Zilan Qian*
Mientras en los Estados Unidos no existe un consenso sobre el uso y desarrollo de la inteligencia artificial, la coalición gobernante se divide en torno al tema y buena parte de la población todavía ve con miedo y escepticismo esta nueva revolución tecnológica, en China predomina un entusiasmo y una normalización de su uso promovido desde el gobierno, las empresas y las estructuras del poder. Este aparente optimismo, sin embargo, no descansa necesariamente en una fe ciega en el progreso, sino en una experiencia histórica dolorosa en la que la sociedad china ha aprendido a reinventarse —subirse al último autobús antes de que parta— para afrontar las transformaciones del mundo contemporáneo. “Interpretar correctamente esa reacción —sostiene Zilan Qian— es fundamental para comprender que los estadounidenses preocupados que observan el frenesí de China por la IA quizá no estén viendo a un rival, sino su propio reflejo”. En Traza Continental traducimos al castellano el último ensayo de la investigadora del del Oxford China Policy donde explora a fondo el fenómeno.
Los estadounidenses —de izquierda a derecha y a lo largo de todo el espectro político— parecen tenerle miedo a la inteligencia artificial. Les preocupa que los centros de datos aceleren el cambio climático, la desinformación y los deepfakes, la compañía emocional generada por IA y, sobre todo, la pérdida de empleos a causa de la automatización. Mientras tanto, el público chino parece sentirse perfectamente cómodo con esta tecnología o incluso mostrarse “optimista” respecto de ella.
Los datos de las encuestas son contundentes. El Índice de IA 2026 de la Universidad de Stanford muestra que más del 85 % de los encuestados en China considera que la inteligencia artificial genera más beneficios que perjuicios, frente a menos del 45 % de los encuestados en Estados Unidos. Un informe de 2025 publicado por la Universidad de Queensland y KPMG Australia reveló que el 73 % de los encuestados chinos está dispuesto a confiar en los resultados generados por sistemas de IA y a compartir con ellos información relevante en el ámbito laboral; además, el 88 % utiliza deliberadamente esta tecnología, frente al 52 % y el 48 % de los estadounidenses, respectivamente.
¿Por qué la sociedad china, que enfrenta una fuerte pérdida de empleos y una tasa de desempleo juvenil cercana al 17 %, recibe con entusiasmo una tecnología que sabe que probablemente eliminará aún más puestos de trabajo?
La respuesta se dio hace tres décadas. No es una historia sobre la inteligencia artificial, sino sobre una transformación anterior que también fue percibida como inevitable. Es la historia de cómo la sociedad china aprendió, a través de sucesivas convulsiones, la que considera que es la única respuesta posible frente a una transformación disruptiva. Interpretar correctamente esa reacción —a la que con frecuencia se califica, de manera engañosa, como “entusiasmo”— es fundamental para comprender que los estadounidenses preocupados que observan el frenesí de China por la IA quizá no estén viendo a un rival, sino su propio reflejo.
EL CAMBIO DE MILENIO Y UN CAMINO QUE SE BIFURCA
Vivimos así durante treinta años
Hasta que la gran mansión se derrumbó
Las oscuras y profundas nubes
Están ahogando el paisaje de mi corazón.
如此生活三十年 ruci shenghuo sanshi nian
直到大厦崩塌 zhidao dasha bengta
云层深处的黑暗啊 yunceng shenchu de hei’an a
淹没心底的景观 yanmo xindi de jingguan
—“Matando al de Shijiazhuang”, Omnipotent Youth Society, 2010
En diciembre de 1978, mientras aún lidiaba con las secuelas económicas del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, el Partido Comunista de China (PCCh) redefinió oficialmente su prioridad central: dejó atrás la lucha de clases para concentrarse en la construcción económica. Con ello dio inicio a la política de Reforma y Apertura impulsada por Deng Xiaoping y al desmantelamiento gradual de tres décadas de planificación centralizada. En 1992, el país declaró oficialmente su transición hacia una economía socialista de mercado, reconociendo que serían las fuerzas del mercado, y no los planificadores centrales, las que impulsarían el crecimiento.
Las empresas del país, diseñadas para funcionar bajo una economía planificada, quedaron de pronto expuestas a la competencia del mercado y, como consecuencia, comenzaron a acumular pérdidas, especialmente en sectores como el acero y los textiles. En 1997, el Estado decidió consolidar las empresas estratégicas y permitir que el resto se reestructurara, se fusionara o desapareciera. El lema acuñado fue 减员增效 (jianyuan zengxiao): “reducir la plantilla, aumentar la eficiencia”.
Las consecuencias de esta transformación variaron según el lugar donde se vivía. Para finales de 1999, más de 24 millones de trabajadores del sector estatal en China habían perdido su empleo. Los despidos se concentraron en el noreste del país —Liaoning, Heilongjiang y Jilin—, antiguamente el corazón industrial de la China socialista y hoy conocido como el cinturón del óxido chino. En 1957, el distrito de Tiexi, en la ciudad de Shenyang, producía la totalidad de los tornos, perforadoras de roca, planeadores, botes de goma y grúas torre del país, lo que le valió el apodo de “el Ruhr de Oriente”.
A finales de la década de 1990, el 80% de las empresas responsables de esa producción había dejado de operar y la mitad de los 300 mil trabajadores industriales del distrito había sido despedida. Entre 1998 y 2000, fueron despedidos entre siete y nueve millones de trabajadores por año en todo el país. En la provincia de Liaoning, por ejemplo, cerca de mil 700 trabajadores perdían su empleo cada día. La magnitud de aquel fenómeno fue tal que incluso el acto de ser despedido recibió un nombre propio: 下岗 (xiagang), que literalmente significa “bajarse del puesto”.
Sin embargo, mientras esa transición sumía al norte de China en una crisis económica, el delta del Río de las Perlas —por su proximidad geográfica a Hong Kong y Macao, por albergar las primeras Zonas Económicas Especiales de China y por ser la tierra de origen de gran parte de la diáspora china del Sudeste Asiático y de otras regiones del mundo— abrazó una rápida modernización e internacionalización. La histórica “tierra del pescado y el arroz” se convirtió en “la fábrica del mundo”. Inversionistas de Hong Kong establecieron más de 65 mil fábricas, que llegaron a emplear a unos seis millones de trabajadores en el delta. Entre 1991 y 2001, el PIB regional del delta del Río de las Perlas se multiplicó por casi ocho y su población pasó de 20 a 43 millones de habitantes.
…mientras esa transición sumía al norte de China en una crisis económica, el delta del Río de las Perlas —por su proximidad geográfica a Hong Kong y Macao, por albergar las primeras Zonas Económicas Especiales de China y por ser la tierra de origen de gran parte de la diáspora china del Sudeste Asiático y de otras regiones del mundo— abrazó una rápida modernización e internacionalización.
Para ellos, la nueva economía significó una mejor vida, que ahora también incluía nuevas tecnologías. En 1998, Microsoft lanzó la versión de Windows 98 para China continental y contrató al músico Pu Shu para promocionarla. “New Boy”, una canción de su álbum de 1999, menciona Windows 98 y las computadoras Pentium en el estribillo, y terminó convirtiéndose en un auténtico himno del cambio de milenio para toda una generación.
Ponte ropa nueva, córtate el pelo
Relájate con Windows 98
En el camino que viene ya no habrá sufrimiento
Qué increíble será nuestro futuro.
穿新衣吧, 剪新发型呀 chuan xinyi ba, jian xin faxing a
轻松一下, Windows 98 qingsong yixia, Windows 98
以后的路不再会有痛苦 yihou de lu, bu zai hui you tongku
我们的未来该有多酷 women de weilai gai you duo ku
—“New Boy”, Pu Shu, 1999
Los gigantes tecnológicos de China —Alibaba, Tencent y Baidu— se fundaron entre 1998 y 2000. A finales del año 2000, el número de usuarios de internet en China había pasado de apenas tres mil, a comienzos de 1995, a 22,5 millones. En 2001, China ingresó a la Organización Mundial del Comercio (OMC). La urbanización se aceleró y el crecimiento de la clase media impulsó la demanda de bienes de lujo, turismo y una mejor alimentación. El número de automóviles particulares en el país pasó de un millón en 1992 a casi diez millones en 2002. Muchas personas se esperanzaban con un futuro en el que podrían acceder a nueva ropa, nuevos bienes de consumo y nuevas tecnologías con la llegada del nuevo milenio.
Pero entre ellas no se contaban las 100 millones de personas que vivían en el noreste del país, aproximadamente el 8,5% de la población china en el año 2000. Para la década de 1990, el fenómeno de la contracción urbana —medido por una pérdida sostenida de población— ya afectaba a 52 ciudades de la región. Y de las 68 ciudades de China cuya población continuó disminuyendo durante la década de 2010, la mitad se encontraba en el noreste. La tasa de natalidad regional se ha mantenido por debajo del promedio nacional durante más de tres décadas y, desde el año 2000, la emigración neta se ha convertido en un problema cada vez más grave.
En 1990, el noreste concentraba el 8,66% de la población del país; para 2016, esa proporción había descendido al 7,9%. Lo que alguna vez fue la cuna del desarrollo industrial de China se ha convertido en una región donde, de poder elegir, muchos preferirían no vivir ni formar una familia.
En el lapso de una década, la sociedad china experimentó simultáneamente un rápido crecimiento económico y una extrema precariedad económica. Las mismas fuerzas ofrecieron a unos oportunidades transformadoras y a otros los enfrentaron a crisis devastadoras, todo ello como resultado de los mismos factores impulsados por una reducida élite, que generaron tanto las extraordinarias promesas como los profundos desafíos que la China contemporánea sigue enfrentando. Para muchos estadounidenses que ahora observan cómo la inteligencia artificial transforma su economía, esta historia puede resultar familiar. Sin embargo, los llamados a regular, pausar o detener el desarrollo de esta tecnología revelan la creencia de que esa transformación todavía puede encauzarse o detenerse. Esa opción no existía para los trabajadores chinos en la década de 1990.
En el lapso de una década, la sociedad china experimentó simultáneamente un rápido crecimiento económico y una extrema precariedad económica. Las mismas fuerzas ofrecieron a unos oportunidades transformadoras y a otros los enfrentaron a crisis devastadoras…
UNA REFORMA DOLOROSA, PERO “GRATIFICANTE”
Para los responsables de la formulación de políticas públicas en China, frenar el ritmo del desarrollo nunca fue una opción. Una frase de Iósif Stalin de 1931 —“落后就要挨打” (luohou jiu yao aida), o “quien se queda atrás, recibe golpes”—, retomada por Mao Zedong en 1956, impregnó a la sociedad y se convirtió en uno de los pilares del discurso político de las altas esferas del poder. En la memoria histórica china, esta expresión, vinculada a la idea de que solo el desarrollo puede preservar la independencia de la nación, constituye la lección más importante que debe extraerse de la historia de guerras y colonización que marcó al país durante el siglo XX. “La reforma es dolorosa, pero gratificante”, escribió el Estado en 2012 al referirse al siglo anterior.
A comienzos del nuevo milenio, el debate central en torno a las políticas públicas ya no era si la reforma debía emprenderse o no, sino cómo hacer que esa transformación fuera menos dolorosa. El gobierno intentó mitigar ese sufrimiento. En 1998, el Estado creó los Centros de Servicios de Reempleo, que proporcionaban a los trabajadores despedidos subsidios de subsistencia, una cobertura social básica y capacitación laboral. La Administración Estatal de Impuestos introdujo incentivos fiscales para las empresas que contrataran a trabajadores desempleados. Los trabajadores xiagang tenían derecho a exenciones tributarias, exoneración de tasas y acceso preferencial a microcréditos para iniciar pequeños negocios o buscar un nuevo empleo. En 1999 se estableció el Sistema de Garantía del Nivel Mínimo de Vida para asegurar un ingreso básico a los residentes urbanos, y en la década de 2000 se amplió a las zonas rurales. En 1999 también se expandió la educación superior y, en menos de diez años, la matrícula universitaria aumentó un 600%. Esta expansión buscaba, en parte, retrasar el ingreso de los jóvenes chinos al mercado laboral, dejando así más espacio para la reincorporación de los trabajadores despedidos.
Para algunos trabajadores, estas políticas sirvieron como un puente. Pero la magnitud del problema desbordó la capacidad de respuesta. Los fondos eran insuficientes o, simplemente, nunca llegaban. Y cuando llegaban, rara vez terminaban en manos de quienes realmente debían recibirlos. En una oportunidad, un exsubdirector de la Comisión de Desarrollo y Reforma de una ciudad —la institución encargada de implementar las políticas económicas nacionales— malversó los subsidios destinados a 556 trabajadores xiagang.
Incluso cuando las reformas de mercado y la modernización industrial generaban nuevas oportunidades de empleo, estas simplemente no eran suficientes. Entre 2004 y 2005, 24 millones de personas se incorporaron a la fuerza laboral, pero solo se crearon 9 millones de nuevos puestos de trabajo. Y entre esos nuevos empleos existía un desajuste entre la oferta y la demanda. Los trabajadores despedidos eran, en su mayoría, personas de cuarenta a cincuenta años con experiencia industrial, mientras que las empresas extranjeras que llegaban a China buscaban recién graduados universitarios o jóvenes migrantes rurales dispuestos a trabajar por salarios más bajos. Y aunque la expansión de la educación superior benefició a muchos, con el tiempo también produjo una generación de jóvenes sobrecalificados para gran parte de los empleos disponibles, lo que dio lugar a un elevado desempleo juvenil que persiste en China hasta hoy. Gran parte de ese sufrimiento quedó silenciosamente sepultado bajo cifras frías y grandes políticas públicas.
A comienzos del nuevo milenio, el debate central en torno a las políticas públicas ya no era si la reforma debía emprenderse o no, sino cómo hacer que esa transformación fuera menos dolorosa.
En el 2002, el economista y escritor Wu Xiaobo realizó un trabajo de campo en el distrito de Tiexi, en Shenyang. En un artículo publicado en el Financial Times China, recogió las historias de dos familias que habían sido afectadas por los despidos masivos. En una de ellas, un hombre llevaba a su esposa en bicicleta hasta la zona roja para que ejerciera el trabajo sexual a cambio del dinero necesario para sobrevivir. En la otra, un padre se arrojaba desde un edificio después de que su esposa se quejara de que no podían comprarle unas zapatillas deportivas a su hijo para una competencia escolar. Otros relatos hablaban de familias que mezclaban veneno en los dumplings, de asaltantes que le suplicaban a sus víctimas poner fin a su sufrimiento (y viceversa), de trabajadores que se tendían sobre las vías del tren esperando ser arrollados.
Puede resultar difícil comprender por qué tantas personas llegaron a situaciones tan extremas ante lo que, en apariencia, era simplemente la pérdida de un empleo. Pero para muchos trabajadores del noreste de China, el trabajo lo era todo. Antes del xiagang, la vida de la mayoría de los trabajadores giraba en torno al danwei, la unidad de trabajo que no representaba simplemente al empleador, sino a todo un universo social. El danwei proporcionaba vivienda, atención médica, pensiones, cuidado infantil y espacios de recreación. Los compañeros de trabajo también eran vecinos. Las personas nacían en la clínica del danwei, asistían a escuelas administradas por el danwei, comenzaban a trabajar en el danwei al graduarse, encontraban pareja a través de citas organizadas por el danwei y se mudaban a dormitorios o viviendas proporcionados por el danwei. Desde el nacimiento hasta la muerte, la vida de un trabajador estaba estrechamente vinculada a su danwei. En su libro de 2004, el sociólogo Li Hanlin sostiene que el danwei no era solo un lugar de trabajo, sino un modo de vida elegido, que proporcionaba un sentido de arraigo y seguridad. Era una sociedad sin extraños, porque las personas forjaban vínculos estrechos a través del trabajo y de la vida cotidiana. El danwei otorgaba identidad social y legitimidad a las personas.
Por lo tanto, los habitantes del noreste no solo perdieron sus ingresos, sino también su forma de vida, el sentido de pertenencia a las pequeñas comunidades que habían construido en torno a su trabajo y su dignidad como trabajadores socialistas. En una sociedad que durante décadas les había dicho que los trabajadores eran los dueños de la nación, la repentina sensación de estar de más, de ser ineficientes e indeseados les impuso una carga que ninguna indemnización por despido podía aliviar. Muchos se sintieron engañados cuando fueron obligados a firmar contratos laborales que los despojaban de las protecciones de las que antes gozaban: “Yo creía en el gobierno y en el Partido. Dependía de la empresa para vivir, y la empresa también me necesitaba para seguir desarrollándose”, dijo un trabajador minero despedido en una zona rural de Beijing. “Jamás imaginé que la empresa se aprovecharía de mí”. Otros se sintieron invisibles al quedar excluidos de las decisiones que determinarían el resto de sus vidas por una institución a la que siempre habían considerado su gran familia.
…los habitantes del noreste no solo perdieron sus ingresos, sino también su forma de vida, el sentido de pertenencia a las pequeñas comunidades que habían construido en torno a su trabajo y su dignidad como trabajadores socialistas.
EL MIEDO Y EL FRENESÍ
La paradoja de aquella época era que, al mismo tiempo que gran parte de la población china perdía su empleo, un nuevo grupo de personas pobres, concentrado principalmente en las zonas costeras del sureste del país, se enriquecía de la noche a la mañana. Y, como otros estaban experimentando una movilidad social ascendente, quienes eran dejados atrás terminaron por interiorizar las ideas del darwinismo social: solo los trabajadores perezosos e inútiles eran despedidos y quienes no lograban encontrar un nuevo empleo simplemente carecían de las habilidades o la determinación necesarias para conseguirlo.
En las zonas rurales de Liaoning, una provincia del noreste profundamente afectada por el xiagang, muchas personas intentaron emigrar al extranjero en busca de mejores oportunidades. Los habitantes de la zona le explicaban al antropólogo Xiang Biao que veían mal a aquellos vecinos que no lograban encontrar trabajo en el extranjero para ganar mucho dinero. “¿Por qué otros han logrado irse al extranjero y tú no?”, se preguntaban. Y asumían que quienes se quedaban habían fracasado por sus propias limitaciones, y no por factores estructurales. Esta forma de pensar, surgida en el noreste de China, atribuía la responsabilidad de los despidos a las capacidades individuales: cuando la rápida estratificación social hizo que los destinos de cada vecino tomaran rumbos opuestos prácticamente de la noche a la mañana, el esfuerzo individual pasó a ser la explicación más sencilla de esa diferencia, una lógica que el Estado reforzó al sustituir el lenguaje colectivista por discursos individualistas de superación personal y progreso individual.
La mayoría de los relatos sobre ese período, incluso los más comprensivos, presentan la reestructuración económica como una fuerza natural, frente a la cual la única respuesta posible es la adaptación individual. En 2002, un documental sobre el distrito de Tiexi retrató la vida en los márgenes y las dificultades de los trabajadores xiagang en la que una vez había sido una próspera zona industrial. Lyu Xinyu, una de las académicas más destacadas de China en el estudio de las desigualdades entre las zonas rurales y urbanas, interpreta el documental como una triste representación de un acontecimiento histórico inevitable:
El distrito de Tiexi de hoy (2003) no es más que una reedición del declive del tradicional “Cinturón del Óxido” industrial del Medio Oeste estadounidense y de la tradicional región industrial del Ruhr, en Alemania, durante las décadas de 1970 y 1980. Es el despliegue de una misma racionalidad histórica en distintos tiempos y espacios, y no tenemos ninguna posibilidad de escapar a la compulsión de esa ley. La industria, en un sentido dialéctico e histórico, es un objeto sometido a las leyes naturales de la sociedad.
Si la reestructuración económica era una fuerza de la naturaleza imposible de detener, entonces la única respuesta posible era seguir su curso antes de que avanzara sin ti. Xiang Biao describió este fenómeno como la mentalidad del “último autobús”: un miedo colectivo a dejar pasar la oportunidad de obtener una porción de la acumulación postsocialista y que esto significara perderlo todo. O tomabas ese último autobús hacia el éxito o te quedabas atrás para siempre. Era un frenesí nacido no de la codicia ni del entusiasmo, sino de la desesperada conciencia de que el viejo mundo había desaparecido y de que los puestos en el nuevo no estaban reservados. Lo que comenzó como una experiencia propia de la región industrial del noreste terminó convirtiéndose, tras décadas de cambios sociales y competencia, en una estructura psicológica ampliamente extendida entre distintas clases sociales y regiones.
Era un frenesí nacido no de la codicia ni del entusiasmo, sino de la desesperada conciencia de que el viejo mundo había desaparecido y de que los puestos en el nuevo no estaban reservados.
El discurso oficial del Estado reforzó sistemáticamente esta interpretación. En la década de 1990, China necesitaba la apertura al mercado y la reforma de las empresas estatales. Según ese discurso, se trataba de medidas inevitables para salvar al país de su crisis económica. Bajo esta lógica, China también necesita la urbanización, la modernización industrial o la integración de la inteligencia artificial, porque la historia es irreversible y el progreso tecnológico, inevitable. Al describir las grandes transformaciones sociales, el lenguaje oficial insiste siempre en la necesidad de “aprovechar las nuevas oportunidades (抓住新机遇; zhuazhu xin jiyu)” y “subirse a la ola de los tiempos (站在时代的风口上; zhan zai shidai de fengkou shang)”. Ese discurso sigue vigente dos décadas después. Como escribió en 2019 un importante periódico estatal: “Cuando la era te deja atrás, ni siquiera se despide”.
El mensaje para los individuos era claro: debían subirse al “último autobús” para aprovechar la oportunidad fugaz. Si no lo hacían, nadie, ni siquiera el Estado, los respaldaría. Esta mentalidad sustentó el desarrollo de China en el cambio de siglo y sigue vigente en la actualidad. Ya sea que se trate de reformas de mercado, educativas, industriales o tecnológicas, en China las personas se desviven ante cada novedad porque siempre están buscando la próxima tendencia a seguir. En palabras de Xiang: “todos los autobuses son el último autobús”.
A finales de la década de 1990 y comienzos de la de 2000, aprender inglés era el último autobús. La globalización era la tendencia irreversible; solo aprendiendo inglés los chinos podrían relacionarse con el resto del mundo. El Estado convirtió el inglés en una materia obligatoria del Gaokao y lo incorporó a la educación primaria en 2001, dando origen a fenómenos culturales como el “Crazy English” (疯狂英语; fengkuang yingyu), en el que decenas de miles de personas se reunían en estadios para gritar frases en inglés a todo pulmón en un desesperado esfuerzo colectivo por alcanzar la fluidez. A finales de la década de 2010, el auge del internet móvil fue el último autobús. Mientras gigantes tecnológicos como Alibaba y Tencent ofrecían salarios muy por encima de los de otros sectores, millones de personas se apresuraban a aprender programación e inscribirse en carreras universitarias de ciencias de la computación, mientras las universidades ampliaban agresivamente esos programas, solo para descubrir que se enfrentaban a una tasa de empleo en constante descenso.
En 2023, el último autobús era comprender la inteligencia artificial y más de 250 mil personas pagaron por cursos intensivos básicos sobre IA, aterradas ante la posibilidad de volverse obsoletas de la noche a la mañana. En 2026, OpenClaw fue el último autobús: miles de personas —jubilados, empleados de oficina y amas de casa— hicieron fila frente a las oficinas de empresas tecnológicas para que los ingenieros les instalaran el agente directamente en sus teléfonos.
En 2026, OpenClaw fue el último autobús: miles de personas —jubilados, empleados de oficina y amas de casa— hicieron fila frente a las oficinas de empresas tecnológicas para que los ingenieros les instalaran el agente directamente en sus teléfonos.
EL PESIMISMO SUBYACENTE
Mañana por la mañana, creo que habrá un buen sol
Quiero arreglarme
Vender todo lo viejo y lo roto
Oh, qué bueno será eso
Vamos, computadora Pentium
Deja que piensen por mí
明天一早, 我猜阳光会好
我要把自己打扫
把破旧的全部卖掉
哦这样多好
快来吧奔腾电脑
就让它们代替我来思考
—“New Boy”, Pu Shu, 1999
Hoy, la historia de la apertura al mercado suele presentarse de manera idealizada. Las series de televisión chinas —desde dramas históricos oficiales hasta melodramas románticos— celebran a quienes supieron aprovechar la ola de la transformación y salir adelante por sus propios medios. El trauma del xiagang solo ha encontrado expresión cultural en los márgenes. El llamado “Renacimiento del Dongbei” es una corriente dentro de la literatura, el cine y la comedia negra surgida desde la década de 2010 entre escritores y directores del noreste de China, que aborda el colapso de este “cinturón del óxido” con un tono sombrío que la cultura oficial no puede aceptar. Por fuera de eso, la mayor parte de los registros sobre el xiagang han sido censurados o, simplemente, omitidos.
Pero, por mucho que se quemen los registros, la herida no puede borrarse. Y por mucho que se intente blanquear ese período, la mentalidad de fondo —la idea de subirse al último autobús o morir— ha quedado profundamente arraigada. Esa ansiedad persistente sigue intensificándose y extendiéndose cada vez que surgen nuevas transformaciones con potencial para cambiar la sociedad china. Aunque no todo el mundo logra subirse a cada “último autobús”, la alternativa de ni siquiera intentarlo está socialmente estigmatizada. Como observó Xiang Biao, parece no haber forma de vivir al margen de la competencia y del esfuerzo constante, incluso cuando no está claro por qué objetivo se está luchando exactamente; abandonar la carrera significa enfrentarse al fracaso absoluto. Incluso cuando la generación más joven dice abrazar la idea de “tumbarse”, la presión del Estado, de la sociedad e incluso de ellos mismos hace que, en realidad, nunca abandonen del todo.
Esta historia ofrece una nueva perspectiva sobre el “entusiasmo por la IA” que hoy vemos en China. Muchos aciertan al señalar que ese entusiasmo surge tanto del discurso estatal, que presenta la tecnología como una vía de redención frente a la historia del “siglo de la humillación”, como de la experiencia cotidiana de la población con los beneficios que el rápido desarrollo tecnológico de las últimas décadas le ha traído. La tecnología es buena porque fortalece a la nación. La lección de cómo el gobierno de la dinastía Qing cerró las puertas del país, dejó pasar la Revolución Industrial y luego fue derrotado y humillado por las potencias europeas y por Japón constituye una parte fundamental de la enseñanza de la historia obligatoria para todos los estudiantes chinos. Por otra parte, la industrialización y la digitalización han mejorado la vida de muchas personas, condensando en una sola generación un proceso que a Occidente le tomó décadas. China pasó de no tener ninguna línea de tren de alta velocidad en 2003 a contar con una red de 50 mil kilómetros en 2025 (frente a los ocho mil 500 kilómetros existentes en toda la Unión Europea en 2023) conectando al 97 % de las ciudades con más de medio millón de habitantes; la sociedad pasó por alto la infraestructura de tarjetas de crédito y dio el salto directamente del efectivo a los pagos móviles, en una transición que alcanzó incluso a personas que nunca habían tenido una tarjeta bancaria.
La lección de cómo el gobierno de la dinastía Qing cerró las puertas del país, dejó pasar la Revolución Industrial y luego fue derrotado y humillado por las potencias europeas y por Japón constituye una parte fundamental de la enseñanza de la historia obligatoria para todos los estudiantes chinos.
Sin embargo, estos dos elementos también generan una profunda sensación de incertidumbre. El deseo de acceder a los beneficios transformadores de la tecnología es inseparable del miedo a quedarse atrás. Los ciudadanos adoptan los pagos sin efectivo no solo por la comodidad que ofrecen, sino también por las consecuencias de no hacerlo: ser incapaces de pagar en la mayoría de los comercios, quedar excluidos de servicios básicos y verse a la deriva en un sistema bancario diseñado para funcionar desde la pantalla de un teléfono. Lo mismo ocurrirá con la inteligencia artificial o, al menos, eso es lo que parece creer la mayoría de los chinos.
Como sostienen algunos analistas, la cultura china del optimismo tecnológico puede facilitar que la inteligencia artificial se difunda y se implemente a gran escala. Algunos incluso contraponen el optimismo tecnológico de Star Trek en China, que, según algunos, permitirá una adopción más rápida de la IA a gran escala, con la mentalidad propia de Black Mirror en Occidente, donde la preocupación pública por los distintos riesgos de la inteligencia artificial retrasa su implementación. Sin embargo, es demasiado simplista establecer una dicotomía entre las respuestas de Estados Unidos y China frente a la IA o pensar que la población china siente un entusiasmo puro por una tecnología que automatizará aún más empleos. Es cierto que muchos encuestados chinos probablemente sienten un entusiasmo genuino, especialmente aquellos que vivieron y se beneficiaron de las transformaciones del mercado en la década de 1990, para quienes la tecnología ha sido una historia de mejoras concretas. Sin embargo, el entusiasmo y el miedo no son sentimientos mutuamente excluyentes. Una persona puede creer sinceramente que algunos productos de inteligencia artificial son beneficiosos y, al mismo tiempo, sentir que en realidad no tiene otra opción que adoptarlos; puede recibir con entusiasmo una tecnología porque le parece útil y, al mismo tiempo, creer que no dominarla la volverá obsoleta. La mayoría de las preguntas de las encuestas están diseñadas de forma demasiado dicotómica como para esclarecer cuál de estos sentimientos es el que realmente impulsa las respuestas o cuál es la proporción entre entusiasmo y ansiedad en cada encuestado.
Hoy, algunas afirmaciones, respaldadas por datos, sobre el “optimismo” de la población china se basan en porcentajes extraordinariamente altos de respuestas a preguntas como si “los productos y servicios de IA tienen más beneficios que desventajas”, cuánto se “confía en la IA” o cuán “dispuestos están a aceptar la IA”. Sin embargo, ninguna de esas preguntas permite distinguir entre un entusiasmo genuino por la inteligencia artificial y la convicción de que la IA es importante, inevitable y que no puede dejarse pasar. ¿Se valoran positivamente los productos de IA porque las personas realmente se benefician de ellos o simplemente porque se consideran demasiado importantes, tal como sucede con el inglés, un idioma que se percibe como “beneficioso” en el sentido de que representa la modernización y el futuro, aunque en la vida cotidiana pueda tener poca utilidad práctica? Preguntar “¿Cuánto confía en esta tecnología?” es, por sí mismo, ambiguo: responder afirmativamente, ¿significa confiar en la IA como tecnología, confiar en los resultados que produce o confiar en que traerá oportunidades que uno no puede darse el lujo de dejar pasar? Además, detrás del 95% de quienes afirman estar dispuestos a aceptar la IA se encuentra el 49% que cree que esta reemplazará empleos. Así, aunque la inteligencia artificial se perciba como una amenaza para la seguridad laboral, una posible forma de afrontarla consiste precisamente en aceptarla y adoptarla con rapidez, porque la historia ha enseñado a los chinos que la única manera de enfrentar el cambio es cambiar ellos mismos.
…aunque la inteligencia artificial se perciba como una amenaza para la seguridad laboral, una posible forma de afrontarla consiste precisamente en aceptarla y adoptarla con rapidez, porque la historia ha enseñado a los chinos que la única manera de enfrentar el cambio es cambiar ellos mismos.
La combinación de entusiasmo y miedo refleja una tensión que ha atravesado la historia reciente de China: si las personas creen que un cambio beneficiará a la sociedad en su conjunto o únicamente a ellas como individuos. Hay una diferencia entre creer que una tecnología es útil, beneficiosa o necesaria para el conjunto de la sociedad —que la IA se convertirá en el destino de la nación y que, por tanto, hay que esforzarse por adaptarse a ella— y confiar en que esa tecnología mejorará automáticamente la vida de cada persona. Dentro de la gran narrativa oficial actual, el xiagang es aceptable, necesario y tiene más beneficios que perjuicios, sobre todo para el Estado-nación y mucho menos para los trabajadores que fueron despedidos. “La reforma de las empresas estatales de 1998 fue como una gran cirugía. Sin ella, el paciente no habría sobrevivido”, afirmó el economista Huihua Nie, dando a entender que, aunque el xiagang fue un proceso doloroso para algunos, la sociedad china debía soportar ese sufrimiento individual en nombre del bien colectivo.
Cuando hoy se encuesta a la población, apenas tres décadas después, es posible que todos los encuestados crean sinceramente que la IA es beneficiosa tanto para la sociedad como para ellos mismos. O quizás la vean como otra cirugía necesaria para sobrevivir, plenamente conscientes de que habrá partes del cuerpo que serán extirpadas y desechadas, pero convencidos de que el dolor que recaiga sobre los individuos —por devastador que sea para ellos— es insignificante frente a los beneficios colectivos. Tal como están formuladas, las preguntas de la encuesta no permiten distinguir entre estas dos narrativas.
Mientras tanto, la realidad sugiere que no existe un optimismo homogéneo ni inquebrantable respecto de la IA entre la población china. Por ejemplo, incluso cuando el Estado emitió múltiples advertencias sobre los riesgos de seguridad de OpenClaw, la gente igualmente se apresuró a instalar el agente en sus teléfonos y computadoras personales. Detrás de esta aparente adopción masiva de herramientas de IA no hay una población movilizada en torno a una estrategia nacional coherente sobre inteligencia artificial, sino una multitud de individuos avanzando a ciegas, supervisados por un gobierno que se beneficia de ese impulso, pero que no puede controlar de manera significativa la dirección que toma. El desperdicio de recursos, las vulnerabilidades de seguridad, las estafas y el exceso de oferta en el mercado son consecuencias previsibles de un sistema impulsado tanto por el miedo como por la ambición. El entusiasmo de China por la IA no constituye una “ventaja” tan estratégica como algunos creen, porque ese miedo que surge desde la base de la sociedad puede derivar fácilmente en un frenesí que sobrepase a la agenda de inteligencia artificial impulsada desde arriba.
El entusiasmo de China por la IA no constituye una “ventaja” tan estratégica como algunos creen, porque ese miedo que surge desde la base de la sociedad puede derivar fácilmente en un frenesí que sobrepase a la agenda de inteligencia artificial impulsada desde arriba.
Tal vez esta situación podría descartarse simplemente como una “moda de la IA” o una “burbuja de la IA” si ocurriera en Estados Unidos, donde algunos venden cursos sobre inteligencia artificial, muchos prueban cada nuevo producto de IA que aparece y otros participan todas las semanas en hackathons dedicados a esta tecnología. Pero, como está ocurriendo en China, y como los propios analistas estadounidenses consideran ahora que el rechazo interno a la IA constituye una vulnerabilidad estratégica, prefieren creer que la población china es diferente o que el gobierno chino tiene una mayor capacidad de influencia en la llamada “carrera por la IA entre Estados Unidos y China”, porque puede construir deliberadamente una opinión pública optimista.
¿Pero realmente puede hacerlo?
En enero de 2026, los medios estatales adaptaron “New Boy”, de Pu Shu, y la convirtieron en “New Bot”, con el propósito de mostrar que la inteligencia artificial y la robótica, al igual que Windows 98 en su momento, podían traer esperanza y la promesa de una vida nueva y mejor. Sin embargo, pese a lo llamativo del videoclip, la canción no se convirtió en un éxito. La gente sigue escuchando la versión original de 1999 y deja comentarios lamentando que nunca volverá a existir una época de un optimismo semejante. Lo que tal vez estén lamentando no es que la IA no haya logrado igualar el atractivo de Windows 98. “Nunca he podido aceptar que esta sea una canción puramente alegre. La melancolía de ser empujados hacia una nueva era es su verdadero tema: un pesimismo escondido dentro de una melodía que parece feliz”, escribió un oyente.
“向前走,你的路,猜猜未来会给你什么礼物 (xiang qian zou, ni de lu, caicai weilai hui gei ni shenme liwu)”, canta Pu Shu al final de la canción. “Sigue caminando, el camino está delante de ti; adivina qué regalo te tiene preparado el futuro”. Resulta que ese regalo es obligatorio. No lo pediste, no puedes devolverlo y la época no esperará mientras decides si lo quieres o no. ![]()
*Zilan Qian investiga y escribe sobre China y la inteligencia artificial, y es investigadora asociada del Oxford China Policy Lab. El texto original en ingles fue publicado en Asterisk Magazine en su último número Risk https://asteriskmag.com/
