¿Trump realmente cree que es Dios?
Michael Kruse*
Desde el intento de asesinato en la campaña presidencial, Donald Trump, su entorno y sus seguidores han reafirmado la creencia de que el regreso del empresario a la Casa Blanca es parte de un objetivo superior. Según sus propias palabras, el presidente, sus funcionarios y el movimiento MAGA son un instrumento de la voluntad Dios para recuperar la grandeza de los Estados Unidos. ¿Su convicción es verdadera o es un recurso retórico para comunicarse en un lenguaje común con su electorado, o ambas?
En el presente texto que traducimos al castellano, el periodista Michael Kruse esboza algunas respuestas consultando a distintos expertos e indagando en los orígenes, la evolución y las motivaciones del uso de la fe en el discurso del presidente norteamericano.
La retórica mesiánica del presidente se ha disparado desde el intento de asesinato.
“Se supone que debería estar muerto”, dijo Donald Trump el día después de que le dispararan en su mitin el verano pasado en Butler, Pensilvania. “No se supone que debería estar aquí”, dijo cuatro días después. “Pero sucedió algo muy especial. Afrontémoslo. Algo sucedió”, dijo dos días después. “Es… un acto de Dios”, dijo el mes siguiente. “Dios me perdonó la vida por algo”, dijo en su discurso de victoria en Mar-a-Lago en noviembre. “Fui salvado por Dios para hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”, dijo en su discurso inaugural en el Capitolio en enero. “Algo cambió en mí”, dijo en su discurso en el Desayuno de Oración Nacional en el Washington Hilton en febrero. “Me siento aún más fuerte”.
Esto es nuevo. No es así el modo en que habló durante la mayor parte de su larga y voluble vida. Siempre se ha visto a sí mismo como especial, hay que decirlo, y por supuesto siempre se ha engrandecido notablemente a sí mismo. Pero el desde hace tiempo autodenominado “fatalista” mantuvo invariablemente una especie de aceptación resignada de que lo que fuera a suceder estaba más allá de su control o el de cualquier otra persona. Sin embargo, durante los últimos más o menos 10 meses desde lo que ocurrió en Butler, y especialmente desde su reelección y el inicio de su segunda administración, la perspectiva de Trump ha cambiado en esencia, de ir de “cosas que suceden y no importan mucho” a “algo que sucedió y no pudo haber sido más importante”. Su retórica ha pasado de casi nihilista a mesiánica.
Desde hace ya un tiempo, una serie de creyentes y líderes religiosos, agradecidos por los beneficios políticos que Trump ha otorgado a cambio de sus votos, han sugerido y a veces han dicho abiertamente que Trump es “elegido”, o “ungido”, o un “salvador”, o “la segunda venida” o “el Cristo para esta era”. Ahora bien, Trump también lo hace. Y eso importa. Importa, dicen algunos, porque resalta cómo su narcisismo y grandilocuencia bien documentados se han convertido en nociones de omnipotencia, invulnerabilidad e infalibilidad. E importa quizás más inmediatamente porque ofrece una ventana a cómo se acerca a su segundo mandato: aún más envalentonado, aún más unilateralmente orientado, incluso más aparentemente incontrolable e intocable que el primero. “Dirijo el país y el mundo”, dijo en abril. “Me gustaría ser Papa”, dijo —en tono como de broma, pero… ¿quizás no?— antes de que él y la Casa Blanca publicaran en redes sociales una imagen de I.A. de sí mismo adornado con el atuendo papal arquetípico.
Vale la pena preguntarlo. ¿Trump… cree que es Dios? Bueno, es casi seguro que no piensa que “es Dios” —pero, ¿piensa que es “como Dios”? ¿Divinamente autorizado, inspirado o empoderado? ¿Piensa que de alguna manera está imbuido de algún propósito especial y sagrado por alguna razón especial y sagrada? ¿O simplemente vio y aprovechó la oportunidad para estampar su agenda revolucionaria en el mundo con la justificación máxima: un mandato de Dios?
¿Piensa que de alguna manera está imbuido de algún propósito especial y sagrado por alguna razón especial y sagrada? ¿O simplemente vio y aprovechó la oportunidad para estampar su agenda revolucionaria en el mundo con la justificación máxima: un mandato de Dios?
“No tengo ninguna razón para dudar de que él… preferiría creer que fue salvado por un ser supremo porque él en particular es especial, en lugar de creer que el asesino en potencia tuvo mal tino o él tuvo suerte”, me dijo Alan Marcus, ex asesor y publicista de Trump. “Prefiere el drama que encaja en su narrativa ficticia, una narrativa que siempre lo muestra siendo el mejor, el más grande, el más fuerte, el más duro, el más brillante, etcétera — nada de lo cual está ni siquiera cerca de la verdad, pero él sabe que puede convencer a la gente”, dijo Marcus. “Su mundo es una fantasía, guionado como una película — no bíblica, a menos que, por supuesto, eso ayude a retratar vívidamente una escena o capítulo en particular”.
“Quizás el oportunismo y la creencia genuina en su propia condición de elegido no son mutuamente excluyentes”, me dijo Marie Griffith, directora del Centro John C. Danforth sobre Religión y Política de la Universidad de Washington en St. Louis. “Pero ya sea que realmente lo crea o no, claramente le conviene seguir hablando como si todo lo que hace fuera autorizado por Dios”, dice ella. “Y creo que tan solo viendo el discurso, uno se pregunta si lo de Butler realmente lo dejó pasmado y pensó, ‘Quizás tienen razón. Quizás realmente soy ‘el elegido’”.
“Me parece que él sí piensa que fue salvado para hacer grandes cosas como presidente”, me dijo Stephen Mansfield, autor del libro Choosing Donald Trump: God, Anger, Hope, and Why Christian Conservatives Supported Him, publicado en 2018. “Me parece que sí cree que es un instrumento de Dios”.
“Me parece que él sí piensa que fue salvado para hacer grandes cosas como presidente”, me dijo Stephen Mansfield. “Me parece que sí cree que es un instrumento de Dios”.
Algunos dicen que Trump no cree en nada. Eso no es cierto. Él cree, por ejemplo, en los aranceles, y siempre lo ha hecho. Él cree en la importancia de los genes y siempre lo ha hecho. Él cree en el poder del pensamiento positivo y cree en el poder de la publicidad negativa. Y Trump, en el mejor de los casos un cristiano intermitentemente practicante que presuntamente se ha burlado de los más devotos, sin embargo cree, y lo ha hecho durante mucho, mucho tiempo, en… algo así como la predestinación.
“Soy un gran fatalista”, le dijo a un reportero de Newsday de Nueva York en 1991.
“¿Qué es lo que más te da miedo?”.
“Nada”, dijo. “Lo que sea que pase, pasa — y solo tienes que aceptarlo”.
“Increíble”, le dijo a Larry King en CNN en 1997. El famoso diseñador de moda Gianni Versace acababa de ser asesinado frente a su mansión de Miami Beach por un acosador obsesionado con las celebridades llamado Andrew Cunanan.
“John Kennedy dijo una vez que si alguien quiere atraparte y eso es todo en lo que piensa, estás en problemas”, dijo King.
“Cierto”, dijo Trump.
“Entonces”, dijo King, “Trump, el fatalista, tiene que estar alerta y pensar en los Cunanans”.
“Tienes que estar alerta”, dijo Trump. “De lo contrario, eres un tonto — pero, de nuevo, no creo que puedas cambiar toda tu vida”. No vas a entrar en un pequeño espacio muy seguro y solo cerrar la puerta con llave y no salir nunca. Simplemente no creo que puedas hacer eso. Y soy un fatalista. Digo: ‘Mira, lo que pasa, pasa’. Y puede que esté predestinado. ¿Quién sabe?”.
Trump ha tenido momentos esporádicos en los que parecía estar buscando algo más — ¿algo más significativo? “Tiene que haber una razón por la que estamos aquí”, dijo a Tim O’Brien para la biografía de Trump que publicó el periodista en 2005. “Tiene que haber una razón por la que estamos pasando por esto. Tiene que haber una razón para todo”, dijo. “Sí creo en Dios. Pienso simplemente que tiene que haber algo mucho más grande que nosotros”.
“Tiene que haber una razón por la que estamos pasando por esto. Tiene que haber una razón para todo”, dijo. “Sí creo en Dios. Pienso simplemente que tiene que haber algo mucho más grande que nosotros”.
La mayor parte del tiempo, sin embargo, Trump expresó lo contrario: que básicamente el mundo está lleno de esto o aquello al azar sin un propósito superior discernible. “La gente me pregunta, ‘¿Cómo manejas la presión?’”, escribió en 2007 en su libro Think Big And Kick Ass. “La verdad es que no importa. ¿Qué más da? Ves lo que está pasando en Irak; has visto cómo un tsunami arrasó con cientos de miles de personas. Piensas en cómo murieron tres mil personas en el World Trade Center el 11 de septiembre…”.
En 2015, Trump entendió que tal sufrimiento o casualidad no era un mensaje con el que pudiera postularse para presidente, y que si quería ganar, necesitaría el apoyo de personas para quienes la fe en un poder superior es un factor determinante. El mujeriego y filisteo casado tres veces dijo que “no estaba seguro” de si alguna vez le había pedido perdón a Dios, dijo “Dos Corintios” en vez de “Segunda de Corintios” y que no podía o no quería nombrar un versículo favorito de la Biblia (hasta que medio lo hizo). Pero sabía que los evangélicos eran un bloque crucial de votantes y “se dio cuenta de que iba a ser algo exagerado argumentar que él mismo es un hombre religioso”, dijo Robert Jones, del Instituto Público de Investigación Religiosa, y entonces “adoptó, en cambio, un enfoque quid pro quo”: ofreciendo promesas, políticas y jueces de la Suprema Corte en línea con sus deseos.
También llevó a cabo una campaña que fue lo que la célebre experta en retórica Jen Mercieca llama “una narrativa de héroe bíblico”, una intrincada “misión del héroe”, como ella me lo planteó, “de derrotar a los corruptos (políticos, medios de comunicación, lo políticamente correcto) a su alrededor y declaró que había sido purificado para acabar con la corrupción por el acto de presentarse a las elecciones”. Y una masa crítica de evangélicos respondió presentando a Trump como un mesías, un “Ciro moderno”, una figura imperfecta elegida para hacer la obra perfecta de Dios. “¿Cree él, crees tú, que su elección ese año fue obra de Dios?” le preguntaron a la pastora y asesora religiosa de Trump, Paula White-Cain, sobre su victoria en 2016. “Lo digo todo el tiempo, y se lo digo a él”, respondió. “Él no va a sobre agrandarse diciendo que Dios está ahí sentado diciendo: ‘Yo te elegí’. Pero otros le dirán: ‘Has sido elegido por Dios’”.
Prestó juramento usando la Biblia que recibió de su madre cuando era niño en la Primera Iglesia Presbiteriana de Queens, Nueva York, así como la Biblia que utilizó Abraham Lincoln en 1861. En su primera aparición en el Desayuno de Oración Nacional, criticó al exgobernador de California, Arnold Schwarzenegger, por su baja audiencia televisiva como reemplazo de Trump como anfitrión de Celebrity Apprentice. En su primer mandato, hizo que pastores prominentes se le acercaran en la Oficina Oval y oraran con él y por él, y le impusieran sus manos. Usó una Biblia como accesorio fotográfico durante las protestas de Black Lives Matter a raíz del asesinato de George Floyd. Pasó de presbiteriano a cristiano “sin denominación”. El presentador de radio conservador y conspiracionista Wayne Allyn Root dijo en Twitter: “el pueblo judío en Israel lo ama como si fuera el Rey de Israel. Lo aman como si fuera la segunda venida de Dios” — y Trump retuiteó a Root y le agradeció por “las muy lindas palabras”. En el césped de los exteriores de la Casa Blanca, en el contexto de una conversación sobre una guerra comercial pendiente con China, Trump extendió las manos y miró al cielo. “Soy el elegido”, dijo. Sin embargo, quedaba claro por su tono, al menos para la mayoría, que lo decía bromeando.
El presentador de radio conservador y conspiracionista Wayne Allyn Root dijo en Twitter: “el pueblo judío en Israel lo ama como si fuera el Rey de Israel. Lo aman como si fuera la segunda venida de Dios”.
Pero luego esa bala falló por poco en Butler.
Y entonces volvió a ganar.
Así que ahora, a los cuatro meses de su mandato, Trump está en una racha de exhibición de supremacía. Ha prometido una “Edad de Oro”. Ha castigado a los incrédulos de Trump y MAGA. Ha exigido o intentado exigir la sumisión y la aquiescencia de los ejecutivos de los medios y los titanes de la tecnología y los principales despachos de abogados y las mejores universidades y las dos cámaras del Congreso que él y su partido controlan. Ha intentado dominar la economía global y resolver problemas inextricables de guerra y paz como si estuviera empuñando un cetro sobre súbditos a lo largo y ancho de su reino. Ha declarado una serie de emergencias nacionales en todo tipo de ámbitos, desde la frontera hasta la producción de minerales, y ha emitido montones de órdenes ejecutivas, blanqueando y censurando la historia, intimidando a “medios de comunicación parciales” y “extranjeros criminales”, estableciendo una Comisión de Libertad Religiosa y una Oficina Religiosa de la Casa Blanca y erradicando el “Sesgo Anticristiano” — decretos entregados como pronunciamientos apocalípticos de un (si bien grosero y mal hablado) profeta del Antiguo Testamento.
Los líderes mundiales “quieren todos lamerme el culo”, dijo a ayudantes de su equipo. “De hecho yo mismo estoy sorprendido” con la resignación de los despachos de abogados, dijo a ABC News. “John Adams dijo que somos un gobierno que se rige por leyes, no por hombres. ¿Está de acuerdo con eso?”, le preguntaron en una entrevista para TIME. “¿John Adams dijo eso?”, respondió Trump. “No estaría 100 por ciento de acuerdo con él”. Kristen Welker de NBC News le preguntó si él como presidente necesitaba “hacer cumplir” la Constitución. “No sé”, dijo Trump.
“Creo que una de las mayores diferencias entre Trump 1.0 y Trump 2.0 es que en Trump 1.0, su propio personal, la gente que lo rodeaba, se sentía con total comodidad pensando: el presidente Donald Trump está muy equivocado respecto a esto. Su criterio es malo. Es necesario frenar sus impulsos. Somos la resistencia dentro de la administración Trump”, planteó recientemente el periodista Ezra Klein en su podcast del New York Times con el columnista del Times Ross Douthat. “En Trump 2.0, no creo que la gente que lo rodea se sienta cómoda pensando eso. Tienen la sensación de que están ahí para servirle, pero también la sensación de que hay algo en Trump —para ellos, no para mí— que existe más allá de la argumentación”, dijo Klein. “Sí”, dijo Douthat, hablando sobre “el tipo de drama místico de su regreso al poder”.
“Pienso”, dijo el mes pasado Robert Jeffress, el pastor de Dallas que apoya a Trump, “que él llegó a la conclusión —la conclusión correcta— de que Dios tiene un propósito para él”.
“Pienso”, dijo el mes pasado Robert Jeffress, el pastor de Dallas que apoya a Trump, “que él llegó a la conclusión —la conclusión correcta— de que Dios tiene un propósito para él”.
Los fieles cristianos creen, por supuesto, que Dios tiene un propósito para ellos y para todos: que todos son herramientas potenciales de su voluntad, y beneficiarios de su gracia. La mayoría de ellos no se piensa, sin embargo, como la literal segunda venida de Cristo. Y la medida en que Trump podría pensar eso de sí mismo, y que sus seguidores podrían estar de acuerdo, habla de la expansión sin precedentes del poder que ha ejercido y que muchos en el país parecen contentos de otorgar.
“Ningún presidente previo en la historia de Estados Unidos ha afirmado que Dios lo salvó para promulgar su agenda política”, escribió recientemente Mercieca, la experta en retórica. ¿Pedirle a Dios que cuide de la nación? Sí. ¿Afirmar haber sido salvado específicamente por Dios para permitir la instauración de prioridades políticas? No. “Invocar el poder del pueblo unificado y Dios le da a Trump un poder asombroso e incuestionable: quien desafía a Trump corre el riesgo de desafiar al pueblo y a Dios. Es imposible discutir con Trump cuando reclama el poder de Dios…”.
Como mínimo, en la evaluación de sus biógrafos, esto significa que Trump, como siempre, es un oportunista.
“Este es el siguiente paso lógico de medio siglo de empujar continuamente los límites de lo que puede hacer y hará”, me dijo Gwenda Blair, quien escribió sobre la familia de Trump. “Comenzando con aquel famoso debut público en 1973 cuando contrademandó al Departamento de Justicia por difamación, constantemente ha superado lo que cualquiera esperaba o sabía cómo enfrentar — una estrategia que le ha permitido seguir expandiendo los límites.
“Es otro ejemplo de Donald Trump engañando al público para convencerlo de que está con ellos, y para nada para abrirles una ventana a su alma, porque esa persiana está permanentemente cerrada”, me dijo O’Brien. “The Apprentice le dio la impresión a toda una generación de personas que no conocían su historia de que era un gran negociador y gurú empresarial, en lugar de un artífice de bancarrotas en serie y un completo desastre”. Y llegó a la presidencia en parte por eso. Y fue reelegido en parte por [ser visto como] ‘el elegido que sobrevivió al intento de asesinato en Butler’”.
Otros académicos y observadores dicen que, además de oportunista, también es un narcisista que reconoce la considerable utilidad política de envolverse en tal manto divino.
“El líder autoritario se presenta a sí mismo como una figura divina o mesiánica que es excepcionalmente capaz de vencer a las fuerzas del mal y hacer que el mundo sea seguro para los fieles. Como Dios encarnado, el líder es, por definición, omnipotente, omnisciente y omnibenevolente”, escribió David Livingstone Smith, profesor de filosofía en la Universidad de Nueva Inglaterra, antes de que Trump ganara por segunda vez. “Los líderes sagrados son figuras mesiánicas que prometen salvación a los creyentes devotos. Cuando un movimiento es encabezado por un líder sagrado, se asemeja a una religión”, escribió después. “Trump es un líder sagrado. Sus seguidores evangélicos a menudo se refieren a él como un ‘salvador’ o un ‘ungido’ elegido por Dios…”.
“Los líderes sagrados son figuras mesiánicas que prometen salvación a los creyentes devotos. Cuando un movimiento es encabezado por un líder sagrado, se asemeja a una religión (…) Trump es un líder sagrado. Sus seguidores evangélicos a menudo se refieren a él como un ‘salvador’ o un ‘ungido’ elegido por Dios…”.
“Trump no fue, personalmente, un modelo de devoción religiosa convencional. Sin embargo, su carrera política dependía de un hambre entre sus seguidores más comprometidos que solo puede llamarse espiritual”, escribió Molly Worthen, profesora de historia en la Universidad de Carolina del Norte y experta en la intersección de religión, cultura y política, en su libro Spellbound. “Es un nihilista para quien la única fuente de significado es la acumulación de poder personal, convirtiendo su voluntad en dominación personal, política, financiera y territorial, y eso es totalmente compatible con un complejo de mesías”, me dijo Worthen. “No veo el giro reciente en su lenguaje como una desviación de los patrones pasados, sino como la realización más completa de esos patrones”.
¿Sagrado? ¿Elegido? ¿Mesiánico? “Para mí como cristiano, el hecho de que se salvara, y luego fuera reelegido… sí tiene trascendencia —y diría lo mismo incluso si hubiera sido el otro partido y el otro candidato los que se salvaran y luego fueran elegidos”, me dijo Scott Lamb, coautor de The Faith of Donald J. Trump. “Es simplemente una cuestión de reflexión bíblica”, agregó Lamb, señalando Proverbios 16:9. “El corazón del hombre planea su camino, pero el SEÑOR establece sus pasos”.
La realidad secular, por supuesto, es más complicada. Trump no ha podido ponerle fin a la guerra de Rusia contra Ucrania con el movimiento de una varita mágica. No ha conseguido imponer la paz en el Medio Oriente. Y un tribunal tras otro ha obstaculizado la implementación de sus decretos. A veces, se lo ha visto frustrado e incluso desconcertado por esta incapacidad.
A altas horas de la noche del miércoles 28 de mayo, a raíz del último revés significativo en el trámite de la decisión de un tribunal federal para revocar los aranceles fundamentales para su programa económico, Trump recurrió a Truth Social. En el torrente de sus publicaciones había un meme de Trump caminando por una calle oscura.
“ÉL ESTÁ EN UNA MISIÓN ENCOMENDADA POR DIOS”, se leía en el texto. “NADA PUEDE DETENER LO QUE ESTÁ POR VENIR”.
“¿Quiere decir el presidente con la publicación de este meme”, pregunté en un mensaje de texto al director de comunicaciones de la Casa Blanca, Steven Cheung, “que él está literalmente en una misión encomendada por Dios?”.
“Como personas de fe, todos estamos en misiones encomendadas por Dios”, respondió Cheung. “El Presidente tiene la misión más grande: hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande y ayudar a llevar la paz a todo el mundo. Y es precisamente lo que está haciendo”.
“Como personas de fe, todos estamos en misiones encomendadas por Dios”, respondió Cheung. “El Presidente tiene la misión más grande: hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande y ayudar a llevar la paz a todo el mundo. Y es precisamente lo que está haciendo”.
*Michael Kruse es escritor senior de POLITICO y POLITICO Magazine. Originario de Boston y graduado del Davidson College, ganó el Premio Dirksen de la National Press Foundation por Reportaje Distinguido del Congreso, los Premios Nacionales de Cartel por su cobertura de Donald Trump y una carrera parlamentaria en Ohio, y una mención honorífica del Premio Toner a la Excelencia en Reportajes Políticos Nacionales. Como escritor en el Tampa Bay Times ganó el distinguido premio de escritura de la Sociedad Americana de Editores de Noticias, el Premio Paul Hansell por Logros Distinguidos en Periodismo de Florida y otros honores estatales, regionales y nacionales. Sus escritos han aparecido en las antologías The Best American Newspaper Narratives, Out There: The Wildest Stories from Outside Magazine y Next Wave: America’s New Generation of Great Literary Journalists.
El texto original en inglés fue publicado por POLITICO Magazine el 30 de mayo de 2025 y puede consultarse en el siguiente link: https://www.politico.com/news/magazine/2025/05/30/trump-god-messiah-assassination-attempt-00362322


