En las últimas horas, la principal novedad de la guerra entre Estados Unidos e Irán fue el giro ambiguo de Donald Trump: por un lado, endureció el tono y volvió a advertir que si Irán no acepta un acuerdo, Estados Unidos continuará los ataques; por otro, anunció una pausa de diez días en los bombardeos contra plantas energéticas iraníes, que correría hasta el 6 de abril, y sostuvo que esa suspensión respondió a un pedido de Teherán. Al mismo tiempo, la Casa Blanca confirmó que envió a Irán una propuesta de 15 puntos a través de Pakistán, pero desde el lado iraní la respuesta fue de rechazo parcial: calificaron el esquema como “unilateral e injusto” y negaron que existan conversaciones directas con funcionarios estadounidenses, aunque dejaron abierta la vía diplomática indirecta.
Esa pausa, sin embargo, no implica una verdadera desescalada militar. Esta semana el Pentágono prevé enviar entre tres y cuatro mil efectivos de la 82nd Airborne, después de haber despachado ya unos dos mil 500 marines con el USS Boxer y sus buques de apoyo hacia la región. Además, Trump evalúa una ampliación todavía mayor del componente terrestre, de hasta 10 mil efectivos adicionales, en un contexto en el que Washington sigue estudiando opciones que van desde asegurar el estrecho de Ormuz hasta una eventual operación sobre Kharg Island, el nodo por el que sale la mayor parte del petróleo iraní. Los propios análisis militares advierten que una maniobra de ese tipo sería extremadamente riesgosa por la exposición a misiles, drones y minas navales.
También es relevante que el conflicto ya desbordó claramente la zona inmediata del Golfo Pérsico y se proyectó hacia el océano Índico: la semana pasada Irán lanzó por primera vez misiles de largo alcance contra la base británico-estadounidense de Diego Garcia, un punto estratégico en el corredor entre Asia y Oriente Medio. Esa expansión geográfica coincide con otra novedad importante: la inteligencia estadounidense sólo puede confirmar la destrucción de aproximadamente un tercio del arsenal misilístico iraní, mientras Teherán siguió lanzando misiles y drones contra países del Golfo. Ese dato relativiza el optimismo público de Trump y sugiere que, aun después de semanas de campaña aérea, Irán conserva capacidad suficiente para seguir elevando los costos militares y energéticos del conflicto.
Como dato adicional, los estados árabes del Golfo ya están señalando que un eventual cierre diplomático no debería limitarse a un alto el fuego, sino incluir garantías duraderas sobre la degradación de la capacidad iraní de misiles y drones. En paralelo, Francia ya inició contactos con unos 35 países para pensar una futura misión defensiva en Ormuz una vez que baje la intensidad de los combates.

