Desde que Estados Unidos e Israel lanzaron ataques contra Irán el 28 de febrero, el conflicto atravesó una guerra abierta de casi seis semanas, un alto el fuego mediado por Pakistán el 8 de abril y, desde entonces, un pulso permanente en torno al control del estrecho de Ormuz, por donde Teherán sigue restringiendo el paso de buques pese a la insistencia de Washington en que la vía está bajo control estadounidense. Esta semana el conflicto volvió a tensarse en el plano económico y militar, con nuevas declaraciones del secretario del Tesoro, Scott Bessent, y del secretario de Guerra, Pete Hegseth.
Bessent adelantó el jueves 13 de agosto, en una entrevista con el programa Rob Schmitt Tonight de Newsmax, que la Casa Blanca prepara una nueva ronda de sanciones. El funcionario dijo que Washington aplicará medidas de aislamiento económico como el mundo nunca ha visto, en referencia al bloqueo que Estados Unidos mantiene sobre los puertos iraníes. La declaración marca un giro respecto de comienzos de mes, cuando el propio Bessent había dicho que un acuerdo con Irán para reabrir el estrecho podía anunciarse “hoy o mañana”, dichos que llegaron a mover a la baja el precio del petróleo. Ese optimismo se diluyó en las últimas dos semanas, en momentos en que Teherán insiste en mantener capacidad de veto sobre el tránsito de buques por la vía.
En paralelo, Hegseth habló con periodistas el mismo jueves 13 de agosto en Panamá y defendió la sostenibilidad del bloqueo naval sobre Irán. El secretario de Guerra afirmó que la Armada puede mantener ese bloqueo de forma indefinida, al rotar buques dentro y fuera de la región. La declaración llega en un contexto de creciente preocupación dentro del propio Pentágono por el desgaste de las tropas desplegadas: el portaaviones USS Abraham Lincoln, con más de 250 días de despliegue y unos 200 sin hacer escala en puerto, será reemplazado por el USS George Washington, luego de que legisladores de ambos partidos y reportes de prensa especializada dieran cuenta de problemas de abastecimiento, fatiga y baja moral entre la tripulación, incluidos intentos de marineros de saltar por la borda. Funcionarios estadounidenses sostienen que el recambio estaba planificado de antemano, aunque coincide con las señales de agotamiento operativo tras casi seis meses de guerra.

