El maquiavelo de MAGA: el silencioso ascenso de Michael Anton
Eli Lake*
Si hay un hombre clave en el Departamento de Estado además de Marco Rubio y Christopher Landau, ese es Michael Anton: un intelectual conservador estudioso de Leo Strauss y Nicolás Maquiavelo, amigo e interlocutor del bloguero Curtis Yarvin –quien ha confesado sugerir perfiles al Director de Planificación de Políticas del gobierno estadounidense para ocupar espacios estratégicos en la actual administración– y considerado una de las mentes detrás del nacionalismo conservador. Anton, como explica el perfil publicado en The Free Press que traducimos al castellano, es hoy uno de los personajes centrales en la génesis y ejecución de la política exterior de los Estados Unidos. Hay que conocerlo.
Hace una década, el intelectual conservador conmocionó a Washington con su ensayo “Elección Vuelo 93”. Ha estado ganando altitud desde entonces.
Durante el fin de semana [del 25 de mayo, N. Del T.], agentes diplomáticos iraníes se reunieron con sus homólogos estadounidenses en la Embajada de Omán en Roma. En la mesa estaba Michael Anton, un alto funcionario del Departamento de Estado con una afición por los trajes marrón carbón, las corbatas italianas y el buen vino. A principios de este mes, Anton estuvo en Estambul. Fue enviado por la administración Trump para estar al tanto de las primeras conversaciones cara a cara entre representantes ucranianos y rusos después de tres años de guerra. Parece que donde sea que se desarrolle la diplomacia de más alto riesgo de Trump, uno encontrará a Anton.
Su nombre no es conocido por la mayoría de la gente fuera de Washington, pero dentro de la administración Trump, Anton se ha convertido en uno de los intelectuales más importantes detrás de la revolución del presidente a la política exterior. En una administración asediada, a veces, por amargas divisiones ideológicas y un estilo a menudo caótico que ha conmocionado tanto a aliados como a enemigos, Anton ha llegado a la cima guardando bien sus cartas y navegando hábilmente por los bandos enfrentados de la derecha en la materia.
Anton ha acompañado al secretario de Estado Marco Rubio en casi todos sus viajes al extranjero. Ha sido un negociador clave en el equipo del comisionado especial de Estados Unidos, Steve Witkoff, para forjar un alto el fuego entre Ucrania y Rusia. Y el mes pasado fue elegido para liderar las negociaciones técnicas con Irán sobre un posible nuevo acuerdo nuclear, un papel clave para cualquier posible acuerdo que depende tanto de los pequeños detalles.
Anton ha acompañado al secretario de Estado Marco Rubio en casi todos sus viajes al extranjero. Ha sido un negociador clave en el equipo del comisionado especial de Estados Unidos, Steve Witkoff, para forjar un alto el fuego entre Ucrania y Rusia. Y el mes pasado fue elegido para liderar las negociaciones técnicas con Irán sobre un posible nuevo acuerdo nuclear, un papel clave para cualquier posible acuerdo que depende tanto de los pequeños detalles.
La importancia de Anton para la administración Trump fue señalada desde el principio por el propio presidente. Cuando fue nombrado director del Personal de Planificación de Políticas del Departamento de Estado, Trump dio el paso sin precedentes de anunciar la noticia personalmente, un trabajo que normalmente se le dejaba al secretario de Estado entrante. “Michael trabajó para mí de forma leal y efectiva en el Consejo de Seguridad Nacional en mi primer mandato”, Trump publicó en Truth Social el 8 de diciembre. “Pasó los últimos ocho años explicando lo que realmente significa una política exterior que pone a Estados Unidos primero”.
En una administración que a menudo se asemeja a la corte de un monarca europeo, donde ni siquiera los secretarios del gabinete saben a qué atenerse, la publicación de Trump envió una poderosa señal.
Que Anton surgiera como una figura de tanta confianza en el movimiento America First de Trump sería una sorpresa para cualquiera que conociera a Anton antes de 2016, es decir, antes de su ensayo viral y seudónimo “Elección Vuelo 93”, y antes de que Trump conmocionara al mundo con su victoria electoral.
En aquel entonces, mientras el ahora vicepresidente J.D. Vance advertía que Trump era “heroína cultural”, Anton insistía en que podría ser el único hombre capaz de salvar a la república de la podredumbre y la ruina del paso de la izquierda por nuestras instituciones. “Trump, el único entre los candidatos a la presidencia en los (al menos) últimos siete ciclos, se ha parado a decir: Quiero vivir”, escribió Anton. “Quiero que mi partido viva. Quiero que mi país viva. Quiero que mi gente viva. Quiero acabar con la locura”.
Con una mezcla de exabruptos provocativos en los medios y un trabajo poco glamoroso detrás de escena en el gobierno, Anton ha trazado un camino improbable, desde el corazón del establishment neoconservador hasta el núcleo del nuevo establishment de política exterior de MAGA. A lo largo de una década durante la cual la derecha estadounidense ha sido definida por peleas malhumoradas que acaban con amistades, Anton, un académico especialista en Maquiavelo, no solo ha sobrevivido a la revolución del America First, sino que ha ayudado a moldearla.
A lo largo de una década durante la cual la derecha estadounidense ha sido definida por peleas malhumoradas que acaban con amistades, Anton, un académico especialista en Maquiavelo, no solo ha sobrevivido a la revolución del America First, sino que ha ayudado a moldearla.
A medida que la estrella de Anton ha ido creciendo en Washington, he hablado con una docena de amigos, ex amigos y colegas suyos, así como con expertos de D.C., para entender cómo un hombre que una vez escribió discursos para el ex presidente George W. Bush y la ex secretaria de Estado Condoleezza Rice y contribuyó con artículos al ahora difunto medio neoconservador Weekly Standard llegó a ser el mayor divulgador nacional de la política exterior de Trump.
Nacido en el norte de California, Michael Anton pasó la mayor parte de su carrera dentro de un establishment republicano que ahora es una ruina humeante. Fue un empleado de nivel medio en comunicaciones estratégicas para el Consejo de Seguridad Nacional (NSC, por sus siglas en inglés) de Bush. Formó parte de la administración que invadió Irak y Afganistán después del 11 de septiembre. En otras palabras, era el tipo de republicano al que el movimiento de Trump ha exiliado en gran medida. Elliott Abrams, que trabajó con Anton en la administración Bush y también sirvió a Trump en su primer mandato, dijo que Anton es “una persona de principios, y no va a hacer nada en lo que no crea, en este ni en ningún otro trabajo”.
Antes de trabajar para Bush, Anton estuvo con Rudy Giuliani, en ese momento el alcalde pro derecho a decidir de Nueva York. Anton también fue asesor de la campaña presidencial de Giuliani en 2008; escribió discursos para Rupert Murdoch.
Además de todo eso, es un chef de formación clásica con debilidad por las interpretaciones esotéricas de textos antiguos y amor por la buena sastrería. Ha escrito un libro (bajo el seudónimo de Nicholas Antongiavanni), The Suit, imaginando cómo Niccolò Machiavelli le aconsejaría vestirse para la oficina a los jóvenes profesionales. (Los títulos de los capítulos incluyen “De esas cosas por las que los hombres y especialmente los dandis son elogiados o culpados” y “Cómo los hombres de circunferencia superflua pueden minimizar su apariencia”).
…es un chef de formación clásica con debilidad por las interpretaciones esotéricas de textos antiguos y amor por la buena sastrería. Ha escrito un libro (bajo el seudónimo de Nicholas Antongiavanni), The Suit, imaginando cómo Niccolò Machiavelli le aconsejaría vestirse para la oficina a los jóvenes profesionales.
John Avlon, que trabajó con Anton en la campaña presidencial de Giuliani en 2008 y ahora es un demócrata que fue candidato al Congreso por Long Island en las últimas elecciones, dijo a The Free Press que Anton “venía ocasionalmente a la oficina, según recuerdo, siempre de traje formal. Obviamente es inteligente. Tenía un sentido del humor discreto, cuando lo expresaba. Básicamente era alguien que se pone la camiseta. Pero no era en lo absoluto un hombre del pueblo”. Avlon agregó, “Anton era un conservador convencional de la era de George W. Bush, si bien de trasfondo straussiano”, una referencia al filósofo político y traductor de Platón, Leo Strauss.
Una mirada retrospectiva a las contribuciones de Anton a Weekly Standard confirma el punto. En 2011, por ejemplo, Anton argumentó que la comunidad de inteligencia del ex presidente Barack Obama estaba bobeando con sus estimaciones sobre el programa de misiles de Irán. Ese mismo año, Anton defendió a Dick Cheney frente a las críticas de Bob Woodward contra el ex vicepresidente por ser el único miembro del gabinete Bush que apoyó un ataque israelí contra un reactor nuclear sirio en 2007. Hoy, los Cheney son herejes dentro del movimiento MAGA debido a la investigación de Liz Cheney en el Congreso sobre los disturbios del 6 de enero de 2021 en el Capitolio.
Anton —quien declinó ser entrevistado para este perfil— es, en el mejor sentido y según su propia admisión, un reaccionario. Experimentó la cultura de Berkeley como estudiante universitario a fines de la década de 1980 y corrió en la dirección opuesta. “A pesar de haber crecido con hippies a mi alrededor y de haber asistido a una buena cantidad de partidos del equipo de la universidad, realmente no tenía idea de cómo iba a ser Berkeley”, escribió en 2014 para The Claremont Review of Books. “Me tomó alrededor de seis semanas darme cuenta, ¡Esta gente está chiflada! Por lo tanto, soy reaccionario en sentido estricto: Mi política se formó, al menos inicialmente, en oposición a esa locura”.
Esas palabras fueron extraídas de un ensayo que Anton escribió en agradecimiento a su difunto mentor académico, Harry Jaffa, un legendario teórico político cuyo estudio de Abraham Lincoln y los padres fundadores ha informado a generaciones de conservadores. Jaffa veneraba a Lincoln por su coraje y voluntad de hacer lo necesario para preservar la unión de los estados y el experimento republicano estadounidense.
Para los ex amigos de Anton en el movimiento conservador, él ha traicionado esta tradición al alinearse con un presidente que no ha reconocido su derrota en las elecciones de 2020. Pero Anton rompió con ese viejo establishment hace mucho tiempo. Y lo hizo con un ensayo que explotó como bomba nuclear en Washington, D.C.
Para los ex amigos de Anton en el movimiento conservador, él ha traicionado esta tradición al alinearse con un presidente que no ha reconocido su derrota en las elecciones de 2020. Pero Anton rompió con ese viejo establishment hace mucho tiempo.
Cuando Anton se sentó a escribir “La elección Vuelo 93” hace casi una década, había saltado de la política a las finanzas, trabajando como director gerente en BlackRock, la empresa de inversión global que hoy es la pesadilla de los populistas MAGA. En otras palabras, se había convertido en el epítome del establishment al que estaba a punto de escarnecer.
El argumento de Anton en su ensayo difícilmente podría haber sido más provocativo. Escribió que una tercera presidencia demócrata consecutiva dejaría a la república en ruinas. Este momento era una emergencia. Como el título del ensayo comunica, los conservadores tenían la obligación en 2016 de asaltar la cabina del piloto para evitar la calamidad de que los secuestradores estrellaran el avión contra la Casa Blanca.
“Una presidencia de Hillary Clinton es una ruleta rusa con rifle semiautomático”, decía el ensayo. “Con Trump, al menos puedes girar el cilindro y arriesgarte”.
Los villanos no son solo los demócratas. Él también protesta contra el “Conservadurismo, Inc.”, que compara con los Washington Generals, el equipo de baloncesto al que le pagaron para perder contra los Harlem Globetrotters. Critica severamente a la “Davosía”, un neologismo para referirse a las élites en torres de marfil que se inventan “sandeces como los 32 géneros, baños electivos, seguro médico universal, adulación de Irán, Islamofobia y Black Lives Matter”.
Critica severamente a la “Davosía”, un neologismo para referirse a las élites en torres de marfil que se inventan “sandeces como los 32 géneros, baños electivos, seguro médico universal, adulación de Irán, Islamofobia y Black Lives Matter”.
The Claremont Review of Books publicó “Vuelo 93” en su sitio web el 5 de septiembre de 2016. Una versión fue enviada a la revista en enero de 2015 que defendía a Trump antes de cualquiera de las elecciones primarias republicanas. Fue rechazada en primera instancia porque la junta directiva de Claremont Review estaba dividida respecto a Trump. Nadie esperaba que el ensayo tuviera grandes repercusiones. Pero fue una sensación. El 7 de septiembre de 2016, Rush Limbaugh leyó el texto entero en su programa de radio sindicado, aclamándolo como el mejor argumento contra el floreciente movimiento Never Trump en ese momento.
Ryan Williams, presidente del Instituto Claremont y editor del Claremont Review of Books, me dijo que el respaldo de Rush terminó colapsando su sitio web. A la intriga que rodeaba el ensayo se sumaba el hecho de que nadie sabía quién lo había escrito. El artículo que estaba en boca de todos fue escrito bajo un seudónimo: Publius Decius Mus.
La elección de seudónimo de Anton es reveladora. Publius Decius Mus no es una referencia al Publius de The Federalist Papers, los seudónimos de Alexander Hamilton, James Madison y John Jay. Este Publius se refiere a tres generaciones de líderes romanos, dos de los cuales sacrificaron sus vidas para salvar a la república durante las guerras samnitas.
La elección de seudónimo de Anton es reveladora. Publius Decius Mus no es una referencia al Publius de The Federalist Papers, los seudónimos de Alexander Hamilton, James Madison y John Jay. Este Publius se refiere a tres generaciones de líderes romanos, dos de los cuales sacrificaron sus vidas para salvar a la república durante las guerras samnitas.
Anton, republicano del establishment que tenía un cómodo trabajo en finanzas, tenía mucho que perder y poco que ganar al escribir el artículo. “Si miras el mundo en el que Mike trabajaba, el mundo corporativo de Nueva York y los círculos sociales en los que estaba, ese ensayo era un gran riesgo, sobre todo para su capacidad de alimentar y vestir a su familia”, dijo Williams a The Free Press en una entrevista.
En septiembre de 2016, Trump era ampliamente considerado un vulgar perdedor. Hay que recordar que Ted Cruz, el último republicano que se presentó en las elecciones primarias contra Trump ese año, se negó a respaldarlo en la convención del partido. Docenas de legisladores republicanos firmaron un compromiso de nunca apoyar a Trump en 2016. Incluso J. D. Vance estuvo en contra de Trump en el otoño de 2016. Cuando se publicó “Vuelo 93”, Hillary Clinton parecía estar en camino a una victoria aplastante. Las apuestas de los expertos no estaban en Trump.
Williams dijo que cuando Anton escribió el ensayo “Vuelo 93” no tenía garantía de la campaña de Trump de que le darían un trabajo si ganaban. “Dado lo que sabemos sobre la cultura corporativa y los compromisos ideológicos de BlackRock”, dijo, “era fácil predecir que si lo hubiera escrito bajo su propio nombre, lo hubieran despedido”.
El secreto de Anton estuvo a salvo hasta el 3 de febrero de 2017. Fue entonces que el periodista Michael Warren lo expuso en una exclusiva para The Weekly Standard. Para este momento, Anton había regresado al Consejo de Seguridad Nacional como asistente ejecutivo del presidente de comunicaciones estratégicas. Todavía estaba esperando su último bono de BlackRock cuando llegó la noticia.
En Washington, Anton se convirtió en un blanco. Para el establishment de Beltway, ahora sumido en el pánico moral del escándalo Russiagate, la revelación de Publius fue otra prueba de que Trump era de hecho un Mussolini en espera. Jonathan Chait escribió en la revista New York que el ensayo de Anton había ayudado a proporcionar el lustre intelectual para el “caso derechista contra la democracia”. Bill Kristol, editor fundador de The Weekly Standard y ahora editor de The Bulwark, comparó a Anton con Carl Schmitt, el teórico político que apoyó con entusiasmo a los nazis y permitió que su obsesión con el poder pervirtiera su compromiso intelectual con la verdad.
En Washington, Anton se convirtió en un blanco. Para el establishment de Beltway, ahora sumido en el pánico moral del escándalo Russiagate, la revelación de Publius fue otra prueba de que Trump era de hecho un Mussolini en espera.
Anton, por supuesto, no es Schmitt, y no ha defendido el “caso derechista contra la democracia”. Pero también se ha negado a respaldar el resultado de las elecciones de 2020. Cuando Andrew Sullivan lo presionó al respecto en una entrevista de 2021 en su podcast, Anton dijo, “Puede que nunca sepamos el resultado”.
“La elección Vuelo 93” cumplirá nueve años este año, y evidentemente es un motivo de orgullo para Anton: su página oficial de biografía para el Departamento de Estado dice que Anton “es quizás más conocido como el autor de ‘La Elección Vuelo 93’, el ensayo viral de 2016 que impulsó a muchos a apoyar al entonces candidato Trump”.
En este mini escándalo de una década en torno al ensayo y su autor, se encuentran las raíces de un problema que aqueja al país en la actualidad. Sí, el ensayo “Vuelo 93” en 2016 se leía por muchos (incluido yo) como una hipérbole apocalíptica. Fue un análisis extremo que justificó la violación de las normas políticas para detener una amenaza existencial. Pero en las respuestas de Chait y Kristol a “Vuelo 93” se encuentra una hipérbole apocalíptica similar. Comparar a Anton con Schmitt es otra forma de decir que el presidente electo es Hitler.
En 2025, después de la investigación sin mérito del FBI sobre la colusión fantasma de la campaña de Trump con Rusia, las purgas y cancelaciones del verano de George Floyd y las imprudentes persecuciones federales y estatales contra Trump, incluso después de que fuera el candidato de su partido para el 2024, el ensayo del “Vuelo 93” parece menos extremo, casi premonitorio. Hoy, ambos partidos aceptan su propia versión de la lógica apocalíptica de Anton.
En otras palabras, Michael Anton vio hacia dónde se dirigía la política estadounidense antes que casi nadie. Y por eso ha sido recompensado con la confianza de un presidente agradecido y caprichoso. Eso en sí mismo es una hazaña notable. Cuando Anton escribió “Vuelo 93”, no conocía a Trump y no tenía ofertas para un futuro trabajo en su administración. Pero se abrió camino hacia un trabajo y terminó sirviendo como director de comunicaciones estratégicas del Consejo de Seguridad Nacional durante los dos primeros años de la primera presidencia de Trump.
Michael Anton vio hacia dónde se dirigía la política estadounidense antes que casi nadie. Y por eso ha sido recompensado con la confianza de un presidente agradecido y caprichoso. Eso en sí mismo es una hazaña notable. Cuando Anton escribió “Vuelo 93”, no conocía a Trump y no tenía ofertas para un futuro trabajo en su administración.
Para 2024, la influencia de Anton no había hecho más que crecer, y después de las elecciones jugó un papel crucial durante la transición presidencial. Si bien Trump entrevistó personalmente a sus futuros secretarios del gabinete y otros consejeros como Elon Musk y Tucker Carlson opinaron sobre puestos importantes, Anton fue un portero clave. Entrevistó a casi todos los funcionarios de seguridad nacional del subgabinete en la sede de la campaña en West Palm Beach, Florida, de acuerdo con tres funcionarios de la administración. Escribió un memo con extensión de carpeta detallando cómo la segunda administración Trump debería organizar el Consejo de Seguridad Nacional.
Durante la transición, a Anton originalmente se le ofreció el puesto de asesor ejecutivo de seguridad nacional, pero lo rechazó porque se negó a trabajar con Sebastian Gorka, el actual jefe de contraterrorismo en el personal del Consejo. Gorka y Anton mantienen una larga disputa desde la primera administración Trump sobre si al primero se le debe el mérito de haber redactado el discurso de Trump en la ONU en 2017, que fue una de las primeras articulaciones de la política exterior nacionalista de Trump. (Anton explicó en un artículo de 2023 para The American Mind que recibió instrucciones de sus superiores en la Casa Blanca de negar ante la prensa la autoría de Gorka).
Después de que Anton declinara cordialmente el puesto de asesor ejecutivo de seguridad nacional, el círculo íntimo de Trump se apresuró a hacerle espacio en el Departamento de Estado, me comentó un funcionario de la administración.
A Anton se le ofreció el puesto de director de la Oficina de Planificación de Políticas del Departamento de Estado. El título puede no significar mucho para las personas ajenas al gobierno, pero es un puesto influyente e histórico, que lidera un think tank interno creado para el legendario estratega de la Guerra Fría, George F. Kennan.
A Anton se le ofreció el puesto de director de la Oficina de Planificación de Políticas del Departamento de Estado. El título puede no significar mucho para las personas ajenas al gobierno, pero es un puesto influyente e histórico, que lidera un think tank interno creado para el legendario estratega de la Guerra Fría, George F. Kennan.
La vieja oficina de Kennan ha perdido algo de encanto en las últimas décadas. Los directores más recientes analizaban las tendencias a largo plazo en la geopolítica, mientras los altos mandos del Departamento de Estado elaboraban la política exterior en sí. Sin embargo, para Anton, el trabajo ha sido una posición de influencia significativa. Como me dijo un alto funcionario del Departamento de Estado, “Michael Anton ha estado sentando las bases para el momento en que nos encontramos hoy. Él tiene un método muy serio, de baja la cabeza, haz tu trabajo, no busques ser el centro de atención. Él entiende que su trabajo es implementar las políticas del presidente, no las suyas”.
El propio Anton es alumno de Kennan, autor del “Telegrama largo”, un memo que detallaba cómo impedir la expansión soviética en Europa sin desperdiciar recursos en la liberación de las naciones cautivas que Joseph Stalin se apropió después de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. Esta estrategia, conocida como contención, estableció los parámetros de la política exterior estadounidense durante la Guerra Fría. La contención engendró muchas de las instituciones que los populistas de hoy consideran reliquias de una época pasada, como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Y, sin embargo, Anton ve a Kennan como un protopopulista. En un ensayo exhaustivo y a veces mordaz de 2022 para el Claremont Review of Books, Anton resucita la segunda mitad de la carrera de Kennan, donde no fue el halcón perspicaz que hoy se imaginan los intervencionistas. Más bien, Kennan era alguien con opiniones sobre la inevitabilidad de la dominación rusa de Ucrania muy similares a las de los “moderadores” actuales. Anton escribió que Kennan “rechazó de antemano las políticas occidentales que ayudaron a conducir a la guerra actual y es casi seguro que se opondría a la ayuda occidental que la mantiene en marcha. Si su historial sirve de guía, abogaría, como siempre, por las negociaciones de paz”. En este sentido, Anton ve a Kennan como alguien que “compartía más opiniones con la derecha populista actual que con la izquierda contemporánea”. Y alguien que apoyaría el enfoque actual de la administración de negociar con los enemigos autoritarios de Estados Unidos.
Este tipo de ideas hacen que la política exterior de Anton sea difícil de definir. Él no es ni un “moderador” ni un “primacista”. Algunos de sus amigos lo han llamado jacksoniano, lo que significa que apoya un papel importante para las fuerzas armadas estadounidenses en el hemisferio occidental y respeta los intereses de otras grandes potencias.
Algunos de sus amigos lo han llamado jacksoniano, lo que significa que apoya un papel importante para las fuerzas armadas estadounidenses en el hemisferio occidental y respeta los intereses de otras grandes potencias.
David Reaboi, amigo de Anton y analista republicano de seguridad nacional, declaró a The Free Press que Anton desafía las etiquetas tradicionales de la política exterior estadounidense porque “sus ideas han sido moldeadas por ser testigo de la extralimitación ideológica de Estados Unidos en las últimas décadas, pero también por la conciencia de que, independientemente de estos errores políticos, Estados Unidos tiene enemigos reales e intereses estratégicos que gestionar a nivel mundial”.
En una pieza de 2019 para la revista Foreign Policy, Anton definió la doctrina Trump como una política exterior arraigada en la idea de que las naciones deben perseguir sus intereses nacionales en lugar de sublimarlos en distracciones idealistas, como construir democracias en el extranjero o abrir fronteras a una inmigración interminable. “Al negarse a actuar a favor de sus intereses, los países occidentales y democráticos crean oportunidades para que potencias hostiles, inverecundas para actuar a favor de sus intereses, exploten lo que ven como ingenuidad occidental”, escribió. Otra forma de afirmar esto, escribió Anton, fue como el propio Trump lo ha dicho: “No seas un baboso”.
Pero el interés nacional está en el ojo del espectador. No está predeterminado ni es evidente por sí mismo. En los detalles, Anton es difícil de definir. Sin embargo, hay pistas sobre su pensamiento. En 2021, escribió un extenso análisis histórico para The Federalist que argumenta que los chinos quieren tener a Taiwán mucho más de lo que Estados Unidos quiere que permanezca independiente. “Lo mejor para Taiwán y Estados Unidos es la preservación del status quo durante el mayor tiempo posible”, escribió Anton. “Pero no existe un interés nacional fundamental en Estados Unidos que nos obligue a ir a la guerra por Taiwán”.
Uno podría pensar entonces que Anton se opondría a ir a la guerra con Irán para evitar que se vuelva nuclear. Pero sus puntos de vista sobre este importante tema son ambiguos. Desempeñó un papel clave en su etapa en el Consejo de Seguridad Nacional de la primera administración Trump, sentando las bases para la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear de Obama con Irán. En su ensayo “Vuelo 93”, Anton lamentó “la adulación de Irán” como una de las muchas sandeces favorecidas por el Partido Demócrata que los verdaderos conservadores tenían la obligación de intentar detener.
Dicho todo esto, la clave del ascenso de Anton es que ha demostrado ser una especie de samurái político. Ante todo, es leal a su mandante y, por extensión, a su jefe máximo, Donald Trump. “Él no quiere injertar sus propias políticas particulares en el presidente”, dijo Reaboi a The Free Press. “Él no se propone socavar al presidente y por eso es difícil clasificarlo usando la lente normal, rápida y sucia de halcones y palomas”.
…la clave del ascenso de Anton es que ha demostrado ser una especie de samurái político. Ante todo, es leal a su mandante y, por extensión, a su jefe máximo, Donald Trump. “Él no quiere injertar sus propias políticas particulares en el presidente”, dijo Reaboi a The Free Press.
*Eli Lake es un periodista con basta experiencia en asuntos exteriores y seguridad nacional. Ha informado para Bloomberg, The Daily Beast y Newsweek. Es el presentador de Breaking History, un nuevo podcast de historia de The Free Press.
El texto original en inglés fue publicado en The Free Press el 27 de mayo de 2025 y puede consultarse en el siguiente link: https://www.thefp.com/p/magas-machiavelli-the-quiet-rise-of-michael-anton


