Movimientos militares y acuerdos comerciales: las dos caras de la moneda estadounidense para América Latina

El periodo de receso de intervenciones militares directas de Estados Unidos en América Latina ha llegado a su fin. La etapa que se abrió después de la invasión a Panamá en 1989,  que permitió cierto margen para el desarrollo de proyectos de integración regional, firma su acta de defunción con el segundo mandato de Donald Trump y sus acciones en el Caribe. Actualmente, Estados Unidos ya no tiene su prioridad estratégica en el control de otras regiones del mundo; por el contrario, repliega con fuerza su foco militar, diplomático y económico hacia América Latina y el Caribe, reactualizando el planteamiento central de la Doctrina Monroe –“América para los americanos”– como eje central de su Nueva Estrategia de Seguridad Nacional. Para este fin echa mano, por un lado, de un despliegue armamentístico inédito, y por otro, de acuerdos comerciales bilaterales que dejan en desventaja a sus aliados regionales. Todo mientras China se consolida cada vez más como potencia económica, tecnológica y militar.

Ilustración: Traza Continental

En el presente, Estados Unidos enfrenta crecientes limitaciones para mantener su liderazgo global y, en su intento por conservar su antiguo esplendor, erosiona incluso los consensos institucionales y diplomáticos que impulsó desde 1945. China, mientras tanto, emerge como la principal potencia candidata a liderar el futuro sin desplegar todavía un nuevo orden, pero ya trazando una ruta clara de objetivos como potencia hacia el 2050. Estamos ante lo que Paul Kennedy llamó una transición de poder: el momento en el que comienza el declive de una potencia e inicia el auge de otra, marcado sobre todo por la “sobreextensión imperial”, entendida como la incapacidad de la primera para mantener su poderío militar en diversos frentes.

En este contexto, América Latina se enfrenta a mayores presiones, menor margen de maniobra y a un vacío de liderazgo regional que pueda articular una respuesta conjunta al reacomodo planetario. Brasil, la potencia principal del Cono Sur, parece haber apostado más hacia los BRICS y su fuerte vínculo comercial con China que a asumir un liderazgo claro en el continente o avanzar en acuerdos regionales como MERCOSUR – Unión Europea. México, por su parte, parece condenado a ligar su futuro inmediato al de sus vecinos del norte, con los que comparte no sólo tres mil kilómetros de frontera sino una agenda de comercio, migración y seguridad extremadamente compleja. La falta de conducción regional no solamente trae consecuencias sobre la soberanía de la región, sino que limita la capacidad de los países latinoamericanos para influir en el escenario internacional.

América Latina se enfrenta a mayores presiones, menor margen de maniobra y a un vacío de liderazgo regional que pueda articular una respuesta conjunta al reacomodo planetario.

Estados Unidos, en su repliegue estratégico hacia su zona de influencia,  despliega como nunca su potencial militar. La Marina estadounidense ha estado posicionando rutinariamente buques de guerra cerca de la costa de Venezuela, en lugares alejados de las principales rutas de narcotráfico del Caribe, lo que sugiere que el despliegue se enfoca más en una campaña de presión contra ese país que en la operación antidroga que el gobierno de Trump dice estar llevando a cabo. Los buques forman parte del mayor despliegue militar estadounidense en el Caribe desde la Crisis de los Misiles de 1962 en Cuba, y constituyen una demostración de fuerza que ha incluido una serie de aviones bombarderos pesados y aviones de combate sobrevolando cerca de la frontera marítima venezolana.

El relato del narcoterrorismo recorre la región como excusa para la intervención territorial, la guerra híbrida y la ejecución extrajudicial. No se trata sólo de declaraciones: el gobierno de los Estados Unidos se encargó de difundir la autorización para que la CIA realice “acciones encubiertas” en suelo venezolano, y la militarización del Gran Caribe ya se cobró al menos 80 vidas por medio de ejecuciones extrajudiciales como resultado de los hundimientos de embarcaciones sindicadas de traficar drogas, sin pruebas ni procesos legales.

LOS ACUERDOS COMERCIALES COMO CONTRACARA DE LA MISMA MONEDA

Como contracara del despliegue militar, Estados Unidos ensaya también el desembarco con acuerdos comerciales bilaterales. Ya se anunciaron acuerdos con Argentina, Ecuador, El Salvador y Guatemala. Estos gobiernos alineados a la política trumpista en la región firman como victorias acuerdos que lejos de la pompa de los viejos tratados de libre comercio se centran casi exclusivamente en la reducción de aranceles para productos clave a cambio de que estos países abran más sus mercados a productos estadounidenses, lo que no solamente tiene como intención el intercambio comercial sino sobre todo ir ganando terreno por parte de los Estados Unidos ante China.

…firman como victorias acuerdos que lejos de la pompa de los viejos tratados de libre comercio se centran casi exclusivamente en la reducción de aranceles para productos clave…

Como apunta Bernabé Malacalza en su último libro Las cruzadas del siglo XXI. Cómo la colosal disputa entre Estados Unidos y China está transformando América Latina (y nosotros no nos enteramos): “Aunque nos sintamos felizmente lejos de los conflictos armados de otras latitudes, en América Latina se está librando una verdadera guerra. Sus campos de batalla son acuerdos comerciales, fondos para obras de infraestructura, gestiones en organismos internacionales, explotación de recursos naturales, redes sociales y medios de comunicación. Los contendientes son Estados Unidos y China”.

América Latina y el Caribe se transforman así en el nuevo frente de batalla de una guerra económica donde los acuerdos comerciales se transforman en una poderosa arma. Esta ofensiva descansa en la celeridad con la que Washington busca cerrar entendimientos comerciales bilaterales y en la exigencia de una supuesta “reciprocidad” que, pese al término, opera con una asimetría marcada a favor de Estados Unidos. En ese marco, el representante comercial estadounidense, Jamieson Greer, afirmó en un comunicado que “los anuncios sientan las bases para Acuerdos de Comercio Recíproco que abrirán nuevos mercados para las exportaciones de Estados Unidos y reducirán las barreras comerciales que enfrentan los trabajadores y productores estadounidenses”. Y añadió, dirigiéndose a los países definidos como socios prioritarios: “Agradezco a mis homólogos de El Salvador, Argentina, Ecuador y Guatemala por su compromiso de lograr un comercio justo y equilibrado con los Estados Unidos”.

América Latina y el Caribe se transforman así en el nuevo frente de batalla de una guerra económica donde los acuerdos comerciales se transforman en una poderosa arma.

Todos los acuerdos hacen foco en reducir los aranceles para algunos productos que ingresen a Estados Unidos y preferencias arancelarias a exportaciones estadounidenses de alto valor agregado como medicamentos, químicos, maquinaria, equipamiento tecnológico, dispositivos médicos, vehículos y una amplia gama de productos agrícolas. Según Greer, se garantiza también el acceso estadounidense a minerales estratégicos. Los cuatro países también se comprometieron a no imponer aranceles a los servicios digitales del país norteamericano.

Por ejemplo, el acuerdo entre Estados Unidos y Argentina estipula que la Administración de Donald Trump eliminará parte de los llamados “aranceles recíprocos” del 10% que Washington aplica desde abril sobre toda importación proveniente del país sudamericano, en concreto los relacionados con “ciertos recursos naturales no disponibles (en Estados Unidos) y con artículos no patentados para uso farmacéutico”. A su vez, ambos países se comprometen a “mejorar las condiciones de acceso bilateral y recíproco” a sus mercados de carne vacuna.

Todos los acuerdos hacen foco en reducir los aranceles para algunos productos que ingresen a Estados Unidos y preferencias arancelarias a exportaciones estadounidenses de alto valor agregado…

En cuanto a Ecuador, los aranceles (del 15% en este caso) que se compromete a eliminar Washington son también los que afectan a exportaciones que no pueden ser producidas u obtenidas natural y abundantemente en Estados Unidos, tales como el banano y el cacao, dos de los principales productos de la canasta exportadora del país andino. A cambio, el acuerdo contempla que Ecuador reduzca o elimine aranceles en sectores clave para los Estados Unidos como maquinaria, productos de salud, bienes de tecnologías de la información y la comunicación (TIC), químicos, motores de vehículos y ciertos productos agrícolas.

Los aranceles que Estados Unidos aplica a las exportaciones salvadoreñas serán también eliminados para aquellos productos o materias primas no disponibles de manera natural o abundante en territorio estadounidense. Y por su parte San Salvador se compromete “a abordar una amplia gama de barreras no arancelarias que afectan el comercio en áreas prioritarias”. Esto incluye la simplificación de requisitos regulatorios para las exportaciones estadounidenses, “entre ellas productos farmacéuticos y dispositivos médicos” y también que el país centroamericano se compromete a “prevenir la implementación de barreras no arancelarias para los productos agrícolas de Estados Unidos”.

El mismo tipo de importaciones guatemaltecas (aquellas que EE. UU. no puede producir en abundancia) también quedan exentas del arancel del 10%. Aunque el marco no ofrece detalles precisos, sí menciona explícitamente que determinados productos textiles y de confección estarán exentos siempre que cumplan los requisitos del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (DR‑CAFTA).

LOS CUATRO JINETES DEL TRUMPISMO PARA AMÉRICA LATINA

La natural cara visible de los acuerdos comerciales fue el ya mencionado Jamieson Greer. Abogado y ex militar, es el actual representante comercial de Estados Unidos y está íntimamente ligado a la firma King & Spalding LLP, un buffet de abogados especializado en litigios internacionales, que fue la principal asesora del imperio inmobiliario de Trump. La sociedad incluye a ex altos funcionarios del gobierno estadounidense que se unieron o volvieron a unirse a ella después de su servicio gubernamental; centralmente, renombrados fiscales federales y distritales. La firma también representó a la corporación de fabricación de acero Cleveland-Cliffs y asesoró al rey saudí Abdullah bin Abdulaziz Al Saud en sus negocios energéticos.

La natural cara visible de los acuerdos comerciales fue el ya mencionado Jamieson Greer. Abogado y ex militar, es el actual representante comercial de Estados Unidos…

Entre 2017 y 2020, Greer participó en las negociaciones comerciales con China y en las conversaciones sobre la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte con Canadá y México (T-MEC). Greer apoya el endurecimiento de las políticas económicas hacia China, así como el uso de controles de exportación y sanciones contra la potencia oriental.​ También ha desarrollado acuerdos comerciales con países como el Reino Unido, Kenia, Filipinas e India con el fin de contrarrestar al gigante asiático, así como restaurar la base manufacturera de Estados Unidos.

El otro hombre fuerte detrás de los acuerdos comerciales es el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent. Afamado operador financiero, otrora socio del Soros Fund Management y fundador del Key Square Group (firma global de macroinversión), Bessent es otro defensor de imponer tarifas, recortes de impuestos y llevar adelante medidas económicas más duras contra China y Rusia. Arquitecto del polémico salvataje económico a Javier Milei en plena campaña electoral y a las puertas de una debacle cambiaria, Bessent abrió las arcas del Tesoro para comprar pesos argentinos y evitar una corrida cambiaria que hubiese profundizado la brecha entre el peso argentino y el dólar. Sin duda un elemento crucial para explicar el posterior triunfo de Milei en las elecciones legislativas del pasado octubre.

El tercer alfil en este tablero, y el encargado de ejecutar la diplomacia del garrote en el sur, es el secretario de Estado, Marco Rubio. Hijo de migrantes cubanos en Miami, Rubio es el rostro político del poderoso lobby empresarial y financiero del Caribe y está dispuesto a utilizar sin reservas la influencia estadounidense en la región. Ni bien Trump asumió su segundo mandato, Rubio se movió con velocidad en el Caribe y Centroamérica.

Rubio es el rostro político del poderoso lobby empresarial y financiero del Caribe y está dispuesto a utilizar sin reservas la influencia estadounidense en la región.

Haciendo pie en la región desde el minuto uno, inició una gira que lo llevó directamente a Panamá (2 de febrero), El Salvador (3 de febrero), donde se reunió con Nayib Bukele para abordar temas de migración y seguridad, y Guatemala (4 y 5 de febrero), donde discutió la cooperación bilateral con el presidente Bernardo Arévalo. Meses después, entre el 2 y 4 de septiembre, visitó Ecuador, donde se reunió con el presidente Daniel Noboa en el marco de una agenda centrada en seguridad, migración irregular y comercio exterior. Su despliegue subraya la determinación del nuevo trumpismo de reafirmar su hegemonía en el “patio trasero” desde el primer momento.

El cuarto jinete del entorno trumpista es el secretario de Defensa, Pete Hegseth, nacionalista cristiano, veterano con servicio en Irak y Afganistán y expresentador de Fox News, que se consolidó como uno de los cuadros políticos y mediáticos más radicales de MAGA. Su nominación, aprobada pese a un historial de alcoholismo, mala conducta y un acuerdo extrajudicial por agresión sexual, responde menos a credenciales institucionales que a su lealtad política: evaluadores del proceso señalaron que fue elegido porque “parece dispuesto a decir y hacer cualquier cosa que Trump quiera”. Su llegada al Pentágono se inscribe en un proyecto de reforma profunda orientado a desmontar el Deep State, reordenar la jerarquía militar y alinear a las Fuerzas Armadas con el ethos guerrero del trumpismo, adecuándolas a la competencia estratégica con China.

La visión de Hegseth, expuesta en sus libros The Battle for the American Mind y The War on Warriors, es la de un cruzado cultural empeñado en extirpar del Ejército las políticas “woke” que, según él, han erosionado su moral y capacidad de combate. Su agenda incluye eliminar los programas de diversidad (DEI), prohibir el alistamiento de personas transgénero y restringir el rol de las mujeres en combate. En paralelo, impulsa una transformación estructural del Departamento de Defensa —incluso mediante el cambio de nombre a “Departamento de Guerra”— para imprimir sentido de urgencia, liberalizar el sistema de adquisiciones y dinamizar la base industrial de defensa. El objetivo estratégico declarado: contener a China mediante disuasión efectiva y sostener la presión sobre Irán, prioridades que definen su concepción del “nuevo” aparato militar estadounidense.

…impulsa una transformación estructural del Departamento de Defensa —incluso mediante el cambio de nombre a “Departamento de Guerra”— para imprimir sentido de urgencia, liberalizar el sistema de adquisiciones y dinamizar la base industrial de defensa.

Un abogado especializado en acuerdos internacionales, un trader global, un injerencista forjado en la diplomacia del garrote y un veterano amante de la guerra dispuesto a todo son el equipo perfecto para los nuevos planes de Estados Unidos en la región.

DESAFÍOS Y REPSUESTAS

América Latina y el Caribe se ha convertido en el escenario crucial de una disputa geopolítica multifacética entre potencias globales, donde el despliegue militar estadounidense va acompañado de una ofensiva comercial estratégica. Estados Unidos, en su afán por retener influencia en la región y contrarrestar el avance chino, combina presión bélica con acuerdos económicos limitando la soberanía y margen de maniobra de los países latinoamericanos. Esta dinámica devela una guerra de intereses económicos y políticos que se libra no solo en el terreno visible de la diplomacia, sino también en ámbitos más sutiles como las regulaciones comerciales y la obtención de recursos estratégicos como petróleo, litio y minerales raros.

El papel ambiguo de los acuerdos comerciales revela una subordinación implícita: si bien se presentan como acuerdos recíprocos y de “comercio justo”, la balanza claramente favorece la apertura de los mercados latinoamericanos a productos estadounidenses, con compensaciones limitadas y específicas. Además, los protagonistas detrás de estos acuerdos –un equipo formado por expertos jurídicos, financieros y políticos vinculados directamente al círculo de poder estadounidense– muestran una estrategia intencionada de control que va más allá del mero intercambio económico, apuntando a una influencia más profunda y estructural, que incluye intervenciones encubiertas y apoyos económicos calculados para asegurar gobiernos afines y políticas alineadas.

El papel ambiguo de los acuerdos comerciales revela una subordinación implícita: si bien se presentan como acuerdos recíprocos y de “comercio justo”, la balanza claramente favorece la apertura de los mercados latinoamericanos a productos estadounidenses…

Frente a esta ofensiva, América Latina enfrenta un doble desafío: la falta de liderazgo regional y la creciente presión externa sobre sus decisiones económicas y políticas. La apuesta hacia China como contrapeso económico aumenta la relevancia de la región en la disputa global, pero la fragmentación y la falta de integración limitan su capacidad colectiva para actuar con eficacia. El poder y la autonomía de sus países dependen de su capacidad para coordinarse internamente y diseñar estrategias propias, no subordinadas a pactos comerciales o diseños geopolíticos y militares formulados desde fuera.

Para dar respuesta a este contexto es momento de explorar contrapesos coordinados, más allá de diferencias políticas, ideológicas o necesidades inmediatas, reconociendo el papel de la región en la transición hegemónica que se está desplegando en tiempo real y de manera cada vez más acelerada.

El periodo de receso de intervenciones militares directas de Estados Unidos en América Latina ha llegado a su fin. La etapa que se abrió después de la invasión a Panamá en 1989, que permitió cierto margen para el desarrollo de proyectos de integración regional, firma su acta de defunción con el segundo mandato de Donald …

admin

admin

Comments