En los últimos días, el presidente electo, Rodrigo Paz, ha dado claras definiciones de los giros que impulsará en sus políticas de gobierno. En materia de política exterior, anunció que buscará la reconstrucción de las relaciones con Estados Unidos y la obtención de apoyo financiero para el país. En ese marco, Paz viajó a EE. UU. para gestionar recursos y combustibles y concretar su plan de estabilizar la economía. No obstante, en una demostración de pragmatismo, Paz también celebró la predisposición de China para trabajar con Bolivia en esta nueva etapa, reforzando las relaciones bilaterales.
En el ámbito de la seguridad, Paz ha mostrado una clara inclinación a buscar ayuda internacional para enfrentar desafíos internos. El presidente electo reveló que habló con el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, a quien le pidió ayuda para el sistema de cárceles de Bolivia. Esta apertura a la cooperación en materia de seguridad se complementa con el anticipo del retorno de organismos extranjeros, como la Drug Enforcement Administration (DEA) de los Estados Unidos. Sin embargo, esta posibilidad fue rechazada por el vicepresidente electo, Lara, quien advirtió que «ningún organismo puede meterse en nuestra soberanía».
Como puede verse, la transición de gobierno ha revelado fricciones dentro del binomio ganador. El vicepresidente electo, Lara, manifestó su preocupación, alegando que Paz «no responde sus llamadas ni mensajes«. Lara incluso advirtió que es «difícil hablar con Paz» y le pidió que «no se emborrache de poder». Estos desencuentros, que son cada vez más frecuentes entre el presidente y su vice, adelantan una posible fractura en el mismo seno del gobierno que está por asumir el poder.

