En Yellowknife, el presidente Mark Carney presentó un plan para “defender, construir y transformar” el Norte con más de 35 mil millones de dólares canadienses (25 mil 70 mil millones de dólares estadounidenses) en inversión federal, de los cuales 32 mil millones de dólares canadienses (23 mil 500 millones de dólares estadounidenses). irán a reforzar las posiciones operativas de Yellowknife, Inuvik, Iqaluit y Goose Bay, mientras que otros dos mil 670 millones de dólares canadienses (mil 960 millones de dólares) financiarán una nueva red de hubs y nodos logísticos en Whitehorse, Resolute, Cambridge Bay y Rankin Inlet. A eso se suma una partida de 294 millones de dólares canadienses (216 millones de dólares estadounidenses) para aeropuertos árticos. El mensaje político del gobierno fue directo: Canadá busca dejar atrás la dependencia de un solo aliado para la defensa de su soberanía septentrional y construir una capacidad de despliegue más autónoma en una región cada vez más disputada.
Pero el plan no se limita a lo militar. La arquitectura presentada esta semana enlaza defensa, infraestructura y explotación económica del Norte. El gobierno remitió al Major Projects Office cuatro proyectos que, en conjunto, representan alrededor de diez mil millones de dólares canadienses (7 mil 340 millones de dólares estadounidenses) y más de 11 mil empleos durante la construcción, entre ellos, la Mackenzie Valley Highway, un corredor de 800 km que conectará Yellowknife con Inuvik y que ya parte de una inversión federal inicial de más de 100 millones de dólares canadienses (cerca de 74 millones de dólares estadounidenses), y el eje Grays Bay Road and Port–Arctic Economic and Security Corridor, pensado para enlazar yacimientos de cobre, oro y zinc con una salida al océano Ártico mediante infraestructura de uso dual, civil y militar.
En términos políticos, el plan debe leerse como una respuesta simultánea a tres presiones: la creciente rivalidad geopolítica en el Ártico, el deterioro del vínculo con Washington y la percepción canadiense de que el calentamiento acelerado de la región vuelve más urgente asegurar presencia, vigilancia y vías de abastecimiento. La visita de Carney a Noruega para observar el ejercicio ártico Cold Response de la OTAN refuerza esa lectura: no se trata de una ruptura con los aliados, sino de una señal de que Ottawa quiere llegar a esa mesa con más capacidad propia y menos dependencia operativa.


