Elbridge Colby: la punta de lanza de MAGA en el Departamento de Defensa
A pesar de que la línea dura de MAGA –que pregonaba un Estados Unidos menos involucrado en conflictos bélicos de otras regiones del mundo– ha tenido un revés programático debido a la decisión del presidente Donald Trump de intervenir de manera directa en la guerra Israel-Irán, es importante no perder de vista las intenciones de mediano plazo de la nueva élite estadounidense y a los actores clave en la búsqueda de esos objetivos.
Uno de ellos es Elbridge Colby, actual subsecretario de Defensa, quien forma parte un grupo muy influyente dentro y fuera de la administración –junto con el vicepresidente Vance, el estratega Steve Bannon, Donald Trump Jr. y comentaristas como Tucker Carlson o Charlie Kirk– que ha planteado la necesidad de que Estados Unidos no solamente vuelva la mirada hacia su política interna, sino que ajuste su estrategia de dominación global y concentre sus capacidades tecnológicas, diplomáticas y militares en contener al otro gran hegemón del tablero internacional: China.
Nieto del director de la CIA con Nixon y Ford, Colby representa mejor que nadie la contradicción presente hoy entre los militantes del America First y quienes, como Peter Hegseth, secretario de Defensa, insisten en mantener a los aliados extrarregionales como Israel bajo la protección del paraguas estadounidense.
En nuestra cuarta entrega de la serie Universo Trump 2.0 que realizamos en colaboración con Supernova, presentamos el perfil de quien fuera, a sus 39 años, el creador de la Estrategia de Defensa Nacional del primer gobierno de Trump y hoy ocupa el lugar número 2 en el escalafón de las decisiones del Departamento de Defensa. Nuestra quinta entrega estará dedicada a Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos.
LA REBELIÓN DEL HIJO DE LA ÉLITE DE D.C.
Elbridge Colby, actual subsecretario de Defensa de Estados Unidos, se destaca como uno de los estrategas más jóvenes e influyentes en la política exterior de su país. Reconocido por su papel clave como arquitecto de la Estrategia de Defensa Nacional durante la primera administración de Donald Trump, Colby impulsó un enfoque centrado en la competencia entre grandes potencias, con especial atención al desafío planteado por China.
Nacido en 1979 en Estados Unidos, pasó parte de su infancia en Tokio, Japón, una experiencia que parece haber moldeado su perspectiva geopolítica y reforzado su interés en Asia como eje estratégico del futuro de la política global. Elbridge, nieto de William Colby, director de la CIA con Richard Nixon y Gerald Ford, es un producto de la élite de la política exterior de Washington D.C.
En el debate contemporáneo sobre la materia, pocas voces han logrado condensar con tanta claridad los desafíos estructurales de la era pos-hegemónica. Exfuncionario del Pentágono, Colby ha emergido como uno de los pensadores más influyentes dentro de la corriente realista estadounidense. Su diagnóstico es inequívoco: estamos entrando en una nueva era de competencia entre grandes potencias, y el desafío central para Estados Unidos es la República Popular China.
Colby ha emergido como uno de los pensadores más influyentes dentro de la corriente realista estadounidense. Su diagnóstico es inequívoco: estamos entrando en una nueva era de competencia entre grandes potencias, y el desafío central para Estados Unidos es la República Popular China.
El subsecretario es una figura clave en los debates sobre el futuro de la estrategia de defensa estadounidense. Sus ideas han ganado influencia tanto en el Pentágono como en círculos empresariales, legislativos y académicos. Con el ascenso de China, la guerra en Ucrania y la inestabilidad global, su planteo de una política exterior centrada en la competencia entre las dos grandes potencias se ha vuelto cada vez más dominante en Washington.
Graduado en el Harvard College y en la Facultad de Derecho de Yale, ha ocupado puestos en la Oficina del Director de Inteligencia Nacional, el Centro de Análisis Navales y el Centro para una Nueva Seguridad Americana. Con una trayectoria que combina roles gubernamentales y trabajo en centros de pensamiento, Colby ha dejado una marca significativa en la seguridad nacional. Como subsecretario adjunto de Defensa para Estrategia y Desarrollo de Fuerzas, lideró la creación de políticas fundamentales, priorizando la región de Asia y el Indo-Pacífico. Su visión estratégica buscó fortalecer la posición de Estados Unidos frente a las dinámicas globales emergentes.
En 2019, junto a Aaron Wess Mitchell, fundó The Marathon Initiative, un think tank dedicado a diseñar estrategias de largo plazo para la competencia entre potencias en un mundo multipolar. A través de esta plataforma, Colby abogó por una política exterior estadounidense adaptable, capaz de responder a la creciente influencia militar, tecnológica y geopolítica de China, consolidándose como una voz clave en el debate sobre el futuro del poder global.
En 2019, junto a Aaron Wess Mitchell, fundó The Marathon Initiative, un think tank dedicado a diseñar estrategias de largo plazo para la competencia entre potencias en un mundo multipolar. A través de esta plataforma, Colby abogó por una política exterior estadounidense adaptable, capaz de responder a la creciente influencia militar, tecnológica y geopolítica de China.
¿UN NUEVO KISSINGER?
Colby se inscribe dentro de la corriente realista de la política exterior estadounidense. Con participación en ambas administraciones Trump, es un estratega preocupado por el orden internacional y la estabilidad basada en el equilibrio de poder. Sus ideas han encontrado eco tanto en círculos republicanos como entre sectores demócratas más pragmáticos.
El pensamiento estratégico de Colby ha sido influenciado por internacionalistas como Hans Morgentau, Henry Kissinger, George Kennan y otros pensadores de las Relaciones Internacionales, aunque Colby se distancia de la retórica ideológica y promueve una visión basada en el interés nacional y la competencia estructural entre potencias, un enfoque kissingeriano, por llamarlo de algún modo. Además, es uno de los principales defensores de la denominada doctrina de “disuasión por negación” (deterrence by denial), en contraste con estrategias más ofensivas o basadas en el castigo. Según esta doctrina, Estados Unidos debe desarrollar la capacidad de impedir físicamente que adversarios –especialmente China– logren sus objetivos militares clave, como, en el caso del país asiático, una posible invasión de Taiwán, lo que le ha valido ser catalogado con cierta ironía por la prensa como “el amigo más poderoso” de la isla en Washington.
En su visión geopolítica, el foco del poder militar estadounidense debería desplazarse desde el Medio Oriente hacia Asia, y la atención debería centrarse menos en operaciones prolongadas de contrainsurgencia y más en preparativos para conflictos convencionales de alta intensidad con potencias tecnológicamente avanzadas. Colby también ha criticado el intervencionismo liberal neoconservador y ha abogado por una política exterior más realista y limitada, orientada por los intereses estratégicos concretos de Estados Unidos.
En su visión geopolítica, el foco del poder militar estadounidense debería desplazarse desde el Medio Oriente hacia Asia, y la atención debería centrarse menos en operaciones prolongadas de contrainsurgencia y más en preparativos para conflictos convencionales de alta intensidad con potencias tecnológicamente avanzadas.
DISUASIÓN POR “DENEGACIÓN” PARA UN TIEMPO FUERA DE QUICIO
En su último artículo en Foreign Affairs publicado en septiembre de 2020, “The Ideology Delusion America’s Competition With China Is Not About Doctrine”, junto a Robert D. Kaplan –uno de los analistas estadounidenses más referenciados y autor de Waste Land: A World in Permanent Crisis (Tierra baldía: Un mundo en crisis permanente, 2025)–, sostenía que “el bipartidismo es exótico en estos días en los Estados Unidos, pero los dos partidos comparten algo: una profunda preocupación por China”. Continuaba enfatizando los puntos en común entre Donald Trump y Joe Biden sobre China y sostenía que Estados Unidos estaba en una competencia excepcionalmente seria con el gigante asiático, lo que requeriría tomar una línea dura en muchos frentes. Afirmaba que China era un “Estado enorme” y “la mayor gran potencia que ha surgido en el sistema internacional desde los propios Estados Unidos a finales del siglo XIX”. Según Kaplan y Colby, China espera establecer una posición de hegemonía sobre Asia, ahora el mercado más grande del mundo, y aunque el Partido Comunista Chino (PCCh) es más ideológico de lo que muchos admiten, las motivaciones de Beijing para perseguir estos objetivos no son en gran medida ideológicas.
Colby sugiere construir una coalición asiática con otros países que le pongan un freno a China. Japón, Vietnam, Corea del Sur e India en Asia, y Australia desde Oceanía. Pero para construir esa gran coalición internacional es preciso asumir a China más como una potencia pragmática que disputa poder político y económico que como un poder orientado ideológicamente.
Colby recuerda que en 1954, el secretario de Estado John Foster Dulles se negó a estrechar la mano del primer ministro chino Zhou Enlai: “un ejemplo de una actitud que contribuyó al fracaso de Washington para explotar la división sino-soviética y al enredo de Estados Unidos en Vietnam”. Pero dieciocho años después, en 1972 –mientras su abuelo era jefe de operaciones en el exterior de la CIA–, el presidente Richard Nixon y su asesor de Seguridad Nacional Henry Kissinger negociaron con Mao y Zhou en medio de la Revolución Cultural “para abrir un nuevo frente en la competencia con la Unión Soviética”. Años después, George H. W. Bush envió a su asesor de Seguridad Nacional, Brent Scowcroft, para negociar con China. Había pasado solo un mes de la masacre de la Plaza de Tiananmen en 1989. Todos estos líderes tienen en común que, según Colby, se dieron cuenta de que, “en la competencia de las grandes potencias, la insistencia en la concordancia ideológica o la victoria total es una tontería, y muy posiblemente una invitación al desastre”.
…en 1972 –mientras su abuelo era jefe de operaciones en el exterior de la CIA–, el presidente Richard Nixon y su asesor de Seguridad Nacional Henry Kissinger negociaron con Mao y Zhou en medio de la Revolución Cultural “para abrir un nuevo frente en la competencia con la Unión Soviética”.
En su libro The Strategy of Denial: American Defense in an Age of Great Power Conflict de 2021, Colby desarrolla una estrategia integral para contener a China. Propone una arquitectura de alianzas en el Indo-Pacífico que limite el acceso de Beijing a recursos y poder regional, priorizando la defensa de Taiwán como elemento clave para preservar el equilibrio geopolítico en Asia. Su enfoque busca evitar tanto la guerra como la pasividad, construyendo una postura de fuerza que disuada agresiones sin aventurerismos.
Colby sostiene un argumento tan claro como urgente: el mundo ha ingresado en una nueva etapa de competencia entre grandes potencias donde China representa el principal desafío estratégico para Estados Unidos. Su libro no solo diagnostica el ocaso del momento unipolar estadounidense, sino que propone una respuesta concreta: una estrategia de defensa pragmática y realista, centrada en la “denegación”, como forma de contener las ambiciones expansivas de Pekín.
Como señala Colby, la irrupción de China como potencia económica, tecnológica y militar ha transformado profundamente el escenario internacional. Con mil 400 millones de habitantes, un crecimiento económico sostenido y un presupuesto militar en ascenso, China no se limita a reforzar su influencia regional en Asia: busca también proyectar su poder a escala global. Para Colby, este nuevo escenario marca el retorno de la competencia entre grandes potencias, y exige un replanteamiento estructural de la estrategia de defensa estadounidense.
China no se limita a reforzar su influencia regional en Asia: busca también proyectar su poder a escala global. Para Colby, este nuevo escenario marca el retorno de la competencia entre grandes potencias, y exige un replanteamiento estructural de la estrategia de defensa estadounidense.
China aparece en el libro como la amenaza estratégica más importante, no solo por sus capacidades materiales, sino por su disposición a emplearlas con fines políticos. Casos como la posible reunificación con Taiwán o el control del Mar de China Meridional ejemplifican el tipo de objetivos que podrían provocar una escalada militar. En la visión de Colby, si China logra avances en estos frentes, se generaría un efecto dominó que le permitiría establecer una hegemonía regional contraria a los intereses de Estados Unidos y sus aliados.
Frente a otras estrategias más maximalistas, como el “cambio de régimen” o una contención económica total, Colby propone una alternativa más acotada: la denegación. Esta consiste en impedir que China logre victorias militares rápidas o cree hechos consumados, por ejemplo, en un intento de invasión de Taiwán. Según el autor, disuadir a China de recurrir a la fuerza pasa por demostrarle que un conflicto no le reportará beneficios claros, sino costos elevados e inciertos. Preservar el equilibrio de poder regional, entonces, requiere frustrar las ofensivas chinas antes de que se consoliden.
Esta estrategia se inscribe, como hemos anotado arriba, en una tradición de pensamiento realista en Relaciones Internacionales y es reforzada por ejemplos históricos como la Guerra de Independencia estadounidense o la Guerra Ruso-Japonesa. Para Colby, la mejor forma de evitar la guerra es prepararse seriamente para ella. Una defensa creíble –capaz de infligir costos significativos al adversario– reduce las posibilidades de agresión. No obstante, advierte que esta preparación debe ser disciplinada y focalizada, evitando compromisos innecesarios en regiones de menor importancia estratégica.
Uno de los ejes fundamentales del libro es el lugar que ocupa Taiwán dentro de esta competencia geopolítica. Para Pekín, Taiwán es mucho más que un símbolo político: representa una pieza central en el tablero del Indo-Pacífico. Si China lograra el control de la isla, podría proyectar su poder hacia el Pacífico occidental, amenazando directamente a aliados clave de Estados Unidos como Japón y Filipinas, y consolidando su influencia en el Mar de China Meridional. Por ello, Colby insiste en reforzar la capacidad defensiva de Taiwán, no solo mediante apoyo militar estadounidense, sino también a través de una coalición regional que incluya a potencias como Japón, Australia e India.
Esta coalición antihegemónica es una pieza clave dentro de la lógica de la denegación. Colby subraya que Estados Unidos no debe –ni puede– asumir en solitario la responsabilidad de contener a China. Los aliados regionales deben asumir un rol activo, incrementando sus capacidades militares y mostrando disposición a correr ciertos riesgos en caso de conflicto. Este enfoque compartido no solo alivia la carga para Washington, sino que también fortalece la credibilidad de la disuasión colectiva.
Colby subraya que Estados Unidos no debe –ni puede– asumir en solitario la responsabilidad de contener a China. Los aliados regionales deben asumir un rol activo, incrementando sus capacidades militares y mostrando disposición a correr ciertos riesgos en caso de conflicto. Este enfoque compartido no solo alivia la carga para Washington, sino que también fortalece la credibilidad de la disuasión colectiva.
Un aspecto distintivo del planteo de Colby es su llamado a priorizar estratégicamente las regiones del mundo, por lo que ha sido llamado el “príncipe de los priorizadores”. En un entorno de recursos limitados, Estados Unidos debe concentrar sus esfuerzos en el Indo-Pacífico, reduciendo progresivamente su implicación en escenarios de menor relevancia como Oriente Medio o incluso Europa. Esto supone un quiebre y una contradicción con la política exterior de las últimas décadas –y de las últimas semanas– , que tendió a dispersar recursos en múltiples frentes planetarios.
Un elemento clave de esta propuesta es la apuesta por una disuasión calibrada, que evite escalar innecesariamente el conflicto. La estrategia de denegación no implica amenazar directamente el territorio o el régimen chino, sino impedir que logre objetivos militares específicos. Esto reduce la probabilidad de que Pekín perciba las acciones de Estados Unidos como una amenaza existencial y responda con una escalada desproporcionada. Para Colby, la clave es combinar capacidades militares creíbles, alianzas sólidas y una comunicación clara de los límites de la acción estadounidense. Más disuasión y menos provocación.
¿HACIA UN NUEVO HORIZONTE ESTRATÉGICO?
Sus críticos le reprochan un enfoque excesivamente centrado en la lógica militar y una infravaloración de las dimensiones diplomáticas, económicas y culturales de la competencia estratégica, así como el no considerar lo suficientemente graves otras amenazas para Estados Unidos como el desarrollo de un programa nuclear iraní. También ha sido acusado de propiciar “una mentalidad de Guerra Fría” frente a China, que podría agravar tensiones y desencadenar conflictos innecesarios. No obstante, sus partidarios lo consideran una voz lúcida que ha sabido anticipar el carácter central que tendría China como reto geoestratégico para Estados Unidos en el siglo XXI.
A través de declaraciones públicas, intervenciones en el Senado y publicaciones en medios especializados, Colby ha delineado una doctrina de contención que reconfigura prioridades estratégicas, cuestiona acuerdos históricos y reordena el mapa de alianzas militares. En sus propias palabras, “una guerra con China es muy posible, Dios no lo quiera. Taiwán sería su probable foco. Para evitarlo, deberíamos centrar nuestros recursos militares en Asia y presionar con firmeza a Taiwán para que aumente el gasto en defensa. Y evitar presionar innecesariamente a Pekín en un asunto crucial para ellos”. Esta afirmación, lejos de ser una simple advertencia, es un llamado a replantear la distribución de recursos y capacidades militares de EE.UU., que, según Colby, deben concentrarse con urgencia en el Indo-Pacífico.
Durante su testimonio ante el Congreso, Colby fue más allá al afirmar que “China es el rival más grande y poderoso al que nos hemos enfrentado probablemente en 150 años”. Esta caracterización subraya el carácter sistémico del desafío chino: no se trata sólo de una amenaza militar, sino de un competidor integral que pone en cuestión el orden liderado por Occidente desde la Segunda Guerra Mundial.
“China es el rival más grande y poderoso al que nos hemos enfrentado probablemente en 150 años”. Esta caracterización subraya el carácter sistémico del desafío chino: no se trata sólo de una amenaza militar, sino de un competidor integral que pone en cuestión el orden liderado por Occidente desde la Segunda Guerra Mundial.
Frente a este panorama, Colby sostiene que la defensa de Taiwán debe ser el núcleo de la estrategia disuasoria estadounidense, pero sin caer en la provocación directa. En una delicada ecuación diplomática, afirma que Estados Unidos debe “priorizar la defensa disuasoria de Taiwán, manteniendo su política de ‘Una sola China’, pero desde una posición de fuerza”. Esta postura intenta balancear la estabilidad regional con la necesidad de evitar que Pekín interprete cualquier ambigüedad como una oportunidad para actuar.
Colby no limita su enfoque a lo que Washington debe hacer: también exige responsabilidades concretas a sus aliados. En una intervención reciente, instó a Taipéi a elevar su gasto en defensa al 10% del PIB, una cifra extraordinaria, pero que, según él, refleja la magnitud del riesgo existencial que enfrenta la isla frente a una China crecientemente asertiva. Esta exhortación implica un redimensionamiento del papel de los aliados regionales, que ya no pueden esperar que la disuasión recaiga exclusivamente sobre el paraguas estadounidense.
En ese sentido, Colby también ha sido crítico con decisiones que podrían socavar la capacidad de respuesta de EE.UU. en Asia. Su reacción ante el pacto AUKUS, que incluye la venta de submarinos nucleares a Australia, fue categórica: calificó de “locura” ceder esos activos si ello implica debilitar la defensa de Taiwán, dada su limitada capacidad de producción y despliegue naval. Este tipo de declaraciones refleja una lógica estratégica inflexible: el Indo-Pacífico no puede sostener una estrategia dispersa, y cualquier desviación de recursos clave debe ser reevaluada a la luz del objetivo central.
En suma, Colby articula una visión clara y estructurada que reorienta la política exterior estadounidense hacia un marco de competencia geopolítica clásica, pero adaptada a las condiciones tecnológicas, económicas y diplomáticas del siglo XXI. Su influencia crece no solo por su claridad conceptual, sino porque ha sabido llenar el vacío doctrinario dejado tras el agotamiento del paradigma del intervencionismo liberal.
Colby articula una visión clara y estructurada que reorienta la política exterior estadounidense hacia un marco de competencia geopolítica clásica, pero adaptada a las condiciones tecnológicas, económicas y diplomáticas del siglo XXI. Su influencia crece no solo por su claridad conceptual, sino porque ha sabido llenar el vacío doctrinario dejado tras el agotamiento del paradigma del intervencionismo liberal.
En un momento en que Estados Unidos debate cómo redefinir su rol en un mundo más multipolar y volátil, la visión de Colby ofrece un mapa, aunque no exento de riesgos: su énfasis en la competencia dura puede fortalecer la disuasión, pero también podría precipitar un conflicto que se pretende evitar. El verdadero desafío será encontrar el equilibrio entre firmeza estratégica y contención prudente.
Aunque Asia es su centro, Colby no ignora el resto del tablero. Sobre Europa, ha sostenido que esta debe asumir una mayor responsabilidad en su defensa frente a Rusia, criterio que ha dejado ver su influencia en las palabras del vicepresidente Vance cuando instó a la Unión Europea, durante la Conferencia de Seguridad de Munich en septiembre del año pasado, a aumentar sus gastos militares. Moscú, según Colby, representa una amenaza, sí, pero una amenaza “en declive”. La prioridad debe ser contener a China; todo lo demás es secundario. En esa línea, ha promovido que la OTAN reequilibre su carga estratégica y que EE.UU. pueda redirigir su poder hacia el Pacífico sin comprometer la estabilidad atlántica.
En cuanto a América Latina, su presencia discursiva ha sido menor, pero no inexistente. Desde su óptica, la preocupación pasa por la creciente penetración de China en sectores clave como puertos, telecomunicaciones e infraestructura crítica. Sin caer en los reflejos intervencionistas del siglo XX, Colby insiste en que la región no debe convertirse en una puerta trasera para la proyección global de Beijing.
Sin caer en los reflejos intervencionistas del siglo XX, Colby insiste en que la región [América Latina] no debe convertirse en una puerta trasera para la proyección global de Beijing.
EL CONFLICTO EN MEDIO ORIENTE: DEL 7 DE OCTUBRE (7O) AL BOMBARDEO DEL 21 DE JUINO (21J)
Colby ha cambiado de posiciones cuando se trata de Medio Oriente. En 2011 Colby sugirió que la disuasión y la contención proporcionaban un modelo alternativo para gestionar un Irán nuclear. Caracterizó a Irán como un actor peligroso pero racional, con objetivos políticos y estratégicos que sustentan sus actividades nucleares. “Irán no es suicida y sigue respondiendo a estímulos externos”, decía Colby. Mientras que Estados Unidos preferiría un régimen más amigable en Teherán, Colby enfatizó que no tenían interés en invadir Irán y forzar un cambio de régimen.
Así como relativizó en el pasado la amenaza que representaría un Irán armado nuclearmente, al momento de su audiencia en el parlamento señaló que esto representaría una amenaza “existencial” para Estados Unidos, y no descartó el uso de opciones militares si fuera necesario, declaraciones vertidas después de las presiones de varios dirigentes y organizaciones judías, así como del ala dura republicana liderada por Tom Cotton, que expresaron sus “preocupaciones” ante las posturas de Colby. Sin embargo, el subsecretario no es el único que ha relativizado, que se ha guardado o ha modificado su opinión sobre el tema. Nada menos que J.D. Vance, con una mirada incluso más “aislacionista” que Colby, ha dicho que “la gente tiene razón en preocuparse por la implicación extranjera tras los últimos 25 años de una política exterior absurda. Pero creo que el presidente se ha ganado cierta confianza en este asunto”.
En este sentido los últimos eventos en Medio Oriente son relevantes para repensar algunos de los planteos centrales de Colby en particular, como indicador de los cambios y vaivenes en las posiciones de la administración Trump.
…los últimos eventos en Medio Oriente son relevantes para repensar algunos de los planteos centrales de Colby en particular, como indicador de los cambios y vaivenes en las posiciones de la administración Trump.
Ya antes de los ataques del 21 de junio (21J), Medio Oriente venía acelerando su escalada de intensidad y conflicto desde el 7 de octubre de 2023 (7O), con el ataque sorpresa de Hamás desde la Franja de Gaza en el sur de Israel. Estos ataques sin precedentes a Israel, cuya mejor analogía no es tanto la Guerra de Yom Kippur como el 11 de septiembre de 2001 (11S), desataron toda una serie de acontecimientos que ponen en suspenso parte de los planteos de Colby y Vance relativos a “abandonar Medio Oriente”.
En ese sentido el 7O fue a los ojos de Colby un “horrible ataque de Hamás contra Israel que mató a más de mil 200 personas inocentes, incluidos 46 estadounidenses”. Trump en su momento dijo que “el ataque del 7 de octubre no hubiera sucedido si yo fuera presidente”. Este es el acontecimiento que en el mediano plazo habría provocado un cambio en la postura de muchos analistas y actores anti-intervencionistas, y habría empujado con el tiempo a una respuesta contundente de los Estados Unidos de Trump con un apoyo a Israel (dado que el país que lidera Benjamín Netanyahu carece del armamento necesario para destruir las instalaciones nucleares bajo tierra de Irán), concebido como respaldo a un aliado capaz de defenderse, pero sin derivar –hasta ahora– en enredos estratégicos innecesarios en la región.
De ahí los eventos del 21J, cuando Estados Unidos –por orden del presidente Trump– lanzó ataques directos sobre las tres instalaciones nucleares iraníes: Fordow, Natanz e Isfahán, usando bombarderos B2 con bombas “bunker busters” y misiles Tomahawk. Colby, fiel a su postura de evitar una implicación militar desmedida, había advertido contra el uso de activos estadounidenses en Medio Oriente en detrimento del Indo-Pacífico, argumentando que dichas acciones podían desviar capacidades cruciales frente a China.
Sin embargo, aquel enfoque estadounidense cauto y casi relativo compartido también por Steve Bannon, que buscaba contener el daño estratégico sin involucrarse directamente, se fue desvaneciendo en las últimas semanas, volviéndose real el escenario más intervencionista. Colby también advirtió en el pasado contra una implicación excesiva en Medio Oriente, argumentando, como dijimos antes, que la región es “relativamente poco importante” frente a desafíos como China, y subrayó que el reparto de recursos militares debería dirigirse principalmente al Indo-Pacífico. Empero, los acontecimientos tomaron un rumbo diferente cuando Israel amplió sus ofensivas, incluyendo ataques a instalaciones nucleares iraníes desde junio de 2025, lo cual tensó aún más la situación regional.
…aquel enfoque estadounidense cauto y casi relativo compartido también por Steve Bannon, que buscaba contener el daño estratégico sin involucrarse directamente, se fue desvaneciendo en las últimas semanas, volviéndose real el escenario más intervencionista.
Así, el ataque estadounidense del 21J metamorfoseó la estrategia de apoyo limitado a una intervención directa, confirmando las preocupaciones de Colby sobre cómo las dinámicas regionales pueden atraer a Estados Unidos hacia conflictos que distorsionan su enfoque estratégico global. Lo que comenzó como una contención respaldada, derivó en una acción militar decisiva, estableciendo un nuevo umbral de escalada cuyo final todavía es difícil vislumbrar.
Veremos si en esta nueva disputa por el rumbo de la política exterior de Estados Unidos los miembros más aislacionistas de MAGA logran retornar a la administración a sus ejes programáticos prioritarios o si, parafraseando a un viejo sabio, la realidad y la inercia imperial de las últimas décadas terminará superando al ideal de la estrategia.




