SAM ALTMAN: UNA SUAVE SINGULARIDAD

El auge de la Inteligencia Artificial (IA) ha despertado innumerables debates y de todo tipo. En cuanto al futuro de la humanidad se refiere, podemos mencionar tres grandes perspectivas: la distópica, que mira el desarrollo de la IA desde la catástrofe y el pesimismo, advirtiendo las consecuencias negativas sobre la vida del ser humano:  desde una mayor vigilancia por parte de los gobiernos y las empresas, hasta la pérdida de empleos o el cambio en las capacidades cognitivas de las nuevas generaciones; la pragmática-realista, que mira esta nueva revolución tecnológica como una etapa más del desarrollo humano y que asume a la IA como una herramienta, que no adelanta conclusiones y que prefiere esperar para ver sus consecuencias; y la utópica-entusiasta, que observa en la IA un factor de aceleración temporal en las capacidades de la humanidad. Entre los promotores de esta última visión se encuentra Sam Altman, creador –junto con Elon Musk– de OpenAI, una de las organizaciones líderes en innovación e investigación en la materia. 

Hace unas semanas Altman –para algunos un genio emprendedor y visionario, para otros un embaucador– escribió en su blog un texto donde deja clara su visión sobre la Inteligencia Artificial. En el escrito, que traducimos al castellano, el empresario judío afirma de manera optimista que “los beneficios para la calidad de vida, derivados del impulso que la IA dará al progreso científico y a la productividad, serán enormes” y que el “futuro puede ser mucho mejor que el presente”.  A ese futuro específico donde la tecnología, en particular la superinteligencia, producirá transformaciones históricas sin precedentes, Altman lo denomina “singularidad”, y nos invita a asimilarlo sin sobresaltos, “de forma suave” y “exponencial”.

Hemos atravesado el horizonte de sucesos históricos; el despegue ha comenzado. La humanidad está cerca de construir una superinteligencia digital y, al menos por ahora, esto resulta mucho menos extraño de lo que cabría esperar.

Los robots aún no caminan por las calles, ni la mayoría de nosotros pasa el día hablando con una IA. La gente sigue muriendo por enfermedades, todavía no podemos viajar al espacio con facilidad, y hay mucho que aún no comprendemos sobre el universo.

Y, sin embargo, recientemente hemos construido sistemas que son más inteligentes que las personas en muchos aspectos, capaces de potenciar significativamente el rendimiento de quienes los utilizan. La parte más improbable del trabajo ya ha quedado atrás; los descubrimientos científicos que hicieron posibles sistemas como GPT-4 y GPT-3 han requerido un enorme esfuerzo, pero nos llevarán muy lejos.

La inteligencia artificial contribuirá al mundo de muchas maneras, pero los beneficios para la calidad de vida, derivados del impulso que la IA dará al progreso científico y a la productividad, serán enormes. El futuro puede ser mucho mejor que el presente. El progreso científico es el principal motor del progreso en general; resulta muy emocionante pensar en cuánto más podríamos alcanzar.

La inteligencia artificial contribuirá al mundo de muchas maneras, pero los beneficios para la calidad de vida, derivados del impulso que la IA dará al progreso científico y a la productividad, serán enormes. El futuro puede ser mucho mejor que el presente.

En un sentido importante, ChatGPT ya es más poderoso que cualquier ser humano que haya existido. Cientos de millones de personas recurren a él cada día y para tareas cada vez más importantes. Una pequeña nueva capacidad puede generar un enorme impacto positivo; un pequeño desajuste, multiplicado por cientos de millones de personas, puede ocasionar un gran impacto negativo.

2025 ha sido testigo de la llegada de agentes capaces de realizar trabajo verdaderamente cognitivo; escribir código informático nunca volverá a ser lo mismo. En 2026, probablemente lleguen sistemas capaces de realizar nuevos descubrimientos. 2027 quizá vea la llegada de robots capaces de actuar en el mundo real.

Muchas más personas podrán crear software y arte. Pero el mundo demanda mucho más de ambas cosas, y los expertos probablemente seguirán siendo muy superiores a los principiantes, siempre que adopten las nuevas herramientas. En términos generales, la capacidad de una persona para lograr mucho más en 2030 que en 2020 será un cambio sorprendente, del que muchas personas encontrarán la manera de beneficiarse.

En los aspectos más importantes, es posible que la década de 2030 no sea tan distinta. La gente seguirá queriendo a su familia, expresando su creatividad, jugando a juegos y nadando en lagos.

Sin embargo, en otros aspectos igualmente relevantes, es probable que la década de 2030 sea completamente distinta a cualquier otra. No sabemos cuán lejos más allá de la inteligencia humana podemos llegar, pero estamos a punto de descubrirlo.

En los aspectos más importantes, es posible que la década de 2030 no sea tan distinta. La gente seguirá queriendo a su familia, expresando su creatividad, jugando a juegos y nadando en lagos.
Sin embargo, en otros aspectos igualmente relevantes, es probable que la década de 2030 sea completamente distinta a cualquier otra. No sabemos cuán lejos más allá de la inteligencia humana podemos llegar, pero estamos a punto de descubrirlo.

En la década de 2030, la inteligencia y la energía —es decir, las ideas y la posibilidad de convertir esas ideas en realidad— serán tremendamente abundantes. Estos dos factores han sido los principales limitantes del progreso humano durante mucho tiempo; con inteligencia y energía abundantes (y una buena administración), en teoría podríamos obtener cualquier otra cosa.

Ya convivimos con una inteligencia digital asombrosa y, tras un cierto shock inicial, la mayoría de nosotros nos hemos acostumbrado a ella. Rápidamente pasamos de asombrarnos de que la IA pueda redactar un buen párrafo a preguntarnos cuándo podrá escribir una bella novela; de sorprendernos de que pueda realizar diagnósticos médicos que salvan vidas a preguntarnos cuándo podrá desarrollar curas; de admirarnos de que pueda crear un pequeño programa informático a preguntarnos cuándo podrá fundar una nueva empresa. Así ocurre la singularidad: las maravillas se convierten en rutina, y luego en nuevas expectativas.

Los científicos ya afirman ser dos o tres veces más productivos que antes de la IA. La inteligencia artificial avanzada es interesante por muchas razones, pero quizá ninguna sea tan significativa como el hecho de que podamos utilizarla para acelerar las investigaciones sobre la propia IA. Quizá podamos descubrir nuevos sustratos, mejores algoritmos y quién sabe qué más. Si logramos investigar en un año —o en un mes— lo que antes llevaba una década, el ritmo de progreso será, evidentemente, muy distinto.

A partir de ahora, las herramientas que ya hemos construido nos ayudarán a profundizar nuestro conocimiento y a crear mejores sistemas de inteligencia artificial. Por supuesto, esto no es lo mismo que un sistema de IA que actualice su propio código de forma completamente autónoma, pero no deja de ser una forma potencial de automejora en cuanto a sus propios recursos.

Existen otros bucles de retroalimentación que también están en juego. La creación de valor económico ha puesto en marcha un círculo virtuoso de expansión de infraestructura, que se acelera con el tiempo, para operar estos sistemas de inteligencia artificial cada vez más potentes. Y los robots que pueden construir otros robots (y, en cierto modo, centros de datos que pueden construir otros centros de datos) no están tan lejos de hacerse realidad.

Si tenemos que fabricar el primer millón de robots humanoides “a la antigua”, pero luego estos logran operar toda la cadena de producción —excavar y refinar minerales, conducir camiones, dirigir fábricas, etc.— para construir más robots, que a su vez puedan montar más plantas para fabricar chips, centros de datos, etc., entonces el ritmo de progreso será, sin duda, muy diferente.

Si tenemos que fabricar el primer millón de robots humanoides “a la antigua”, pero luego estos logran operar toda la cadena de producción —excavar y refinar minerales, conducir camiones, dirigir fábricas, etc.— para construir más robots, que a su vez puedan montar más plantas para fabricar chips, centros de datos, etc., entonces el ritmo de progreso será, sin duda, muy diferente.

A medida que la producción de centros de datos se automatice, el costo de la inteligencia debería eventualmente acercarse al costo de la electricidad. (La gente suele tener curiosidad por saber cuánta energía consume una consulta a ChatGPT: la consulta media consume unos 0,34 vatios por hora, más o menos lo que un horno consumiría en poco más de un segundo o una bombilla de alta eficiencia en un par de minutos. También utiliza alrededor de 0,000085 galones de agua, aproximadamente una quinceava parte de una cucharadita).

El ritmo del progreso tecnológico seguirá acelerándose, y las personas seguirán siendo capaces de adaptarse a casi todo. Habrá aspectos muy duros, como la desaparición de categorías enteras de empleo, pero, por otro lado, el mundo se enriquecerá tanto y tan rápidamente que podremos plantearnos seriamente nuevas políticas que antes resultaban imposibles. Es probable que no adoptemos un nuevo contrato social de golpe, pero cuando miremos atrás dentro de unas décadas, los cambios graduales habrán representado un salto significativo.

Si la historia sirve de guía, encontraremos nuevas cosas que hacer y desear, y adoptaremos rápidamente las nuevas herramientas (los cambios en los trabajos tras la Revolución Industrial son un buen ejemplo). Las expectativas aumentarán, pero las capacidades crecerán igual de rápido, y todos tendremos acceso a cosas cada vez mejores. Seguiremos creando, unos para otros, maravillas cada vez más asombrosas. A largo plazo, los humanos conservamos una ventaja curiosa frente a la inteligencia artificial: estamos programados para preocuparnos por los demás —por lo que piensan y hacen—, y no tanto por las máquinas.

Un campesino de hace mil años vería lo que muchos de nosotros hacemos hoy y pensaría que tenemos trabajos falsos. Creería que simplemente jugamos para entretenernos, ya que tenemos comida de sobra y lujos inimaginables. Espero que, dentro de mil años, al observar los trabajos del futuro, también nos parezcan irreales, aunque estoy seguro de que serán profundamente importantes y satisfactorios para quienes los desempeñen.

El ritmo al que surgirán nuevas maravillas será vertiginoso. Es difícil imaginar hoy qué habremos descubierto en 2035: quizás pasemos de resolver la física de altas energías en un año a iniciar la colonización espacial al siguiente; o de lograr un gran avance en ciencia de materiales a desarrollar verdaderas interfaces cerebro-máquina de gran ancho de banda. Muchas personas optarán por seguir viviendo como siempre, pero al menos algunas probablemente decidirán “enchufarse”.

El ritmo al que surgirán nuevas maravillas será vertiginoso. Es difícil imaginar hoy qué habremos descubierto en 2035: quizás pasemos de resolver la física de altas energías en un año a iniciar la colonización espacial al siguiente; o de lograr un gran avance en ciencia de materiales a desarrollar verdaderas interfaces cerebro-máquina de gran ancho de banda. Muchas personas optarán por seguir viviendo como siempre, pero al menos algunas probablemente decidirán “enchufarse”.

Intentar imaginar ese futuro puede resultar abrumador, pero vivirlo probablemente se sentirá impresionante, aunque manejable. Desde una perspectiva relativista, la singularidad ocurre poco a poco, y la fusión con la inteligencia artificial es gradual. Estamos escalando el largo arco del progreso tecnológico exponencial: siempre parece vertical cuando se mira hacia adelante y plano cuando se mira hacia atrás, pero en realidad es una curva suave. (Piensa en cómo habría sonado en 2020 decir que estaríamos tan cerca de la IAG en 2025, y compáralo con cómo han sido realmente estos últimos cinco años).

Junto a las enormes ventajas, hay desafíos serios que afrontar. Debemos resolver los problemas de seguridad, tanto técnicos como sociales, pero también es fundamental distribuir ampliamente el acceso a la superinteligencia, dadas sus repercusiones económicas. El mejor camino a seguir podría parecerse a esto:

Primero, resolver el problema de la alineación, es decir, garantizar de forma robusta que los sistemas de IA aprendan y actúen según lo que realmente queremos como colectivo a largo plazo. (Los feeds de redes sociales son un buen ejemplo de IA no alineada: los algoritmos son excelentes para mantenernos scrolleando y comprenden muy bien nuestras preferencias inmediatas, pero lo hacen explotando mecanismos cerebrales que sabotean nuestras metas a largo plazo).

Luego, deberíamos centrarnos en que la superinteligencia sea barata, ampliamente accesible y no demasiado concentrada en manos de una sola persona, empresa o país. La sociedad es resiliente, creativa y capaz de adaptarse rápidamente. Si logramos canalizar la voluntad colectiva y la sabiduría popular, incluso si cometemos errores y algunas cosas salen realmente mal, aprenderemos, nos adaptaremos con rapidez y podremos usar esta tecnología para maximizar sus ventajas y minimizar sus riesgos. Dar mucha libertad a los usuarios, dentro de unos límites amplios que la sociedad debe definir, parece crucial. Cuanto antes empecemos a dialogar sobre cuáles deberían ser esos límites y cómo definir la alineación colectiva, mejor.

Nosotros —toda la industria, no solo OpenAI— estamos construyendo un cerebro para el mundo. Será extremadamente personalizado y fácil de usar para todos. Estaremos limitados solo por las buenas ideas. Durante mucho tiempo, en el mundo de las start-ups, los técnicos se burlaban de “los chicos de las ideas”: personas con ideas que buscaban un equipo para llevarlas a cabo. Creo que están por tener su momento de gloria.

OpenAI es muchas cosas distintas en este momento, pero ante todo somos una empresa de investigación sobre superinteligencia. Tenemos mucho trabajo por delante, pero gran parte del camino ya está iluminado, y las zonas oscuras retroceden rápidamente. Nos sentimos profundamente agradecidos de poder hacer lo que hacemos. 

Una inteligencia tan barata que resulte imposible de medir está al alcance de la mano. Puede parecer una locura, pero si en 2020 te hubiésemos dicho que estaríamos donde estamos hoy, habría sonado más absurdo que nuestras predicciones actuales para 2030.

Escalemos hacia la superinteligencia de forma suave, exponencial y sin sobresaltos. 

Puede parecer una locura, pero si en 2020 te hubiésemos dicho que estaríamos donde estamos hoy, habría sonado más absurdo que nuestras predicciones actuales para 2030.
Escalemos hacia la superinteligencia de forma suave, exponencial y sin sobresaltos.

*Sam Altman es el director ejecutivo (CEO) de OpenAI. 

El texto original en inglés fue publicado el 10 de junio de 2025 en el blog de Sam Altman y puede consultarse en el siguiente link: https://blog.samaltman.com/the-gentle-singularity