En la última semana, el conflicto bélico contra Irán entró en una fase de expansión regional y de mayor profundidad dentro del territorio iraní. A los bombardeos iniciales se sumaron nuevas oleadas sobre Teherán y sus alrededores, mientras seguían apareciendo evidencias del impacto sobre infraestructura energética y urbana: en la noche del 7 al 8 de marzo fueron alcanzados depósitos y refinerías en Teherán y Alborz, con una nube tóxica y advertencias por lluvia ácida, las autoridades iraníes ya hablaban de más de mil 300 muertos en Irán. En paralelo, la ONU informó sobre el desplazamiento interno de hasta 3,2 millones de personas, una señal de que el conflicto ya no puede leerse sólo como una campaña aérea limitada sino como una guerra con efectos humanos y territoriales acumulativos.
El gran frente económico de la semana fue el estrecho de Ormuz. Más que un cierre perfectamente sellado y reconocido por todos los actores, lo que se consolidó fue un bloqueo de hecho: se reportó que los combates frenaron los embarques a través de una de las principales arterias energéticas del mundo, por donde circula alrededor de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado globales. La consecuencia fue inmediata: Arabia Saudita, Irak y Kuwait redujeron producción; Qatar paralizó operaciones de has natural licuado (GNL) y declaró fuerza mayor en envíos; y los productores del Golfo Pérsico aceleraron el uso de rutas alternativas, como el oleoducto saudí Este-Oeste y el Habshan-Fujairah emiratí. En ese contexto, Aramco habló directamente de consecuencias “catastróficas” para el mercado y el crudo volvió a moverse cerca de los 100 dólares por barril.
También crecieron las bajas y el costo operacional para Estados Unidos. Según medios al menos 140 militares estadounidenses habían resultado heridos en los primeros diez días de guerra; también se informó el saldo de al menos 11 soldados muertos y otros ocho heridos graves. A eso se agregó el accidente de un KC-135 en Irak integrado a la operación contra Irán: Washington confirmó que el siniestro no fue causado por fuego enemigo, pero el episodio dejó claro que el teatro bélico ya excede con mucho el espacio aéreo iraní e involucra bases, corredores logísticos y posiciones estadounidenses en Irak y en todo el Golfo. La guerra produce un desgaste directo sobre las fuerzas norteamericanas aunque la Casa Blanca siga presentándola como una campaña controlada.
Las declaraciones del secretario de Guerra Pete Hegseth acompañaron esa escalada con un tono cada vez más duro. Desde el inicio sostuvo que no se trata de una “guerra interminable” y fijó como objetivos destruir la marina iraní, sus misiles y su base industrial de defensa; el 10 de marzo anticipó que esa jornada sería la de mayor intensidad de bombardeos hasta entonces, y en la transcripción oficial del Pentágono insistió en que Washington busca una derrota “total y decisiva” del enemigo. Sin embargo, este viernes introdujo un matiz importante al afirmar que no había evidencia clara de que Irán hubiese minado Ormuz, moderando así una de las hipótesis más alarmantes de la semana, al tiempo que endurecía el discurso político al decir que el nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Khamenei, está herido y probablemente desfigurado. La línea de Hegseth combina así dos registros: minimiza la posibilidad de una guerra larga, pero verbalmente la presenta en términos de aniquilación estratégica.

