El nuevo Teísmo
Matthew Schmitz*
En junio de este año Ross Douthat, uno de los autores más destacados en The New York Times, entrevistó a Peter Thiel para su programa “Interesting Times”. En aquella ocasión la conversación giró en torno a la Inteligencia Artificial, las charlas de Thiel con Elon Musk acerca de Marte como proyecto político, la energía nuclear, el Anticristo y el fin de los tiempos. Es en esta última línea de reflexión –que podríamos llamar de teología política– que Douthat ubica su nuevo libro Believe: Why Everyone Should Be Religious, una reflexión sobre la necesidad de la fe en el mundo contemporáneo. Casi a la par Jonathan Rauch, destacado intelectual judío, publicó Cross Purposes: Christianity’s Broken Bargain with Democracy, un texto sobre la relación del cristianismo con la democracia. Ambas novedades editoriales llevaron a Matthew Schmitz –editor de la revista Compact– a escribir para Claremont Review of Books una reflexión sobre el papel de lo que denomina como el Nuevo Teísmo: un movimiento que aboga por la recuperación de la fe y la espiritualidad en el mundo contemporáneo, a contraposición del Nuevo Ateísmo surgido a inicios de siglo. En Traza Continental traducimos el texto al castellano.
El movimiento del Nuevo Ateísmo surgió a raíz de los ataques del 11 de septiembre para argumentar que la religión promueve la violencia, retrasa el progreso y fomenta la credulidad. Comenzó con la publicación de The End of Faith (El fin de la fe), del neurocientífico Sam Harris, en 2004, y continuó con una serie de bestsellers del biólogo evolutivo Richard Dawkins, el periodista Christopher Hitchens, el científico cognitivo Daniel Dennett y la activista política Ayaan Hirsi Ali. Terminó a principios de la década de 2020, cuando Hirsi Ali anunció su conversión al cristianismo en un ensayo muy comentado para UnHerd y Dawkins se declaró “cristiano cultural” en una entrevista con el canal británico LBC.
A medida que el Nuevo Ateísmo se apagaba, algo sorprendente surgió en su lugar. Llamémoslo el Nuevo Teísmo. Al igual que su predecesor, el Nuevo Teísmo es un fenómeno de las élites que puede ser un indicio de cambios más amplios. Más que un movimiento autoconsciente, es una tendencia intelectual con rasgos identificables. Sobre todo, es una respuesta al declive de la fe formal. Sus miembros a menudo buscan explicar el hecho de que, aunque la observancia religiosa ha disminuido, la experiencia espiritual no lo ha hecho. Al examinar la sociedad contemporánea, también concluyen que el declive de la religión no siempre ha sido saludable.
Dos libros recientes —Believe: Why Everyone Should Be Religious (Creer: por qué todo el mundo debería ser religioso), de Ross Douthat, y Cross Purposes: Christianity’s Broken Bargain with Democracy (Propósitos cruzados: el pacto roto del cristianismo con la democracia), de Jonathan Rauch— representan distintas vertientes del Nuevo Teísmo. Leídos en conjunto, sugieren que aunque la observancia religiosa podría continuar disminuyendo en los próximos años, algo importante sobre nuestra cultura intelectual ha cambiado. Douthat, católico conservador y columnista del New York Times, argumenta suave pero firmemente que los escépticos liberales deberían estar más abiertos a la fe. Rauch, miembro de la Institución Brookings y autodenominado “judío homosexual ateo”, explica que se ha convencido de que la religión es necesaria para sostener la democracia estadounidense, aunque él mismo no sea creyente. Ambos libros intentan hacer frente a los fracasos del Nuevo Ateísmo y proponer una alternativa más sólida, pero solo uno tiene éxito finalmente. Para entender por qué, es necesario repasar el auge y la caída del movimiento del Nuevo Ateísmo.
Douthat, católico conservador y columnista del New York Times, argumenta suave pero firmemente que los escépticos liberales deberían estar más abiertos a la fe.
Cuando surgió el Nuevo Ateísmo, sus portavoces denunciaron el terrorismo islamista y la política con tintes religiosos de George W. Bush como amenazas gemelas a la libertad individual. Podría parecer exagerado encontrar alguna similitud entre la red terrorista de Osama bin Laden y la Oficina de Iniciativas Religiosas y Comunitarias del gobierno de Bush. Pero la sugerencia de que el evangelicalismo estadounidense conducía al mismo lugar oscuro que el islamismo radical pareció tener eco. Una serie de libros de crítica política —cuatro tan solo en 2006: The Theocons (Los teocons), de Damon Linker; American Theocracy (Teocracia estadounidense), de Kevin Phillips; Kingdom Coming (La venida del reino), de Michelle Goldberg; y The Baptizing of America (El bautizo de Estados Unidos), del rabino James Rudin— fomentaron la idea de que un califato provinciano pronto obligaría a las mujeres estadounidenses a llevar faldas largas de mezclilla.
Nada de eso sucedió. En cambio, las denuncias contra personas religiosas ayudaron a justificar su exclusión de la vida pública. El matrimonio entre personas del mismo sexo se convirtió en la causa social definitoria de la clase educada a mediados de la década de 2000, disputada solo por el entusiasmo ante la candidatura presidencial de Barack Obama. Quienes se oponían al matrimonio entre personas del mismo sexo advirtieron que daría lugar a violaciones a la libertad de culto, pero estas preocupaciones fueron ignoradas. “Hornea el pastel, intolerante” se convirtió en un refrán popular después de que el panadero de Colorado Jack Phillips fuera demandado por negarse a hacer un pastel para una boda entre personas del mismo sexo.
En contextos de clase profesionista, se pudieron observar las mismas fuerzas. No pasó desapercibido para los creyentes religiosos que las expresiones de oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo, o de desaprobación de los actos homosexuales, pudieran ser vistas como creadoras de un ambiente de trabajo hostil. Mientras tanto, las corporaciones patrocinaban eventos del orgullo gay, emitían declaraciones públicas y promovían demostraciones de solidaridad dentro de la oficina, todo lo cual tendió a disuadir a las personas religiosas de buscar otro empleo o ascensos.
“Hornea el pastel, intolerante” se convirtió en un refrán popular después de que el panadero de Colorado Jack Phillips fuera demandado por negarse a hacer un pastel para una boda entre personas del mismo sexo.
¿El Nuevo Ateísmo contribuyó a acelerar el declive de la religión? En términos de encuestas de opinión pública, su aparición parece ser un punto de inflexión. Entre 1992 y 2003, al menos el 57% de los encuestados le dijeron a Gallup que la religión era muy importante en sus vidas. En 2004 —el año en que se publicó The End of Faith (El fin de la fe), de Harris— ese número comenzó a disminuir. Para 2023 era del 45%. Los nuevos ateos parecerían tener mucho que celebrar. Pero los antiguos defensores del movimiento ya no parecen tan seguros de que la experiencia espiritual sea fácil de descartar, o de que la religión sea totalmente prescindible.
No fueron los argumentos de los creyentes sino las experiencias de los propios ateos lo que comenzó a complicar su defensa del descreimiento. Para Sam Harris, sucedió en una colina con vista al Mar de Galilea. Descansando en el lugar donde se cree que Jesús pronunció el Sermón del Monte, sintió una extraña sensación de paz. “Pronto se convirtió en una quietud dichosa”, recordó en su libro de 2014, Waking Up (Despertar). “En un instante, la sensación de ser una persona separada —un ‘yo’ o un ‘mí’— se desvaneció”. En un debate con Tony Blair en 2010, Christopher Hitchens sugirió que tales experiencias no pueden explicarse en términos estrictamente materiales. “Yo soy materialista”, dijo Hitchens. “Sin embargo, hay algo más allá de lo material, o que no es del todo consistente con ello, lo que podríamos llamar lo numinoso, lo trascendente o, en el mejor de los casos, lo extático”.
Casi al mismo tiempo que Harris describía su experiencia espiritual, la atea Barbara Ehrenreich escribía un volumen de memorias, Living with a Wild God (Vivir con un Dios salvaje), publicada en 2014, en la que relataba sus encuentros con una fuerza claramente personal, pero sobrenatural. En una de estas ocasiones, caminando sola al amanecer, sintió cómo el mundo entero ardía de vida. “Algo se vertió en mí y yo me vertí en ello”, recuerda. “Esta no fue la fusión beatífica pasiva con ‘el Todo’, como prometían los místicos orientales. Fue un encuentro furioso con una sustancia viva que venía hacia mí a través de todas las cosas a la vez”. Nada de estas experiencias comprueba la existencia de Dios. Pero el hecho de que voces prominentes del descreimiento hablaran en términos aparentemente espirituales indicaba los límites del Nuevo Ateísmo. Su racionalismo era demasiado seco, su materialismo demasiado limitado, para dar una explicación satisfactoria de la realidad.
“Yo soy materialista”, dijo Hitchens. “Sin embargo, hay algo más allá de lo material, o que no es del todo consistente con ello, lo que podríamos llamar lo numinoso, lo trascendente o, en el mejor de los casos, lo extático”.
Los nuevos ateos también llegaron a tener una visión superior del cristianismo como fuerza cultural. Lo que antes habían visto como una amenaza ahora comenzó a parecer indispensable. El libro Dominion (Dominio), publicado por Tom Holland en 2019, resultó ser influyente en este sentido. Este argumentó que gran parte de lo que es aparentemente moderno y progresista en las sociedades cristianas —su énfasis en la libertad individual, el valor que le dan a los derechos humanos, su búsqueda del conocimiento científico— proviene del cristianismo mismo. Ayaan Hirsi Ali atribuyó al argumento de Holland la explicación de su propia conversión. Habiendo descubierto que gran parte de lo que ella valoraba de la civilización occidental era un “legado de la tradición judeocristiana”, siguió esa noción hasta llegar a creer realmente en Jesucristo.
Richard Dawkins no ha llegado tan lejos, pero ahora se autodenomina “cristiano cultural” e incluso insiste en que Reino Unido es un “país cristiano”. En 2024, habló en una entrevista sobre su amor por los himnos, los villancicos navideños y el legado arquitectónico de la creencia religiosa. “Es cierto que estadísticamente el número de personas que realmente creen en el cristianismo está disminuyendo, y estoy contento con eso. Pero no estaría contento si, por ejemplo, perdiéramos todas nuestras catedrales y nuestras hermosas iglesias parroquiales”. Hay una contradicción obvia en esta actitud. Se necesitó fe para erigir esos monumentos, y sin fe no pueden permanecer en pie. Como Dawkins seguramente se percata, Reino Unido no está encaminado a convertirse en una sociedad discretamente atea, en la que la voz religiosa más fuerte se escucha en los acordes moribundos de un himno recordado a medias. Cuanto más joven sea una persona en Reino Unido, más probable es que sea musulmana. A medida que el islam gana cada vez más terreno en la vida pública británica, la herencia cultural que Dawkins atesora tendrá que sustentarse en algo más sólido que el nostálgico descreimiento de su niñez.
Por supuesto, Dawkins tiene razón al rechazar una forma de creencia que considera irracional. Por eso es tan bienvenido el libro de Ross Douthat. Apoyándose en el trabajo de académicos como el físico Stephen Barr, el teólogo David Bentley Hart y el biblista Peter Williams, Douthat defiende que la fe es racional y que la Biblia es un testimonio fiable de la obra de Dios en la historia. A través de diversos argumentos sobre la existencia de Dios, muestra cómo los descubrimientos de la ciencia moderna (que en su momento se asumió que socavaban la fe) sugieren, de hecho, que vivimos en un universo que “parece creado y creado para nosotros”.
Apoyándose en el trabajo de académicos como el físico Stephen Barr, el teólogo David Bentley Hart y el biblista Peter Williams, Douthat defiende que la fe es racional y que la Biblia es un testimonio fiable de la obra de Dios en la historia.
El libro de Douthat responde, a su manera, al primer sorprendente descubrimiento del movimiento del Nuevo Ateísmo: que algo muy parecido a Dios, ya sea lo trascendente, lo numinoso o una “sustancia viva” anónima, habla incluso a los no creyentes. Él es profundamente consciente del hecho de que el declive de la fe formal no ha ido acompañado de una desaparición de la espiritualidad. Douthat describe las “estanterías crujientes que venden obras sobre brujería, Tarot y astrología” en su Barnes & Noble local. Destaca el hecho de que las personas que toman la droga psicodélica DMT “a menudo declaran ver el mismo tipo de seres —angelicales, demoníacos, extraterrestres o parecidos a elfos— incluso cuando desconocen los viajes de otras personas”. Relata sus propias observaciones de experiencias aparentemente milagrosas y místicas en los servicios de adoración del movimiento carismático.
En resumen, Douthat le recuerda al lector cuán extraño es el mundo y cómo lo que él llama “el conocimiento oficial” tiende a pasar por alto varios aspectos de la realidad. Lo que hace que Douthat sea tan valioso como escritor, tanto en este libro como en sus contribuciones al New York Times, es el hecho de que se sale de las suposiciones de sus lectores ampliamente liberales y no religiosos, tomando en serio las experiencias y afirmaciones de los fieles pentecostales y los chamanes sudamericanos. A pesar de ser quizás el intelectual estadounidense de más alto perfil públicamente comprometido con la creencia dogmática, es mucho más de mente abierta de lo que suelen ser sus interlocutores. Aun así, hace distinciones entre las tendencias que estudia. Convencido de que lo divino debe buscarse por caminos ya transitados, advierte a sus lectores contra métodos más experimentales (esos viajes de DMT plagados de demonios). Las grandes tradiciones religiosas, argumenta, ofrecen una imagen más completa y precisa de la verdad que la vaga espiritualidad.
¿Qué tradición es la que mejor ofrece esto? Douthat explica que un católico como él puede reconocer una gran cantidad de verdad en el hinduismo, el budismo, el judaísmo o el islam. Pero él ve que estas verdades logran integridad, claridad y ordenamiento adecuado solo dentro de la fe católica. Cada año, alrededor de la Pascua, se siente atraído una vez más por la historia cristiana, al igual que cada vez que lee los Evangelios, le sorprende la voz singular de Jesucristo. Estas son las cosas que lo hacen cristiano, en lugar de una persona que simplemente cree en el acto de creer.
Cada año, alrededor de la Pascua, se siente atraído una vez más por la historia cristiana, al igual que cada vez que lee los Evangelios, le sorprende la voz singular de Jesucristo.
Mientras que Douthat ofrece un argumento a favor de la verosimilitud y la necesidad personal de la fe, Jonathan Rauch defiende su utilidad social. Aunque Rauch se describió una vez a sí mismo como un “apateísta” que no creía en Dios y no tenía interés en las discusiones sobre religión, se ha convertido en un defensor de los beneficios prácticos de la religión. “El liberalismo requiere fuentes externas de apoyo y estabilidad”, escribe, y en Estados Unidos la más importante de ellas es el cristianismo. Rauch respalda la afirmación de John Adams de que ningún gobierno es capaz de gobernar las pasiones humanas “sin el freno de la moral y la religión”, y considera que nuestra cultura política es un triste efecto del declive de la fe. A medida que la religión ha disminuido, cree Rauch, las pasiones religiosas se han canalizado hacia la política, aumentando la polarización y fomentando la devoción idólatra a falsos mesías políticos.
La creencia de Rauch de que el liberalismo y la fe pueden reforzarse mutuamente lo pone en desacuerdo con un grupo al que él llama los posliberales, quienes, en su opinión, exageran los errores del liberalismo y subestiman los fracasos del cristianismo: “Las descripciones que hace el posliberalismo de las sociedades liberales se parecen al Estados Unidos moderno tanto como las descripciones que hace Donald Trump de los paisajes urbanos infernales se parecen a las ciudades estadounidenses reales”. Tiene razón en que los críticos del liberalismo a veces incurren en exageraciones, como lo hace Donald Trump. Pero también es cierto que las ciudades estadounidenses se han vuelto menos ordenadas y seguras desde 2020. ¿Se puede decir algo similar sobre la trayectoria de las sociedades liberales?
Hay algo frágil y limitado en la defensa que hace Rauch del liberalismo y la democracia. Elogia con elocuencia la civilidad, pero demuestra muy poca cuando se trata de hablar de los seguidores evangélicos blancos de Trump, a quienes reprende con más dureza aún que a los posliberales por su “apego al partidismo, la guerra cultural y la adoración de bravucones”. Acusa repetidamente a estos cristianos de estar excesivamente politizados, aunque el politólogo Ryan Burge ha señalado recientemente que “entre los cristianos, los liberales están mucho más políticamente comprometidos que los conservadores”, y lo han estado durante los últimos diez años. Por encima de todo, Rauch deplora el apoyo de los evangélicos blancos a Donald Trump, lo cual considera una señal de que han traicionado su fe y roto su pacto con la democracia. Afirma que estos votantes están motivados por el “miedo al cambio demográfico y, con él, a la marginación étnica o racial”. ¿Merecen igualmente la culpa los votantes no blancos con quienes Trump logró avances históricos en 2024?
Rauch deplora el apoyo de los evangélicos blancos a Donald Trump, lo cual considera una señal de que han traicionado su fe y roto su pacto con la democracia.
Rauch tiene razón, sin embargo, en que la religión es necesaria para sostener la democracia, y su insistencia en este hecho debería ser bienvenida por quienes consideran menos acertados algunos de sus otros juicios. Él describe la religión como “importante para estabilizar el gobierno republicano, porque enseña virtud y, por lo tanto, hace que los estadounidenses sean más gobernables”. Sería mejor decir que los hace más capaces de autogobierno. Muchos disidentes estadounidenses, desde los Covenanters escoceses que se oponían a la esclavitud hasta los líderes del movimiento por los derechos civiles, han sido motivados por la fe para desafiar las leyes injustas. En ocasiones, se valieron de argumentos no del todo distintos a los de los posliberales que Rauch denuncia. Hay algo revelador en el error. Rauch parece querer ciudadanos religiosos que nunca amenacen la hegemonía liberal. Pero si el nuestro es un gobierno democrático, las opiniones de los ciudadanos religiosos tienen que contar incluso cuando les parezcan claramente irrazonables a personas como Jonathan Rauch.
Al igual que Dawkins, Rauch quiere una forma de fe de punto medio —algo lo suficientemente fuerte como para respaldar su visión de la sociedad liberal, pero incapaz de desafiar o revisar la autocomprensión de esa sociedad. Esta versión más instrumental del Nuevo Teísmo está destinada a quedarse corta en sus objetivos. La religión es menos dócil de lo que Dawkins o Rauch quisieran que fuera. Como Barbara Ehrenreich sintió en su “encuentro furioso” al amanecer, lo divino tiende a perturbar y transformar a quienes entran en contacto con él. Exige una elección. Esto es lo que Ayaan Hirsi Ali reconoció en su conversión al cristianismo, y en lo que Ross Douthat insiste en su propia defensa de la fe. Como entienden esto, su defensa de la religión es finalmente más coherente y convincente que la que proponen aquellos que no pueden creer.
…lo divino tiende a perturbar y transformar a quienes entran en contacto con él. Exige una elección.
*Matthew Schmitz es editor de la revista Compact.
El texto original en inglés fue publicado en el último número (Verano 2025) de Claremont Review of Books y puede consultarse en el siguiente enlace: https://claremontreviewofbooks.com/the-new-theism/



