R.R. RENO: FAMILIA,
FE Y NACIÓN PARA EL PORVENIR

El conservadurismo estadounidense tiene en R.R. Reno a uno de sus pensadores e intelectuales más serios y respetados. Expositor recurrente en las conferencias National Conservatism (NatCon) y editor de First Things, la revista religiosa más influyente del país norteamericano, Reno es un promotor del post-liberalismo y del retorno de Occidente a sus dioses fuertes: los objetos de amor y devoción que, a lo largo de la historia, unieron a las sociedades: la verdad, la patria, la fe, la familia, la comunidad política. Ante una sociedad abierta y de fronteras porosas, el teólogo aboga por la restitución de la familia, la fe y la nación como soportes de un futuro capaz de sostenerse más allá de la fluidez de los mercados y el fulgor de las tecnologías. Este planteamiento simple pero poderoso —que comparte con muchos dirigentes políticos, empresarios y líderes espirituales en Occidente— puede darnos un marco explicativo de muchas de las convicciones y decisiones de un sector cada vez más sólido e influyente en la política estadounidense. En Traza Continental hacemos una revisión de sus planteamientos.

R. Reno —Russell Ronald Reno III, nacido en 1959 en Baltimore— pertenece a esa generación de intelectuales religiosos estadounidenses que crecieron en el umbral entre un liberalismo exhausto y un siglo XXI marcado por perplejidades nuevas. Formado en Haverford College y doctorado en Yale, hizo carrera durante veinte años enseñando teología y ética en Creighton University. Pero incluso en la academia, Reno nunca se comportó como un académico convencional: su escritura ya dejaba entrever una inquietud más vasta, un malestar profundo respecto del rumbo espiritual y político de Occidente. No era simplemente un profesor de teología; era alguien que estudiaba, casi con urgencia, el derrumbe de las certezas que habían organizado el mundo moderno.

Criado en la Iglesia Episcopal —y lo suficientemente comprometido como para ser delegado en su Convención General— Reno dio un giro decisivo en 2004, cuando se convirtió al catolicismo. Ese pasaje no fue un exabrupto ni un gesto táctico, sino la consecuencia de una convicción: que el cristianismo liberal se había vuelto incapaz de sostener una tradición viva, exigente y con raíces metafísicas profundas. El catolicismo, en cambio, ofrecía para él un suelo más firme en medio de un orden cultural que experimentaba como crecientemente líquido y desfondado.

Desde 2011 dirige First Things, la revista fundada por Richard John Neuhaus, quizás el proyecto intelectual más influyente del conservadurismo religioso norteamericano. Allí Reno encontró el espacio para desplegar una crítica civilizatoria de largo aliento, que combina historia conceptual, análisis cultural y una lectura teológico-política del presente. Sus obras Resurrecting the Idea of a Christian Society (2016) y Return of the Strong Gods: Nationalism, Populism, and the Future of the West (2019), un verdadero meteorito teórico, terminaron por convertirlo en una referencia obligada del conservadurismo intelectual angloamericano.

El catolicismo, en cambio, ofrecía para él un suelo más firme en medio de un orden cultural que experimentaba como crecientemente líquido y desfondado.

Está casado con Juliana Miller, judía practicante. Para Reno, su matrimonio funciona como una escena mínima donde se condensan muchas de sus intuiciones teológicas y políticas. Él lo llama, sin rodeos, un “acto de fe”: la prueba de que Dios puede “escribir derecho con renglones torcidos”. Desde el comienzo decidieron esquivar la salida fácil de una ceremonia secular y conservar, cada uno, su pertenencia religiosa. La boda en una iglesia episcopal incorporó las siete bendiciones y el rompimiento del cristal: no una síntesis edulcorada, sino una convivencia exigente entre tradiciones que se respetan porque se toman en serio.

Reno suele decir que “la fe de su esposa lo educó más que muchos libros”. La “claridad adamantina” de la ley judía que Juliana practica —ese kashrut aspiracional que ordena la cocina, los platos, los gestos cotidianos— opera para él como un recordatorio permanente de que la religión ocurre en actos concretos y no en abstracciones brillantes. Ver a alguien hacer algo simplemente porque Dios lo manda lo devuelve, dice, una y otra vez, a la epístola de Santiago: la fe vive o muere en las obras (Santiago 2:17). Allí aparece una de las fibras centrales de su pensamiento: obediencia, encarnación, forma de vida.

El hogar interreligioso tiene su logística propia —Shabat y misa, Pascua judía y Viernes Santo—, pero Reno insiste en que la unidad se juega en otro plano. En un mundo que describe como desencantado y asediado por el nihilismo, vivir con alguien que se relaciona con Dios sin ironía ni distancia constituye un bien peculiar. Juliana aparece así como algo más que una compañera afectiva: es su aliada en el esfuerzo cotidiano por honrar, servir, obedecer y conocer a Dios. Una pequeña comunidad de sentido frente al ruido de una época que, para Reno, perdió el hábito de tomarse en serio aquello que dice creer.

Una pequeña comunidad de sentido frente al ruido de una época que, para Reno, perdió el hábito de tomarse en serio aquello que dice creer.

EL TRAUMA DEL SIGLO XX Y LA ARQUITECTURA DE LA APERTURA

En el centro de su pensamiento hay un diagnóstico histórico contundente: Occidente vive bajo la sombra de un trauma no resuelto. Entre 1914 y 1945, las guerras mundiales, los totalitarismos y los campos de exterminio produjeron una fractura espiritual sin precedentes. Reno utiliza el término hebreo Shoah (catástrofe) para nombrar no solo el horror del Holocausto, sino la ruina de una civilización que vio derrumbarse sus propias instituciones morales.

La “hora cero” de 1945 instauró un mundo donde las viejas certezas —la verdad, la autoridad, la tradición— parecían no solo frágiles, sino peligrosas. El existencialismo de Sartre y Camus se convirtió en una gramática de supervivencia en un vacío metafísico: una forma de respirar en un mundo donde la confianza estaba rota. Ese nihilismo, sostiene Reno, no fue superado: fue absorbido políticamente y convertido en un programa de ingeniería cultural.

El consenso de posguerra —anti-fascista, anti-totalitario, anti-racista, anti-nacionalista— reorganizó Occidente bajo una ética de la apertura, el desencanto y el debilitamiento. El objetivo era impedir el regreso de los absolutismos del siglo XX, pero, como dice Reno “en el siglo XXI, la oligarquía y una élite irresponsable representan una amenaza mucho mayor para el futuro de la democracia liberal que el regreso de Hitler”. La vieja cura creó una nueva enfermedad: una cultura que menosprecia y sospecha de cualquier vínculo profundo, de cualquier pertenencia estable, de cualquier pasión que pueda unificar.

Con el tiempo, esa ética de la apertura adquirió un carácter punitivo. Reno sostiene que se volvió un régimen moral que predica tolerancia pero sanciona cualquier intento de recomponer un “nosotros” sólido. La combinación entre neoliberalismo económico (derecha) y corrección política cultural (izquierda) expresa, para él, una misma pulsión desintegradora: la desconfianza hacia lo fuerte.

El consenso de posguerra —anti-fascista, anti-totalitario, anti-racista, anti-nacionalista— reorganizó Occidente bajo una ética de la apertura, el desencanto y el debilitamiento.

LA EXPULSIÓN DE LOS DIOSES FUERTES

En ese marco aparece su concepto más conocido: los “dioses fuertes”. Son los objetos de amor y devoción que, a lo largo de la historia, unieron a las sociedades: la verdad, la patria, la fe, la familia, la comunidad política. El consenso de la sociedad abierta los expulsó por considerarlos peligrosos. No es casual, dice Reno, que su expulsión haya estado articulada por figuras como Karl Popper y Friedrich Hayek, a quienes interpreta como arquitectos de un programa anti-metafísico: Popper temeroso de que toda verdad fuerte derive en tiranía; Hayek convencido de que todo bien común robusto conduce al colectivismo. Como dice Reno: “A la sombra de Auschwitz, esta teoría general ha fomentado el desarrollo de una variedad de filosofías antimetafísicas y terapias críticas”.

Pero la cartografía intelectual que Reno traza para entender el agotamiento occidental va más allá de Popper y Hayek. Gianni Vattimo, Michel Foucault y Richard Rorty ocupan también un lugar preciso: son ingenieros de una metafísica del debilitamiento y artesanos del desencantamiento de posguerra. Reno lee en ellos una misma operación: convertir el trauma de 1945 —el miedo al totalitarismo— en principio filosófico permanente, hasta volver sospechosa cualquier verdad densa, cualquier lealtad fuerte, cualquier forma de autoridad capaz de reclamar obediencia.

En Vattimo, filósofo del “pensamiento débil”, esa operación adopta la forma de una celebración. Reno lo retrata menos como filósofo sistemático que como cronista entusiasta del consenso moral de la posguerra. El “debilitamiento del Ser” aparece allí como destino feliz: menos centros, menos reglas, menos verdades exigentes; más apertura, más fluidez, más caridad sin contornos. El problema, señala Reno, es el saldo: una vida pública aligerada hasta perder peso, una moral que ya no nace de amores compartidos sino de una benevolencia abstracta, incapaz de sostener solidaridad real. El mundo que promete Vattimo se parece, para Reno, a un espacio sin gravedad: amable, liviano, inhabitable.

Gianni Vattimo, Michel Foucault y Richard Rorty ocupan también un lugar preciso: son ingenieros de una metafísica del debilitamiento y artesanos del desencantamiento de posguerra.

Con Foucault, la escena se vuelve más combativa. Reno lo sitúa como uno de los grandes pedagogos de la sospecha, el pensador que enseña a mirar toda norma, toda tradición, toda forma heredada como una maldición que oprime la vida. Allí donde antes había herencia, Foucault ve dispositivos. Donde había transmisión, ve control. Donde había forma, ve poder. El resultado es una pedagogía del desencantamiento que entrena generaciones enteras para analizar siempre “hacia abajo”: detrás de cada ideal, una estructura; detrás de cada verdad, una dominación. En ese gesto, para Reno, se evapora la posibilidad misma de la devoción.

Rorty completa el tríptico desde otro registro. Su pragmatismo, amable y desdramatizado, neutraliza al dios fuerte de la verdad al reducir esta última a una mera convención: verdad es lo que nuestros contemporáneos nos permiten decir. Reno lee allí una inversión de la misión socrática. Ya no se trata de buscar lo verdadero, sino de liberarnos de la carga de creer en verdades que obligan. El precio es alto: una pobreza metafísica que deja a la comunidad sin motivos para el sacrificio, sin razones para la lealtad, sin palabras que valgan más que el acuerdo momentáneo.

En conjunto, estos autores componen, para Reno, una misma escena: la de una cultura que desmantela sus propias vías y luego se sorprende ante el cansancio de quienes deben avanzar sin rieles. Donde antes había trayectorias compartidas, quedan individuos obligados a pilotear su propio velero en mar abierto, sin mapas ni puertos, agotados por la tarea infinita de inventarse a sí mismos. El diagnóstico de Reno es claro: una sociedad que renuncia a verdades fuertes termina viviendo, tarde o temprano, como una sociedad sin hogar.

El resultado general es un debilitamiento del Ser: la verdad es reemplazada por significados subjetivos; lo sagrado, por experiencias personales; la pertenencia, por movilidad infinita. Las sociedades se vuelven más flexibles, más diversas, más innovadoras, pero también más frágiles. Reno habla de una “sociedad sin casa”, una civilización donde incluso las élites globalizadas viven sin arraigo territorial ni responsabilidades comunitarias. De allí —dice— la reacción desmedida ante cualquier intento populista de recomponer pertenencias: una histeria “antifascista” que busca mantener al siglo XX como advertencia eterna.

Reno habla de una “sociedad sin casa”, una civilización donde incluso las élites globalizadas viven sin arraigo territorial ni responsabilidades comunitarias.

NIHILISMO Y DILEMA POSLIBERAL

En su texto “Overcoming Nihilism” (First Things, Noviembre 2025), Reno profundiza esta genealogía. La cultura de la apertura no solo toleró el vacío espiritual: lo convirtió en virtud. Reinventó la destrucción de la herencia como pluralismo, la fragilidad como sensibilidad, el escepticismo como humildad. No es que el nihilismo haya sido impuesto; fue seductor. Prometía libertad total (“si nada es verdadero, todo es posible”), prometía paz (“si nada vale la pena, nadie luchará”), prometía prosperidad (“si no hay tradición que proteger, todo puede convertirse en materia prima”).

Pero ese equilibrio es inestable. Para Reno, el presente no es el fin del mundo, sino el final de una época. El retorno del populismo es la forma contemporánea de un proceso más profundo: el regreso de los dioses fuertes, amores densos que vuelven a reclamar presencia. Este conflicto no es entre izquierda y derecha, sino dentro de Occidente: una guerra civil espiritual entre quienes defienden la continuidad del nihilismo administrado y quienes buscan volver a afirmar algo más que negaciones.

Para Reno, el posliberalismo no nace como programa político ni como bandera partidaria, sino como un disenso teológico incubado en la Universidad de Yale durante la década de 1980, cuando la confianza en el proyecto liberal dentro de la religión comenzó a resquebrajarse. Antes de que John Gray popularizara el término en la ciencia política en 1993, Reno ya identificaba un malestar más profundo: la teología liberal, en su afán por emanciparse de la autoridad eclesiástica y ganar “relevancia” contemporánea, terminó confundiendo responsabilidad intelectual con seguidismo académico, blanqueando lo sobrenatural y produciendo iglesias espiritualmente planas, moribundas, y una cultura intelectual atrapada en callejones sin salida. Frente a ese agotamiento, el posliberalismo propone una inversión deliberada del gesto moderno: ser menos inventivos, menos originales, menos modernos, y volver a una actitud de docilidad frente a la tradición. Reno llama a esto “pensar bajo obediencia”, no como renuncia a la inteligencia, sino como recuperación de una verdad que da vida cuando uno se entrega a lo que ama —la fe, el matrimonio, la vida de la mente— en lugar de fabricarla ex nihilo. Desde allí se despliega también su crítica a los ideales pedagógicos modernos: la creatividad, la apertura mental y el pensamiento crítico, lejos de cumplir sus promesas emancipatorias, han producido superficialidad y enervación intelectual, instalando la sospecha permanente de que toda verdad es relativa.

Para Reno, el presente no es el fin del mundo, sino el final de una época. El retorno del populismo es la forma contemporánea de un proceso más profundo: el regreso de los dioses fuertes, amores densos que vuelven a reclamar presencia.

Es en ese vacío donde emerge lo que Reno diagnostica como el fracaso de la sociedad abierta —criatura emblemática del liberalismo— y el consecuente retorno de los “dioses fuertes”: imperativos antiguos de protección, conservación y consagración, junto con sentimientos de lealtad, devoción y obediencia que la modernidad creyó haber disuelto. Ser posliberal, en este marco, no equivale a ser antiliberal: Reno no propone abolir la libertad de expresión ni los derechos modernos, sino recordar que la libertad no se sostiene solo en garantías formales, sino que encuentra su sentido en un horizonte normativo más denso, en el llamado a amar, honrar y servir. El posliberalismo aparece así menos como una doctrina que como una forma de vida: una apuesta por restaurar profundidad humana frente a un orden que, al privilegiar la invención independiente sobre la verdad recibida, terminó vaciando de contenido tanto a la fe como a la libertad misma.

UN CONSERVADURISMO SOLIDARIO PARA EL FUTURO

Incluso cuando se desplaza hacia la tecnología, Reno mantiene el mismo mapa conceptual. En “The Mediocrity of AI” (First Things, Noviembre 2025) advierte que la Inteligencia Artificial (IA) no traerá rebeliones de máquinas ni colapsos laborales totales, sino algo más silencioso: el estancamiento. Los grandes modelos de lenguaje —ChatGPT, Gemini, Claude— pueden sintetizar, ordenar y predecir, pero no pueden descubrir. Les falta asombro, curiosidad, la chispa que para Reno es el inicio del pensamiento.

La IA, dice, acelerará el refinamiento de lo ya sabido mientras frena la creación de conocimiento nuevo. Convertirá la mediocridad en infraestructura cultural: más eficiencia, menos imaginación; más síntesis, menos verdad. El peligro no es que la IA nos supere: es que nos iguale hacia abajo.

“Cuando se menciona la erosión de la clase media, no falta quien responda que cualquier preocupación por renovar la solidaridad no es más que una peligrosa nostalgia”, dice el autor de Return of the Strong Gods. Para Reno, la solidaridad no es un suplemento moral ni un buen sentimiento que se agrega al final del programa, sino el nervio mismo de cualquier vida política saludable. La define como un “ministerio de los dioses fuertes”: algo que no se decreta ni se administra, sino que se recibe como don cuando existe un nosotros capaz de sostenerse en el tiempo. La solidaridad, en este registro, no brota de la empatía abstracta ni de la gestión tecnocrática del bienestar, sino de amores compartidos que atan a las personas entre sí y las sacan de la intemperie individualista. Amar juntos algo —una patria, una fe, una forma de vida— no es una anomalía peligrosa, sino una necesidad humana elemental que la cultura de posguerra aprendió a mirar con sospecha.

Amar juntos algo —una patria, una fe, una forma de vida— no es una anomalía peligrosa, sino una necesidad humana elemental que la cultura de posguerra aprendió a mirar con sospecha.

El diagnóstico de Reno es severo: Occidente atraviesa una auténtica crisis de solidaridad. En nombre de evitar los totalitarismos del siglo XX, el consenso liberal optó por debilitar toda verdad exigente y toda lealtad fuerte. El resultado no fue una vida cívica más justa, sino una esfera pública vaciada de sujeto político. Sin un nosotros reconocible y sin una noción compartida de bien común, la res publica se disuelve en una competencia de intereses privados donde, casi por inercia, terminan imponiéndose los más fuertes. La “sociedad abierta” deviene así una sociedad frágil: abierta a los flujos, cerrada a la solidaridad.

En la lectura de Reno, la consigna de las “fronteras abiertas” funciona menos como una política puntual que como un dogma tardío de la metafísica de la apertura. No se trata solo de quién entra o quién sale, sino de qué tipo de comunidad es posible cuando toda delimitación es tratada como una falla moral. Allí donde la frontera se vuelve sospechosa en sí misma, el nosotros político pierde contorno y la vida común deja de orientarse por un bien compartido para degradarse en la gestión de intereses dispersos.

Reno observa que la apertura irrestricta erosiona la solidaridad porque rompe la lógica de dependencia recíproca que sostiene a una democracia real. Cuando los destinos dejan de estar atados, las élites se liberan de la obligación de responder por los suyos y la ciudadanía de “talento medio” queda expuesta a un mercado global que la vuelve prescindible. El contrato social se vacía sin estridencias: nadie lo cancela, simplemente deja de operar.

Hay, además, un efecto más profundo y menos visible. Tratar a la nación como un artificio obsoleto priva a las personas de un hogar simbólico. La frontera, en la lectura de Reno, no es solo un límite jurídico, sino una forma de abrigo: marca un adentro donde la vida puede adquirir estabilidad y sentido. Cuando se la desmantela en nombre de la pureza moral, los individuos quedan desnudos frente a fuerzas impersonales que no prometen pertenencia, solo circulación.

Tratar a la nación como un artificio obsoleto priva a las personas de un hogar simbólico. La frontera, en la lectura de Reno, no es solo un límite jurídico, sino una forma de abrigo.

Por eso Reno es especialmente crítico del uso punitivo de la retórica aperturista. La acusación automática de racismo o fascismo contra cualquier intento de reintroducir límites cumple una función disciplinaria: clausura el debate y desautoriza inquietudes legítimas sobre seguridad económica, cohesión cultural y continuidad social. El resultado es una política que ya no persuade ni representa, sino que moraliza desde arriba.

La imagen que propone es contundente: una sociedad sin fronteras se parece a un cuerpo sin piel. En su esfuerzo por no excluir, pierde la capacidad de proteger. Y una comunidad que no puede protegerse termina, tarde o temprano, incapaz de sostener la vida que dice querer celebrar.

Frente a ese panorama, Reno propone una política del siglo XXI centrada en la lealtad. Recuperar el nosotros no significa regresar a identidades rígidas ni a cierres paranoicos, sino asumir que la solidaridad exige trabajo, disciplina y cuidado. No surge del cálculo de utilidad ni de la pura coexistencia biológica, sino de la decisión sostenida de permanecer fieles a ciertos amores comunes. Allí donde no hay lealtad, aparece la inquietud; donde no hay pertenencia, se instala la sensación de vivir sin hogar, incluso en contextos de abundancia material.

Esa solidaridad, insiste Reno, no equivale a una clausura complaciente. Es una lealtad activa, exigente, que ordena la vida común y la vuelve habitable. También funciona como contrapeso a una globalización que rompió los lazos de dependencia recíproca: cuando las élites ya no necesitan a sus conciudadanos de “talento medio”, la solidaridad económica se erosiona y el destino colectivo se fragmenta. Restaurarla implica volver a unir los destinos de quienes conducen con los de quienes son conducidos, rearmando una trama de obligaciones mutuas.

Las fuentes de esa solidaridad no son abstractas. Reno las sitúa en lo que llama las tres sociedades necesarias: la familia, como escuela primaria de lealtad; la comunidad religiosa, como vínculo con lo trascendente; y la nación, como forma concreta del nosotros cívico. Estos amores densos y ennoblecedores actúan como diques frente a las perversiones del amor —los dioses oscuros que emergen cuando la vida común queda sin forma— y permiten construir un hogar político donde los individuos estén protegidos y cubiertos por algo más que contratos y derechos.

Esa solidaridad, insiste Reno, no equivale a una clausura complaciente. Es una lealtad activa, exigente, que ordena la vida común y la vuelve habitable.

Reno suele ilustrar esta pérdida con una imagen simple y brutal. Durante décadas, las normas culturales fuertes funcionaron como una locomotora: tiraban de las vidas individuales, marcaban ritmos, ofrecían dirección. La crisis de solidaridad descarriló ese tren. En su lugar, cada uno quedó al mando de un pequeño velero, obligado a navegar solo, sin mapas ni puertos, celebrando la libertad mientras se agota en el esfuerzo infinito de elegirlo todo. La solidaridad, para Reno, es la posibilidad de volver a viajar juntos.

Reno además plantea una suerte de advertencia: la crisis occidental no remite a un exceso de autoridad ni a un déficit de libertades, sino a una erosión persistente de la pertenencia. La era de la posguerra, con su fe en la apertura ilimitada y en el debilitamiento sistemático de las verdades comunes, cumplió una función histórica; hoy opera como inercia decadente. Allí donde no se cultivan amores nobles, aparecen devociones degradadas. Allí donde los líderes renuncian a proteger el hogar común, proliferan dioses oscuros que prometen sentido a cualquier precio.

Reno no llama a cerrar el mundo, sino a volverlo habitable. Propone desplazar la pedagogía de la sospecha por una ética del fortalecimiento, capaz de ofrecer convicciones compartidas sin recaer en fanatismos, muros que resguarden sin asfixiar. Su apuesta es simple y exigente: sin familia, fe y nación —sin un nosotros que merezca lealtad— la sociedad se vuelve intemperie. Y una civilización que confunde apertura con desprotección termina descubriendo, demasiado tarde, que vivir sin paredes no es vivir en libertad, sino a la deriva.

Reno piensa el conservadurismo como una política orientada al porvenir. Lee la escena contemporánea como una disputa por la densidad del mundo: qué amamos, qué nos sostiene, qué nos liga unos a otros. Desde allí propone fortalecer las tres comunidades que dan estabilidad a una vida —familia, fe y nación— como soportes de un futuro capaz de sostenerse más allá de la fluidez de los mercados y el fulgor de las tecnologías.

Su apuesta apunta a dotar a las sociedades de espesor, a reactivar tramas de pertenencia y lealtad que ordenan la experiencia común. Reno escribe desde la convicción de que Occidente puede proyectarse hacia adelante cuando vuelve a pronunciar el pronombre que su cultura ha ido erosionando durante décadas: nosotros.

…propone fortalecer las tres comunidades que dan estabilidad a una vida —familia, fe y nación— como soportes de un futuro capaz de sostenerse más allá de la fluidez de los mercados y el fulgor de las tecnologías.