PROYECCIÓN GLOBAL Y LA BÚSQUEDA DE EQUILIBRIOS EN LA POLÍTICA EXTERIOR BRASILEÑA

Si vemos la foto del mundo el 1 de enero de 2023, cuando Luiz Inácio Lula da Silva asumió por tercera vez la presidencia del Brasil, y la comparamos con la foto actual, las diferencias son abismales. Solo para empezar, seis de los diez países de Sudamérica estaban gobernados por un signo político progresista, de izquierda o centroizquierda. El cambio es aún mayor si consideramos a los países de Centroamérica y el Caribe. Hechos como el genocidio en la Franja de Gaza, el segundo mandato de Donald Trump, la intervención en Venezuela o la guerra en Irán aún no habían ocurrido y parecían improbables. Pero en estos tres años el mundo cambió de manera radical y la potencia sudamericana gobernada por el exdirigente sindical ha tenido que enfrentar los vaivenes planetarios con una oposición interna férrea y articulada con intereses internacionales.

Otras cosas aún se mantienen. China sostiene un crecimiento económico arrolladoramente constante; el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania —con el apoyo de la OTAN— ya llevaba aproximadamente un año en aquel momento y continúa sin cerrarse; y los BRICS ya comenzaban a jugar un rol más protagónico en la política global.

Todo lo que está entre la postal de aquel enero de 2023 y la actualidad ha sido un torbellino de sucesos violentos y acontecimientos vertiginosos que generaron un mundo aún más inestable y convulso. Sobre ese nuevo escenario navega la gestión de Lula y el programa de Itamaraty a cargo del canciller Mauro Vieira. La política exterior de Brasil se ha distinguido históricamente por su estabilidad, profesionalismo y la búsqueda de autonomía, así como por su intención de consolidar una hegemonía regional —lo que el economista y sociólogo brasileño Ruy Mauro Marini llegó a denominar “subimperialismo”— y, sobre todo desde la llegada de la izquierda al poder, por construir un liderazgo que le permita jugar en el terreno internacional y aportar a la construcción de un mundo multipolar. En Traza Continental, hacemos un repaso de la política exterior brasileña en tres frentes —su relación con Estados Unidos, su papel en los BRICS y su política hacia América Latina— para examinar cuál es la condición presente del gigante sudamericano en el tablero mundial.

LA RELACIÓN CON ESTADOS UNIDOS

¿Es Brasil una piedra en el zapato para las actuales pretensiones norteamericanas en la región? Podría serlo. La mera existencia de Brasil es un problema para cualquier pretensión hegemónica. Un país de más de 213 millones de habitantes, con una superficie apenas menor que la norteamericana, con desarrollo industrial, marina mercante, potencial agroexportador —apenas detrás de EE.UU. y la Unión Europea—, único integrante en la región del bloque económico que se articula en los BRICS y, además, gobernado por un líder nacionalista con una base de apoyo lo suficientemente sólida para disputar las elecciones de este año, no son condiciones fáciles de sobrellevar para las intenciones de predominio estadounidense.

¿Es Brasil una piedra en el zapato para las actuales pretensiones norteamericanas en la región? Podría serlo. La mera existencia de Brasil es un problema para cualquier pretensión hegemónica.

Tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Lula ha adoptado una postura de pragmatismo diplomático combinada con fuertes críticas al subibaja arancelario y el belicismo de la gestión norteamericana. El presidente brasileño cuenta con varios elementos para plantarse al incesante asedio estadounidense sobre la región: Brasil es uno de los diez países del mundo que con más reservas —aproximadamente 360 mil millones de dólares—, no está endeudado al extremo con organismos internacionales, cuenta con consensos mínimos de las élites económicas que se plasman en planes institucionales y en políticas comerciales; tiene una experiencia previa acumulada de búsqueda de autonomía del hegemón americano desde 2005; y, sobre todo, no comparte frontera y su economía no es dependiente del mercado estadounidense.

Antes del inicio del segundo gobierno de Trump, bajo la presidencia de Lula, Brasil pudo repeler los intentos de Elon Musk de imponer su lógica por encima de las instituciones nacionales. Aunque la disputa se dio entre el multimillonario y el juez Alexandre de Moraes —por la investigación a la plataforma X por su papel en el asalto a la Plaza de los Tres Poderes de Brasilia en enero de 2023—, el respaldo del Ejecutivo ante la negativa de Musk de cumplir con las sanciones impuestas por la justicia brasileña a la red social fue determinante. “No puede andar ofendiendo al presidente, diputados, senadores, Corte Suprema. ¿Quién se cree que es?”, dijo el mandatario sobre el caso. “Tiene que respetar la decisión de la Corte. Tiene que aceptar las reglas (…) si este país tomó una decisión a través de la Suprema Corte, él (Musk) tiene que acatarla. Si las decisiones judiciales valen para mí, también valen para él. De lo contrario, no seríamos un país soberano”. Musk, por su parte, alegó que las sanciones de la justicia brasileña atentaban contra la libertad de expresión y emprendió una campaña en contra del juez que persiste hasta hoy.

Este episodio de tensiones sería un antecedente de lo que vendría después. Cuando Donald Trump asumió su segundo mandato, Lula afirmó que esperaba que el republicano tuviera “una gestión provechosa” y que Estados Unidos siguiera siendo “el socio histórico de Brasil”. Pero vino la guerra arancelaria que tensó las relaciones con el mundo entero y Brasil no fue la excepción. El gobierno estadounidense impuso primero aranceles del 10% y luego del 50% a productos brasileños, justificando la medida en supuestos desequilibrios comerciales y denunciando una “caza de brujas” contra el expresidente Jair Bolsonaro, en una clara injerencia sobre los asuntos internos del país. Brasil respondió con medidas recíprocas —aprobadas por el Congreso— y una denuncia ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), mientras Lula da Silva calificó los gravámenes como “chantaje inaceptable”. Además, Brasil dio un paso al frente y llevó al plano multilateral la denuncia de injerencia en el caso del juicio a Bolsonaro. Durante la Asamblea General de las Naciones Unidas de septiembre de 2025, Lula se pronunció sobre el asunto defendiendo la soberanía institucional brasileña y cuestionando la utilización de instrumentos económicos como presión política, aumentando el tono del reclamo y la apuesta.

Tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Lula ha adoptado una postura de pragmatismo diplomático combinada con fuertes críticas al subibaja arancelario y el belicismo de la gestión norteamericana.

En ese contexto de enfrentamientos se produjo un breve contacto entre ambos mandatarios en la sede de Naciones Unidas que confirmó la voluntad de mantener abierto el canal de diálogo pese a los desacuerdos. Posteriormente, el 6 de octubre de 2025, mantuvieron una conversación telefónica de treinta minutos en la que el presidente brasileño solicitó la revisión del “tarifazo”, a lo que Trump respondió que comenzarían a “hacer negocios”, acordando avanzar hacia una relación bilateral centrada en la cooperación en asuntos estratégicos y de interés para ambos países, como los minerales críticos. Ese mismo mes, el ministro de Minas y Energía de Brasil, Alexandre Silveira, realizó un viaje a Washington para la implementación de esa agenda y en noviembre se eliminaron los aranceles adicionales a una serie de productos brasileños, lo que Lula celebró como una “victoria del diálogo, de la diplomacia y del buen sentido”. El ciclo de tensiones que duró los primeros meses de la gestión republicana marcó la pauta de la política exterior brasileña hacia los Estados Unidos de Trump: confrontación discursiva combinada con preservación de mecanismos de negociación.

En este último encuadre es que podemos analizar dos episodios más: el primero, las declaraciones del presidente brasileño en la última cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en marzo de este año, en donde cuestionó la intervención en Venezuela y el asedio a Cuba: “¿Qué le están haciendo ahora a Cuba? ¿Qué le hicieron a Venezuela? ¿Eso es democrático?”, preguntó a las y los asistentes en Bogotá, “¿En qué párrafo y artículo de la Carta de las Naciones Unidas se dice que el presidente de un país puede invadir otro? ¿En qué documento del mundo se afirma eso? Ni siquiera en la Biblia. Nada permite que esto suceda. ¿Es este el uso de la fuerza y ​​el poder para colonizarnos de nuevo?”; y el segundo, las últimas palabras de apoyo por parte de Lula al papa León XIV ante el cruce de declaraciones entre el pontífice y Trump: “Mi más profunda solidaridad con el papa León XIV. A lo largo de la historia de la humanidad, quienes abogan por la paz y por los oprimidos han sido atacados por personas poderosas que creen ser deidades a las que hay que adorar”.

El ciclo de tensiones que duró los primeros meses de la gestión republicana marcó la pauta de la política exterior brasileña hacia los Estados Unidos de Trump: confrontación discursiva combinada con preservación de mecanismos de negociación.

LA APUESTA POR EL MULTILATERALISMO Y LOS BRICS

Pero Itamaraty no se ha quedado entrampado en la relación con Estados Unidos. A la vez que despliega una estrategia de confrontación discursiva para reafirmar su soberanía y mantiene los mecanismos de cooperación con el país norteamericano, Brasil ejecuta una política de alianzas globales que es atendida personalmente por el titular del Ejecutivo, denotando así que para el gigante del sur la política exterior es un asunto de Estado y una herramienta prioritaria.

Si hay un espacio donde la política exterior de Lula adquiere densidad estratégica son los BRICS, el bloque que aglutina a las principales economías emergentes del planeta y que ya cuenta con diez Estados miembro que concentran más del 40% de la población mundial y cerca del 40% del PIB planetario. Más que un foro cualquiera, los BRICS aparecen, en la mirada brasileña, como una herramienta para intervenir en la transición —todavía incierta— hacia un orden internacional no hegemonizado por Estados Unidos y como un espacio para su propia proyección.

Esto ha implicado, en primer lugar, fortalecer mecanismos ya existentes como el Nuevo Banco de Desarrollo —presidido por la expresidenta brasileña Dilma Rousseff— y, en segundo, ampliar la capacidad de coordinación política del bloque frente a las decisiones unilaterales de las grandes potencias occidentales. En este sentido, la presidencia del mecanismo ejercida por Brasil durante 2025 fue exitosa pero no menos compleja, debido a las diferencias y la diversidad que existe en el bloque, que aglutina a los países miembros originales —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— pero que ha incorporado a otras naciones con regímenes y tradiciones culturales diversas como Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia.

El movimiento de Brasil en los BRICS es más complejo de lo que sugiere una lectura lineal. Brasil no concibe el mecanismo como una alianza cerrada ni como un bloque antioccidental en sentido estricto. Por el contrario, su apuesta es sostener una lógica de “geometría variable”: un espacio flexible que le permita negociar simultáneamente con Estados Unidos, China y la Unión Europea, sin quedar subsumido en ninguno de esos polos.

En ese equilibrio delicado se juega una de las claves de la política exterior brasileña. El vínculo con China, por ejemplo, es indispensable en términos comerciales y financieros, pero al mismo tiempo plantea un riesgo: que los BRICS deriven en una plataforma excesivamente dependiente de la gravitación del gigante asiático. Lula intenta evitar ese desplazamiento reforzando la autonomía relativa de Brasil dentro del bloque y promoviendo una agenda que no se reduzca a los intereses de una sola potencia. Eso explica la reciente visita del presidente sudamericano a la India y la recepción en Brasilia de Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica.

Si hay un espacio donde la política exterior de Lula adquiere densidad estratégica son los BRICS, el bloque que aglutina a las principales economías emergentes del planeta…

Durante su visita oficial a la India en febrero de 2026, Lula profundizó la asociación estratégica con el gobierno de Narendra Modi mediante la firma de acuerdos orientados a consolidar un eje de cooperación Sur-Sur en sectores considerados críticos para la reconfiguración de las cadenas globales de valor. Entre los instrumentos más relevantes se destacó un memorando bilateral sobre minerales estratégicos y tierras raras —insumos clave para la transición energética, la industria digital y la defensa— junto con iniciativas de cooperación en energía renovable, transformación digital, salud, siderurgia y aviación, además de mecanismos para ampliar el comercio bilateral desde los actuales niveles, superiores a los 15 mil millones de dólares, hacia una meta cercana a los 30 mil millones en los próximos años. En términos políticos, la visita se inscribió en la convergencia entre ambas potencias emergentes dentro del marco de los BRICS y en la búsqueda compartida de mayor autonomía tecnológica y protagonismo del Sur Global en la gobernanza internacional, reforzada por la participación de una amplia delegación empresarial brasileña y por la decisión de priorizar acuerdos estratégicos con la India antes que con socios occidentales en áreas sensibles como los minerales críticos.

La visita del presidente sudafricano a Brasil permitió a ambos países fortalecer la cooperación en materia de turismo, comercio e inversiones, y fue el escenario propicio para que el jefe de Estado brasileño se posicionara sobre dos temas fundamentales en su agenda: la necesidad de fortalecer las capacidades de defensa de ambos países, así como la urgencia de desarrollar empresas binacionales para la explotación y aprovechamiento de minerales críticos. “Aquí, en Sudamérica, nos consideramos una región de paz. Aquí nadie tiene bombas nucleares, aquí nadie tiene bombas atómicas; aquí nuestros drones se utilizan para la agricultura, con fines tecnológicos y no para la guerra. Por lo tanto, entendemos la defensa como una forma de disuasión, pero […] si no nos preparamos en materia de defensa, cualquier día alguien nos invadirá”, dijo el mandatario. “No necesitamos seguir comprando armas a los señores de las armas, podemos producirlas nosotros mismos. Lo que necesitamos es convencernos de que nadie nos va a ayudar, salvo nosotros mismos”, abundó.

Los BRICS también funcionan para Brasil como amplificador de voz internacional. Para el país sudamericano, hablar desde ese espacio no es lo mismo que hacerlo en soledad: le permite inscribir sus posiciones en una escala más amplia, asociada al conjunto del Sur Global y como una puerta de entrada al conjunto de Sudamérica. Pero quizás el aspecto más significativo de esta apuesta brasileña por los BRICS radique en su dimensión económica y financiera. La promoción del uso de monedas locales en el comercio intra-BRICS, así como la discusión —todavía incipiente— sobre mecanismos financieros alternativos al dólar, apunta a erosionar uno de los pilares centrales del orden internacional vigente. No se trata de una ruptura inmediata, sino de una estrategia gradual: diversificar las operaciones para ganar margen de maniobra. “Siempre hemos defendido que los países pequeños se unan para negociar con los grandes. Países como India, Brasil, Australia y otros del Sur Global necesitan estar unidos, porque en negociaciones directas con superpotencias la tendencia es perder”, afirmó Lula hace algunas semanas.

Los BRICS también funcionan para Brasil como amplificador de voz internacional. Para el país sudamericano, hablar desde ese espacio no es lo mismo que hacerlo en soledad…

AMÉRICA LATINA Y LA PRUDENCIA ACTIVA

En América Latina, la política exterior brasileña no se apoya en una idea tradicional de liderazgo, sino en una lectura mucho más consciente de su vocación histórica, a la vez que mira la realidad de los límites actuales de la región. Allí aparece un punto clave: Brasil ya no opera en un escenario de “afinidades ideológicas” como a principios del siglo XXI, sino en un mapa fragmentado, donde conviven proyectos políticos abiertamente contradictorios y hasta adversos a sus intereses.

En ese contexto, el liderazgo brasileño se redefine menos como conducción y más como capacidad de articulación en la heterogeneidad. Como señaló la especialista María Haro Sly en diálogo con Traza Continental, “hay una decisión deliberada de evitar intervenciones directas o posturas que puedan leerse como injerencistas, incluso frente a crisis regionales”. Esto marca una diferencia con etapas anteriores: Brasil no busca ordenar políticamente la región, sino sostener canales abiertos que le permitan incidir sin romper equilibrios.

Un ejemplo de esto es la postura que ha tenido Brasilia en torno a Venezuela y Cuba, por un lado, y, por otro, la relación que ha desarrollado el presidente brasileño con exponentes de la ultraderecha como el chileno José Antonio Kast. En el primer caso, Brasil se ha limitado a condenar las acciones y presiones de Estados Unidos, pero sin jugar un rol más activo en algún tipo de mediación diplomática. En el segundo, el trato ha estado marcado por una combinación de fuertes diferencias ideológicas —Lula canceló su asistencia a la asunción de Kast en marzo porque el presidente chileno invitó a Flávio Bolsonaro—, pero un gran pragmatismo en el plano bilateral. Aunque Kast construyó su trayectoria política en oposición al ciclo progresista latinoamericano representado por Lula y otros liderazgos, ambos mandatarios mantuvieron en enero de 2026 un primer encuentro en el marco del Foro Económico Internacional de América Latina y el Caribe celebrado en Panamá, donde priorizaron agendas de cooperación en seguridad regional, energía e integración física, especialmente frente al avance del crimen organizado transnacional. Tras la reunión, el entonces presidente electo Kast subrayó explícitamente el carácter institucional del vínculo al afirmar que se trataba de “una relación de Estados (…) más allá de diferencias ideológicas”, reflejando una pauta de normalización diplomática típica de la política exterior brasileña reciente: preservar la cooperación regional incluso frente a gobiernos de orientación conservadora. Con Argentina, por ejemplo, a pesar de las declaraciones subidas de tono de Javier Milei hacia Lula —lo llamó “comunista corrupto”— y las respuestas de éste — “No tengo ninguna relación con el presidente Javier Milei ni tengo interés en tenerla”— que han derivado en una distancia diametral entre mandatarios, las relaciones diplomáticas y comerciales se han mantenido estables: Brasil sigue siendo el principal socio comercial de Argentina y el país albiceleste es el tercer destino de las exportaciones brasileñas y su principal socio en el Mercosur.

Brasil ya no opera en un escenario de “afinidades ideológicas” como a principios del siglo XXI, sino en un mapa fragmentado, donde conviven proyectos políticos abiertamente contradictorios y hasta adversos a sus intereses.

Donde Brasil ha desplegado un esfuerzo renovado es en su relación con México, país al que mira como un aliado estratégico. En agosto de 2025, el vicepresidente de la República Federativa de Brasil, Geraldo Alckmin, visitó el país y sostuvo una agenda dedicada a consolidar y ampliar los intercambios comerciales. La visita tuvo lugar después de una llamada previa entre los mandatarios de ambos países y Alckmin fue recibido por la presidenta Claudia Sheinbaum en Palacio Nacional. En marzo de este año Lula volvió a la carga y propuso a la presidenta mexicana avanzar en una alianza entre Petrobras y Pemex para la exploración conjunta de hidrocarburos en aguas profundas del Golfo de México, destacando que Pemex podría recibir una gran ayuda de Petrobras gracias a su experiencia tecnológica en ese segmento. La iniciativa se encuentra en evaluación por parte del gobierno mexicano. Este acercamiento se inscribe en una agenda más amplia de cooperación en soberanía energética y coordinación política regional, reforzada además por la coincidencia de ambos gobiernos en foros internacionales progresistas como la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, recientemente realizada en Barcelona, y por la voluntad de ampliar la interlocución de las dos economías más grandes de la región.

En el caso del Mercosur, el papel de Brasil ha sido central, tanto en la coordinación política interna del bloque como en la conducción de su agenda externa, particularmente en las negociaciones con la Unión Europea. Tras más de veinticinco años de negociaciones, la firma del acuerdo de asociación UE-Mercosur en enero de 2026 representó un hito diplomático en el que Brasil desempeñó un rol decisivo como articulador. “La UE y el Mercosur dieron una lección al mundo con el acuerdo que entra en vigor el 1 de mayo. Casi 750 millones de habitantes, un PIB de 22 billones de dólares, es un comienzo muy exitoso”, dijo el mandatario sudamericano en una entrevista reciente con El País.

En este contexto regional, recobra importancia una estrategia diplomática conocida para Itamaraty: la idea de una “prudencia activa”, es decir, una participación regional que prioriza la cautela modulando el tono, privilegiando la negociación frente a la confrontación y evitando escalar las diferencias en un escenario donde las afinidades ideológicas son escasas.

EL FRENTE INTERNO

Un elemento central que hemos de considerar al analizar la política exterior brasileña es el momento de su política interna. Por un lado, mostrarse firme ante Donald Trump otorga al presidente liderazgo local, y por otro, su ejercicio diplomático tanto con Estados Unidos como con el resto del mundo lo muestra como un jefe de Estado abierto al diálogo y en plena actividad física a sus ochenta años, precisamente cuando su edad se ha convertido en un factor de crítica por parte de los adversarios y de preocupación por parte de sus aliados.

Además, el ejercicio de la política exterior está condicionado por dos factores: la necesidad de estabilidad doméstica y un sistema político en extremo polarizado, donde cada movimiento debe ser calculado en clave electoral a seis meses de los comicios y con encuestas que muestran un empate entre el oficialismo y la oposición. En ese marco, Lula no puede permitirse una política disruptiva o ideologizada en exceso: el pragmatismo es también una forma de administrar demandas internas y la diversificación de relaciones comerciales permite dar mensajes a grupos de poder económico, sobre todo aquellos dedicados a la exportación, determinantes al momento de la elección.

…el ejercicio de la política exterior está condicionado por dos factores: la necesidad de estabilidad doméstica y un sistema político en extremo polarizado, donde cada movimiento debe ser calculado en clave electoral a seis meses de los comicios…

ENTRE LA AMBICIÓN DE POTENCIA Y LA ADMINISTRACIÓN DE LOS LÍMITES

En definitiva, lo que emerge en estos momentos desde Itamaraty no es tanto una estrategia de hegemonía regional, sino una diplomacia de equilibrios. Históricamente, Brasil ha oscilado entre la proyección como potencia sudamericana —e incluso como actor global relevante— y la necesidad más inmediata de garantizar su propia estabilidad, una condición que en estos momentos Lula intenta gestionar en un contexto mucho más adverso que en sus mandatos anteriores.

La primera conclusión que se impone al analizar el juego internacional de Brasil es que su margen de maniobra se ha reducido, aun cuando su vocación de autonomía con respecto a Estados Unidos se mantiene intacta y se hace visible en cada oportunidad. El mundo en el que actúa hoy Lula no es el de la expansión de los commodities, la relativa distensión geopolítica y el auge de los regionalismos que caracterizó el comienzo del siglo XXI. Por el contrario, el escenario actual está marcado por conflictos abiertos, una tendencia a la fragmentación del orden global y el retorno de políticas de poder más agresivas.

En ese contexto, Brasil no puede simplemente reeditar su política exterior previa. La estrategia de “autonomía por diversificación” —históricamente central en Itamaraty— se enfrenta ahora a un sistema internacional menos tolerante a las ambigüedades. La creciente polarización entre Estados Unidos y China, así como la revitalización de lógicas de bloque, tienden a presionar a países como el gigante sudamericano a definiciones más nítidas. Sin embargo, el lulismo insiste en sostener una posición intermedia, consciente de que cualquier alineamiento automático implicaría resignar capacidad de decisión.

Aquí aparece un segundo elemento clave: la política exterior brasileña no busca tanto resolver las tensiones del sistema internacional desde sus propias capacidades sino promover soluciones multilaterales. “Ya llamé al presidente chino, Xi Jinping, al primer ministro indio, Modi, a Putin, a Macron, a todos, pidiéndoles que nos reunamos, que discutamos”, confesó el presidente brasileño hace unos días. El respaldo a la convocatoria de Pedro Sánchez a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia y la declaración conjunta de México, Brasil y España sobre Cuba se inscriben también en esta premisa.

Algo similar ocurre con la apuesta por los BRICS. Lejos de constituir un alineamiento ideológico cerrado, los BRICS funcionan para Brasilia como una herramienta para ampliar el margen de negociación y su papel regional y global. Es, en términos estratégicos, una forma de compensar asimetrías: Brasil no puede disputar poder global en soledad, pero sí puede hacerlo como parte de un entramado más amplio de países emergentes. Sin embargo, esta apuesta también tiene límites evidentes, tanto por las tensiones internas del bloque como por el riesgo de quedar excesivamente vinculado a la gravitación de China.

En definitiva, lo que emerge en estos momentos desde Itamaraty no es tanto una estrategia de hegemonía regional, sino una diplomacia de equilibrios.

En América Latina, la situación es aún más compleja. Brasil enfrenta una región fragmentada, sin un horizonte político común y con niveles de inestabilidad que dificultan cualquier intento de liderazgo sostenido. En este escenario, la estrategia brasileña se redefine: ya no se trata de conducir procesos de integración con una impronta clara, sino de sostener vínculos, evitar rupturas y posicionarse como un interlocutor inevitable. Pretender un liderazgo más contundente en un contexto de fragmentación regional y presión externa podría resultar contraproducente. En cambio, un liderazgo de baja intensidad y la “prudencia activa” aparecen como una forma de preservar capital político en un entorno volátil.

Para la región latinoamericana y caribeña puede ser útil pensar a Brasil como un actor “bisagra” en un mundo en transición y un aliado estratégico para asuntos multilaterales donde la capacidad de acción de otros Estados sea limitada, ya sea por su peso o su cercanía con Estados Unidos. Brasil no es una potencia capaz de imponer reglas, pero tampoco un país periférico sin capacidad de incidencia. Su lugar está en el medio: negociando y construyendo márgenes de autonomía en un sistema cada vez más deteriorado pero necesitado de alianzas. En este sentido, el fortalecimiento de los vínculos con un actor fundamental en la geopolítica planetaria puede ser redituable para las partes que encuentren en el gigante del sur un compañero de viaje.