Los últimos muchachos al comienzo de la historia

Thymos llega a la capital

Mana Afsari*

Creo que Trump puede ser una de esas figuras que aparece de vez en cuando en la historia para marcar el final de una era y obligarla a renunciar a sus viejas pretensiones. Eso no necesariamente significa que él lo sepa, o que esté considerando una gran alternativa.
Podría ser solo un accidente.


Henry Kissinger, julio de 2018.

El conservadurismo en Estados Unidos ha logrado convocar una vez más a las nuevas generaciones de todas las clases sociales a su causa. Lo que parecería ser una contradicción –ser joven y ser conservador– está apareciendo cada vez más como una realidad no solamente normalizada sino en ascenso, tanto en el país norteamericano como en otros lugares del mundo. En el caso estadounidense esto se ve reflejado en el crecimiento de organizaciones como Turning Point USA, dirigida por el fallecido Charlie Kirk, o por el interés –por no decir admiración– que muchos jóvenes han desarrollado por blogueros de derecha como Curtis Yarvin o intelectuales y figuras de la industria tecnológica cancelados por sus posturas políticas como Elon Musk.

          A inicios del presente año, Mana Afsari, una joven de ascendencia iraní, escribió un reportaje para The Point sobre la participación entusiasta de jóvenes universitarios en la conferencia National Conservatism (NATCON) del 2024, donde narra detalladamente las impresiones, inquietudes y anhelos de una nueva camada de conservadores. En Traza Continental traducimos al castellano el texto que circuló entre los entornos MAGA y que es una radiografía precisa de la revitalización de la derecha política e intelectual entre este sector poblacional.

Ilustración: Traza Continental

La teoría del “gran hombre” de la historia perdió popularidad hace un siglo, y durante décadas los profesores universitarios la han encontrado pintoresca, vulgar o problemática. Al igual que otras ideas que la gente sensata descartó hace mucho tiempo, su mala reputación no ha impedido que de todos modos muchos sigan creyendo en ella.

Ya hemos escuchado que Donald Trump es un pragmático, un hombre de acción y no de ideas—no escribió un manifiesto antes de llegar al poder ni pasó un exilio en Viena (ni siquiera en Florida a principios de la década de 2020) desarrollando teorías revolucionarias. Pasó su vida adulta construyendo edificios en Nueva York, y luego protagonizando un reality show en televisión que lo presentaba como un hombre de negocios despiadado e impulsado por sus instintos. No obstante, a pesar de su falta de un proyecto ideológico explícito, o tal vez por ello, el ascenso de Trump ha coincidido con una nueva energía en la vida intelectual de derecha. No todo es tan nuevo como parece; algunos de los intelectuales públicos, formadores de opinión y blogueros radicales que ahora están asociados con el trumpismo escribían sobre política mucho antes de Trump, y simplemente han encontrado en su éxito una oportunidad para afirmar nuevas ambiciones.  Sin embargo, hay una generación más joven, que eran niños cuando Trump se postuló por primera vez para el cargo, y cuya imaginación política se encendió con su ascenso al poder. No recuerdan haber pertenecido o haber sido aceptados por ningún partido o entorno cultural excepto el de Trump. Y para ellos, Trump no es solo un disruptor, una excusa, un síntoma histórico o un accidente.

Hay una generación más joven, que eran niños cuando Trump se postuló por primera vez para el cargo, y cuya imaginación política se encendió con su ascenso al poder (…) Y para ellos, Trump no es solo un disruptor, una excusa, un síntoma histórico o un accidente.

Unos meses antes de las elecciones de 2024, los hombres de la Generación Z que se inclinaban por Trump fueron descritos en el New York Times como “apolíticos” y a la deriva. Cuando su demografía alcanzó una nueva prominencia en las encuestas de salida, se dio a entender que habían sido manipulados hacia el trumpismo por podcasts de “bros”.  Quizás esto fue cierto para algunos. No fue el caso de los jóvenes votantes de Trump, en su mayoría hombres e intelectualmente curiosos, que conocí el verano pasado durante un trabajo informativo para cubrir dos conferencias superpuestas en julio: primero, la cuarta entrega de la Conferencia Nacional de Conservadurismo (NATCON), y luego la Conferencia “Liberalismo para el siglo XXI”, organizada por el Instituto para el Estudio del Autoritarismo Moderno. Los jóvenes que conocí en la NATCON y con quienes me mantuve en contacto durante todo el verano y el otoño, estaban lejos de ser apolíticos y no mostraban signos de ser fácilmente manipulables. Al describir cómo habían llegado a su perspectiva política, ninguno de ellos citó podcasts.

Asistí a estas conferencias no como periodista profesional, sino como una persona joven interesada en las ideas. No tenía prejuicios contra los liberales, ni hacia los posliberales ni hacia los nacionalistas conservadores. Criada por inmigrantes en condados liberales justo a las afueras de la capital, habiendo alcanzado la mayoría de edad al final del renacimiento liberal de Obama, pasé mis años universitarios —y la primera administración de Trump— en un campus progresista en California. Desde que me gradué en 2020, trabajé en grandes agencias gubernamentales y think tanks convencionales. Pero como muchos jóvenes de todo el país, he estado buscando pensamiento y sentido más allá del consenso liberal tecnocrático. Debido a esto, me convertí en parte de una escena social políticamente heterogénea en Washington, D.C., y descubrí, al menos con un poco de incomodidad, que a pesar de que los liberales del siglo XX ocupaban la Casa Blanca, el vitalismo intelectual de mi generación se encontraba cada vez más en espacios posliberales o conservadores. En otras palabras, en la derecha. Aun así, esperaba encontrarme con una especie de show político en la NATCON; en cambio, descubrí un movimiento, quizás el único que encontré durante mi estadía en D.C. 

…descubrí, al menos con un poco de incomodidad, que a pesar de que los liberales del siglo XX ocupaban la Casa Blanca, el vitalismo intelectual de mi generación se encontraba cada vez más en espacios posliberales o conservadores.

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No hay un código de vestimenta en la NATCON, pero de alguna manera todos, sin importar la edad, están vestidos de gala. Muchos asistentes parecen extras en American Psycho; es un verano caluroso, pero veo trajes de lana y lino a medida; corbatas de seda con estampados elegantes en borgoña, azul ultramar y violeta; y pañuelos de bolsillo en hombres de veinte años. Hay cientos de hombres jóvenes aquí, y muchos más son rechazados en la mesa de registro; intentan colarse de todos modos. Varios me piden que los ayude a ingresar: entre ellos se encuentran pasantes extranjeros de visita durante el verano para realizar prácticas, jóvenes profesionales del sector privado, estudiantes universitarios.

La primera mañana, se me acerca un joven vestido con un bonito traje gris, que me ha estado observando mientras hablo con un editor de First Things. El recién llegado me estrecha la mano, menciona que es estudiante de una escuela de la Ivy League y agrega, un poco titubeante, que este otoño será su primer semestre. Me doy cuenta de que debe haberse graduado del bachillerato tan solo unas semanas antes. Ya me había sorprendido darme cuenta de que muchos hombres eran fácilmente menores de 25 años; no esperaba conocer a un adolescente. Él ha elegido pasar parte de su último verano antes de la universidad aquí, en esta conferencia política en el Hilton.

Me pide mi LinkedIn y me comunico con él en el otoño, después de las elecciones. “Tenía diez años cuando anunció por primera vez que se postulaba para presidente, y simplemente captó mi atención”, dice. “Yo siempre había estado fascinado por la política y la historia, obsesionado con los líderes mundiales… Pienso que hay cierto elemento de grandeza en la personalidad de Trump”. Y luego: “Siempre me he visto a mí mismo en él. Eso fue lo primero que me atrajo de él cuando tenía diez años. Yo siempre había sido amonestado en la escuela por mis maestros…”.

“Yo siempre había estado fascinado por la política y la historia, obsesionado con los líderes mundiales… Pienso que hay cierto elemento de grandeza en la personalidad de Trump”.

Hace una pausa. “Bueno –se ríe– esto es un poco tonto. Pero cuando era pequeño, siempre quise hacer algo grandioso, y hablaba de eso cuando era niño. Y tenía maestros y otras personas que me decían: No puedes decir eso, no deberías ser tan engreído. Y luego este tipo sube al escenario, elude todas estas normas que la gente esperaba que siguiera, simplemente sale y dice: ‘soy un ganador, la gente que dirige este país está haciendo un mal trabajo, yo soy el único que puede arreglarlo, pónganme ahí y puedo hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande’. Admiraba a Trump cuando era chico de la misma manera que tal vez un niño en Francia hubiera admirado a Napoleón hace doscientos años”.

Lucas, nacido en 2005, se crió en una familia “típica” y “apolítica” en las afueras de Filadelfia. “Nunca en toda mi vida recuerdo un momento en que el Partido Demócrata haya apoyado a personas ambiciosas”, dice. “Creo que toda su ideología se basa en oprimir a aquellos con ambición, que realmente tienen el coraje de salir y hacer algo y construir algo por su cuenta… Las personas que hacen grande a la humanidad, los innovadores, los constructores, los ganadores en la sociedad. Miran a los ganadores y les dicen: ‘Eres malvado, y la única razón por la que estás en la posición en la que estás es porque explotaste a otras personas’. Es la antítesis de la forma en que muchos hombres jóvenes trabajan”.

Pero, le pregunto, ¿qué piensan de Trump los jóvenes que no están aspirando a ser “innovadores, constructores y ganadores?”. “Fui a un bachillerato público en una zona de clase media”, dice. “Muchos de los chicos con los que fui a la escuela no eran particularmente ambiciosos en cuanto a su carrera, pero admiran a las personas que lo son. Todos admiran a Trump por lo que ha hecho”. Hace una pausa. “Ir al gimnasio, por ejemplo: es una forma de mejorarte a ti mismo”. Inmediatamente, pienso en todos los influencers intelectuales de derecha en Twitter que publican fotos de fisicoculturismo junto a sus listas de lecturas recomendadas. “Todos los hombres jóvenes, incluso si no están tratando activamente de ser grandiosos, igual admiran la grandeza”, continúa. “Es muy raro encontrar a alguien que no tenga cierto respeto por alguien que ha hecho algo grandioso”.

Trump, explica, es un modelo a seguir: “Él gana contra todo pronóstico. Es impugnado, le lanzan juicios penales, sacude todo eso. Le disparan. El simple hecho de que se levantara y alzara el puño, eso requiere mucho coraje físico en sí mismo… Entiende, en el fondo, que Estados Unidos ha estado sin timón desde la Guerra Fría. No hemos tenido a la mejor gente”.

Trump, explica, es un modelo a seguir: “Él gana contra todo pronóstico (…) El simple hecho de que se levantara y alzara el puño, eso requiere mucho coraje físico en sí mismo”.

Le pregunto a Lucas si alguien más lo inspira en la NATCON, incluyendo Vivek Ramaswamy o J. D. Vance, el primero de los cuales conoció. “Realmente me agradan. Son tipos listos; me gustan sus políticas. Pero realmente no pienso que haya alguien más como Trump”. Trump le demostró que sus sueños eran posibles, sin importar la oposición. “Espero poder triunfar en el sector privado –dice– y luego, si todo saliera bien, me gustaría ser presidente algún día”.

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Alex es un conservador de toda la vida, amigo de la universidad y, a diferencia de Lucas, no tiene ambiciones políticas ni empresariales de ningún tipo. Nos hicimos cercanos cuando nos conocimos por nuestro interés compartido en la antigüedad tardía; como con casi todos los intelectuales conservadores que conozco, nunca había hablado sobre Trump con Alex hasta que le pregunté. Teníamos muchas otras cosas que discutir. Pero estuve con él en julio, poco después del final de la NATCON, el día en que Trump estuvo a punto de ser asesinado.

Estamos en una fiesta con una multitud políticamente heterogénea (y en principio políticamente desinteresada): está el hijo liberal de un demócrata prominente, el editor de una revista política de tendencia derechista, un think tanker, un libertario liberal: una pequeña muestra de la escena social de D.C. a la que no le importa estar rodeada de diferentes convicciones políticas. (Estos eventos políticamente ecuménicos a menudo se inclinan, de forma reveladora, hacia la derecha).

Apenas disfrutamos de refrigerios y cócteles antes de que se difundiera la noticia: le dispararon a Donald Trump. Un invitado pasa el resto de la fiesta aparentemente en coma o en Twitter; otros (también jóvenes conservadores) continúan con normalidad, tratando de evitar el tema; un pasante de verano y aspirante al Proyecto 2025 comienza a grabar su respuesta en vivo en su celular. Me doy cuenta de que había subestimado la sinceridad y la intensidad del apego personal de muchos hombres jóvenes a Trump. Al final de la noche, Alex se dirige a mí y dice: “La fiesta estuvo divertida, de verdad. De verdad, fue agradable… pero ¿por qué a nadie le importa? Casi lo matan”.

Lo presiono después de las elecciones para explicar a qué se refería esa noche. “Yo me identifiqué personalmente con él”, dice.  “Bueno, no; la medida en que intentaron detenerlo representaba la medida en que la gente ha intentado detenerme a mí”. Por “mí”, creo que se refiere a hombres jóvenes dentro y fuera de la academia, y también en la cultura en general. Sus años formativos, educativos y universitarios los pasó en medio de las consecuencias políticas de la primera presidencia de Trump: cancelaciones, COVID, protestas nacionales y violencia política; su carrera académica temprana, ya terminada, se había caracterizado en gran medida por la proliferación de iniciativas de inclusión y antirracismo.

“Yo me identifiqué personalmente con él”, dice.  “Bueno, no; la medida en que intentaron detenerlo representaba la medida en que la gente ha intentado detenerme a mí”.

“Cuando Trump se convirtió en el candidato republicano, las personas conservadoras, especialmente los jóvenes conservadores, nos vimos en la posición de que nuestros pares lo atacaran indirectamente a él atacándonos a nosotros. Trump recurrió a una frase: ‘ellos no vienen por mí, vienen por ustedes, yo solo estoy en su camino’. Los hombres jóvenes experimentaron eso casi a la inversa la mayor parte del tiempo, cuando personas que eran nuestros amigos, que eran nuestros compañeros, simplemente nos intimidaban implacablemente, nos cancelaban, nos acosaban, nos agredían físicamente por apoyar a Trump”.

Pienso en la descripción de Lucas de su semestre de otoño de 2024, el primero en su universidad Ivy League. Como ha expresado abiertamente su apoyo a Trump, me dijo que “a veces la gente simplemente me mira, me saca el dedo y dice: ‘vete a la mierda, fascista’. La mitad de esta gente que me manda a la mierda, no tengo idea de quién es”. Alex, quien comenzó su carrera universitaria hace dos mandatos en una cultura también marcada por el éxito electoral de Trump, continúa: “Y ver que casi lo matan, y casi lo matan de una forma tan espantosa y pública, me hizo sentir como si el mal extraordinario casi triunfara”.

Se muestra incrédulo recordando los eventos no solo del verano pasado sino de los años que lo precedieron: “En la historia de la humanidad, ¿ha habido, matemáticamente hablando, un intento de asesinato que fuera evitado por un margen tan estrecho? Por pura geometría, nunca ha sucedido nada parecido en la historia del mundo. Y nunca ha sucedido nada como él en la historia del mundo. Mira a esta famosa celebridad, que solo dice, ‘me voy a convertir en el hombre más poderoso del mundo’. Y luego gana una elección democrática. Y al hacerlo, se enfrenta a la fuerza colectiva de prácticamente todo el mundo y, de hecho, a su propio gobierno, se enfrenta a acusaciones penales en las jurisdicciones que sean, multas civiles absurdas, ataques desde todos los ángulos, luego está a un cuarto de pulgada de distancia de que su cabeza explote, ¿y luego, así y todo, vuelve a ganar? Eso le da un sentido… no voy a decir mesiánico, pero de alguien ungido. No entendemos los propósitos de lo que sea o de quien sea que decidió que así fuera, pero aquí está sucediendo algo más allá de nuestro entendimiento”.

“No entendemos los propósitos de lo que sea o de quien sea que decidió que así fuera, pero aquí está sucediendo algo más allá de nuestro entendimiento”.

Alex se vuelve de alguna manera aún más apasionado, instándome a entender por qué le importaba esa noche de julio: “El hecho de que él esté a un cuarto de pulgada de la muerte en la era digital. El drama de lo cerca que estuvo de la muerte, y solo su respuesta inmediata… Miras eso y piensas: ¿De qué otra manera puedes explicar eso excepto por algún medio sobrenatural?”.

Creo que ahora lo entiendo: lo molesto que parecía, lo extraño y sorprendentemente conmovido que lo encontré en ese momento. Pensé que Trump era simplemente una gran broma que indicaba los fracasos del consenso anterior, no un fenómeno que no fuera motivo de risa, y mucho menos alguien de importancia, en palabras de Alex, cuasi religiosa. Incluso para muchas de las figuras más antiguas en la Conferencia Nacional Conservadora, se piensa a Trump como una figura decorativa de un movimiento que podría haber sucedido de todas formas. “Reaccioné de la misma manera que la gente debió sentirse al ver las carreras de Bonaparte, César, Alejandro, Washington”, termina explicando Alex, en nuestro lenguaje compartido de teoría histórica. “Los hombres jóvenes están dispuestos a mirar a los grandes hombres de la historia, especialmente aquellos que se preocupan por la tradición (supuestamente) y el pasado (supuestamente), en términos de grandeza y consagración, y es obvio que en toda nuestra vida no ha existido, ni existirá, alguien más como él”.

Yo había dado por sentado el fin de la historia; había querido la paz tanto como estos jóvenes quieren que alguien los defienda. A mí también me atraen los grandes hombres; estudié a los clásicos y tengo un busto de Julio César que me compré como regalo para mi cumpleaños número 25. Pero tiendo a valorar a los hombres, tanto grandes como pequeños, por sus méritos. Y no envidio a quienes viven en tiempos que los necesitan. Nunca concebí a Trump como una figura histórica mundial marcada por la grandeza. Creo, quizás, que tenemos los grandes hombres que merecemos.

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Hombres jóvenes como Lucas y Alex representan alrededor del 90 por ciento de un grupo informal compuesto por miembros del staff del periódico conservador The Hill, integrantes de think thanks y jóvenes profesionales conservadores que organizan reuniones de debate en la ciudad. Entre la NATCON y la elección, asisto a varios de los debates. Los jóvenes dan discursos elocuentes, a veces inmaduros, pero siempre sinceros, en cualquier lugar que puedan encontrar, y lo hacen todo gratis, incluso contribuyen a que las reuniones continúen. Los hombres visten trajes de paño a medida, de dos y tres piezas, y pañuelos de bolsillo haciendo juego, y las (pocas) mujeres llevan vestidos de cóctel; al parecer no hay ningún otro lugar donde preferirían estar un sábado por la noche.

Los jóvenes dan discursos elocuentes, a veces inmaduros, pero siempre sinceros, en cualquier lugar que puedan encontrar, y lo hacen todo gratis, incluso contribuyen a que las reuniones continúen.

Estos jóvenes intelectuales se autodenominan, como perfectos románticos del siglo XIX, “hombres jóvenes sensibles”. En el after discuten sobre metafísica. A pesar de que este es un evento social de Washington D.C., no sé dónde trabajan. Aunque es obvio que hay amplia representación de algunas de las mejores oficinas del Capitolio, varias revistas conservadoras y las universidades de la zona metropolitana de Washington D.C. Sí sé, sin embargo, lo que piensan sobre el libre albedrío y el azar, la historia antigua y las disputas regulatorias de la U.E. Entre ellos he escuchado discusiones sobre espionaje e intrigas históricas del siglo XX y citas de Kissinger, Freud, Kierkegaard, Homero, Virgilio, Montesquieu y los Documentos Federalistas. Recuperan lo mejor de sus programas de grado y hacen todo lo posible por cultivar vidas intelectuales serias. También imponen reglas estrictas, entre ellas la prohibición total de teléfonos en el espacio de debate.

Fuera de sus reuniones, leen lo que sea que consideren honesto, real e intelectualmente significativo, sin importar dónde se publique. Se envían artículos de Jacobin entre sí cuando encuentran un punto en común interesante; cuando les envío artículos sobre la derecha posliberal de los principales medios de comunicación, debaten acaloradamente conmigo sobre los méritos de esas críticas, riéndose a veces de lo anticuados y desconectados de la realidad que están la mayoría de los análisis. Piden salir de la lista de espera para los debates y eventos intelectuales que organizo para un think tank. En mi papel allí, he intentado fomentar debates abiertos, políticamente amplios y filosóficamente vigorosos. Estos hombres jóvenes son algunos de nuestros asistentes más entusiastas y me brindan comentarios cualitativos sobre las ideas en nuestros eventos, independientemente de si los oradores se inclinan hacia la derecha o hacia la izquierda.

Un par de miembros de este grupo de debate incluso me presentan un ensayo en The Point, sobre el amor: “Amantes en las manos de un Dios paciente”. Y de hecho me conmueve. Es el primer ensayo que he leído que trata el amor y el sexo como significativos y sagrados desde una perspectiva secular y liberal. Lloré varias veces cuando lo leí. El amigo que me lo envió, un joven conservador, me dice: “fue uno de los mejores ensayos que he leído”. Habla de sus preocupaciones exactas: cómo vivir una vida buena, encontrar el amor, cultivar significado, tomar las grandes decisiones de vida.

“Fue uno de los mejores ensayos que he leído”. Habla de sus preocupaciones exactas: cómo vivir una vida buena, encontrar el amor, cultivar significado, tomar las grandes decisiones de vida.

En la última reunión, a mediados de diciembre, conocí a un tipo de conservador claramente nuevo. “He tomado ayahuasca once veces”, me dice.  Creo que tiene cerca de treinta años y me lo han presentado como un gran erudito de la Edad del Bronce, o eso escucho con entusiasmo. Resulta que es experto en Bronze Age Pervert. “Cada vez que he ido al ritual en la Amazonia, me he llevado Así habló Zaratustra y lo he leído”.

“¿Durante?”.

“No, no durante”, dice, como si yo debiera saber cómo se lee habitualmente a Nietzsche en un ritual amazónico de ayahuasca. “Antes y después. Por capítulos”.

“La última vez que lo hice –la ayahuasca, quiere decir– me dijo que nunca volviera. Y no he vuelto desde entonces”. Hace una pausa y mira pensativo hacia otro lado; suspira. “Regresé de esa experiencia con la certeza de que la modernidad debe ser destruida”.

No vengo por los debates en sí mismos, que pueden ser aburridos o ridículos. Pero, como estos jóvenes, iré a donde la gente quiera discutir ideas vigorosamente, sin importar cuán partidistas o defectuosas sean. Las conversaciones casuales que tengo aquí se encuentran entre las mejores que he tenido fuera de la academia. Aquí no se necesitan excusas ni credenciales para ser parte de grandes discusiones sobre historia, filosofía y arte. A menudo encuentro una honestidad encantadora, y no solo sobre política o historia: después de un largo combate verbal con un amigo, veo a un joven de California mirar hacia otro lado melancólicamente y decir: “solo quiero una novia”.

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Las noches de debate me hacen revivir mis propios días de estudiante de grado, y todo lo que busqué, y a menudo no pude encontrar. Criada en esa cultura tecnocrática de la era Obama, las directrices que recibía siempre surgían de cada ciclo electoral. En 2016 y 2017, esto significó que las directrices más urgentes a duras penas conformaban una filosofía: ¡El futuro es femenino! ¡Ponte un DIU antes de que Mike Pence prohíba los anticonceptivos!

A principios de 2017, le pregunté al “capellán humanista secular” en la Universidad del Sur de California, donde estudié, cómo podría prepararme para una vida buena en la universidad y más allá. ¿Cómo podría ser feliz? ¿Cómo podría encontrar una vocación o un llamado? ¿Cómo podría ser una buena persona? El capellán me dijo que mirara a mi alrededor e identificara a las personas que tenían vidas que yo quisiera vivir, y me preguntara cuáles eran sus valores. Rápidamente, me di cuenta de que esos ejemplos morales no estaban en el grupo de estudiantes seculares al que me había unido, que se había vuelto cada vez más moralmente vacuo, pseudo-racionalista y excéntrico, atraído por el altruismo efectivo y convencido por Sam Harris de que el asesinato era simplemente una construcción social. Por no hablar del amor: cada vez más de mis amigas en ese momento aceptaban el poliamor como una forma de legitimar relaciones casuales e infidelidades, mientras se les decía en seminarios especiales que la monogamia era un constructo colonial que había que desechar. Como hija del divorcio, como mujer joven, mi principal preocupación era contar con modelos para relaciones saludables, no resistir el colonialismo en mi vida amorosa. No tenía ningún interés en subvertir las cosas —la monogamia, las normas morales, el noviazgo, la familia nuclear, la fe, una educación clásica— que yo no había tenido ni conocido. Quería un novio serio.

Como hija del divorcio, como mujer joven, mi principal preocupación era contar con modelos para relaciones saludables, no resistir el colonialismo en mi vida amorosa.

Otros estudiantes y profesores liberales, si habían logrado cierto grado de éxito personal, ya fuera riqueza, erudición o satisfacción en sus relaciones, no se atrevían a hablar de ello, ya que los pondría en riesgo de ser vistos como personas que tratan de ser mejores que los demás, o lo peor que se podía ser: alguien moralmente prescriptivo. Además, después de 2016, un fascista andaba suelto. Metafísica, valores… era algo imposible en los EE.UU. de Trump y era mejor no traicionar nuestro privilegio al tratar de discutirlos.

En una materia llamada “Diversidad y la Tradición Clásica Occidental” (en aquel entonces no tenía idea de que “diversidad” tuviera un significado político), me presentaron a Hesíodo, Eurípides, Heródoto, Hipócrates, Aristóteles, Shakespeare y el Libro del Génesis. Para una estudiante de escuela pública e hija de inmigrantes, estos textos canónicos fueron reveladores. Eran parte de la historia de la condición humana; ni una sola vez, como iraní estadounidense, los encontré distantes o eurocéntricos. Mis propios padres hubieran dado cualquier cosa por estudiar estos y otros textos, por entrar en estos antiguos diálogos sobre la vida; hasta el día de hoy, mi padre se emociona al mirar los estantes de libros universitarios que he dejado en su casa. Pero el día después de las elecciones de 2016, mi profesor no dio clase: entró en una sala de trescientos estudiantes, se sentó en el piso del escenario y puso su cabeza encanecida entre sus manos. Recuerdo haber pensado que se comportaba de manera infantil, egoísta. No quería ser como él.

Las figuras de autoridad en el campus —los profesores, el capellán— no querían, o no podían, brindar orientación o incluso instrucción básica en el aula durante Trump 1.0, así que me alejé de la tiranía del momento político actual hacia los clásicos atemporales: elegí estudiar griego antiguo. En mi tercer semestre, el profesor interrumpía con frecuencia nuestra lectura atenta del griego del siglo VIII de La Ilíada para tratar de relacionar los eventos de Troya con las más recientes actividades políticas de Trump. Salí sin haber leído casi nada de La Ilíada; todo lo que recuerdo, sinceramente, es haber formado parte de una pequeña audiencia para el artículo de opinión y la sesión de terapia de un profesor varón.

…el profesor interrumpía con frecuencia nuestra lectura atenta del griego del siglo VIII de La Ilíada para tratar de relacionar los eventos de Troya con las más recientes actividades políticas de Trump.

Buscaba valores, comunidad, un propósito, una vocación… y no encontré ninguno. En vez de eso, mis maestros repetían lo que habían escuchado en las noticias. A su debido tiempo, al perseguir enérgicamente lo que quedaba de una educación humanística en una gran universidad de investigación, conocí a profesores que estaban deseosos por enseñarme. Toda mi vida me habían dicho que los conservadores, las personas religiosas y los hombres eran monstruos, idiotas, abusadores o intolerantes peligrosos. Resultó que los primeros conservadores que conocí estaban entre los pocos profesores de mi universidad que se tomaban en serio sus disciplinas en sus propios términos, al menos durante el primer mandato de Trump. Ya fuera filosofía, literatura o lenguas antiguas, los pocos profesores conservadores, apolíticos o moderados con los que trabajé en la universidad nunca me preguntaron cuál era mi posición, sino cómo razonaba. Vieron a una mujer joven que había elegido estudiar humanidades gracias a becas, y me dieron una educación.

El poeta más serio que conocí en la universidad había sido presidente del Fondo Nacional para las Artes bajo un presidente republicano; otros profesores lo criticaron y descartaron por este motivo. Como hijo de inmigrantes mexicanos e italianos criado en la clase trabajadora de Los Ángeles, no le preocupaba si el canon que amaba –y que, como yo, descubrió por suerte– era anticuado o excluyente. Nosotros, ambos hijos de inmigrantes, también éramos parte de él. Su feliz matrimonio de medio siglo fue el primero que vi de cerca; definitivamente quería ser como él. Me contó cómo montones de jóvenes que tomaron su clase de educación general acudían a sus horas de consulta en busca de consejo, cuántos de ellos no tenían padre, y cómo se sentían marginados y ridiculizados por la mayor parte de la cultura universitaria. “Jordan Peterson se dio cuenta de esto antes que nadie”, bromeó.

En mi tercer año fui seleccionada para un intercambio de investigación en Cambridge; allí conocí a James Orr, un profesor de filosofía de la religión contratado recientemente. Al igual que mis otros profesores conservadores, era inconmensurablemente culto y compartía generosamente lo que sabía; tenía un matrimonio y una vida familiar admirables y, hasta donde pude observar, era generoso y acogedor con todos sus alumnos. Aunque solo estudié con él por un breve tiempo, casi nadie me infundió tanta confianza en mi potencial intelectual. En ese momento, sabía menos sobre sus actividades políticas, pero fue indirectamente a través de él que escuché por primera vez sobre la NATCON, de la cual, en 2024, fue el organizador.

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Durante un descanso para tomar café, un joven que está a mi lado en la NatCon exclama: “¡A la mierda! Ese es Curtis Yarvin”, deslumbrado por el popular bloguero de derecha que aboga en su Substack por que Estados Unidos se rija como una monarquía. Siete senadores estadounidenses también están en la conferencia, aunque no percibo ningún entusiasmo por ellos. Excepto cuando se plantea explícitamente, Trump tampoco es un tema principal. En cambio, la discusión trata sobre Tocqueville, la Revolución Gloriosa, el Talmud, Metternich, Agustín, Silicon Valley, las artes y la cultura, la masculinidad, la restauración de la democracia en Irán, el Partido Bharatiya Janata, la política industrial.

…la discusión trata sobre Tocqueville, la Revolución Gloriosa, el Talmud, Metternich, Agustín, Silicon Valley, las artes y la cultura, la masculinidad, la restauración de la democracia en Irán, el Partido Bharatiya Janata, la política industrial.

La sesión con el mayor número de panelistas femeninas en la conferencia (junto con una sobre el aborto después de Dobbs) es “Big Tech y Big Porn”, sobre si se debería prohibir la pornografía y cómo hacerlo. Las únicas tres mujeres que veo en la sala (sin incluirme a mí) están en el panel; es posible que el público fuese completamente masculino. Llego tarde, a tiempo para las preguntas y respuestas, y escucho a un panelista masculino que acaba de abogar por la prohibición de la pornografía decir: “Miren, la derecha tiene que ser pro libido masculina”. El público se ríe, particularmente los hombres jóvenes, un poco avergonzados, un poco victoriosos.

En una pausa para el té, una reportera de Mother Jones con la que trato de hablar está alterada y cautelosa. Acabamos de salir de la sesión “Sobreviviendo al Liberalismo Tardío”, donde se discutió la extensión del sufragio a las mujeres en una sesión de preguntas y respuestas. ¿El liberalismo temprano alguna vez implicó tal extensión? Las preguntas y respuestas aquí permiten a la multitud, que no está acostumbrada a poder decir lo que piensa entre audiencias analógicas, sondear líneas de preguntas provocativas y olvidadas hace mucho tiempo, tal vez solo para saber que pueden. Si estos interlocutores lamentan genuinamente el sufragio femenino, no lo sé. Dudo que la reportera dilucide eso en su informe de la conferencia.

No todo es solo para bien de los jóvenes varones; después de todo, esta es una conferencia política. Los discursos políticos son a veces una tarima spengleriana o, en cambio, un espectáculo de frases efectistas para los medios de comunicación, que contribuyen con la mitad de la presencia femenina en la conferencia. El discurso del senador Josh Hawley sobre nacionalismo cristiano está hecho a la medida de MSNBC, usando la fe como adjetivo (cristiano esto, cristiano aquello) en lugar de sustantivo (cristianismo, Cristo). Pese a toda esa retórica, encuentro algo real en la audiencia a mi lado: sus rostros se ven esperanzados, con aspiraciones, inquisitivos. Tienen fe en este movimiento y anhelan evidencia que lo justifique.

…encuentro algo real en la audiencia a mi lado: sus rostros se ven esperanzados, con aspiraciones, inquisitivos. Tienen fe en este movimiento y anhelan evidencia que lo justifique.

La conferencia termina con un discurso cautivador: no el titulado “Estados Unidos es una Nación” del próximo a convertirse en vicepresidente, J. D. Vance, sino “La Vocación Conservadora Nacional”, impartido por James Orr. Me encuentro sentada al lado de otra persona que conozco de Cambridge, y ambos estamos verdaderamente sorprendidos de verlo en el escenario. Es increíble encontrar al profesor que me asesoró en mi artículo sobre Theodor Adorno cerrando una importante conferencia de conservadurismo estadounidense.

Orr comienza citando a Joseph de Maistre, entre risas, aplausos e intriga. Incluso para aquellos que no saben quién es De Maistre, la referencia a un crítico contrailustrado y contrarrevolucionario del liberalismo y la Ilustración que inspiró el Romanticismo del siglo XIX es acertada. Eso son los NATCONs más jóvenes: Nuevos Románticos. Hombres jóvenes que buscan significado, orientación, propósito y utilidad, para un mundo al que puedan pertenecer. Necesitaban un papel en un futuro político. Orr les dio la bienvenida. “Todo el mundo es conservador sobre lo que más ama”, dijo: “Son nuestros objetos comunes de amor los que nos unen como una comunidad moral. Es ese horizonte compartido de afecto lo que te permitirá firmar esos cheques al gobierno sin demasiado resentimiento por los vecinos que se benefician de prestaciones sociales, la seguridad social y la generosidad. Eso es lo que hizo grande a Estados Unidos, lo que hizo grande a Gran Bretaña, lo que hizo grande a Israel, y a la India, y es lo que puede hacerlos grandes a todos de nuevo”.

Cada joven que reconozco en la conferencia –y los cientos que no reconozco– está cautivado: el pasante de verano de Yale, el aspirante a estudiante de derecho, el think tanker conservador millennial. La mención de “prestaciones sociales” y “seguridad social” hubiera llamado la atención de jóvenes conservadores hace veinte años, pero no de los jóvenes nacidos durante los gobiernos de Clinton y Bush. Después, me hablan con mucho entusiasmo de las referencias a “la historia”, “el amor” y “la grandeza”.

Cada joven que reconozco en la conferencia –y los cientos que no reconozco– está cautivado: el pasante de verano de Yale, el aspirante a estudiante de derecho, el think tanker conservador millennial.

Las observaciones de Orr terminan con un llamado final: “Lo que me llamó la atención en el Senado hoy –le dice a la joven audiencia estadounidense– fue que su revolución [estadounidense] no fue una revolución… Es una restauración, una restauración del espíritu de un pueblo, sus costumbres, sus caminos, sus canciones, su herencia, su historia, su fe, sus instituciones: restauración, no revolución… Es la restauración, amigos míos, esa es nuestra tarea más urgente. Es la vocación a la que cada uno de ustedes es convocado”.

“Es la restauración, amigos míos, esa es nuestra tarea más urgente. Es la vocación a la que cada uno de ustedes es convocado”.

De alguna manera, la NATCON –hogar de un movimiento que enfatiza la lealtad nacional, el matrimonio, la responsabilidad cívica, la religión– había canalizado energías que, para muchos, se sentían más frescas, libres y audaces que las de lo que alguna vez fue el hogar natural de los jóvenes llenos de sentimiento: la izquierda o el liberalismo. Los NATCONs  abordaron cuestiones del corazón, reconociendo que los jóvenes necesitan ideales y aspiraciones, y sobre todo, una vocación.

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Apenas un día después del final de la NATCON y a una milla sobre Massachusetts Avenue, asisto a una conferencia diferente: “Liberalismo para el siglo XXI”. Programada la misma semana que la NATCON y con la promesa de contrarrestar sus “ideologías iliberales y figuras autoritarias”, está organizada por una institución cuya revista se llama apropiadamente The UnPopulist. Al entrar, veo un mar de cabello blanco. En los demás paneles, hay cabezas blancas sacudiéndose en desaprobación, como parodias de los conservadores del siglo XIX: rígidos, obtusos, demasiado furiosos por la incomprensión de los jóvenes hacia su autoridad legítima para comprender su propio declive. Estas no son personas que confíen en lo que Francis Fukuyama describiría más tarde como el sistema de gobierno más humano de la historia. Son desafiantes, ciegos incluso ante los errores más obvios (tomemos la contribución de Max Boot a un panel: “¡No creo que los internacionalistas liberales tengan nada de qué disculparse!”) y, de todos modos, claramente desanimados.

La mayoría de los asistentes tienen razones profesionales para estar allí: reconozco a Matt Yglesias, Yascha Mounk, Jonathan Rauch. Durante uno de los primeros paneles del viernes, el auditorio principal está vacío y lo suficientemente silencioso como para que yo tenga miedo, parada junto a los refrigerios, de servirme otro vaso de té helado, por si llamo demasiado la atención. Mientras apoyo cuidadosamente mi vaso, Damon Linker me sonríe cálidamente, tal vez animado por ver a alguien joven y desconocido allí.

Al principio, asisto a un panel sobre cómo el liberalismo puede responder a las “críticas posliberales”. Mark Lilla, a quien reconozco por una presentación de un libro en mi universidad en 2017, describe bien la naturaleza de la fiebre que yo había notado en la NATCON: “dramaturgia histórica”, las referencias monolíticas a la “modernidad”, la atribución indiscriminada de las frustraciones de la vida al “liberalismo”, la búsqueda por terminar con el fin de la historia. Durante décadas, Lilla ha narrado y criticado los desafíos filosóficos al liberalismo con honestidad intelectual, y pienso cuánto más convincente hubiera sido la conferencia si se hubiera tomado ese escrito más en serio.

Mientras espero en la sala del escenario principal en una fila de sillas vacías, tratando de organizar mis notas de la NATCON para un artículo que nueve días después, una vez que Kamala Harris sea nombrada líder del partido y declarada “niña mimada”, ningún editor querrá aceptar, espero con ansias ver a otro modelo intelectual a seguir que descubrí por primera vez durante la universidad: Francis Fukuyama.

Entonces noto que Fukuyama está unos metros detrás de mí, como si se hubiera materializado repentinamente en esa habitación vacía.

A diferencia de muchos del “cónclave” de intelectuales, periodistas y políticos liberales de la conferencia de liberalismo, Fukuyama estudió a los clásicos y literatura comparada antes de doctorarse en Ciencias Políticas. Los críticos bipartidistas de su tesis del “fin de la historia” han esperado durante tres décadas una señal del cielo o de la historia, como oráculos impulsados por algoritmos, de que su fin de la historia ha terminado; pero, al carecer de su alcance disciplinario, pocos, si es que alguno, han ofrecido una sofisticada contra teoría propia. ¿Hay 36 años después otros ensayos que todavía marquen los términos del debate?

Los críticos bipartidistas de su tesis del “fin de la historia” han esperado durante tres décadas una señal del cielo o de la historia, como oráculos impulsados por algoritmos, de que su fin de la historia ha terminado.

Fukuyama abandona la sala mientras los invitados vuelven a sus sillas. Mientras espero su discurso de clausura, y en ausencia de prescripciones normativas, espero que los demás oradores de la conferencia al menos articulen los méritos filosóficos de sus ideas, no solo los materiales o de procedimiento. Pero a nadie escucho hablar de Locke, Tocqueville, Maritain o incluso de un internacionalista liberal como Charles Malik; los varios siglos de activismo político inspirados en el enfoque del liberalismo en los derechos individuales, la igualdad y la dignidad humana se abordan, de manera significativa, en una sola sesión grupal. En cambio, los oradores recurren a las estadísticas mientras nombran chivos expiatorios como “la desinformación”. Después de ocho años de perder terreno entre un electorado global desencantado, un panel tras otro discute las causas sociológicas, electorales y materiales —pero nunca intelectuales— de la política posliberal. Después de su panel, escucho a David French decirle a un grupo de oyentes absortos que las ciencias sociales podrían explicar completamente el posliberalismo: la ciencia dice que cuanto más aisladas estén las personas, más probabilidades habrá de que se sientan atraídas por las ideas antiliberales. Su receta para combatir el populismo es “amistades más fuertes”.

Después de mucho describir y condenar, finalmente es el turno de Fukuyama.  “Mucha gente leyó el título de mi libro, pero en realidad no leyó el libro”, dice Fukuyama, refiriéndose a El, fin de la historia y el último hombre. Estos no lectores, continúa, ignoran la advertencia sobre “el último hombre” de Nietzsche: “un ser humano que no tiene aspiraciones porque sus necesidades materiales están satisfechas”. Aun así, “el último hombre”, liberado de la lucha, quiere más: “Los seres humanos tienen una tercera parte de su psicología, que los griegos llamaban thymos. Esto es orgullo, o espíritu, o el deseo de ser reconocido por una virtud sobresaliente”.

En lugar de referirse a la ciencia social simplista, Fukuyama basa su charla en una teoría sobre quiénes son los seres humanos y qué anhelan. Dudo que Fukuyama piense mucho en los nacionalistas conservadores, pero mientras habla recuerdo a los jóvenes que acababa de conocer en la NATCON, y a Lucas, Alex y muchos otros que conocí ese verano. El movimiento de Trump y la NATCON parecen estar hechos a la medida de lo que anhelaban: no ser los últimos hombres en la política, sino los primeros en participar en un futuro político digno de sus heroicas aspiraciones.

El movimiento de Trump y la NATCON parecen estar hechos a la medida de lo que anhelaban: no ser los últimos hombres en la política, sino los primeros en participar en un futuro político digno de sus heroicas aspiraciones.

El ambiente en la conferencia sobre liberalismo y la posición de aquellos en contra del “progreso” posliberal, lo resume bien un joven, uno de los pocos presentes, sentado justo frente a mí mientras Fukuyama concluye. Mientras aplaudimos la defensa más robusta del liberalismo, bromea en voz alta con su amigo. “¡Sí! ¡Guau! ¡¿Qué vamos a hacer?!”. Es posible que los NATCONs no sepan exactamente quiénes son —izquierdistas económicos que odian el izquierdismo, progresistas de derecha que odian el progreso o tradicionalistas morales que elogian la libido masculina— pero saben lo que están haciendo. Tienen una vocación. ¿Alguien más la tiene?

*Mana Afsari estudió Clásicos en la University of Southern California donde se especializó en Teatro Musical y Estudios Iraníes. Cuenta con una maestría en Filosofía por la Universidad de Cambridge.

El texto original en inglés fue publicado 22 de enero de 2025 por The Point y puede consultarse en el siguiente enlace: https://thepointmag.com/politics/last-boys-at-the-beginning-of-history/

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