Trump imperial
El presidente no es ningún aislacionista
Patrick Porter*
Definir la política exterior de Estados Unidos en estos momentos no es tarea fácil. Requiere de una visión de conjunto que considere la particularidad del momento histórico y la reconfiguración de fuerzas tanto al interior del país norteamericano como sus intereses vitales en el escenario global. Las conclusiones apresuradas o surgidas de lugares comunes o desde la condena moral o ideológica y no desde el análisis riguroso pueden llevar a analistas y tomadores de decisión a optar por caminos errados. Patrick Porter, profesor de Seguridad y Estrategia Internacional en el Departamento de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales de la Universidad de Birmingham hace una síntesis de las distintas posiciones al respecto, un balance de los acontecimientos recientes y concluye en su último articulo que Trump es hoy más imperial que aislacionista, pero que ejerce un imperialismo particular, menos comprometido con sus aliados y surgido de demandas internas. En Traza Continental traducimos el texto publicado en la revista británica The Critic.
¿Así que no tan aislacionista? A siete meses de la segunda presidencia de Donald Trump, la palabra “aislacionista” es una descripción bastante inexacta del ejercicio de poder de este gobernante. Si bombardear Irán y pedir un “cambio de régimen” en Teherán, o el involucramiento en Gaza, o negociar conversaciones con Kiev y Moscú (o Delhi e Islamabad) y hacer reclamos ambiciosos sobre territorios desde Canadá hasta Groenlandia y Panamá cuentan como aislacionismo, el término es vacuo.
De hecho, a medio año de gestión, es la facción de la base MAGA más opuesta a involucrarse en asuntos extranjeros la que tiene más quejas. Ah, ¿pero qué pasa con los aranceles y los muros económicos que erige Trump? El agresivo proteccionismo industrial de Trump también recibe la acusación de aislacionismo. Sin embargo, el presidente combativo de la Guerra Fría, Ronald Reagan, también impuso aranceles punitivos, incluso a países aliados. La coerción económica no descarta la ambición más allá del territorio propio. Es el tipo de dato que no se consigue al instante en Wikipedia. Tal vez el problema radique en los eslóganes.
De hecho, a medio año de gestión, es la facción de la base MAGA más opuesta a involucrarse en asuntos extranjeros la que tiene más quejas.
Sin embargo, esa vieja palabra (“aislacionismo”) cargada de connotaciones también es implacable. Sobrevive gracias a una convergencia de la política y el estado actual de la comunidad de comentaristas. Primero, la política: a los defensores de la primacía estadounidense global les resulta conveniente catalogar todas las perspectivas disidentes como provincianas, retrógradas y primitivas, todos ellos defectos contemplados en el término “aislacionismo”. Enmarcar la elección fundamental de política exterior como una opción binaria entre el “liderazgo global” (lindo eufemismo) y un repliegue hacia la defensa nacional estilo Fortress America es un artilugio retórico, reforzado por el dañino pero influyente texto sobre la posguerra del historiador Stephen Ambrose. La influencia de esta idea sobre quienes buscan el respeto de la élite social aún es muy fuerte. En la charla entre académicos, el almuerzo de trabajo o la cumbre de seguridad internacional, respaldar una posición de predominio en todos los escenarios clave es una postura de gran prestigio, mientras que abogar por reducir la presencia es de bajo prestigio.
Y dado que “aislacionista” es un término peyorativo y vacío de contenido, los entusiastas de compromisos en constante expansión pueden usarlo para desacreditar cualquier propuesta de limitación, desde la retirada de Trump de un compromiso limitado con los kurdos hasta las restricciones del presidente Joe Biden (y de Trump) al uso de misiles estadounidenses contra Rusia. La discusión sobre estrategias localizadas particulares (guarniciones u objetivos) oculta la más amplia realidad estratégica de que Estados Unidos está muy involucrado en Oriente Medio y ha contribuido con el paquete de ayuda armamentística más grande de la historia a Ucrania.
Y luego está el estado del periodismo de opinión. No hay una forma amable de decir esto. Donde escasea el pensamiento serio, abundan los eslóganes. En realidad, describir y explicar el comportamiento externo y los impulsos de un Estado es más difícil de lo que parece. La verdadera división en la política exterior de Estados Unidos hoy en día no es entre los iluminados creyentes de la hegemonía mundial y los provincianos primitivos. Es una lucha —y un debate— a tres bandas, entre primacistas (aquellos que favorecen una asertiva preponderancia de poder a través de compromisos en el noreste de Asia, Medio Oriente y Europa, con todo el optimismo que conlleva); priorizadores (aquellos que creen que Washington debería ordenar y reequilibrar sus compromisos en línea con su tenso poder); y contenedores (aquellos que se oponen fuertemente al compromiso militarizado, pero que a menudo prefieren otros tipos de internacionalismo activo, a través de instituciones pacificadoras, grandes acuerdos en torno al clima y la búsqueda general de una solidaridad más igualitaria entre los pueblos).
Donde escasea el pensamiento serio, abundan los eslóganes. En realidad, describir y explicar el comportamiento externo y los impulsos de un Estado es más difícil de lo que parece.
La discusión sobre la política exterior se ha visto viciada por la facilidad con la que se puede acceder a ella. Es demasiado sencillo para los adinerados obtener un título y luego adquirir un megáfono mediático para opinar sobre diplomacia, pero sin ponerse a estudiar, y aportando tan solo una estrecha conciencia histórica y poca reflexión sobre los conceptos que emplean a la ligera. Y un porcentaje significativo de esos comentaristas comparten los prejuicios irreflexivos que encierra la dicotomía internacionalista-aislacionista. ¿Atorado intentando hacer un resumen claro y escribiendo con fecha de entrega? Inserte “aislacionista”. ¿Confrontado por poblaciones que quieren que se haga más para resolver problemas nacionales urgentes y que los escasos recursos se distribuyan mejor entre quienes pagan impuestos? Táchelos de “cerrados”. ¿Perdió una votación sobre el tema? Advierta de manera superficial sobre el ascenso del “populismo agresivo”. De hecho, el uso simplista del término “aislacionista” es un rasgo distintivo de los mismos que, en su momento, lanzaban el término “neocon” para encasillar a cualquiera que estuviera a favor del uso de la fuerza militar en formas consideradas poco deseables.
Este hábito despectivo está muy arraigado tanto en Europa como en los círculos eurófilos del establishment de seguridad en Washington. Cada vez que Trump amenaza con abandonar a Ucrania o a la OTAN, escuchamos que por ello es “aislacionista”. Para muchos comentaristas del que solía ser el continente jefe del mundo, el mundo sigue siendo Europa. En realidad, el acto de retirarse de un escenario no implica necesariamente una retirada total del exterior. Si las amenazas de repliegue en un solo lugar convirtieran a un presidente en alguien localista, entonces John F. Kennedy, Lyndon Johnson, Richard Nixon y Jimmy Carter también lo serían. De hecho, en su momento, la facción de Bush-Cheney y los intelectuales de línea dura que la rodeaban cuestionaban abiertamente el valor de los aliados que “viajan de polizones”, antes de que descubrieran el valor sagrado de las alianzas al oponerse a Trump.
Para muchos comentaristas del que solía ser el continente jefe del mundo, el mundo sigue siendo Europa. En realidad, el acto de retirarse de un escenario no implica necesariamente una retirada total del exterior.
En realidad, “America First” no siempre ha sido una consigna de retirada global, del mismo modo que su principal abanderado siempre ha mostrado instintos contradictorios. La frase es más un estandarte que la guía de un manifiesto. Si sirve de algo, su creador no fue Charles Lindbergh sino el presidente Woodrow Wilson, quien terminó librando una guerra en el extranjero en nombre del internacionalismo liberal mientras perseguía a disidentes en casa. Incluso los antiintervencionistas estilo Fortress America del período de entreguerras, con toda su fama, también insistieron en el dominio estadounidense en los territorios de la Doctrina Monroe y el privilegio de intervenir en ellos a voluntad.
Si tuviéramos que resumir en pocas palabras la política exterior del Estados Unidos trumpista, sería dominación sin (o con menos) compromiso. Estados Unidos exige más, condiciona más su patrocinio, coacciona abiertamente a aliados, neutrales y adversarios, mientras se compromete a menos. Con esta actitud, materializa la frustración de larga data que Estados Unidos siente hacia sus aliados por no asumir su parte de la carga (según sus propios términos). Está cansado de pagar la cuenta sin obtener suficiente a cambio, incluso cuando sus aliados aumentan sus esfuerzos, y en un momento en que los escasos recursos y la aparición de adversarios decididos y unidos están forzando a una mayor reflexión. En ese sentido, Trump es la expresión burda, demagógica y obsesionada con el espectáculo de un cambio estructural subyacente de largo plazo.
Si tuviéramos que resumir en pocas palabras la política exterior del Estados Unidos trumpista, sería dominación sin (o con menos) compromiso.
En este contexto, la armada y el presupuesto federal son cruciales. Un claro ejemplo es el Decreto Ejecutivo de Trump del 9 de abril de 2025, que exige reforzar los astilleros para “restaurar el dominio marítimo de Estados Unidos”. Este proyecto no es solo una declaración de intenciones. El próximo “gran y hermoso presupuesto” asigna 150 mil millones de dólares para fortalecer la construcción de buques, los sistemas de defensa antimisiles, las municiones, las capacidades de drones e inteligencia artificial y la modernización nuclear. Además, financia y da prioridad al Comando Indo-Pacífico, lo que demuestra que su intención va más allá de simplemente fortificar las fronteras de EE.UU. Y hace poco, Trump declaró que el presidente chino, Xi Jinping, le prometió no atacar Taiwán mientras él estuviera en el poder. Aun contemplando la vanidad del presidente, esto no indica precisamente apatía o indiferencia hacia el destino de Taiwán o el equilibrio en Asia.
La inferencia es clara: el Estados Unidos de Trump tiene la intención de resistir la apuesta por el poder de China. Al mismo tiempo, el subsecretario de defensa de Trump, Elbridge Colby, ha formulado expectativas en relación con los aliados Japón y Australia en el sentido de que deben aumentar significativamente sus presupuestos de defensa y brindar claridad sobre sus compromisos ante un conflicto en Taiwán. En otras palabras, dominación con menos compromiso.
¿Y el propio Trump? Trump, el hombre, se encuentra dividido entre el impulso de proyectar poder y el impulso de retirar su apoyo, ejerciendo amenazas de abandono. Durante mucho tiempo ha estado en conflicto con respecto a Oriente Medio, el principal escenario de violencia entre Estados Unidos y sus adversarios en nuestra época. Pero su mezcla de actitudes no es solo una cuestión de incoherencia.
Trump, el hombre, se encuentra dividido entre el impulso de proyectar poder y el impulso de retirar su apoyo, ejerciendo amenazas de abandono.
El resentimiento por lo ocurrido en el Gran Oriente Medio contribuyó a que Donald Trump se convirtiera en presidente. El descontento con las guerras de Estados Unidos, desde el norte de África hasta Afganistán, fue lo que inicialmente lo impulsó hacia la nominación republicana. Cuando Trump despotricó públicamente contra la invasión de Irak de George W. Bush, la combinación de su mensaje y su figura resonó profundamente en el electorado. Desde hacía tiempo existía una base de votantes conservadores y republicanos —especialmente entre los veteranos— que se sentían ofendidos por las aventuras militares y la imprudencia financiera de la era Bush-Cheney, pero nunca habían encontrado al candidato que los representara. El Partido Republicano siempre había postulado a candidatos igualmente comprometidos con una política exterior expansiva y militarizada, y ni Mitt Romney ni John McCain supieron responder a sus demandas. Al denunciar la Operación Libertad Iraquí desde el flanco conservador, Trump conectó con aquellos que se oponían a las guerras que habían dejado a las tropas lisiadas y traumatizadas, logrando que esa postura política se volviera la norma. Como resultado, Trump describió a la región que había consumido a las presidencias anteriores como un área estratégica de poca importancia que debía ser abandonada, y prometió retirarse de la “arena manchada de sangre”.
No obstante, como ha evidenciado la reciente crisis con Irán, la coalición interna de Trump está notoriamente dividida en lo que respecta a la presencia de Estados Unidos en el extranjero, y solo está unida en la convicción de que sus predecesores fracasaron. Una vez en el poder, la postura de Trump hacia la región fue aún más problemática. A pesar de “la arena y la sangre”, se arrodilló ante los potentados del Golfo. También se mostró complaciente con el implacable hipernacionalista israelí, Benjamin Netanyahu. Esto se debió en parte a la simple atracción de un oligarca por la opulencia de los regímenes que lo adulaban. Pero también se trataba de una cuestión más amplia de economía política. A Trump le preocupaban los desequilibrios comerciales, afirmaba estar liderando un renacimiento industrial estadounidense y se sentía ofendido por las naciones que consideraba “beneficiarias netas” en su relación con Washington. Por lo tanto, los grandes contratos de venta de armas tendían a aplacarlo.
De modo que Trump es más imperial que aislacionista, aunque su imperialismo tiene una forma particular, ajena a ciertos tradicionalistas de la política exterior, nacida tanto del resentimiento como de la atracción por proyectar poder en el extranjero. Es ágil para coaccionar y constreñir las decisiones soberanas de los demás, pero también es ágil para mostrarles a aliados ansiosos el abismo sin eufemismos. Pero los beneficios de señalar esto, una vez más, serán modestos. Ningún patrón de comportamiento real de Washington pondrá fin al mismo viejo guión, siempre a mano cuando los observadores no saben qué decir, pero sienten que deben decir algo.
Trump es más imperial que aislacionista, aunque su imperialismo tiene una forma particular, ajena a ciertos tradicionalistas de la política exterior, nacida tanto del resentimiento como de la atracción por proyectar poder en el extranjero.
*Patrick Porter es profesor de Seguridad Internacional y Estrategia en la Universidad de Birmingham. Es autor de How to Survive a Hostile World: Power, Politics and the Case for Realism (2025); The False Promise of Liberal Order: Nostalgia, Delusion and the Rise of Trump (2020); The Global Village Myth: Distance, War and the Limits of Power and Military Orientalism: Eastern War through Western Eyes (2015); y de Britain’s War in Iraq (2018) que fue preseleccionado para el premio del Libro Militar del Año del Ejército Británico en 2019. Sus trabajos han sido publicados en medios y revistas como International Security, Security Studies, Journal of Strategic Studies, International Affairs, The Washington Quarterly, The National Interest, Politico, The New Statesman, Unherd, The Australian Financial Review, entre otros.
El texto original en inglés fue publicado por The Critic el 2 de septiembre de 2025 y puede consultarse en el siguiente enlace: https://thecritic.co.uk/imperial-trump/


