La propuesta del presidente Donald Trump de construir un escudo antimisiles continental conocido como «Golden Dome» ha generado un debate en Canadá. El sistema, que busca replicar y ampliar el modelo del Iron Dome israelí, pretende interceptar misiles provenientes tanto de otros países como del espacio. El primer ministro canadiense Mark Carney ha confirmado que su gobierno mantiene conversaciones de alto nivel con Washington sobre una posible participación, subrayando que Canadá considera seriamente la amenaza que representan los misiles modernos. Sin embargo, Carney se ha abstenido de comprometerse públicamente con el proyecto, citando la necesidad de evaluar costos, beneficios y viabilidad técnica.
Expertos y académicos han expresado serias dudas sobre la factibilidad del proyecto, estimando que el precio real podría alcanzar hasta un billón de dólares y requerir al menos dos décadas para completarse. El sistema implicaría el uso de tecnologías aún no desarrolladas y conlleva el riesgo de desencadenar una carrera armamentista en el espacio, un escenario que preocupa a China que ya ha manifestado su «seria preocupación» por las implicaciones ofensivas del “Golden Dome”.
Desde una perspectiva geoestratégica, Canadá es esencial para el éxito del Golden Dome, dado su vasto territorio y su ubicación ártica, ideal para instalar radares de largo alcance que mejoren la capacidad de detección de amenazas. Canadá ya colabora estrechamente con Estados Unidos a través del NORAD, pero nunca se ha integrado formalmente al sistema estadounidense de defensa de misiles. La participación en el “Golden Dome” representaría un giro importante en la política de defensa canadiense, redefiniría su rol en la seguridad continental y su relación con Estados Unidos.

