El miércoles 1 de julio vence el plazo establecido en el artículo 34.7 del tratado para que los tres socios de América del Norte decidan si renuevan el Acuerdo Canadá-Estados Unidos-México (CUSMA/T-MEC) por 16 años adicionales o inician un ciclo de revisiones anuales hasta 2036. El secretario de Economía del Gobierno de México, Marcelo Ebrard, confirmó que para esa fecha se celebrará una reunión virtual trilateral entre él, el representante comercial estadounidense Jamieson Greer y el ministro canadiense Dominic LeBlanc, en la que cada país presentará su postura. La presidenta Claudia Sheinbaum, en su conferencia mañanera del lunes 22 de junio en Palacio Nacional, descartó que alguno de los tres países busque disolver el acuerdo: el T-MEC “fue aprobado por los Congresos de los tres países” y cualquier modificación profunda tendría que transitar por esos cuerpos legislativos. Canadá y México notificaron formalmente su intención de renovar por 16 años; Estados Unidos no emitió posición oficial, aunque Donald Trump declaró a mediados de junio que preferiría ver el tratado “terminado”, sin que el mecanismo del propio texto permita una ruptura inmediata.
El episodio más revelador de la semana fue el cruce público entre el embajador estadounidense en Canadá Pete Hoekstra y el primer ministro Mark Carney. El martes 23 de junio, en una entrevista con CTV, Hoekstra declaró que Ottawa y Washington están muy lejos de un acuerdo y que el próximo paso debería darse a nivel de líderes. Carney respondió el jueves 25 de junio en conferencia de prensa que la apreciación del embajador era demasiado simplista: llegaría un momento para un acuerdo, pero que Canadá no firmaría cualquier propuesta. En paralelo, Sheinbaum señaló que México y Canadá han construido “de alguna forma” un frente común en las negociaciones, respaldado en el crecimiento del comercio bilateral —17% entre 2024 y 2025, según datos de ambos gobiernos— y en nuevas inversiones canadienses en el puerto de Altamira, Tamaulipas. Sin embargo, la dinámica con Washington revela una asimetría marcada: México y Estados Unidos completaron dos rondas formales de negociación bilateral en mayo y junio, con reglas de origen automotriz, acero, aluminio y seguridad económica sobre la mesa; las conversaciones formales entre Canadá y Estados Unidos, en cambio, recién comenzaron en las últimas semanas.
La asimetría negociadora es el principal riesgo para la cohesión del bloque Ottawa-Ciudad de México. México adoptó desde el inicio una estrategia de adaptación: impuso aranceles a más de mil 400 productos de origen chino para alinearse con la agenda de Trump y negocia activamente las 52 exigencias que Washington le planteó, lo que lo posicionó como el interlocutor preferido de la administración republicana. Canadá, en cambio, mantiene aranceles de represalia y priorizó el marco trilateral, retrasando el inicio de sus conversaciones formales bilaterales. Si Estados Unidos obtiene concesiones sustanciales de México antes del cierre, la presión sobre Ottawa para ceder en sus propias líneas rojas —la apertura del mercado lácteo y las reglas de origen automotriz— se volvería difícil de resistir. Para la economía canadiense, que ya atraviesa una recesión técnica tras caídas del PIB de 1% y 0,1% en el cuarto trimestre de 2025 y el primero de 2026, la incertidumbre comercial es el principal freno a la inversión.


