Peter Thiel y el fin de los tiempos
“Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca”.
Apocalipsis 1:3
“¿Cuándo será el fin de estas maravillas? Y oí al varón vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río, el cual alzó su diestra y su siniestra al cielo, y juró por el que vive por los siglos, que será por tiempo, tiempos, y la mitad de un tiempo”.
Daniel 12: 6-7
En su última intervención pública durante un festival organizado por el Mathias Corvinus Collegium en Hungría, Peter Thiel, acompañado de James Orr —profesor de filosofía en la facultad de Teología de Cambridge—, disertó sobre el libro del profeta Daniel, en específico sobre el capitulo 12, siguiendo muy probablemente los pasos de Francis Bacon en su interpretación. La búsqueda de una explicación teológica para dar cuenta de la realidad en la que vivimos no es nueva en Thiel, pero se ha intensificado los últimos meses en conferencias, entrevistas y charlas, ocupando la reflexión sobre el fin de los tiempos y el Anticristo un lugar central. En este primer ensayo de nuestra serie Dominio abordamos algunos aspectos del pensamiento de Thiel y leemos sus reflexiones escatológicas a partir de una interpelación ético-política de Jacob Taubes.
Peter Thiel nació en Frankfurt, Alemania, en 1967 y estudió filosofía y derecho en Stanford. Durante su etapa universitaria, Thiel desarrolló una fuerte orientación ideológica conservadora y fundó The Stanford Review, un periódico estudiantil que promovía valores libertarios y contrarios a la corrección política, lo que marcó el tono combativo contra el orden liberal que caracterizaría muchas de sus intervenciones públicas hasta la fecha.
Tras graduarse en Derecho, trabajó por poco tiempo como asistente judicial para un juez de apelaciones (“escapé de Alcatraz”, declaró sobre su renuncia al entorno jurídico) y luego ingresó al mundo financiero como analista en Credit Suisse. También trabajó como operador de derivados y probó suerte como gestor de un fondo de inversión propio: Thiel Capital. Estas experiencias en el sector financiero lo acercaron a los circuitos tecnológicos del área de la Bahía de San Francisco, donde comenzó a explorar las posibilidades que ofrecía el naciente mundo de internet y la tecnología como herramientas para transformar la realidad.
En ese contexto, a fines de los años 90, Thiel conoció a Max Levchin, un joven programador con ideas similares sobre la disrupción tecnológica. Juntos fundaron Confinity, una empresa pensada inicialmente para desarrollar software de seguridad para dispositivos móviles. De ese proyecto inicial surgió la idea que finalmente los haría conocidos: una plataforma para transferencias de dinero por internet, que pronto adoptaría el nombre de PayPal. Este emprendimiento marcaría el inicio de una carrera empresarial singular, donde Thiel se destacaría tanto por su capacidad para detectar oportunidades tecnológicas como por su visión política disidente y provocadora.
En esa aventura llamada PayPal se asoció con un joven llamado Elon Musk, aunque tiempo después Thiel asumirá el control principal de la empresa cuando, estando Musk de viaje en Australia, le da un “un golpe de Estado”. Con los años lograron superar ese episodio y se hicieron buenos socios y amigos, hasta hoy.
En esa aventura llamada PayPal se asoció con un joven llamado Elon Musk, aunque tiempo después Thiel asumirá el control principal de la empresa cuando, estando Musk de viaje en Australia, le da un “un golpe de Estado”. Con los años lograron superar ese episodio y se hicieron buenos socios y amigos, hasta hoy.
De ese momento surge lo que se dio a conocer como la “PayPal mafia”: empleados y fundadores que salieron de PayPal y que desde entonces fundaron o desarrollaron grandes empresas de tecnología de Silicon Valley como Tesla, LinkedIn, SpaceX, Affirm, Slide, Kiva, YouTube, Yelp y Yammer, entre otras.
Años después de PayPal Thiel será impulsor de Facebook, de Mark Zuckerberg, participando con una inversión ángel de 500 mil dólares y fungiendo como asesor hasta 2022. Es creador, junto con Alex Karp, de Palantir Technologies, una de las empresas más importantes en materia de inteligencia artificial, seguridad y defensa; y de Founders Fund, un fondo de capital de riesgo que impulsa empresas como Anduril y que tiene como socio a Trae Stephens.
Thiel es un hombre que cree en la importancia de las ideas. Un intelectual público autopercibido libertario (seguidor de Ayn Rand) aunque también estudioso de la obra de pensadores nada libertarios como Leo Strauss y Carl Schmitt y un amante de René Girard, con quien tuvo vínculo personal (interesante que quien hiciera posible Facebook considere como fundamental el rol y el vínculo entre mimesis, sacrificio y violencia). Suele decir que le gustaría que la política no fuera relevante en la vida y sueña con un mundo menos burocrático y libre de un Estado controlador (su lado libertario) pero que el conflicto político existe y hay que tomar cartas en el asunto (su lado schmittiano). Es, como su socio Stephens, un ferviente y heterodoxo cristiano, lo que una vez más explica su pasión por Girard, y fue de su mano que su protegido y actual vicepresidente estadounidense JD Vance se convirtió al catolicismo. Thiel se propone intervenir en los asuntos públicos poniendo el foco en influir en los pequeños grupos que toman decisiones: las élites políticas y empresariales dispuestas a escuchar; aunque con el tiempo ha comenzado a incidir en grupos más grandes (de ahí su participación en entrevistas, podcast, conferencias y reuniones o que esté invirtiendo parte de su fortuna, valuada en cerca de 20 mil millones de dólares, en iniciativas culturales y centros de pensamiento).
Thiel es un hombre que cree en la importancia de las ideas. Un intelectual público autopercibido libertario (seguidor de Ayn Rand) aunque también estudioso de la obra de pensadores nada libertarios como Leo Strauss y Carl Schmitt y un amante de René Girard, con quien tuvo vínculo personal.
EL 11S COMO ACONTECIMIENTO Y LA INFLUENCIA DE RENÉ GIRARD
El 11 de septiembre (11S) fue para Thiel un acontecimiento capital. Interpretó los atentados del 11 de septiembre de 2001 como un punto de quiebre en la historia política contemporánea. En su ensayo The Straussian Moment argumentó que el ataque “perturbó” el entramado político y militar heredado de los siglos XIX y XX, obligando a repensar desde cero el orden político moderno. Para Thiel, el liberalismo occidental, en su versión secular y racionalista, no estaba preparado para comprender ni enfrentar una violencia motivada por convicciones religiosas absolutas, ni para identificar con claridad la figura de un enemigo. Esta lectura, influida por el pensamiento de Schmitt, lo llevó a insistir en que la supervivencia del sistema requería un nuevo marco conceptual capaz de integrar el conflicto y la noción de amenaza existencial.
El 11S también tuvo para Thiel un efecto práctico: lo involucró de lleno en el debate sobre la tensión entre seguridad y privacidad en las sociedades democráticas. Planteó la pregunta de si era posible lograr más seguridad sin sacrificar por completo la privacidad, o si inevitablemente debía aceptarse un intercambio desfavorable. Esta preocupación desembocó en la creación en 2004 de la ya citada Palantir, una empresa concebida para ofrecer herramientas de análisis de datos a agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad, con la aspiración de generar un modelo de vigilancia “lo menos intrusivo posible” pero capaz de prevenir amenazas. Así, los atentados no solo redefinieron su diagnóstico político y sus marcos conceptuales, sino que también orientaron sus proyectos empresariales hacia el campo de la seguridad y la gestión de información estratégica.
Thiel ha reconocido la influencia decisiva de Girard en su pensamiento, especialmente en la manera de entender el conflicto, la violencia y las visiones apocalípticas. De Girard toma la teoría del deseo mimético —la idea de que imitamos los deseos de otros, lo que genera rivalidades y, en última instancia, violencia— y la aplica a fenómenos contemporáneos como las redes sociales, que para él amplifican la imitación y crean tensiones políticas y culturales crecientes.
Tras el 11S, Thiel organizó en Stanford el simposio Politics & the Apocalypse, donde sostuvo que los atentados exigían reexaminar las bases de la política moderna desde una perspectiva apocalíptica. Según él, el liberalismo secular contemporáneo es incapaz de afrontar la violencia de raíz religiosa o existencial y necesita recuperar marcos conceptuales que reconozcan el conflicto y el peligro de una escalada mimética. En este sentido, se apoya en Girard para señalar que el cristianismo expone el mecanismo del chivo expiatorio —Cristo como víctima inocente—, pero a diferencia de su maestro, que veía ahí la posibilidad de abandonar la violencia a partir de la Imitatione Christi (la imitación de Cristo), Thiel considera que a veces es necesario ejercer fuerza para prevenir catástrofes mayores.
Tras el 11S, Thiel organizó en Stanford el simposio Politics & the Apocalypse, donde sostuvo que los atentados exigían reexaminar las bases de la política moderna desde una perspectiva apocalíptica. Según él, el liberalismo secular contemporáneo es incapaz de afrontar la violencia de raíz religiosa o existencial y necesita recuperar marcos conceptuales que reconozcan el conflicto y el peligro de una escalada mimética.
Su apropiación de Girard es, así, selectiva: enfatiza la inevitabilidad del conflicto y la urgencia de actuar con decisión, dejando en segundo plano el componente ético y reconciliador que Girard vinculaba al perdón y la no violencia. Esta lectura ha servido de base para su visión política y para orientar proyectos como Palantir, concebidos para anticipar y contener amenazas antes de que el ciclo mimético desemboque en un verdadero apocalipsis social o político.
INNOVACIÓN Y ESTANCAMIENTO
La innovación es un tema fundamental para Thiel. En la práctica, pero también en la teoría. Sostiene que no es cierto que vivamos en el momento de máxima innovación tecnológica de la historia. Que estamos estancados. Vas con tu iPhone caminando por la calle y sientes que estás viviendo en el futuro con todo en tus manos, pero si te lo guardas en el bolsillo bien podrías vivir como a principios del siglo XX. Hay autos que no vuelan, los trenes y barcos se parecen mucho a los de siempre.
Una cosa es innovar en el mundo de los átomos y otra en el de los bits. Occidente, en particular Estados Unidos, inventó la bomba atómica en los años 40, llegó a la Luna en los 60 y desde ahí, según Thiel, hemos hecho poco. Semanas después del Apolo 11 vino Woodstock, “el triunfo de los jipis”, ha dicho. Según Thiel, si la biología y la ingeniería hubieran evolucionado al mismo ritmo que las ciencias computacionales ya deberíamos experimentar a la vida eterna y ya hubiéramos llegado a Marte (Musk, su socio y amigo, intenta saldar esa deuda).
En este marco sostiene que, por ejemplo, Google inventó algo hace más de un cuarto de siglo y hoy no saben qué hacer con el dinero de los inversores; que invertir en Google es invertir contra el progreso y que la empresa podría estar traicionando a Estados Unidos por colaborar en el desarrollo tecnológico de China, país en el que Thiel piensa mucho en términos tecnológicos y geopolíticos.
Para Thiel la ciencia no avanza y la culpa la tiene la burocracia científica y la administración federal. Vamos demasiado lento y el sistema político no ayuda o más bien todo lo contrario. Por eso dijo más de una vez cosas como “no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Como remedio a ese retardo tiene a mano el modelo político propuesto por su viejo socio Curtis Yarvin, un concepto recuperado de Hans-Hermann Hoppe: una monarquía dirigida por un CEO en el que los ciudadanos son los accionistas.
Para Thiel la ciencia no avanza y la culpa la tiene la burocracia científica y la administración federal. Vamos demasiado lento y el sistema político no ayuda o más bien todo lo contrario. Por eso dijo más de una vez cosas como “no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.
¿EL FINAL DE LOS TIEMPOS? LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y EL KATECHON
Frente a esta escena contemporánea Thiel cruza su pasión tecnológica con una perspectiva teológico-política de primer orden. Como dijimos, es un ferviente lector de Carl Schmitt, Leo Strauss y de René Girard, entre muchos otros.
Haciendo una interpretación discutible de 1 Tesalonicenses 5: 2-3 (“Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán”.) sostiene que “si el Anticristo llegara al poder, estaría hablando del Armagedón constantemente”. Y agrega que “hay que imaginar que esto suena muy diferente en un mundo en el que lo que está en juego es tan extremo, en el que la alternativa a la paz y la seguridad es el Armagedón y la destrucción de todo. En este sentido, la paz y la seguridad tienen mucha más importancia que en 1750”.
En este contexto Thiel conceptualiza la IA no únicamente como un instrumento tecnológico, sino como una amenaza de carácter político y espiritual para la civilización occidental en particular y humana en general. Desde su perspectiva, la IA es útil para la concentración del poder en estructuras centralizadas que, mediante algoritmos, pueden gestionar poblaciones enteras sin recurrir a formas demasiado visibles de coerción. Esta capacidad de control total, particularmente en manos de regímenes autoritarios como el chino, o en manos de un hipotético gobierno global, constituye el gran adversario y el temor de Thiel. Para el autor de De cero a uno, este fenómeno no representa un progreso neutral, sino un peligro antropológico: una inteligencia sin alma que imita la forma del pensamiento humano, pero carece de su dimensión ética y de su espiritualidad.
Thiel conceptualiza la IA no únicamente como un instrumento tecnológico, sino como una amenaza de carácter político y espiritual para la civilización occidental en particular y humana en general.
Esta posible deshumanización se vincula, en su análisis, justamente, con la figura bíblica del Anticristo. Thiel no lo concibe como una entidad demoníaca manifiesta, sino como una fuerza que ascendería al poder mediante un discurso centrado en el caos y ofreciendo paz y seguridad, orden y salvación tecnológica frente a un escenario apocalíptico. En este contexto, la IA, bajo la promesa de eficiencia y estabilidad, podría erigirse como el vehículo contemporáneo de esa figura, instaurando un orden deshumanizado, carente de sentido trascendente y marcadamente totalitario. Para Thiel, el peligro de la IA no reside únicamente en su capacidad técnica, sino en su potencial para despojar al mundo de su dimensión espiritual bajo la apariencia de un avance progresista.
El concepto de Katechon cristiano es recurrente en Thiel. Este, especialmente desde Schmitt, es entendido a la manera de la unidad de la Republica Cristiana cuando la figura del Imperio se erige como una fuerza capaz de detener la aparición del Anticristo y con ello el fin del eón (unidad de tiempo superior a las eras) presente, como una fuerza qui tenet (que lo detiene), en palabras del apóstol Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses: “Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste. Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; solo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida”.
Es por ello por lo que Schmitt rescata su lectura del Katechon señalando que: “El imperio de la Edad Media cristiana perdura mientras permanece activa la idea del Katechon”. Según el jurista alemán, esta fuerza funciona como una barrera que retrasa el fin del mundo, a la manera de una paralización escatológica que a su vez permite la continuidad del eón, y con ello de la vida propiamente humana. Como también afirmó específicamente sobre el Imperio Bizantino, este empleó la voz helénica y detuvo al islam varios siglos: “fue un auténtico dique, un Katechon”.
Pero lo cierto es que la interpretación de Schmitt sobre el Katechon no es la única posible, siendo aún un debate entre especialistas y siendo para nosotros fundamental al menos ligar determinada lectura de estos conceptos con determinadas concepciones políticas. De ahí la importancia de señalar las dificultades de unir nociones de Imperio, Katechon y Anticristo. Es fundamental remarcar cómo estas interpretaciones de las Escrituras o de pensadores como Schmitt conllevan a determinadas posturas políticas (y viceversa). Porque es precisamente a partir de las lecturas escatológicas que se ha forjado la historia y el pensamiento de Occidente. Y nuestro tiempo de crisis civilizadora, reordenamiento global y aceleración tecnológica no es la excepción.
Es fundamental remarcar cómo estas interpretaciones de las Escrituras o de pensadores como Schmitt conllevan a determinadas posturas políticas (y viceversa). Porque es precisamente a partir de las lecturas escatológicas que se ha forjado la historia y el pensamiento de Occidente. Y nuestro tiempo de crisis civilizadora, reordenamiento global y aceleración tecnológica no es la excepción.
Es en este sentido que debemos leer lo señalado por el rabino, filósofo y sociólogo Jacob Taubes cuando pretende hacerse cargo del verdadero precio de la escatología. A los ojos de Taubes, el Katechon schmittiano es una experiencia cristiana del tiempo que está siendo domesticada y pacta con el mundo y sus potencias. Según Taubes, él y Schmitt compartirían una misma experiencia del tiempo y de la historia –esto también podría incluir a Thiel– pero según Taubes, Schmitt no estaría dispuesto a aceptar las verdaderas consecuencias de esta experiencia del tiempo. A los oídos de Taubes, asumir las consecuencias de dicha experiencia implica asumir la necesidad de la caída del Katechon. Por eso dirá que “Carl Schmitt piensa en términos apocalípticos, pero desde arriba, desde las potencias; yo pienso en términos apocalípticos pero desde abajo”.
Inspirados en Taubes podríamos decir que Thiel piensa en términos apocalípticos desde arriba, desde las potencias, y se niega a asumir el precio de la escatología y la necesidad de la caída del Katechon. Es en ese sentido, quizás, que Thiel sostiene que “el Katechon ya no alcanza”, que ”el Katechon es puramente defensivo y, por lo tanto, de alguna manera inadecuado”. Thiel comprende esta paradoja. Para él, el Katechon y el Anticristo no son completamente opuestos, sino parte de la misma trama expresada en la epistola paulina. El creador de Palantir sugiere que el Katechon siempre corre el riesgo de transformarse en aquello que intenta contener. Como dice Thiel mismo: “El presidente de Estados Unidos puede ser un Katechon, quizá una especie de Anticristo”.
La lectura apocalíptica del presente y del futuro que viene promoviendo Thiel —carente, por cierto, de todo mesianismo— no es inocente, ni es una reflexión meramente teológica, sino política, que marca no solo sus intervenciones públicas sino el accionar de sus empresas y de sus recursos. ¿Está participando Thiel del fortalecimiento del Katechon o está acelerando la llegada de la figura del Anticristo apoyando e impulsando políticas de control nunca vistas en la historia?
Pensar la escatología implica pensar un destino, y pensar la finitud del tiempo, la historia y el hombre. Desde cierto punto de vista “existencial” debemos considerar la importancia de la finitud que nos atraviesa y que atraviesa a la política contemporánea. Como señala Taubes, una vez más: “a lo sumo, el último día, pero cuando quiera que sea hay un final. No se puede discutir y discutir sin fin; llega un momento en que se actúa. Quiero decir que el problema del tiempo es un problema moral, y el decisionismo significa que nada dura sin fin”. Porque: “quien lo niega es inmoral; en efecto, no entiende la situación humana, que es finita y, como finita tiene que cortar, o sea, que decidir”. A Thiel, tarde o temprano, como a todos nosotros, le tocará decidir, si no es que ya lo hizo, si participa del detenimiento o de la aceleración de la manifestación del Anticristo y con ello, del final de los tiempos y del advenimiento del que “vive por los siglos”.




