La elección de Trump fue un rechazo claro al statu quode la élite de Washington y a los líderes políticos que anteponían sus propios intereses a los del pueblo estadounidense, y una demanda por un gobierno de, por y para el pueblo.
Tulsi Gabbard
…tenemos que tener una mirada muy clara sobre las amenazas directas y los desafíos que existen sobre nuestros derechos fundamentales y nuestras libertades, y lo que nosotros, el pueblo, vamos a hacer al respecto.
Tulsi Gabbard
Tulsi Gabbard tiene 44 años y es la dama fuerte de la inteligencia estadounidense. Como directora de Inteligencia Nacional, maneja un presupuesto de más 75 mil millones de dólares y tiene bajo su mando 18 agencias de inteligencia de todo el país, incluyendo a la CIA, el FBI y la DEA. Es la jefa de la Comunidad de Inteligencia de Estados Unidos, supervisa el Programa de Inteligencia Nacional y actúa como asesora del presidente Donald Trump y del Consejo de Seguridad Nacional presidido por Marco Rubio. En diciembre del año pasado apuntó como un riesgo para el país la presencia de prácticas islámicas en varias ciudades, entre ellas Minneapolis, Minnesota —donde se ha intensificado la acción de ICE en las últimas semanas— y en el marco de la intervención en Venezuela la CIA recomendó al presidente no apostar por un cambio de régimen sino a la estabilidad del país sudamericano.
Semejantes responsabilidades a una edad relativamente temprana deberían alcanzarle para estar blindada de críticas internas y externas. Sin embargo, factores como una sospechosa actitud pro rusa, su pasado demócrata, su inconsistencia en torno a sus convicciones y su presunta falta de preparación para el cargo la tienen permanentemente en la mira. Ella, por su parte, está convencida de que su papel es proteger a la población estadounidense luchando contra el Deep State y despolitizando el sistema de inteligencia de la nación mas poderosa del mundo. En Traza Continental realizamos un perfil detallado de una de las mujeres más destacadas del la administración republicana.
ORÍGENES Y HERENCIAS
Tulsi Gabbard nació en 1981 en Leloaloa, Samoa Americana, se crió en Hawái y pasó dos años en un internado para niñas en Filipinas. Es una de los cinco hijos de un matrimonio de clase media, tiene cuatro hermanos y está casada con Abraham Williams, un cineasta y surfista que conoció porque fue el fotógrafo de una de sus campañas y con el que no han conseguido tener hijos. Su padre, de origen católico, es senador estatal y adoptó prácticas hinduistas por influencia de su esposa y madre de Tulsi, Carol, quien ya se había convertido antes al hinduismo. De ella heredó Tulsi el carácter competitivo y de él aprendió el interés por la vida pública y la política.
Michael Gabbard es senador estatal en Hawái desde 2006 por el Partido Demócrata, aunque anteriormente había buscado ser congresista por el Partido Republicano e inició su activismo político de manera independiente. Conocido desde finales de los años 90 por sus esfuerzos en contra del matrimonio igualitario —muchos años después cambió su postura gracias a la influencia de su hija— fue de su mano que Tulsi comenzó a participar políticamente. En 2001 ambos fundaron la Healthy Hawaiʻi Coalition, una organización sin fines de lucro que buscaba proteger el medio ambiente y mejorar la salud individual y comunitaria de la isla. Es este tema —el medio ambiente y la protección de los recursos naturales— tan ajeno a la agenda del gobierno del que participa hoy su hija, el que ha caracterizado la gestión de Michael como legislador por casi 20 años. De 2009 a 2015 fue presidente del Comité de Energía y Medio Ambiente y tuvo un papel central para que Hawái fuera el primer estado en proponerse utilizar cien por ciento de energía renovable para 2045; en 2016 fue nombrado presidente del Comité de Agua, Tierra y Agricultura, donde promovió una ley que prohíbe la venta de productos provenientes de especies en peligro de extinción; y en 2017 presidió el Comité de Agricultura y Medio Ambiente concentrándose en aumentar la producción local de alimento y en el impulso de un programa industrial de tratamiento del cáñamo.
Su padre, de origen católico, es senador estatal y adoptó prácticas hinduistas por influencia de su esposa y madre de Tulsi, Carol (…) De ella heredó Tulsi el carácter competitivo y de él aprendió el interés por la vida pública y la política.
De sus padres Gabbard heredó también el hinduismo. Desde jóvenes Mike y Carol se convirtieron en seguidores de Chris Butler, un líder espiritual que fundó la Science of Identity Foundation (SIF), organización con sede en Hawái que practica el vaisnavismo gaudiya, una de las ramas del hinduismo, y que es conocida por su veganismo, por su rechazo a las personas homosexuales y su enemistad con el islam. Muchos consideran a la SIF como una secta —la tía de Tulsi se refirió a la organización como “la extrema derecha del movimiento Hare Krishna”— y legisladores tanto del Partido Demócrata como del Partido Republicano han manifestado su preocupación acerca de que los vínculos de Gabbard con Butler puedan poner en riesgo la seguridad nacional, ya que la directora de inteligencia podría confiarle a su “gurú” espiritual información delicada. Sin embargo, Tulsi ha aclarado que no existe un vínculo formal con la SIF, ha hecho una defensa de Butler, ha dicho que las críticas son un ataque intolerante a su fe y se ha mostrado agradecida con su líder por darle una “maravillosa práctica espiritual”.
DE POLÍTICA A VETERANA DE GUERRA, Y VICEVERSA
En 2002, con solo 21 años, Tulsi ganó por el Partido Demócrata un escaño en la Cámara de Representantes de Hawái y se convirtió en la congresista más joven que ha tenido la isla. Pero su verdadera carrera política comenzó un año después, cuando inició su servicio militar, un activo muy importante para los perfiles que buscan jugar en las grandes ligas de la política estadounidense. En 2004 dejó la legislatura estatal para servir en Irak, donde fue asignada a una unidad médica, servicio por el que fue galardonada con la Insignia Médica de Combate. Esto la convirtió en la primera funcionaria estatal en renunciar voluntariamente a un cargo público para ir a una zona de guerra. Tres años después, Gabbard ingresó al programa acelerado de la Academia Militar de Alabama, donde se convirtió en la primera mujer en graduarse con honores en los 50 años de historia de la institución. Este paso por el Ejército daría a Tulsi sus primeras credenciales para llegar hasta donde está hoy, pero también le costaría su primer matrimonio: después de su estancia en Irak, se divorció de Eduardo Tamayo, su primer esposo y amigo de la infancia.
…con solo 21 años, Tulsi ganó por el Partido Demócrata un escaño en la Cámara de Representantes de Hawái y se convirtió en la congresista más joven que ha tenido la isla.
En 2010 retomó su carrera política: fue elegida para el Concejo Municipal de Honolulu, y dos años después, se postuló y ganó un escaño en la Cámara de Representantes de Estados Unidos con el apoyo de EMILY’s List, una organización que promueve a mujeres pro aborto. Fue la primera samoana estadounidense y la primera hindú en el Congreso; cuando prestó juramento, lo hizo sobre la Bhagavad Gita, uno de los textos sagrados del hinduismo. En Washington, Gabbard apoyó causas clásicas de la agenda demócrata como el control de armas, el derecho al aborto, la atención médica universal y la matrícula universitaria gratuita. También postulaba el aislacionismo y exigía la retirada de Estados Unidos de los conflictos extranjeros, una postura que la terminaría acercando en el futuro al movimiento MAGA.
Su alto perfil y sus capacidades de relacionamiento (Nancy Pelosi la calificó de “estrella emergente”) le permitieron ser elegida en 2013, a sus 32 años, como vicepresidenta del Comité Nacional Demócrata con el apoyo de Barack Obama y allí comenzó a construir su perfil presidenciable. En 2016 apoyó a Bernie Sanders en la interna demócrata, que finalmente ganaría Hilary Clinton, y en 2019 lanzó su propia candidatura presidencial para “llevar los valores y principios de un soldado a la Casa Blanca, restaurando los valores de la dignidad, el honor y el respeto a la presidencia. Y, sobre todo, el amor por nuestro pueblo y el amor a la patria”. Sin embargo, no consiguió el respaldo de sus correligionarios, se retiró y apoyó a Joe Biden.
Su alto perfil y sus capacidades de relacionamiento (…) le permitieron ser elegida en 2013, a sus 32 años, como vicepresidenta del Comité Nacional Demócrata con el apoyo de Barack Obama.
UNA CAMARILLA ELITISTA, BELICISTA Y COBARDE
Después de la elección de 2020 inició una etapa distinta en la carrera de Gabbard. Comenzó a distanciarse del Partido Demócrata, donde ya había sido fuertemente criticada por haber viajado en plena guerra a Siria a reunirse con Bashar al-Assad, aliado de Vladimir Putin, sin tener la aprobación de nadie y sin que su equipo cercano estuviera informado. Sus cambios de postura sobre algunos temas sensibles abrieron aún más la brecha. Modificó su apoyo al derecho al aborto y presentó dos iniciativas en contra, así como un proyecto de ley para restringir el acceso de mujeres y niñas trans a las competencias deportivas femeninas; asimismo, moderó las posturas ambientalistas que había sostenido desde muy joven, aunque siguió siendo antiintervencionista en materia de política exterior.
Esta condición de “demócrata crítica” le abrió las puertas de los medios, convirtiéndola en una figura recurrente en programas de televisión, sobre todo de la cadena ultraconservadora Fox News, donde empezó a construir un perfil independiente, que se terminó cristalizando en 2022, cuando en un video que publicó en su canal de Youtube calificó al Partido Demócrata de estar “bajo el completo control de una camarilla elitista de belicistas impulsados por un cobarde wokismo” y anunció su renuncia definitiva a la formación.
Para dejar testimonio y dotar de coherencia ideológica a su ruptura, Gabbard publicó For Love of Country: Leave the Democrat Party Behind (Por amor a la patria: dejar atrás el Partido Demócrata), un libro en el que, desde un registro autobiográfico, desarrolla un alegato político contra la dirigencia demócrata y el rumbo que —según sostiene— tomó el partido en las últimas dos décadas. “El partido al que me uní hace más de veinte años ya no existe”, afirma en uno de sus pasajes. Era, entonces, una fuerza política que defendía “al hombre común, la libertad de expresión y las libertades civiles”.
…calificó al Partido Demócrata de estar “bajo el completo control de una camarilla elitista de belicistas impulsados por un cobarde wokismo”.
Uno de los tópicos centrales de su libro es el señalamiento de que el Partido Demócrata habría reemplazado una agenda social amplia por una política identitaria cada vez más rígida y excluyente. Gabbard sostiene que, bajo la égida del progresismo woke, el partido construyó una nueva ortodoxia cultural que castiga el disenso y desprecia a los más amplios sectores de la población. “Los líderes del partido dicen hablar en nombre del pueblo, pero miran con desprecio a cualquiera que no repita sus consignas”, afirma, y agrega que millones de ciudadanos “preocupados por llegar a fin de mes, criar a sus hijos y vivir en paz” fueron desplazados del centro del debate por una élite obsesionada con imponer códigos morales y simbólicos. En ese proceso, el “hombre común” habría pasado de ser el sujeto al que la política debe representar, a convertirse en un problema a corregir.
Esa deriva, según Gabbard, se complementa con un abandono explícito de las libertades civiles. En el libro denuncia también la naturalización de la censura y la connivencia con las grandes empresas tecnológicas a través de lo que denomina un “complejo industrial de la censura”, un entramado diseñado para silenciar la disidencia mediante el uso de etiquetas como “desinformación” o “extremismo” para marginar voces críticas. “No se puede salvar la democracia destruyendo la libertad de expresión”, advierte, y acusa al Partido Demócrata de estar más preocupado por disciplinar culturalmente a la sociedad que por representar las “necesidades prácticas de las familias trabajadoras”.
Otros ejes que Gabbard desarrolla en su libro son el intervencionismo militar, la instrumentalización de la justicia y la hostilidad hacia la libertad religiosa. En For Love of Country, su ruptura con el Partido Demócrata aparece como la consecuencia de una degradación institucional en la que, a su juicio, la dirigencia quedó atrapada en una lógica de guerra permanente. Desde su experiencia como veterana, cuestiona el giro intervencionista en política exterior y el consenso bipartidario que lo sostiene, al que atribuye altos costos humanos y escasos beneficios para la seguridad nacional.
…bajo la égida del progresismo woke, el partido construyó una nueva ortodoxia cultural que castiga el disenso y desprecia a los más amplios sectores de la población.
En el plano interno, esa lógica se expresa —según su diagnóstico— en la weaponization of government: el uso selectivo del sistema de justicia y de agencias federales para investigar, presionar o deslegitimar a opositores y voces disidentes. A ello suma su denuncia de una creciente hostilidad hacia la libertad religiosa y la libertad de conciencia, las cuales, según su visión, son tratadas como obstáculos por la nueva ortodoxia ideológica En conjunto, Gabbard describe un esquema en el que belicismo externo, disciplinamiento interno y erosión de libertades civiles conviven como síntomas de un sistema político cada vez más alejado del ciudadano común y de los principios que, a su criterio, alguna vez definieron al Partido Demócrata.
ESTRELLA DE FOX NEWS Y ACTIVO RUSO
Como parte de su definitiva transición hacia el ecosistema conservador, Gabbard comenzó a ser una asidua invitada al programa de Tucker Carlson en Fox News y hasta llegó a ser presentadora cuando Carlson se ausentaba. Allí empezó a mostrar un perfil pro ruso que la persigue hasta el día de hoy. Sugirió que el gobierno estadounidense y la OTAN fueron culpables de la invasión a Ucrania, toda vez que desoyeron las advertencias de Rusia sobre la decisión de Ucrania de adherirse a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, acusó al presidente Volodymyr Zelenskyy de encabezar una “autocracia corrupta” y avaló la sospecha rusa de que en Ucrania existen laboratorios secretos de armas biológicas. También criticó las sanciones que el gobierno de Biden le impuso a Rusia. “Estas sanciones no funcionan. Lo que sí sabemos es que aumentarán el sufrimiento y las penurias del pueblo estadounidense. Y ese es el verdadero problema de la administración Biden: están tan concentrados en cómo castigar a Putin que no les importa ni se enfocan en lo que realmente es mejor para el pueblo estadounidense”, afirmó.
…comenzó a ser una asidua invitada al programa de Tucker Carlson en Fox News y hasta llegó a ser presentadora cuando Carlson se ausentaba.
Estas expresiones fueron música para los oídos de los propagandistas rusos, que hacían circular las opiniones de Gabbard incesantemente por los medios locales como prueba de que las decisiones del gobierno de Vladimir Putin estaban bien orientadas. Nada de esto pasó desapercibido en Washington: Hillary Clinton calificó directamente a Gabbard como “un activo ruso”.
Sin embargo, su trabajo en Fox News y su acercamiento a Tucker Carlson le dieron una fuerte visibilidad en el universo Trump, así que nadie se sorprendió demasiado cuando en octubre de 2024 se afilió al Partido Republicano y se unió a la campaña del magnate, a quien elogió como un “pacificador”. “Un voto a Donald Trump es un voto a un hombre que quiere acabar con las guerras, no empezarlas”, dijo en el mitin de Trump en el Madison Square Garden poco antes del día de las elecciones, “y quien ya ha demostrado que tiene el coraje y la fuerza para levantarse y luchar por la paz”. El Partido Republicano, dijo en esa misma ocasión, era, por tanto, “el partido del pueblo”.
MAGA CON RESERVAS
Ahora: ¿qué lugar ocupa Tulsi Gabbard en el star system trumpista? Su acercamiento a Tucker Carlson y su exposición pública en defensa de los valores asociados al trumpismo sin dudas elevaron sus credenciales y la acercaron al universo MAGA. Dejó el Partido Demócrata con argumentos que podría haber esgrimido cualquier trumpista en 2016 y, luego, comenzó a participar en encuentros donde se reúne la élite conservadora, como la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), y recientemente la National Conservatism Conference (NatCon). Además, sus posiciones en política internacional —críticas del intervencionismo y de lo que denomina “guerras de cambio de régimen”— resultaron especialmente atractivas para sectores del movimiento MAGA escépticos ante las intervenciones estadounidenses en el exterior. Se ganó por todo esto la bendición de la gran figura emergente del nacionalismo conservador estadounidense y, como ella, excombatiente en Irak: el vicepresidente JD Vance: “Tulsi es una veterana, una patriota, una fiel partidaria del presidente Trump y una pieza clave de la coalición que construyó en 2024”.
Se ganó (…) la bendición de la gran figura emergente del nacionalismo conservador estadounidense y, como ella, excombatiente en Irak: el vicepresidente JD Vance.
Sin embargo, otros aspectos de sus posiciones públicas la alejan de MAGA. En algunos casos Gabbard ha puesto en duda posiciones militaristas o particularmente agresivas impulsadas desde algunos sectores del movimiento. También sucede que su pasado la condena: desde el Partido Demócrata, Gabbard ha defendido políticas progresistas que distan bastante del programa MAGA en su versión más radical. Así, al no ser una “pura sangre” a Tulsi Gabbard la han etiquetado de diversas maneras para intentar ubicarla dentro del espectro del trumpismo: “MAGA celebrity” —su figura es atractiva y tracciona fondos de campaña—, “Blue MAGA”, como se les dice a los exdemócratas que se integran al movimiento, y hasta “hawkish dove” (algo así como una paloma con garras de halcón), por su mezcla de retórica antiintervencionista con posiciones duras en materia de seguridad interna.
SU LUGAR EN LA ADMINISTRACIÓN
Aunque en la viscosa interna trumpista Tulsi Gabbard tenga que remar para ser reconocida, en la formalidad de la administración gubernamental es una mujer extremadamente poderosa. Como directora de Inteligencia Nacional —cargo que se creó tras los atentados del 11 de septiembre de 2001— es la jefa de la Comunidad de Inteligencia de Estados Unidos y una de las principales asesoras del presidente, lo que ha generado escozor en algunos círculos de Washington. La congresista demócrata de Virginia y miembro del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, Abigail Spanberger, se mostró “horrorizada por la nominación de Tulsi Gabbard”. “No solo está mal preparada y no está cualificada, sino que trafica con teorías conspirativas y se codea con dictadores como Bashar al Assad y Vladimir Putin”, afirmó.
Como parte esencial del despliegue de sus capacidades, el 20 de agosto de 2025 Gabbard anunció el plan “ODNI 2.0”, que incluía una drástica reducción del presupuesto por más de 700 millones de dólares, y un recorte del 40% del personal de diversas instituciones a su cargo. La reestructuración contempló además la eliminación del Foreign Malign Influence Center, una oficina creada para monitorear y contrarrestar “campañas de influencia extranjera” y que Gabbard calificó como una herramienta de censura. “En los últimos 20 años, la ODNI (Office of the Director of National Intelligence) se ha vuelto desmesurada e ineficiente, y la comunidad de inteligencia está plagada de abuso de poder, filtraciones no autorizadas de inteligencia clasificada y del uso politizado de la inteligencia como arma”, afirmó en un comunicado.
Aunque en la viscosa interna trumpista Tulsi Gabbard tenga que remar para ser reconocida, en la formalidad de la administración gubernamental es una mujer extremadamente poderosa.
La reorganización es parte de un esfuerzo más amplio de la administración para combatir al Deep State y replantear la forma en que se identifican y evalúan las amenazas extranjeras a los procesos electorales estadounidenses, un terreno especialmente sensible desde las elecciones de 2016 y la persistente disputa en torno a la supuesta injerencia rusa, versión sostenida por la comunidad de inteligencia y que Trump ha rechazado de manera sistemática.
Previo a esta decisión, el FBI ya había cerrado áreas dedicadas a investigar operaciones de influencia extranjera, incluidas aquellas dirigidas a las elecciones. También se habían realizado recortes radicales en la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad, que supervisa la infraestructura crítica del país, incluyendo los sistemas electorales. Y en abril, el Departamento de Estado había anunciado el cierre de su oficina encargada de abordar la desinformación que presuntamente habían difundido varios países, entre ellos Rusia.
Estas decisiones no fueron presentadas por Gabbard como simples ajustes administrativos, sino como parte de una disputa más profunda sobre el rol del Estado, los límites del poder y la legitimidad misma de la comunidad de inteligencia. Esa lectura —que combina una impugnación frontal al aparato estatal heredado con una apelación a principios fundacionales— quedó explicitada pocas semanas después en el discurso que pronunció en la última edición de la NatCon celebrada en septiembre del año pasado en Washington.
LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES
Fue precisamente el modo en que la comunidad de inteligencia abordó la supuesta injerencia rusa en las elecciones de 2016 uno de los ejes del discurso que Gabbard pronunció en la última NatCon. En una intervención de treinta minutos titulada “Freedom, Liberty, and Truth”, afirmó que durante su gestión se desclasificaron documentos que demostrarían que la narrativa de la interferencia rusa fue fabricada por la administración Obama y altos funcionarios del aparato de inteligencia con el objetivo de socavar la presidencia de Donald Trump. Según Gabbard, esa operación buscó “usurpar la voluntad y la voz del pueblo estadounidense” que había llevado al neoyorquino a la Casa Blanca.
En ese marco, apuntó directamente contra James Clapper, ex director de Inteligencia Nacional, a quien responsabilizó no solo por la construcción de esa versión, sino también por haber participado en la elaboración de informes que, años antes, sostenían falsamente que Irak poseía armas de destrucción masiva y vínculos con Al Qaeda. Para Gabbard, ambos episodios revelan un mismo patrón: el uso politizado de la inteligencia para justificar guerras en el exterior o intervenir en la política interna, siempre al margen del control democrático. Bajo esta lógica, no es de extrañar que haya sido la CIA, agencia bajo su autoridad, la que haya recomendado al presidente Trump no apostar por un cambio de régimen inmediato en Venezuela, sino garantizar la estabilidad del país sudamericano.
…no es de extrañar que haya sido la CIA, agencia bajo su autoridad, la que haya recomendado al presidente Trump no apostar por un cambio de régimen inmediato en Venezuela…
En su discurso en la NatCon, Gabbard resaltó que uno de los principales desafíos de su gestión es despolitizar y depurar las agencias de inteligencia, que —según afirmó— aún albergan operadores que filtran información a los medios para luego ser utilizada por dirigentes opositores. A ese entramado lo identificó como parte del Deep State, al que describió como un poder en las sombras integrado por funcionarios no electos que, protegidos por el propio sistema, buscan condicionar el rumbo del país. “Esto no es una ‘teoría conspirativa’”, afirmó, sino “una conspiración para socavar la Constitución”.
Gabbard cerró su intervención con una apelación explícita a los principios fundacionales de Estados Unidos, al reivindicar la idea de que los derechos y libertades son inalienables, anteriores al Estado y garantizados por Dios, y llamó a defenderlos frente a cualquier forma de poder que pretenda erosionarlos. “Sabrán la verdad y la verdad los hará libres”, afirmó, antes de convocar a los ciudadanos a asumir un rol activo en la defensa de un gobierno “de, por y para el pueblo”.
LA AMENZAZA DEL ISLAMISMO
El pasado 20 de diciembre Gabbard cerró el año con un discurso de alto impacto en AmericaFest 2025, la convención anual de Turning Point USA celebrada en Phoenix, Arizona. Ante miles de asistentes, mencionó conmovida que era la primera vez que el evento se realizaba sin su cofundador, Charlie Kirk —asesinado en septiembre cuando participaba de un acto multitudinario con estudiantes universitarios— y afirmó que su legado “está en todas las voces y en la presencia de ustedes aquí”. Recordó cómo Kirk comprendía las amenazas a la libertad y las enfrentaba “no solo con palabras, sino con acciones”: “Puede que no esté de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo. Eso es real. Charlie vivió y murió por ese principio”.
En ese escenario cargado de simbolismos para la derecha estadounidense, Gabbard advirtió que Estados Unidos enfrenta una amenaza que no proviene únicamente del exterior, sino que actúa sobre el núcleo mismo de su identidad como nación y de sus principios fundacionales. Se trata —subrayó— de un peligro del que “no se ha hablado lo suficiente” y que constituye “la mayor amenaza de corto y largo plazo tanto para nuestra libertad como para nuestra seguridad”: el islamismo entendido como una ideología política incompatible con la Constitución norteamericana. Con esta última incursión Gabbard dejaría claro por qué su aversión al islam fue uno de los aspectos clave que la llevó a ser elegida por Trump para el cargo.
Con esta última incursión Gabbard dejaría claro por qué su aversión al islam fue uno de los aspectos clave que la llevó a ser elegida por Trump para el cargo.
En su diagnóstico, esa ideología no se limita a alimentar organizaciones terroristas que —según subrayó— deben ser derrotadas militarmente, sino que persigue un objetivo más amplio y duradero: la instauración de un “califato global” que busca gobernar también dentro de Estados Unidos, imponer la sharia y sustituir las libertades individuales por un orden basado en la coerción. Esa amenaza —advirtió— no se expresa únicamente en ataques violentos, sino también en estrategias que procuran avanzar “a través de los sistemas legales y políticos estadounidenses”, erosionando desde dentro los fundamentos mismos de la libertad. Un discurso alineado con el conservadurismo europeo, que ha tomado el crecimiento del islam y su influencia como una de sus preocupaciones centrales.
Para ilustrar este peligro, mencionó a Paterson, New Jersey; Dearborn, Michigan; Minneapolis, Minnesota (donde la acción de ICE se ha concentrado desde inicios de año); y Houston, Texas; como ejemplos de lo que considera una tolerancia creciente hacia marcos normativos y prácticas comunitarias inspiradas en la sharia, promovidas —según su lectura— bajo el amparo del multiculturalismo y aceptadas por autoridades locales como parte de un proceso que debilita la vigencia de una ley común.
CIUDADANOS DISPUESTOS A HACERSE CARGO
Como síntesis de lo que ha sido su gestión —atravesada por una desconfianza persistente hacia un aparato estatal que, según su propio diagnóstico, “ha dejado de servir al pueblo para convertirse en un sistema que se protege a sí mismo”—, Gabbard utilizó el escenario del AmericaFest para volver a anudar política y fe. Allí sostuvo que los derechos y libertades “no provienen del gobierno ni de mayorías circunstanciales”, sino que “son anteriores a cualquier sistema político y están garantizados por Dios, no por burócratas en Washington”. En ese marco, exhortó a los asistentes a no delegar pasivamente su defensa: “Si nosotros no protegemos estas libertades, nadie lo hará por nosotros” y advirtió que la defensa de las libertades no depende únicamente de reformas institucionales, sino de la acción responsable de los ciudadanos.
Proteger al país exige, para Gabbard, algo más que ajustes administrativos: requiere “coraje, verdad y ciudadanos dispuestos a hacerse cargo”, una apelación que la proyecta, al interior de la galaxia conservadora, como una figura capaz de articular la gestión institucional —política y administrativa— con una dimensión trascendente —cultural, espiritual y civilizatoria—, y la confirma como una de las espadas más filosas de la narrativa moral que busca dotar de sentido a la acción política y como una centinela de la verdad trumpista, en un escenario de creciente desconfianza ciudadana hacia las élites políticas tradicionales y hacia los servicios de inteligencia que hoy sufren una fuerte reorganización bajo su mando. ![]()
Proteger al país exige, para Gabbard, algo más que ajustes administrativos: requiere “coraje, verdad y ciudadanos dispuestos a hacerse cargo”.

