La conspiración de Curtis Yarvin contra Estados Unidos

Ava Kofman*

Curtis Yarvin es uno de los intelectuales de cabecera de la derecha tecnológica estadounidense y del movimiento MAGA. Con planteamientos provocadores como terminar con la democracia o convertir Gaza en un paraíso turístico, ha venido influyendo durante los últimos años en empresarios, pensadores y políticos conservadores al más alto nivel. Mucho se ha escrito sobre este personaje, sin embargo, hace unas semanas, Ava Kofman, periodista y redactora de The New Yorker escribió el que a nuestro criterio es el mejor perfil del bloguero norteamericano publicado hasta ahora. En Traza Continental traducimos el extenso y detallado texto al castellano.

Ilustración: Traza Continental

El llamado del bloguero reaccionario a que un monarca gobernara el país solía parecer una broma. Ahora, la derecha está lista para arrodillarse.

Yarvin quiere destruir la democracia. Peter Thiel, Marc Andreessen y J. D. Vance se encuentran entre sus admiradores.

En la primavera y el verano de 2008, cuando Donald Trump todavía estaba registrado como demócrata, un bloguero anónimo conocido como Mencius Moldbug publicó un manifiesto en serie bajo el título “Una carta abierta a los progresistas de mente abierta”. Escrita con la desafección burlona de un excreyente, la carta de ciento veinte mil palabras argumentaba que el igualitarismo, lejos de mejorar el mundo, era en realidad responsable de la mayoría de sus males. El hecho de que sus lectores bienpensantes opinaran lo contrario, sostuvo Moldbug, se debía a la influencia de los medios y la academia, que trabajaban juntos, fuese deliberadamente o no, para perpetuar un consenso de izquierda liberal. A esta perversa alianza le dio el nombre de “La Catedral”. Moldbug pidió nada menos que su destrucción y un total “reinicio” del orden social. Propuso “la liquidación de la democracia, la Constitución y el estado de derecho”, y la eventual transferencia del poder a un director ejecutivo en jefe (alguien como Steve Jobs o Marc Andreessen, sugirió), quien transformaría al gobierno en “una corporación altamente armada y ultra redituable”. Este nuevo régimen vendería escuelas públicas, destruiría universidades, aboliría la prensa y encarcelaría a “poblaciones incivilizadas”.  También despediría a funcionarios públicos en masa (una política que Moldbug luego llamó RAGE: término que significa “furia” y constituye el acrónimo de Retire All Government Employees, en español “jubilar a todos los empleados gubernamentales”) y suspendería las relaciones internacionales, incluyendo “garantías de seguridad, ayuda al extranjero e inmigración masiva”.

Moldbug reconoció que su visión de futuro dependía de la cordura de su director ejecutivo: “Está claro que si resulta ser Hitler o Stalin simplemente habremos recreado el nazismo o el estalinismo”.  Desestimó, sin embargo, los fracasos de los dictadores del siglo XX, a quienes consideraba demasiado dependientes del apoyo popular. Para Moldbug, cualquier sistema que buscara legitimidad en las pasiones de la turba estaba condenado a la inestabilidad. Aunque los críticos lo etiquetaron como tecno-fascista, él prefirió llamarse a sí mismo realista o jacobita: un guiño a los partidarios de Jacobo II de Inglaterra y sus descendientes, quienes, en los siglos XVII y XVIII, se opusieron al sistema parlamentario de Gran Bretaña y defendieron el derecho divino de los reyes. Olvidemos la Revolución francesa, la bête noire de los pensadores reaccionarios: Moldbug creía que las revoluciones inglesa y estadounidense habían ido demasiado lejos.

Si bien la “Carta abierta” de Moldbug mostraba poco afecto por las masas, insinuaba que aún podían tener una utilidad. “El comunismo no fue derrocado por Andrei Sajarov, José Brodsky y Václav Havel”, escribió. “Lo que se necesitaba era la combinación de filósofo y multitud”. El mejor lugar para reclutar a esta multitud, dijo, era Internet, una intuición astuta. En poco tiempo, los enlaces al blog de Moldbug, Unqualified Reservations, comenzaron a circular entre técnicos libertarios, burócratas descontentos y autodenominados racionalistas, muchos de los cuales formaron las fuerzas de choque de un movimiento intelectual en línea que llegó a conocerse como neorreacción o la Ilustración Oscura. Si bien pocos se convirtieron en monárquicos declarados, el desprecio que sentían por los hitos de la era Obama pareció encontrar voz en las herejías de Moldbug. En su frase más influyente, que rápidamente se popularizó entre la naciente alt-right, Moldbug instaba a sus lectores a despertar de su letargo ideológico tomando la “píldora roja”, como el personaje de Keanu Reeves en Matrix, que prefiere la abrumadora verdad a la ignorancia satisfecha.

En poco tiempo, los enlaces al blog de Moldbug, Unqualified Reservations, comenzaron a circular entre técnicos libertarios, burócratas descontentos y autodenominados racionalistas, muchos de los cuales formaron las fuerzas de choque de un movimiento intelectual en línea que llegó a conocerse como neorreacción o la Ilustración Oscura.

En 2013, un artículo del sitio de noticias TechCrunch, titulado “Geeks for Monarchy” reveló que Mencius Moldbug era el alias cibernético de un programador de cuarenta años de San Francisco llamado Curtis Yarvin. Al mismo tiempo que intentaba rediseñar el gobierno de los EE.UU., Yarvin también estaba soñando con un nuevo sistema operativo de computadora que esperaba sirviera como una “república digital”.  En honor al cuento de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, en el que una sociedad secreta describe un complejo mundo paralelo que comienza a reemplazar la realidad, fundó una empresa a la que llamó Tlon. Mientras recaudaba dinero para su puesta en marcha, Yarvin se convirtió en una especie de Maquiavelo para sus benefactores de los gigantes tecnológicos, quienes compartían su opinión de que el mundo estaría mejor si ellos estuvieran a cargo. Entre los inversores de Tlon estaban las empresas de capital de riesgo Andreessen Horowitz y Founders Fund, esta última fundada por el multimillonario Peter Thiel. Tanto Thiel como Balaji Srinivasan, entonces socio general de Andreessen Horowitz, se habían hecho amigos de Yarvin después de leer su blog, aunque de los correos electrónicos que compartieron conmigo se desprende que ninguno de los dos estaba contento con la idea de que se los relacionara públicamente con él por aquel entonces. “¿Qué tan peligroso es que estemos vinculados?” Thiel le escribió a Yarvin en 2014. “Un pensamiento reconfortante: una de nuestras ventajas ocultas es que esta gente” —los combatientes de la justicia social— “no creería en una conspiración ni aunque los golpeara la evidencia en la cara (esta es quizás la mejor medida del declive de la izquierda). Los nexos los hacen sonar realmente locos, y un poco lo saben”.

Una década después, con la derecha trumpiana abrazando el gobierno de un hombre fuerte, los vínculos de Yarvin con las élites en Silicon Valley y Washington ya no son un secreto. En una aparición en 2021 en un podcast de extrema derecha, el vicepresidente J. D. Vance, exempleado de una de las empresas de capital de riesgo de Thiel, citó a Yarvin cuando sugirió que una futura administración de Trump “despida a todos los burócratas de nivel medio, a todos los funcionarios públicos del Estado administrativo, los reemplace con nuestra gente” e ignore a los tribunales si se oponen. Marc Andreessen, uno de los directores de Andreessen Horowitz y asesor informal del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés), ha comenzado a citar a su “buen amigo” Yarvin sobre la necesidad de que una figura similar a la de un fundador empresarial se haga cargo de nuestra burocracia “fuera de control”. Andrew Kloster, el nuevo consejero general de la Oficina de Gestión de Personal del Gobierno, ha dicho que sustituir a los funcionarios por partidarios leales al régimen podría ayudar a Trump a derrotar a “La Catedral”.

En una aparición en 2021 en un podcast de extrema derecha, el vicepresidente J. D. Vance, exempleado de una de las empresas de capital de riesgo de Thiel, citó a Yarvin cuando sugirió que una futura administración de Trump “despida a todos los burócratas de nivel medio, a todos los funcionarios públicos del Estado administrativo, los reemplace con nuestra gente”.

“Hay figuras que canalizan un zeitgeist —Nietzsche los llama hombres oportunos— y Curtis definitivamente es un hombre oportuno”, me dijo un funcionario del Departamento de Estado que ha estado leyendo a Yarvin desde su era de Moldbug.  Ya en 2011, Yarvin consideraba a Trump como una de las dos figuras “biológicamente adecuadas” para ser monarca estadounidense (el otro era Chris Christie). En 2022, recomendó que Trump, si fuera reelegido, nombrara a Elon Musk para dirigir el Poder Ejecutivo. En un podcast con su amigo Michael Anton, ahora director de Planificación de Políticas del Departamento de Estado, Yarvin argumentó que instituciones de la sociedad civil, como Harvard, tendrían que cerrarse. “La idea de que vas a ser un César… mientras sigue en operaciones un Departamento de la Realidad ajeno es evidentemente absurda”, dijo.

En otra línea de tiempo, Yarvin podría haber quedado como un chiflado de internet ineficaz y desconocido, un De Maistre digital. En cambio, se ha convertido en uno de los pensadores iliberales más influyentes de Estados Unidos, ingeniero del código fuente intelectual de la segunda administración Trump. “Yarvin ha corrido la ventana de Overton”, me dijo Nikhil Pal Singh, profesor de historia en la Universidad de Nueva York.  Su trabajo ha revivido ideas que antes parecían estar fuera de los límites de la clase educada, afirmó Singh, y ha creado una hoja de ruta para el desmantelamiento del “Estado administrativo y el orden global de posguerra”.

Tras la surrealista apropiación de sus ideas por parte de DOGE y con Trump autoidentificado como rey, uno podría esperar encontrarse a Yarvin de un humor exultante. Pero de hecho ha pasado los últimos meses temiendo que el momento se eche a perder. “Si tienes una erección por Trump en este momento, disfrútala”, escribió dos días después de las elecciones. “Es lo más dura que la vas a tener”. Lo que muchos consideran el ataque más peligroso a la democracia estadounidense en la historia de la nación, Yarvin lo tacha de penosamente insuficiente: un “golpe de efecto”. Sin una toma del poder totalmente autocrática, él piensa que seguramente vendrá un contragolpe. Cuando hablé con él recientemente, citó las palabras de Louis de Saint-Just, el filósofo francés que defendió el Reino del Terror: “El que hace media revolución cava su propia tumba”.

Lo que muchos consideran el ataque más peligroso a la democracia estadounidense en la historia de la nación, Yarvin lo tacha de penosamente insuficiente: un “golpe de efecto”. Sin una toma del poder totalmente autocrática, él piensa que seguramente vendrá un contragolpe.

A principios de este año, Yarvin y yo almorzamos en Washington, D.C., donde él había venido a celebrar el cambio de régimen. Traía su atuendo habitual: jeans azules, botas Chelsea, una camisa de vestir arrugada debajo de una chaqueta de motociclista. Después de darle unos bocados a una hamburguesa con queso cubierta con cebollas crujientes, apartó su plato. El año pasado, explicó, había decidido comenzar a tomar una droga similar al Ozempic después de un debate con el comentarista de derecha Richard Hanania sobre los méritos relativos de la monarquía y la democracia. “Lo destruí en casi todo sentido”, dijo Yarvin, empujando un tomate con su tenedor. “Pero él tenía una gran ventaja, y era que yo estaba gordo y él no”.

Las inyecciones parecían estar funcionando. Mientras comía, el celular de Yarvin se llenaba de mensajes, algunos de ellos elogiando su nueva apariencia.  Esa mañana, la Times Magazine había publicado una entrevista con él, acompañada de un retrato sombrío en blanco y negro. Hasta hace poco, Yarvin, con su cortina de cabello alborotado hasta los hombros y su vestuario descuidado, parecía indiferente a su apariencia. Ahora, vistiendo su chaqueta de cuero, miraba al lector a través de un cabello elegantemente despeinado. Su amigo Steve Sailer, escritor de sitios web nacionalistas blancos, dijo que parecía “el quinto Ramone”.

En persona, como por escrito, Yarvin se expresa con imperiosa confianza en sí mismo. Es casi imposible interrumpirlo. “Cuando el rabino está hablando, dejas que el rabino hable”, me dijo Razib Khan, un bloguero de ciencia de derecha y amigo cercano de Yarvin.  Sin embargo, incluso sus amigos y familiares reconocen que tiene espacio para crecer como comunicador. Habla en un tono monótono y vacilante, rara vez responde directamente a las preguntas y es propenso a digresiones que despistan. Mientras está hablando de algo, siempre se distrae con otra cosa, como un GPS que sigue sugiriendo rutas más rápidas.

Yarvin, por su parte, se sintió aliviado de cómo le fue en la entrevista con Times. “Mi objetivo principal era, ¿cómo hago para no dañar ninguna de mis relaciones?”, dijo. Durante años, Yarvin fue mejor conocido, en la medida en que era conocido, como el filósofo de la corte del Thiel-verso, la red de empresarios, intelectuales y seguidores heterodoxos que rodeaban al magnate de la tecnología. Mencionó que un hombre de negocios que conocía una vez se quejó con un periodista de que Thiel no había invertido suficiente dinero en su empresa. “Es un strike y estás fuera, y él estaba fuera”, dijo Yarvin, suspirando teatralmente. Su segundo objetivo, dijo, era llegar al público de Times. Esto parecía sorprendente: él le ha pedido al gobierno que cierre esta publicación. “Tiendo a estar más interesado en la difusión con la gente que comparte mi propio trasfondo cultural”, explicó Yarvin.

Durante años, Yarvin fue mejor conocido, en la medida en que era conocido, como el filósofo de la corte del Thiel-verso, la red de empresarios, intelectuales y seguidores heterodoxos que rodeaban al magnate de la tecnología.

Le gusta contar la historia de sus abuelos paternos, judíos comunistas de Brooklyn que se conocieron en una reunión izquierdista en los años treinta. (Tiene menos que decir sobre sus abuelos maternos, protestantes de clase alta de Tarrytown, Nueva York, con casa de campo en Nantucket). “La onda del comunismo estadounidense era ‘tenemos treinta puntos de coeficiente intelectual más que estas personas, y vamos a ganar’”, dijo. “Es como pensar: ¿qué pasaría si todos los niños superdotados formaran un partido político y trataran de conquistar el mundo?” Los padres de Yarvin se conocieron en Brown, donde su padre, Herbert, estaba cursando un doctorado en filosofía. Después de terminar la universidad y no lograr obtener una plaza permanente (“demasiado arrogante”, dijo Yarvin), Herbert intentó escribir la Gran Novela Estadounidense y luego se unió al Servicio Exterior como diplomático. En los años siguientes, la familia vivió en República Dominicana y Chipre. Herbert era cínico respecto a trabajar para el gobierno, y Yarvin parece haber heredado su desdén: ha propuesto repetidamente cerrar las embajadas de Estados Unidos, una perspectiva que el Departamento de Estado ahora está considerando en algunas zonas de Europa y África.

Yarvin es reservado con el tema de su infancia, pero amigos y familiares me insinuaron que su padre podía ser duro, dominante e imposible de complacer. “Él controlaba la vida de su familia con mano de hierro”, me dijo alguien con conocimiento cercano de la familia. “Era absolutamente su dominio”. (Yarvin rechazó vehementemente este punto de vista, diciendo que las personas controladoras tienden a ser inseguras, “y ese para nada era el estilo de mi padre”. Mejores palabras para describirlo, me dijo, serían “obstinado”, “intenso” y “formidable”, como “un buen gerente”).

Durante su niñez, Yarvin a veces era educado en casa por su madre, y se saltó tres grados escolares (su hermano mayor, Norman, se saltó cuatro.) La familia finalmente se mudó a Columbia, Maryland, donde Yarvin ingresó al segundo grado de preparatoria con doce años. “Cuando eres mucho más joven que tus compañeros de clase, eres una mascota adorable o un extraterrestre extraño, amenazante y perturbador”, dijo Yarvin, y agregó que él fue lo segundo. Yarvin fue seleccionado para participar en un estudio de la Universidad Johns Hopkins sobre prodigios matemáticos. Asistió al Centro para Jóvenes Talentosos de la universidad, un campamento de verano para niños superdotados, y fue campeón del área de Baltimore en It’s Academic, un programa de televisión de preguntas y respuestas. Andrew Cone, ingeniero de software que actualmente vive en una habitación extra en la casa Yarvin, me dijo que la niñez de Yarvin parece haberlo dejado con un sentimiento de deficiencia de por vida. “Creo que tiene la sensación de que no es lo suficientemente bueno, de que es visto como ridículo o pequeño, y que la única salida es tener buen desempeño”, dijo Cone.

“Creo que tiene la sensación de que no es lo suficientemente bueno, de que es visto como ridículo o pequeño, y que la única salida es tener buen desempeño”.

Yarvin estudió en Brown, se graduó a los dieciocho años y luego ingresó a un programa de doctorado en ciencias de la computación en la Universidad de California, Berkeley. Excompañeros suyos me contaron que usaba un casco de bicicleta en clase y parecía ávido de lucir sus conocimientos con el profesor. “Ah, ¿te refieres a cabeza de casco?”, dijo uno cuando pregunté por Yarvin. La broma entre algunos de sus compañeros de clase era que el casco impedía que penetraran en su mente nuevas ideas. Encontró más comunidad en Usenet, un precursor de los foros en línea de hoy en día. Pero incluso en grupos como talk.bizarre, donde el pavoneo intelectual era la norma, se destacó por su deseo de dominar. Junto con publicar chistes, consejos, poesía ligera y “flamas” (ardientes humillaciones de otros usuarios), mantuvo un “kill file”, una lista de miembros que había bloqueado porque consideraba que sus publicaciones no eran interesantes.  “Quería ser visto como el tipo inteligente: eso era muy, muy importante para él”, me dijo su primera novia, Meredith Tanner. Ella se sintió atraída por Yarvin después de leer una de sus virtuosas flamas, y fueron pareja algunos años. “No te involucres con alguien solo porque te impresiona la creatividad con la que insulta a la gente”, advirtió. “Usarán esa habilidad en tu contra”.

Amigos de Yarvin de cuando era veinteañero lo describieron como alguien que siempre iba contra la corriente y disfrutaba provocando. “No era un chico adorable, y a veces podía ser desagradable, pero no era Moldbug”, dijo uno. Política y culturalmente, Yarvin era un liberal “un típico hippie”, como dijo Tanner. Tenía una cola de caballo, usaba un arete de aro de plata, se metía ácido en raves y escribía poesía. Tanner recordó que cuando una vez cuestionó el valor de la discriminación positiva en las admisiones universitarias, fue Yarvin quien la convenció de su necesidad.

Después de un año y medio de trabajo doctoral, Yarvin dejó la academia para buscar fortuna en la industria tecnológica. Ayudó a diseñar una versión inicial de un navegador web móvil para una empresa que llegó a conocerse como Phone.com. En el 2001, comenzó a salir con Jennifer Kollmer, una dramaturga que conoció en Craigslist, con quien luego se casó y tuvo dos hijos. Phone.com había empezado a cotizar en la bolsa, dejándolo con una ganancia inesperada de un millón de dólares. Usó parte del dinero para comprar un departamento cerca del barrio Haight-Ashbury de San Francisco y el resto para financiar una investigación propia en ciencias de la computación y teoría política. “Estaba acostumbrado a recibir palmaditas en la cabeza por ser listo”, dijo sobre su decisión de dejar el cursus honorum del niño superdotado. “Apartarse de la economía de las palmaditas en la cabeza fue una decisión extraña y aterradora”.

En este nuevo páramo, Yarvin profundizó en textos recónditos de historia y economía, muchos de ellos recientemente accesibles a través de Google Books. Leyó a Thomas Carlyle, James Burnham y Albert Jay Nock, junto con una profusión temprana de blogs políticos.  Yarvin sitúa su propio momento de “píldora roja” en las elecciones presidenciales de 2004. Mientras muchos de sus pares estaban siendo conducidos hacia la izquierda por medio de mentiras sobre armas de destrucción masiva en Irak, Yarvin fue empujado en la dirección opuesta por invenciones de un tipo diferente: la teoría de la conspiración de los Swift Boat impulsada por veteranos aliados con la campaña de George W. Bush, quienes afirmaban que el candidato demócrata, John Kerry, había mentido sobre su servicio militar en Vietnam. A Yarvin, que creía en las acusaciones, se le hacía obvio que una vez que saliera a la luz la verdad, Kerry se vería obligado a retirarse de la contienda. Cuando eso no ocurrió, empezó a preguntarse en qué más había confiado ingenuamente. Los hechos ya no se sentían estables. ¿Cómo podía confiar en lo que le habían dicho sobre Joseph McCarthy, la Guerra Civil o el calentamiento global? ¿Y la democracia misma? Después de años de enérgicos debates en las secciones de comentarios de blogs ajenos, decidió comenzar el suyo. No le faltó ambición. El primer post comenzaba así: “El otro día andaba arreglando cosas en mi garage y decidí construir una nueva ideología”.

Después de años de enérgicos debates en las secciones de comentarios de blogs ajenos, decidió comenzar el suyo. No le faltó ambición. El primer post comenzaba así: “El otro día andaba arreglando cosas en mi garage y decidí construir una nueva ideología”.

El académico alemán Hans-Hermann Hoppe a veces es descrito como una puerta de entrada intelectual a la extrema derecha. Hoppe, un profesor de economía retirado de la Universidad de Nevada, Las Vegas, argumenta que el sufragio universal ha sustituido al gobierno de una “élite natural”; aboga por dividir las naciones en comunidades más pequeñas y homogéneas; y pide que los comunistas, homosexuales y otros que se oponen a este rígido orden social sean “eliminados físicamente”. (Algunos nacionalistas blancos han hecho memes juntando la cara de Hoppe con un helicóptero: una alusión a la práctica del dictador chileno Augusto Pinochet de ejecutar a oponentes políticos lanzándolos desde aeronaves). Aunque Hoppe favorece un Estado mínimo, cree que la libertad está mejor preservada por la monarquía que por la democracia.

Yarvin casi termina siendo libertario. Como programador en el Área de la Bahía y devoto de la escuela austriaca de economía a finales de sus veinte, reunía todos los factores de riesgo. Entonces, descubrió el libro de Hoppe Democracia: el Dios que fracasó (2001) y cambió de opinión. Yarvin rápidamente adoptó la figura de Hoppe: un hombre fuerte y benevolente, alguien que gobernaría de manera eficiente, evitaría guerras sin sentido y priorizaría el bienestar de sus súbditos. “No es un copy/paste, pero es una influencia tan directa que es medio obsceno”, dijo Julian Waller, un académico especialista en autoritarismo de la Universidad George Washington. (Por correo electrónico, Hoppe recordó que conoció a Yarvin una vez en una reunión exclusiva en casa de Peter Thiel, donde Hoppe había sido invitado a hablar. Reconoció su influencia en Yarvin, pero agregó: “Para mi gusto, su escritura siempre ha sido demasiado florida y divagante”). Hoppe sostiene que, a diferencia de los funcionarios electos democráticamente, un monarca tiene un incentivo a largo plazo para salvaguardar a sus súbditos y al Estado, porque ambos le pertenecen. Cualquiera que esté familiarizado con la historia de las dictaduras podría considerar falsa esta idea. Yarvin no.

“Nadie saquea su propia casa”, me dijo una tarde, en un café al aire libre en Venice Beach. Le había preguntado qué evitaría que su CEO-monarca saqueara el país —o esclavizara a su gente— para beneficio personal. “Para Luis XIV, cuando dice L’état, cest moi, saquear el Estado no tiene sentido porque es todo suyo de todas formas”. Siguiendo a Hoppe, Yarvin propone que las naciones eventualmente se dividan en un “mosaico” de mini Estados, como Singapur o Dubai, cada uno con su propio gobernante soberano. Los eternos problemas políticos de legitimidad, responsabilidad y sucesión serían resueltos por una junta secreta con el poder de seleccionar y destituir al todopoderoso CEO de cada corporación soberana, o SovCorp. (No está claro cómo se seleccionaría la junta directiva, pero Yarvin ha sugerido que los pilotos de aerolíneas —“una fraternidad de personas inteligentes, prácticas y cuidadosas a las que ya se les confía regularmente la vida de los demás. ¿Qué más se puede pedir?”— podrían gestionar la transición entre regímenes). Para evitar que un CEO organice un golpe militar, los miembros de la junta tendrían acceso a claves criptográficas que les permitirían desactivar todas las armas gubernamentales, desde misiles nucleares hasta armas pequeñas, con solo presionar un botón.

La participación política masiva cesaría, y la única forma en que la gente podría votar sería con los pies, moviéndose de un SovCorp a otro si no estuvieran satisfechos con los términos del servicio, como cambiar de X a Bluesky. La ironía de que disidentes como Yarvin probablemente serían reprimidos en tal Estado parece tenerlo sin cuidado. En su sistema político imaginario, insiste, aún habría libertad de expresión. “Puedes pensar, decir o escribir lo que quieras”, asegura. “Porque el Estado no tiene razones para preocuparse”.

El cinismo innato de Yarvin sobre la gobernanza desaparece tan pronto comienza a hablar de regímenes dictatoriales. Tiene palabras amables para el hombre fuerte de El Salvador, Nayib Bukele, y ha alentado a Trump a dejar que Putin acabe con el orden liberal “no solo en los territorios de habla rusa, sino hasta el Canal de la Mancha”. Picando un platillo de calamares fritos, Yarvin elogió a China y Ruanda (ninguno de los cuales ha visitado) por tener gobiernos fuertes que garantizaban tanto la seguridad pública como la libertad personal. En China, me dijo, “puedes pensar y decir prácticamente lo que quieras”. Quizás percibió mi escepticismo, dado el historial del país en materia de encarcelamiento de críticos y detención de minorías étnicas en campos de concentración. “Si quieres organizarte contra el gobierno, vas a tener problemas”, admitió. Luego, volvió a retocar: “No problemas como Stalin. Simplemente serás como cancelado”.

El cinismo innato de Yarvin sobre la gobernanza desaparece tan pronto comienza a hablar de regímenes dictatoriales. Tiene palabras amables para el hombre fuerte de El Salvador, Nayib Bukele, y ha alentado a Trump a dejar que Putin acabe con el orden liberal “no solo en los territorios de habla rusa, sino hasta el Canal de la Mancha”.

Para ciertas personas, como los adictos a la metanfetamina o los niños de cuatro años, dijo Yarvin, demasiada libertad podría ser mortal. Luego, señalando a la población sin hogar acampada en el vecindario, de repente comenzó a llorar. “La idea de que esto representa el éxito, o esto representa el ‘peor de todos los sistemas, excepto por todos los demás’” —estaba haciendo referencia al famoso comentario de Churchill sobre la democracia, que yo había parafraseado anteriormente— “es completamente delirante”, dijo, secándose las lágrimas. (Unas semanas más tarde, en un viaje a Londres, lo vi desmoronarse mientras daba un discurso similar a un miembro de la Cámara de los Lores. Fue menos conmovedor la segunda vez).

Presuntamente, el monarca de Yarvin actuaría con decisión para salvaguardar a sus súbditos. En el Venice café, Yarvin elogió a la Fundación Delancey Street, una organización de rehabilitación sin fines de lucro, cuyo estricto programa ha caracterizado como un ejercicio de “control nivel padre fascista”. Algunas de sus propias propuestas van más allá. En su blog, una vez bromeó sobre convertir a las clases bajas de San Francisco en biodiésel para alimentar los autobuses de la ciudad. Luego sugirió otra idea: ponerlos en confinamiento solitario, conectados a una interfaz de realidad virtual. Cualquiera que sea la solución exacta, ha escrito, es crucial encontrar “una alternativa humana al genocidio”, un resultado que “consiga lo mismo que el asesinato en masa (la eliminación de elementos indeseables de la sociedad) pero sin el estigma moral”.

El clamor de Yarvin por un hombre fuerte para Estados Unidos a menudo es tratado como una provocación excéntrica. De hecho, él considera que esa es la única respuesta a un mundo en el que la mayoría de las personas no son aptas para la democracia. “Hoy en día un país africano” —me dijo— “tiene suficientes personas inteligentes en el país para administrarlo, pero carece de suficientes personas inteligentes para tener una elección democrática en la que todos sean inteligentes”. Debido a tales comentarios, Yarvin a veces es identificado como un nacionalista blanco, una etiqueta a la que se resiste cuidadosamente. En una publicación de blog de 2007 titulada “Por qué no soy un nacionalista blanco”, explicó que, aunque “no es exactamente alérgico a esas cosas”, considera que tanto la blancura como el nacionalismo son conceptos políticos inútiles. Durante el almuerzo, me dijo que siente una triste compasión por los intolerantes del pasado, que tenían algunas de las intuiciones correctas pero carecían de la ciencia adecuada. Los neorreaccionarios tienden a suscribir lo que ellos llaman “biodiversidad humana”, un conjunto de creencias marginales que sostiene, entre otras cosas, que no todos los grupos raciales o de población son igualmente inteligentes. Como Yarvin llegó a verlo a partir de su investigación en línea, estas diferencias genéticas contribuían a (y, convenientemente, ayudaban a explicar) las diferencias demográficas en pobreza, delincuencia y logros educativos. “En esta casa, creemos en la ciencia… la ciencia racial”, escribió el año pasado.

Durante varias horas Yarvin repasó sus argumentos en favor del gobierno de un hombre fuerte, como un subastador desesperado por cerrar una venta. Escuché pacientemente, aunque a menudo me desconcertaban sus distorsiones fácticas y sus peculiares digresiones. “¿Cuál es la política correcta para los afroamericanos en un régimen completamente nuevo y desde cero?”, se preguntó en voz alta en un algún momento. Al principio, esto parecía un sinsentido: Yo lo había estado presionando sobre cómo definiría el éxito en la segunda administración Trump. Respondiéndose a sí mismo, dijo que la “solución obvia” a los problemas del abuso de drogas en los barrios marginados y la pobreza sería “poner a los negros de la iglesia a cargo de los negros del gueto”. Yarvin, que es ateo, no está particularmente interesado en el gobierno teocrático, pero aboga por crear diferentes códigos legales para gobernar diferentes poblaciones. (Citó el sistema Millet otomano, que otorgaba cierta autonomía a las comunidades religiosas). Para mantener a los “negros del gueto” a raya, continuó, deberían verse obligados a vivir de “manera tradicional”, como los judíos ortodoxos o los Amish. “El enfoque que adoptó el siglo XX fue que, si pudiéramos hacer que las escuelas fueran lo suficientemente buenas, todos se convertirían en cristianos unitarios”, dijo. “Si has visto The Wire y vivido en Baltimore, como yo lo he hecho, eso no parece funcionar en lo absoluto”. No fue hasta que llegó al final de su discurso, diez minutos después, que me di cuenta de que, a su manera, estaba abordando mi pregunta inicial. “A menos que podamos rediseñar totalmente el ADN para cambiar lo que es un ser humano, hay muchas personas que no deberían vivir de una manera moderna, sino de una manera tradicional”, concluyó. “Y eso es un nivel de revolución que está mucho más allá de lo que está haciendo el régimen de Trump-Vance”.

“A menos que podamos rediseñar totalmente el ADN para cambiar lo que es un ser humano, hay muchas personas que no deberían vivir de una manera moderna, sino de una manera tradicional”, concluyó. “Y eso es un nivel de revolución que está mucho más allá de lo que está haciendo el régimen de Trump-Vance”.

Yarvin no es conocido por su discreción. Tiene la costumbre de compartir correspondencia privada, como descubrí cuando comenzó a enviarme capturas de pantalla no solicitadas de mensajes de texto y correos electrónicos que él había intercambiado con su esposa, sus amigos, un verificador de hechos de la Times Magazine, y alguien nominado para la nueva administración. Parecía preocupado por la idea de que el ingenio y la sabiduría que contenían pudieran perderse para la posteridad. Era más cauteloso sobre su amistad con Thiel, pero mencionó una conversación que grabaron juntos en privado el año pasado y presumió de un regalo de cuadragésimo cumpleaños que recibió del multimillonario: La tragedia de Europa de Francis Neilson, un comentario contemporáneo sobre la Segunda Guerra Mundial, aunque no la primera edición como Yarvin esperaba.

Thiel siempre ha tenido un toque profético. Cofundó PayPal, se convirtió en el primer inversionista externo de Facebook y creó Palantir, una empresa de minería de datos que acaba de recibir un nuevo contrato para ayudar a los funcionarios del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas a llevar a cabo deportaciones. Thiel respaldó a Trump cuando hacerlo aún lo convertía a uno en un paria en Silicon Valley. En 2022, donó quince millones de dólares a la campaña de J. D. Vance para el Senado, la mayor cantidad otorgada a un solo candidato en la historia del Congreso. Thiel, un libertario de toda la vida, parece haber dado un giro yarviniano alrededor de 2009, cuando, en un ensayo ampliamente citado publicado en línea por el Instituto Cato, escribió: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Yarvin lo incluyó elogiosamente por medio de un enlace en una publicación de blog titulada “La democrafobia se vuelve (ligeramente) viral”. Pronto se conocieron por primera vez, en la casa de Thiel en San Francisco, y, de acuerdo con mensajes privados que revisé, entablaron una correspondencia de mucha confianza. Los correos electrónicos de Yarvin eran largos y con tono de sermón, llenos de preceptos extraídos de blogs de artistas del ligue; las respuestas de Thiel eran directas y concisas. Ambos hombres parecían dar por sentado que Estados Unidos era un país comunista, que los periodistas actuaban como la Stasi y que los CEOs de tecnología eran su presa.

En el otoño de 2014, Thiel publicó el best seller Zero to One, un tratado sobre startups, con Blake Masters, su empleado y admirador de Moldbug desde hacía mucho tiempo. Antes de la gira de promoción del libro, Thiel le pidió consejo a Yarvin sobre cómo responder a las preguntas que le pudieran hacer acerca de cómo atraer a más mujeres al sector tecnológico. La premisa parecía equivocada para ambos, ya que las mujeres, en su opinión, tenían menos probabilidades de tener la misma aptitud de los hombres para las ciencias de la computación. Como Yarvin lo expresó en un correo electrónico: “Sencillamente, no hay manera, a menos que se convierta en una farsa para que Google, YC (Y Combinator, el acelerador de startups), etc., etc., se vean como Estados Unidos”. Yarvin sugirió que Thiel implementara una táctica de artista del ligue conocida como “coincidir y amplificar”: es decir, preguntarle a una periodista, que probablemente no tuviera ninguna solución en mente, qué haría ella para abordar el problema. “El propósito aquí —escribió— no es hacer que el interlocutor se acueste contigo, sino hacer que le tema a este problema y huya de él, y lo mismo para los futuros entrevistadores”. Una vez, en una cena, Thiel le preguntó a Yarvin cómo se podría destruir a Gawker. (Resultó que Thiel ya había decidido financiar en secreto la denuncia de difamación de Hulk Hogan contra la publicación en línea, que finalmente la llevó a la bancarrota, en 2016). En correos electrónicos obtenidos por BuzzFeed, Yarvin presumía ante Milo Yiannopoulos, editor de Breitbart, que había visto las primeras elecciones de Trump en casa de Thiel y que había estado “entrenándolo”.  “Peter necesita recibir orientación política, sin duda”, contestó Yiannopoulos. Yarvin le respondió: “¡Menos de la que crees!… Está completamente iluminado, solo toma sus precauciones”.

Yarvin presumía ante Milo Yiannopoulos, editor de Breitbart, que había visto las primeras elecciones de Trump en casa de Thiel y que había estado “entrenándolo”.  “Peter necesita recibir orientación política, sin duda”, contestó Yiannopoulos. Yarvin le respondió: “¡Menos de la que crees!… Está completamente iluminado, solo toma sus precauciones”.

Cuando visité recientemente la casa estilo Craftsman de Yarvin, en Berkeley, me fijé en una pintura que Thiel le había regalado: un retrato de Yarvin al estilo de una tarjeta de personaje de juego de rol, con la leyenda “Filósofo”. Mientras bebía un sorbo de té de una taza personalizada con una imagen de Yarvin con una corona dibujada, me dijo que sería “cringe” de su parte hacer muy pública su relación con Thiel; o con Vance, dicho sea de paso, a quien conoció a través de Thiel alrededor de 2015. “¿Un votante medio de Ohio… lee a Mencius Moldbug? No”, cuentan que dijo Vance una noche en un bar durante la Conferencia Nacional de Conservadurismo de 2021. “¿Pero están de acuerdo con el objetivo general de hacia dónde creemos que debería orientarse la política pública estadounidense? Absolutamente”. “Es un tipo genial”, dijo Yarvin sobre el vicepresidente, quien comenzó a seguirlo en X a principios de este año. (La Casa Blanca no respondió a las solicitudes de comentarios).

Aunque Yarvin trató de ser discreto, mencionó que Thiel tiene un “toque raro” y describió a Andreessen, el capitalista de riesgo, como alguien que, “aparte de la extraña y quizás incluso no humana forma de su cabeza, parecería mucho más normal que Peter”. Después de que Andreessen invirtiera en la startup de Yarvin, Tlon, los dos se conocieron; se mensajearon y fueron a almorzar mucho antes de que Andreessen se declarara partidario de Trump, el año pasado. Se sabe que Andreessen insta a sus colegas a leer el blog de Yarvin. “La gente de la tecnología no está interesada en apelar a la virtud, la belleza o la tradición, como la mayoría de los conservadores”, dijo un funcionario del Departamento de Estado. “Son más como progresistas de derecha, y durante mucho tiempo Moldbug fue la única persona que les habló de esta manera. (Andreessen y Thiel declinaron hacer comentarios). A propósito de sus relaciones con hombres poderosos, Yarvin me parafraseó “un maravilloso consejo para los cortesanos” que recogió de las Cartas a su hijo de Lord Chesterfield, un manual de etiqueta del siglo XVIII dirigido al hijo ilegítimo del autor: “Nunca los molestes. Y nunca dejes que olviden que existes”.

Yarvin ha tenido más éxito como cortesano de los fundadores de startups que como fundador él mismo. Lanzó Tlon en 2013, con un veinteañero exbecario de Thiel. Yarvin se acercó a las ciencias de la computación de la misma manera que se acercó al gobierno de los EE.UU.: con una “megalomanía utópica”, en sus propias palabras. El objetivo visionario de Yarvin era construir una red de computación entre pares, llamada Urbit, que permitiera a los usuarios controlar sus propios datos, libres de regaños, espías y monopolios. Cada usuario de la red Urbit se identifica con un token no fungible (NFT) que funciona como un pasaporte digital. Aunque Urbit promueve la descentralización, el sistema está diseñado en torno a un modelo jerárquico de bienes raíces virtuales, con usuarios que son dueños de “planetas”, “estrellas” o “galaxias”.

En un boceto temprano del sistema, Yarvin se nombró a sí mismo su “príncipe”, pero tuvo que batallar para atraer súbditos a su reino imaginario. Al igual que su teoría política, su lenguaje de programación, que él mismo escribió, era atrevido, abstruso y, a veces, tomado como un engaño. Siempre inconformista, invirtió el significado de ceros y unos. Después de décadas de trabajo y una inversión estimada de treinta millones de dólares, Urbit parece funcionar menos como una sociedad feudal y más como los foros de Usenet de la juventud de Yarvin. (La publicación comercial CoinDesk lo ha calificado como “una versión más lenta de AOL Instant Messenger”). “No funciona como debería”, me dijo un exempleado de Urbit, describiendo a Yarvin como “el primer científico chiflado de la computación”.  Yarvin dejó la empresa en 2019.

Ya sin tener que preocuparse por asustar a los inversores, Yarvin se lanzó al estilo de vida de un “intelectual renegado”, como se describe a sí mismo. Bajo su propio nombre, lanzó una publicación en Substack: Gray Mirror of the Nihilist Prince (hoy, la tercera publicación más popular de la plataforma en toda su historia). Se convirtió en un invitado recurrente en el circuito de podcasts de derecha y parecía no rechazar nunca una invitación a una fiesta. En sus viajes, a menudo era anfitrión de “horas de consulta”: discusiones informales y espontáneas con lectores, muchos de ellos jóvenes reflexivos, alienados por la culpa liberal y el pensamiento de grupo. Lo que le hace a Yarvin ganarse conversos es menos la solidez de sus argumentos que la energía transgresora que exudan: hace que sus oyentes sientan que les está otorgando acceso al conocimiento prohibido —sobre la jerarquía racial, las conspiraciones históricas y la perfidia del gobierno democrático— que la cultura progresista se esfuerza por suprimir. Su enfoque se basa en la realidad de que la mayoría de los estadounidenses nunca aprendieron a defender la democracia; simplemente fueron criados para creer en ella.

Lo que le hace a Yarvin ganarse conversos es menos la solidez de sus argumentos que la energía transgresora que exudan: hace que sus oyentes sientan que les está otorgando acceso al conocimiento prohibido —sobre la jerarquía racial, las conspiraciones históricas y la perfidia del gobierno democrático— que la cultura progresista se esfuerza por suprimir. Su enfoque se basa en la realidad de que la mayoría de los estadounidenses nunca aprendieron a defender la democracia; simplemente fueron criados para creer en ella.

Yarvin aconseja a sus seguidores que eviten las batallas culturales sobre temas como políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (D.E.I.) y el aborto. Es más prudente, argumenta, dejar que el sistema democrático colapse por sí solo. Mientras tanto, los disidentes deberían centrarse en ponerse “de moda” construyendo una subcultura reaccionaria: una suerte de contra-Catedral. Sam Kriss, escritor de izquierda que ha debatido con Yarvin, dijo de su trabajo: “Halaga a las personas que creen que pueden cambiar el mundo simplemente teniendo ideas extrañas en Internet y fiestas decadentes en Manhattan”.

Tales personas han llegado a ser conocidas como la “derecha disidente”, una constelación poco definida de artistas y opositores agrupados alrededor del Área de la Bahía de San Francisco, Miami y el microbarrio Dimes Square en el Lower East Side de Nueva York. Lo que unió a este grupo fue la frustración con la política electoral, el confinamiento debido al covid y las restricciones impuestas por el wokismo. La ostentación transgresora ha sido fundamental para el atractivo contracultural de este ambiente: en lugar de compartir pronombres y emplear la nomenclatura aprobada (“persona sin hogar”, “latinx”, “persona involucrada con la justicia”), sus miembros han revivido insultos como “gay” y “retrasado”.  Dasha Nekrasova y Anna Khachiyan, las anfitrionas del podcast “Red Scare”, se encuentran entre los avatares más destacados de esta escena. En 2021, Thiel ayudó a financiar un festival de cine anti-woke en Nueva York y Yarvin leyó su poesía en uno de sus muy concurridos eventos. Urbit ahora alberga una revista literaria diseñada para parecerse a The New York Review of Books. “Si eres un urbanita judío-estadounidense inteligente que quiere probar ciertos temas nietzscheanos y eugenésicos, no te vas a unir a los manifestantes que portan antorchas tiki mientras corean que ‘los judíos no nos reemplazarán’”, observó el comentarista conservador Sohrab Ahmari en un ensayo el año pasado. “No, acudes a la derecha disidente”.

Yarvin se ha convertido en un veterano edgelord de este público, al cual comparó con la subcultura gay de San Francisco en los años setenta y con la Generación Perdida de modernistas literarios: comunidades muy unidas cuyos miembros intimaron a partir de su percepción de ser excluidos. James Joyce, dijo, vendió pocas copias de Ulises, pero sus amigos, como Ezra Pound y T. S. Eliot, “sabían que lo que estaba haciendo era bueno”. Lo mismo sucedió con los creativos de la derecha disidente, cuyos esfuerzos, sintió, habían sido ignorados por la intolerante Catedral. El pasado abril, Yarvin le propuso a Darren Beattie, subsecretario de Estado interino para la Diplomacia Pública, un plan para que “artistas de derecha disidente” se hicieran cargo del pabellón estadounidense en la Bienal de Venecia.

Yarvin le propuso a Darren Beattie, subsecretario de Estado interino para la Diplomacia Pública, un plan para que “artistas de derecha disidente” se hicieran cargo del pabellón estadounidense en la Bienal de Venecia.

Últimamente Yarvin ha estado tratando de convertir parte de su capital cultural recién adquirido en capital real. El año pasado, regresó a Urbit como “CEO en tiempos de guerra”, después de lo cual varios empleados de alto rango renunciaron, y en febrero recaudó más dinero de Andreessen Horowitz. Según un borrador de una publicación inédita de Substack, su plan más reciente es promover Urbit como un club privado de élite cuyos miembros, él cree, están destinados a convertirse en “las estrellas de la nueva esfera pública: una nueva Usenet, una nueva Atenas digital construida para durar eternamente”.

La noche antes de la toma de posesión de Trump, llevé a Yarvin a un “Baile de Coronación” formal en el Hotel Watergate, en Washington D.C. El evento fue organizado por una editorial neorreaccionaria, Passage Press, que recientemente lanzó el libro de Yarvin Gray Mirror, Fascicle I: Disturbance, el primero de un futuro ciclo de cuatro partes que describe su visión de un nuevo régimen político. Sus notas finales consisten principalmente en enlaces a páginas de Wikipedia por medio de códigos QR: “Desnazificación”, “L’État, c’est moi”, “Presentismo (análisis histórico)”. Mientras yo sorteaba las calles heladas, Yarvin explicaba que, durante la era isabelina, las mejores mentes de las artes y las ciencias se encontraban en la corte.  Cuando le pregunté si veía un paralelo con el círculo íntimo de Trump, reventó de risa. “Oh, no”, dijo. “Dios mío”.

Como a la mayoría de los periodistas, se me había negado la entrada al baile, así que pedí una copa en un bar del lobby. Parado junto a mí había un hombre con sombrero de cowboy y traje de velvetón borgoña: resultó ser un admirador de Yarvin, llamado Alex Maxa. Dirigía una empresa de autobuses para fiestas en San Francisco y, en su tiempo libre, hacía memes con la imagen de Yarvin.  Dijo que se sintió atraído por la obra de Yarvin porque “me hace sentir que tengo algo contra lo que la gente de Washington que se cree muy inteligente en realidad no puede presentar un argumento convincente”. Él había querido ir al baile, pero las entradas, cuyo precio había subido a veinte mil dólares, ya estaban agotadas. No mucho después, conocí a dos amigos de Yarvin que me animaron, a mí y a otro periodista con el que estaba, a entrar con confianza a la fiesta con ellos. Maxa ya estaba adentro, tras haber adoptado una actitud similar. “Jaja, entré así nomás, preguntando dónde estaba el guardarropa”, escribió por mensaje de texto.

Passage Press había anunciado el evento como “un encuentro entre MAGA y la derecha tecnológica”.  No era publicidad engañosa. En un salón de fiestas inundado de luz rosa y morada, Anton, del Departamento de Estado, Laura Loomer, una ferviente seguidora de Trump conocida por su intolerancia antimusulmana, y Jack Posobiec, quien popularizó la teoría de la conspiración Pizzagate, se mezclaban con capitalistas de riesgo, criptoaceleracionistas y estrellas de Substack. Más temprano esa noche, mientras los invitados cenaban callos de hacha sellados y filet mignon, Steve Bannon, el orador principal del evento, clamó por deportaciones masivas, el Götterdämmerung del Estado administrativo y el encarcelamiento de Mark Zuckerberg.

Hace ocho años, Mike Cernovich, un influencer de la primera generación de la derecha alternativa, había sido uno de los anfitriones de una fiesta inaugural conocida como DeploraBall, un guiño al desafortunado chiste de Hillary Clinton de que la mitad de los partidarios de Trump entran en una “canasta de deplorables”. Fue, según todos los testigos, un asunto caótico, plagado de periodistas y manifestantes. Uno de los coorganizadores junto a Cernovich, Tim Gionet, quien usa el seudónimo en línea “Baked Alaska”, fue destituido de su cargo después de publicar contenido antisemita en Twitter. Ahora, en el “Baile de Coronación”, se servía “Baked Alaska” de postre, un guiño, al parecer, a Gionet, quien entonces estaba en libertad condicional por participar en la insurrección del 6 de enero (Trump lo indultó al día siguiente). Cernovich paseaba a un bebé en cochecito y se maravillaba, como un padre orgulloso, de lo lejos que había llegado el movimiento. “¡Yo era uno de los más viejos del lugar!”, tuiteó la tarde siguiente. “Bien de derecha. Alta energía y alto coeficiente intelectual”. En 2008, en su “Carta Abierta”, Yarvin había llamado a una vanguardia reaccionaria a formar un partido político clandestino. El “Baile de Coronación” dejó en claro que esto ya no era necesario. Su contra-élite adicta a la web se había vuelto el establishment.

En 2008, en su “Carta Abierta”, Yarvin había llamado a una vanguardia reaccionaria a formar un partido político clandestino. El “Baile de Coronación” dejó en claro que esto ya no era necesario. Su contra-élite adicta a la web se había vuelto el establishment.

Yarvin iba vestido con el mismo esmoquin, que incluía una faja de color rojo brillante, que había llevado a una fiesta en casa de Thiel en Washington la noche anterior, donde, según informó Politico, Vance lo había saludado amistosamente con un “¡Este fascista reaccionario!”. También vistió el esmoquin en su boda el año pasado. La primera esposa de Yarvin murió en 2021, de una enfermedad cardíaca hereditaria, a la edad de cincuenta años. En el baile, estuvo acompañado por su segunda esposa, Kristine Militello. Kristine, ex partidaria de Bernie Sanders y aspirante a novelista, se describió a sí misma diciendo que tomó la píldora roja durante la pandemia, después de perder su trabajo de servicio al cliente en una tienda de vinos en línea. Conoció a Yarvin por primera vez en YouTube, donde vio un video de él argumentando en contra de la legitimidad de la Revolución estadounidense, y procedió a leer todo lo que había escrito.  En 2022, le mandó un correo electrónico lleno de admiración, pidiéndole consejo sobre cómo irrumpir en la escena literaria de la derecha disidente en Nueva York, y se encontraron para tomar algo unas semanas después.

Recientemente Yarvin ha comenzado a describirse a sí mismo como un “elfo oscuro” cuyo papel es seducir “altos elfos” —élites de los estados demócratas— plantando “bellotas de oscura duda en sus elevadas mentes doradas”. (En esta metáfora inspirada en Tolkien, los conservadores de estados republicanos son “hobbits” que deberían someterse al “poder absoluto” de una nueva clase dominante formada, como era de esperarse, por elfos oscuros.) No siempre se expresó de forma tan pintoresca. En 2011, el día después de que el terrorista de extrema derecha Anders Behring Breivik matara a sesenta y nueve personas, muchas de ellas adolescentes, en un campamento de verano en Noruega, Yarvin escribió: “Si vas a cambiar Noruega por algo nuevo, necesitas que la actual clase dominante de Noruega se una a ti y te siga”. O, al menos, “necesitarás a sus hijos”. Elogió a Breivik por apuntar al grupo correcto (“comunistas, no musulmanes”), pero condenó sus métodos: “La violación es beta. La seducción es alfa. No masacres al campamento juvenil; recluta al campamento juvenil”.

Los propios esfuerzos de reclutamiento de Yarvin parecían estar funcionando. Cerca de la barra libre, hablé con Stevie Miller, un vivaz estudiante de segundo año de licenciatura en Carnegie Mellon que ha estado leyendo a Yarvin desde el séptimo grado. (Yarvin me dijo que se había encontrado a varios Zoomers dotados que lo habían leído de preadolescentes porque su “estilo de alto coeficiente intelectual” sirvió como un “imán de alto coeficiente intelectual”). Hace dos años, Miller se juntó con Yarvin en Vibecamp, una reunión para nerds y expertos en tecnología de zonas rurales de Maryland. Yarvin, quien se fue temprano, le pidió a Miller que lo ayudara a organizar su propia fiesta en D.C., que llegó a conocerse como Vibekampf. Después de eso, Miller se convirtió en el primer pasante personal de Yarvin. “Mis padres, judíos liberales de Nueva York a quienes amo, estaban totalmente desconcertados”, dijo.

Después de media hora, fui escoltada fuera de la fiesta, al igual que otros reporteros a lo largo de la noche. La seguridad confundió a Maxa, mi amigo del lobby, con uno de los nuestros, y él también fue expulsado, aunque no antes de abrirse paso entre la multitud para tomarse una foto con el elfo oscuro.

Incluso los críticos más pesimistas de Trump se han sorprendido por la rapidez con la que el presidente, en su segundo mandato, ha actuado para imponer la autocracia en Estados Unidos, concentrando el poder en el Poder Ejecutivo; y con bastante frecuencia en manos de los hombres más ricos del planeta. Elon Musk, un ciudadano no electo, ha liderado un escuadrón de veinteañeros para arrasar con el gobierno federal, despidiendo a decenas de miles de funcionarios públicos, cerrando la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional y tomando control del sistema de pagos del Departamento de Tesorería. Mientras tanto, este gobierno ha lanzado un ataque contra la sociedad civil, revocando fondos de Harvard y otras universidades que, según afirma, son bastiones del adoctrinamiento ideológico, y castigando a los despachos de derecho que han representado a los adversarios de Trump.  Ha ampliado la maquinaria de aplicación de la ley migratoria, deportando a Honduras a tres niños nacidos en Estados Unidos, a África a un grupo de inmigrantes asiáticos y latinoamericanos y a más de doscientos migrantes venezolanos a una prisión de máxima seguridad en El Salvador, donde podrían permanecer el resto de sus vidas.  Los ciudadanos estadounidenses ahora se encuentran con un gobierno que se adjudica el derecho a desaparecerlos sin el debido proceso: como Trump le dijo a Bukele, el presidente de El Salvador, durante una reunión en la Oficina Oval: “siguen los nativos”.  Sin un fuerte sistema de controles y contrapesos, las ideas descabelladas de un solo hombre —como iniciar una guerra comercial incoherente que ponga de cabeza la economía mundial— no se sopesan. Se convierten en políticas que enriquecen a su familia y a sus aliados.

Desde enero, ha surgido en Internet una industria artesanal que busca vínculos entre el caótico bombardeo de acciones del gobierno y los escritos de Yarvin. Yarvin está lejos de ser la figura tipo Rasputín con acceso a la Oficina Oval que ciertos usuarios de Bluesky imaginan que es, pero no es difícil ver por qué algunas personas pudieron haber llegado a esta perspectiva. En mayo, un asesor anónimo del DOGE le dijo a The Washington Post que era “un secreto a voces que todos los que están en puestos de diseño de políticas han leído a Yarvin”.  Stephen Miller, el subjefe de gabinete del Presidente, lo retuiteó recientemente. Vance ha pedido que Estados Unidos se retire de Europa, un desiderátum de Yarvin desde hace mucho tiempo. La primavera pasada, Yarvin propuso expulsar a todos los palestinos de la Franja de Gaza y convertirla en un resort de lujo. “¿Escuché a alguien decir ‘con vista al mar’?” escribió en Substack. “La nueva Gaza —desarrollada, por supuesto, por Jared Kushner— es el Los Ángeles del Mediterráneo, una ciudad-Estado completamente nueva frente al océano más antiguo de la humanidad, propiedad inmobiliaria sublime con un gobierno absolutamente perfecto, de calidad Apple”. Este febrero, durante una conferencia de prensa conjunta con Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí, Trump sorprendió a sus asesores cuando hizo una propuesta casi idéntica, describiendo su Gaza reconstruida como “la Riviera del Medio Oriente”.

…un asesor anónimo del DOGE le dijo a The Washington Post que era “un secreto a voces que todos los que están en puestos de diseño de políticas han leído a Yarvin”.  Stephen Miller, el subjefe de gabinete del Presidente, lo retuiteó recientemente. Vance ha pedido que Estados Unidos se retire de Europa, un desiderátum de Yarvin desde hace mucho tiempo. La primavera pasada, Yarvin propuso expulsar a todos los palestinos de la Franja de Gaza y convertirla en un resort de lujo.

Cada vez que le preguntaba a Yarvin sobre las resonancias entre su escritura y los eventos del mundo real, su respuesta era indiferente. Parecía verse a sí mismo como un mero transmisor de la pura razón; el único misterio, para él, era por qué a otros les había llevado tanto tiempo comprenderlo. “Puedes inventar una mentira, pero solo puedes descubrir la verdad”, me dijo. Estábamos en Londres, donde él asistía a la Alianza para la Ciudadanía Responsable, una conferencia conservadora cofundada por el psicólogo Jordan Peterson. (Yarvin me describió a Peterson como “un dandi” con “una extraña energía narcisista que emanaba de él”). Acompañando a Yarvin en sus viajes estaban Eduardo Giralt Brun y Alonso Esquinca Díaz, dos cineastas millenials que estaban filmando un documental sobre su vida. Su objetivo era hacer un retrato naturalista al estilo de “Grey Gardens”, en el que, como dijo Brun, “la cámara parece estar ahí de pura casualidad”. Pero el plan no salió como esperaban. Yarvin seguía repitiendo los mismos monólogos, lo que significaba que mucho del material era lo mismo. A los cineastas les preocupaba que sus comentarios racistas hicieran que los espectadores perdieran interés. Una tarde en Londres, Díaz filmó a Yarvin mientras era retratado por Lord Maurice Glasman, un teórico político posliberal que ha sido llamado el “Lord MAGA del Partido Laborista”, por su apoyo al Brexit y su diálogo continuo con figuras como Steve Bannon. En un momento de su discusión, Yarvin sacó su iPhone para mostrarle a Glasman que había hackeado el chatbot Claude para que lo llamara por la palabra con N [La autora se refiere a la palabra “nigger”, un insulto dirigido a las personas negras con tanta carga histórica y social que ha sido vetada del uso cotidiano de la lengua inglesa, de ahí que Yarvin hackeara un chatbot para que la utilizara, N. del T.].

Algunos pensadores envidiarían la atención que Yarvin está recibiendo. Pero él ha desestimado su influencia como una “moneda fraudulenta”, ya que aún no se ha materializado en la revolución que desea. Descargó desprecio contra DOGE (“tanto ADN libertario”) y el plan de aranceles de Trump (no lo suficientemente mercantilista). En un ensayo reciente en Substack, criticó la decisión de enviar oficiales de ICE vestidos de civiles a encarcelar a estudiantes universitarios y profesores por sus posturas políticas; no por motivos morales, sino porque era probable que la imagen de matones provocara resistencia. Los pronunciamientos oraculares de Yarvin y su desdén sin fondo por la política realmente existente han inspirado un post viral: su rostro bajo las palabras: “Tus acciones contra el régimen funcionan bien en la práctica. ¿Pero funcionan en la teoría?” El activista conservador Christopher Rufo ha comparado a Yarvin con “un adolescente hosco que insiste en que nada tiene sentido”. Llegué a pensar en él como un Ricitos de Oro reaccionario que no se conformaría con nada menos que la autocracia que minuciosamente había construido en su mente.

El activista conservador Christopher Rufo ha comparado a Yarvin con “un adolescente hosco que insiste en que nada tiene sentido”. Llegué a pensar en él como un Ricitos de Oro reaccionario que no se conformaría con nada menos que la autocracia que minuciosamente había construido en su mente.

Este aparente deseo de control también se presenta en algunas de sus relaciones. No hace mucho visité en Berkeley a Lydia Laurenson, la ex prometida de Yarvin. Los dos comenzaron a salir en septiembre de 2021, después de que Yarvin publicara un anuncio personal en Substack, explicando que había perdido recientemente su “virginidad de viudo” y buscaba conocer a alguien en “edad fértil”.  Laurenson, escritora y editora independiente, respondió el mismo día: “Históricamente he sido liberal, pero mi coeficiente intelectual es muy alto, quiero hijos y tengo muchísima curiosidad por hablar contigo”. Yarvin tuvo citas por Zoom con otras mujeres que respondieron a la publicación —entre ellas Caroline Ellison, la ex novia del criptoempresario ahora encarcelado Sam Bankmam Fried— pero él y Laurenson pronto se encontraron en un romance devorador.  Ella me dijo que el carácter de su relación con Yarvin era: “Vamos a ser genios juntos y tener bebés genios. Me estoy burlando un poco de eso, pero así fue realmente”.

Al igual que Yarvin, Laurenson fue una niña precoz que entró a la universidad siendo muy joven. También mantuvo un blog con seguidores de culto, donde, bajo el seudónimo de Clarisse Thorn, escribía sobre feminismo prosexo, BDSM y el arte del ligue. Ella y Yarvin se peleaban seguido, a veces sobre política. Laurenson se había alejado de la izquierda, pero no había abrazado del todo la neo-reacción. Cuando le pregunté si alguna vez había cambiado la opinión de Yarvin sobre algo, dijo que logró que dejara de usar la palabra con N, al menos en su presencia. (Más tarde él le dijo a esta revista que no usaba la palabra en el sentido de un “dueño de plantación sureña”).

La mayor fuente de tensión, según Laurenson, era el estilo autocrático de Yarvin. Cuando peleaban, dijo Laurenson, él insistía en que ella ofreciera una justificación racional para ponerle fin a las hostilidades. Ella sentía que los escurridizos ataques personales de Yarvin reflejaban su actitud en los debates públicos. “Se inventa explicaciones que parecen razonables, pero que en realidad son falsas; ataca el carácter de la persona que intenta señalar lo que él está haciendo; es como un ataque DDoS al alma”, me dijo en un correo electrónico, haciendo referencia a la estrategia de ciberataque de abrumar un servidor con tráfico de múltiples fuentes. James Dama, amigo de Laurenson que tuvo su propio desencuentro con Yarvin, recordó: “Hacía una broma grosera sobre el peso o la apariencia de Lydia, a ella no le hacía gracia, y luego se enojaba con Lydia por ser demasiado engreída”. (Tanner, la primera novia de Yarvin, describió un patrón similar de insultos y exigencias).

Laurenson y Yarvin se separaron en el verano de 2022, mientras Laurenson estaba embarazada. Yarvin me dijo que su deseo de cercanía pudo haberle parecido “agobiante y sofocante” a Laurenson y admitió que tenía la mala costumbre de hacer “bromas punzantes”, pero negó haber sido cruel a propósito durante la relación. (Añadió que, tras el fin de la relación, “mi instinto natural fue: voy a ponerla en su lugar cada vez que pueda”, algo para lo cual, señaló, “era muy bueno”). Unas semanas después del nacimiento de su hijo, en diciembre, Yarvin solicitó la custodia parcial, que le fue concedida. El caso en curso en el tribunal de asuntos familiares sigue siendo reñido. “Los padres están en desacuerdo sobre casi todos los temas”, observó su mediador el año pasado.

Ahora que comparten un niño pequeño, Laurenson pasa mucho tiempo pensando en la propia infancia de Yarvin. “Trae esta onda de ser el payaso de la clase, que anhela profundamente llamar la atención”, dijo. Para ella, parecía que su adhesión a una ideología provocativa era una especie de “compulsión a la repetición”, una defensa psicológica que le permitió procesar el ostracismo que experimentó cuando era niño. Como el monárquico vivo más famoso de Estados Unidos, podía decirse a sí mismo que la gente le rechazaba por sus ideas extravagantes, no por su personalidad. Se preguntaba si al principio él había adoptado “la onda monárquica” como una especie de deporte intelectual, un personaje de Usenet, y luego, como el mundo paralelo del cuento de Borges, había ido adquiriendo poco a poco una realidad propia. “¿Es como si hubieras encontrado este lugar donde la gente te admira y te permite trolear todo lo que quieras, y luego solo vives en ese mundo?”, se preguntaba.

En la última década el liberalismo ha recibido una paliza de ambos lados del espectro político. Sus críticos a la izquierda ven su gradualismo mesurado como inadecuado e insuficiente frente a las múltiples emergencias del presente: el cambio climático, la desigualdad, el surgimiento de una derecha etnonacionalista. Los conservadores, al contrario, pintan el liberalismo como un leviatán cultural que ha pisoteado los valores tradicionales. En ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? (2018), el politólogo de la Universidad Notre Dame, Patrick Deneen, sostiene que el énfasis estadounidense contemporáneo en la libertad individual se ha producido a expensas de la familia, la fe y la comunidad, convirtiéndonos en “seres cada vez más separados, autónomos, seres no relacionales, repletos de derechos y definidos por nuestra libertad, pero inseguros, impotentes, temerosos y solos”.  Otros teóricos posliberales, incluido Adrian Vermeule, han propuesto que el Estado restrinja ciertos derechos al servicio de un “bien común” explícitamente católico.

Yarvin aboga por algo más simple y libidinalmente satisfactorio: quemarlo todo y comenzar de nuevo desde cero. Desde la llegada del neoliberalismo a fines de los setenta, los líderes políticos han tratado la gobernanza cada vez más como una gestión corporativa, convirtiendo a los ciudadanos en clientes y privatizando los servicios. El resultado ha sido una mayor desigualdad, una red de seguridad social debilitada y la percepción generalizada de que la democracia misma es la culpable de estos males, creando un apetito por exactamente el tipo de eficiencia autocrática que Yarvin ahora exalta. “Un programa Yarvin puede parecer seductor durante un período de gobierno neoliberal, donde los esfuerzos por cambiar las cosas, ya sea el calentamiento global o el complejo industrial-militar, se sienten inútiles”, me dijo la historiadora Suzanne Schneider. “Puedes quedarte sentado, que te importe un carajo y dejar que otro se encargue de todo”. Yarvin tiene poco que decir sobre la cuestión de la prosperidad humana, o sobre los humanos en general, que aparecen en su obra como ovejas para pastorear, idiotas que corregir o marionetas controladas por titiriteros izquierdistas.

…teóricos posliberales, incluido Adrian Vermeule, han propuesto que el Estado restrinja ciertos derechos al servicio de un “bien común” explícitamente católico. Yarvin aboga por algo más simple y libidinalmente satisfactorio: quemarlo todo y comenzar de nuevo desde cero.

Cualquiera que sea el don de Yarvin para llamar la atención, su obra no sobrevive al escrutinio. Está llena de silogismos espurios y argumentos de continuidad retroactiva para que coincidan con sus intuiciones prejuiciosas. Ha leído mucho, pero usa su conocimiento simplemente como agua a su molino para el mismo cuento de hadas reaccionario: érase una vez, la gente conocía su lugar y vivía en armonía; luego llegó la Ilustración, con su “noble mentira” del igualitarismo, sumiendo al mundo en el caos. Yarvin frecuentemente critica a los académicos por tratar la historia como una película de Marvel, con héroes y villanos simplificados, pero no está claro qué está aportando al panorama al llamar a Napoleón un “tipo emprendedor”. (Ha apoyado las teorías revisionistas de que las obras de teatro de Shakespeare fueron en realidad escritas por el decimoséptimo Conde de Oxford y que la Guerra Civil estadounidense, que él llama la Guerra de Secesión, empeoró las condiciones de vida de los estadounidenses negros). “Lo bueno de las fuentes primarias es que, a menudo, solo se necesita una para probar tu punto”, ha declarado, lo cual vendría a ser una novedad para los historiadores.

Algunos de sus críticos más profundos están en la derecha. Rufo, el activista conservador, ha escrito que Yarvin es un “sofista” cuyo estilo de debate consiste en “insultos infantiles, episodios de paranoia, énfasis excesivo, digresiones sin sentido, alarde de bibliografía y alusiones a dibujos animados”. Según Rufo, “si intentas averiguar qué piensa realmente, te das cuenta de que no hay mucho contenido ahí”. La lectura más generosa de las ideas de Yarvin proviene de blogueros asociados con el movimiento racionalista, que se jacta de sopesar la evidencia incluso para afirmaciones aparentemente descabelladas. Su formidable paciencia, sin embargo, también se ha desgastado. “Nunca se dirigió a mí como un par, solo como una persona con el cerebro lavado”, dijo Scott Aaronson, un eminente científico de la computación, sobre sus conversaciones. “Parecía pensar que si me daba una tarea de lectura más sobre esclavos felices cantando u otro monólogo sobre Franklin D. Roosevelt, yo por fin vería la luz”.

La seriedad intelectual puede no ser el punto. Las polémicas de Yarvin han resultado útiles para aquellos de derecha en busca de una justificación para el resentimiento nerd y la voluntad de poder plutocrática. “El tipo no tiene una teoría coherente”, me dijo el senador demócrata de Connecticut, Chris Murphy. “Solo resulta que está diciendo en voz alta algo que muchos republicanos desean escuchar”.

La seriedad intelectual puede no ser el punto. Las polémicas de Yarvin han resultado útiles para aquellos de derecha en busca de una justificación para el resentimiento nerd y la voluntad de poder plutocrática. “El tipo no tiene una teoría coherente”, me dijo el senador demócrata de Connecticut, Chris Murphy. “Solo resulta que está diciendo en voz alta algo que muchos republicanos desean escuchar”.

No es difícil anticipar la fase final totalitaria de una cosmovisión que une la adoración del poder con el desprecio por la dignidad humana: fascismo, como algunos podrían llamarlo. Al igual que sus némesis ideológicos, los bolcheviques, Yarvin parece creer que lo único que se interpone en el camino de la Utopía es la falta de voluntad para utilizar todos los medios posibles para lograrla. Afirma que la transición a su régimen será pacífica, incluso alegre, pero hay destellos de fantasías de violencia a lo largo de su obra. “A menos que el monarca esté listo para realmente cometer genocidio contra la nobleza o las masas, él tiene que capturar su lealtad”, escribió en una publicación de Substack en marzo. “No vas a aniquilar a estas personas como pavos con gripe aviar. ¿Verdad?”.

Las fuertes opiniones de Yarvin sobre cómo debería funcionar el mundo se extendieron a este perfil. Algunas de sus sugerencias fueron interesantes: planteó la idea de organizar un debate con una de sus ex novias y me invitó a seguirlo a Doha para una reunión con Omar bin Laden, uno de los hijos de Osama. Otras fueron entrometidas. En algún punto, me envió nueve mensajes objetando mi uso de la palabra “extremista”, un “peyorativo hostil”, me explicó, del que sería mejor prescindir en mi artículo. (Ya se había jactado varias veces en nuestras conversaciones grabadas de ser más “extremista” que cualquier persona en el gobierno actual). Pocos días después del “Baile de Coronación” en el Hotel Watergate, escribió a The New Yorker para quejarse de que yo había entrado sin permiso de su editor; dijo que esperaba que el incidente no se convirtiera en “Watergate 2”, y se refirió a sí mismo como “¡sin duda la persona más amigable con los medios en el ambiente!”. (Jonathan Keeperman, su editor en Passage Press y anfitrión del baile, sugirió en una ocasión que el Partido Republicano debería “poner en postes de luz” —es decir, linchar— a “los periodistas”, así que no es un estándar particularmente alto).

Una mañana de este invierno, me desperté con veintiocho mensajes de Yarvin expresando preocupaciones sobre mi técnica de reportaje. “El problema es que tu proceso es flojo y puedo sentir que genera contenido de baja calidad, porque no es lo suficientemente antagónico”, escribió. “Cuando el proceso no es antagónico, no sé contra qué estoy compitiendo”. Dudó un momento si yo era “demasiado tonta para entender las ideas”, o si había sucumbido a la autocensura mental que Orwell llamó “paracrimen”.  Me instó a ver La vida de los otros, una película ganadora del Óscar que retrata la relación entre un dramaturgo de Alemania Oriental y un agente de la Stasi encargado de vigilarlo. El agente de la Stasi, escribió Yarvin, “realmente puede plasmar las ideas del dramaturgo *sin siquiera pensarlas*. Ni siquiera es que él se oponga a las ideas disidentes. Es que ni siquiera permite que le toquen el cerebro”.  En la película, el agente de la Stasi eventualmente “se quiebra”, después de simpatizar con la perspectiva del dramaturgo. Yarvin, presuntamente, era el dramaturgo.

Dijo que empezaba a verme, por otro lado, como un “PNJ”, o personaje no jugador. Me propuso hacerme un examen Voight-Kampff, el examen ficticio que se usaba en Blade Runner para distinguir a los androides de los humanos. Su versión consistiría en debatir “la teoría de la ‘Tabula rasa’ frente al ‘racismo’ y grabar la conversación”. (“Por ‘racismo’ me refiero, por supuesto, a la biodiversidad humana”, elaboró). Cuando le expliqué que mi proceso de reportaje no incluía someterme a pruebas por encargo, Yarvin me envió una captura de pantalla de “Agosto de 1968”, el poema de W. H. Auden sobre la invasión soviética de Checoslovaquia para reprimir la Primavera de Praga:

El Ogro hace lo que los ogros pueden
Hazañas bastante imposibles para el Hombre,
Pero un premio está fuera de su alcance,
El Ogro no puede dominar el Habla

Continuó diciendo que aunque había aceptado participar en este reportaje porque “ninguna publicidad es mala publicidad”, ahora intentaría acabar con ella si pudiera.

Me impactó el contraste entre sus mensajes y el tono sereno que había recomendado a Thiel y otros amigos para lidiar con los medios de comunicación. Después de que se publicara el artículo de TechCrunch de 2013 identificando a Yarvin, Balaji Srinivasan, el empresario, propuso en un correo electrónico “echarle encima la audiencia de la Ilustración Oscura a un solo reportero hostil vulnerable para doxearlo”. Yarvin lo disuadió. “¿Qué diría Heartiste?” Preguntó Yarvin, refiriéndose al blog de un artista del ligue nacionalista blanco, Chateau Heartiste. “Casi siempre, la respuesta alfa indicada es ‘nada’. No digas nada. No hagas nada”.

“¿Qué diría Heartiste?” Preguntó Yarvin, refiriéndose al blog de un artista del ligue nacionalista blanco, Chateau Heartiste. “Casi siempre, la respuesta alfa indicada es ‘nada’. No digas nada. No hagas nada”.

En una templada tarde de finales de febrero, Yarvin y su esposa, Kristine, conducían por un camino rural en el sur de Francia. Los acompañaban los documentalistas Brun y Díaz. “¿A dónde vamos, Kristine?”, preguntó Brun desde el asiento del copiloto, girando la cámara para filmarla en la parte de atrás a mi lado.

Ella dijo que solo tenía la más vaga de las ideas. “En serio, él solo me cuenta todo a último momento”, explicó. “Es un poco como ser un perro. Solo sabes que vas a ir en el coche, y no sabes si vas a ir al parque para perros o vas a ir al veterinario, y lo descubrirás cuando llegues ahí”.

“Espontaneidad”, intervino Yarvin.

“Esa es la palabra”, bromeó Kristine.

Íbamos camino a conocer a Renaud Camus, un novelista y panfletista de setenta y ocho años que, en 2011, publicó “El gran reemplazo”, un manifiesto incendiario que argumentaba que las élites liberales estaban detrás de una conspiración para reemplazar a los europeos blancos con inmigrantes de África y Medio Oriente.  Desde entonces, la frase del título se ha convertido en un grito de guerra para los nacionalistas blancos de todo el mundo, desde Charlottesville, Virginia, donde, en 2017, los manifestantes corearon “No nos reemplazarán”, a Christchurch, Nueva Zelanda, donde, dos años después, un hombre que publicó un manifiesto con el mismo título que Camus mató a cincuenta y un musulmanes.

Al alcanzar la cima de la colina, los muros del castillo de Camus, Château de Plieux, se asomaron a la vista. “¿Alguien sabe si es pariente de Albert Camus?”,  preguntó Yarvin. “Creo que no es pariente de Albert, pero es un literato francés encantador, viejo y gay”.

Brun, que es venezolano, se preguntó qué haría si Camus “tiene un letrero que dice ‘No se admiten extranjeros’”.

“Bueno, ¿estás aquí para reemplazarnos?”, bromeó Kristine. Nadie respondió.

Yarvin tocó una imponente campana de metal al lado de la puerta, y pronto nos invitó a entrar Pierre Jolibert, la pareja de Camus. Arriba, Camus nos esperaba con una botella de champán. Con su barba blanca bien cuidada y su saco de pana marrón, con un moño y una cadena de reloj de bolsillo de oro, parecía un intelectual del siglo XIX. Hablando un inglés perfecto, con acento inglés, hacía que pareciera como que no tuvo más remedio que comprar el castillo, que databa de principios de los mil trescientos, después de que su biblioteca creciera demasiado para su pequeño apartamento parisino. Eso fue hace treinta y cinco años. Ahora, observando las pilas de libros que estaban rebasando su enorme estudio, dijo que se estaba encontrando con el mismo problema aquí.

Tras varias copas de champán, Yarvin le lanzó una serie de preguntas a Camus, aunque rara vez esperó lo suficiente a que su anfitrión diera una respuesta completa. ¿Qué pensaba Camus de Philippe Pétain? ¿Charles de Gaulle? ¿Napoleón III? ¿Napoleón I? ¿Ernst Jünger? ¿Ernst von Salomon? ¿Ezra Pound? ¿Basil Bunting? Más que una interacción, Yarvin, el excampeón de trivia, parecía querer una palmadita en la cabeza por su muestra de aprendizaje.

¿Qué pensaba Camus de Philippe Pétain? ¿Charles de Gaulle? ¿Napoleón III? ¿Napoleón I? ¿Ernst Jünger? ¿Ernst von Salomon? ¿Ezra Pound? ¿Basil Bunting? Más que una interacción, Yarvin, el excampeón de trivia, parecía querer una palmadita en la cabeza por su muestra de aprendizaje.

Después de bajar a almorzar —tiras de pato a la plancha, quiche Lorraine, vino tinto— Yarvin reanudó su interrogatorio. ¿Qué opinaba Camus de Thomas Carlyle? ¿Y de Michel Houellebecq? ¿ Y de Luis XIV? ¿Qué le diría a Charles Maurras si estuviera vivo hoy? ¿Qué habría pensado Dostoyevski sobre la teoría de la fuga de laboratorio del covid?

Camus soltaba una risita aguda cada vez que Yarvin hacía una pregunta particularmente extraña, pero lo desconcertaban las repetidas preguntas de su invitado sobre Brigitte Macron, la primera dama francesa, quien Yarvin sospechaba que en realidad era un hombre. “Estamos lidiando con la cuestión más importante en la historia del Continente”, exclamó Camus, refiriéndose al aumento de la inmigración no blanca a Europa”. ¿Qué importa si la Sra. Macron es hombre o mujer?”.

Brun les pidió que se acercaran a una ventana para poder grabarlos desde afuera. Mientras Yarvin miraba el mosaico de campos bien cuidados que había debajo, habló sobre el Gran Reemplazo como “uno de los mayores crímenes” de la historia. “¿Es mayor que el Holocausto? No lo sé… No hemos visto su desarrollo todavía”. Había estado bebiendo desde su llegada y parecía estar muy alterado. “Tengo tres hijos”, le dijo a Camus. “¿Serán simplemente puestos en filas y conducidos a fosas comunes?”. Habían estado discutiendo la novela apocalíptica de Jean Raspail, El Campamento de los Santos (1973), que describe una invasión de inmigrantes indios que destruye naciones europeas. Ahora, llorando desconsoladamente, continuó, “Quiero que mis hijos mueran en el siglo XXII. No quiero que vivan algún tipo de Holocausto poscolonial demente”.

Después del postre, el café y un ron guadalupeño, llegó el momento de dar un paseo nocturno. Portando un bastón de madera, Camus condujo a Yarvin a través del pequeño pueblo de Plieux. La primavera había llegado temprano: un cerezo dejaba ver sus pequeñas flores. Cuando pasaron por la iglesia local, Yarvin sacó su teléfono para mostrarle a Camus una foto del niño pequeño que comparte con Laurenson. “La madre de ese niño no era mi esposa”, le dijo en confianza. Un momento después, estaba leyendo un poema de C.P. Cavafy, entre lágrimas otra vez.

Cuando Yarvin y Camus se adelantaron, los documentalistas hicieron una pausa para evaluar el rodaje del día. Brun dijo que Yarvin le recordaba al personaje charlatán de ¿Y dónde está el piloto?, quien habla tan incesantemente que lleva a sus compañeros de asiento a suicidarse. Nos preguntamos qué estaría pensando Camus sobre esa tarde. Poco después nos enteramos. “Si los intercambios intelectuales fueran intercambios comerciales —que hasta cierto punto lo son— el monto de mis exportaciones no alcanzaría el uno por ciento del de mis importaciones”, escribió Camus en su diario, que publicó en línea al día siguiente. “El visitante habló sin interrupción desde su llegada hasta su partida, durante cinco horas, muy deprisa y en voz muy alta, interrumpiéndose solo por curiosos arranques de lágrimas, cuando hablaba de su difunta esposa, pero también, más extrañamente, de determinadas situaciones políticas”.

Brun dijo que Yarvin le recordaba al personaje charlatán de ¿Y dónde está el piloto?, quien habla tan incesantemente que lleva a sus compañeros de asiento a suicidarse. Nos preguntamos qué estaría pensando Camus sobre esa tarde. Poco después nos enteramos.  “Si los intercambios intelectuales fueran intercambios comerciales —que hasta cierto punto lo son— el monto de mis exportaciones no alcanzaría el uno por ciento del de mis importaciones”, escribió Camus.

Era de noche cuando todos regresamos al château. “Muchísimas gracias por tu hospitalidad y tu pato y tu castillo”, dijo Yarvin, mirando a su alrededor. “¿Cuánto dinero te costó?”.

Apretándole cariñosamente el brazo a Yarvin, Kristine dijo: “¡No le puedes preguntar eso a la gente así nomás!”.

Camus le dio a Yarvin algunos de sus libros de recuerdo, pero la mente de Yarvin ya parecía estar en otra parte. Al día siguiente volaría a París para reunirse con un grupo de Zoomers “píldora roja” y Éric Zemmour, un polemista de extrema derecha que una vez se postuló para presidente de Francia.

Mientras nos dirigíamos al coche, Yarvin andaba emocionado como niño por su actuación. Volteó hacia mí y los documentalistas. “¿Estuvo bien?” preguntó. “¿Estuvo bien?”.

*Ava Kofman es redactora de The New Yorker. Anteriormente fue reportera de investigación en ProPublica, donde su trabajo motivó una serie de reformas legislativas. Recibió un Premio del Club Nacional de Prensa y el Premio Hillman al Periodismo de Revistas por su reportaje, para The New Yorker y ProPublica, sobre la industria de los hospicios. Ha sido finalista para el Premio Livingston, el Premio Goldsmith y el Premio Nacional de Revistas de Interés Público.

El texto original en inglés fue publicado el 2 de junio de 2025 en The New Yorker y puede consultarse en el siguiente enlace: https://www.newyorker.com/magazine/2025/06/09/curtis-yarvin-profile

Curtis Yarvin es uno de los intelectuales de cabecera de la derecha tecnológica estadounidense y del movimiento MAGA. Con planteamientos provocadores como terminar con la democracia o convertir Gaza en un paraíso turístico, ha venido influyendo durante los últimos años en empresarios, pensadores y políticos conservadores al más alto nivel. Mucho se ha escrito sobre …

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