Durante la última semana, el expresidente Donald Trump emergió como mediador del alto al fuego entre Israel e Irán. El 23 de junio, tras bombardeos estadounidenses a instalaciones nucleares iraníes, Trump anunció un “alto el fuego completo y total” tras mediar directamente con Netanyahu y movilizar a su equipo —como el enviado especial Steve Witkoff— en conversaciones secretas con Irán. Aunque instó a ambas naciones a “calmarse” inmediatamente, criticó a Israel por acciones posteriores y manifestó su enojo con ambos países por violaciones al acuerdo. Este impulso marcó una intervención directa y activa de EE. UU. y situó a Trump como actor central en la gestión de la tregua.
Este rol generó resistencia interna dentro del Partido Republicano. Steve Bannon —exasesor estratégico cercano a la visión “America First”— apoyó los bombardeos, pero criticó que Trump aventurara la idea de cambio de régimen, argumentando que esa narrativa “podría llevar a tropas estadounidenses en Irán”. Bannon, desde su podcast “War Room”, instó a que Israel completara su acción sin intervención directa de EE. UU., enfatizando que no quería que hubiese soldados estadounidenses en el terreno.
En paralelo, la presión de congresistas y del público conservador fue palpable: legisladores como Thomas Massie cuestionaron públicamente en redes la constitucionalidad de los ataques —“This is not Constitutional” escribió sobre el bombardeo— y la necesaria autorización del Congreso para una guerra formal. Esta división también se refleja en el Congreso donde legisladores de ambos partidos han cuestionado públicamente el uso del Poder Ejecutivo para iniciar acciones militares unilaterales y han impulsado propuestas para reafirmar los límites que impone la Ley de Poderes de Guerra.

