Donald Trump viajó a Escocia para una estancia que comenzó el 25 de julio y terminará el martes 29, en lo que fue presentado oficialmente como un viaje privado, aunque con componentes claramente políticos y diplomáticos. Durante estos días ha combinado actividades vinculadas a sus clubes de golf en Turnberry y Aberdeenshire con reuniones de alto nivel, especialmente con el primer ministro británico Keir Starmer y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
El principal objetivo diplomático del viaje fue impulsar un acuerdo comercial entre EE. UU. y la Unión Europea, ante la amenaza de embargos del 30% sobre las importaciones europeas tras el plazo fijado del 1 de agosto. Trump calificó las posibilidades de lograr un acuerdo como de “50‑50”, mientras que von der Leyen confirmó que se reunirá con él en Escocia el domingo para avanzar en negociaciones que podrían evitar una intensificación de la contienda comercial. Sin embargo, desde Bruselas, los miembros de la UE ya votaron para aprobar contra aranceles sobre 93 mil millones de euros de productos estadounidenses en caso de que fracasen las conversaciones.
Además del enfoque comercial, el viaje se desarrolla en un contexto de gran presión de seguridad y protestas anticipadas en Escocia. La Federación de Policía de Escocia advirtió que no cuentan con efectivos suficientes para un despliegue que cubra su estancia, lo que llevó a solicitar apoyo a la Policía de Irlanda del Norte. El Primer Ministro escocés, John Swinney, alentó manifestaciones pacíficas como forma de visibilizar crisis internacionales como la de Gaza.

