Steve Bannon, con todas sus particularidades y aparentes contradicciones, es una de las figuras centrales que representan la línea de tiempo en la que vivimos. Exoficial de la Marina estadounidense, banquero de Goldman Sachs, productor de Hollywood, fundador de un banco de inversión, director de Breitbart News, estratega de Donald Trump, preso federal y, hoy, uno de los principales impulsores de una cruzada populista contra Silicon Valley, su trayectoria parece recorrer buena parte de las instituciones que dice combatir. Sin embargo, esa biografía errática es precisamente la que le permitió construir una de las críticas más feroces contra las élites políticas, económicas y tecnológicas de Estados Unidos y la que lo hace hoy una de las voces más importantes del conservadurismo a nivel internacional. En Traza Continental analizamos la trayectoria y planteamientos de uno de los pensadores más polémicos de la derecha populista estadounidense.
DE VIRGINIA A GOLDMAN SACHS Y A LA CASA BLANCA
Nacido en 1953 en Norfolk, Virginia, en el seno de una familia obrera de origen irlandés y alemán, Bannon creció en un hogar demócrata profundamente identificado con el sindicalismo y el legado de John F. Kennedy. Su conversión ideológica llegó durante sus años en la Marina, donde sirvió entre 1976 y 1983, tanto a bordo de destructores como en el Pentágono. El fracaso de la operación para rescatar a los rehenes estadounidenses en Irán, durante la presidencia de Jimmy Carter, terminó de convencerlo de que Estados Unidos había entrado en un proceso de decadencia política y estratégica. Ronald Reagan emergió entonces como la promesa de una restauración nacional. Años después, sobre ese momento de su vida, dijo: “No estaba politizado hasta que entré en el servicio y vi hasta qué punto Jimmy Carter lo había estropeado todo. Me convertí en un gran admirador de Reagan. Todavía lo soy”.
Su formación también resulta poco habitual para un dirigente populista. Estudió arquitectura y planificación urbana en Virginia Tech, cursó una maestría en Estudios de Seguridad Nacional en Georgetown y obtuvo un MBA con honores en Harvard. Antes de convertirse en una figura política, hizo una exitosa carrera como banquero en Goldman Sachs, especializándose en la industria del entretenimiento, y más tarde fundó Bannon & Co., su propio banco de inversión especializado en producción audiovisual y medios de comunicación. Una de las operaciones que marcaría su fortuna consistió en negociar una participación en las ganancias futuras de la exitosa serie Seinfeld, cuyos derechos le siguieron generando ingresos durante décadas. Es una de las paradojas permanentes de Bannon: el hombre que denuncia a Wall Street y a las élites globales aprendió el funcionamiento del capitalismo financiero desde sus propias entrañas y se benefició personalmente de él.
Es una de las paradojas permanentes de Bannon: el hombre que denuncia a Wall Street y a las élites globales aprendió el funcionamiento del capitalismo financiero desde sus propias entrañas y se benefició personalmente de él.
El verdadero punto de inflexión llegó con Breitbart News. Incorporado al sitio en 2007 y convertido luego en su principal conductor tras la muerte de Andrew Breitbart, Bannon transformó ese portal en el gran laboratorio intelectual del nuevo populismo estadounidense. Así planteó el estratega su giro populista: “Lo que me puso en contra de todo el establishment fue volver de dirigir empresas en Asia en 2008 y ver que [George W.] Bush había jodido todo tanto como Carter. Todo el país era un desastre”. Por eso es que en Breitbart News comenzó a articular un discurso que combinaba nacionalismo económico, oposición a la inmigración masiva, crítica a la globalización, rechazo al establishment republicano y una guerra cultural permanente contra las instituciones liberales. “Nos consideramos virulentamente anti establishment, particularmente ‘anti’ la clase política permanente”. Breitbart News dejaría de ser simplemente un medio digital para convertirse en parte central de la infraestructura ideológica del movimiento que terminaría llevando a Donald Trump a la Casa Blanca.
Cuando el neoyorquino lo incorporó como jefe de campaña en agosto de 2016, Bannon encontró el vehículo político que estaba buscando. Buena parte del giro populista de aquella cruzada (el ataque frontal a las élites, la reivindicación de la clase trabajadora estadounidense, el rechazo a la globalización y la promesa de devolver el poder al “pueblo olvidado”) llevó su impronta. Tras la victoria electoral fue nombrado estratega en jefe de la Casa Blanca, un cargo de nueva creación cuya influencia rivalizaba con la del propio jefe de gabinete. Allí se autodefinió irónicamente como “el Thomas Cromwell en la corte de los Tudor”. Durante apenas siete meses impulsó las primeras restricciones migratorias, defendió una agenda de nacionalismo económico y protagonizó permanentes enfrentamientos con el ala más tradicional del Partido Republicano y con Jared Kushner, yerno del presidente y representante de una visión mucho más cercana al empresariado global. Su salida en 2017 fue presentada como una derrota, pero terminó liberándolo para ocupar un lugar que probablemente le resultara más cómodo: el de ideólogo antes que el de funcionario.
Los años siguientes estuvieron atravesados por causas judiciales que reforzaron su imagen de outsider perseguido por el establishment. Fue acusado de fraude por la campaña We Build the Wall, recibió un indulto presidencial de Trump, volvió a enfrentar cargos estatales en Nueva York y terminó declarándose culpable. Más tarde fue condenado por desacato al Congreso tras negarse a colaborar con la investigación sobre el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 y pasó cuatro meses en una prisión federal. Lejos de marginarlo del movimiento MAGA, esos episodios fortalecieron su prestigio entre buena parte de la base trumpista, que interpretó cada proceso judicial como una nueva prueba de la hostilidad del llamado “Estado profundo” contra sus dirigentes y del compromiso de Bannon con la causa.
Buena parte del giro populista de aquella cruzada (el ataque frontal a las élites, la reivindicación de la clase trabajadora estadounidense, el rechazo a la globalización y la promesa de devolver el poder al “pueblo olvidado”) llevó su impronta.
INUNDAR LA ZONA
Los medios de comunicación deberían estar avergonzados y humillados, y mantener la boca cerrada y limitarse a escuchar por un tiempo… los medios aquí son el partido de la oposición”. Esa es la mirada que tiene Bannon de los medios. Por eso busca menos convencer a la prensa que enmarañar los cables de comunicación establecidos. Porque en la era digital ya no existe ningún árbitro capaz de organizar legítimamente el espacio público. La tarea, entonces, no consiste en ganar la discusión sino en impedir que alguien pueda fijar definitivamente sus términos.
Su fórmula más célebre resume esa estrategia. Porque si “la verdadera oposición es la prensa” entonces “la mejor forma de lidiar con ella es inundar la zona con mierda”. La frase suele interpretarse como una reivindicación de la mentira o la desinformación, pero apunta a otra lógica. Se trata de saturar el ecosistema informativo con declaraciones, conflictos, filtraciones, escándalos y acontecimientos simultáneos hasta volver imposible cualquier intento de ordenar la conversación pública. La velocidad reemplaza a la coherencia; la proliferación de relatos termina erosionando la autoridad de quienes pretendían jerarquizarlos.
En esa guerra comunicacional, la mala prensa puede resultar incluso una ventaja. Bannon suele afirmar que “la oscuridad es buena” y que prefiere ser percibido como una figura siniestra antes que completamente descifrada. En una comparación deliberadamente provocadora llegó a decir que Darth Vader y Satanás eran personajes eficaces porque concentraban toda la atención. La demonización mediática deja de ser un problema de imagen para convertirse en un recurso político: cuanto más tiempo dediquen los medios a indignarse, menos tiempo tendrán para comprender lo que realmente está ocurriendo.
Esa concepción explica también su apuesta por construir canales propios de comunicación. Desde Breitbart, primero, y, más tarde, a través de su programa War Room, Bannon buscó eliminar intermediarios entre el liderazgo político y su audiencia. El objetivo ya no consiste en disputar espacio dentro de los grandes medios, sino en crear un circuito informativo paralelo capaz de producir agenda, movilizar militantes y fijar el ritmo de la conversación pública. La política deja de depender de la legitimación periodística para apoyarse en comunidades de información cada vez más autónomas.
Más que una estrategia de propaganda, la apuesta de Bannon es una teoría del poder en la era de las redes sociales. Si el viejo sistema mediático descansaba sobre la escasez de información y la autoridad de unos pocos emisores, Bannon explota exactamente la condición inversa: un mundo donde la abundancia de información hace prácticamente imposible establecer una verdad compartida. Allí reside, para él, una de las principales ventajas del populismo contemporáneo.
El objetivo ya no consiste en disputar espacio dentro de los grandes medios, sino en crear un circuito informativo paralelo capaz de producir agenda, movilizar militantes y fijar el ritmo de la conversación pública.
CONTRA LOS TECNO BROS
Pero el Bannon del segundo mandato de Trump ya no concentra su energía exclusivamente en combatir al Partido Demócrata o al aparato burocrático de Washington. Su principal enemigo pasó a ser otro: los gigantes tecnológicos y la nueva aristocracia digital de Silicon Valley. Sobre esa especie de frenemy (contracción de friend, “amigo”, y enemy, “enemigo”), llamó la atención: “No están ahí porque apoyen a Trump. Están ahí porque el movimiento Trump y el presidente Trump los doblegaron”.
Pero la gran novedad de su pensamiento consiste en haber desplazado el principal eje de conflicto dentro de la propia derecha estadounidense. Durante la década pasada el adversario era la globalización: Wall Street, el libre comercio, la inmigración masiva y el establishment político. Hoy, sin abandonar ninguna de esas batallas, Bannon identifica un nuevo enemigo: las élites tecnológicas. A su juicio, el conflicto decisivo del siglo XXI ya no enfrenta simplemente a conservadores y progresistas, sino al pueblo contra una nueva aristocracia digital capaz de concentrar riqueza, información y poder político en una escala inédita.
Bannon suele describir este escenario como una forma de “tecnofeudalismo”. A diferencia de quienes utilizan el término para denunciar la concentración económica de las plataformas desde la izquierda, él lo emplea para señalar el surgimiento de una oligarquía tecnológica que habría reemplazado a las viejas élites financieras y burocráticas. Empresas como Google, Meta, Amazon o Tesla ya no serían simples corporaciones privadas, sino centros de poder capaces de condicionar gobiernos, modelar la opinión pública y redefinir las condiciones mismas de la soberanía nacional.
La figura que mejor encarna ese enemigo es Elon Musk. Aunque durante un tiempo el empresario fue recibido con entusiasmo por sectores del Partido Republicano y del MAGA, Bannon nunca dejó de verlo como un aliado circunstancial y profundamente sospechoso. El conflicto terminó de estallar cuando Musk cuestionó iniciativas centrales de Trump y defendió la ampliación de las visas H-1B para trabajadores altamente calificados. Para Bannon, esa política resume el proyecto de Silicon Valley: importar mano de obra especializada para maximizar ganancias mientras se debilita el poder de negociación de los trabajadores estadounidenses. En más de una oportunidad, más allá de rescatarlo como una especie de Thomas Alva Edison contemporáneo, llegó a definir a Musk como “una persona verdaderamente malvada”, reclamó la revisión de sus contratos con el Estado e incluso sugirió investigar su situación migratoria. La fórmula con la que suele resumir esa disputa es reveladora: Musk tendrá el dinero pero Trump tiene el movimiento.
A su juicio, el conflicto decisivo del siglo XXI ya no enfrenta simplemente a conservadores y progresistas, sino al pueblo contra una nueva aristocracia digital capaz de concentrar riqueza, información y poder político en una escala inédita.
Esta confrontación desemboca en otro de los grandes temas que hoy organizan su pensamiento: la inteligencia artificial. Si el lema de la primera presidencia de Trump fue America First, Bannon intenta convertir el segundo mandato en la era del Humans First. El núcleo del problema para él ya no sería únicamente la competencia entre naciones, sino la posibilidad de que las decisiones fundamentales de la vida económica, política y militar queden progresivamente delegadas en sistemas algorítmicos desarrollados por un puñado de empresas privadas. Al respecto, dijo explícitamente que “ha llegado el momento de tomar medidas decisivas para garantizar que la innovación esté al servicio del pueblo estadounidense, y no al revés”.
Lejos de presentarse como un enemigo de la innovación, Bannon sostiene que el desarrollo tecnológico debe permanecer subordinado a la política. La inteligencia artificial, argumenta, debería atravesar pruebas de seguridad obligatorias antes de ser desplegada comercialmente, del mismo modo que ocurre con la energía nuclear o la aviación. No se trata solamente de proteger empleos. Lo que está en juego, afirma, es la seguridad nacional, la integridad de los procesos electorales y, en última instancia, la capacidad de los seres humanos para conservar el control sobre las decisiones fundamentales de la sociedad y la vida.
UNA GUERRA ESPIRITUAL
Reducir a Steve Bannon a la figura de un operador político sería perder de vista el núcleo de su pensamiento. Para él, las disputas contemporáneas no enfrentan simplemente partidos, intereses económicos o modelos de desarrollo, sino proyectos civilizatorios. Se define como un católico tradicionalista y suele describir la historia reciente como la batalla decisiva por la supervivencia del “Occidente judeocristiano”. En esa narrativa, la globalización, el progresismo cultural y el poder de las élites transnacionales no constituyen únicamente amenazas políticas: representan el avance de un proyecto destinado a disolver las comunidades históricas, las identidades nacionales y las instituciones religiosas que dieron forma a Occidente.
Esa lectura explica también su singular interpretación de Donald Trump. Bannon nunca ocultó que el presidente dista mucho de responder al modelo de un dirigente piadoso. Pero considera que esa objeción es irrelevante. “Es un instrumento, es muy imperfecto, no es de ir a la iglesia ni particularmente religioso, pero es un instrumento de la voluntad divina”, afirmó en distintas oportunidades. La legitimidad de Trump no proviene de su conducta personal, sino de la misión histórica que estaría llamado a cumplir. En más de una ocasión llegó a compararlo con Moisés: un líder imperfecto elegido por la Providencia para conducir al pueblo estadounidense de regreso a la tierra prometida. La política adquiere así una dimensión providencial, donde los individuos son vehículos de un designio que los trasciende.
Para él, las disputas contemporáneas no enfrentan simplemente partidos, intereses económicos o modelos de desarrollo, sino proyectos civilizatorios.
Esa misma lógica organiza su enfrentamiento con el Vaticano. Bannon considera que la Iglesia atraviesa una crisis profunda producto del predominio de una corriente progresista que habría abandonado la defensa de la civilización occidental en favor del globalismo. Durante el pontificado de Francisco impulsó distintas iniciativas para articular una red internacional de católicos conservadores e incluso llegó a discutir estrategias para desplazar al pontífice. La elección de León XIV no modificó ese diagnóstico. Por el contrario, advirtió que la continuidad del rumbo inaugurado por Francisco volvería “inevitable” un cisma en el plazo de una década. Frente a esa deriva, reivindica un catolicismo militante y a figuras como el cardenal Robert Sarah, convencido de que “nuestra herencia es la gran institución que es la Iglesia de Occidente”.
Es desde esa cosmovisión religiosa que debe entenderse también su enfrentamiento con Silicon Valley. Bannon no interpreta el transhumanismo únicamente como una corriente tecnológica, sino como una religión rival. Allí donde los tecno bros prometen superar las limitaciones biológicas mediante la inteligencia artificial, la ingeniería genética o la fusión entre hombre y máquina, él ve el intento de reemplazar el cristianismo por una nueva fe en la tecnología. Su consigna Humans First no es simplemente una propuesta regulatoria. Es la respuesta política a una amenaza espiritual. La inteligencia artificial deja de ser únicamente un problema de innovación o empleo para convertirse en una cuestión antropológica: quién define qué significa ser humano. Por eso logró articular una alianza entre el populismo nacionalista y amplios sectores del cristianismo conservador. Pastores evangélicos, intelectuales católicos y dirigentes del movimiento MAGA convergen en la idea de que regular la IA no consiste solamente en limitar el poder de las grandes empresas tecnológicas, sino en defender la dignidad humana frente a un proyecto que aspira a sustituir tanto la política como la religión por algoritmos.
LA VIEJA POLÍTICA Y EL CUARTO GIRO
En su lectura más reciente de la coyuntura estadounidense, Bannon sostiene que el sistema político tradicional atraviesa una fase terminal, tanto para demócratas como para republicanos. Las victorias de Zohran Mamdani en la alcaldía de Nueva York y de la socialista democrática Melat Kiros en una primaria de Denver constituyen, a su juicio, la evidencia de ese cambio de época, aunque no ahorra advertencias sobre su significado: describe a esa izquierda populista como un “movimiento marxista yihadista”, del que sostiene que no está dispuesto a moderarse ni a dejarse cooptar por la dirigencia tradicional del Partido Demócrata, como sí ocurrió con el Tea Party tras la crisis de 2008. Frente a los cuarenta millones de dólares y el apoyo de las principales instituciones neoyorquinas con que contaba Andrew Cuomo, Mamdani se impuso con apenas mil militantes recorriendo puerta por puerta los barrios de Queens, el Bronx y Brooklyn. Para Bannon, esa asimetría resume el cambio de época: la política ya no se decide únicamente con dinero, sino con la capacidad de desplegar una organización territorial y conectar, uno por uno, con el electorado.
…la política ya no se decide únicamente con dinero, sino con la capacidad de desplegar una organización territorial y conectar, uno por uno, con el electorado.
Coherente con la desconfianza hacia el establishment republicano que viene sosteniendo desde sus años en Breitbart, Bannon sostiene que el propio aparato de consultores del partido no ha sabido leer la magnitud del fenómeno y corre el riesgo de reaccionar demasiado tarde, tal como —recuerda— ocurrió con el establishment demócrata frente a Mamdani. Insiste, además, en que la respuesta no puede limitarse a desacreditar a estos nuevos dirigentes: exige responder a las demandas económicas concretas que logran capitalizar, como el costo de la vivienda, mediante un programa propio que vuelva a poner a la familia trabajadora en el centro de la política económica. A la disputa contra Silicon Valley Bannon suma otra: la disputa con la vieja política.
Ese diagnóstico se apoya, como es habitual en Bannon, en un marco histórico más amplio: la teoría del Cuarto Giro, planteada por William Strauss y Neil Howe, según la cual la sociedad estadounidense atraviesa ciclos históricos en cuatro etapas o giros: Cumbre, Despertar, Desengaño y Crisis. Para Bannon Estados Unidos atraviesa desde 2008 una fase de crisis y reconfiguración que todavía no encuentra su resolución. Dentro de ese esquema formula también una crítica económica que rara vez se le asocia: describe al país como un “capitalismo sin capitalistas”, en el que el control del capital estaría concentrado en pocas manos y la mayor parte de la población quedaría, según sostiene, al margen de sus beneficios. De ahí que reclame “cambios radicales”, sin precisar en qué consistirían, y advierta que quienes sigan apostando por los recortes de impuestos y las guerras en el exterior propios de la vieja política están, según sus palabras, acabados. Tanto frente a la vieja política como frente a Silicon Valley, Bannon impugna a poderes cada vez más concentrados y ajenos a la sociedad. Lo hace, una vez más, como el crítico formado en las entrañas del sistema que cuestiona. ![]()
