt, llamó la “Paz Permanente” en este hemisferio, y eso requerirá acción de parte de todos nosotros.
Nuestras escuelas solían enseñar a los niños estadounidenses nuestra bendita historia. Cada niño en la escuela primaria crecía conociendo la notable historia de este país. Sabían que el presidente James Monroe fue huérfano, que a tan solo 16 años tuvo que hacerse cargo de sus hermanos. Yo tengo un hijo de casi 16 años y no podría hacerse cargo de nada. Es notable. Pues bien, ese huérfano llegó a ser no solo uno de los más grandes presidentes, sino uno de los más grandes estadounidenses.
Tras su presidencia, cuando su esposa murió y quedó débil y enfermo con insuficiencia cardíaca, seguía hablando de lo que llamaba nuestra causa común de la libertad, seguía hablando de los esfuerzos y los peligros de nuestra guerra de independencia. James Monroe, nuestro séptimo presidente, murió el 4 de julio. El 4 de julio, Día de la Independencia, de 1831, 50 años después de 1776. Lo que me gusta decir es que aquí en el Departamento de Guerra estamos en la tarea de 1775, que es cuando los estadounidenses tomaron las armas, antes incluso de haber declarado la independencia.
Todos ustedes también están en la tarea de 1775. Sin la fuerza de las armas, sin nuestros ejércitos, no podemos mantener seguros a nuestros países. Esa es mi responsabilidad y es la de ustedes. Con Donald Trump en el Despacho Oval y con todos ustedes aquí, aún podemos hacer realidad aquel viejo sueño de James Monroe en nuestro tiempo. Haremos que las Américas vuelvan a ser grandes. Gracias y que Dios los bendiga. ![]()
