Viajes al fin del mundo
Peter Thiel, Sam Wolfe
Los últimos meses Peter Thiel ha incrementado sus apariciones públicas en las que reflexiona sobre la tecnología, el Anticristo y el fin de los tiempos. Lo mismo en conferencias por Estados Unidos y Europa, encuentros reservados en California, así como en entrevistas y podcast, Thiel ha venido expresando sus ideas surgidas de una interpretación poco ortodoxa de los textos bíblicos (Daniel, Apocalipsis y las cartas paulinas) y de la lectura de autores como Francis Bacon y Carl Schmitt. Consagrado como el empresario e intelectual más importante de Silicon Valley y como mentor –por no decir gurú– de varios funcionarios del actual gobierno estadounidense, en un reciente ensayo escrito con Sm Wolfe y publicado en First Things –la revista que dirige R.R. Reno–, Thiel suma a sus recursos argumentativos tres piezas de la cultura popular: la literatura de Jonathan Swift, la historieta Watchmen de Alan Moore y la serie de manga One Piece del japonés Eiichirō Oda. La tesis central del discípulo de René Girard es que, a pesar de que se ha perdido el optimismo en la tecnología debido a su capacidad de destrucción de la humanidad y que eso ha aumentado los temores de las sociedades modernas, también existe una posibilidad de que se abran nuevos caminos para el futuro, “nuevos milagros” y “nuevas posibilidades asombrosas”. Sin embargo, la aceleración del tiempo por la que aboga Thiel y la evolución tecnológica en la que sus empresas y aliados trabajan para abrir el horizonte humano –y recuperar la preeminencia de Estados Unidos en esta tarea– contienen un nudo gordiano teológico: el aumento de la ciencia y del conocimiento puede interpretarse como una avance del ser humano pero también como un síntoma del fin de los tiempos y la llegada del Anticristo, de acuerdo al libro de Daniel. La tecnología, en este sentido, es un arma de doble filo –o es liberadora o es un instrumento del Anticristo– sobre la que sólo la Providencia puede decidir. La tarea de Thiel y su entorno, mientras tanto, es seguir en su cruzada científica. En Traza Continental traducimos el extenso y críptico ensayo al castellano.
Francis Bacon soñaba con erradicar las enfermedades, los desastres naturales y hasta el mismo azar. También soñaba con erradicar a Dios. Bacon ocultó este último sueño en La Nueva Atlántida (1626), una novela póstuma que puede leerse como un mapa para la modernidad, un libro de profecías o un grimorio. La Nueva Atlántida dio comienzo a un debate literario secreto, que más tarde retomarían Jonathan Swift, Alan Moore y Eiichiro Oda. A lo largo de cuatro siglos, estos escritores se preguntaron: ¿La ciencia invocará o suprimirá al Anticristo?
A primera vista, Bacon presentaba la ciencia moderna como totalmente compatible con el cristianismo. En Novum Organum escribió que “la naturaleza solo revela sus secretos bajo la tortura de la experimentación”, una articulación ligeramente más violenta de la instrucción de Dios de “dominar sobre… todo ser viviente que se mueve sobre la tierra” (Génesis 1:28). Bacon citaba las Escrituras con tal fluidez y erudición que hoy en día pocos cuestionan su fe. Presentaba su plan para develar los secretos de la naturaleza mediante la experimentación empírica y el razonamiento inductivo como una continuación de la revelación de Dios, que nos dotaba de “nuevas dádivas” para aligerar nuestra condición humana.
Para los antiguos precristianos, el progreso avanzaba o retrocedía según el auge y caída de los imperios. Se puede perdonar a Tucídides por inventar los discursos de Pericles, porque las lecciones de la Guerra del Peloponeso eran atemporales y eternas. Un seguidor de Tucídides podría comparar el auge de Atenas, que amenazaba a la consolidada Esparta, con la Alemania de Guillermo II y la Gran Bretaña de principios del siglo XX, o con la China y los Estados Unidos actuales. Un cristiano, sin embargo, reconocería al profeta Daniel como el primer historiador verdadero. Daniel hablaba de acontecimientos únicos e históricos a escala mundial. Concebía la historia como una sucesión de cuatro reinos, que terminaba con el Imperio Romano. Un historiador danieliano observaría que ni Atenas ni Esparta poseían armas nucleares, y así evitaría equiparar sus conflictos con los de 2025. Y si Daniel fue el primer historiador, ¿no fue el Dios del Nuevo Testamento el primer progresista? Si el Nuevo Testamento sustituyó al Antiguo en virtud de su novedad, y la revelación no ha concluido, ¿no deberían los cristianos ser especialmente receptivos a la posibilidad de que “el conocimiento se incremente” (Daniel 12:4), incluso en la esfera profana de la ciencia baconiana?
Presentaba su plan para develar los secretos de la naturaleza mediante la experimentación empírica y el razonamiento inductivo como una continuación de la revelación de Dios.
Y sin embargo, para Bacon, esta alianza solo llegaba hasta cierto punto. En La Nueva Atlántida, Bacon predicó una doctrina totalmente nueva. Tal como ya lo había hecho Tomás Moro en Utopía un siglo antes, La Nueva Atlántida describe una isla misteriosa y desconocida donde poco es lo que parece. Bacon engaña a sus lectores con tramas ambiguas, referencias crípticas y un narrador poco fiable. Escribió La Nueva Atlántida con la delicadeza de un genio criminal, temeroso de ser descubierto pero decidido a documentar sus crímenes. Para descifrar la diabólica obra maestra de Bacon, debemos abordarla como detectives teológicos.
La Nueva Atlántida comienza a merced de la naturaleza. Una tripulación de cristianos europeos navega durante cinco meses hacia el oeste desde Perú antes de que el viento los arrastre hasta la isla de Bensalem. Bensalem, que en hebreo significa “hijo de la paz” o “hijo de la seguridad”, es la “nueva Atlántida”. Al igual que la antigua Atlántida de Platón, Bensalem es un rico estado insular. La riqueza había corrompido a la antigua Atlántida, que se volvió tan codiciosa que planeó “atacar toda Europa y Asia” (Timeo 24e). Zeus castigó la avaricia sus habitantes inundando y destruyendo su civilización. Por el contrario, Bensalem parece ser rica y virtuosa. Sus habitantes curan a los marineros enfermos de la tripulación con medicinas y los invitan a vivir en la isla. Esta medicina es la primera aparición de la tecnología de Bensalem. Tan milagrosos son los inventos que encontramos más adelante que llegamos a preguntarnos si incluso Zeus sería capaz de destruir la nueva Atlántida. Gracias a la tecnología, Bensalem supera los desastres naturales y escapa al clásico kyklos del auge y caída de los imperios. Esta Atlántida no solo es nueva, sino que es también una versión mejorada.
Un centro de investigación con tintes de deep State (Estado profundo) llamado “La Casa de Salomón” o “El Colegio de las Obras de los Seis Días” desarrolla la tecnología de Bensalem. Su primer nombre rinde homenaje al rey filósofo Salomón, autor de tres libros de la Biblia a pesar de haber infringido sus leyes contra las esposas extranjeras, cuya sabiduría es venerada tanto por cristianos como por hermetistas, y cuya salvación fue puesta en duda por Agustín. El segundo nombre hace referencia a los seis días de la creación de Dios en el Génesis, aunque hasta más adelante no queda claro si el Colegio honra las obras de Dios o persigue algo más ambicioso. Los científicos de Bensalem estudian todo lo que existe bajo el sol y descubren muchas cosas nuevas. Envían espías en misiones de doce años para robar los descubrimientos científicos de Europa, lo cual sorprende a los marineros, que “nunca han oído hablar” de Bensalem. Más adelante en la historia, un padre del Colegio menciona “consultas” internas que determinan “cuáles de los inventos y experiencias que hemos descubierto se publicarán y cuáles no”.
Gracias a la tecnología, Bensalem supera los desastres naturales y escapa al clásico kyklos del auge y caída de los imperios. Esta Atlántida no solo es nueva, sino que es también una versión mejorada.
Bensalem se muestra amigable. También está envuelta en misterio. Un sacerdote cristiano que responde a las preguntas de los marineros sobre la isla “debe reservarse algunos detalles, que no le es lícito revelar”. El sacerdote asegura a los nerviosos marineros que Bensalem es cristiana. Pero su fe se basa en un milagro verificado por la Casa de Salomón. Además, está arraigada en una cultura diversa. Los bensalemitas llevan turbantes de colores y bastones turcos. Las etimologías de los lugares emblemáticos de la isla van desde el griego hasta el latín y el hebreo. Bensalem es un mundo en sí mismo.
Bensalem encandila a los marineros. Haciéndose eco del Salmo 137:6, le dicen al sacerdote que “nuestras lenguas se peguen a nuestros paladares antes de que olvidemos a su venerable persona o a toda esta nación en nuestras oraciones”. Los israelitas de la cita recordaban la ciudad santa de Jerusalén, de la que habían sido exiliados. Geográficamente, los marineros también están lejos de Jerusalén: su viaje de cinco meses hacia el oeste desde Perú los situaría cerca de la Polinesia Francesa, la antípoda de Jerusalén. Quizás los marineros no saben que, desde la perspectiva de Jerusalén, Bensalem se encuentra en el fin del mundo. En cualquier caso, Bensalem se convierte en su tierra santa. Finalmente, la “humanidad” de los bensalemitas “hace [a los marineros] olvidar todo lo que era querido para [ellos] en [sus] propios países”.
Bacon no identifica al narrador de la historia, pero un discurso con tono a sermón al comienzo de la narración sugiere que se trata del capellán del barco. La conversión cuasi religiosa de su tripulación debería inquietarlo. Sin embargo, él es negligente en sus obligaciones. Observa que pasan “seis o siete días” en la isla. Deducimos que, al viajar hacia el oeste, los marineros han perdido un día y el capellán ya no sabe qué día es domingo. En este punto, el capellán conoce a un hombre cautivador llamado Joabín. Joabín, cuyo nombre es plural, es “judío y circuncidado”, descendiente de Nachoran, un hijo olvidado de Abraham. Joabín ve en Cristo “muchos atributos elevados”. El narrador califica a Joabín de “sabio”, un epíteto que no se le atribuye a ningún otro bensalemita vivo, y de “erudito, de gran sagacidad y excelente conocedor de las leyes y costumbres” de Bensalem. Joabín describe las costumbres sexuales de Bensalem y, aunque la isla celebra la fecundidad, la denomina crípticamente “la virgen del mundo”.
La isla virgen seduce al capellán. Le dice a Joabín que “la rectitud de Bensalem [es] mayor que la rectitud de Europa”. Aparece un mensajero que se lleva rápidamente a Joabín. Regresa a la mañana siguiente para anunciar la llegada de un reclusivo padre del Colegio, al que no se ha visto “en doce años”. Bensalem envía a sus espías en misiones de reconocimiento de doce años: ¿ha regresado el padre de Europa? Entra con una procesión triunfal, adornado con joyas y con una expresión “como si tuviera piedad de los hombres”. Tres días después, Joabín comparte buenas noticias: al enterarse de la presencia de la tripulación en Bensalem, el padre tiene la intención de hablar con uno de los marineros. En “el día y la hora” señalados (véase Mateo 24:36), los marineros eligen a su capellán para que los represente. El inquietante drama de Bensalem culminará con la iniciación del narrador, y del lector, en los misterios del Colegio.
“El propósito de nuestra fundación ―revela el padre― es el conocimiento de las causas y los movimientos secretos de las cosas; y la ampliación de los límites del imperio humano, para lograr todo lo que sea posible”.
“El propósito de nuestra fundación ―revela el padre― es el conocimiento de las causas y los movimientos secretos de las cosas; y la ampliación de los límites del imperio humano, para lograr todo lo que sea posible”. Esto suena grandilocuente para un ateo, pero al capellán le debería haber parecido un sacrilegio, ya que la Biblia enseña que “con Dios” —y solo con Dios— “todo es posible” (Mateo 19:26). El padre continúa revelando las instalaciones, las herramientas y los métodos con los que el Colegio persigue sus ambiciones y los asombrosos frutos de su labor. El Colegio posee reproducciones de todos los ecosistemas; torres de tres millas de altura (más altas, según Estrabón, que la Torre de Babel); cocinas, panaderías y destilerías; observatorios y laboratorios; “casas de perspectiva”, “casas de sonido” y “casas de perfume” para deleitar y engañar los sentidos; y “casas de maquinarias” donde se construyen aviones y submarinos. El Colegio ejerce un poder casi omnipotente sobre el mundo natural. Podríamos incluso preguntarnos si es posible que alguien desembarque en Bensalem sin la benevolencia de la Casa de Salomón y llegar a la conclusión de que los vientos que pusieron en marcha la historia no fueron tan azarosos como parecían.
A continuación, el padre describe cómo está organizado el Colegio. Su trabajo se divide entre “varios empleos y cargos”, incluyendo espías, innovadores y filósofos naturales. De pronto, el padre anuncia que el narrador puede publicar sus palabras “por el bien de otras naciones”. La historia termina cuando el padre le paga al capellán dos mil ducados, que el último acepta, renunciando a cualquier vestigio de su fe cristiana.
Muchos de los misterios de Bensalem han sido resueltos. Pero queda una pregunta por responder: ¿quién gobierna realmente Bensalem? Al principio de la historia, se menciona brevemente a un “rey”, pero no se revela nada más sobre él. Podríamos suponer que el rey es una figura decorativa controlada por la Casa de Salomón. Sin embargo, la división del trabajo dentro del Colegio impide que ningún miembro lo dirija por sí solo. Su compleja burocracia requiere la gestión de un secretario general. Solo el sabio Joabín, que conoce íntimamente el gobierno de Bensalem, podría desempeñar este papel. Y al reconsiderar las pistas que Bacon nos ha dejado sobre Joabín, descubrimos el secreto más oscuro de Bensalem: Joabín es el Anticristo bíblico.
El capellán nos ha dicho que Joabín es judío y está circuncidado. Como buen baconiano, descubrió este último dato de forma empírica en circunstancias demasiado escandalosas como para publicarlas. El hecho de que Joabín sea judío y gay cumple dos de las profecías de Daniel sobre el Anticristo: “No tendrá en cuenta al Dios de sus padres, ni el deseo de las mujeres” (Daniel 11:37). También sabemos que Joabín desciende de una tribu perdida de Israel, lo cual remite a la figura del Anticristo en Apocalipsis 7:4-8. Y según Pablo, las palabras que anuncian la aparición del Anticristo son “¡Paz y seguridad!” (1 Tesalonisences 5:3). Como recordamos, Bensalem se traduce como “hijo de la paz” o “hijo de la seguridad”. También debemos considerar el extraño alarde de Joabín sobre la virginidad de Bensalem a la luz de la especulación de San Jerónimo de que el Anticristo nacería de una virgen. En el apócrifo “Testamento de Salomón”, Salomón ordenó a los demonios que construyeran su templo. La Casa de Salomón, el templo reconstruido, emplea la misma mano de obra.
En el apócrifo “Testamento de Salomón”, Salomón ordenó a los demonios que construyeran su templo. La Casa de Salomón, el templo reconstruido, emplea la misma mano de obra.
Reflexionamos de nuevo sobre la decisión del padre de permitir la publicación de su discurso y revelar la existencia de Bensalem al mundo. En parte, se trata de un recurso metaficcional que explica cómo llega a nosotros el libro de Bacon. Pero su significado va más allá. Volvemos a las descripciones del padre sobre el armamento de Bensalem, “más fuerte y violento” que cualquier otro en Europa. Este arsenal podría disuadir a posibles invasores. Pero ¿por qué advertir a invasores que ni siquiera saben que Bensalem existe? Sugerimos una explicación más siniestra. El padre está, en efecto, advirtiendo de una invasión: una que proviene de Bensalem, en lugar de dirigirse a ella.
La Nueva Atlántida concluye con la afirmación de que “lo que resta no se perfeccionó” —el libro está formalmente inconcluso. Lo mismo ocurrió con Critias, de Platón, la historia de la antigua Atlántida. Lo que habría seguido en la historia de Platón era un discurso de Zeus explicando por qué destruyó a los atlantes. La historia de Bacon no omite el discurso, sino la acción: el establecimiento de un imperio tecnocrático global gobernado por el Anticristo.
II.
En 1953, Josef Pieper escribió que “el nombre del Anticristo suena extraño al oído moderno”. En 2025, suena antediluviano. Por la época de la juventud de Bacon, el obispo de Salisbury, John Jewel, declaró que “no hay nadie, ni viejo ni joven, ni culto ni inculto, que no haya oído hablar del Anticristo”. Nuestra amnesia actual no solo habría sorprendido a los cristianos de siglos pasados, sino que habría sido interpretada como una señal de la inminente llegada del Anticristo.
Nuestra amnesia actual no solo habría sorprendido a los cristianos de siglos pasados, sino que habría sido interpretada como una señal de la inminente llegada del Anticristo.
Bacon entronizó al Anticristo en su utopía. ¿Qué se esconde bajo la superficie cristiana de las enseñanzas de Bacon? ¿Son las coloridas vestimentas y rituales de Bensalem la pompa hierática de una misa satánica? ¿La invocación de una prisca theologia? ¿O un mero decorado que encubre el materialismo ateo? Sospechamos que Bacon era un ateo encubierto que invocaba al Anticristo de forma lúdica, al igual que su secretario, Thomas Hobbes, bautizó a su Leviatán con el nombre de un demonio. Pero un lector cristiano debería preocuparse por el hecho de que ese juego no carece por completo de consecuencias y que, al igual que Bacon incursionó en lo demoníaco, lo demoníaco incursionó en él.
En cualquier caso, ni siquiera Bacon podría haber imaginado un mundo tan ignorante en materia bíblica como para interpretar a Bensalem como cristiana. Para comprender a Bensalem, recurrimos a los orígenes bíblicos del Anticristo. Un rey malvado o antimesías aparece en los libros del Antiguo Testamento de Isaías, Ezequiel y Daniel. Daniel imaginó los cuatro grandes imperios de la historia humana como bestias, la última de las cuales tiene “diez cuernos” y representa al Imperio Romano (Daniel 7:7). Estos diez cuernos, explica un ángel, simbolizan “diez reyes que se levantarán” cuando caiga Roma (Daniel 7:24). Daniel profetizó que estos diez serían subyugados por un undécimo: “Consideré los cuernos, y he aquí que entre ellos salió otro cuerno pequeño… y en este cuerno había ojos como ojos de hombre, y una boca que hablaba grandes cosas” (Daniel 7:8). Este “cuerno pequeño” gobernará los poderes y principados del mundo durante tres años y medio antes del apocalipsis.
Hipólito, Orígenes y otros Padres de la Iglesia entendieron que el último tirano global de Daniel era el Anticristo del Nuevo Testamento. En el discurso del Monte de los Olivos de los Evangelios sinópticos, Cristo advierte sobre los “falsos Cristos” que surgirán en nuestros últimos días. Las cartas de Juan anuncian que “y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos” (1 Juan 2:18). Pablo llama al Anticristo el “hombre de pecado” e “hijo de perdición” (2 Tesalonicenses 2:3). En su forma más colorida y grotesca, el Anticristo aparece en el Apocalipsis como un monstruo marino proto-lovecraftiano: “Y me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos” (Apocalipsis 13:1).
En su forma más colorida y grotesca, el Anticristo aparece en el Apocalipsis como un monstruo marino proto-lovecraftiano.
Los cristianos han debatido estas profecías durante milenios. ¿Quién era el Anticristo? ¿Cuándo llegaría? ¿Qué predicaría? Panfletistas y polemistas lo han sacado de la oscuridad de la teología para atacar a sus enemigos. Los emperadores romanos Nerón y Domiciano, el profeta Mahoma, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II, varios papas, el zar Pedro el Grande, Napoleón Bonaparte, Adolf Hitler y Franklin D. Roosevelt fueron todos populares objetos de sospecha de haber encargado al Anticristo. Algunos autores llenaron los vacíos de la leyenda del Anticristo con literatura, entre ellos, Francis Bacon.
Una cuestión que se presta al tratamiento literario es la forma en que el Anticristo se apoderará del mundo. Joabín imaginó un camino desde el empirismo hasta el imperio a través de la tecnología, especialmente los submarinos y aviones de las casas de maquinarias de Bensalem. Sin esa tecnología, es difícil concebir que alguna nación pueda conquistar un planeta en el que el 71 % de la superficie está cubierta por agua, un planeta en el que el control de los océanos es el control del mundo. Desde los primeros capítulos de la historia bíblica, el agua ha sido inhóspita para la vida humana, y solo gracias a la intervención divina pudimos sobrevivir a su caos (Génesis 1:9). La enciclopedia medieval Liber Floridus muestra al Anticristo surfeando las olas sobre el demonio marino Leviatán. En el penúltimo capítulo del Apocalipsis, tras la derrota del Anticristo y el regreso de Cristo, Juan contempla un universo renovado: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva… y el mar ya no existía más” (Apocalipsis 21:1).
Para Bacon, el control de los océanos era demasiado importante como para dejarlo en manos de Dios. Escribió La Nueva Atlántida al final de la Era de los Descubrimientos, después de que hombres como Cristóbal Colón, Vasco da Gama y Sir Francis Drake hubieran extendido el imperio humano a los cuatro rincones de la Tierra. Bacon defendió en el Parlamento la conquista de los territorios españoles, incluido Perú, el puerto de partida de los marineros de La Nueva Atlántida. Pasarían dos siglos antes de que el duque de Wellington triunfara en Waterloo y Gran Bretaña superara a Francia como el mayor imperio del mundo. Para ese entonces, entre la Royal Society de Londres (que había ungido a Bacon como su “Moisés”), la Revolución Industrial, la supremacía naval británica y la Pax Britannica (“¡Paz y seguridad!”), no es exagerado afirmar que el imperio planetario de Bensalem se había hecho realidad.
El frontispicio de La Gran Restauración de Bacon muestra un barco atravesando las columnas de Hércules sobre una cita de la profecía apocalíptica de Daniel: Multi pertransibunt & augebitur scientia (“Muchos correrán de un lado a otro, y el conocimiento aumentará”). Pero si Bacon creía que la modernidad era el fin del mundo, se trataba simplemente del fin del mundo antiguo, el mundo atormentado por los caprichos del azar y la naturaleza. Para Bacon, los ríos de sangre del Apocalipsis no fluyen a través del futuro de la humanidad, sino a través de su pasado, por los milenios de ignorancia y escasez que habían sido el destino del hombre desde que este pisó la Tierra por primera vez. Superando esta miserable historia, Bensalem es casi indistinguible del cielo.
Si Bensalem está incómodamente cerca del cielo, ¿qué tan cerca están el Anticristo y Cristo? La “biografía” del Anticristo escrita por el monje Adso en el siglo X destaca las diferencias con Cristo: “Cristo vino como un hombre humilde; [el Anticristo] vendrá como un hombre orgulloso… Siempre exaltará a los impíos y siempre enseñará vicios que son opuestos a las virtudes”. Adso llama a Antíoco, Nerón y Domiciano precursores del Anticristo, o lo que Tomás de Aquino llamó quasi figurae Antichristi. Pero según Mateo 24:24, el Anticristo puede “engañar incluso a los elegidos”. Recordemos que Joabín reconoció en Cristo “muchos atributos elevados”. Hipólito advirtió que “el Salvador se manifestó como un cordero, por lo que [el Anticristo] también aparecerá como un cordero por fuera, pero será un lobo por dentro”. En el fresco renacentista de Luca Signorelli El sermón y las obras del Anticristo, el Anticristo aparece físicamente idéntico a Cristo.
Hipólito advirtió que “el Salvador se manifestó como un cordero, por lo que [el Anticristo] también aparecerá como un cordero por fuera, pero será un lobo por dentro”.
III.
Jonathan Swift intentó exorcizar de Inglaterra el culto baconiano al Anticristo. Los viajes de Gulliver coincidía con La Nueva Atlántida en un punto: el antiguo afán por conocer a Dios encontraba competencia en la sed moderna por conocer la ciencia. En esta disputa entre antiguos y modernos, Swift se puso del lado de los primeros.
Los viajes de Gulliver nos lleva en cuatro viajes a países ficticios que guardan escandalosas similitudes con la Inglaterra del siglo XVIII. En sus descripciones de los liliputienses, los brobdingnagianos, los laputianos y los houyhnhnms, Swift satiriza al partido Whig, al partido Tory, la legislación inglesa, la ciudad de Londres, el dualismo cartesiano, los médicos, los bailarines y a muchas otras personas, movimientos e instituciones. La misantropía de Swift roza el nihilismo. Pero, como ocurre con todos los autores satíricos, aprendemos tanto de aquellos a quienes Swift perdona como de aquellos a quienes desprecia, y Los viajes de Gulliver nunca critica el cristianismo. Aunque en 2025 leamos Los viajes de Gulliver como una comedia, para Alexander Pope, amigo de Swift, era la obra de un “ángel vengador de la cólera divina”. El clérigo anglicano Swift era un comediante en un momento y un predicador apocalíptico al siguiente.
Gulliver afirma ser un buen cristiano. Desconfiamos de él, al igual que desconfiamos del capellán de Bacon. El nombre de pila de Gulliver, Lemuel, se traduce del hebreo como “devoto de Dios”. Pero “Gulliver” suena en inglés como “gullible” (crédulo). Swift cita a Lucrecio en la portada de la edición de 1735: “vulgus abhorret ab his”. En su contexto original, la cita de Lucrecio describe los horrores de un cosmos sin Dios, horrores a los que Swift nos expondrá. En el frontispicio, debajo del retrato de Gulliver, aparecen las palabras “splendide mendax”: “noblemente falso”. En el último capítulo de la novela, Gulliver reflexiona sobre una promesa anterior de “adherirse estrictamente a la verdad” y cita a Sinón, de la Eneida de Virgilio. Sinón fue el griego que convenció a los troyanos de abrir las puertas al caballo de Troya: uno de los grandes mentirosos de la literatura.
Aunque en 2025 leamos Los viajes de Gulliver como una comedia, para Alexander Pope, amigo de Swift, era la obra de un “ángel vengador de la cólera divina”. El clérigo anglicano Swift era un comediante en un momento y un predicador apocalíptico al siguiente.
El tercer y cuarto viaje de Gulliver atacan dos tipos de ateísmo: el científico y el filosófico. Al comienzo del tercer viaje, Gulliver es capturado por piratas japoneses. Él afirma valientemente su fe, a pesar de saber que el shogunato Tokugawa de Japón ejecuta a los cristianos. Los piratas perdonan a Gulliver y lo ponen en el camino hacia Laputa, una isla voladora diseñada por la ciencia moderna. Gulliver, un lingüista talentoso, observa similitudes entre el idioma laputiano y el italiano. En italiano, la puttana se traduce como “la puta”.
Gulliver no se da cuenta de esto. Está distraído por los grotescos laputianos, con sus cabezas y ojos torcidos, caricaturas de matemáticos y astrónomos ensimismados. Los laputianos están “tan absortos en sus intensas especulaciones” que se golpean entre sí con flappers (mosqueadores) cuando conversan. Cuando Gulliver se niega a ser golpeado, los laputianos concluyen que debe ser estúpido. Pero la iluminación de los laputianos no les trae felicidad. Jamás disfrutan “ni un minuto de paz mental”, temiendo que el sol queme la Tierra, o se consuma, o que un cometa choque contra la Tierra y “nos destruya”. La fascinación de los laputianos por los acontecimientos celestes que escapan a su control contradice la visión de Bensalem, cuya supervivencia no está garantizada ni siquiera con el dominio absoluto sobre la Tierra.
Mientras los laputianos contemplan el cosmos, su rey supervisa el asunto más mundano de los impuestos. Impone castigos divinos a los contribuyentes morosos de la isla de Balnibarbi, situada debajo, tapando el sol y “afligiendo a los habitantes con escasez y enfermedades”. Cuando el pueblo se resiste, el rey amenaza con dejar que la isla “caiga directamente sobre sus cabezas”. Pero el rey duda en cumplir su amenaza, por el miedo de que las ciudades con “altas agujas o pilares de piedra” pudieran destruir Laputa. En el mapa ilustrado de Balnibarbi que incluye Swift, vemos que estas “altas agujas” son iglesias.
El rey totalitario que impartía justicia desde los cielos le recordó a la académica Anne Barbeau Gardiner la figura del Anticristo. Su posición “por encima de la Región de Nubes y Vapores” cumple una profecía sobre la falsa ascensión del Anticristo al cielo (véase Isaías 14:14 y 2 Tesalonicenses 2:4) y coincide con la descripción de Satanás como “el príncipe de la potestad del aire” (Efesios 2:2). Isaías 47:13 habla de los “astrólogos [y] observadores de estrellas” de Babilonia, que serán incinerados en los últimos tiempos, tal y como los astrólogos de Laputa predicen la llegada del próximo cometa. Apocalipsis 18:8 profetiza de manera similar que la puttana de Babilonia “será enteramente consumida por el fuego”.
La ciencia altiva de Laputa es malvada, pero la ciencia de Balnibarbi simplemente no funciona. En la Academia de Lagado de Balnibarbi, una institución similar al Colegio Bensalem, “los profesores inventan nuevas reglas y métodos… Todos los frutos de la tierra madurarán en la estación que consideremos oportuna… junto con otras innumerables propuestas felices”. Los frutos de la investigación de Bensalem son abundantes; los de Lagado se marchitan en la vid. “El único inconveniente —señala Gulliver— es que ninguno de estos proyectos ha alcanzado aún la perfección; y mientras tanto, todo el país yace miserablemente desperdiciado, las casas en ruinas y la gente sin comida ni ropa” (véase Mateo 26:11). Un científico intenta sin éxito “extraer rayos de sol de los pepinos”. Un matemático enseña a sus alumnos a digerir sus lecciones, literalmente, escribiéndolas “en una fina oblea”. Esto parodia la Eucaristía y Apocalipsis 10:10, donde Juan aprende la profecía de un ángel comiendo un rollo.
Un matemático enseña a sus alumnos a digerir sus lecciones, literalmente, escribiéndolas “en una fina oblea”. Esto parodia la Eucaristía y Apocalipsis 10:10, donde Juan aprende la profecía de un ángel comiendo un rollo.
En ninguna parte de la Biblia se prometen pepinos luminosos ni lecciones de matemáticas comestibles. En la medida en que Lagado no puede proporcionarlos, solo nos divierte. Pero, ¿qué hay de la vida eterna? Aunque no alcanzó la inmortalidad, la Casa de Salomón logró la “prolongación de la vida en algunos ermitaños”. Cuando Gulliver visita Luggnagg, una ciudad balnibarba, le invitan a conocer a los Struldbrugs, una raza inmortal nacida “con una Mancha circular roja en la frente” como la marca del Anticristo (Apocalipsis 13:16-17). Emocionado, Gulliver imagina que si fuera un Struldbrug haría descubrimientos científicos incalculables. Gulliver es reprendido por un “caballero… con una especie de sonrisa, que suele surgir de la lástima hacia los ignorantes”, lo que recuerda el “aspecto como si sintiera lástima por los hombres” del padre de Bensalem. El caballero le informa a Gulliver que los Struldbrugs tienen una vida eterna, pero una salud humana normal. Envejecen hasta llegar a la impotencia y la senilidad. En los funerales, los Struldbrugs “se lamentan y se quejan de que otros se hayan ido al Puerto del Descanso, al que ellos mismos nunca podrán llegar”. Son los miserables súbditos del Anticristo descritos en Apocalipsis 9:6: “En aquellos días, los hombres buscarán la muerte y no la encontrarán; desearán morir, y la muerte les huirá”.
Gulliver se encuentra con otras dos cuasi figurae Antichristi: un hechicero en Glubbdubdrib que resucita a los muertos (Daniel. 12:2) y el rey de Luggnagg, quien exige que Gulliver lama “el polvo delante de su taburete” (Isaías 49:23). Gulliver escapa de estos pecadores con el cuerpo intacto. Su alma es otra cuestión. Al comienzo del viaje a Japón, Gulliver declara su cristianismo ante los piratas japoneses. Al final, se hace pasar por un holandés ateo y finge haber realizado el Fumi-e, el pisoteo de un crucifijo. El apóstata Gulliver está listo para su cuarto viaje, a una tierra gobernada por caballos.
La ciencia no logró aliviar la condición del hombre en Balnibarbi, por lo que es un alivio llegar al país de los Houyhnhnms, que no conocen la ciencia en absoluto. El Salmo 32:9 advierte: “No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento”. Pero esta parece una descripción inexacta de los Houyhnhnms, que le recuerdan a Gulliver a los filósofos. Eso es exactamente lo que son: tanto San Agustín como John Donne interpretaron el Salmo 32:9 como una referencia a los filósofos que razonan sin fe.
Los Houyhnhnms se horrorizan al descubrir que la ropa de Gulliver no forma parte de su cuerpo. Su confusión le ahorra algunos problemas a Gulliver, ya que, de no ser por su ropa, los Houyhnhnms lo habrían tomado por un Yahoo, una especie bípeda esclavizada por los Houyhnhnms. Los Yahoos repugnan a Gulliver, quien “nunca había visto a ningún ser sensible tan detestable en todos los aspectos”. No le perturba saber que los Houyhnhnms mataron a gran parte de los primeros Yahoos en una “cacería general”. Cuando se da cuenta de que los Yahoos descienden de los europeos y que él mismo es uno de ellos, “aparta la cara con horror y repugnancia” al ver su reflejo. Yahoo proviene de “Yahweh”: los Yahoos son cristianos que soportan la gran tribulación.
Tanto el tecnorracionalismo laputiano como la razón filosófica houyhnhnm son caballos de Troya que ocultan el Apocalipsis, introducidos en la cristiandad por mentirosos como Francis Bacon y necios como Lemuel Gulliver.
Los cristianos resistieron la tiranía en Balnibarbi; en la tierra de los Houyhnhnms, en cambio, corren peligro de ser exterminados. El parlamento de los Houyhnhnms solo debate una cuestión: “Si los Yahoos deben ser exterminados de la faz de la Tierra”. Finalmente, los Houyhnhnms descubren que Gulliver es un Yahoo y exigen que permanezca en su tierra como esclavo o se marche. Gulliver, con pesar, decide irse. Construye una canoa “con pieles de Yahoos”, recurriendo a “las más jóvenes que pudo obtener, pues las mayores eran demasiado duras y gruesas”. Para Swift, el ateísmo no culmina en la prosperidad jerárquica de Bensalem, sino en la carnicería totalitaria del país de los Houyhnhnm. Tanto el tecnorracionalismo laputiano como la razón filosófica houyhnhnm son caballos de Troya que ocultan el Apocalipsis, introducidos en la cristiandad por mentirosos como Francis Bacon y necios como Lemuel Gulliver.
Gulliver termina sus viajes convertido en un misántropo solitario. Como los marineros de Bacon, ha olvidado “todo lo que le era querido” en Europa. Pero, a diferencia de aquellos marineros iluminados, Gulliver vuelve amargado y confundido. Regresa a Inglaterra y no puede soportar mirar a su esposa Yahoo (un “animal odioso”). Solo anhela contemplar a los Houyhnhnms. Con orgullo, cierra su relato prohibiendo a cualquier Yahoo soberbio que “ose presentarse ante [su] vista”, una perversión de la Plegaria Anglicana de Humilde Acceso (“No presumimos de acercarnos a esta tu mesa, oh, Señor misericordioso”).
IV.
Si hemos de juzgar por la popularidad de sus libros, Swift ganó su debate con Bacon. Millones de lectores todavía hoy se ríen con Los viajes de Gulliver. Pero si hemos de juzgar por la influencia de sus ideas, fue Bacon quien tuvo la última palabra. Las preocupaciones de Swift sobre el fraude científico siguen siendo tristemente válidas hoy en día. Sin embargo, si se evalúa de forma global, la ciencia baconiana cumplió casi todas las profecías de Bacon. Swift se burló de los científicos que intentaban iluminar el mundo con pepinos, pero en 1879 Edison lo consiguió con la bombilla incandescente. Si los nietos de Gulliver hubieran querido repetir sus viajes, habrían podido hacerlo rápida y seguramente, gracias a los cascos de cobre y las uniones de hierro que aceleraron los barcos ingleses en las décadas de 1780 y 1790, sin mencionar los buques de vapor de hierro que llegaron unas décadas después. Las vacunas, automóviles, teléfonos y locomotoras a vapor del siglo XIX reivindican a Bensalem, no a Lagado.
Sin embargo, la isla voladora de Swift sí anticipó el problema del “doble uso” de la ciencia. Samuel Colt diseñó el primer revólver en 1830, apenas tres décadas antes de que Richard Gatling construyera una ametralladora, seguida seis años más tarde por la dinamita de Alfred Nobel. Nobel, cuyos Premios Nobel aliviaron su atormentada conciencia, comprendió mejor que la mayoría hacia dónde conducía todo esto. La terrible carnicería de la Primera Guerra Mundial no impidió que le sucediera otro conflicto aún más mortífero. Para 1943, muchos anhelaban la paz. El excandidato presidencial republicano Wendell Willkie publicó One World (Un solo mundo), un libro de viajes que “blanqueaba” las purgas de Stalin (Stalin, se nos dice, “viste en tonos pastel claros”) y defendía tanto la conveniencia como la inevitabilidad de un gobierno mundial. One World se convirtió en la obra de no ficción más vendida en la historia de Estados Unidos.
Si el fuego de ametralladora en el Somme hirió nuestro optimismo baconiano, las armas nucleares lo destruyeron por completo. En el doble sentido de final y de culminación, Los Álamos fue el fin de la ciencia baconiana. La ciencia había creado los medios para acabar con el mundo, y ahora el mundo buscaba los medios para acabar con la ciencia. One World se transformó en “One World or None?” (“¿Un solo mundo o ninguno?”), una película propagandística de 1946 que presentaba el gobierno mundial no como una esperanza lejana, sino como una necesidad inmediata. “Las Naciones Unidas deben establecer un control mundial de la energía atómica”, retumba la voz del narrador. “La elección es clara: vida o muerte”. J. Robert Oppenheimer coincidía: “Muchos han dicho que sin un gobierno mundial no puede haber paz permanente, y sin paz habrá guerra atómica. Creo que uno debe estar de acuerdo con eso”.
En el doble sentido de final y de culminación, Los Álamos fue el fin de la ciencia baconiana. La ciencia había creado los medios para acabar con el mundo, y ahora el mundo buscaba los medios para acabar con la ciencia.
La Guerra Fría echó un telón sobre el proyecto del “mundo único”. Pero en 1963, menos de un año después de la Crisis de los Misiles en Cuba, el cold warrior John F. Kennedy se acobardó y revivió la idea. En un discurso de graduación ante la American University, Kennedy soñó con “no solo la paz en nuestro tiempo, sino la paz para todos los tiempos”. Esa paz sería mantenida por un “sistema internacional capaz de resolver disputas… y de crear condiciones bajo las cuales las armas puedan finalmente ser abolidas”. Algunos que sospechan de la participación del gobierno estadounidense en el asesinato de Kennedy creen que este discurso selló su destino.
Dos décadas más tarde, para despertar a un mundo que caminaba dormido hacia el Armagedón, Alan Moore escribió el cómic de superhéroes Watchmen (1986–87), una ilustración tardo-moderna del Anticristo. Watchmen se desarrolla en una línea temporal paralela. La Guerra Fría continúa, el internacionalismo liberal parece políticamente muerto, y en 1985, el año en que comienza la serie, Richard Nixon cumple su quinto mandato como presidente.
Los superhéroes de Moore son “guardianes” en dos sentidos: vigilan el mundo, y son también hombres de nuestra hora final. Una “visión dolorosa” en el libro de Isaías, de donde Moore tomó su título, combina estos dos significados: “Porque así me dijo el Señor: Ve, pon un centinela que anuncie lo que vea” (Isaías 21:2, 6). El centinela de Isaías contempla la caída apocalíptica de Babilonia, y desde los primeros y sangrientos paneles de Watchmen, parece que el mundo de Moore corre la misma suerte. Cada número de Watchmen termina con un reloj del juicio final avanzando inexorablemente hacia la medianoche. En una era nuclear, los superhéroes de Moore resultan ligeramente ridículos. Salvo uno, ninguno posee superpoderes. Pero estos individuos de gran agencia también son peligrosos. “¿Quién vigila a los vigilantes?”, corean los manifestantes citando a Juvenal. En respuesta, la Ley Keene de 1977 prohíbe a los superhéroes. Cuando comienza la historia, alguien está asesinando a los vigilantes, uno por uno.
Dos décadas más tarde, para despertar a un mundo que caminaba dormido hacia el Armagedón, Alan Moore escribió el cómic de superhéroes Watchmen.
El único héroe con superpoderes en Watchmen es Jonathan Osterman, un físico nuclear. Un accidente de laboratorio lo transforma en el Doctor Manhattan, un ser capaz de manipular la materia subatómica y ver a través del tiempo: una síntesis entre la inteligencia artificial general y un arma termonuclear. La mera existencia de Manhattan intensifica la lógica apocalíptica de la modernidad tardía. Si la amenaza que representa Manhattan no puede desescalar la Guerra Fría, se pregunta Moore, ¿qué podría hacerlo?
El narrador de Watchmen es Rorschach, un superhéroe de estilo hardboiled, a medio camino entre Bruce Wayne y Ayn Rand. De día, Rorschach es un predicador callejero apocalíptico, medio convencido de que el mundo merece su destino. Pero cree en el bien y en el mal. Las muertes de sus compañeros superhéroes lo perturban, y decide investigar. Para frustración de Moore, el maniqueo Rorschach resulta ser su personaje más popular.
Watchmen se desliza entre líneas temporales, escenarios y géneros literarios. Los símbolos recurrentes otorgan a la historia su tenue sentido de continuidad. Percibimos que la investigación de Rorschach está ligada al destino del mundo. Finalmente, tenemos razón: Rorschach descubre que Adrian Veidt, un industrial multimillonario, está detrás de los asesinatos y ha organizado un intento fallido de asesinato contra sí mismo como una operación de falsa bandera.
Veidt es una figura del Anticristo. Su nombre de superhéroe es Ozymandias, la versión griega del faraón egipcio Ramsés II y una alusión al poema “Ozymandias” de Percy Shelley. De joven, Ozymandias fumaba hachís tibetano y soñaba con superar a Alejandro Magno unificando el mundo. Es un pacifista y vegetariano autoproclamado, en algunos aspectos más cristiano que Cristo, y del tipo de figura que podría “engañar incluso a los elegidos”.
Para conquistar el mundo, Veidt escenifica una falsa invasión alienígena. En una isla paradisíaca semejante a Bensalem, construye un gigantesco “extraterrestre” telequinético y lo deja caer sobre un concierto de una banda llamada Pale Horse (Apocalipsis 6:8), matando a millones en la ciudad de Nueva York. Los estadounidenses y los soviéticos establecen entonces un gobierno mundial para proteger el planeta. Rorschach descubre el plan de Veidt solo después de que este ha tenido éxito, y decide revelar la verdad al mundo, aun a riesgo de poner fin al armisticio. “Existe el bien y el mal —dice Rorschach—, y el mal debe ser castigado. Aun frente al Armagedón, no cederé en esto”. El por lo general meditativo Doctor Manhattan no está de acuerdo y mata a Rorschach. Como si quisiera provocar a los lectores cristianos, Manhattan luego camina sobre el agua. Carteles que proclaman “Un solo mundo, un solo acuerdo” anuncian la victoria de Veidt: la Tierra está en paz y a salvo. Veidt ayuda a reconstruir Nueva York y hace que el logotipo de Veidt Enterprises brille por toda la ciudad (véase Apocalipsis 13:17).
El gran logro de Moore consiste en actualizar el Anticristo pro-ciencia de Bacon para la modernidad tardía. Nuestro mundo nuclear produce infinitas distopías de ciencia ficción de Hollywood y ya no cree que la ciencia baconiana pueda traer “paz y seguridad”. Ozymandias sabe que la manera de asegurar el poder es atemorizarnos con el futuro. Moore tal vez resistiría la comparación, pero coincide con Carl Schmitt, quien se obsesionó con las epístolas paulinas y dudaba de que la “humanidad” pudiera unirse detrás de un proyecto político, “porque no tiene enemigo, al menos no en este planeta”.
Nuestro mundo nuclear produce infinitas distopías de ciencia ficción de Hollywood y ya no cree que la ciencia baconiana pueda traer “paz y seguridad”.
Watchmen triunfa como literatura y fracasa como filosofía o teología. Moore solo puede plantear —no responder— la pregunta de Juvenal: “¿Quién vigila a los vigilantes?” Pues en el mundo sin Dios de Moore, la pregunta genera una regresión infinita. ¿Quién vigila a los patrocinadores de la Ley Keene? ¿Quién vigila a Nixon? Antes de que Watchmen concluya, parece que Veidt, el gran hombre destinado a acabar con todos los grandes hombres, ha resuelto el problema. Pero en los paneles finales del cómic, el diario de Rorschach —que revela la conspiración de Veidt— reposa en la pila de envíos de un periódico. El Doctor Manhattan le dice a Veidt que “nada termina realmente”, insinuando que el Ozymandias de Moore compartirá el destino del de Shelley y del Anticristo bíblico. Pero en la Biblia, Dios pone fin al sufrimiento (Mateo 24:22). Para Moore y Shelley, en cambio, la única salvación es la impermanencia de las cosas. Aunque ama la antigüedad, Veidt es un moderno temprano, como Bacon, que aspiraba a conquistar el azar y establecer una nueva Tierra de una vez por todas. El moderno tardío Moore ha renunciado a ese proyecto. Rechaza a Cristo y, ambivalente ante el Anticristo, se resigna al fatalismo.
Un último detalle de Watchmen merece mencionarse. En la historia alternativa de Moore, los superhéroes amenazan el orden público. A medida que se acerca el Apocalipsis, los lectores abandonan los cómics de superhéroes y se vuelcan a los cómics de piratas, en particular a una serie titulada Tales of the Black Freighter (Relatos del Navío Negro). Como los superhéroes, los piratas son audaces e individualistas. Pero, a diferencia de ellos, usan sus poderes para el mal. O, más precisamente, los usan para desafiar a las autoridades establecidas. El superhéroe de un hombre —nos dice Moore— es el pirata del gobierno de otro.
V.
Cuatro años después del final de Watchmen, también terminó la Guerra Fría. El presidente George H. W. Bush declaró el inicio de un “nuevo orden mundial”, libre de conflictos entre grandes potencias. Su sucesor, Bill Clinton, redujo el gasto militar para aprovechar un “dividendo de la paz” y aceleró la globalización mediante acuerdos comerciales. En esta época de aparente tranquilidad, el aventurero Eiichiro Oda comenzó a escribir One Piece, un manga que —veintiocho años y más de 1.100 capítulos después— ha entrado en su “saga final”.
En esta época de aparente tranquilidad, el aventurero Eiichiro Oda comenzó a escribir One Piece, un manga que —veintiocho años y más de 1.100 capítulos después— ha entrado en su “saga final”.
Si no has oído hablar de One Piece, probablemente tus hijos sí. One Piece ha vendido más de 570 millones de copias, sin contar los millones de fans que leen la serie en línea o ven su aún más popular adaptación al anime. El foro de discusión r/OnePiece en Reddit cuenta con 5,2 millones de seguidores, más que cualquier otro subreddit dedicado a una obra de ficción (para comparar: r/StarWars tiene 4,6 millones y r/HarryPotter, 3,6 millones).
Los lectores de Oda aman no solo sus secuencias de acción y su construcción de mundos al estilo de Tolkien, sino también su escritura esotérica. La exégesis de las alusiones, juegos de palabras, acertijos numerológicos y otros misterios de Oda constituye un proyecto colectivo entre sus fans. A lo largo de cientos de capítulos, las revelaciones fragmentarias de Oda se entrelazan hasta formar una gran historia lineal del Anticristo, superior en todos los puntos decisivos a Watchmen.
La pregunta que impulsa la epopeya de Oda es: ¿quién gobierna el mundo? Seguimos a una tripulación de jóvenes piratas, liderados por el capitán Luffy, que buscan un tesoro oculto llamado el “One Piece”. Quien lo encuentre será el “Rey de los Piratas”, aunque no sabemos con exactitud qué significa eso. Mientras tanto, un Gobierno Mundial ha tiranizado los mares durante ochocientos años, tras un misterioso “Siglo Vacío” cuya investigación está prohibida. En el capítulo 233, Oda presenta la gerontocracia oligárquica que encabeza este gobierno: “cinco ancianos” (Gorosei) que se autodenominan santos. Seiscientos setenta y cinco capítulos más tarde, descubrimos que estos gerontócratas adoran a un soberano secreto llamado Imu. Un rebelde antigubernamental, Ivankov, deduce a partir de un libro titulado Génesis que Imu es “Nerona Imu”, miembro fundador del Gobierno Mundial. Imu administra su imperio mediante un ejército anfibio, una policía secreta y unas fuerzas especiales conocidas como los “Caballeros de Dios”. Casi de pasada, se revela en el capítulo 1115 que el nombre original del Gobierno Mundial era “las potencias aliadas”.
Como dictador de un Gobierno Mundial, Imu se asemeja al Anticristo, y esa semejanza no es en absoluto casual. El nombre “Nerona” evoca al emperador romano Nerón, quien se suicidó en el año 68 d.C. Según el historiador Suetonio, algunos conspiradores susurraban que la muerte de Nerón había sido fingida: “Publicaron edictos en su nombre, como si aún estuviera vivo y pronto regresara a Roma” (Nerón, 57). Tácito escribió sobre falsos Nerones que encabezaban rebeliones (Historias 2.8), y los Oráculos Sibilinos hablaban de un rey matricida que volvería a Roma “haciéndose igual a Dios”.
Como dictador de un Gobierno Mundial, Imu se asemeja al Anticristo, y esa semejanza no es en absoluto casual. El nombre “Nerona” evoca al emperador romano Nerón, quien se suicidó en el año 68 d.C.
De esos rumores surgió la leyenda del Nero redivivus, un Nerón resucitado en parodia de Cristo. Esta leyenda pudo haber influido en la redacción del Apocalipsis. San Juan identificó el 666 como el número de la bestia, y el nombre hebreo de Nerón, Neron Kaisar, tiene un valor gemátrico de 666. Los primeros cristianos adoptaron esta idea: “Este [Anticristo] es Nerón… desde lugares ocultos, al final del mundo, regresará” (Commodiano, Carmen Apologeticum). En la Edad Media, la mayoría de los teólogos aceptaban que Nerón estaba muerto y lo reconocían como una quasi figura Antichristi. Según Joaquín de Fiore, “la Bestia del Mar se considera un gran rey… semejante a Nerón y casi emperador del mundo entero” (Expositio, fol. 168ra).
En cuanto a “Imu”, si se lee al revés se convierte en “umi”, que en japonés significa “mar”, haciendo de Nerona Imu una suerte de “Nerón del mar”, o “bestia marina”. El mar cubre aún más del “Planeta Azul” de Oda que de nuestro propio mundo. Es a la vez el camino hacia el tesoro y el campo de batalla donde se decide el dominio mundial. Es especialmente peligroso para los personajes fáusticos que han comido las llamadas “Frutas del Diablo”, que les otorgan poderes extraños. Luffy, por ejemplo, puede estirar su cuerpo como si fuera de goma… a cambio de no poder nadar.
Imu lleva una capucha, así que solo podemos especular sobre su verdadera apariencia. Por ahora, Imu se presenta como una espina negra con ojos, boca y una corona: literalmente el “cuerno pequeño” de Daniel, “con ojos como de hombre y una boca que hablaba grandes cosas”. Como el rey de Babilonia en Isaías, que “exalta su trono por encima de las estrellas de Dios”, Imu habita una “Tierra Sagrada” situada en el punto más alto del mundo. Si aún quedaban dudas sobre la santidad del Gobierno Mundial, la reciente aparición de un Gorosei las disipó por completo: un pentagrama anunció su llegada con un relámpago, imitando la caída de Satanás descrita en Lucas 10:18.
Si Imu es el Anticristo, Luffy es Cristo. Durante cientos de capítulos, Luffy parece ser poco más que el alegre y despreocupado capitán de su tripulación, atrayendo discípulos y derrocando tiranos. La observación de que su imagen característica —un sombrero de paja con cinta roja— se asemeja a una corona de espinas ensangrentada podría parecer una exageración. Pero en la saga final de One Piece, la imaginería apocalíptica cristiana de Oda se ha vuelto innegable. Alrededor del capítulo 1000, Luffy y sus aliados enfrentan a sus rivales más poderosos: un dragón llamado Kaidou y una caníbal devoradora de almas con decenas de hijos, conocida como “Big Mom”. El Apocalipsis presenta a Cristo enfrentándose a un dragón que representa a Satanás, y a la Puta de Babilonia —una “mujer ebria con la sangre de los santos”, semejante a una caníbal (Apocalipsis 17:6)—. Kaidou casi derrota a Luffy. Pero entonces Luffy se transforma en el Cristo del Apocalipsis 1:14: “Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana, blancos como la nieve; y sus ojos como llama de fuego.”
Si Imu es el Anticristo, Luffy es Cristo. Durante cientos de capítulos, Luffy parece ser poco más que el alegre y despreocupado capitán de su tripulación, atrayendo discípulos y derrocando tiranos.
El Luffy cristológico derrota a Kaidou y a Big Mom. Como el dragón del Apocalipsis, ambos son “arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre” (Apocalipsis 19:20). El Luffy transformado recuerda a Imu la figura mesiánica de un personaje del Siglo Vacío llamado “Joy Boy”, el primer pirata. El regreso de Joy Boy, un pirata divino, sería una afrenta al divinizado Imu, del mismo modo que Cristo, el Hijo de Dios, reprendió a César Augusto, hijo del divinizado César. Un “rey de los piratas” divino pondría en peligro la legitimidad del Gobierno Mundial. Más adelante en la historia, conocemos a un esclavo liberado llamado Kuma, cuyo padre le enseñó a esperar el regreso de un dios del sol llamado Nika. En nuestro mundo, los cristianos bizantinos grababan el cristograma “IC XC” junto a la palabra griega “Nika” (que significa “Jesucristo vence”) en iglesias e íconos. Los compañeros esclavos de Kuma, perseguidos por el Gobierno Mundial como los Yahoos de Swift, encuentran consuelo en su historia.
Moore reempaquetó la lógica de “One World or None?” para plantear la pregunta: ¿Ozymandias o guerra nuclear? Desde que Watchmen terminó y One Piece comenzó, los temores apocalípticos —sobre la inteligencia artificial, el cambio climático y las armas biológicas— se han multiplicado. El argumento de Moore podría parecer incluso más convincente hoy. Pero Oda sabe cómo refutarlo. La jeremiada de Moore transcurre minutos antes de la medianoche; Oda, en cambio, nos lleva ocho siglos dentro del reinado del Anticristo. Oda se toma en serio los peligros de la ciencia: Imu utiliza un arma semejante a una bomba nuclear para “hacer descender fuego del cielo sobre la tierra” (Apocalipsis 13:13). Pero Vegapunk, el científico de inspiración einsteiniana que diseñó el arma, cree en el poder redentor de la ciencia. En el capítulo 1113, Vegapunk revela al mundo la existencia de tecnología perdida, suprimida por el Gobierno Mundial. Una ilustración infantil del Siglo Vacío, descubierta en el capítulo 1138, muestra que aquella antigua tecnología se asemeja a la nuestra. Furioso, el Gobierno Mundial ordena la ejecución de Vegapunk.
Para la filosofía, la pregunta “¿Un solo mundo o ninguno?” solo tiene una respuesta: mejor rojo que muerto. La teología, en cambio, reformula la cuestión: “¿Anticristo o Armagedón?” A lo cual el cristiano responde: “Ninguno”. El cristiano ora por nuevos milagros, nuevas tecnologías y nuevas posibilidades asombrosas. Oda nos recuerda que debemos esperar tales maravillas fantásticas, desafiándonos a razonar cómo terminará One Piece. Ni la anarquía apocalíptica de un océano repleto de piratas ni la gerontocracia esclerosada del Gobierno Mundial de Imu pueden perdurar. Oda deberá revelar un camino intermedio y estrecho. “Como niños pequeños” (Mateo 18:3), confiamos en que lo hará.
El cristiano ora por nuevos milagros, nuevas tecnologías y nuevas posibilidades asombrosas. Oda nos recuerda que debemos esperar tales maravillas fantásticas.
IMÁGENES:
- El Anticristo sobre Leviatán, Liber Floridus (c. 1120).
- Instauratio Magna (1620) de Bacon.
- Luca Signorelli, Sermón y obras del Anticristo (1504).
- El mapa de Balnibarbi de Swift.
- Adrian Veidt y su invasión alienígena.
- Nerona Imu. “En este cuerno había ojos como los ojos de un hombre, y una boca que decía grandes cosas”.
- Luffy, semejante a Cristo.
- La Gran Madre, la Puta de Babilonia.
- Kaidou, el dragón.
El texto original en inglés fue publicado el 1 de octubre de 2025 en First Things y puede consultarse en el siguiente enlace: https://firstthings.com/voyages-to-the-end-of-the-world/



