Yoram Hazony: el articulador del nacionalismo conservador
“…las fuertes lealtades mutuas que forman el núcleo del Estado nacional nos ofrecen la única base conocida para el desarrollo de instituciones libres y libertades individuales”.
Yoram Hazony
“El comienzo de la sabiduría, es decir, de la comprensión de cómo funciona realmente el mundo, se encuentra en un estado mental llamado temor de Dios”.
Yoram Hazony
La primera semana de septiembre se llevó a cabo en Washington D.C. la quinta edición de la conferencia National Conservatism (NATCON), una iniciativa que aglutina a políticos, activistas, comunicadores y pensadores conservadores de Europa y Estados Unidos con el objetivo de establecer una ruta estratégica común para la conquista y el mantenimiento del poder. Fundada en 2019, la NATCON se ha convertido en el espacio de diálogo más importante de la derecha global. Su artífice y articulador es Yoram Hazony, un filósofo judío que se ha empeñado los últimos años en buscar modelos de gobierno y de gestión política inspirados en las Escrituras y que a partir de ello se ha convertido en uno de los apologistas más importantes del nacionalismo conservador. En nuestra segunda entrega de la serie Dominio –en la que reflexionamos acerca de las imbricaciones entre fe y política en el mundo contemporáneo–, analizamos el perfil y los principales planteamientos de uno de los pensadores más influyentes de nuestro tiempo.
ORIGEN ES DESTINO
Yoram Hazony (Rehovot, 1964) es uno de los intelectuales más influyentes del nacionalismo conservador contemporáneo. Filósofo, teórico político y erudito bíblico, ocupa hoy un lugar central en los debates sobre el futuro de la derecha en Occidente. Presidente del Herzl Institute en Jerusalén y de la Edmund Burke Foundation —la organización detrás de las conferencias National Conservatism (NATCON)—, Hazony se convirtió en referente de una corriente que busca restaurar la centralidad del Estado-nación frente al globalismo y las instituciones supranacionales.
Criado entre Israel y Nueva Jersey, cursó Estudios de Asia Oriental en Princeton y se doctoró en Filosofía Política en Rutgers con una tesis sobre el profeta Jeremías. En la universidad fundó The Princeton Tory, revista estudiantil que ya anunciaba su voluntad de dar la “batalla cultural” desde la derecha. En 1994 regresó a Israel y fundó el Shalem Center, que con los años devino en el Shalem College, la primera universidad de artes liberales del país, donde ejerció como presidente y rector. Fue asesor y redactor de discursos de Benjamin Netanyahu en los 90, y durante casi una década dirigió un proyecto de teología judía para la John Templeton Foundation.
Fue asesor y redactor de discursos de Benjamin Netanyahu en los 90, y durante casi una década dirigió un proyecto de teología judía para la John Templeton Foundation.
Sus libros trazan el arco de su pensamiento: The Jewish State (2000), una defensa del sionismo; The Philosophy of Hebrew Scripture (2012), que reivindica la Biblia como fuente de filosofía política; God and Politics in Esther (2016), un análisis del poder y del gobierno a partir del libro veterotestamentario de Esther; The Virtue of Nationalism (2018), su obra más influyente, donde reivindica el nacionalismo como una respuesta necesaria a la crisis del orden global; y Conservatism: A Rediscovery (2022), en el que propone un conservadurismo renovado frente al liberalismo.
Judío ortodoxo moderno, padre de nueve hijos, su biografía política arrastra zonas de fricción: en los 80 se sintió inspirado por Meir Kahane, polémico rabino, escritor y político ultranacionalista ortodoxo israelí nacido en Estados Unidos, aunque luego se distanció de sus métodos violentos, y en años recientes ha polemizado con sectores del judaísmo ortodoxo abierto, a los que acusa de rendirse a la crítica bíblica académica. Desde su blog de Substack Jerusalem Letters o en medios como The New York Times, Wall Street Journal o National Review, Hazony insiste en un diagnóstico: el orden liberal atraviesa un declive histórico, y solo el nacionalismo conservador puede ofrecer una salida.
DEL HERZL INSTITUTE A LA BURKE FOUNDATION
En Jerusalén, Hazony levantó el Herzl Institute con la ambición de reinstalar a la Biblia (en específico los libros del canon reconocido por el judaísmo) como fuente de filosofía política. El proyecto combina seminarios, publicaciones y formación de cuadros, pero también funciona como un dispositivo de batalla cultural: disputar a la universidad secularizada el monopolio de la interpretación de la realidad y devolver centralidad a la tradición judía en la discusión sobre soberanía y nación. Allí se cruzan filosofía, teología y sionismo (que Hazony concibe como la expresión más acabada del nacionalismo judío) en proyectos que buscan hacer de la Biblia hebrea no un objeto arqueológico, sino un manual vivo para el pensamiento político. El instituto funciona como una contrauniversidad con el objetivo de crear una visión del judaísmo que dialogue con las grandes corrientes del pensamiento conservador global. Para algunos se trata de un retorno a las raíces de la civilización occidental y para otros de un repliegue ideológico que utiliza la erudición como trinchera.
Hazony levantó el Herzl Institute con la ambición de reinstalar a la Biblia (en específico los libros del canon reconocido por el judaísmo) como fuente de filosofía política.
Pero, más allá del judaísmo, desde 2019 Hazony preside la Edmund Burke Foundation, que organiza las conferencias NATCON en distintas ciudades del mundo. Allí se articula la paradoja de su proyecto: defender la soberanía de los Estados frente al globalismo a través de una red trasnacional de nacionalismos coordinados. Ese cableado transatlántico es al mismo tiempo la fuerza y la fragilidad del movimiento: le otorga visibilidad y cohesión, pero también alimenta la crítica de quienes ven en su agenda una reedición de pulsiones reaccionarias y exclusivistas. Washington, Roma, Bruselas, Londres, Miami, las sedes cambian, la apuesta es la misma: construir un movimiento transnacional de derechas que rechace el globalismo liberal y reinstale la soberanía nacional, la familia y la tradición judeocristiana como pilares del orden político y social. Bajo su curaduría, la fundación se convirtió en el nodo donde confluyen políticos conservadores y una constelación de intelectuales que ven en el “nacional-conservadurismo” o “nacionalismo conservador” el lenguaje común para un renovado mapa político en Occidente.
Hazony no disimula sus enemigos intelectuales: denuncia el liberalismo globalista y lo asocia con el “neomarxismo woke”. Su alternativa se apoya, como dijimos, en la familia, la tradición judeocristiana y la lealtad nacional. Este ideario lo ha acercado a líderes como Viktor Orbán, Giorgia Meloni o JD Vance y a ocupar un lugar central en debates en torno al Brexit o al papel de la religión en la política. Al mismo tiempo, sus posiciones han levantado críticas que van desde la inconsistencia teórica hasta la connivencia con extremismos. Él mismo ha reconocido, en la última NATCON, el riesgo de que el movimiento conservador sea infiltrado por corrientes aislacionistas y antisemitas, como ya está sucediendo en sectores del movimiento MAGA.
LA CONFERENCIA NATCON
La NATCON nace en 2019 como un dispositivo político-intelectual destinado a ofrecer una alternativa al liberalismo globalista y al progresismo multicultural. Lo que comenzó con la iniciativa de Hazony se consolidó rápidamente en una plataforma que articula soberanía nacional, identidad cultural, familia tradicional y resistencia frente a las instituciones supranacionales —como la Unión Europea o la ONU— que encarnan el orden liberal. Inspirado en el sionismo y en el marco teórico de The Virtue of Nationalism (2018), el movimiento sostiene que la nación es el único baluarte capaz de frenar las fuerzas homogeneizadoras del globalismo y preservar la cohesión interna de los Estados.
Lo que comenzó con la iniciativa de Hazony se consolidó rápidamente en una plataforma que articula soberanía nacional, identidad cultural, familia tradicional y resistencia frente a las instituciones supranacionales.
La NATCON es una serie de conferencias anuales que, en ciudades de Estados Unidos y Europa, funciona como punto de encuentro entre políticos, intelectuales y activistas de la derecha nacionalista. En sus escenarios se han cruzado los ya mencionados Meloni, Orbán y Vance, todos presentados como ejemplos vivos de la traducción nacional del ideario conservador. Meloni llevó allí su defensa de una Italia soberana en 2024; Orbán convirtió Budapest en un punto de peregrinaje para esta red; Vance, hoy vicepresidente estadounidense, se presenta como el discípulo norteamericano que trasladó las tesis de Hazony al trumpismo. En la edición de este año, esa confluencia fue celebrada abiertamente como una victoria: el nacionalismo conservador instalado en la Casa Blanca y reforzado en varias capitales europeas.
La apuesta de la iniciativa es ambiciosa y paradójica: universalizar el nacionalismo. Cada nación debería cultivar su identidad particular —cristiana en Europa, judía en Israel, anglosajona en Estados Unidos— sin caer en la tentación del supremacismo. El resultado es un laboratorio transatlántico que busca coordinar una red de derechas nacionales bajo un lenguaje compartido. Pero las tensiones son evidentes: el énfasis en la identidad étnico-cultural roza narrativas exclusionistas; la defensa del Israel del Antiguo Testamento como modelo universal genera fricciones y la inclusión de los recién incorporados magnates de la tecnología ya está generando chispas entre los miembros más radicales de la conferencia como Steve Bannon.
El encuentro de 2025 fue un punto de inflexión: más de mil asistentes y la sensación, incluso en la prensa norteamericana, de que ya no se trataba solo de un simposio de intelectuales conservadores, sino de un verdadero laboratorio de ideas para la administración Trump y para los gobiernos conservadores del mundo.
Más de mil asistentes y la sensación, incluso en la prensa norteamericana, de que ya no se trataba solo de un simposio de intelectuales conservadores, sino de un verdadero laboratorio de ideas…
La ausencia de Giorgia Meloni no borró su influencia, amplificada por las delegaciones europeas —en particular la húngara—, donde el gobierno de Viktor Orbán ha financiado instituciones afines como el Danube Institute o el Colegio Mathias Corvinus, la institución privada más grande de Hungría que cada año organiza un festival para jóvenes conservadores muy en el tono de la NATCON. Vance, aunque no habló en esta edición, fue la figura omnipresente: su rol como vicepresidente y sus intervenciones pasadas —como el célebre discurso de 2021 en el que calificó a las universidades como “el enemigo”— fueron citados como antecedentes directos de las políticas antiacadémicas del trumpismo.
La conferencia también exhibió el costado más áspero del movimiento. El discurso del senador Eric Schmitt, titulado “¿Qué es un americano?”, agitó la polémica con un relato nativista que describía a Estados Unidos como una nación de colonos y peregrinos cristianos europeos, excluyendo en la práctica a cualquier otra genealogía. Paneles paralelos discutieron el retroceso del matrimonio igualitario (Obergefell v. Hodges), la “amenaza del islamismo” y la necesidad de deportaciones masivas. Todo esto reforzó la impresión de que, más allá de la retórica de soberanía y tradición, el nacionalismo conservador está dispuesto a seguir ensayando y profundizando políticas de exclusión abierta.
Pero lo que NATCON 2025 mostró con mayor nitidez fue la paradoja del poder: consolidado en Washington y con redes activas en Europa, el movimiento perdió parte de su ímpetu insurgente. The Guardian y UnHerd coincidieron en que el tono había sido más apagado que en ediciones anteriores, un síntoma de que la subversión se enfría cuando el proyecto se convierte en gobierno. Aun así, las críticas externas no cedieron. Analistas como Heidi Beirich acusaron al evento de normalizar el extremismo al mezclar figuras del gabinete Trump con representantes de la derecha radical europea, mientras en X el eco osciló entre celebraciones y denuncias de un nacionalismo excluyente. En definitiva, NATCON V reforzó la red transatlántica iniciada por Hazony, pero también expuso los límites de un movimiento que, al alcanzar el poder, se enfrenta a la prueba más difícil: dejar de ser resistencia para convertirse en régimen y lidiar con las contradicciones de la política concreta.
NATCON V reforzó la red transatlántica iniciada por Hazony, pero también expuso los límites de un movimiento que, al alcanzar el poder, se enfrenta a la prueba más difícil: dejar de ser resistencia para convertirse en régimen y lidiar con las contradicciones de la política concreta.
¿GLOBALIZAR EL NACIONALISMO?
El pensamiento de Yoram Hazony mezcla nacionalismo y conservadurismo en un mismo gesto: un intento de restauración. Se presenta como el crítico más severo del conservadurismo estadounidense reciente, al que acusa de haber perdido su centro, y como el arquitecto de una doctrina capaz de recuperar sus fundamentos. Pero en esa arquitectura conviven tensiones difíciles de disimular.
Su diagnóstico sobre el conservadurismo angloamericano parte de una idea contundente: confundido con el liberalismo, se volvió incapaz de conservar nada. La Ilustración, con su culto al individuo libre e igual y a la razón como fundamento absoluto, sería la raíz de esa deriva. Frente a esa genealogía, Hazony invoca otra tradición: la del derecho consuetudinario inglés, de Edmund Burke o John Selden, que entiende a la nación como portadora de instituciones religiosas y políticas que sobreviven en el tiempo y se transmiten entre generaciones. Y el liberalismo más clásico de John Stuart Mill, que entendía como “una condición necesaria de las instituciones libres que los límites del gobierno coincidan principalmente con los de las nacionalidades”. Pero la paradoja está a la vista: al mismo tiempo que denuncia el cosmopolitismo liberal, su propuesta de un conservadurismo nacional se articula en redes internacionales. Un nacionalismo conservador en clave transnacional.
Su crítica al fusionismo de la Guerra Fría refuerza esta paradoja. Según Hazony, aquel arreglo —liberalismo público con conservadurismo privado— sirvió contra el comunismo, pero se derrumbó con la caída del Muro de Berlín, dejando un vacío que el “neomarxismo woke” habría ocupado para demoler instituciones. De ahí su insistencia en un conservadurismo con el concepto de nación en el centro. Sin embargo, al definir esa nación, introduce otro elemento problemático aunque convocante para millones de creyentes: el Dios de las Escrituras como sostén de la moral y la política. En países de tradición cristiana, defiende que el cristianismo sea la base de la vida pública, aunque tolere minorías religiosas. Critica la muralla entre iglesia y Estado y propone restauraciones que incluyen volver a enseñar religión en las escuelas y reimplantar leyes de decencia pública. Lo que describe como rescate de la comunidad moral, otros lo leen como un retroceso en libertades civiles. En esto ha sido claro: sólo una alianza táctica entre judíos, protestantes y católicos podrá detener el avance de expresiones de descomposición de Occidente como el wokismo y el antisemitismo, de ahí que la NATCON articule a varias expresiones del arco judeocristiano, desde los calvinistas Doug Wilson y Albert Mohler hasta los católicos Patrick Deneen o R.R.Reno.
…introduce otro elemento problemático aunque convocante para millones de creyentes: el Dios de las Escrituras como sostén de la moral y la política.
En su pensamiento nacionalista ocurre algo similar. El derecho de las naciones a controlar sus fronteras es, para él, obvio: la inmigración solo funciona si se regula, los inmigrantes se asimilan y el número no desborda la capacidad de integración. En política exterior rechaza las aventuras de Irak o Afganistán y reclama un repliegue hacia los intereses internos de Estados Unidos, con un ojo en la contención de China, muy en la linea de Elbridge Colby, subsecretario de Defensa de Estados Unidos y participante de NATCON. A los europeos les pide que se hagan cargo de sus propios problemas de seguridad, desde Rusia hasta la frontera oriental. Aquí también emerge la contradicción: un nacionalismo que exige soberanía a cada Estado, pero que al mismo tiempo depende de un marco ideológico común, compartido y difundido a escala global. El ejemplo que rescata —Ronald Reagan ganando la Guerra Fría apoyando nacionalismos extranjeros sin invadirlos— no hace sino acentuar esa tensión: un nacionalismo que, en su versión norteamericana y en algunos casos europeos, sigue soñando con un rol imperial.
El entramado internacional de Yoram Hazony se cristaliza en figuras políticas que, desde distintos contextos nacionales, operan como espejos y aliados. Con Giorgia Meloni, primera ministra italiana, el vínculo se funda en una admiración mutua: un nacionalismo que erige a la identidad cultural y familiar como dique frente a la integración supranacional de la Unión Europea. Meloni, líder de Fratelli d’Italia, encontró en las conferencias NATCON el espacio para afilar su visión de una Italia soberana, cristiana y demográficamente robusta. En Washington, durante NATCON IV en 2024, recibió elogios de Hazony, que celebró en su discurso su “nacionalismo virtuoso”. Ambos comparten la convicción de que la nación debe funcionar como un baluarte frente a la erosión cultural, aunque el marco se ajusta: en Meloni al catolicismo italiano, en Hazony al sionismo como modelo de Estado-nación. La convergencia se refuerza en la retórica anti-inmigración y en la crítica a las élites globalistas, aunque el ejercicio de gobernar dentro de la UE obliga a Meloni a matizar lo que en Hazony aparece como purismo doctrinal.
Meloni, líder de Fratelli d’Italia, encontró en las conferencias NATCON el espacio para afilar su visión de una Italia soberana, cristiana y demográficamente robusta.
Con Viktor Orbán el lazo es más directo, incluso personal. Hazony lo ha visitado en Budapest y celebrado la “democracia iliberal” del primer ministro húngaro como un experimento exitoso contra la hegemonía liberal y la influencia de Bruselas o de redes como las de George Soros. La participación activa de Orbán y de sus asesores en NATCON consolidó esta alianza, donde Hungría aparece como un laboratorio vivo de las ideas nacional-conservadoras: soberanía, familia, identidad cristiana. Pero esta cercanía también abre un flanco: la deriva autoritaria del régimen húngaro desafía la retórica de Hazony sobre un nacionalismo “honorable” y democrático, poniendo a prueba la coherencia de su proyecto intelectual.
En Estados Unidos la relación con JD Vance, actual vicepresidente, es quizá la más íntima y estratégica. Influido directamente por The Virtue of Nationalism, Vance ha trasladado las tesis de Hazony sobre familia e identidad cultural al lenguaje de la política americana. Recurrente en las NATCON, en sus discursos sobre el heritage estadounidense y en encuentros en Jerusalén y Washington, Vance se consolidó como discípulo y aliado. Hazony lo defendió públicamente de acusaciones de antisemitismo, destacando su lealtad a Israel, y la llegada de Vance al poder en 2025 amplificó su influencia: un vínculo que combina la agenda doméstica anti-elitista con un alineamiento geopolítico pro-Israel.
En conjunto, estas conexiones dibujan la paradoja central del proyecto: un nacionalismo que se articula como red transnacional. Lo que se celebra en NATCON 2025 como fuerza ascendente —la alianza entre Meloni, Orbán y Vance bajo la gramática del conservadurismo nacional— también expone sus tensiones internas y sus retos a futuro. El sionismo como modelo nacionalista choca con las condiciones locales de Roma, Budapest o Washington; la apelación a la identidad étnico-cultural genera críticas por su ambigüedad frente al supremacismo; y la voluntad de globalizar el nacionalismo reproduce, en espejo, la misma lógica universalista que pretende combatir.
La tensión más evidente en la obra de Hazony es que, mientras denuncia el universalismo liberal como una ideología corrosiva que amenaza la soberanía de las naciones, al mismo tiempo propone un nuevo universalismo religioso, anclado en la tradición bíblica y en la centralidad del judeocristianismo en la vida pública. Su nacionalismo necesita de una gramática común que excede a cada Estado y se proyecta hacia un marco transnacional de valores. De este modo, la alternativa que ofrece al liberalismo no es tanto un repliegue en lo particular, sino la aspiración a otro tipo de universal: uno donde la Biblia y las teologías políticas que desate su reinterpretación en este siglo sustituyan a la Ilustración y al globalismo como modelos y horizontes civilizatorios.




