El jueves 2 de julio, el primer ministro Mark Carney y la premier de Alberta, Danielle Smith, presentaron en Calgary una ruta propuesta para un nuevo oleoducto que transportaría más de un millón de barriles diarios desde Bruderheim, al noreste de Edmonton, hasta un terminal en Delta, Columbia Británica, al sur de Vancouver, siguiendo de cerca el trazado ya existente del oleoducto Trans Mountain. Alberta presentó formalmente esa ruta ante la oficina federal de grandes proyectos, con Trans Mountain Corporation (de propiedad federal) y Pembina Pipeline como socios previstos, aunque la premier Smith no precisó qué porcentaje quedará en manos privadas.
Horas antes, en Vancouver, Carney había cerrado con el premier de Columbia Británica, David Eby, un memorando de cooperación —el Canada-British Columbia Cooperative Prosperity Agreement— que destraba la oposición inicial de esa provincia a cambio de mantener vigente la prohibición de buques petroleros frente a la costa norte de Columbia Británica y de comprometer al gobierno federal a asumir riesgos ambientales y compensar económicamente a la provincia. Carney lo resumió así: “La prohibición de petroleros se mantendrá (…) vamos a seguir protegiendo la costa norte de Columbia Británica”.
El anuncio combina varios frentes a la vez: busca reducir la dependencia comercial de Canadá respecto de Estados Unidos duplicando las exportaciones no estadounidenses en la próxima década, y responde a las presiones separatistas en Alberta, que celebrará en octubre una votación sobre si avanzar hacia un referéndum de secesión. El propio David Eby reconoció que el acuerdo no lo obliga a apoyar el proyecto en sí, aunque admitió que no lo judicializará; líderes separatistas albertenses, por su parte, sostienen que la dependencia de un nuevo acuerdo con Ottawa para sacar sus propios recursos al mercado demuestra que la Confederación sigue rota.

