La fundación de Estados Unidos y las enseñanzas del becerro de oro

Discurso completo del pastor Douglas Wilson en la NATCON 2025*

Douglas Wilson es uno de los pastores protestantes más escuchados en Estados Unidos y lleva décadas predicando sobre la necesidad de que la sociedad y el gobierno estadounidenses vuelvan a los principios cristianos, lo que ha orillado a algunos a concluir que Wilson busca construir una teocracia en el país norteamericano. Pete Hegseth, ahora secretario de Guerra del gobierno de Donald Trump, es parte del rebaño que asiste a Christ Church, la congregación fundada por el también teólogo calvinista y que recientemente abrió una nueva sede en la capital estadounidense. Wilson, además de ser un líder religioso se ha convertido en uno de los pensadores más destacados de la derecha y en un invitado recurrente de la conferencia National Conservatism (NATCON), que celebró su quinta edición hace unos días en Washington D.C.

En su intervención, una de las más apreciadas de la NATCON de este año, Wilson disertó sobre los orígenes cristianos de los Estados Unidos y la oportunidad que tiene la nación de los Padres Fundadores de retomar su cauce protestante. El argumento forma parte central de los esfuerzos de la NATCON por reforzar las identidades nacionales a partir de la fe, una ruta en la que también trabajan otros teólogos como Yoram Hazony o James Orr. En Traza Continental traducimos el discurso completo pronunciado por Wilson y publicado en American Reformer.

Permítanme comenzar expresándoles mi gratitud. Muchas gracias a los organizadores de esta conferencia por el gran privilegio de poder dirigirme a todos ustedes una vez más. Sin dejar de reconocer el verdadero honor que supuso ser invitado el año pasado, quiero también resaltar el increíble hecho de que me hayan vuelto a invitar.

Pero también quiero comenzar observando que las afirmaciones históricas no son neutrales en términos religiosos. En realidad, no existe tal cosa como una cosmovisión neutral en ningún ámbito, y eso sin duda incluye a la historia. No existe tal cosa como la historia en estado puro. Podemos ver esta verdad expuesta ante nosotros de una manera bastante cruda cuando consideramos cómo el pueblo de Israel presionó a Aarón al pie del monte Sinaí:

“Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido”. (Éxodo 32:1)1

Las afirmaciones históricas no son neutrales en términos religiosos. En realidad, no existe tal cosa como una cosmovisión neutral en ningún ámbito, y eso sin duda incluye a la historia. No existe tal cosa como la historia en estado puro.

Por cierto, una de las razones por las que utilizo la versión King James de la Biblia es que me da la oportunidad de usar expresiones como we wot not (no sabemos).

Pero no tengo mucho tiempo ahora, así que no nos distraigamos. Solo unos versículos más adelante, después de que se fabricara el becerro de oro, el pueblo hizo y dijo lo siguiente:

“Y él los tomó de las manos de ellos, y le dio forma con buril, e hizo de ello un becerro de fundición. Entonces dijeron: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto”. (Éxodo 32: 4)

Versículo 1 y versículo 4. Moisés había estado en la montaña durante un tiempo, y así, en su ausencia, varios sinvergüenzas se hicieron elegir para formar parte de diversas juntas escolares y empezaron a meter mano en el plan de estudios de historia.

Estas personas se encontraban en la disyuntiva de elegir entre dos historias de origen. Estaba la historia de origen que realmente había sucedido –con la que, en consecuencia, se veían medio obligados a quedarse–, y por otro lado estaba la historia de origen que ellos querían que hubiera sucedido. Buscaban llevar a cabo su apostasía mediante un uso hábil del infinitivo perfecto.

Estaba la historia de origen que realmente había sucedido –con la que, en consecuencia, se veían medio obligados a quedarse–, y por otro lado estaba la historia de origen que ellos querían que hubiera sucedido.

La alternativa que presentaban no era una mera cuestión de investigación histórica o de un examen objetivo de las competencias de los historiadores rivales. Estaban reescribiendo la historia de lo que había sucedido, y sabían perfectamente lo que estaban haciendo. Comienzan diciendo que no sabían dónde había ido Moisés, este hombre “que los había sacado de Egipto”. Reconocían ese hecho. Esa es la historia que solían tener. Entonces, iban a reemplazarlo históricamente, poniendo un becerro de oro en el lugar de su libertador.

La historia debe ser maleable si se quiere cambiar de dioses. Y tan pronto como les presentaron el becerro, aún tibio por el fuego de la fragua, eso fue precisamente lo que hicieron. Introdujeron al becerro como el representante de los dioses que los habían sacado de la tierra de Egipto. Israel, estos son tus dioses.

No es posible que una nación cambie a sus dioses sin la ayuda de un agujero de la memoria. Y como los agujeros de memoria pueden ser complicados, se necesitan expertos certificados para manejarlos, y ahí es donde entran en juego los majestuosos edificios de ladrillo cubiertos de hiedra. Ellos son quienes saben cómo fabricar a los expertos en “agujeros de memoria”. Este tipo de cosas no se pueden llevar a cabo sin ayuda. Alguien tiene que repetir y validar las nuevas afirmaciones que se hacen, por lo que los historiadores del régimen se vuelven muy necesarios. Alguien tiene que darles un barniz de legitimidad. Y, por cierto, lo mismo cabe para los teólogos del régimen.

No es posible que una nación cambie a sus dioses sin la ayuda de un agujero de la memoria. Y como los agujeros de memoria pueden ser complicados, se necesitan expertos certificados para manejarlos.

No es la única vez que esto ha ocurrido. Cuando Jeroboam estaba preocupado por el hecho de que sus súbditos del reino norteño de Israel mantuvieran cierta lealtad al culto a Jehová en el Templo de Jerusalén, también emprendió un proyecto de revisionismo histórico.

“Y habiendo tenido consejo, hizo el rey dos becerros de oro, y dijo al pueblo: Bastante habéis subido a Jerusalén; he aquí tus dioses, oh Israel, los cuales te hicieron subir de la tierra de Egipto. Y puso uno en Bet-el, y el otro en Dan”. (1 Reyes: 12, 28-29)

Entonces, es muy diferente que sea Moisés o Jeroboam quien redacte el programa de estudios de historia. O mejor aún, ¿quién escribe los guiones? En medio de la esclavitud del pueblo de Israel en Egipto, una princesa israelita negra llamada Asenath intentó guiar al pueblo hacia la libertad de un camino superior, pero la profunda misoginia y raíces patriarcales de la época frustraron sus nobles esfuerzos. Esto ocurrió, naturalmente, en 1619 a. C. y pronto será un especial de Netflix.

Hay una enorme diferencia entre una disputa sobre una simple afirmación histórica —digamos, sobre si Edward de Vere fue el verdadero Shakespeare— y una disputa entre cosmovisiones contrapuestas en la que los acontecimientos históricos sirven como armas para esa disputa. La fundación cristiana de Estados Unidos se encuentra sin duda alguna en esta última categoría.

Hay una enorme diferencia entre una disputa sobre una simple afirmación histórica y una disputa entre cosmovisiones contrapuestas en la que los acontecimientos históricos sirven como armas para esa disputa.

UN BREVE E IMPORTANTE PARÉNTESIS

Algunas de las cosas que diré a continuación generarán, naturalmente, preguntas apropiadas y necesarias sobre el lugar que le corresponde a los no cristianos en la América que imagino: ¿qué pasa con los judíos, los musulmanes, los hindúes, los ateos, etc.? Esa fue la excelente pregunta que me hizo Yoram [se refiere a Yoram Hazony, fundador de la NATCON, N. del T.] el año pasado. O bien Jesús resucitó de entre los muertos o no lo hizo, y esa es una afirmación que tiene sus consecuencias. Aunque no sea mi tema, necesito decir tres cosas muy breves al respecto antes de continuar.

En primer lugar, se trata de preguntas complejas y deben ser abordadas por hombres de buena voluntad que comprendan la historia, la teología y el imperativo moral que representan los dos mandamientos más importantes: nuestro deber de amar a Dios y al prójimo. Por lo tanto, quedarían excluidos de ese debate todos los trolls, los chiflados, los provocadores antisemitas y los avatares de cruzados con ojos láser.

Y, en segundo lugar, debemos reconocer que no vamos a construir ningún tipo de camaradería o consenso mintiendo sobre los hechos históricos. Nunca intenten construir buenas relaciones con nadie sobre la base de falsedades. Las mentiras siempre acaban volviéndose en contra de uno. Y es simplemente un hecho histórico que Estados Unidos era profundamente cristiano y protestante al momento de su fundación.

…es simplemente un hecho histórico que Estados Unidos era profundamente cristiano y protestante al momento de su fundación.

Y en tercer lugar, ya que estamos, no es xenófobo oponerse a las políticas de inmigración de aquellos que quieren convertir la frontera entre Michigan y Ohio en algo parecido a la frontera entre India y Pakistán. Ese tipo de tonterías de nuestros ingenieros sociales utopistas son, en realidad, la raíz de nuestro actual conjunto de problemas prácticos. Aunque manteniéndose protestante en su ethos, el Estados Unidos protestante se adaptó con éxito a la presencia de católicos y judíos, y nada tiene tanto éxito como el éxito. Pero millones de musulmanes sin ningún compromiso ni mecanismo de asimilación es otra cuestión. Solo se puede poner una cantidad limitada de arena blanca en la azucarera antes de que deje de ser una azucarera.

ESTADOS UNIDOS AB ORIGINE

No solo quiero sostener que Estados Unidos era una república cristiana al momento de su fundación, sino que quiero argumentar que afirmar lo contrario es como creer que Tamerlán era sueco.

La creencia extendida de que Estados Unidos era profundamente deísta en aquella época es una mitología que, como era de esperar, está respaldada por numerosos historiadores de prestigio —lo que debería decirles algo sobre nuestro sistema de certificación— pero deben saber que la verdadera fuente de todo esto proviene del pogo que rodea al becerro de oro.

La creencia extendida de que Estados Unidos era profundamente deísta en aquella época es una mitología que, como era de esperar, está respaldada por numerosos historiadores de prestigio.

Esa muchedumbre quería parecer sofisticada al comienzo de la fiesta, así que empezó a corear sapere aude, “atrévete a saber”. Todo giraba en torno a la Ilustración, y la multitud proyectó la luz de su propia ilustración sobre un Estados Unidos colonial estrecho de miras, atribuyendo a los primeros estadounidenses méritos que los hubieran horrorizado. Así que empezaron recitando cuán seculares, ilustrados y deístas éramos todos en la época de la fundación. Pero ahora, al parecer, han cambiado de canto: ahora están instando a que las mujeres se quiten la camiseta. Puede que ese haya sido el plan desde el principio.

Pero Estados Unidos era una república cristiana en el momento de su fundación. Algunos de nuestros estados tenían un establecimiento rígido de la religión, lo que significa que había una confesión religiosa concreta que era la religión oficial de ese estado. Del mismo modo que Dinamarca tenía la iglesia luterana e Inglaterra la Anglicana, Massachusetts tenía la iglesia congregacional. Así pues, estados como Massachusetts, Connecticut y New Hampshire mantuvieron estas instituciones hasta bien entrado el siglo XIX. E incluso después de que se ratificara la Constitución y Vermont se sumara como el decimocuarto estado, lo hizo con la iglesia congregacional como religión oficial. Ahora bien, más allá de si el establecimiento de una religión oficial a nivel estatal es una buena idea o no —yo creo que no lo es—, claramente no era una idea inconstitucional. Un estado con una religión oficial podía ser admitido en la Unión, ¿y por qué no?

Los demás estados tenían alguna forma de establecimiento blando, siendo Rhode Island el más débil, en cierto modo. Rhode Island, fundada por el absolutista de la libertad religiosa Roger Williams, le denegó la ciudadanía a un comerciante judío llamado Aaron López, un hombre emprendedor que luego se trasladó a la puritana Nueva Inglaterra y obtuvo su ciudadanía allí. La Nueva Inglaterra calvinista tenía una reputación temible, pero, en las inmortales palabras de Coleridge, tengamos en cuenta la realidad de que el calvinismo es un cordero con piel de lobo. Rhode Island, por su parte, también tenía leyes dominicales y negaba cargos políticos a los católicos romanos. En la época colonial, esa era la izquierda radical en estas cuestiones relacionadas con la libertad religiosa.

Pero el mejor ejemplo de un establecimiento blando y guiado por principios sería Carolina del Sur, que en 1778 soltó sus lazos formales con la Iglesia Anglicana, al mismo tiempo que incluía lo siguiente en su Constitución: La “religión cristiana protestante se considerará, y por la presente se constituye y declara como tal, la religión oficial de este estado”.

En el medio de esas dos categorías se encontraban los estados que mantenían una relación formal con alguna confesión religiosa, normalmente la anglicana, pero debido a la presión ejercida por la presencia competitiva de otras confesiones cristianas, no defendían esas reivindicaciones con demasiada firmeza. Este era el caso de estados como Nueva York, Carolina del Norte o Georgia.

Tomen nota, por favor. En una abrumadora mayoría de casos, la presión para alejarse de las iglesias establecidas a nivel estatal no se debió a un secularismo ateo. La presión era en realidad el resultado de toda la agitación evangélica, con los presbiterianos, por ejemplo, que no querían pagar impuestos para costear el salario del vicario anglicano.

La presión para alejarse de las iglesias establecidas a nivel estatal no se debió a un secularismo ateo. La presión era en realidad el resultado de toda la agitación evangélica.

¿Y qué hay de los hombres involucrados? Había 55 hombres en la Convención Constitucional… 50 de ellos eran cristianos ortodoxos. Esto no fue la Revolución Francesa. De la época de la fundación, sí recordamos los nombres de los más reticentes en lo que respecta a la ortodoxia —Jefferson y Franklin—, pero ellos no eran representativos, a menos que se haga un gran esfuerzo para convertirlos en representativos a la manera revisionista. Y, además de eso, también dudaban de la “ortodoxia” deísta. Ambos creían que Dios intervenía en los asuntos humanos. Y, si tuviéramos tiempo, podríamos centrarnos en los hombres explícitamente cristianos y muy firmes: Patrick Henry, Sam Adams, John Witherspoon, entre otros.

El Tratado de París puso fin a nuestra Guerra de Independencia y comienza con estas palabras: “En el nombre de la Santísima e Indivisible Trinidad”.

En una revisión académica de los escritos políticos de los fundadores, se demostró que el apóstol Pablo era citado con tanta frecuencia como Blackstone y Montesquieu. Y el Deuteronomio era citado casi el doble de veces que todas las citas de Locke juntas. En el Parlamento, Horace Walpole dijo que “la prima América se ha fugado con un pastor presbiteriano”, refiriéndose a Witherspoon. Uno de los nombres con los que se conocía nuestra Guerra de Independencia en Inglaterra era “la Revuelta Presbiteriana”. Y debido a sus túnicas negras y su ferviente apoyo a la independencia, los ministros presbiterianos eran conocidos como “el regimiento negro”.

En una revisión académica de los escritos políticos de los fundadores, se demostró que el apóstol Pablo era citado con tanta frecuencia como Blackstone y Montesquieu.

Un caso del Tribunal Supremo en 1892 determinó que Estados Unidos era una nación cristiana y lo había sido desde su fundación. Oye, ¿dónde se han metido todos los defensores del stare decisis? Los inmigrantes católicos romanos del siglo XIX fundaron sus propias escuelas parroquiales, no porque las escuelas públicas fueran laicas, sino porque eran demasiado protestantes: oraciones protestantes, Biblias protestantes, catecismos protestantes.

Según la Declaración, nuestros derechos no nos fueron otorgados a través de un proceso evolutivo ciego, tampoco podrían haberlo sido. Nuestro Creador nos ha dotado de estos derechos inalienables. Les pido que nos detengamos a pensar en el hecho de que, si no existe un Dios creador, entonces no existen los derechos otorgados por Dios. Y si no hubiera derechos otorgados por Dios, entonces lo que tendríamos realmente serían privilegios otorgados por el hombre, que además se desvanecen rápidamente. Y si interpretan el lenguaje de la Declaración como yo lo hago, como la representación de una realidad pactada —que sigue siendo relevante, cierta y vinculante—, rápidamente se darían cuenta de que no podemos alejarnos de Dios sin alejarnos de quienes fuimos y somos como pueblo.

El Ejército Continental de Washington estaba compuesto por un 50% de presbiterianos y un 30% de congregacionalistas, mientras que el resto eran bautistas y de otras confesiones. Y todos eran calvinistas. Eso es suficiente para entibiar el corazón de este calvinista… Bueno, en la medida en que el corazón de cualquier calvinista puede entibiarse, claro está.

El Ejército Continental de Washington estaba compuesto por un 50% de presbiterianos y un 30% de congregacionalistas, mientras que el resto eran bautistas y de otras confesiones. Y todos eran calvinistas.

Entonces, la Constitución prohibió una Iglesia de los Estados Unidos por motivos federales. No lo hizo por motivos seculares. La misma lógica se aplicó a la prohibición de una prueba religiosa para ocupar un cargo federal. Las pruebas de religiosidad para ocupar cargos públicos eran una cuestión estatal y debían aplicarse a nivel estatal, no federal. Las pruebas de religiosidad para ocupar cargos públicos eran habituales a nivel estatal. Las pruebas de religiosidad para ocupar cargos públicos estaban reservadas a los estados, al igual que la administración de las elecciones.

La Constitución está fechada en el año de Nuestro Señor 1789, y en ese año, el año de la adopción de la Constitución, siete de las trece colonias tenían algún tipo de vínculo formal con una confesión cristiana, mientras la mayoría de los otros estados hacían referencia al cristianismo de una manera más amplia. Y de ninguna manera la cláusula de No-Establecimiento de la Constitución entraba en conflicto con lo que la mayoría de los estados estaba haciendo.

Entonces, ¿qué cambió? Tras la Guerra entre los Estados, se desarrolló gradualmente la doctrina de la incorporación, una innovación constitucional que aplicaba las restricciones de la Carta de Derechos a los estados, con el gobierno federal como nuevo guardián. Antes, los estados protegían celosamente al gobierno central, pero las fuerzas de suplantación y centralización surgidas tras la guerra cambiaron esa situación. Y ahora llegamos al punto en el que se prohíbe a los estados y municipios aquello que el Congreso no podía hacer en 1800, hasta el extremo de prohibir el pesebre navideño en las escaleras del juzgado del condado, con el gobierno federal como encargado de hacer cumplir la ley.

Todo esto se hizo muy gradualmente. La erosión llevó mucho tiempo. Nuestro consenso cristiano tenía numerosas grietas y mostraba cierto desgaste, pero seguía siendo en gran medida funcional hasta la época de la Segunda Guerra Mundial. Aquí está Calvin Coolidge, el hombre que era presidente cuando nació mi padre:

“Nuestro gobierno se basa en la religión. Es de ahí de donde derivamos nuestro respeto por la verdad y la justicia, por la igualdad y la libertad, y por los derechos de la humanidad. Si el pueblo no cree en estos principios, no puede creer en nuestro gobierno. Solo hay dos principales teorías de gobierno en el mundo. Una se basa en la justicia, la otra en la fuerza. Una apela a la razón, la otra apela a la espada. Una se ejemplifica en una república, la otra está representada por un despotismo”. Calvin Coolidge, 1924, solo 29 años antes de que yo naciera.

Nuestro consenso cristiano tenía numerosas grietas y mostraba cierto desgaste, pero seguía siendo en gran medida funcional hasta la época de la Segunda Guerra Mundial.

APENAS AYER

El Tribunal Supremo dijo, en el caso de Holy Trinity de 1892, “este es un pueblo religioso… Esta es una nación cristiana”. Es más, la Corte afirmó que siempre lo habíamos sido, desde el principio, y ahora cito textualmente al Tribunal Supremo de los Estados Unidos, que se refirió a “la libertad y la pureza del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que ahora profesamos”. Esa decisión se tomó 61 años antes de que yo naciera. Y antes de que me digan que eso fue hace mucho tiempo, 1964 fue hace 61 años. LBJ [Lyndon B. Johnson, N. Del T.] era presidente. ¿Alguien aquí lo recuerda?

Hoy nos separan 133 años de aquel caso. Como somos estadounidenses, pensamos que es mucho tiempo. Pero no hemos existido como nación el tiempo suficiente como para comprender realmente el ciclo de vida de las fundaciones, las expansiones, los declives culturales y las reformas. Salomón introdujo la adoración de ídolos en Israel, y el último año del reinado de Salomón fue el 922 a. C. El octavo año del reinado de Josías fue cuando ese maravilloso rey comenzó su gran reforma en el 632 a. C. Es decir, 290 años después, casi medio siglo más que toda nuestra historia como nación. En otras palabras, no es demasiado tarde para que nosotros fortalezcamos lo que queda.

Por lo tanto, en lo que respecta a las reformas, para nosotros volver a la época en la que éramos conscientemente una nación cristiana es, en realidad, volver apenas al día de ayer. Pero la versión oficial es que debemos pensar que el secularismo radical y estridente de hoy en día siempre ha sido así.

Para nosotros volver a la época en la que éramos conscientemente una nación cristiana es, en realidad, volver apenas al día de ayer.

Recuerden las lecciones de La silla de plata:

“Lenta y solemnemente, la bruja repitió: ‘No hay sol’. Y todos permanecieron en silencio. Ella repitió, con voz más suave y profunda: ‘No hay sol’. Tras una pausa, y después de debatirlo en sus mentes, los cuatro dijeron al unísono: ‘Tienes razón. No hay sol’. Fue un gran alivio rendirse y decirlo” (La silla de plata, C.S.Lewis, pp. 178-179).

Quizás recuerden que, en aquella ocasión, el instrumento de su liberación era el olor a marshwiggle quemado. Y aunque no es en absoluto un aroma encantador, algo que todos debemos reconocer, es sin embargo uno que estoy intentando reproducir aquí para ustedes. Algunos podrían argumentar que soy especialista en olores a marshwiggle quemado.

EL MURO DE SEPARACIÓN

Cada vez que se invoca la frase mágica “separación entre Iglesia y Estado”, el pensamiento se detiene inmediatamente. Una de las razones por las que a los progresistas les cuesta tanto entender que los cristianos conservadores realmente creen en la separación entre Iglesia y Estado —al fin y al cabo, fuimos nosotros quienes desarrollamos esa doctrina— es que ellos no creen ni pueden creer en la separación entre Iglesia y Estado. Los progresistas, en realidad, no pueden separar a la Iglesia del Estado en sus mentes por la sencilla razón de que el Estado es su Iglesia.

Los progresistas, en realidad, no pueden separar a la Iglesia del Estado en sus mentes por la sencilla razón de que el Estado es su Iglesia.

Pero, si dijéramos que estamos a favor de la separación entre Iglesia y Estado, ¿qué estamos diciendo exactamente con esto? Ese famoso muro de separación… ¿dónde se encuentra exactamente?

Bien entendida, la separación entre Iglesia y Estado consiste en separar dos tipos distintos de gobierno: el civil y el eclesiástico. Si se hace correctamente, la separación entre Iglesia y Estado es una medida prudente y sensata. Se sustenta en un principio bíblico. Uzías, aunque era rey de Judá, no tenía permiso para ofrecer incienso ante el Señor (2 Crónicas 26:18). Pero hacerlo de forma confusa, la forma en que nosotros hemos intentado separarlos, nos ha llevado a disparates perversos y tóxicos.

El mayor disparate es que se crea la quimérica ilusión de que podemos separar la moralidad del Estado. Y a causa de nuestro empeño en evadir estas cuestiones tan básicas, hemos acabado por echarnos encima grandes problemas. Decimos con ligereza que no podemos legislar sobre la moralidad, pero ¿qué queremos decir con eso? Si nos referimos a que no podemos aprobar leyes para afrontar los pecados del corazón, pecados como la codicia, la lujuria o la ambición desmedida, estoy totalmente de acuerdo. Pero si lo que realmente estás diciendo es que no quieres que haya ninguna conexión entre nuestras políticas y la moralidad, simplemente me quedaré mirándote estupefacto.

Si se hace correctamente, la separación entre Iglesia y Estado es una medida prudente y sensata. Se sustenta en un principio bíblico.

Si me dices que debe haber una separación entre la moralidad y el Estado, te preguntaré: “Entonces, ¿qué pasa con todos esos reconocimientos de tierras?”. ¿Por qué crees que estamos en tierras robadas si el Estado no puede robar? Robar es una cuestión de moralidad. Y si ningún ser humano es ilegal, ¿por qué sostienes que todos esos europeos del Destino Manifiesto eran ilegales? Y si Ahmed, a quien le sellaron los papeles ayer, es “totalmente estadounidense”, ¿por qué se me considera un intruso cuando mi pueblo lleva aquí siglos? Tú, mi amigo, eres un manojo de confusiones y presunciones al que de alguna manera le han crecido un par de pies.

Pero puede que haya una razón por la que no quieras admitir la conexión entre la moralidad y el Estado. ¿Es porque sabes que tendré algunas preguntas adicionales? ¿Qué moralidad? ¿Según qué criterio? Como ya argumenté en otra ocasión…

“¿Los Diez Mandamientos? ¿El Noble Camino Óctuple? ¿Los Cinco Pilares del Islam? Debes elegir uno y responder a todas las preguntas candentes que se derivan de él, o bien debes obtener lo mejor de cada uno y procesarlos hasta crear tu propia y única salsa de reducción de un sistema moral. Pero, ¿qué sistema moral te permite combinarlos de esa manera? ¿Quién murió y te dejó como chef de salsas de reducción?”.

En la elaboración arbitraria de este tipo de salsa de reducción, lo que suele ocurrir es que se seleccionan una serie de lugares comunes seculares —el tipo de imperativos morales que se encuentran en los vasos de Starbucks, “baila como si nadie te estuviera mirando”, ese tipo de cosas— y se organizan en un sistema moral arbitrario y caprichoso. Atas todo esto en un manojo de clichés y lo cuelgas de un cable unido a una placa metálica en la troposfera, colocada en posición horizontal contra el reino nouménico y fijada allí de forma permanente con unas tuercas kantianas. Y esperabas que así no se nos cayera encima, pero, por desgracia, eso es lo que ha pasado.

CONCLUSIÓN

Así que, de hecho, éramos una república cristiana en el momento de la fundación. Ahora somos una república cristiana descarriada.

Éramos una república cristiana en el momento de la fundación. Ahora somos una república cristiana descarriada.

Nuestros secularistas modernos nos han dicho que podíamos de alguna manera prescindir de nuestras obligaciones nacionales pactadas como pueblo cristiano con el simple trámite de olvidarlas o fingir que nunca existieron. Basta con contratar a un historiador profesional, con título otorgado por la Universidad Estatal del Becerro de Oro, y asentir en los momentos oportunos durante sus conferencias. Finge que tomas notas.

Pero nos guste o no, hemos sido una nación cristiana durante la mayor parte de nuestra historia, y olvidar aquel pacto no es una excusa que pase ninguna prueba ante Dios. La recaída no es una excusa, sino más bien otro pecado que hay que confesar. El olvido deliberado solo empeora las cosas.

Hubo un consenso cristiano amplio, profundo e incuestionable, que existió desde la llegada de Colón hasta bien entrado el siglo XX. No dio lugar a la creación de una iglesia oficial a nivel federal, pero eso tampoco era necesario. Era el tipo de compromiso que lo abarcaba todo y se infiltraba en todo. Era el tipo de consenso cristiano al que Francis Schaeffer nos llamaba a volver. Y, de hecho, todavía es funcional y sigue funcionando en muchas partes de nuestro país.

“De la Roca que te creó te olvidaste; Te has olvidado de Dios tu creador”. (Deuteronomio 32:18) 

Nos guste o no, hemos sido una nación cristiana durante la mayor parte de nuestra historia, y olvidar aquel pacto no es una excusa que pase ninguna prueba ante Dios. La recaída no es una excusa, sino más bien otro pecado que hay que confesar.

*El texto original en inglés fue publicado por American Reformer el 5 de septiembre de 2025 y puede consultarse en el siguiente enlace: https://americanreformer.org/2025/09/the-american-founding-and-the-lessons-of-the-golden-calf/

CITAS

Nota del traductor: Las citas bíblicas en español se tomarán de la edición Reina Valera 1960. El texto original cita la versión King James: “And when the people saw that Moses delayed to come down out of the mount, the people gathered themselves together unto Aaron, and said unto him, Up, make us gods, which shall go before us; for as for this Moses, the man that brought us up out of the land of Egypt, we wot not what is become of him” (Exodus 32:1). El autor luego reflexiona sobre la expresión en inglés we wot not, aquí traducida como “no sabemos”.