La necesidad de la reconsolidación
R.R. Reno*
El pensamiento conservador en Estados Unidos ha puesto en marcha una cruzada en contra de todo aquello que atente contra los valores tradicionales de la sociedad occidental. Las políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), la globalización y el multiculturalismo son vistos por este sector como una amenaza a la cohesión social y a los cimientos de un orden pasado, muchas veces idealizado como mejor que el presente. Para algunos intelectuales como Christopher Rufo, esta “desintegración” del orden previo ha ido ganando terreno como parte de un plan de la “izquierda radical” para apoderarse de las instituciones estadounidenses; otros, como R. R. Reno, ven en la desconsolidación —como llama a este proceso— una reacción de carácter más social e histórico provocado desde ambas orillas del espectro político.
Más allá de las diferencias en el análisis de las causas, la derecha estadounidense y global está construyendo consensos en torno a los resultados que ha generado la “desconsolidación” y posibles soluciones para afrontarla: recuperar los valores judeocristianos, desglobalizar la economía, recuperar las capacidades industriales de las naciones y construir sociedades más homogéneas en términos étnicos y culturales, entre otras.
En uno de sus últimos textos publicados en First Things —la revista estadounidense más influyente sobre religión y vida pública que dirige desde hace 15 años—, R. R. Reno, uno de los filósofos y teólogos más escuchados en Estados Unidos, escribe sobre la necesidad de llevar a cabo un proceso de “reconsolidación” económica y cultural, e incluso “moral y espiritual”, argumentando no solamente que el tiempo de la desconsolidación ha pasado, sino que su desmantelamiento es una demanda popular. En Traza Continental traducimos el ensayo al castellano.
A menudo no reconocemos hasta qué punto los traumas de principios del siglo XX moldearon la cultura política estadounidense. Durante la Gran Depresión, el capitalismo parecía haber fracasado. El sistema se tambaleaba y se desmoronaba. Tras su elección en 1932, Franklin Roosevelt emprendió una serie de medidas para tomar control de la economía. Cuando estalló la guerra mundial en la década de 1940, el control y la coordinación por parte del gobierno se intensificaron enormemente. Un fuerte impulso de solidaridad avanzaba en paralelo con la estrecha integración de la vida económica. El sufrimiento compartido de los años de depresión económica había unido a la gente, y esa sensación de cohesión se intensificó con la guerra, que exigió la movilización total de la sociedad.
Las experiencias de la depresión y de la guerra marcaron a las generaciones que las vivieron. Al entrar en los años cincuenta, la cultura estadounidense se caracterizó por un intenso deseo de mayor consolidación, como si se tratara de blindar a la sociedad de los peligros que había sufrido tan recientemente. Como consecuencia, en los cincuenta Estados Unidos disfrutó de lo que podría llamarse un momento de “solidaridad máxima”. La desigualdad de ingresos era históricamente baja, impulsada en parte por tasas impositivas extremadamente altas para los más ricos. También fue un tiempo de unidad social sin precedentes. El término abarcativo “judeocristiano” se popularizó y se impuso un consenso ecuménico de clase media. Las instituciones sociales eran fuertes. Las iglesias de todo tipo experimentaron un aumento en la asistencia y en su influencia. Los Rotary Clubs y otras asociaciones intermedias tenían un gran peso. El matrimonio era el pilar de la vida doméstica.
Al entrar en los años cincuenta, la cultura estadounidense se caracterizó por un intenso deseo de mayor consolidación, como si se tratara de blindar a la sociedad de los peligros que había sufrido tan recientemente. Como consecuencia, en los cincuenta Estados Unidos disfrutó de lo que podría llamarse un momento de “solidaridad máxima”.
La historia del siglo XX se entiende mejor en términos de movimientos y contramovimientos. La reacción social ante la desintegración económica y la amenaza existencial de la guerra dio lugar a una consolidación, tanto económica como cultural. Pero a medida que esta marea de solidificación y homogeneidad avanzaba, surgía en paralelo una corriente contraria, opuesta a las realidades supuestamente rígidas, inmóviles y conformistas de una sociedad caracterizada por un alto grado de cohesión.
En el imaginario popular, la disidencia de la posguerra estuvo liderada por radicales y progresistas de izquierda. Esto es, en el mejor de los casos, una verdad a medias. La rebelión contra el orden de posguerra también tuvo una manifestación de derecha. William F. Buckley Jr. se inspiró en Alfred Jay Nock, un autodenominado “anarquista filosófico” y crítico de la mediocridad espiritual de la democracia de masas. En 1960, Buckley impulsó la fundación de “Young Americans for Freedom”, una organización estudiantil de derecha destinada a desafiar el statu quo de la posguerra. Ese mismo año se fundó “Students for a Democratic Society”, una organización estudiantil de izquierda dedicada al mismo propósito, aunque con una tendencia política distinta.
Nuestros relatos sobre este período de la historia estadounidense están fundamentalmente viciados, no solo porque ignoran el radicalismo de derecha de las décadas de posguerra, sino también porque se concentran exclusivamente en el choque entre el emergente consenso de derecha de Buckley —con sus principios de libre mercado— y el radicalismo estudiantil en ascenso, que protestaba contra la guerra de Vietnam, repudiaba el conformismo de la clase media y promovía los principios del amor libre. Las historias convencionales no reconocen el impulso más profundo que ambos movimientos compartían: la desconsolidación.
Nuestros relatos sobre este período de la historia estadounidense están fundamentalmente viciados (…) Las historias convencionales no reconocen el impulso más profundo que ambos movimientos compartían: la desconsolidación.
El movimiento por los derechos civiles fue un movimiento de desconsolidación. Su objetivo era desmantelar el fuerte consenso social a favor de la segregación, impuesto legalmente en el Sur y socialmente en el Norte. El feminismo de la segunda ola buscó socavar el consenso social que mantenía separados a hombres y mujeres en roles rígidamente diferenciados. Es importante reconocer que la toma del Partido Republicano por parte de Barry Goldwater en 1964 tuvo el mismo carácter. Estuvo impulsada por activistas de derecha que querían destruir el consenso político en favor del New Deal. La oposición de Goldwater a la Ley de Derechos Civiles de 1964 respondía también a ese deseo de desconsolidación. Su defensa de los “derechos de los estados” (o, para usar un término menos polémico, el “federalismo”) surgía de su preocupación por la concentración de poder en el gobierno federal desde la era de Roosevelt.
Estos movimientos, de distinto contenido pero similares en su método, buscaban desmantelar concentraciones de poder y controles rígidos. Cada uno aspiraba a fomentar mayor fluidez y libertad. La versión de derecha de la desconsolidación ponía el acento en los efectos nocivos del control económico. La planificación central y la regulación no solo conducen al estancamiento económico; también —y más importante aún— sofocan la libertad humana. Los autores conservadores hablaban a menudo de los peligros del “Estado monstruo”, que extendía sus tentáculos de control. La versión de izquierda se centraba en las consecuencias deshumanizadoras del control social. La segregación subordinaba a los negros. Los roles sexuales tradicionales hacían lo mismo con las mujeres. La moralidad de clase media fomentaba un conformismo asfixiante y obstaculizaba la libertad sexual.
Hubo movimientos paralelos dentro del cristianismo. Como ha documentado Matthew Rose en nuestras páginas (“Death of God Fifty Years On”, First Things, Agosto/Septiembre de 2015), a comienzos de los años sesenta los teólogos radicales presentaban la disolución de la concepción metafísica de Dios como un triunfo del espíritu del cristianismo. En los setenta, los radicales católicos buscaban que la Iglesia fuera menos autoritaria, menos “rígida”, menos “acusadora”: otro proyecto de borramiento de límites y desconsolidación, con paralelos en el evangelicalismo “sensible a los buscadores”. [El evangelicalismo “seeker-sensitive” es una corriente evangélica en Estados Unidos que implementa estrategias y formatos de comunicación y organización en sus iglesias para llegar a las personas no creyentes que están en búsqueda de respuestas vitales. Se caracteriza por tener doctrinas menos rígidas y cultos más atractivos. N. del T].
En los setenta, los radicales católicos buscaban que la Iglesia fuera menos autoritaria, menos “rígida”, menos “acusadora”: otro proyecto de borramiento de límites y desconsolidación, con paralelos en el evangelicalismo “sensible a los buscadores”.
No es este el lugar para un resumen completo de la política y la cultura estadounidenses después de 1950. Pero espero que el patrón principal resulte claro. Sí, hubo resistencias al proyecto de desconsolidación a lo largo de las décadas. George Wallace no hizo campaña únicamente con una plataforma racial —aunque esa fue sin duda una pieza central de su postulación presidencial en 1964—. Ese año obtuvo el 34% del voto en las primarias demócratas de Wisconsin porque supo conectar con la sospecha de la clase trabajadora de que la desconsolidación del viejo consenso —no solo en cuestiones raciales— era, para ellos, un mal negocio.
En el plazo de una década, el Partido Republicano reconocería las ventajas de explotar esas sospechas al redefinirse como el partido socialmente conservador de Estados Unidos, prometiendo proteger a su base frente a una desconsolidación cultural demasiado rápida, al mismo tiempo que promovía una economía más dinámica, más móvil y más abierta. Un patrón similar caracterizó al Partido Demócrata, aunque en imagen invertida. El Partido Demócrata prometía defender la solidaridad económica que había prosperado durante la era del New Deal, mientras se redefinía como el partido de la vanguardia cultural, en busca de una desconsolidación social cada vez mayor, es decir, más apertura cultural, inclusión y diversidad.
Para la década de 1990, el mandato de la desconsolidación se había convertido en dominante dentro de ambos partidos. La derecha y la izquierda estadounidenses convergían. En julio de 1990, el Senado aprobó la “Americans with Disabilities Act” (Ley de Estadounidenses con Discapacidades) con 91 votos a favor y 6 en contra. El presidente republicano George H. W. Bush firmó la ley con entusiasmo. Aquella legislación se entendió como una extensión natural de la revolución de los derechos civiles, el siguiente paso en el desmantelamiento de viejos prejuicios y en la apertura de la sociedad estadounidense. Tres años después, el congresista de Missouri y líder de la mayoría demócrata Richard Gephardt se opuso al Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Pero su resistencia a un elemento crucial de la desconsolidación de la economía estadounidense estaba condenada al fracaso. Cien de sus compañeros demócratas en la Cámara votaron a favor del acuerdo. El presidente demócrata Bill Clinton lo firmó y lo proclamó como una victoria para los intereses a largo plazo de Estados Unidos.
Para la década de 1990, el mandato de la desconsolidación se había convertido en dominante dentro de ambos partidos. La derecha y la izquierda estadounidenses convergían.
En los años posteriores, ambos partidos encontraron formas de evitar enfrentarse al problema de la inmigración ilegal. Los líderes de ambos repitieron el lema: “La diversidad es nuestra fuerza”. Ambos partidos se apresuraron a complacer los deseos de Silicon Valley. Los debates sobre impuestos y regulación económica tenían lugar dentro de márgenes estrechos. En pocas palabras, hacia 2010 las élites republicanas en gran medida se habían reconciliado con la agenda de la “Human Rights Campaign”, mientras que los demócratas habían aceptado a regañadientes los supuestos de fondo del “Club for Growth”. La desconsolidación reinaba.
No pretendo negar el valor del imperativo de la desconsolidación. Tiene su tiempo y su lugar. Si yo hubiera sido un hombre negro en 1960, habría deseado buena parte de ese remedio fuerte. Tal vez lo mismo fuera cierto para muchas mujeres. Y en la década de 1970, era evidente que la economía del New Deal se tambaleaba y necesitaba ser desregulada y desconsolidada. Una sociedad más abierta y una economía más libre pueden ser cosas buenas. Pero la Escritura nos recuerda que todo tiene su tiempo. Hay un tiempo para sembrar y un tiempo para cosechar. Hay un tiempo para desconsolidar y un tiempo para reconsolidar.
Ha llegado el momento de la reconsolidación. Durante la última década, economistas, periodistas y políticos han pasado de cantar alabanzas al libre flujo de mano de obra, bienes y capital a lamentar sus consecuencias. En 2013, el economista del MIT David Autor publicó un estudio que documentaba los efectos devastadores del llamado “shock de China”. Numerosos trabajos han analizado el fuerte aumento de la desigualdad de ingresos. Más recientemente, dirigentes políticos de ambos partidos se han centrado en cómo la desindustrialización de Estados Unidos perjudica a la clase media y compromete la seguridad nacional.
Ha llegado el momento de la reconsolidación. Durante la última década, economistas, periodistas y políticos han pasado de cantar alabanzas al libre flujo de mano de obra, bienes y capital a lamentar sus consecuencias.
La respuesta de la élite ha sido dar pasos hacia la reconsolidación de la economía estadounidense. En su primer mandato, Donald Trump impuso aranceles a China. La administración de Biden los mantuvo y añadió controles a la exportación de tecnología considerada importante para la seguridad nacional. En 2023, Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de Biden, pronunció un discurso en la Brookings Institution donde enumeró los peligros de la globalización económica y subrayó la necesidad urgente de una solidaridad económica. Senadores republicanos como Marco Rubio (hoy secretario de Estado) y Josh Hawley han expresado mensajes similares en los últimos años.
Se va construyendo un consenso: la economía estadounidense es demasiado abierta, demasiado fluida, demasiado desconsolidada. Lo imperioso, ahora, es la reindustrialización, la repatriación de funciones económicas centrales y la restauración de la prosperidad de la clase media. En una palabra: reconsolidación.
Nuestra política polarizada oculta este consenso. La administración Trump buscó recientemente establecer un régimen arancelario integral, dirigido en particular contra China. Piénsese lo que se quiera de la coherencia de ese esfuerzo, lo cierto es que ha colocado al Partido Republicano como el vehículo de la reconsolidación económica. Como el Partido Demócrata está empeñado en reforzar su estatus de partido del establishment, sus líderes se han negado a cooperar en este proyecto, con la esperanza de que la administración Trump fracase estrepitosamente. Esta turbulencia política se disipará. A largo plazo, creo que la cooperación bipartidista prevalecerá, a medida que el consenso subyacente en favor de la reconsolidación económica se imponga. Dicho de manera sencilla: es casi seguro que desglobalizaremos y reestructuraremos la economía estadounidense para volver a unir los intereses del trabajo y del capital, de las élites y de los trabajadores comunes.
Es casi seguro que desglobalizaremos y reestructuraremos la economía estadounidense para volver a unir los intereses del trabajo y del capital, de las élites y de los trabajadores comunes.
Soy menos optimista respecto a la cooperación bipartidista en asuntos de cultura y sociedad. Durante mucho tiempo, “diversidad” ha sido un término elogioso. Remite al viejo imperativo de la desconsolidación, señalando lo que muchos todavía consideran una perspectiva deseable: desmantelar un consenso mayoritario supuestamente sobreconsolidado, homogéneo, complaciente y quizá incluso racista. La izquierda estadounidense sigue profundamente comprometida con este proyecto de desconsolidación cultural. Ese compromiso es una de las principales fuentes de la polarización política actual.
Pero no estamos viviendo en la década de 1950. Los votantes muestran cada vez más hostilidad hacia una desconsolidación continua. En 2012, Charles Murray publicó Coming Apart: The State of White America, 1960-2010. Murray documenta el colapso casi total del viejo consenso mayoritario entre los sectores más bajos de la sociedad estadounidense.
Y no solo en los sectores bajos. Hoy, fuera de los enclaves adinerados, la institución estabilizadora del matrimonio está en declive. Los clubes, asociaciones y otras instituciones mediadoras se han deteriorado o han desaparecido. La religión juega un papel mucho más relegado que antes. En gran medida, los cimientos de la vida de clase media —criticados durante décadas como motores de “exclusión” y enemigos de la libertad individual— se han erosionado hasta casi desaparecer. Hoy, si naces de una mujer con título secundario, hay muchas posibilidades de que crezcas sin conocer a un padre en casa, ni a un Padre en el Cielo.
Hace algunos años, en estas páginas argumenté que vivimos en una era marcada por una crisis de solidaridad (“Crisis of Solidarity”, First Things, noviembre de 2015). He planteado este punto en varias ocasiones y de formas diferentes. Las causas son muchas —económicas, culturales, tecnológicas— y podemos debatirlas. Pero la realidad es evidente. El “baile” entre hombres y mujeres está roto. Incluso los hijos de los ricos se sienten económicamente vulnerables, cuando no están abrumados por problemas de salud mental. Todas las instituciones principales de nuestra sociedad son objeto de desconfianza: los medios, las universidades, el gobierno, incluso las iglesias. El público está descontento y enojado con sus líderes, quienes a menudo responden en el mismo tono (“parásitos”, “deplorables”).
Todas las instituciones principales de nuestra sociedad son objeto de desconfianza: los medios, las universidades, el gobierno, incluso las iglesias. El público está descontento y enojado con sus líderes.
Así como la desconsolidación económica ha llegado a un callejón sin salida, aún más lo ha hecho su gemela cultural. Otra palabra para desconsolidación es desintegración. La fuerza más poderosa en la política del Occidente contemporáneo, incluidos los Estados Unidos, es el miedo a vivir en una sociedad desintegrada. Ese miedo se ha convertido en un problema político concreto en los ámbitos de la inmigración y el patriotismo.
No hace falta un doctorado en ciencia política para reconocer que la creciente hostilidad hacia la migración masiva y los llamados a restaurar fronteras firmes equivalen a una demanda de reconsolidación. Lo mismo ocurre cuando los votantes se entusiasman con amplias afirmaciones de grandeza nacional y otros lemas patrióticos. O, en ese mismo sentido, cuando se sienten reconfortados con la afirmación de que los hombres son hombres y las mujeres son mujeres. Aquí también, el restablecimiento de “fronteras” actúa contra la desintegración, entendida en este caso como la disolución de cualquier noción coherente de lo que significa ser humano.
En la actualidad, el Partido Demócrata parece incapaz de formular una versión de reconsolidación cultural y nacional. Por el contrario, denuncia tales medidas como “fascistas”. Los demócratas siguen cantando el mismo himno de la iglesia del multiculturalismo. Por esta razón, pronostico que la izquierda estadounidense está condenada a convertirse en una facción minoritaria en el futuro cercano. El miedo a la desintegración es poderoso y creciente. Las amenazas geopolíticas que enfrenta Estados Unidos intensificarán ese temor, haciendo que el partido de la reconsolidación cultural resulte cada vez más atractivo para los votantes, y por lo tanto, electoralmente más dominante.
Estamos viviendo un tiempo de reorientación fundamental. Elementos centrales de nuestra cultura política están volviéndose contra el mandato de desconsolidación de la posguerra. Los caminos hacia esta reconsolidación tan necesaria —económica y cultural, e incluso moral y espiritual— son muchos. Algunos métodos son acertados; otros, absurdos. Algunos son nobles; otros, degradantes. Algunos, eficaces; otros hacen más daño que bien. Nuestra tarea será cultivar lo que es acertado, defender lo que es noble y promover lo que es eficaz.
…pronostico que la izquierda estadounidense está condenada a convertirse en una facción minoritaria en el futuro cercano. El miedo a la desintegración es poderoso y creciente. Las amenazas geopolíticas que enfrenta Estados Unidos intensificarán ese temor…
*Russell Ronald Reno es doctor en ética religiosa por la Universidad de Yale. Actualmente es editor de la revista First Things y fue profesor de teología y ética en la Universidad de Creighton. Es autor de El retorno de los dioses fuertes. Nacionalismo, populismo y el futuro de Occidente (Homo Legens, 2020).
El texto original en inglés fue publicado el 18 de julio de 2025 en First Things y puede consultarse en el siguiente enlace: https://firstthings.com/the-imperative-of-reconsolidation/


